miércoles, 27 de diciembre de 2023

Toros, un debate imposible / por François Zumbiehl


El escritor reflexiona sobre el por qué de su pasión a la tauromaquia, y llama a los aficionados a mostrar su afición, frente a la cultura woke

Toros, un debate imposible

François Zumbiehl
Escritor y doctor en Antropología Cultural (Univ. Burdeos)
ABC/26 Dic. 2023
Más que nunca el tema de los toros es un campo de batalla donde se enfrentan ejércitos de estereotipos. «Tortura y crueldad», esgrimen los unos –torciendo el significado habitual de estos términos–, «arte y tradición» responden los otros. En la tauromaquia se nota la polilla del franquismo, aseguran algunos, como si hubiera sido inventada en aquella época. Sus defensores agitan como estandartes a Lorca, Alberti, Picasso y un sinfín de artistas y escritores que se han nutrido de ella. No les falta razón, pero el argumento es insuficiente si no se dilucida por qué la tauromaquia en sí misma es cultura y arte. Pero su belleza es difícilmente comunicativa mientras los antitaurinos no la quieran ver. El debate queda bloqueado. Sólo podría reanudarse sobre la base del respeto mutuo de la sensibilidad de las personas que componen cada campo. 
De hecho, la Unesco, en lo que toca las tradiciones inmateriales, define la cultura como:

 la relación existencial entre un patrimonio (fiestas, espectáculos vivos, ritos...) y una comunidad –en este caso la de los aficionados– que se identifica con él, si no se dañan, por supuesto, los principios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos

Desgraciadamente, algunos antitaurinosno quieren saber nada de Unesco, y emplean contra la fiesta taurina todos los recursos del wokismo, nueva inquisición de nuestro tiempo.

En tal contexto, para el aficionado la mejor defensa está supeditada a su capacidad por olvidarse de referencias consabidas y adentrarse en la médula de su afición. Que cada uno conteste a esta pregunta sencilla: ¿Por qué me gustan los toros? Si de algo vale, mi respuesta será la siguiente: me gustan porque hacen tocar emociones y verdades tan fundamentales como las que se experimentan en la infancia con los cuentos de hadas: el miedo, el sentimiento de nuestra fragilidad, y la alegría del triunfo cuando el valor, la inteligencia y el arte han podido imponerse a todas las amenazas materializadas por el toro. 

De mi primera corrida en Bayona, a los doce años, llevado de la mano de mi madre, guardo una impresión deslumbrante, que se enriqueció con muchas matizaciones que dibujan ese claroscuro inherente a cualquier tarde de toros. Es el contraste entre la violencia de la embestida, de los primeros momentos, y la suavidad del toreo que se impone poco a poco y, con el temple, apacigua la acometida del animal bravo, la hipnotiza como el cante de Orfeo a las fieras. 
Mientras dura la faena hay, a pesar de la lidia, un perfume de compenetración entre el hombre y el toro, absolutamente excepcional. La violencia y la sangre se olvidan cuando la embestida del astado, conducida por una mano experta, se convierte en un inverosímil deslizar. El arte de torear, por ser frágil y efímero, es genuinamente humano y conmovedor. Y por eso, cuando la belleza, siempre imprevisible, surge en el temple, parece un milagro. El torero que dibuja en el aire y en la arena su obra, dibuja cosas «que no son de este mundo», como me dijo un día el maestro Pepe Luis Vázquez.

Al fin y al cabo, la fiesta de los toros es la metáfora condensada y sublimada de nuestra lucha por sobreponernos a nuestro destino mortal.

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