lunes, 28 de noviembre de 2022

Zoofilia / por Jorge Arturo Díaz Reyes


"...Es patético ver como se invoca la piedad y la civilización, para condenar el culto ancestral a un animal, cuidado y mimado más que ningúno, hasta una edad que a sus congéneres no se les permite llegar. El cual, sacralizado, se bate con un oficiante ceremonial, en privilegiadas condiciones de igualdad, identidad y respeto..."

Zoofilia
Jorge Arturo Díaz Reyes
CrónicaToro/Cali, XI 28 2022
Una cosa es amar a los animales y otra copular con ellos. Misma palabra, dos acepciones. Igual que otras muchas.

No hay que confundir. La costumbre y sus derivados; razón, cultura, moral… obligan a diferenciar según contexto el significado de las palabras polisémicas y los comportamientos que traducen. El lenguaje es un orden que la especie impone a todas las cosas y seres.

Somos animales, claro, pero razonamos, los únicos, luego aventajamos. Así ha sido y así es. Clasificamos y dictamos el verso y el anverso, el uso y el abuso, el sí y el no. Eso ha hecho de nosotros los máximos competidores biológicos. Ya sumamos 8.000 millones y aumentando. Necesitamos comer mucho, consumir mucho, depredar mucho para seguir proliferando.

Estas duras obviedades quedan ocultas en el animalismo retórico. Que pretende disfrazar la fatalidad ecológica, con poses trans-especie, que van de la zoomanía, hasta la zoocracia. Del mascotismo al exterminio del toro de lidia, negando el “espectáculo bárbaro” que lo sustenta. Del miedo al delirio de una vida sin muerte. Ofreciendo un utópico reino del “derecho animal”, definido, aplicado y restringido unilateralmente que ya de suyo es un contrasentido. Un reino sin corridas para que sigan la hecatombe y el festín sin arrepentimientos.

Prohibir solo esa “crueldad”. En lugar de toda la que ha signado desde siempre la relación del hombre con la naturaleza y consigo mismo. Esa inocultable crueldad que nos ha cargado de culpas y deudas que ya estamos pagando aterrorizados. Esa que ha escrito y sigue escribiendo la historia humana.

Es patético ver como se invoca la piedad y la civilización, para condenar el culto ancestral a un animal, cuidado y mimado más que ningúno, hasta una edad que a sus congéneres no se les permite llegar. El cual, sacralizado, se bate con un oficiante ceremonial, en privilegiadas condiciones de igualdad, identidad y respeto.

¿Cuál mayor muestra de amor y reverencia (zoofilia, primera acepción) del hombre a un animal que ofrecerle su propia vida en homenaje y expiación del abuso histórico?

¿Por qué resulta en particular este rito tan incomprensible y ofensivo a zoomanos, zoopatas y zoocratas? Quizas porque los deja en evidencia.

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