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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 26 de septiembre de 2026

MÁS PUREZA Y ELEGANCIA... MENOS ASPAVIENTO / por Francisca García


'.. toda evolución debiera orientarse a incrementar la belleza de lo que es, una lustración pública, una inmolación ritual al que el torero como oficiante, debe dar la solemnidad y el respeto que el toro merece. Valor, arte. técnica y pureza. Quizá sea ese el orden..'

MÁS PUREZA Y ELEGANCIA... MENOS ASPAVIENTO

Francisca García
El mes de septiembre da, con sus muchos espectáculos taurinos en pueblos y ciudades, ocasión perfecta para analizar, diferenciar y discernir, cómo son los públicos que asisten a las corridas de toros en las diferentes regiones españolas. Hay en este mes, ocasión para un “turismo taurino” y cotejar cual es la actitud de la gente aquí o allá. Una analítica interesante aunque sirva bastante poco para sacar conclusiones evaluadoras que determinen una manera de ser, sino mas bien una manera de estar. Cada plaza es distinta, como cada público lo es. En estas divagaciones he caído bastante a menudo, comparando, eligiendo y enjuiciando cómo el público afronta el festejo taurino en diferentes lugares.

Hay provincias en las que predomina un público bullanguero de peñas con ambiente festivo de charangas, pasando a segundo término lo que ocurre en el ruedo.

Otras, donde la corrida se toma con seriedad y conocimiento. En buena parte percibo que la gente va a los toros a pasarlo bien, como a un espectáculo de entretenimiento, simplemente. Lejos la percepción de estar ante un ritual trágico, artístico y técnico.

Hay públicos bastante ausentes y otros muy participativos y generosos y también los típicos que jamas descuidan las meriendas tradicionales. Cosos donde se pide la música constantemente y otros en los que “se escuchan” los silencios que son tantas veces de agradecer y en todas partes hay verdaderos aficionados y entendidos y por contra auténticos ignorantes de todo lo que concierne al espectáculo. De cuanto conozco, el público con el que me he sentido más identificada está en Olivenza y en Úbeda. Pero nadie mejor que los toreros conocen cómo se responde en cada región o en cada plaza.

La percepción del aficionado en general, no sé cual es, pero en mí, percibo, y me pesa, una sensación de que la Fiesta de los Toros puede estar degenerando y llegar a convertirse en algo que lamentaríamos sin remedio.

Creo que el público nuevo, que felizmente se está incorporando a las plazas, desconoce por contra, en buena parte, los valores auténticos de la Tauromaquia y lamentablemente opta por lo menos importante y a veces lo mas chabacano. Se aplaude la teatralidad, los gestos exagerados buscando la aprobación del público, los recursos forzados y, en fin, desconoce la verdadera jerarquía de los lances y pases que se ejecutan.

Así en muchas ocasiones se premia más a los toreros ventajistas y tramposos que a los verdaderos artífices del toreo de clase, de auténtica valentía y pureza.

Cuando Morante de la Puebla que tras su teatral despedida el pasado año, decidió volver a colocarse la castañeta, soltó aquella frase, ”Está feo que yo lo diga pero vuelvo porque hago falta”, a mí me pareció una expresión muy presuntuosa, pero, pensándolo más tarde me dije si no iría la verdadera intención de sus palabras hacia aquella muchachada que lo ensalzaba. Muchachada mayormente ignorante de lo que es la Tauromaquia, a la que él, aprovechando el estatus en el que se veía colocado, podría ilustrar sobre los verdaderos valores del bien torear, Es decir, del toreo clásico, basado fundamentalmente en la naturalidad. Todo lo que se aparta de ella, no es estético. La fiesta de los toros es un arte.

Un arte muy difícil y solo puede justificarse si en ello se busca la belleza. De no ser así se la puede llamar de otra manera o ¿la habremos enterrado?.

El toreo clásico busca la plástica corporal del torero en consonancia con el toro. Es sobre todo armonía sin artificios, la quietud, el ritmo y el que fluya de manera natural, tranquila, sin sobresaltos y con un valor sereno ante la cara del toro. Con los pies clavados en la arena. A eso cabe siempre añadir la personalidad de cada espada. Cuanto más fuerte y arraigada esté esa personalidad, más traspasará y se hallará la máxima expresión estética.

Hay toreros que dominando el clasicismo aportan además, un sentimiento, una recreación en las formas, que añade, yo diría un grado más. Y aquí llegaríamos al toreo barroco, el del duende, el pellizco, la inspiración y según sea el espada, el toreo de muchos quilates.

¿Cómo van a compararse los pases efectistas, llenos de artificio, el tremendismo, el arrimón por el arrimón, ese comienzo de rodillas, casi siempre tan antiestético? Aprecio la postura genuflexa con una sola rodilla, como bella expresión corporal, pero no más. Si siempre me pareció torear de hinojos algo espantoso no me extraña saber que Gregorio Corrochano hace 110 años ya lo denunciara: “es lo más antitaurino que existe” dijo. Pues ahora es de lo que más se aplaude. Eso y el arrimón tremendista.

Pero, bueno, dirán algunos ¿Es que el toreo que hace actualmente David de Miranda no tiene mérito ni debe emocionar?

El toreo de el de Trigueros estuvo siempre a gran altura pero no ha conseguido que se fijen con fuerza en él hasta que comprometió su físico de forma incalculable hace un año.

A partir de ahí ha ido subiendo como la espuma pero, analicemos: David de Miranda no es un loco ni un suicida. Se permite que le rocen los muslos, los pitones del toro al que ha dominado de tal forma que lo ha sometido totalmente, al punto de que el astado es incapaz de inferir una cornada a su “domador”. El mérito de David no es el arrimón, sino lo que ha hecho antes, cómo lo ha hecho, cómo ha entendido al toro y cómo ha captado su “voluntad” por así decirlo, aunque los animales no tienen voluntad, que esta es una de las potencias del alma humana. Ese es su mérito: conocer a los toros, darles la lidia adecuada para dominarlos. Hacerlo con tranquilidad, con respeto al peligro, para luego salir con la gallardía del buen torero, sin alardes, con sencillez, con verdad.

Toda defensa del toreo clásico, el auténtico, el de siempre no significa posicionarse en contra de la evolución. La evolución es necesaria y desde los tiempos de Pedro Romero ha ido evolucionando en todos los sentidos. Aún velando por su intacta conservación, la fiesta de los toros es una simbiosis de tradición y evolución. El peligro está en aportar cosas que contravengan el sentido fundamental de ella y desvirtúen su armonía y verdad. Y para ser tenida en cuenta, toda evolución debiera orientarse a incrementar la belleza de lo que es, una lustración pública, una inmolación ritual al que el torero como oficiante, debe dar la solemnidad y el respeto que el toro merece. Valor, arte. técnica y pureza. Quizá sea ese el
orden.

Mi pesimismo no está en que desaparezca la fiesta pero sí en que el mal gusto generalizado termine deteriorándola. Las bases clásicas permanecerán sin duda pero estamos en un nuevo resurgimiento y es menester apostar por el buen toreo, el toreo de siempre y ahora, cuando la crisis taurina ha desaparecido y estamos en un nuevo renacer, si las generaciones que se suman terminan abducidas por su pureza, nuestra Fiesta será cada día más grande, más bella y más Nacional.

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