lunes, 25 de agosto de 2014

Una derrota underground / por Ignacio Ruiz Quintano






"...En este arranque de temporada existe la impresión de que todo el afán de Ancelotti es no parecerse a Mourinho, riesgo que ciertamente no corre, y para empezar se ha deshecho de Diego López para devolverle el sitio a Casillas, un año peor, cuando todo el mundo sabe que el portero era Courtois..."


Una derrota underground 

Abc
Se mire como se mire, perder ante el Atlético de Raúl García es una derrota “underground”, aquella movida ingeniosa de la época mourinhista, cuando en los bares había borrachos y no vendedores de biblias, y de la cual en pie ya sólo queda Jarroson, Homero del “baulismo”, su “ismo” sobre la larguísima decadencia de Raúl en el Bernabéu, que va a quedar en nada al lado de las que se nos vienen encima, y no miramos a Casillas, el portero de TVE.

En este arranque de temporada existe la impresión de que todo el afán de Ancelotti es no parecerse a Mourinho, riesgo que ciertamente no corre, y para empezar se ha deshecho de Diego López para devolverle el sitio a Casillas, un año peor, cuando todo el mundo sabe que el portero era Courtois, ese De Gaulle belchute del Chelsea, como el sábado, con el 13 y de amarillo, pudo verse (por alto, por alto y por alto, con el pie… y en el uno contra uno) en Londres.

La decisión de Ancelotti es de índole supersticiosa: para él, Diego López es técnicamente superior, pero carece de “baraka”. Desde luego, es una forma de decidir digna de la bruja Lola, pero tampoco constituye una extravagancia imperdonable. Cortés tomó la decisión de escapar de México previa consulta con el astrólogo Blas Botello, que le dijo que aquél era el día. Y fue la Noche Triste. (El astrólogo de Ancelotti sólo puede ser Fernando Hierro).

Para la portería, pues, Ancelotti se deja llevar por la superstición (y la fe del carbonero), aunque rota el viernes en la orilla del río, ay, como el virgo de Visanteta. Y para el equipo, tira de la tradición renacentista de Italia, donde, antes de cada batalla, se presentaban los dos ejércitos, hacían los generales recuento de fuerzas y, sin pegar un tiro, decidían quién ganaba. En la Italia renacentista, con esa alineación, Ancelotti hubiera ganado sin bajarse del autobús. Pero en el Manzanares, y con Simeone, que no tiene a Cerezo por un Médici, perdió, dejando la sensación de no saber plantear la guerra al mando, probablemente, de la mejor flota de futbolistas desde Di Stéfano.

Y es que en el Manzanares naufragó hasta Kroos, un gran dibujante en Alemania, pero privado en Madrid de la tiza de Schweinsteiger y la pizarra de Khedira, con lo cual da lo mismo Kroos que Gascoigne.

–Better to sink beneath the shock, / tan moulder piecemeal on the rock –era la recomendación de Churchill para estos casos.

Más vale sucumbir al choque que deshacerse poco a poco en la roca.

Ancelotti es de los de deshacerse poco a poco en la roca (el simeónico Atlético empieza a hacérsenos la roca Tarpeya), y el viernes, mediada la segunda parte, como ejemplo de entrenador amigo de sucumbir al choque sólo me salía el nombre de Jürgen Klopp, quien, por cierto, no está exento de hacer cosas raras, como, hablando del sorteo de la Champions, poner en entredicho a Rusia e Israel, pues juzga “difícil ir allí fingiendo que no pasa nada”. ¿Qué tenemos aquí? ¿Otro alemán al que sus padres no contaron nada?


LA MANO ABIERTA
El Córdoba en el Bernabéu, donde el Chapi Ferrer montará, en vez de un autobús, una mezquita, y todavía no sabemos si a Simeone lo expulsaron por el peinado o por la colleja. “Golpeó en la cabeza al cuarto árbitro con la mano abierta”, fue la descripción arbitral, que podría haberla firmado, no ya Javier Marías, sino el mismísimo ideólogo de Podemos, Monedero, que cobra del Estado como profesor de cosas y a cuyo talento se debe la descripción más granada (de ir al grano) de la eliminación de Bin Laden: “Bin Laden, un ser humano, ha sido, al parecer, asesinado (por) su supuesta principal acción: la introducción de dos aviones en las Torres Gemelas”. Repare el lector en las vueltas que dan un árbitro para no decir “colleja” y un profesor para no decir “atentado”.


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