
“el nacimiento de la Fiesta coincide con el nacimiento de la nacionalidad española y con la lengua de Castilla……… asi pues, las corridas de toros…….. son una cosa tan nuestra, tan obligada por la naturaleza y la historia como el habla que hablamos.”. R. Pérez de Ayala
la suerte suprema
Pepe Bienvenida / La suerte suprema
lunes, 31 de agosto de 2026
Ceuta, del toples a las heces flotando / por Joaquín Campos

In Mou We Trust / por Ignacio Ruiz Quintano
Ceuta: agresión y conflicto / por HUGHES
domingo, 30 de agosto de 2026
Feria de Bilbao. Magia de Morante, ciencia de Luque / Barquerito & Moore
Seis toros de Garcigrande (Justo Hernández). El sexto, sobrero.
Morante, saludos y silencio. Daniel Luque, una oreja en cada toro. Borja Jiménez, silencio en los dos.
MUY PEGAJOSO, el toro que partió plaza se revolvía y metía por debajo al tomar el capote de Morante, que había esperado a verlo venir sin verlo claro. Se sumaron un par de golpes de viento y Morante lo dejó ir. No es raro ni habitual que Morante descargue la lidia de toros condenados sin más a pasar por el caballo y sangrar. Esta vez, sí. Antes y después de varas este primer garcigrande hizo casi lo mismo que vino a hacer, pero de otra manera después de banderillas: gatear ligeramente y no parar de hacerlo, Dos puyazos severos casi seguidos y, a tercio cambiado, dos más de propina porque la única querencia clara del toro era el caballo de pica. Le dio mucha capa Fernando del Toro, que lo lidiaba. Bien herido, manaba por los dos lomos un cañoncito de sangre.
El castigo de varas atemperó al toro, vivo en banderillas y misterio por resolver. Vestido de mandarina y bordados blancos -un modelo tomado de una antigua estampa de La Lidia, más de un siglo de historia-, Morante abrió como suele sin pruebas, puesto ya y catando por alto el toro en seis viajes por las dos manos sin apretarse ni componerse. La cata fue un compás de espera. Se hizo en la plaza un silencio extraordinario. Trece mil bocas cerradas y solo las voces sueltas de un niñito.
Una primera tanda formal por la mano derecha muy despaciosa. Fijo en el engaño, el toro vino andando, la cara arriba. Una segunda de parecida manera, pero segada por un par de golpes de viento. No es que cundiera la impaciencia porque el asiento natural del torero era más que visible y, fuera como fuera el inicio de faena, no faltaba costura. Hasta que casi de repente, al ponerse Morante por la izquierda, empezó a fluir la cosa. Sin ser propiamente gazapón, el toro seguía viniendo al paso, pero ahora se encontró con la muleta dormida y plana en la mano de Morante, que, a compás lentísimo, dibujó cinco naturales rematados en la cadera de absoluto asombro. El rugido de la plaza fue tremendo. Se puso de pie mucha gente. En pleno éxtasis se arrancó la banda, decisión desafortunada, pues no más música que la de la muleta de Morante, que se decidió a redondear por la mano de la magia primero y por la diestra después en una tanda más laboriosa porque ahora el toro, además de reponer, hizo hilo. Echándose fuera, un pinchazo. Y en la suerte contraria, una estocada sin puntilla tal vez desprendida. Sacaron a saludar a Morante hasta casi los medios.
Y ya poco más Morante quedó por ver. El cuarto de corrida, las manos por delante, frenado, cabezazos, solo dejó a Morante dibujar dos hermosos lances de brega. ¡Hasta eso! Antes de flojear y afligirse tras apenas una docena de muletazo, el toro consintió un singular cambio de mano por delante y el apunte de un intento en vano con la izquierda. La cara entre las manos, se rindió el toro. Pinchazo y media.
En Daniel Luque cayó el peso de la corrida, que trajo dos toros de buena condición, Un sobresaliente sexto de sorteo, pero tercero bis, que se le fue a Borja Jiménez en una porfía sin fe ni rumbo. Y un noble quinto que se empleó en el caballo más que ninguno, persiguió de bravo en banderillas y, aunque venido a menos, resistió hasta el último aliento. A su ciencia casi natural para saber tratarse con el toro que sea, Daniel, encajado y suelto, añadió ahora una sobredosis de suficiencia. Con una suavidad muy llamativa se trajo al toro por las dos manos, en ovillos rehilados que Daniel concluyó y remató a placer y a su antojo. Sin ligar el natural con el de pecho sino intercalando un molinete entre uno y otro. Es moda. Una estocada trasera. Se pidió una segunda oreja. Del mansito primero de lotea aquerenciado en tablas dispuso como si fuera un toro de juguete en un tentadero. A capricho y como le dio la real gana. Tapado y retenido, burlado. Y lo tumbó de estocada hasta el puño. En tarde de autoridad absoluta, ni un paso en falso, Daniel se erigió en protagonista. Borja trató de acoplarse sin fortuna con el sobrero, que pegó derrotes y no se vendió fácil.
La Campaña / por HUGHES

sábado, 29 de agosto de 2026
Feria de Bilbao.Marco Pérez pasa con alta nota el examen / Barquerito & Moore
Triunfo en otro son de David de Miranda, de estreno también en Vista Alegre
Corrida de nota de Domingo Hernández
Marco Pérez pasa con alta nota el examen
Seis toros de Domingo Hernández. El sexto, sobrero.
Sebastián Castella, silencio y oreja. David de Miranda, saludos tras aviso. Marco Pérez, saludos y oreja.
Un monosabio de la cuadra de caballos Equigarce, Jesús San José, resultó herido de gravedad durante el tercio de varas del cuarto toro que se revolvió cuando lo coleaba. Sufre una cornada en la región glútea izquierda de 30 centímetros de extensión limpia. Fue operado en el Hospital Universitario de Basurto. Tiene una clavícula rota y la vejiga de la orina desplazada. Se recupera satisfactoriamente aunque paso la noches con las lógicas molestias y dolores.
EN CORRIDA DE siete toros de Domingo Hernández, la joya de la corona fue un sobrero cinqueño jugado en séptimo lugar que lo dio todo y más, y tuvo enfrente, ambicioso y desatado incluso al borde del arrebato, a un Marco Pérez dispuesto a todo y de casi todo capaz. El toro de la corrida y la faena de la tarde.
El toro, en competencia con la nobleza codiciosa del segundo y un quinto cinqueño, de porte y pinta diferentes al conjunto, de clase y fijeza muy particulares. El torero, de estreno en Bilbao, con el otro debutante, David de Miranda, y sometido a comparación inevitable. De ella salió estimulado Marco. Si se hubiera tratado de un desafío, beneficiado y ganador por una razón: el tercero bis de corrida, jugado a turno corrido, voluminoso, alto de cruz, salió de loco, carreras arrollando, se vino cruzado a engaños sin atenderlos, se escupió de un caballo a otro, aunque acabara tomando un puyazo sangrado, sembró el caos en las cuadrillas puestas en jaque y pareció de intratable falta de fijeza.
Mientras Marco brindaba al público, pegado a tablas y ajeno el toro esperaba suerte y destino. Con entereza, tranquilo, lo fijó con una mera tanda de toques suaves por los dos pitones y, apenas terminada, ya estaba fuera de las rayas puesto y descarado. Se trajo al toro en una primera ronda de tres y el de pecho, que fue árnica. Calmado el toro, una segunda en redondo. Y ahora una tercero de estupendo ajuste, despacioso dibujo, embraguetado Marco, impecable ligazón. Donde nadie había visto toro ni faena, él sí. Hubo que perder pasos por la mano izquierda, pero la autoridad era ya manifiesta: gobierno del toro sin sufrir ni sudar gota. Es probable que la faena estuviera para entonces hecha y resuelta, pero Marco, habilidoso, optó por seguir sin terminar de armar. Manoletinas, un desplante, dos pinchazos, una entera caída.
El sentido, la medida y el plan de las otras tres faenas -las dos de Miranda y la del gran sobrero- fueron distintos. Se quedó corto Miranda con el son sencillo del segundo -tandas breves de muletazos cortos, muy encima- y sobre todo se dejó sin lucir la calidad de la mano izquierda. Estocada desprendida al segundo viaje. Un final de toreo en cercanías asfixiantes, pitones acariciando muslos, quietud irresistible, y el broche de mondeñinas y bernadinas acabaron dando fuerza y cuerpo a la faena del quinto. Una estocada sin puntilla.
Con el arrebato de su segunda faena -Marco Pérez llegó a enroscarse el toro en un circular interminable que debería haber sido colofón- llegó también un punto de aceleración y desorden por acumulación sin pausas, el frenesí de las ideas claras y la voluntad de triunfo, entrega indiscutible, trazo limpio del muletazo traído atrás, elástica la figura, una soberbia tanda de naturales en los medios mientras aquello no paraba de fluir ni el toro de embestir. Por pasarse de tiempo y rosca, perdió gas la obra. Un pinchazo y una estocada de mérito. El toro estaba todavía entero.
Fieles los dos toreros a su costumbre de quitar a tercio cumplido, uno y otro abundaron. Se llevó la palma un quite de frente por detrás de Marco Pérez al sexto, sacado al calco del repertorio de Julio Robles e interpretado al pie de la letra. En réplica a uno ajustado de Marco por chicuelinas en el segundo toro, Miranda tiró del favorito de su repertorio: cuatro saltilleras dejándose llegar el toro lo indecible y el remate brillante de una revolera inversa.
Las dos presentaciones y la despedida de Sebastián Castella de Bilbao en dos versiones. La primera, la de torero persigue toro porque el que partió plaza fue toro fugitivo que apenas se dejó acompañar viajes de paso. La segunda, con un cuarto de sencillo manejo, fue la de muchas otras veces. La madeja de cambios en distancia en la apertura, y luego, atornillado el torero de Beziers como a tuerca, encima del toro sin que apenas circulara el aire, un menú de toreo embraguetado cosido en un palmo. Y entre tanda y tanda, un paseíto. Una rara estocada al salto para decir adiós.




























































