jueves, 16 de octubre de 2014

Bajo cielos inmensos… ¡Juanito Villar! / por Joaquín Albaicín




Bajo cielos inmensos… ¡Juanito Villar!


por Joaquín Albaicín – 
Por haber llovido bastante desde las noches en que devoraba las historias de Zane Grey y J. O. Curwood, había olvidado lo entretenidas que son las novelas del Oeste. Me ha refrescado la memoria la lectura de Bajo cielos inmensos (Valdemar), de A. B. Guthrie Jr., con su recreación de la barcaza subiendo por el Missouri hasta el Yellowstone y la confluencia con el Platte antes de ganar el territorio de los Pies Negros, hecha avanzar por la tripulación tirando de ella con una soga desde la orilla o bien empujándola desde la cubierta con ayuda de varas hundidas en el lecho del río, como quien se echara un paso de Semana Santa al hombro.

Leyéndola, he recordado a Clark Gable en Más allá del Missouri y a Charlton Heston en El valle de la furia, aquellas películas sobre tramperos consagrados al comercio de pieles, hombres solitarios, habitantes del bosque cuyo perfume y montañas les hacían sentirse pájaros y soñarse reyes.

Gracias a Guthrie se me ha desentumecido el recuerdo acerca del excelente remedio que, contra la gonorrea, constituyen una infusión de raíz de rudbeckia y una venda de piel de castor liada en el miembro viril. Y sobre lo sabrosas que son las costillas de bisonte, en especial las de la giba, y el tuétano de sus huesos y el guiso de cola de castor. Me he acordado de mi Madelman trampero, de su fusil de chispa y de un solo tiro, de su gorro a lo Daniel Boone como el que yo me compré en la Disneylandia de Orlando, de su cuchillo –tan valorado hoy por los nostálgicos del juguete con solera- y su cepo de caza. Y he añorado, por supuesto, los cada vez más lejanos días en que, para publicar un libro, a su autor le eran exigidas cualidades como el don y el pulso literarios. Ese pulso, sí, centelleante como las culatas de plata de los rifles de los hombres de la frontera y que no ha de temblar ni al deslizarse sobre el folio virgen, ni al hacer fuego sobre el enemigo que -tomahawk en ristre- acomete al galope.

Y es que hay ataques y mandobles en los que no cabe dudar ni esto, lo mismo si se está en medio de una batalla campal en las cercanías del Missouri que sentado sobre la anea en el escenario de Casa Patas. El sábado último, que amaneció con el cielo encapotado, la programación flamenca fue en Madrid de lo más jugosa. Cantó en el Áncora Saray Muñoz acompañada por los hermanos Losada y, en Leganés, en el Aula de las Artes, una Montse Cortés con nuevo y flamante disco (Flamencas en la sombra, Universal Music) en el mercado. En Casa Patas, además, se dejó ver y escuchar Juanito Villar, uno de los grandes de una generación ilustre: la de quienes a comienzos de la década de 1960 debutaron como meritorios en los cuadros de los tablaos pioneros de los Madriles. Quien quisiera cazar búfalos en las grandes praderas no puede decir que no se avistara, la noche del sábado, peludo blanco hacia el que apuntar con la carabina.

Camino del Patas nos pusimos justo tras ver aparecer en la pantalla del Facebook la exclamación de Jacinto González celebrando la que estaba formando Montse por siguiriyas en la otra punta de la capital. Llovía a cántaros y, a cuantos nos refugiamos bajos los aleros del Corte Inglés, no nos hubiera extrañado ver descender por la calle Preciados una canoa llena de algonquinos o iroqueses con pinturas de guerra. Pero logramos llegar al Patas, y a tiempo de acomodarnos para disfrutar del cante de un Juanito Villar recibido por la audiencia con una ovación que le obligó a saludar desde los medios. Su cante por alegrías, tangos, soleá y bulerías, secundado por la sonanta de fragante melodía de un Niño Jero seductor en sus galantes escarceos con el ritmo, nos devolvió ecos de una época dorada. Cantó Juan Villar con corazón y bravura, conjurando en el cielo inmenso de su paladar emociones tan necesarias para el panaché del cante como la dolencia artística, el amor y las buenas sombras bajo las que cobijarse. Por su parte y motivado por la guitarra de El Pelu, sobrino de Camarón, su hijo Antonio se destapó en las siguiriyas en tiempo de baile y en un inspirado fandango del Rubio como un valor en firme curso de consolidación. Igual que su progenitor, cortó cabelleras a ley y dejó ese buen sabor de boca que distingue al cante por derecho, bien mascado e invocado con lealtad y gusto.


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