JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Con una interesante novillada de El Retamar se ha dado comienzo a la Feria de Otoño 2026, con la significativa caída del cartel de Mario Vilau, herido recientemente, que era el que más interés daba al cartel de hoy, quedando la terna formada por El Mene, Nacho Torrejón y Sergio Rollón, que hoy se presentaba en Madrid con caballos.
Antes de seguir hagamos un pequeño apunte sobre tres cosas, antes de que se acabe la temporada, para que no se nos queden entre las teclas del ordenador: la primera es la deleznable elección del fotógrafo -ignoro su nombre y prefiero seguir ignorándolo- que ha ilustrado la portada de los programas en la temporada 2026. Creo que la portada del programa de hoy batía récords en cuanto a antiestética, mal gusto y fealdad. La segunda es dejar la constatación de que las pesadas techumbres metálicas que guarecían de la lluvia a las decenas de personas que se sientan de gañote en el callejón de Las Ventas han sido sustituidas por unas leves y traslúcidas cubiertas de policarbonato. Todo sea por el confort de esos frescales. La tercera es la patente evidencia de las pocas dotes para la equitación de nuestra querida doña Rocío, la gentil amazona que, vestida de Felipe II, despeja la plaza y encabeza el paseíllo en cada festejo. Esperamos no tener que contemplar algún día un desagradable accidente.
Los Núñez de El Retamar pusieron en la tarde lo que de bueno hubo. Su diverso surtido de comportamientos y de humores, su variedad y su seriedad nos alegraron el festejo, quedando bajo su autoridad la responsabilidad de apechugar con el peso de la tarde. Dos de ellos, Pampunoso, número 55 y Maestro, número 64 fueron despedidos con ovación en el arrastre y el sexto, Impagado, número 14, fue saludado con aprobación en su salida al ruedo de Las Ventas. Hubo en el ruedo capotes y muletas por el suelo, y la corrida se desarrolló en un lapso de dos horas y diez minutos, y al buen entendedor no hace falta explicarle más al respecto; también se pudieron contemplar las habituales reticencias y cucamonas de la panda de galloferos que aparecen brevemente en el ruedo encaramados en lo alto de una montura para no hacer la suerte con arreglo a las normas del arte cuando el toro o el novillo imponen cierto respeto.
En cuanto a los toreros hubo la voluntad de lucir a los toros y de dejarles a cierta distancia en la suerte de varas, por más que las triquiñuelas de los montados tendiesen a tratar de que esa arrancada de largo o a media distancia no se produjese, como suelen hacer.
A El Mene, de azul cielo y oro, ya se le vio desde el principio que se le iba a ir el toro. Es como si el animal llevase encima un letrero de neón con las palabras: «Me iré de este mundo sin saber qué es el toreo». A ese fin se aplicó concienzudamente El Mene, dilapidando la franqueza de las embestidas de Pampunoso, sin un plan de qué hacer en las ocho u ochocientas series con las que intentó conducir las vibrantes acometidas de un animal que pedía firmeza, claridad de ideas y colocación. Nada de eso obtuvo y a cambio recibió un pinchazo en la suerte contraria, que a quién se le ocurre poner a ese toro en la suerte contraria, y un espadazo en la natural. La ocasión ya se sabe que es calva como una bola de billar y El Mene la tuvo con su primero. Con su segundo pasó, como decía nuestro añorado Bombero, que el toro era peor y el torero era el mismo, con lo que el tiempo se fue pasando sin que Mene lograse cosechar un solo ¡ole!, ni un ¡bieeen!, ni siquiera unas palmitas de consolación. A este también le mató a la segunda.
Nacho Torrejón venía sin apoderado y con un vestido en el que sobre la seda de color rioja se hallaba bordada la producción anual de oro de las Nevada Gold Mines. Su primer novillo, Lechuguero, número 22, lo primero que hizo fue arrebatarle el capote, para ir centrando el tema, y luego tras un paso sin pena ni gloria por el catafracto, puso su personalidad sobre la arena de Las Ventas para desafiar a su matador. El toro era como para apostar en esa lucha, máxime si vienes sin apoderado, para poderle y justificar todo el oro del vestido, pero eso significaba jugársela con un enemigo incierto al que el novillero nunca acaba de someter. A este lo liquidó de estocada desprendida y descabello. Su segundo fue Maestro, que llega al último tercio desarrollando una bonita y vibrante embestida, ante la que Torrejón solamente puede poner su descolocación, su permanente descargazón de la suerte, su toreo de ceder el terreno que, sorprendentemente, llega a cierto público a quien encandila esa deplorable manera de torear basada en tener al toro en movimiento sin ton ni son, con lo que el novillero comienza a ser vitoreado en su labor. No aprovecha Torrejón las netas bondades del toro para componer una obra con enjundia, conformándose con los vítores de muchos que se habrán olvidado de él y de su labor antes de llegar a Manuel Becerra. Lo caza al segundo intento y saluda desde el tercio. La ovación fuerte es para el toro.
Sergio Rollón, de blanco y oro, dio una sensación de aceleramiento y cierta bisoñez. Su bagaje taurómaco hasta la fecha es bastante magro y de pronto se ha encontrado hoy en Las Ventas con más público de una sola vez que el que le haya contemplado en toda su carrera desde que es novillero. Anotemos entre lo bueno la estocada con que despenó a su primero, Pamplinas, número 54. Su segundo, Impagado, con presencia y hechuras de toro anduvo muy suelto de acá para allá y sin fijar, costó bastante lo de la pica por las pocas ganas de trabajar que manifestaba el piquero Pérez, y luego fue marcando sus dificultades ante la impericia de Rollón, que consiguió estar digno frente a la difícil prueba a que se le sometió. Mató de media estocada.
El Programa
[JRM]
ANDREW MOORE
FIN



















No hay comentarios:
Publicar un comentario