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| Soldados españoles contemplan sin mover un dedo cómo el enemigo entra a nado. Órdenes son órdenes y los pobrecitos, además, ni siquiera tienen armas |
“El rey está desnudo”. Pero nadie lo ve ni lo quiere ver hasta que un niño lo suelta ante todos. El niño que seguidamente lo suelta ya está crecidito y se llama Sertorio. Lo que nos lanza a la cara es la desnudez —atestiguada por la consentida agresión cometida por Marruecos— a la que nos arroja el sistema político y social denominado democracia.
Del enemigo, el consejo
Sertorio
Muchos de los que critican la agresión marroquí contra Ceuta señalan como principal pecado de la monarquía alauita el hecho de que no es una democracia. No hay opinador de guardia que no hable de la satrapía magrebí y de su autócrata con chilaba. Incluso en estas páginas todos hemos utilizado calificativos semejantes; el que suscribe es el primero en reconocer su culpa. Eso no quiere decir que el tirano marroquí no sea un déspota ni un azote de su pueblo, pero quizás por eso mismo Marruecos es fuerte y España, débil. La democracia ha reblandecido a España, la ha vuelto llorica, tonta, consentida, ignorante, caprichosa, paleta, enemiga de sí misma y, sobre todo, además de degenerarla y envilecerla, la ha afeminado. Marruecos, con su régimen autoritario, sin embargo, es mucho más fuerte y tiene un poder de decisión que en España es imposible de hallar. Y la soberanía es decidir, es capacidad de actuar, de ser agente de la historia y no su paciente. ¿Qué se puede esperar de un país que no se atreve a transportar al pasmarote del Borbón a una ciudad del reino del que tal estantigua es rey?

Alguien debió de abrir la puerta de la famosa valla,
cuyas concertinas se pavonean grotescas en todo lo alto
Si se ven las cosas con más cuidado y con menos pasión, con más distancia, podemos sacar conclusiones poco agradables. La primera impresión que ha causado el asalto de los sarracenos contra la traicionada Ceuta es la gran debilidad de España, su nula soberanía, la incapacidad de sus autoridades para hacer que se respeten las fronteras y las leyes internacionales, algo que, aunque nos parezca una exageración, es sagrado. El no tener los redaños para defender lo que bajo ninguna circunstancia se puede abandonar, se traduce en lo que ahora sufren los caballas y en lo que pronto, sin duda, sufriremos todos los españoles; porque no hay mayor “efecto llamada” que la demostración de debilidad y cobardía del Gobierno de Madrid. Posiblemente, una de las causas de la inhibición, de la incapacidad de actuar del gabinete español, estriba en el miedo a las imágenes de las fuerzas del orden reprimiendo a palos o a tiros la invasión: esas cosas no son propias de una democracia progresista y respetuosa no sólo de los derechos humanos, sino también de los derechos animales. Ante sus delicados electores feministas, animalistas y demás mariposones políticos, Sánchez puede presumir de que no ha habido violencia. La vida de los ceutíes se ha ido al carajo, la ciudad ha quedado arruinada y víctima de todo tipo de plagas que han traído los invasores, pero ningún magrebí ha sido apaleado por las fuerzas del orden. Al revés, han sido los militares quienes se han visto lapidados como si de bíblicas mujeres adúlteras se tratara. Todo ello, fruto de la decisión del Gobierno de que patrullen sin armas. Tan patética fue la cosa, que los soldados tuvieron que llamar al 112 al ser agredidos, como viejas asustadas por un exhibicionista. ¿Qué fue del “¡A mí la Legión!”? ¿Qué respeto pueden tener los moros por un ejército siempre dispuesto a poner la otra mejilla hasta que le salten las muelas a bofetadas? Porque los mojamés no se cortan, tiran la primera piedra y también la última, hasta dejarnos a todos descalabrados. Pocas imágenes más evidentes de la distancia que hay de un lado a otro de la frontera que la de la harka de kabileños que se llevó un pequeño delfín varado para hacer un buen espetón en las playas de la muy ecológica y animalista España. Cuando se acaben los delfines, nos tocará a nosotros.
“Ésta es la grandeza y servidumbre de la democracia”, nos dirán los progres de izquierdas y derechas. Reconozco que semejante frase suscita una pregunta: ¿es posible semejante bochorno en el reino de Mohamed VI? ¿Se imagina alguien al gobierno de Marruecos dando las gracias a Aznar por la reconquista de Perejil? ¿Quién se atreve a apedrear a los gendarmes del Majzén? ¿Qué nos pasaría en Marruecos si ofendiéramos a la bandera o al Islam? La respuesta la sabemos todos. Y habla en favor del reino alauí, no de la emputecida España, puta y tonta como nunca en su historia. Somos “uropeos” tolerantes, es decir: una chusma apátrida de modernos de pueblo, sin principios, sin cojones, sin Dios y sin el menor concepto del decoro. Y como la democracia liberal es el reflejo de la masa imbécil que ella misma moldea (políticos incluidos, of course), tenemos los partidos y los representantes que nos merecemos, la implacable selección a la inversa que ha hecho de los diecisiete parlamentos del país un muladar de los talentos. Los mejores, con razón, se abstienen de participar en este circo. Lógico y natural.

Eran, ni que decir tiene, otros tiempos, otros valores, otros hombres, otra España
Marruecos nos ha ganado la partida y nos seguirá humillando durante largo tiempo, y no sólo por la cobardía y la traición de la élite de iscariotes que domina España; también hay que reconocerle sus virtudes al enemigo. Y la fundamental es que no es una democracia plena; aunque tiene elementos democráticos, éstos son una vacuna, los anticuerpos que la defienden de ser como España; en Marruecos, el azote de los partidos políticos está bajo control y su capacidad de hacerle daño al Estado y a la nación está reducido a niveles mínimos. Hay elecciones por sufragio universal y se presentan formaciones de diverso pelaje, que pueden formar gobierno con mayoría parlamentaria y visto bueno del Rey, pero con una decisiva salvedad: los llamados “ministerios de soberanía”. Se trata de una serie de carteras en las que la mayoría parlamentaria no puede decidir nada sin el permiso del monarca y del Majzén, o sea, de una élite en buena medida hereditaria, compuesta por militares, religiosos, diplomáticos, altos funcionarios, empresarios y políticos veteranos, además de los príncipes de la casa real; los ministerios son: Interior, Asuntos Exteriores, Defensa, Asuntos Islámicos y Justicia. En estos departamentos los políticos no pintan nada. Un rufián, como Sánchez, o un piernas, como Patxi López, puede llegar a ser ministro de Deportes o de Turismo, pero jamás podrá cometer sus desmanes en la columna vertebral del Estado, directamente regida por el Majzén y donde los militares tienen una influencia cada vez mayor.
Este principio aristocrático es la base de las victorias marroquíes sobre la aturdida e imbécil España del régimen del 78; Al estar regida por una élite de especialistas y veteranos, la política exterior marroquí es, para empezar, soberana y dotada de una extraordinaria continuidad, muy fiable para sus aliados (España, aunque presuma de socio del Majzén, no es sino el más tonto de sus enemigos), que siempre saben a qué atenerse. La diplomacia alauí tiene la vista y la paciencia muy largas, piensa con perspectiva histórica; nada que ver con el electoralismo, la inmediatez y los bandazos que se producen cada vez que los españoles cambiamos de piara gobernante. Además, la autoridad religiosa del rey permite mantener la tradición islámica del país bajo control, sin los curas rojos, sin los cardenales profanadores de tumbas, sin los obispos etarras, sin los seminarios repletos de bujarrones y sin las patochadas sinodales tan de moda en la que fue nuestra religión oficial. Por eso, pese a ser diez veces más pobre, Marruecos se impone a España porque tiene una voluntad política firme y continua en el tiempo; porque sus mujeres paren hijos y no se dedican a castrar gatos; porque la religión nacional está en pleno vigor; porque el ejército no sólo responde a las agresiones, sino que primero dispara y después pregunta; porque a los delincuentes se les da un buen escarmiento o se los manda a España a que los mimen; porque en los puestos claves del Estado siempre están los mejores. Y, sobre todo, porque han sabido contener la sífilis partitocrática y no son una democracia liberal.
Así, con sólo un leve repaso, parece que España es quien debe aprender de Marruecos. Y no al revés. Cosas veredes, Sancho…

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