domingo, 28 de mayo de 2017

2ª de feria en Córdoba. Ponce, en su eternidad.


FOTOS DE JULIO MAZA

Enrique Ponce demostró ayer tarde en Córdoba que la eternidad es posible en el toreo. También que el tiempo es relativo y que puede pararse e incluso entrar en otra dimensión cuando el maestro tiene un capote o una muleta en sus manos. 


Ponce, en su eternidad

Emilio Trigo
Enrique Ponce demostró ayer tarde en Córdoba que la eternidad es posible en el toreo. También que el tiempo es relativo y que puede pararse e incluso entrar en otra dimensión cuando el maestro tiene un capote o una muleta en sus manos. Con el capote demostró que un lance que por el reloj dura unos segundos, puede prolongarse toda una vida en la memoria y el sentimiento del aficionado. Lo hizo en su segundo toro: paró el tiempo. Y lo mismo con la muleta, reiterando su teoría sobre el toreo que perdura para siempre. Ponce construyó esta obra grácil e infinita en un arrebato creador, quizá tocado en su amor propio por una afrenta del palco en su primer toro. Pero sobre todo porque lo que hizo en Córdoba es lo que a Ponce le sale en estos momentos de su carrera: toreo y arte por todos los poros de su piel.

Ponce recibió con mucha suavidad a la verónica al primero de la tarde, ganando terreno hacia los medios y rematando con media. El toro, justo de fuerza, fue medido en el caballo y cuidado por la cuadrilla. Ponce brindó al público y comenzó doblándose con mucha estética con el de Juan Pedro. En la primera serie ya se acopló por completo con el toro, dejando muletazos excelentes. La segunda fue redonda, sin fisuras. Cambió a la zurda y acarició literalmente la embestida del toro. Fue terciopelo y temple, que mezclados hicieron el milagro de construir una buena faena con mimbres muy escasos. Al final de la faena el toro protestó más por el izquierdo, pero Ponce volvió a la derecha para gustarse en dos últimas series que tuvieron la proverbial elegancia de este torero. Todavía hubo pinceladas finales para los paladares más finos como un trincherazo de cartel. Mató de estocada pero el toro tardó en caer. Hubo petición mayoritaria de oreja pero el presidente, incomprensiblemente, no la atendió. Ovación.

En el cuarto formó un auténtico alboroto con el capote. Literalmente paró el tiempo con en verónicas que duran todavía. Lances para enmarcar, mecidos, sentidos y cuajados. Toreo de oro puro en un recibo de capa que comenzó de forma sorpresiva con una larga cambiada en el tercio y lances con una rodilla en tierra. Más torería, imposible. Más belleza, tampoco. Todavía se lució en un quite por chicuelinas para cerrar un memorable capítulo capotero.

Tuvo el detalle de brindar esta faena a Finito de Córdoba y buscó un terreno resguardado del aire para volver a parar el toreo, ahora con la muleta. Hubo dos muletazos eternos en la primera serie y temple infinito en la segunda. En la tercera dejó la muleta en la cara y ligó sin solución de continuidad. Por el lado izquierdo el toro dio síntomas de agotamiento, quedándose muy corto. En ese momento su cabeza privilegiada le dictó hacer la Poncina y con ella y dos derechazos retomó el puso de la faena y puso literalmente la plaza de pie. En la recta final de este faenón hizo hasta la bianquina, el nuevo muletazo del repertorio dedicado a su hija Bianca. Fueron dos faenas en una, porque cuando el toro se vino a menos Ponce supo crear de la nada, inventarse un toreo soñado para rematar una faena cumbre. Pocas veces se ve en una plaza de toros tanta unanimidad y entrega por parte del público. Una obra para la eternidad del maestro la provocó. Lo de Córdoba es, desde el momento en que se produjo, uno de los acontecimientos de la temporada. Una faena para la historia. De Ponce. De Córdoba. Y del toreo.

Finito echó una tarde en su tierra muy importante a pesar de no tocar pelo. Juan Serrano continúa en la senda de la alta solera y calidad suprema. ‘Fino’ volvió a dar esa dimensión del toreo eterno, el de las muñecas rotas y el trazo interminable. Juan plasmó sus sentimientos con el capote y con la muleta ante un lote venido a menos. Está claro que las orejas suman para las estadísticas, pero después de lo saboreado queda en menor importancia. Muy similar la estampa del segundo a su hermano primero. Otro bien hecho y con dulzura en su embestida al que Finito le enjareto un saludo muy personal. Lució la verónica es su máximo esplendor y se escucharon muy fuertes las palmas de los paisanos. Este cumplió en varas sin emplearse. Bien la cuadrilla en el tercio. Finito se puso a torear de verdad sin probaturas iniciales. Juan coció a su oponente con la diestra con varios derechos de muñeca rota y extraordinaria ejecución. Obligó al dócil Juan Pedro acariciando la muleta en cada trazo. Se le vio muy a gusto al cordobés que también refrendó sus buenas cualidades por el pitón izquierdo. Por ahí, los interpretó de uno en uno, pero con suma delicadeza. 
De mitad de faena hacia delante el astado quiso rajarse bajando un poco la intensidad del distinguido metraje. Dos pinchazos con un toro aculado en tablas lo enfriaron todo. Juan perfiló el lance al recibir al quinto. Jugó los brazos con prestancia y estalló la verónica eterna en los Califas. El que cerraba el lote de Finito se empleó en varas y llegó con la movilidad justa al último tercio. El de Córdoba ofreció la barriga de la muleta, con el palillo vertical, pero el toro se quedó sin fuelle. Finito intercaló perlas, dosis del toreo de siempre y además un sincero arrimón ante un animal que nunca descolgó. Lástima que no hubiera continuidad y poca transmisión, por la falta de material, porque se le vio muy entregado. Pinchazo y estocada. Ovación.

Cerraba cartel Cayetano. El menor de los Rivera Ordóñez se reivindica cada tarde y suma enteros en su vitola de gran figura. Cayetano se crece cada tarde y no deja escapar cualquier escenario para mostrar su estatus. Todo lo que hace lo plasma con autenticidad, con sinceridad, con verdad y con toda la raza de los genes en ebullición. Cayetano se ha subido al triunfo, manifiesta sus extraordinarias cualidades y va directo sin lugar a dudas, a ser uno de los grandes nombres de la temporada. La oreja llegó en el sexto bis. El titular, fue muy descarado de pitones. Ofensivo el cierraplaza con dos buenos leños que fue devuelto tras echarse y no levantarse más. Hubo que apuntillarlo. Alto el sobrero que tuvo una embestida desclasada con un molesto cabeceo y marcó con rajarse varias veces. Cayetano muy metido en la tarde, ofreció el pecho y prestancia en el embroque para componer estéticamente. Rivera pasajeó muy suave, con dulzura por el pitón derecho, por donde le endosó un trasteo personal, equilibrado y ligado. A zurdas, con medias distancias, con más espacio que ha diestras y con el mismo acento personal. Notable faena de Cayetano con un toro venido a menos. Estocada en buen sitio y oreja al buen toreo. 
Con el tercero, algo desigual de pitones pero morfológicamente bien conformado. Cayetano se expresó a la verónica rematando su compuesto saludo con una larga cambiada en los medios. Desde el principio quiso rajarse haciendo cosas de mansito. Así transcurrió la lidia en todos sus tercios con un toro amagando con rajarse. Empujaba por el izquierdo haciendo rectificar en cada encuentro. Muy templado estuvo Cayetano por el pitón derecho componiendo series ligadas y estéticas. Sin embargo, por el otro enseñó el toro era distinto. Lo mejor llegó con la muleta en la diestra en una faena de más a menos por desinflarse el Juan Pedro. Un manejable a menos con un Cayetano muy dispuesto. Ovación.



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