
Este, el más avieso de todos, que no permitía cercanías, obligó al pequeño salmantino a librar una verdadera reyerta de trapo y puñalada. No se arredró en ningún trance el torero, siempre por la cara. Lo había parado con lances a dos manos, de tablas a medios, en los que la fiereza del adolfo, (572 kilos), amenazaba desbordar. Y así fue toda la brega.
Atacó a Javier Martín y compañía de largo en dos varas traseras, más aguantando que cargando. Luego, tras el angustioso primer par de Curro Vivas, cogió y mandó a la enfermería a Rubén Sánchez y espantó en los dos pares siguientes. Acosó volviéndose raudo y en corto a cada uno de los cuatro doblones iniciales que pretendieron imponerle gobierno, Los cites se resolvían tras el segundo pase perdiendo pasos en legítima defensa. Así, así, en un enfrentamiento, que lejos del duelo caballeresco en que se inspira la fiesta, parecía una riña de cantina. Pero ninguno de los dos escurrió el bulto. La fiera y el valiente. Eso llegó al corazón del tendido, el valor y la crudeza del toreo en su expresión elemental sin esteticismos, ni pendejadas. El, o te quitas tú o te quito yo en su desnuda crueldad, hasta llegar a lo más que alcanzó la lidia ligar, dos tandas de extrema gravedad, ambas por la diestra con remates de medio pecho apenas, porque él insidioso animal se revolvía antes de vaciar, buscando carne.
Igualando se lanzó Damián con un grito de suicida que se tira al vacío. Pinchó arriba y luego fue arrollado. Pronto, en igual forma, se lanzó de nuevo y colocó una estocada desprendida delantera que no mató y obligó descabello. Las Ventas estrujada, ovacionó el arrastre de la fiera y obligó a vuelta al ruedo unánime y clamorosa de Damián. Había que ver como aplaudía el siete. En una tarde en la que reinó el miedo, estos fueron los momentos más intensos. El valor llena.
Gómez del Pilar, estuvo a punto de lograr una hazaña con “Buenacara” el sexto. Porque además de muy enrazado y ofensivo, humillaba y repetía, más largo que sus hermanos. Así se prodigó en varios de los encuentros que sin ser nada fáciles, alcanzaron por derechas, naturales, y derechas-naturales (sin ayuda), las cuatro y cinco repeticiones en que el morro araba la arena y seguía el trapo arriba en los abroches. La cosa iba de cuajar faena, pero no, no aguantó el aguante. Faltó esa pizca de locura que convierte las bravatas en heroísmo. Para colmo la espada dio en duro el madrileño no se atrevió a tirarse de nuevo. Sus hombres, sin la menor consideración a la catedral, montaron el carrusel en todos los medios, la gente se embejucó, sonaron dos avisos y el segundo crucetazo salvó del desastre al torero. Le aplaudieron sin pasión, porque entendieron lo que costaba estar donde estuvo.
Pepe Moral, como me dijo hablando de otra corrida, el maestro Juan Lamarca, estuvo en “veterano tras la esquina”. Cauto, espaciando los tiempos, no agudizando el conflicto, templando cuando pudo, las menos veces, y matando además de manera impropia. Una estocada descolocada, tarda y avisada al primero. Un pinchazo, una espada desprendida, corta, delantera, ineficaz y seis descabellos ídem, ante los cuales el animal fatigado, se echó por su propia cuenta. Bajo la sanción soplada del respetable.
La tarde fue de los escolares, pues como dijo Belmonte, cuando el toro manda, todos los terrenos son del toro. Y estos, ya se sabe cómo son. Salen a no dejarse, a imponer. Por eso los respetan tanto.
- FICHA DEL FESTEJO
Madrid. Martes 2 de junio 2026. Plaza de Las Ventas. 22ª de San Isidro. Sol 34ºC. Tres cuártos de aforo. Seis toros de José Escolar, 554 kilos promedio, trapío, casta y genio.
Pepe Moral, silencio tras aviso y pitos.
Damián Castaño, silencio y vuelta.
Gómez del Pilar, pitos tras dos avisos y saludo.
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