
Carmen Díez, esposa de Antonio Tejero
'..Su vida se define por tres amores sagrados que le dieron la fuerza para superar cualquier obstáculo: una Fe inquebrantable, el amor a su Patria y la lealtad al compañero..'
Ramón Tejero Díez es sacerdote e hijo
Carmen Díez de Tejero: mi madre
Hoy, con el corazón apretado por la reciente partida de mi padre para unirse a ella en el gozo de la Divinidad, y junto a sus cenizas, quiero hacer justicia a la memoria de mi madre, Carmen Díez. Una mujer cuya vida no se explica sin estos tres fundamentos que fueron su norte y su sacrificio: Dios, España y la Familia.
Para mí mi madre fue el vivo reflejo de las mujeres fuertes de la Biblia. Su vida no fue fácil; estuvo marcada por el zarpazo del terrorismo de ETA que consumieron sus ojos en lágrimas y su corazón en constante sed de justicia… ¡cuántas noches acompañando y consolando a viudas junto al féretro de sus maridos destrozados sin «apariencia humana»! y nadie reaccionaba…entierros a escondidas, soledad de los justos y la inacción del Estado.
Como enseñaba San Juan Pablo II, el amor a la Patria es una extensión del cuarto mandamiento: «Honrarás a tu padre y a tu madre». Mi madre entendió que España no era una abstracción, sino la tierra de sus mayores, que debía defenderse con el honor. Para ella, el honor no era orgullo, sino la coherencia absoluta entre la fe y la vida entregada.
La noche previa al 23 de febrero, en la intimidad del hogar, mi padre, el Teniente Coronel Antonio Tejero Molina, nos comunicó lo que el deber le exigía: la toma del Congreso por orden del Rey y con el apoyo del estamento militar. Mi madre y nosotros escuchamos en silencio, asumiendo el peso de una misión que marcaría nuestras vidas para siempre.
Fui testigo presencial de aquella noche del 23F. Mientras el mundo miraba al Congreso, en nuestro hogar se libraba una batalla espiritual. Recuerdo la angustia ante lo desconocido y el dolor lacerante al percibir la traición de quienes, habiendo dado órdenes, daban la espalda.
Aquella tarde, mientras la radio escupía los sonidos de la toma del Congreso, el miedo no se instaló en nuestra casa; se instaló la fe. Al oír los disparos, mi madre y mis hermanos nos pusimos de rodillas. Rezamos el Rosario, para que no hubiera derramamiento de sangre, tal y como nos dijo mi padre que se había comprometido con los mandos militares, y que la operación encomendada llegara a buen puerto.
'En sus ojos vi la calma de quien sabe que el éxito sin honor no vale nada, pero que el sacrificio por la patria es una forma de caridad'
Antes de terminar de rezar, la puerta comenzó a sonar. Personalidades y cargos públicos llegaban para alabar la hazaña y dar la enhorabuena. Mi madre, en una serenidad expectante, atendía a todos mientras el teléfono no cesaba.
Yo permanecía a su lado; mi padre me había encomendado su cuidado y el de mis hermanos, y en sus ojos vi la calma de quien sabe que el éxito sin honor no vale nada, pero que el sacrificio por la patria es una forma de caridad.
En medio del desconsuelo y la incertidumbre de una posible condena de muerte para mi padre, mi madre no se derrumbó. Con una entereza, nos miró a los hijos y nos instó a mantener la cabeza alta.
No hubo amargura en sus palabras, sino una lección de dignidad: nos enseñó que nuestro padre era un hombre de honor y que el fracaso humano no es derrota cuando se actúa por amor a unos ideales.
Ella fue el ancla que impidió que el naufragio de la política hundiera nuestra paz familiar.
A medida que las horas pasaban y la incertidumbre crecía, la tensión se hizo asfixiante. Aparecieron propuestas disparatadas y noticias confusas incluido el intento de utilizarme para quebrar la voluntad de mi padre. Incluso preparamos papeles para un posible exilio al extranjero, según nos comunicaron oficialmente.
En medio de ese caos, mi madre sufrió el dolor más amargo: percibir la traición. Ella, que conocía los detalles de la operación, veía cómo aquellos que habían dado las órdenes desamparaban a su marido. Pero, como mujer fuerte no permitió que el desconsuelo nos venciera a pesar de la traición. Nos fortaleció recordándonos que nuestro padre era fiel a la palabra dada.

Antonio Tejero y su esposa, Carmen Díez, en la primera misa que ofició su hijo Ramón TejeroEFE
Cuando llegó la noticia extraoficial de que mi padre sería fusilado, mi madre nos reunió. Con una ternura infinita y un orgullo que solo nace de la fe, nos dijo:
«Vuestro padre es un hombre honrado y fiel. Ha cumplido con su deber y con sus muertos. Pase lo que pase, debéis estar orgullosos de él siempre».
De nuevo, nos pidió rezar de rodillas. En ese momento, ella ya no era solo nuestra madre; era el baluarte moral de una estirpe.
Fuimos testigos de la dignidad en el fracaso humano. Al ver por televisión cómo los guardias se despedían de mi padre con el saludo militar, mi madre, con una gran entereza, preparó una pequeña maleta.
Salimos a la calle para verlo entrar en la Dirección General de la Guardia Civil.
Desde la acera de enfrente, sin que nos dejaran acercarnos, vimos pasar su coche. Pude entrar para entregar aquella maleta y fui testigo de un acto que la historia oficial calla: los jefes de alta graduación presentes se cuadraron ante mi padre, aún sin ser detenido, en un signo de respeto: el reconocimiento del honor militar.
'Su vida es el recordatorio de que se puede fallar en las formas, pero si el fondo está lleno de amor a Dios y a los suyos, la obra está completa'
Al día siguiente, al impedírsele ver a su esposo, mi madre tomó un folio y escribió unas palabras que son el testamento de su alma. Unas letras que revelan que su unión con mi padre era eterna. Estas palabras, que hoy comparto, son el sello de una mujer que amó hasta el extremo.
«Antonio, estoy en un despacho de la entrada, no puedo pasar. Te han incomunicado. He estado hablando con tu compañero... No pierdas la calma que Dios te ha dado tan grande. Yo me indigné, pero ya estoy tranquila. Lo que quieren es verte hundido, no te angusties, corazón. Yo te quiero con toda mi alma y seguramente el lunes ya estará todo solucionado. Te queremos todos muchísimo. Un abrazo de tu Carmen.»
Estas palabras no son solo un mensaje de apoyo; son el reflejo de una mujer que, aun sintiendo la indignación y el dolor de ver a su esposo cercado, se convierte en el soporte de su serenidad.
Su entrega fue total. Acompañó a mi padre en la prisión con una lealtad absoluta. Para ella, el matrimonio no era un contrato, sino un sacramento de unidad plena.
Su vida fue un amén constante a la voluntad de Dios, incluso cuando esa voluntad pasaba por el sacrificio de la tranquilidad personal y la incomprensión pública.
Me duele, como hijo y sacerdote, la mala interpretación que a veces se ha hecho y se está haciendo de su figura. Mi madre no era una mujer de odio, sino de principios. Una gran señora que educó a sus hijos y nietos en el perdón, pero también en la verdad y en la honradez que nace de tener la conciencia tranquila ante Dios.
La entrega de mi madre no terminó esa noche; apenas comenzaba su particular vía crucis. Durante quince largos años de prisión, su figura se agigantó. No hubo distancia, frío de celda ni incomprensión pública que la apartara del lado de su esposo.
Fue su constante soporte, su aliento en la soledad y la guardiana de su honor, fuera de los muros de la prisión.
Mi madre no fue una espectadora de la historia; fue su columna vertebral silenciosa. Como enseñó San Juan Pablo II, el amor a la Patria es deber de justicia. Ella amó a España a través del sacrificio de su marido y la educación de sus hijos en la verdad.
Para mi madre, la imperfección no fue un fallo de carácter, sino el resultado de entregarse por completo a causas más grandes que ella misma. Su vida se define por tres amores sagrados que le dieron la fuerza para superar cualquier obstáculo:
Una Fe inquebrantable: en sus momentos más oscuros, cuando las fuerzas humanas no alcanzaban, su relación con Dios fue su refugio. No fue una fe de apariencias, sino una de rodillas gastadas, pidiendo sabiduría para guiar a sus hijos y paz para aceptar lo que no podía cambiar.
El amor a su Patria: entendía que criar hijos era también formar ciudadanos de bien. Su amor por su tierra le dio raíces y un sentido de deber; quería dejar un mundo mejor a través de la educación y los valores que sembraba en su hogar.
Lealtad al compañero: el amor a su marido fue el cimiento de la casa. Incluso en las crisis, esa unión fue el ejemplo de que el amor no es solo un sentimiento, sino un compromiso de voluntad y sacrificio mutuo.
A menudo, se sentía «imperfecta» porque sus manos estaban cansadas o su carácter endurecido por las batallas. Pero lo que ella llamaba imperfección, nosotros sus hijos lo llamamos sacrificio.
Ella no buscaba ser una santa de vitrina, sino una mujer de carne y hueso que, con la Biblia en una mano y el trabajo en la otra, demostró que se puede ser falible. Y, aun así, ser el pilar inamovible de una familia.
Superar dificultades no la hizo una mujer fría, era una mujer tremendamente tierna en la intimidad de su hogar; la hizo una mujer de convicciones. Su vida es el recordatorio de que se puede fallar en las formas, pero si el fondo está lleno de amor a Dios y a los suyos, la obra está completa.
'En sus momentos más oscuros, cuando las fuerzas humanas no alcanzaban, su relación con Dios fue su refugio'
Que hablen. Que señalen. Que cuestionen cada palabra y cada lágrima.
No saben que cada crítica es una medalla de honor para quien ha preferido ser fiel a su marido, a su tierra y a sus hijos, antes que a las modas del mundo.
La historia no la escriben los que señalan desde la barrera, sino las madres que, aun con el alma herida y el nombre cuestionado, logran que sus hijos caminen con la frente en alto.
Es profundamente cruel juzgar con las reglas de la normalidad a quien tuvo que sobrevivir en la excepcionalidad. Nadie nace sabiendo cómo ser madre, esposa y patriota, mucho menos cuando el destino te lanza a una situación que nunca antes ocurrió.
Hoy no les hablo solo como su hijo sacerdote, sino como un hijo que vio y ve estos días a su madre cargar con la cruz del juicio ajeno…
Hoy, mis hermanos y yo damos gracias a Dios por ella. Su vida fue un «amén» constante.
Gracias mamá, por ser mujer en plenitud: esposa incondicional, madre abnegada, abuela y bisabuela que fue puerto seguro para sus nietos y biznietos.
Te damos gracias por tu fidelidad inquebrantable, por esa entrega sacrificada que nunca buscó el aplauso, sino el cumplimiento del deber.
Gracias por ser coherente, por mantenerte fiel a Dios y a España incluso cuando el viento soplaba en contra.
Fuiste una mujer honrada y consecuente, cuya palabra era ley y cuyo silencio era oración.
Pero, sobre todo, gracias por tu Belleza. No solo por esa belleza exterior que te acompañó siempre, sino por la belleza de tu alma.
Tu vida fue la encarnación de esa profecía. Tu alma fue bella porque fue transparente; tu corazón fue bello porque estuvo henchido de un amor que no conocía la traición.
Tu entrega no fue una carga, sino la expresión tangible de un alma noble. Esa belleza, que es reflejo divino, es la que hoy nos consuela y nos guía.
Ella y mi padre, hoy finalmente unidos en la verdadera Patria del Cielo, descansan en la paz de los justos.
Nos dejan el legado de una conciencia tranquila y el orgullo de ser hijos de dos gigantes que nos enseñaron que el honor es el patrimonio del alma y que solo ante Dios se doblan las rodillas.
Gracias, mamá, por enseñarnos que el cielo se gana con la cruz y que la lealtad es la forma más alta de la Belleza.
Gracias, mamá, por enseñarnos con tu vida, que el honor es el patrimonio del alma.
Ramón Tejero Díez es sacerdote e hijo.
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