miércoles, 24 de agosto de 2022

Guardiola ad portas / por The laughing man


El 4 de mayo, cuando flotaba por Concha Espina tras la épica victoria contra el artificial City de Guardiola, no pude evitar recordar a Aníbal y su cruel destino. Ese “morir en la orilla” o “engordar para morir” que tan sabiamente apunta el refranero nacional y que Maharbal, comandante al mando de la temible caballería númida al servicio de Aníbal, definió con una sentencia que perdura hasta nuestros días. “Sabes vencer, Aníbal, pero no sabes sacar provecho de tus victorias”.

Guardiola ad portas

Escrito por: The laughing man 
La Galerna / 24 agosto, 2022
Corre el año 218 aC y Roma ve con recelo cómo Cartago emerge de sus cenizas, pese a la pérdida de Sicilia y los tributos impuestos en los tratados de paz tras la I Guerra Púnica, gracias a su expansión por la península ibérica.

La conquista cartaginesa de Sagunto, aliada de la Res Publica en Hispania, supone el casus belli perfecto para legitimar una declaración de guerra ansiada por muchos senadores, temerosos de que su auge comercial en el Mediterráneo acabara por arrebatarles el liderazgo militar y, por qué no decirlo, ávidos de explotar las ricas minas de Iberia. “Nunc aut numquam”¹ resonaba en la Curia Hostilia para convencer a los últimos reticentes, incapaces de evitar lo irremediable. En primer lugar, por la confianza que otorgaba disponer de más y —supuestamente— mejores efectivos y, en segundo lugar, porque los cartagineses carecían de un líder contrastado. En efecto, habían pasado diez años desde la muerte de Amílcar Barca, el gran general púnico que iniciara la conquista de Iberia, y tampoco contaban con su yerno y sucesor, Asdrúbal, asesinado hacía ya tres años. Rápidamente el gobierno cartaginés ratificó a un joven Aníbal, hijo de Amílcar, al frente de sus tropas en la península, lo que implicaba estar alejadas tanto de Roma como de Cartago. A su poca experiencia (dos años de conquistas de tribus menores al sur del Ebro), Aníbal sumaba la inferioridad numérica, por lo que en Roma nadie esperaba una contienda larga.

Aníbal Barca
En un giro inesperado de los acontecimientos, Aníbal decide que la mejor defensa es un buen ataque y parte de Cartago Nova (Cartagena) rumbo a Roma, sorteando mil dificultades que incluyen el cruce de los Pirineos, ataques furtivos de tribus Galas, el cruce de los Alpes en pleno invierno, y enfrentamientos con las legiones que le salieron al paso, en batallas memorables como las del río Tesino, Trebia y el lago Trasimeno. Tras dos años de contienda, ambos ejércitos se enfrentan a cara o cruz en la gran batalla de Cannae, el dos de agosto del 216 aC. Allí Roma sufre la que quizás haya sido su derrota más trágica, atendiendo a las consecuencias que pudo tener en su propia supervivencia como civilización.

Desbordadas por la estrategia púnica, pese a disponer del doble de efectivos, las legiones romanas son arrasadas, dejando vía libre a Aníbal, quien pronto alcanza la capital de la Res Publica sin más oposición para someterla que sus murallas. Es en esos momentos donde, desde lo alto de estas, atisbando a su pie la caballería del enemigo, sus ciudadanos gritan “¡Hannibal ad portas! ¡Hannibal ad portas!”, dejando perenne el pánico que se siente instantes antes de ser conquistados.

DESBORDADAS POR LA ESTRATEGIA PÚNICA, LAS LEGIONES ROMANAS SON ARRASADAS, DEJANDO VÍA LIBRE A ANÍBAL, QUIEN PRONTO ALCANZA LA CAPITAL DE LA RES PUBLICA SIN MÁS OPOSICIÓN PARA SOMETERLA QUE SUS MURALLAS. ES EN ESOS MOMENTOS DONDE, DESDE LO ALTO DE ESTAS, SUS CIUDADANOS GRITAN “¡HANNIBAL AD PORTAS!”, DEJANDO PERENNE EL PÁNICO QUE SE SIENTE INSTANTES ANTES DE SER CONQUISTADOS

Tras una epopeya sólo comparable a las de Alejandro, Julio César, Pizarro o Hernán-Cortés, Aníbal está a un paso de cambiar el curso de la Historia. Ha logrado lo que nadie pudo imaginar, disponer del tiempo, el espacio, los medios, el conocimiento, y hasta la ayuda de los dioses en momentos decisivos, para herir de muerte a su enemigo. Sin embargo, cuando aparentemente sólo queda lo más fácil, no supo rematar a una civilización que se desangraba por todas sus costuras. Muchos son los historiadores que se preguntan por qué no dio el paso definitivo. Quizás consideraba insuficientes sus medios para un largo asedio ante el tamaño descomunal de las murallas, quizás los dos años de contienda le estaban pasando factura, quizás pensó que sólo conquistando antes el sur de Italia podría asediar la gran urbe, quizás temía por la llegada de suministros y refuerzos desde Cartago donde ciertos aristócratas como Hannón el Grande veían con recelo el imparable ascenso del joven general… Sólo él lo sabe. Murió dejando espacio para la especulación de quienes jugamos a reinterpretar la Historia. Lo único cierto es que no lo hizo y, 14 años después, Aníbal vería cómo su enemigo había resucitado gracias a otro joven general, Escipión el Africano, quien le derrotaría en Zama en lo que fue la crónica de una muerte anunciada del imperio cartaginés.

GRACIAS A SU ESTRATEGIA, GUARDIOLA TUVO AL MADRID DONDE ANÍBAL TUVO A ROMA TRAS CANNAE, Y LA PRUEBA ES QUE AMBOS HUBIERAN FIRMADO ESA SITUACIÓN AL INICIO DE SUS CAMPAÑAS SIN DUDARLO… CRASO ERROR

El 4 de mayo, cuando flotaba por Concha Espina tras la épica victoria contra el artificial City de Guardiola, no pude evitar recordar a Aníbal y su cruel destino. Ese “morir en la orilla” o “engordar para morir” que tan sabiamente apunta el refranero nacional y que Maharbal, comandante al mando de la temible caballería númida al servicio de Aníbal, definió con una sentencia que perdura hasta nuestros días. “Sabes vencer, Aníbal, pero no sabes sacar provecho de tus victorias”. Qué gran reflexión. A los puntos, Guardiola había sabido vencer. Con el tiempo reglamentario cumplido y la victoria inglesa ondeando en el marcador del Bernabéu, no hubiera sido injusto que pasara el City a la final por mucho que me doliera reconocerlo. Siempre por delante en la eliminatoria, Pep tenía el jaque mate a tiro, con dos goles de ventaja, el Madrid desconcertado y Grealish inventándose ocasiones que, de no mediar la punta de los tacos de Courtois o la pierna de Mendy, hubieran subido el 6-2 al marcador global. Gracias a su estrategia, Guardiola tenía al Madrid donde Aníbal tuvo a Roma tras Cannae, y la prueba es que ambos hubieran firmado esa situación al inicio de sus campañas sin dudarlo… Craso error.

Guardiola y Lillo banquillo Bernabéu

Pero la Historia se escribe en renglones torcidos y no es la primera vez, ni será la última, que pierde un partido o una guerra quien tiene todo a su favor. Ya lo vimos en la final de la UCL de 1999 entre United y Bayern donde el equipo alemán ganaba 1-0 en el minuto 90 y acabó perdiendo sin llegar ni a la prórroga; o en la batalla de Farsalia donde Pompeyo, con muchos más efectivos que Julio César y un apoyo mayoritario del Senado, fue derrotado, días antes de que Ptolomeo XIII entregara su cabeza al propio César en una bandeja de plata para lograr un apoyo que nunca se produjo. La pregunta sería, pues, ¿por qué? La diosa fortuna, que ayuda, también se persigue, siendo un recurso demasiado fácil para servir de respuesta a todas las preguntas, además de reflejar una de las muchas diferencias entre mi admirado Aníbal y mi despreciado Guardiola. Mientras el primero se ofendería si alguien acudiera a ésta para justificar lo acontecido frente a Escipión, el segundo la usa sin pudor en su particular reconstrucción de los hechos cuando tercia una derrota.

Sin entrar en tácticas deportivas, ni en estrategias militares, pues daría para un libro más que un artículo, hay elementos comunes a todos los escenarios en los que nadie hubiera apostado por el vencedor.

El primero es el convencimiento

Nadie logra una hazaña si no creyó antes que fuera factible. Ni Aníbal en Cannae, ni Escipión en Zama, ni por supuesto el Madrid ante el City. Esa fuerza mental ni es fácil, ni es común. ¿Cuántas veces sabemos que un jugador es mejor, pero preferimos a otro en nuestro equipo? En deportes individuales se aprecia muy bien, siendo Nadal, quizás, el mejor ejemplo. Para tener su palmarés se necesita su calidad, claro, pero otros con tanta calidad como él no lo tienen… No, no es sólo eso, es su mentalidad la que le ha permitido ser, quizás, el mejor tenista de la Historia. Sin embargo, en deportes colectivos la ecuación se complica porque la gestión de un grupo no es sólo una suma de gestiones individuales.

Si algo demostró esta Champions es que el Madrid como colectivo ha sido mentalmente muy superior a sus rivales en los momentos decisivos, especialmente en la zona Cesarini. Ha sabido sufrir y reponerse a numerosas adversidades en todas y cada una de las eliminatorias e, incluso, en la fase previa. Empezó perdiendo contra la supuesta cenicienta del grupo, acabó ganando al Inter en los minutos finales, remontó milagrosamente contra el PSG, remató al Chelsea cuando éste le pagaba con su misma moneda, destrozó años de inversión millonaria en el City en sólo cinco minutos y, hasta en la final, supo vencer a un Liverpool que pudo haberse adelantado primero y empatado después. Pudo, sí, pero no lo hizo.

SI ALGO DEMOSTRÓ ESTA CHAMPIONS ES QUE EL MADRID COMO COLECTIVO HA SIDO MENTALMENTE MUY SUPERIOR A SUS RIVALES EN LOS MOMENTOS DECISIVOS, ESPECIALMENTE EN LA ZONA CESARINI. HA SABIDO SUFRIR Y REPONERSE A NUMEROSAS ADVERSIDADES EN TODAS Y CADA UNA DE LAS ELIMINATORIAS E, INCLUSO, EN LA FASE PREVIA

Recuerdo el partido en el Bernabéu contra el City donde todo el estadio rugió al oír que daban 6 minutos de descuento. Como muchos, estaba más convencido de pasar con 0-1 que con el 0-0, porque el escenario inicial había cambiado. Ya no había tácticas (sorry, Pep, se deshizo tu tela de araña que aburre a las ovejas), sólo había épica e instinto y, ahí, el Madrid sí era claramente superior a su rival porque, mientras el equipo inglés tenía a su líder en el banquillo, el Madrid los tenía en el campo. Sólo había que marcar un gol y el castillo de arena de Guardiola se desharía; todos lo sabíamos, incluso él. Basta ver su parálisis desde el 1-1, cuando aún tenía todo en su mano. Lo difícil no era meter tres, era meter el primero. Lo hablamos en las gradas, se palpaba en el ambiente. Con el empate de Rodrygo, el árbitro suspendió el partido de fútbol y dio inicio al partido psicológico. El Madrid creía en el milagro porque su técnico creía, sus jugadores creían y el estadio creía. Esa fe irracional transformó las montañas inglesas en volcanes, abriendo un espacio imposible para que Rodrygo Alonso Santillana, rematara desde el cielo entre dos centrales que le sacan una cabeza cada uno, con un testarazo que ya es historia viva del madridismo. Suerte, dicen.


El segundo es el miedo

El Madrid ha pasado por diversas fases de miedo en esta Champions. La primera fue en la ida contra el PSG y en la vuelta hasta el primer gol. Se notaba el miedo en unos jugadores irreconocibles, incapaces de dar dos pases seguidos. Fueron 150 minutos de miedo a perder en los que encajamos “sólo” dos goles, gracias un portentoso Thibaut Courtois que nos sacó muchas castañas del fuego. Sin embargo, en los pocos minutos que el miedo cambió de bando, fue tan tremendo el descalabro parisino, que les cayeron tres como pudieron ser cinco. La segunda vez fue en la vuelta contra el Chelsea. Tras un primer partido memorable, su gol al poco del comienzo en el Bernabéu, tras un fallo defensivo un tanto naif, instaló el miedo en los jugadores y el equipo londinense con valentía y oficio, supo sacar partido. Al igual que contra el PSG, fue meter el primer gol —un gol eterno— en ese partido y trasladar todo ese miedo a un rival que no supo gestionarlo, ni de lejos, como el Madrid.

Contra el City fue una eliminatoria diferente. Nadie tuvo miedo a la ida, y a la vuelta todo se concentró en el tramo final. Tras el golazo de Mahrez, y a medida que avanzaban los minutos, el Madrid empezó a temer por la derrota. Esta vez fue la retaguardia quien, con dos acciones salvadoras, devolvió la confianza al equipo, trasladando el miedo al rival que literalmente desapareció del campo. El afán de Guardiola por tener jugadores dóciles tampoco ayuda en esas situaciones, en contraposición al agrado de la afición merengue por jugadores con carácter desde la época de Bernabéu. Y por terminar la concatenación de hechos, en la final, más allá de los nervios, no vi miedo en ningún equipo, lo cual dice mucho de sus dos entrenadores y, por extensión, de quienes los contrataron y de a quienes entrenan, a la altura de unos clubs tan históricos como a los que representan.

HAY ELEMENTOS COMUNES A TODOS LOS ESCENARIOS EN LOS QUE NADIE HUBIERA APOSTADO POR EL VENCEDOR: EL PRIMERO ES EL CONVENCIMIENTO. EL SEGUNDO ES EL MIEDO.

Hay más factores, sin duda, pero me quedo con estos dos. ¿Y la calidad? Sí, claro, como el valor en el ejército, se presupone. Nadie llega a eliminatorias de UCL sin ella. ¿Y la suerte? Si a estas alturas te lo preguntas, vuelve a la casilla de salida. ¿Y el esfuerzo? Véase comentario respecto a la calidad. Muchos son los factores que intervinieron para que Frodo lograra fundir el anillo en la lava del Monte del Destino, pero por encima de todos destacan su convencimiento de estar haciendo lo correcto y su gestión del miedo, porque el miedo lo tenemos todos, lo que nos diferencia es cómo lo gestionamos.

Guardiola ad portas quedará en nuestra memoria como Aníbal sitiando Roma, como símbolo de lo que pudo no ser y no fue o, mejor dicho, sí fue, pero no para ellos. Las guerras, como los títulos, se ganan, no se compiten. Ambos pagaron su gran error, viendo como su odiado rival se alzaba con la victoria final. Pero no hay odio sin admiración o, cuando menos, reconocimiento, porque la altura de tu enemigo marca la tuya propia. Por eso este título quasi imposible sabe tan dulce y, por eso, es una gesta que pasará de generación en generación. Hablaremos a nuestros nietos de las remontadas imposibles de la 14 en el Bernabéu como mi abuelo me habló de las noches europeas del Madrid de Di Stefano o mi padre del miedo escénico de las dos UEFAs. Y si ellos quieren, cuando ya no estemos, harán lo propio.

Historia que tú hiciste, historia por hacer.
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 ¹ ahora o nunca

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