martes, 20 de septiembre de 2016

Neymar, el eterno burlón / por Juan Manuel Rodríguez


 
"...Su fama de burlón le precede y sus rivales están tomando nota en silencio; cualquier día, cuando menos se lo espere, le cobrarán uno a uno todos sus regates ofensivos..."

Neymar, el eterno burlón

Lo de Neymar no es de ahora. Quiero decir que las críticas hacia su forma malabarista de interpretar el fútbol no han surgido de repente aquí, en España, ni son fruto de la rivalidad (también mediática) entre el Real Madrid y el Barça. Las críticas no proceden del fondo de la "caverna" de Laporta sino que le persiguen desde Brasil, que es precisamente la cuna del malabarismo. Los mejores gambeteadores de la historia de este deporte salieron de allí y sin embargo no recuerdo que a ninguno de ellos se le afeara su forma de jugar, de esconder el balón, de pisarlo, de amagar... El regate es un recurso más del juego pero lo que se le critica a Neymar no es su exceso sino su oportunidad y la practicidad del mismo. Desde ese punto de vista, y sólo desde ese, lo dicho por Michael Laudrup durante la transmisión del partido Leganés-Barcelona, es oportunísimo y tiene todo el sentido del mundo.

Michael Laudrup, que jugaba mirando literalmente a la grada, dijo que no le gustaba un regate en concreto de Neymar por dos cuestiones distintas: porque el marcador estaba ya abultadamente decantado del lado culé, el Lega estaba indefenso y no existía ninguna posibilidad de remontada, y también porque la jugada en sí no sirvió para nada salvo para el adorno estrictamente personal, como si Neymar estuviera disfrutando al abusar de un rival caído sobre la lona. Es posible que Neymar siempre juegue así, no lo sé. Es posible que siempre trate de adornarse, incluso cuando la ocasión no lo requiere, ya sea con empate en el marcador o con 5-1 a favor como el otro día. A él le dará igual porque puede permitirse el lujo de que todo le dé lo mismo pero el caso es que sus maniobras sobre el terreno de juego, algunas de ellas espectaculares, a veces son percibidas por el rival como una burla, una chanza de mal gusto.

En todos los deportes existe un código no escrito, en todos. Por ejemplo: está mal visto que un entrenador de baloncesto pida un tiempo muerto cuando el marcador refleja una abultada victoria para su equipo. El entrenador en cuestión podría esgrimir en su defensa que quiere perfeccionar una jugada o, de un modo más general, que esa es su forma de entrenar y punto, pero eso no impediría que sus rivales tomaran nota ni que comenzara a granjearse una fama de mal compañero. Eso es exactamente lo que le está sucediendo a Neymar. Su fama de burlón le precede y sus rivales están tomando nota en silencio; cualquier día, cuando menos se lo espere, le cobrarán uno a uno todos sus regates ofensivos. A mí sólo se me ocurre decir que, conociendo como conocemos todos a algunos defensas de la Liga española, Neymar ha tenido muchísima suerte hasta ahora y debería darle gracias a Dios porque ninguno de ellos haya querido gastarle a él otra broma de mal gusto.

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