domingo, 19 de junio de 2016

Terror y utopía / por Joaquín Albaicín


«Hasta el momento, no existía en Occidente ningún libro que hubiera contribuido tanto a la recuperación de la memoria de las víctimas de Stalin. Una obra extraordinaria desde el punto de vista de la investigación, la narración y la memoria». 
The Times Literary Supplement

"1937 es un año de terribles paradojas para la ciudad de Moscú: el fabuloso desarrollo urbanístico de la ciudad, que se materializa en la construcción del nuevo metro, el Canal de Moscú, los rascacielos y la efervescencia cultural, convive con la muerte de un millón y medio de personas, la falta de privacidad, la delación y los falsos juicios, que sumieron a los ciudadanos en lo que se ha denominado el «Gran Terror». En este ensayo absorbente Schlögel nos transporta a vista de pájaro a una época en que la frontera entre el sueño y la pesadilla desapareció en aras de la construcción de una nueva sociedad. Una obra monumental y rigurosa que narra uno de los episodios más dramáticos y perturbadores de la historia reciente."

Terror y utopía 

Foto: 
José Luis Chaín
Un libro de mil páginas, como Terror y utopía. Moscú en 1937 de Karl Schlögel, publicado por Acantilado, suele ser considerado un tocho. No lo es, claro, si tenemos en mente que trata sobre la URSS -país tocho- y que las actas procesales de uno solo de los millones de soviéticos represaliados en aquel entonces por Stalin ocupan, a veces, muchas más. Menos aún si la información en él servida es tan reveladora como la de este.

Al abordar el Gran Terror, lo usual es que los historiadores expresen especiales condolencias por los veteranos bolcheviques “injustamente” castigados en aquel período. A mí aquellos fieles servidores del Sistema son quienes menos pena me dan, pues se trataba de asesinos responsables o cómplices de la muerte durante la revolución y la construcción del comunismo de miles y miles de personas que sí que no tenían culpa de nada, porque nunca propugnaron el exterminio de la burguesía, ni de los obreros, ni de los campesinos, ni de la nobleza ni de los creyentes. A varios millones de almas se las tragó, sí, la tierra en 1937 y 1938, durante las purgas mediante las que Stalin quiso rematar la vesánica matanza iniciada por Lenin, pero quienes me causan consternación son las ubicables en el debe de esa inmensa mayoría a la que se comenzó a asesinar ya en 1917, pues los comunistas incluidos en el total no estaban, al fin y al cabo, sino experimentando en carne propia su maravillosa ideología.

¿El sueño de Pablo Iglesias?

Schlögel presenta a lo largo de su obra una viva reconstrucción de la sociedad stalinista: la música, las películas, el deporte… a lo largo de la cual nos reencontramos con Eisenstein, Prokofiev, Shostakóvich, Bulgakov, una enésima -pero siempre apasionante- reflexión sobre el juicio contra Bujarin, Dimitrov y su Komintern o Utiósov, rey del jazz soviético. Pero los esenciales son los últimos capítulos, por la demoledora información en ellos proporcionada acerca del campo de tiro de Bútovo y toda la red de centros de tortura y ejecución en funcionamiento en Moscú y alrededores o la evocación de la velada convocada en el Teatro Bolshoi para celebrar, el 30 de diciembre de 1937, tanto el XX Aniversario de la Cheka como el baño de sangre planificado que desde hacía meses estaba siendo perpetrado en todo el país.

También lo son por la transcripción del telegrama de Stalin pidiendo a los secretarios regionales que sugieran a Moscú “las cifras de personas que deben ser ejecutadas y las que deberán ser confinadas” y de la Orden 0047 expedida por Yezhov comunicando a sus subordinados los números finales. En ella se detallan los perfiles -por clase social, creencias religiosas, pasado familiar…- de los individuos a eliminar mediante fusilamiento inmediato o deportación a un campo. La orden exige alcanzar una cuota mínima de internamientos y condenas a muerte por región, con independencia de que los añadidos para completarla sean culpables o no de algo (tampoco lo era la gran mayoría de los ya incluidos en la selección), indica a las autoridades regionales que -en caso de considerarla insuficiente- lo comuniquen, es fijada la pena –“de ocho a diez años”– ya desde antes del juicio e incluye disposiciones especiales para las familias de los reos (las de los ejecutados, por ejemplo, “habrán de ser registradas y permanecer bajo vigilancia sistemática”).

Los fusilamientos serán acometidos “bajo mantenimiento absoluto del secreto sobre el lugar y la hora de ejecución de la sentencia”. En la posterior Orden 00486 leemos que: “Los hijos de los condenados, niños socialmente peligrosos, habrán de ser encerrados … en los campos y colonias reformatorias del NKVD”. ¡Hijos para el Padrecito Stalin! En los casos en que la cuota no fue cubierta, los contingentes se inflaron mediante redadas practicadas al azar contra estaciones o albergues o entre sectores de población tan diversos como gitanos, limpiabotas, adolescentes, golfillos de la calle o discapacitados (de modo que invidentes y niños de doce años recibieron un tiro en la nuca como culpables de espionaje).

La tesis de Schlögel subraya cuatro razones clave para la ejecución de la Gran Purga. La primera, la aspiración doctrinaria del socialismo al exterminio de clases sociales enteras: demasiados “parásitos” habían sido mantenidos con vida por falta en el país de médicos, ingenieros… y ahora ya podían ser reemplazados por una nueva generación de técnicos y científicos venidos al mundo bajo el régimen leninista y que no guardaban recuerdos de la vida en tiempos del Zar. La segunda sería la inminente promulgación de la nueva Constitución, que establecía elecciones generales, libres y secretas y, por tanto, concedía a todos derecho a voto y a presentarse como candidato, se perteneciera o no al Partido. Ello significaba que, sobre el papel, valdría lo mismo la papeleta de un campesino, un antiguo burgués, un represaliado, un expulsado del Partido, un artista “de antaño”, un cristiano o un musulmán que la de un obrero ateo de Leningrado obediente como un bovino.

Los comicios eran en la URSS pura cuestión de formalidad, pero resulta, obviamente, menos problemático camuflar doscientos sufragios disonantes que seiscientos mil. Había que cargarse a esos potenciales votantes, sobre los que se había ya discutido en el pleno del Comité Central, donde, en un clima de pánico a que la dictadura pudiera írsele de las manos al “proletariado”, Zhdanov recordó: “No perdáis de vista que en nuestro país hay dos millones de comunistas, pero hay un número mayor de personas sin partido”… comprendidos centenares de miles de individuos “de antaño”: gente sin derecho legal a vivienda o trabajo y que, con el miedo cosido al cuerpo, a duras penas se las apañaba gracias a chapuzas o empleos ocasionales de quinta fila.

La tercera, redirigir el descontento popular. En la URSS, la gente vivía golpeando la madera con un lápiz mientras charlaba a fin de romper las ondas de sonido y no ser escuchada por micrófonos ocultos, y guardaba cola durante horas hasta para obtener una toalla que, normalmente, no obtenía. Faltaba de todo. Eliminar a los funcionarios responsables de los sectores ineficientes -casi todos- culpándolos de sabotaje, espionaje, trotskismo o cosas así era mucho más sencillo que resolver el problema, generado por el propio Sistema. Y la cuarta, la existencia de muchos dirigentes del Partido y agentes de la policía secreta sin pasado nítido, pues un día fueron social-revolucionarios, oficiales zaristas, anarquistas… En torno a la mitad de los altos cargos y cuadros medios tenía más de cuarenta años y no era de origen proletario, y la tercera parte de los chekistas poseía un pasado no comunista. Esa mala hierba podía ahora ser sustituida por otra hornada de burócratas y asesinos ya nacida y educada en la URSS, ayuna de nostalgias y, por tanto, más impermeable a tentaciones, lo que se lograría procediendo contra los propios ejecutores de la Purga, convertidos a su vez en víctimas al ser acusados de haberse excedido en las cuotas, falsificado cargos… Es decir, de haber cumplido a la perfección las órdenes. Y el objetivo se logró: en 1941, el número de agentes del NKVD se había casi duplicado con nuevas incorporaciones con relación a 1936, y la mayoría de los veteranos habían sido fusilados o despedidos.

Así las cosas, no es de extrañar que los folletos de Intourist, la agencia soviética que suministraba itinerarios, hoteles y guías a los extranjeros de visita en la URSS, destacaran como principal atracción de la ciudad… el mausoleo de Lenin. Porque eso era Moscú: una gigantesca morgue funcionando a escala industrial.

Excelente obra, esta de Schlögel, y muy en sintonía con otros títulos de lectura obligada y también dedicados por Acantilado al estudio de la utopía bolchevique.

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