jueves, 22 de febrero de 2024

El gobierno del polvorón / por Jaime Alonso


"..Se impone una rebelión colectiva y debe abandonar quien no se encuentre con fuerzas. Se necesitan corazones fuertes, mentes lucidas y voluntad firme, aunque broten las lagrimas de nuestros ojos. El avance permanente de quienes tenemos el deber sagrado de defender la patria y su unidad así lo impone.."


El gobierno del polvorón
Jaime Alonso
Abogado
No se me vicien, lectores, ni les de por imaginar, suprimiendo letras, añadiendo otras o alterando la frase, que el título obedece a otra coyuntura y mayor propósito que el de señalar la dificultad de encontrar un gobierno que menos sirva a los intereses generales y mayor desprestigio internacional provoque. Durará lo que un polvorón en la boca de un novicio. Basta con calibrar el natural rechazo que provoca, en todos los ámbitos de una sociedad sin adscripción al pesebre del sueldo o la subvención, para llevarnos al convencimiento de que este intrínseco desgobierno, no debe imponerse contra la historia, contra el derecho natural, contra la mayoría del pueblo, contra todas las instituciones del Estado independientes y, yo añadiría, contra Dios. 

Pero Pedro I “El Bárbaro”, sí lo cree. Considera que su voluntad, apetencia y conveniencia, es ley. Lo ha demostrado en estos últimos seis años, sin que las urnas lo frenaran en varias elecciones plebiscitarias. Se encuentra poseído por la soberbia de la ignorancia y el resentimiento de la mediocridad. Aún sigue sin creerse que haya llegado donde hoy está en el usufructo del poder sin freno. La tragedia radica en no reconocerse como un títere de feria al que invitan a culminar su obra, perfectamente trazada, financiada y apoyada, dentro y fuera de España, de proclamar la III Republica Confederal.

Sólo eso justificaría su mandato ante la historia, pues cree poder modificar todo sin que cambie nada. Sólo desde ese abismo irresponsable pueden sembrarse todos los vientos de la discordia entre españoles, incluyendo la barbarie de profanar tumbas de enemigos imaginarios. Cuando el “sanedrín plutocrático del Sanchismo” validó la profanación de la tumba del héroe y estadista más reconocible de la historia de España, se consumaba la impunidad de cualquier fechoría. Pues ninguna es superior a la civilidad que impone respetar a los muertos, en cualquier cultura superadora de la barbarie.

Una vez reconocida, como categoría de razón, la arbitraria mayoría numérica, somos más, el abismo de lo impredecible se instala en nuestras vidas, con independencia de la falsedad de esa mayoría parlamentaria en minoría social. Sustituir los hechos por las opiniones nunca ha sido conveniente para gobernar. Reescribir la historia es un signo de totalitarismo inaceptable y pernicioso para las generaciones futuras, adoctrinadas en las escuelas e indoctas en la práctica para enfrentarse a los nuevos retos. Lo que debemos a los muertos, nuestros antepasados, es justicia y verdad. La verdad factual de los hechos no puede cambiarse. 

No existe el derecho a que cada generación conozca la historia en función de una conveniencia política, pues los hechos, las opiniones y su interpretación es materia del riguroso análisis que, sobre unos hechos, establezcan sus estudiosos historiadores.

El deseo totalitario de controlar el pasado, para incidir sobre el presente y condicionar el futuro, nos permite establecer una catalogación del actual presidente del gobierno, Pedro Sánchez,  en las fuentes de la historiografía romana. Como no existen derechos humanos sin un poder estatal o global capaz de protegerlos, tampoco podemos admitirun “tribunal de la  historia” con la falsificación de la misma. Nerón y Calígula son los mejores referentes en la concepción y arbitrismo del poder de Pedro I “el bárbaro”.

Nerón se creyó capaz de incendiar la ciudad de Roma por puro deleite, inmunidad del poder, narcisismo enfermizo y despotismo desilustrado. El daño causado no afectaba a su conciencia psicopática, tampoco las consecuencias de sus actos. Tocaba la lira mientras contemplaba el espectáculo. Deseo fervientemente que la lira hoy, en Españano la esté tocando Feijoo, el Mariano-bis de la llamada oposición. Lo digo por no perder toda esperanza de regeneración política y pervivencia de la comunidad hispana como legado histórico imprescriptible.

Calígula, que tenía el mismo aprecio al parlamentarismo y al Senado que Sáncheznombró cónsul a su caballo Incitatus; asimilable a nombrar a Francisca Armengol presidente del Congreso. Calígula, a diferencia de Sánchez, era culto y fue educado por la aristocracia romana. Conoció el poder y sus servidumbres desde joven; derogó las leyes de memoria histórica que había promulgado Tiberio, para perseguir a sus enemigos (damnatio memoriae), lo que le granjea iniciales simpatías en el pueblo, hasta que una grave enfermedad le perturba el sano juicio. No conocemos ninguna enfermedad previa que haya podido incidir en la deriva del ciudadano Sánchez, antes de verse investido de auctoritas, que no potestas. Tampoco sabemos que Tiberio hubiera profanado las tumbas de sus enemigos.
Para conseguir su propósito el gobierno del polvorón, así llamado por su brevedad e inconsistencia, no le queda otro recurso que amedrentar a la sociedad. Hijo del oxímoron, este mudo parlanchín, honesto corrupto, mentiroso veraz, legitimo usurpador, falsario realista, monárquico republicano y doctor en todas las ciencias infusas, en los seis años de poder ha deconstruido todos los mimbres que configuran una sociedad avanzada, libre, pacífica y respetable, deslegitimándose en cada arbitraria actuación.

El sometimiento al chantaje en un patio de monipodio parlamentario es la antítesis de cualquier forma de gobierno reconocible en la historia. Ni Maquiavelo lo sugirió como formula amoral de mantenerse en el poder. Si no perciben su desnudez en el espejo, es debido a la perturbación de la realidad en la que viven, una especie de artificialidad enfermiza de egolatría. 

Títere de un poder sin escrúpulos; mandarín de su interesada voluntad; condenado y metafóricamente ahorcado por la imposible pretensión de fraccionar el estado y utilizar al pueblo en contra de sus esencias: convivencia, historia y futuro. Paladín de la mentira, usurpador de la libertad individual y publica; corruptor de todas las instituciones, sólo aspira a seguir engañando a todo el mundo, todo el tiempo.
Ya antes de que se divinizara la condición del ser humano, origen de nuestra civilización, el célebre orador, jurisperito y político romano Cicerón advirtió sobre la corrupción política y la quiebra del estado de derecho, en los siguientes premonitorios términos: “los pueblos que ya no tienen solución, que viven ya a la desesperada suelen tener estos epílogos letales: se rehabilita a los condenados, se libera a los presidiarios, se hace regresar a los exiliados, se invalidan las sentencias judiciales. Cuando esto sucede, no hay nadie que no comprenda que esto es el colapso del Estado. Donde esto acontece, nadie hay que confíe en esperanza alguna de salvación”.

Un contemporáneo torero del siglo pasado lo traslada al vulgo raciocinio de la siguiente manera: “lo que no es, no puede ser y además es imposible”. Mas gráfico y cartesiano imposible.

Nos encaminamos hacia la inviabilidad territorial y consecuentemente económica y política, por lo que resulta difícil aventurar cuando se va a producir el colapso sistémico del régimen del 78. Pronosticar el futuro acudiendo a los hechos pasados, sin ningún oráculo de Delfos, ni pitonisa vidente, me lleva a creer que no tardaremos mucho tiempo en transitar en el espacio de lo imposible, de lo inviable, de la imperiosa necesidad de una catarsis colectiva que acabe con tanta impostura, necedad y dislate. La paciencia colectiva tarda más en agotarse, pero cuando se pone en marcha no admite vuelta atrás.

La descomposición de la partidocracia instaurada por este régimen no tiene más adhesiones que las negativas de combatir al adversario, como si de un deporte se tratara. Pero el estado de derecho, la supervivencia económica y la paz social no se obtienen del azar, y el volar todos los puentes que pudieran servirnos de asidero frente a aventureros iconoclastas, tiene sus consecuencias. Se impone una rebelión colectiva y debe abandonar quien no se encuentre con fuerzas. Se necesitan corazones fuertes, mentes lucidas y voluntad firme, aunque broten las lagrimas de nuestros ojos. El avance permanente de quienes tenemos el deber sagrado de defender la patria y su unidad así lo impone.


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