
'..Qué día a Dios se le olvidó Venezuela no se sabe, como no se saben las causas del exilio divino de este país, mitad Caribe, paraíso entero, en el laberinto más profundo de su soledad..'
Cuando a Dios se le olvidó Venezuela
Más allá de que el terremoto no mata, sino que mata el hormigón de los edificios en colapso: Venezuela. Qué día a Dios se le olvidó Venezuela no se sabe, como no se saben las causas del exilio divino de este país, mitad Caribe, paraíso entero, en el laberinto más profundo de su soledad. No hace tantas hojas de calendario, era el país Edén sin Caín y Abel. No había lugar en el mundo en donde la tierra tuviera la generosidad de varias cosechas anuales, petróleo, oro, coltán…donde en las mañanas se podía ir al cielo y tomar guarapo de caña con Dios, y luego, laderas de los Andes abajo, llegar al Caribe, en donde la creación cargó la suerte de la hermosura. Desde los años 90 del siglo pasado, hasta la actualidad de una condena de terror sísmico, Venezuela sólo cuenta miseria, lágrimas, dolor y tristeza.
En tres décadas y media, un segundo en el tiempo de la historia, todo se jodió de repente.
Si viviera Víctor José López, “El Vito” (1940/2023), uno de los periodistas/escritores con más talento y afecto por el lenguaje narrativo caribeño, llamaría a esta redacción de Mundotoro para relatar en su mágico realismo escrito la condena por décadas de su paraíso, Venezuela. Es como si la venganza contra el país más bello del mundo fuera insaciable. Tras el “Caracazo” (las revueltas sociales callejeras de 1989) causadas por la injusta forma de gobernar de Carlos Andrés Pérez, el destino enloqueció y puso como recambio gubernamental a Chaves, un militar que hablaba de un socialismo nuevo de fusiles rosas, eufemismo de ruina, persecución y canibalismo moral que fue sustituido por la lacra histórica de Maduro, burdo sátrapa vendedor del relato de Bolívar como algo de su falsa propiedad.
En tres décadas y media, un segundo en el tiempo de la historia, todo se jodió de repente. Venezuela dejó de ser el país donde los toreros ganaban más que en España porque generaba más y, montados en la moneda no acuñada, pero real, el “petrodólar”, dejaron sus esportones millones de dólares o bolívares, la moneda más fuerte de toda América. Fue el país de la democracia más temprana, sólida e inversora en futuro desde el final de la dictadura de Marcos Pérez Giménez (1958), hasta 1990. Rozó el desempleo cero (tasas continuadas sobre el 3%), tuvo la mejor sanidad, el mejor sistema educacional, desarrolló la industria de le televisión como nadie y en el toreo lucía desde caracas hasta San Cristóbal, desde Mérida hasta San Sebastián, pasando por Valencia.
Toda novedad tecnológica internacional, los mejores artistas y creativos llegaban a Caracas, donde llegaron también el lujo de toros y toreros (y hasta empresarios) para sus ferias.
No había figura española o mexicana, de Cavazos a Capea, de Manzanares a Roberto Domínguez, de Palomo a Camino…, que pudiera serlo si no hacía temporada en Venezuela. Allí iban a ver toros Guayasamín, García Márquez, Botero, Alejandro Fernández, Guillermo Dávila…, creando una jungla de caribe, literatura, cultura, un galimatías mestizo hispano de una riqueza que jamás regresó. Uno iba a los toros a sabiendas de que a su lado se sentaba el mundo.
Venezuela se simboliza en El Vito, un periodista cuyos huesos temblaron con los dos terremotos que han asolado el país de la alegría, toda la zona de La Guaira hasta Caracas. El Vito, culto, cultivado, bon vivant, de habla con son y compás, lenguaje de literatura mágica, torero de día y más de noche. Luchó contra la dictadura, participó en el construir de Venezuela hacia el Olimpo de la grandeza, libertad y riqueza, se defraudó hasta acariciar las revueltas chavistas para regresar a su realidad culta, oponerse al neo populismo comunista del terror de Maduro, sufriéndolo en sus carnes.
Buitres de toda raza y país se han enriquecido a través de hasta el tráfico de libertades y presos. La impunidad con los carroñeros ha sido, o un castigo bíblico atroz o una disfunción divina por su tamaño gigantesco, de tal forma que, nada de lo que se cuente de ZP deja de ser una gota en un mar de infamias. Ojalá los terremotos y sus despojos y miserias de dolor den paso a una nueva era. Para que los huesos de El Vito dejen la tembladera y se reposen. Para que la libertad de paso a la felicidad y al bienestar. Para que El Caribe vuelva a vivir a ritmo del calipso, de los tambores de la costa, de la parranda y del sangueo. Y regresen los olés a las plazas de toros y la vida vuelva a los tiempos en donde el paraíso se llamaba Venezuela.
Editorial del jueves 25 de junio de 2026
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