miércoles, 26 de septiembre de 2018

Los políticos no deben meter sus manos en la Fiesta / Taurología



Frente a los prohibicionistas, convencidos o por simples conveniencias, y a los tibios, que acaban siendo los más numerosos, nada mejor que plantearle a los políticos, de todos los colores, que saquen sus manos de la Fiesta. Si es algo tan nocivo como algunos predican sin fundamento alguno, no hay más que dejar pasar el tiempo para que desaparezca; si lo suyo es sencillamente no ayudar, aunque eso suponga infringir las leyes en vigor, con mayor motivo para que nos dejen en paz.


Entre prohibiciones y tibiezas calculadas
Los políticos no deben meter sus manos en la Fiesta

Qué empeño el de algunos políticos por meter sus manos en el mundo del toro. Lo mismo piden un referéndum, que naturalmente pagaremos a tanto por cabeza, que organizan una concentración, esperaremos que no sean de las de autobús, bocadillo y cocacola. Y todo porque a unos dirigentes no les gusta la Fiesta,  o porque consideran que es materia asequible para atraer votantes.

Resulta inútil recordarles que estamos ante un componente milenario de nuestro patrimonio cultural, como les importa una higa que se aporten los  datos de creación de riqueza que genera la Tauromaquia.  Ellos se encajan en su simple “No es no”. Y a partir de ahí, como diría un castizo, a silbar a la vía.

Pero, al menos, debe reconocerse que en  estos empeños antitaurinos son coherentes: los aducen con ocasión y sin ella, aunque cada vez que lo ponen a votación los ciudadanos les dan un revolcón. No se permiten un desmayo. Pero también han dejado claro que no son tan ineptos como para tropezarse a sabiendas contra un muro: como cuando buscan sus objetivos de frente saben que pierden, andan trabajándose aspectos colaterales, en los que no se pone por delante la palabra “prohibir”, sino que buscan crear las condiciones para que el hecho taurino se asfixie. 

En esto practican la política de aquella dirigente, que ya dejó la escena pública, para la cual todo debería “parecer un accidente”. La Ley que pretendieron --inútilmente, por cierto-- sacar adelante en el Parlamento de Andalucía iba por ese camino. O las excepciones que los soberanistas catalanes hacen a su ley prohibicionista, para no entrar en conflicto con sus regiones en las que los festejos populares tienen gran arraigo. 

En sus grandes líneas, las formaciones que predican el antitaurinismo radical forman parte de la izquierda. Se olvidan de la historia de sus propias filas. Se olvidan de don Manuel Azaña, que impulsó el gran libro taurino de  Chaves Nogales, o de Rafael Alberti, que desde las filas comunistas no le dolían prenda a la hora de cantar a la Fiesta. Y en lo más anecdótica, por lo visto nadie les ha explicado que en pleno franquismo era Domingo Dominguín quien traía a España los papeles del PCE aprovechando el esportón con los trastos de Luis Miguel.

Pero a los antitaurinos no recuperables, incluso cuando actúan en segunda derivada, se les ve venir. Por eso aún peor que los antitaurinos declarados suelen ser lo tibios, esos que un día se abstienen y otros votan en contra, siempre según donde se trate, no vaya a ser que su postura resulte electoralmente contraproducente. Y tibios, para qué engañarnos, se dan en todas las formaciones; no son patrimonio de ésta o aquella marca electoral. También en el PP, que patina en Galicia y que un día incluyeron la Tauromaquia en su programa electoral y en los siguientes borraron por si acaso toda referencia. 

Pero, recodemos, sin la tibieza del PSOE la  erradicación de la Tauromaquia en Cataluña no habría sido posible; sin su tibieza las leyes sobre la Fiesta no habría salido adelante tan sólo con la mayoría de Gobierno; sin su tibieza no se habrían producido las incidencias negativas en tantas instituciones locales. NI con una Vicepresidente del Gobierno que es gran aficionado, en los famosos 100 días no hubo ni un pequeño gesto para que el Ejecutivo de Sánchez. Tan sólo los pocos minutos necesarios para una firma rutinaria para complementar reglamentariamente una orden ministerial heredada del anterior Gobierno. 


En no pocas ocasiones, demasiadas, tampoco la tibieza le es ajena a Ciudadanos, que en esta materia, como en otras, son expertos en ponerse de perfil; parece que ya se han olvidado de aquella tarde en la que a Albert Rivera lo sacaron a hombros en la Monumental de Barcelona. 

Como lo verde y la animalista tiene una venta limitada, que parece que es materia de la que se apropia la izquierda, el fantasma que sacan a pasear son los dineros: “ni un euro público” para la Fiesta. Naturalmente tal no sostienen a la hora de cobrar, que fiscal y administrativamente exprimen el tema todo lo que pueden. Por eso, por ejemplo, elaboran pliegos para concursos de adjudicación que resultan más que utópicos.

Ante ese panorama, nada mejor que plantearle a los políticos, de todos los colores, que saquen sus manos de la Fiesta. Si es algo tan nocivo como algunos predican, no hay más que dejar pasar el tiempo para que desaparezca; si lo suyo es sencillamente no ayudar, aunque eso suponga infringir las leyes en vigor, con mayor motivo para que nos dejen en paz.

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