
'..España se ha vuelto a ver sacudida por una nueva desgracia de grandes y trágicas dimensiones y consecuencias. Materiales y, sobre todo, humanas. La pérdida de personas es siempre un desastre, pero en estas circunstancias, mucho más. Se trata ahora de un accidente, sí, pero que puede que, otra vez, hubiese sido evitable. Y eso es lo mas terrible..'
Ahora ha sido un accidente ferroviario. Y, cuando escribo estas líneas, van 45 muertos. 45 vidas segadas de golpe, de manera inesperada y gratuita. Y 45 familias destrozadas. Tampoco nadie sale a dar explicaciones y las autoridades competentes, principalmente el Ministerio de Transporte, se van por los cerros de Úbeda: “la vía podría tener alguna anomalía por problemas de juventud”, declara el ministro impresentable, que dejó caer también la sombra de una mano negra, como cuando el apagón: “habría que ver si es causa o consecuencia”. Fuentes del sector denuncian que aunque los fondos para mantenimiento se han incrementado, no lo han hecho con la misma rapidez que ha crecido la red y su uso y que no se invierte de forma adecuada en el cuidado de la alta velocidad. Vaya tela.
Se atribuye a Murphy, el de la famosa ley fatalista, la clasificación de personas según hagan, no hagan o hagan mal. Quienes ahora nos mangonean hacen poco, o nada (por el bien de la sociedad) y, además, hacen mal. Luego nos perjudican. Enormemente.
Para Albert Einstein la vida es muy peligrosa “no por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”, dijo el tenido como científico más importante, conocido y popular del siglo XX. Y así vamos.
El tren ha sido, tradicionalmente y hasta hace relativamente poco, el medio de comunicación por excelencia para el mundo taurino. Ideal para hacer frente a los largos desplazamientos que debían afrontar los toreros para ir de plaza a plaza cuando ni las carreteras ni los automóviles estaban preparados para salvar, ni con garantías ni mucho menos comodidad, las distancias que exigían los compromisos de, sobre todo, los principales espadas. Muchas son las exposiciones y museos que guardan bastantes de los entonces imprescindibles “kilométricos”, cartillas con las que cada temporada la torería recorría el mapa taurino. Las figuras, por supuesto, en coche- cama y en departamentos de primera; las cuadrillas, los toreros más modestos y los novilleros, en los mucho más incómodos vagones de tercera. Y los maletillas en los topes o en mercancías.
También el tren acabó siendo el método más eficaz y rápido para el transporte de los toros -sobre todo desde que en 1863 el ingeniero Pascual Mirete diseñase un cajón especial para el transporte de reses bravas que se podía acoplar fácilmente en la plataforma de un tren, siendo un ejemplar de la entonces en boga ganadería madrileña de Gala Ortiz, y que iba a lidiarse a Barcelona, el primero con el que se probó el invento-, haciendo ya inútil su conducción a pie por trochas, senderos y cañadas, con lo que ello suponía de peligro y riesgo y que los animales se dañasen o estropeasen en tan largas y arriesgadas expediciones. Tan vital llegó a ser el ferrocarril para estos menesteres que, hasta hace bien poco, el jefe de estación de Alcázar de San Juan, cruce ferroviario estratégico que enlaza el sur y el centro de España con el litoral mediterráneo, disponía de un pase de favor en la plaza de toros de Valencia, para asegurar que los trenes que traían los toros al coso de Monleón tuviesen preferencia y prioridad sobre otros y el ganado llegase lo antes posible a los corrales.
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