
Con lo bonita que era la Maestranza
y qué cara tan fea se le está poniendo.
LA TAUROMAQUIA DE LOS CAPRICHOS
Diego Martínez
Unión de Abonados y Aficionados de Sevilla
Por circunstancias personales no me encontraba con ganas de hacer crónica de la feria de San Miguel,pero tras los acontecimientos acaecidos no me queda otro remedio que por lo menos contar y denunciar la deriva de ésta mi plaza,la cuál me duele en el alma.
Ésta feria ha sido el apogeo de la tauromaquia de los caprichos y caprichosos, todos los días ha habido alguno.
Un capricho es querer hacer torero, torera o torere a una chiquilla que no tiene los mimbres para serlo, llevándola por un camino de flores,con una novillada indigna para Sevilla y hasta para la plaza de mi pueblo.
Lo que se le hace a animales sin pitones casi sin trapío y sin nada que se le parezca a un toro de lidia, pierde toda la verdad que debería tener ésta fiesta.
Otro capricho,en éste caso monetario supongo del señorito José María, es no traer a Sevilla animales con el trapío del quinto toro de la corrida del Puerto y la Ventana de san Lorenzo. Ese animal debe ser el tan cacareado "toro de Sevilla" y no los que salieron en días posteriores. Pero no tengo muchas esperanzas, por no decir ninguna de qué se vayan a ver el año próximo muchos animales cómo ése en la feria y casi diría que ninguno.
En el apartado trapío me ha decepcionado por completo el nuevo empresario, se ha plegado a Morante y demás figuras, es pa echarle la bola negra, que tan de moda está últimamente.
El sábado llegamos al capricho del público de sacar por la puerta del Príncipe a un torero, en éste caso Pablo Aguado, a cómo diera lugar y saltándose a la torera, nunca mejor dicho,cualquier canon de objetividad. En éste caso ayudó y mucho el presidente que estaba encaramado al palco ése día, el ínclito Gabi. ¿Como se puede conceder una oreja, por mucho que la pida el público, después de tres descabellos que ni tumbaron al toro, el cual se echó aburrido?
Y ojo, Aguado toreó cómo los ángeles, con poco toreo fundamental, pero con remates y adornos de una naturalidad apabullante, cómo si estuviera toreando en su casa. Pero a los toros ¡¡hay que matarlos bien!!
Don Gabriel, si ya está usted jubilado de su trabajo de policía, ¿por qué no lo hace también de su chiringuito particular? Se lo agradecería eternamente.
Y llegamos al último y doble capricho,el del día grande en el cuál venía el ídolo de masas de la actualidad (¡cuánto añoro ahora mismo al Morante de hace 20 años!), qué llegó con la lengua fuera, por una temporada que un hombre medicado no debería hacer.
No creo que lea éstas humildes letras, pero por favor Maestro, usted no puede seguir haciendo ésto más tiempo, recapacite y haga recapacitar a los que tiene alrededor, su cuerpo y su mente se lo agradecerán, se lo pide un morantista de los de antes del postureo.
Al rey Midas de la tauromaquia se las ponen como a Fernando VII, con novillotes sin trapío y lo que es peor aún, sin casta y sin nada dentro. Y para rematar, si no le gusta alguno de los aprobados, pues se devuelve y se cambia por otro. Aunque en éste caso, parece ser que el toro tenía una nube en un ojo (queratitis en clave médica) y ahí entra el papelón de los veterinarios que reconocen y tragan con auténticos animalejos con todo tipo de taras y por supuesto, el presidente de turno, en éste caso, el aún más ínclito, Pepín Luque Teruel, lacayo dispuesto a todo para engrandecer "su fiesta" y la de sus señoritos políticos. Este hombre está en su salsa, no se ha visto en otra y amenaza con seguir..... haciendo barbaridades , para que el triunfalismo no pare.
El petardo de corrida fue de época, pero claro, a plaza a reventar, las penas de los taurinos son pocas.
Llegados a éste punto, yo soy de los que piensa, que es mejor que las plazas estén llenas aunque sea de personas sin criterio taurino alguno, que no vacias con cuatro aficionados que entienden. Pero se están cometiendo auténticos desmanes en nombre de la mayoría, aunque aquí yo culpo mucho más que al público, a presidentes sin personalidad alguna, que no ponen freno a la euforia y que se pasan la vida en el palco con los calzones por los tobillos, ya que sí no se los bajan los toreros, se los bajan los políticos.
El palco de la Maestranza ahora mismo da auténtica pena y con él, ésta maravilla de plaza, la mayoría de las veces, TAMBIÉN.
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