la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 28 de julio de 2026

Valencia. Recordando a Curro Valencia

 

Con motivo del 30 aniversario de su muerte.

En un acto organizado por el incansable Agustín Fernández, presidente de la Asociación de Amigos de Montolíu y Curro Valencia, esta tarde de lunes se celebró en Valencia, en la plaza de toros, un homenaje a Curro Valencia con motivo del trigésimo aniversario de su trágica y desgraciada muerte en el coso de Monleón el día 27 de julio de 1996.

Amigos, familiares y profesionales se dieron cita para recordar y honrar su memoria. 

AvanceTaurino.com / Valencia, 27 de Julio de 2026

Relacionado: Homenaje a Curro Valencia


Samuel Navalón prolonga su reinado en València: “Quería otra puerta grande por lo civil o por lo criminal” / por Jaime Roch

Samuel Navalón, triunfante y sin la chaquetilla, durante una vuelta al ruedo
 en la Feria de Julio.

El joven de Ayora revalida la puerta grande en la Feria de Julio tras salir triunfador de la Feria de Fallas: “Sabía que los toros me podían herir en cualquier momento, pero me entregué para marcar un punto de inflexión en mi temporada. Es un sueño hecho realidad”, relata.

Samuel Navalón prolonga su reinado en València: “Quería otra puerta grande por lo civil o por lo criminal”

Por Jaime Roch.
¡Un impacto! ¡Otro golpe en la mesa! Casta, mucha casta hay que tener para, aun sabiendo en todo momento que el toro lo podía herir, mandar a todo el mundo que se tape tras varias volteretas sin apenas mirarse y pasarte de nuevo en redondo la embestida por el mismo pitón que te hizo presa. Ese fue el gesto de un torero de casta como Samuel Navalón para mantener su reinado en València tras salir triunfador de la pasada Feria de Fallas y ahora también de la Feria de Julio, con tres orejas en su esportón y después de revalidar el triunfo (por dimensión) en diversas plazas de máxima importancia como Madrid, Pamplona y con los toros de La Quinta en Santander,donde también resultó volteado muy feamentey sufrió un coágulo en el pulmón derecho.

Navalón lo hizo frente a una corrida de El Torero seria, extremadamente seria, y en general, salvo el sexto desorejado por él y ni eso, con ese fondo defensivo y geniudo que algunos confunden con la casta. El estallido rutilante del valor de Navalón tenía algo de alegoría, de grito para convertirse en el nuevo torero que necesita la afición valenciana: Pasar miedo es cosa de toreros, pero esa corrida sí que me hizo pasar un mal rato, qué puntas, qué seriedad”, aclara Samuel mientras está convaleciente en su domilcio de Ayora.

Entregar la vida

Aquella esforzada pelea gestual frente a sus dos toros simbolizaba un hecho artístico complejo y tortuoso, pero que llegaba directamente a los espectadores más primarios porque en ella estaba implícita toda la difícil capacidad de un hombre que se viste de luces: entregar la vida al toro sin trampa ni cartón con una verdad absoluta -la suya- y una manera de ejemplificar un arte inmemorial cuyo más íntegro secreto es olvidarse del cuerpo con un valor diáfano, como de acero traslúcido: “Sabía que los toros me podían herir en cualquier momento, pero me entregué para marcar un punto de inflexión en mi temporada. Sé lo importante que es València y salir triunfador de las dos ferias es un auténtico sueño”, señala después de poner en práctica algo ya olvidado: citar con la muleta adelantada, llevarla de arriba abajo, dejarla deslizar al compás de la embestida y conducir el viaje entregado para rematar hacia dentro.

“¡Torero, torero!”, gritaban sus paisanos tras su tarde de tanta entrega, con ansias por abrirse paso a toda costa, con el triunfo legítimo ya en sus manos y el cuerpo completamente magullado después de asumir el ingreso sin contemplaciones en esos terrenos tan portentosos como peligrosos del toro, con cierta violencia alegórica, con una nueva respiración estética: “La familia lo pasa mal, pero están orgullosos de mi y se alegran mucho de los triunfos”.


Sobre la dimensión ofrecida tanto en la Feria de Julio como en Santander, el joven torero de Ayora subraya la importancia de ambas citas en su temporada: “Eran dos tardes cruciales para mí y traté de entregarme al cien por cien, con mucho compromiso y buscando que las cosas salieran por lo civil o por lo criminal. Quería otra puerta grande en València”. Navalón asegura que esas actuaciones le han aportado “mucha seguridad y confianza para afrontar todo lo que venga”.

Todo ello supuso el andamiaje de la faena a ese sexto, que le valió cierto reforzamiento de cara a su colocación en la próxima Feria de Fallas, instalado ya -o así debería ser- en los puestos de privilegio y en varias tardes. Sobre todo, dentro de una Feria de San Jaime que ha tenido un especial peso para la cantera valenciana y que sí se ha visto reflejada en los triunfos.

En esa misma corrida de El Torero también sobresalieron Diego Urdiales y Daniel Luque, los dos en plan maestro para sobreponerse a las circunstancia tan comentadas con la categoría de sus tauromaquias.

Por su parte, los valencianos Román Collado y Nek Romero también puntuaron en la buena corrida de José Enrique Fraile de Valdefresno, divisa que conserva la raíz más pura del Atanasio Fernández-Lisardo Sánchez y que echó cuatro toros de alta clase y buena hechura. Los cuatro de una corrida mixta sin argumento con Olga Casado.

Le sirvió sobre todo a Nek, exiliado de las ferias tras haber estado en ellas, que supo aprovechar la buena oportunidad que la Diputación de València y la empresa le habían puesto en bandeja para enderezar su carrera. A buen seguro que ambos volverán a Fallas, sustento también junto a Navalón de la ilusión del toreo en la capital. Igual que los Fraile de Valdefresno, con dos toros con más clase (primero y segundo) y otros con exigencia (cuarto y quinto), una joya genética que infunde respeto en los carteles y que también debería volver pronto.

Los jóvenes

Dentro de los valencianos, también el joven Marco Polope, nacido en Torrent, firmó una actuación de toreo elegante, rebosante de clase y buen gusto, fiel a un concepto muy personal, marcado por la verticalidad y el temple. Sus faenas destacaron con luz propia en una novillada de Alejandro Talavante que, en líneas generales, no ofreció el juego esperado. Sin olvidar a Pablo Torres, ganador del I Certamen Vicente Ruiz ‘El Soro’ y joven torero de alta clase torera.

Dicho esto, también cabe señala la importante faena de Andrés Roca Rey al sexto de Juan Pedro Domecq, ‘Tulipán’ de nombre y premiado como el mejor toro de la feria tras sacar calidad y profundidad a raudales. Aquí el peruano sufrió las desavenencias de la presidenta Pilar Bojó, tras negarle la puerta grande ampliamente pedida -y merecida cabría decir-, pero queda la imagen un serio paso al frente en el conjunto de la tarde. Pero más allá de los artístico, cabe repensar el futuro de la Feria de Julio en València. Un año más. Será que no habrá habido tiempo estos meses…

lunes, 27 de julio de 2026

Aquellos sesenta… (XXIII) / por Jorge Arturo Díaz Reyes


Cogida mortal de José Falcón por “Cuchareto” en Barcelona. Foto: historiadeltoreo.com

'..El 20 de mayo de 1964 Gonzalo Carvajal notarió a El Cordobés: “Sevilla lo consagró como genio del toreo, como un nuevo Belmonte, porque Huracán Benítez en sus dos toros (tercero, “Mariscal”, número 75 y sexto, “Bancalero”, número 74) (a los que cortó cuatro orejas y un rabo), fue, y lo digo sin empacho el torero con cuya existencia soñó el Pasmo de Triana...”

Aquellos sesenta… (XXIII)

Jorge Arturo Díaz Reyes
CrónicaToro / Cali 27 VII 2026
Contando años, estamos hoy tan lejos de aquella década como esa lo estaba de la inicial del siglo pasado. La misma distancia.

¿Pero lo sigue siendo al medirla no con la escala del almanaque sino de los hechos, la cultura, la ciencia, la sociedad, las costumbres, las modas? ¿Resultan así calculadas tan equidistantes las tres épocas? El tiempo es una convención relativa, lo supimos pasada la primera, (Einstein 1915).

Hasta poco antes de la teoría, entre 1900 y 1910, cuando aún el tiempo y el espacio eran absolutos, la historia corría más lenta y el imperio español se liquidaba; Fuentes, Bombita y Machaquito marcaron la década oficiando la tauromaquia propia del siglo XVIII. La que setenta años antes, en la Escuela de Sevilla Pedro Romero había transmitido a Desperdicios, Cúchares, Paquiro (reglamentador)... Se lidiaban broncos miuras, veraguas, Pablorromeros, aleas…, en plazas que no anunciaban peso ni edad. No tenían estribo en las barreras, burladeros, peto, cruceta, ni ayudado. Las enfermerías, donde las había, eran rudimentarias y la anestesia, cirugía, medicina en general incipientes. Poco más que un consuelo. Ni se sospechaban los antibióticos. El promedio mundial de vida era de 32 años. La muerte era más fácil.

Baste repasar a esa fecha el grueso martirologio de la fiesta, modestos aparte: José Cándido Expósito, los hermanos Romero: Gaspar y Antonio; Pepe Hillo, Curro Guillén, los tres “Pepete”: José Dámaso, José Rodríguez y José Claro; los hermanos Fabrilo: Julio y Paco; José Gaviño, El Espartero, Dominguín…

En la mitad calendaria, 1960 a 1970, surgieron y marcaron el paso: Puerta, Camino, El Viti, El Cordobés. Con sus versiones personales de la tauromaquia descubierta por Belmonte, y sofisticada al compás del tiempo por Chicuelo, Manolete, Domingo Ortega, Ordóñez… Lidiando los hierros de tradición, más los Murube, Santa Coloma, Parladé y los Domecq que ya instalaban predominio.

Con obligatoriedad reglamentaria de anunciar peso y edad. En plazas con estribo, burladeros, cruceta, peto, ayudado, enfermerías a ley (no en todas partes). La anestesia, cirugía y medicina en general habían avanzado mucho. Se disponía de antibióticos diversos, conocimientos, destrezas, ayudas diagnósticas y terapéuticas insospechadas. El promedio mundial de vida subió a 53 años.

No ante el toro, pese a todo, como hicieron ver las muertes gloriosas acaecidas en el intervalo: Joselito, Granero, Litri, Sánchez Mejías, Gitanillo de Triana, Carmelo Pérez, Balderas, Carnicerito de México, Manolete...

Luego la velocidad se hizo vertiginosa. Pasaban más cosas en un año que las acontecidas en milenios anteriores. Salimos al espacio y entramos más allá del átomo. Proliferamos, nos ultra comunicamos, atosigamos la atmósfera, cambiamos el clima, hicimos artificial no solo la inteligencia sino la realidad, la verdad, y justificamos cualquier cosa. Legado y secuela.

Ahora, del 2020 al 2026 rigen: Roca Rey (peruano) entre lo sutil y lo tremendo, acompañado por Morante quien prolonga su vigencia (vintage) de tres décadas, y por quizá Ortega con su episódica sublimidad. Imponen su variedad de estilos aprobada por la posmoderna demanda, y pulida por sus predecesores; Capea, Espartaco, Ponce, El Juli…, uno tras otro en el altar.

Torean casi exclusivamente sangre Domecq, casi porque las otras se reservan para los gestos que demandan las particularidades del mercado y el resto para los menos remilgados. A los ruedos de pro, el toro sale más grande, pesado, adulto y en todas partes genéticamente menos fiero. Las enfermerías están superdotadas y con disponibilidad de traslado inmediato. La técnica médico-quirúrgica desborda la ciencia ficción. La muerte se hizo antinatural, injustificada, imperdonable. Promedio mundial de vida 74 años.

Y aunque a tenor de los tiempos que corren las cosas han seguido empujadas a favor de la sustitución del riesgo por su representación, las cogidas mortales de los connotados en el sexagenio: José Mata, Antonio Bienvenida, Joaquín Camino, José Falcón, Paquirri, El Yiyo, Pepe Cáceres, Víctor Barrio, Iván Fandiño, El Pana…, siguen atestiguando que la corrida no ha perdido su trágico dogma sacrificial.

En los medios de este ruedo de 120 años, quizá más allá, quizá más acá, dependiendo de quién y con qué mida, quedaron aquellos sesenta. Para quienes los vivimos, permanecen como un deslumbramiento, como una inflexión biográfica. Y si en la plaza los sobrevivientes de aquello nos miramos y oímos tan mutuamente distintos e idénticos con los de hoy, como entonces nos mirábamos y oíamos con los sobrevivientes del 1900, es porque siempre fue así. Cuando concurren el toro, el hombre y el toreo surgen el misterio y la intuición común de divinidad. Cambian los tiempos, cambian las formas, la esencia no. Está escrito.

En 1908, José de la Loma “Don Modesto” lo hizo de Bombita: “Tu es Petrus”, dijo Jesucristo a su primer discípulo. “Tu es Bombitus”, dijo ayer la afición al proclamar sumo pontífice del toreo a Ricardo Torres. La silla de Montes (Paquiro), vacante desde 1899, cuando el Papa Guerrita abandonó la jefatura de la tauromaquia, fue ocupada ayer... Ya tenemos Papa…, cada uno de sus naturales fue una encíclica.”

El 20 de mayo de 1964 Gonzalo Carvajal notarió a El Cordobés: “Sevilla lo consagró como genio del toreo, como un nuevo Belmonte, porque Huracán Benítez en sus dos toros (tercero, “Mariscal”, número 75 y sexto, “Bancalero”, número 74) (a los que cortó cuatro orejas y un rabo), fue, y lo digo sin empacho el torero con cuya existencia soñó el Pasmo de Triana.” Y él apostilló cincuenta y seis años después: "Dios tocó a algunos toreros con la varita, pero a mí me cogió en brazos…, yo fui el Papa del toreo."

Y el pasado 16 de abril del 2026, Antonio Lorca publicó en El País: “Morante, dios del toreo. El torero sevillano perdió los máximos trofeos al pinchar una explosión de improvisada genialidad ante una Maestranza enloquecida… Si tuvieron la fortuna de ver la corrida, quédense con lo vivido, con esa misteriosa conmoción colectiva que se apoderó de La Maestranza de la mano de un genio llamado Morante de la Puebla.”

Sí, la tauromaquia es una religión, quizá la más vieja, y en ella los feligreses podemos cambiar el hábito, el gusto, la época, el modo, pero no el dogma.

Patriotismo de camiseta / por Jesús Laínz


'..Por no hablar del saqueo y la demolición diaria de España que los izquierdistas y separatistas gobernantes efectúan con minuciosidad arácnida ante el desinterés de esa gran mayoría de españoles que, por el contrario, rugen de indignación si a un árbitro se le ocurre pitar en contra de los colores de su camiseta..'

Patriotismo de camiseta
Jesús Laínz
Tras la borrachera de la semana pasada, poco a poco se va disipando una resaca deportiva que en breve quedará en nada, pero por el camino va dejando una estela pseudopolítica que merece una pizca de atención. Son muchos los españoles que están encantados con la victoria balompédica de un puñado de atletas que, como ha informado la prensa, descansan ahora en sus yates bebiendo vinos de 25.000 euros la botella. Por supuesto, cada uno hace con su dinero lo que le da la gana, pero no parece que saquen de ello ninguna conclusión los millones de adoradores del sudor ajeno que, con sus patrióticos frenesíes, les hacen ganar en una semana lo que un cirujano en treinta reencarnaciones. Así funcionan las leyes del mercado.

Nadie hay en este mundo menos interesado en las cosas del fúrgol que servidor, pero he de confesar que, tan sólo por ver a los separatistas echando espumarajos de rabia, la victoria mundialista mereció la pena. Sin embargo, la segunda estrella no consigue borrar la tristeza de ese duelo a gritos entre los ciudadanos alegres y pacíficos del «¡Yo soy español, español, español!» y los canallas furiosos del «¡Españoles, hijos de puta!». Gritos acompañados, como siempre, con persecuciones, golpes y —una anécdota entre mil— avisos a un chaval de dieciséis años portador de la camiseta de la selección de que «hace diez años te hubiera metido tres tiros en la cabeza». Estos heroicos paladines de la democracia a la vasca saben que son los dueños del cortijo, que sus continuos delitos quedan impunes, que los asesinos salen de la cárcel y son recibidos como héroes y que sus dirigentes codirigen toda España en colaboración con los gobernantes socialistas. ¡Menos mal que ETA ha sido vencida, como repiten cada vez que pueden los ciegos voluntarios!

La euforia deportiva ha llevado a no pocos periodistas, comentaristas y similares a declarar su optimismo sobre el efecto reductor de los separatismos que va a tener la victoria mundialista. Pronto han olvidado que el encadenamiento de victorias europeas y mundiales en 2008, 2010 y 2012, con las que muchos se entregaron a la misma esperanza, no impidió un golpe de Estado separatista tan solo cinco años después.

Para empezar, la prensa catalana y la vasca han vuelto a superarse en sus equilibrismos para no pronunciar la palabra nefanda. El Diario Vasco —no el Gara, no, sino el periódico guipuzcoano del grupo Vocento, el del ABC— alcanzó la perfección con su imagen de Oyarzábal y Zubimendi bajo el titular «De Gipuzkoa a la cima del mundo». Y no pasaron más que tres días desde la final neoyorquina cuando Karim Adeyemi, nuevo fichaje del Barça, declaró que «ya me han ido explicando que no es lo mismo Cataluña que el resto de España».

Separatismos aparte, algunos jugadores recogieron los trofeos enfundados en banderas regionales. La visión microscópica inducida por el Estado de las Autonomías se ha enquistado en todas las regiones de España. En ningún otro país del mundo habría sucedido algo así. ¿Alguien es capaz de imaginar que los famosos negros de Rajoy, en caso de haber ganado, hubiesen subido a la tribuna con las banderas de Aquitania, Isla de Francia o Normandía en vez de con la francesa?

Seis días después de que millones de españoles besaran entusiasmados el escudo de España bordado en sus camisetas, el 25 de julio, fiesta nacional de España, ha pasado inadvertido, sin seguimiento mediático, sin solemnidades dignas de mención, sin banderas, sin entusiasmos, sin manifestaciones, sin cánticos, sin nada… En tan sólo una semana el patriotismo ha vuelto a ser cosa de fachas.

Por no hablar del saqueo y la demolición diaria de España que los izquierdistas y separatistas gobernantes efectúan con minuciosidad arácnida ante el desinterés de esa gran mayoría de españoles que, por el contrario, rugen de indignación si a un árbitro se le ocurre pitar en contra de los colores de su camiseta.
www.jesuslainz.es

El toro bravo frente al abandono que incendia España / Por Sergio Hueso

 

'..La dehesa del toro de lidia no es únicamente el escenario donde nace el protagonista de la tauromaquia. Es uno de los grandes ecosistemas humanizados de la península ibérica. Encinas, alcornoques, pastos, charcas, aves rapaces, ciervos, conejos, zorros y numerosas especies conviven en grandes extensiones que permanecen cuidadas precisamente porque existe una ganadería que las mantiene..'

POR MONTERA
El toro bravo frente al abandono que incendia España

Por Sergio Hueso 
España vuelve a arder. Los incendios de Madrid y Ávila han alcanzado una gravedad suficiente para que el Gobierno declarase la emergencia de interés nacional. Las altas temperaturas, el viento y la sequedad explican la violencia del fuego, pero no pueden ocultar otra realidad: durante décadas hemos abandonado el campo hasta convertir buena parte del monte en un inmenso combustible esperando una chispa.

El cambio climático existe y agrava los incendios. Negarlo sería absurdo. Pero también lo sería utilizarlo como única explicación para no hablar de la falta de gestión forestal, la despoblación rural y la desaparición progresiva del pastoreo. La propia Estrategia Forestal Española reconoce la necesidad de ordenar y disminuir la carga de combustible para evitar incendios que terminan superando cualquier capacidad de extinción.

Durante demasiado tiempo se ha impuesto un ecologismo de despacho que confunde conservar con abandonar. Limpiar el monte, controlar el matorral, mantener caminos, abrir cortafuegos o permitir el aprovechamiento ganadero no significa destruir la naturaleza. Significa cuidarla. Y existe un animal que lleva siglos haciéndolo en silencio: el toro bravo.

La dehesa del toro de lidia no es únicamente el escenario donde nace el protagonista de la tauromaquia. Es uno de los grandes ecosistemas humanizados de la península ibérica. Encinas, alcornoques, pastos, charcas, aves rapaces, ciervos, conejos, zorros y numerosas especies conviven en grandes extensiones que permanecen cuidadas precisamente porque existe una ganadería que las mantiene.

El toro pasta, abre claros, controla parte de la vegetación y contribuye a conservar un paisaje en mosaico que dificulta la continuidad del fuego. El ganadero mantiene caminos, arregla cercados, limpia bebederos, vigila diariamente la finca y actúa ante cualquier incidencia. Donde vive el toro bravo no existe un monte abandonado: existe un territorio trabajado los 365 días del año.

No lo afirma únicamente el sector taurino. El Ministerio de Agricultura define la raza de lidia como el máximo exponente de la explotación extensiva y reconoce que se cría mayoritariamente en amplias dehesas, muchas de ellas situadas en zonas desfavorecidas y amenazadas por la despoblación, donde contribuye a conservar el ecosistema y convive con la flora y la fauna autóctonas.Ganado

Cada toro bravo necesita hectáreas de campo, pastos, agua, arbolado y vigilancia. Su existencia sostiene económicamente espacios que, sin la tauromaquia, difícilmente encontrarían otra actividad capaz de asumir semejante extensión y semejantes costes. Defender al toro bravo es, por tanto, defender también la dehesa.

Resulta paradójico que quienes atacan constantemente la tauromaquia se presenten después como los únicos guardianes de la biodiversidad. Si desaparece el toro, no queda automáticamente un paraíso natural. Puede quedar una finca sin rentabilidad, un ganadero obligado a abandonar y cientos de hectáreas cerrándose lentamente hasta convertirse en un polvorín.

El pastoreo controlado está reconocido como una herramienta eficaz para reducir el matorral y la carga de combustible en las zonas cortafuegos. Los animales no sustituyen a los servicios forestales, pero forman parte de una prevención que comienza durante el invierno, no cuando las llamas ya alcanzan varios metros de altura.

La situación del lobo refleja el mismo error de fondo. Nadie sensato plantea su exterminio. El lobo pertenece al ecosistema, pero también debe ser gestionado. La protección no puede significar abandonar a su suerte a quienes mantienen el ganado extensivo.

Durante 2025, Castilla y León registró 4.474 ataques de lobo y 6.294 cabezas de ganado muertas, según los datos difundidos por la Junta. Detrás de esas cifras hay ovejas, terneros y becerros recién nacidos, pero también ganaderos exhaustos y explotaciones cada vez más difíciles de sostener.

En Salamanca, situada al sur del Duero, las poblaciones de lobo continúan sometidas a una protección especialmente rígida. La conservación de la especie debe ser compatible con controles científicos y selectivos cuando los ataques sean reiterados. Proteger al lobo no puede consistir en sacrificar al ganadero, porque cuando desaparece el ganado extensivo desaparece también una parte fundamental del equilibrio natural.

El verdadero ecologismo no debería enfrentar al campo con la naturaleza. Debería escuchar a quienes viven en él. Al ganadero, al agricultor y al criador de bravo que conoce cada arroyo, cada encina y cada rincón de su finca.

España necesita menos prohibiciones dictadas desde la ciudad y más gestión. Más pastoreo, más ganadería extensiva, más prevención y más reconocimiento para quienes conservan el territorio con su trabajo.

Mientras algunos presumen de ecologismo desde un despacho, el toro bravo continúa caminando por la dehesa, manteniendo vivo uno de los ecosistemas más ricos de nuestro país. Y mientras España arde, convendría recordar quién lleva siglos cuidando el campo.

Ni un paso atrás / por Roberto Granda

 '..Esos son ovarios, los de Esther y otras como ella, y no los de las brujas que te dicen que sola y borracha puedes llegar a casa, y luego se desentienden cuando de madrugada te destroza una manada importada, para la que la mujer importa lo mismo que un animal de granja. Qué bonito fue lo del domingo pasado. Españoles que no van a rendirse aunque los socios de Sánchez les acorralen y les persigan..'

Ni un paso atrás

Roberto Granda
«Antes de que se carguen la pantalla, me llevan por delante». Lo dijo Esther Martínez, secretaria general del PP vasco. Y damos fe que no era hablar por hablar, ni una bravuconada. Ahí se puso ella, frente a una turba de socios de Sánchez, dispuestos a reventar la pantalla gigante de Bilbao donde se retransmitía la final del Mundial en una plaza abarrotada. «Ante los sectarios, ni un paso atrás». Buen lema. Dispuesta a hacerlo valer. Qué imagen, qué orgullo de sociedad que pone pie en pared contra el nacionalismo feroz.

La valentía de una mujer enfrentada a aquella jauría entre euskaldún y moruna, los de la coalición de progreso con el rostro cubierto a la manera de la guerrilla urbana; un par de hombre detrás de la valla y ella delante, sin más coraza que su bravura y más defensa que su coraje. Es una foto que merece ser llevada a cuadro, una foto para ser pintada por Ferrer-Dalmau, el retratista de batallas. Dice tanto esa estampa, como las grandes obras. Llena de matices y significado.

Esos son ovarios, los de Esther y otras como ella, y no los de las brujas que te dicen que sola y borracha puedes llegar a casa, y luego se desentienden cuando de madrugada te destroza una manada importada, para la que la mujer importa lo mismo que un animal de granja. Qué bonito fue lo del domingo pasado. 

Españoles que no van a rendirse aunque los socios de Sánchez les acorralen y les persigan.

Y hubo agresiones, sí. Toda muestra de felicidad popular tiene su contrapunto en la amargura de los que viven con el alma negra. Ese pozo oscuro del supremacismo excluyente. Abertzales que, después de copular con su prima, y con la huella de siglos de endogamia reflejada en su cara de ceporros, no soportan la alegría sincera de ciudadanos libres que vibran con su Selección, y su instinto natural, el único que conocen junto con el de agredir sexualmente a cuadrúpedos de corral, es el de usar la violencia para reventar ese acto público. Y, además, no pudieron. Y no van a poder. Eso sí que fue una victoria, amigos de Bilbao, amigos de Vitoria, amigos de Barcelona.

Tantos años de silencio, de aguantar insultos, amenazas, tantos años de sacar la bandera con mucha precaución, de celebraciones casi como un susurro, en la clandestinidad como hombres de frontera; y el domingo pasado los chicos del antifascismo no pudieron desenchufar la pantalla ni detener la marea rojigualda. Lo intentaron, y perdieron. Que se jodan. España ganó, y los inmundos socios de Sánchez se tuvieron que retirar con los ojos inyectados en sangre de quien sólo traga el veneno del odio, los puños apretados y el rechinar de dientes. No fueron capaces, en ningún rincón del país, de doblegar a los españoles que se negaron a dejar de serlo.

Hay que aprovechar esta ola de entusiasmo y de victoria, no hay que ofrecer descanso a los nacionalistas allá donde estén. Los euskaldunes son bichos cobardes que atacan en grupo, siempre en superioridad numérica. Hay que romper esa dinámica. Se les puede pasar por encima con facilidad. No cediendo más ningún espacio público, ninguna fiesta patronal, ningún lugar en el ayuntamiento. Devolver golpe por golpe y dejar en casa el miedo. La única manera de enfrentarse al totalitarismo es perderle el respeto. Sin el fragor del grupo no son nada. Su ideología es pura inquina. No existe dignidad en su autopercibida lucha, son escoria en los márgenes de la sociedad. Una violencia que se pretende enmascarar con propaganda, con autoconvencimiento.

Lo dañino de Sabino Arana no tiene que ver con cuestiones biográficas o psicológicas, sino con la propia naturaleza de su pensamiento. Sus herederos siguen siendo enemigos del progreso y de las luces. Toda esa gente celebrando, alegres por todo lo que fue bueno, bello, justo y legítimo. Ese es el verdadero muro. No el que la coalición de Gobierno ha querido construir con Otegui y compañía. Ellos levantan un tétrico muro usando como cemento la sangre de españoles asesinados y como obreros los votos de tanto canalla.

domingo, 26 de julio de 2026

Pérez-Reverte y Roca Rey: «Tener como compañera a la muerte te vuelve lúcido»


En un encuentro en la biblioteca del escritor, el reportero de guerras y el matador de toros ahondan a tumba abierta en las páginas de la vida y de la muerte, de las heridas y de sus cicatrices.

Pérez-Reverte y Roca Rey: «Tener como compañera a la muerte te vuelve lúcido»

Por Jesús García Calero
Fue un encuentro frugal. A la sombra de una incipiente amistad. Andrés Roca Rey compartió una conversación con Arturo Pérez-Reverte, de la que fuimos testigos. La casa del escritor se abrió como un pasadizo secreto. La figura peruana hizo el paseíllo entre miles de libros y la colección de sables del autor de Alatriste hasta llegar al lugar elegido, en un rincón umbroso de la nutrida biblioteca. El matador caminaba en silencio junto al rumor incesante de los libros y la molicie de las hojas afiladas de las viejas espadas. Iba concentrado. Alguien que pone su vida en riesgo en el espectáculo único de los toros parecía un poco abrumado y, a la vez, decidido a una conversación a tumba abierta.

Sentimos que a ambos les importaba el resultado. La sinceridad, el tono de confesión, alcanzó cotas que a muchos les parecerán extrañas. Los espectadores de ‘Tardes de soledad’, la película de Albert Serra, ya nos habíamos asomado antes a un momento único de incertidumbre y ensimismamiento de Roca. Por eso este es un encuentro lleno de poder simbólico, donde se cruzan las voces del matador y del maestro de esgrima; el joven héroe traba plática con el veterano reportero de mil guerras.

Ambos portan heridas, no todas simbólicas. Viejas cicatrices con las que tienen intimidad. Van a hablar del peligro, del riesgo que se asume y el que no se sabe; del miedo, de la muerte rondando y de la salvación, si hubiera; de la vida sentida, de la insípida, del público, de la sociedad, de los abismos y del sentido y el sentimiento de la vida.

Pérez-Reverte es anfitrión y actúa espontáneamente, preguntando al torero con pulso del periodista, directo al grano:

Pérez-Reverte: Hay un momento de ‘Tardes de soledad’, cuando vas en el coche camino de la plaza, donde la cara de concentración que llevas no es igual que cuando vuelves. Te hablan y vas como ido, como si no oyeses. Yo conozco esa cara, la he visto muchas veces cuando iba a algún sitio duro, de mucha candela, con mis compañeros de la tele. Ellos tenían la misma expresión. Callados, concentrados. Supongo que es la cara de todo ser humano que va a enfrentarse a un momento importante en la vida. Como si te desligaras del mundo y te encerraras en ti mismo. ¿Es correcta mi apreciación?

—Roca Rey: En esos momentos es cuando más interiorizas y estás más metido dentro de ti. No es que esté ido, estoy preparando lo que viene. Y, obviamente, también muy preocupado. Yo creo que la gente que pasa miedo, los corredores de Fórmula 1, los soldados, los toreros, o gente que está en un mal momento de salud, tienen eso en común.

— P.R.: A veces la palabra miedo, tú la has dicho, no es exacta. Hay una concentración, una tensión expectante, a ver qué va a ocurrir, cómo voy a salir de esto, que el pitón roza la femoral. Sólo después piensas: qué cerca estuve…

— R.R.: Sí, sí. Yo siento mucho miedo.

— P.R.: ¿Antes también?

—R.R.: Sí, yo siento miedo siempre. Después me relajo un poco y digo: «¡Uf!, hay que ver las cosas que han pasado». Al fin y al cabo, el toreo es un arte, estás toreando todos los días prácticamente, y hay días que te levantas y no entiendes el toreo. No entiendes, ni sabes, ni siquiera quieres torear a veces. Es en ese momento cuando más miedo me entra porque, digo, me voy a poner delante de un toro, no siento nada, y me estoy jugando la vida. Es muy duro. Me pasó en 2023, que no sentía delante del toro, y en 2021 también. Tienes que hacer como si sintieras, pero sin sentir. Y es una pena, la verdad, que te pase algo sin sentir. Eso es jodido. Ahora bien, no hay nada más bonito y más libre que cuando sientes mucho, cuando tienes una ilusión, cuando tienes una meta entre ceja y ceja y vibras por dentro. Ahí te da igual hasta la propia muerte.

—P.R.: Me pregunto muchas veces a qué se tiene más miedo, ¿a la cornada o al fracaso?

—R.R.: Si no estoy preparado psicológicamente, mi mente está confundida y le tengo más miedo a la cornada. Si estoy mentalizado, me da más miedo el fracaso. Más que la oreja, o que escriban bien o mal de ti, el peor fracaso es cuando todo lo exterior está bien, pero tu interior no lo está. Ese es el fracaso más jodido.

-El escritor asiente, lo escucha. Se hace un breve silencio.

—P.R.: ¿Alguna vez has pensado mirando al toro: «Este hijo de puta me va a matar esta tarde»?

—R.R.: Delante del toro, no. Que me va a coger, sí, pero que me va a matar, no. Antes de torear, sí. He llorado dos veces vistiéndome de torero, pensando en la muerte, asumiéndola. En el mundo del toro vives como en una continua montaña rusa de emociones. Por eso, tienes que preparar cada día más al hombre. El hombre se va alimentando de lo que hace el torero, pero llega un punto en que si el hombre no está preparado, el torero y el hombre se hunden y terminan fracasando los dos.

-Ante la sinceridad de Roca Rey, Reverte se crece, insiste, conecta.

—P.R.: Cuando yo estaba en las guerras, a veces hacía cosas porque me estaban mirando o porque sabía que los espectadores lo iban a ver. A lo mejor si hubiera estado solo no lo habría hecho. ¿Hasta qué punto te hace ser valiente el sentirte mirado?

—R.R.: En un tentadero muchas veces he tenido valor y solamente estaba mi cuadrilla; no tenía que demostrarles nada y he dado un paso más porque yo interiormente lo necesitaba. El valor también sale para demostrar algo al público, porque muchas veces te sientes incomprendido. Lo importante es que el valor salga no por lo exterior, sino desde dentro, porque te lo quieres demostrar a ti y eres feliz haciéndolo.


—P.R.: ¿Ocurre también en la plaza que el público no lo ve, pero tú sí sientes lo cerca que ha estado?

—R.R.: Sí, lo veo mucho en compañeros con los que estoy toreando. Hay un momento en que te relajas un poco cuando estás en el callejón. Y ves un compañero pasándose un toro muy cerca, o viendo que está al borde de que lo coja y ves cómo le da igual; esas cosas, la verdad, impactan. Y lo bonito también es que ellos sienten lo mismo contigo. Cuando estás delante del toro, no sé si es la adrenalina o si estás como en un éxtasis y no te fijas tanto en esos pequeños detalles que pueden cambiar tu vida, o que pueden acabar con ella. Siento que nos admiramos. Y no solamente admiro a los matadores, también a los subalternos, a los ganaderos, a todos.

-El torero, de pronto, da una larga cambiada con naturalidad:

—R.R.: ¿Usted cree que está mal pensar tanto en la muerte?

—P.R.: No. Al contrario, creo que es muy saludable. Tener la muerte presente como compañera, sabiendo que en cualquier momento un semáforo en rojo, un virus, una bala, un resbalón en la bañera, una embestida del toro, puede acabar con todo, te mantiene lúcido, despierto, atento. Pensar en la muerte a menudo, no de una manera psicopática, sino de una manera racional y serena, te ayuda a vivir mejor porque estás todo el tiempo preparado. Yo he visto morir a mucha gente. Cuando un tío muere con cara de sorpresa, pienso que no ha comprendido nada. La muerte es una compañía habitual, educativa. Te hace más cauto, no te relajas. Yo soy marino, paso mucho tiempo en el mar. El mar es como un toro, el mar es imprevisible. El mar, de pronto, derrota para acá, derrota para allá, te la puede jugar, siempre que te descuides te puede matar, como el toro. Y la certeza de la muerte justamente es lo que te mantiene lúcido y despierto. Tenerla como compañía natural es positivo. ¿Qué opinas tú?

—R.R.: Lo mismo. Hay gente que dice: «No, yo no quiero pensar en la muerte». Creo que la muerte es lo que lo que es; simplemente muere el cuerpo. Yo sí creo en la eternidad.

—P.R.: Entonces, tú tienes menos mérito porque crees que vas a ir al cielo. Los demás lo tenemos peor.

—R.R.: Creo que somos energía. Estamos aquí y tenemos muchos propósitos. El propósito de ser torero, escritor, la familia.

—P.R.: Los hijos te harán más cobarde cuando los tengas. Pero sigue…

—R.R.: El verdadero propósito de la vida, más allá de todo esto, es preparar el alma para ese día de morir. Me he dado cuenta de que las personas que viven preparando el día de su muerte, o que son conscientes de que en cualquier momento puede llegar eso, se van en paz.

—P.R.: Hace ya 20 años hice un reportaje con Espartaco. Me fui con él durante dos semanas para acompañarle en todas las corridas. Juan es un tío estupendo, me cayó muy bien. El reportaje lo titulé ‘Los toreros creen en Dios’ porque me decía Juan que «me hace falta», con ese acento que tiene. Y yo supongo que creer en Dios, tener esa fe, ayuda, da una serenidad especial.

—R.R.: ¿Usted cree en Dios?

—P.R.: No. En la plaza a lo mejor está más cerca, pero donde yo estuve Dios estaba muy lejos.

-El torero enarca levemente las cejas.

—R.R.: ¿Cree que cuando termina la vida se acaba todo?

—P.R.: No se acaba todo. Se acaba mi vida.

—R.R.: ¿Y el alma? ¿Y los fantasmas?

—P.R.: La guerra me quitó muy joven esas cosas. Los fantasmas son la memoria. Los fantasmas los llevo conmigo, los fantasmas de los remordimientos, de las cosas buenas, de las malas. Las cobardías, las claudicaciones, también los heroísmos y las heroicidades, eso nos acompaña toda la vida. Y los amigos muertos. Ahora, con 75 años, ya pienso más en los amigos muertos, las cosas perdidas, las cosas imposibles, las cosas olvidadas, las cosas que ya no van a poder ser… Pero voy con mucha serenidad. No he creído nunca que hubiese otra vida después. O lo dejé de creer muy pronto. Cuando has tenido una vida como debes tenerla, que has hecho cosas que están bien, has conocido a personas importantes, has sido bueno siempre que has podido, has sido malo lo imprescindible, has sido lo cruel que tenías que ser, has sido generoso… llegas al final sin necesitar a Dios para morir con serenidad. Ese es mi planteamiento. Pero respeto, jamás me he burlado de los sentimientos…

—R.R.: Hay que tener la mente muy fuerte para eso.

—P.R.: Bueno, yo empecé muy joven, yo fui a la guerra con 20 años. La guerra es brutal y te lo borra todo. Yo tuve que reconstruirme. Cuando fui a la guerra, yo era un chico que había leído mucho, con unas ideas románticas sobre el mundo, la religión, el amor. Todo eso quedó demolido por completo. Tuve que rellenar los huecos con otras cosas: lealtad, amistad, dignidad, y con eso me fui arreglando. Fue un proceso de demolición muy grande.

-Roca está como en trance:

—R.R.: ¿Nunca fue a un psicólogo?

-Reverte se sorprende. Apunta una sonrisa, pero de pronto levanta los ojos a las estanterías.

—P.R.: No, nunca. Mis psicólogos son estos, los libros. Cuando tengo algún problema de cabeza, me lo solucionan.

El escritor demuestra también que sabe dar una larga cambiada:

—P.R.: ¿Y tú, al enfrentarte a la muerte de una manera tan directa, tan próxima, has tenido ideas previas que se tambalearan?

—R.R.: Sí, sí.

—P.R.: ¿Qué te ha enseñado ese cuerno a un palmo de la femoral?

—R.R.: Que por los huecos de la cornada dicen que se va el valor, y es verdad. Cada día cuesta más trabajo.

-Pensar en la retirada

—P.R.: ¿Cuantas más cornadas más trabajo cuesta ser valiente?

—R.R.: Cuesta más trabajo, no solamente por tus cornadas, también por las que ves. En 2016 lo pasé fatal. Corté cuatro orejas en Arévalo, me había sentido muy bien, y cuando iba a dar la vuelta al ruedo, El Juli se me acerca y me dice: «Andrés, ha cogido un toro a Víctor Barrio, intenta no dar la vuelta al ruedo». Le digo: «¿Pero por qué, si aquí cogen a la gente?» Lo miro otra vez y le digo: «¿Lo ha matado?» Y me dice: «Sí». Y se me cayó el mundo. Tuve un apoyo muy grande con mi hermano. Recuerdo una frase que me dijo: «En las curvas, cuando todo el mundo deja de acelerar, es cuando más tienes que hacerlo para distanciarte del resto». Y eso intenté hacer y la verdad es que fue una buena temporada, cuando rompí como matador de toros. También un novillo mató a un amigo en un pueblo del Perú. Me entró una pena tremenda, pensaba que era porque no había un buen hospital. Con esto me di cuenta de que sí: en España, con médicos buenos, también se va un hombre. Y me di cuenta de que esto tenía una seriedad tremenda. 
Al año siguiente, en 2017, mata un toro a Iván Fandiño. Me pasa más o menos lo mismo. Voy a coger la oreja y me dicen: «No des la vuelta al ruedo porque un toro ha matado a Fandiño». Y eso sí que me reventó. Me reventó totalmente. Llegué a Badajoz, me cogió un toro entrando a matar. Me pegó una cornada interna y me hizo pensar muchísimo. Llegué a Pamplona, me pegó otra cornada otro toro entrando a matar. Se me partió la espada las dos veces, en Badajoz y en Pamplona. Y ahí sí fui hombre muerto mentalmente.

-El escritor mira al matador con mayor concentración a medida que avanza esta larga confesión, su cuerpo se incorpora imperceptiblemente hacia Roca, que continúa:

—R.R.: Estaba fatal. Me acuerdo que entraba a ver mi cuenta del banco y decía: «¿Con esto seré capaz de vivir toda mi vida?» Me quería retirar. Reaparecí en Santander con El Juli, que estuvo increíble. Yo decía: «Este hombre, con 20 años de alternativa, con todo lo que tiene, con todo lo que ha conseguido, y yo estoy en mi segundo año de alternativa, yo soy una mierda. Estoy fatal, yo no puedo seguir aquí». Veía a Perera también, toreábamos una corrida de Garcigrande, y se echaba el capote a la espalda en los medios, y yo me decía también: «Este hombre tan grande y sigue haciendo estas cosas después de tanto tiempo. Yo no soy capaz». Me fui de esa corrida reventado. Toreé en Azpeitia, plaza a la que nunca regresé. Tengo un recuerdo muy malo porque cogió un toro a Curro Díaz; Perera también toreaba y estuvo increíble. Y yo fui incapaz. Incapaz porque mi corazón, mi mente, mi yo no podían. No podía estar delante del toro. Lo único que quería era irme a mi casa, pero no a la de aquí, sino a la de Perú y ponerme a estudiar. Era mi segundo año de alternativa y tenía 19 años. Ese mismo día, en Azpeitia, le dije a Viruta, mi banderillero de confianza de siempre: «Me voy a retirar. Yo no aguanto más».

-Hay un silencio impresionante. Se les oye respirar. Lo rompe el escritor.

—P.R.: ¿Y qué cambió?

—R.R.: Mi hermano Fernando me dijo: «Ven a la casa». «Fernando, voy a llegar a las cinco de la mañana, vas a estar dormido. No me hagas ir por gusto». Pero fui. Cuando llegué, solo me dijo que diese una vuelta por la casa. «¿En serio me has hecho venir y no vas a hablar conmigo?». Insistió: «Que te des una vuelta por la casa». Me fui a mi cuarto. Me fui a la lavandería, a la cocina. Me fui al jardín, donde me embarraba cuando jugaba a ser torero. Y me fui acordando de muchas cosas de mi niñez y de las verdaderas ilusiones que tenía. Llegué al bar, lo abrí y pensé: «Vaya pedazo de fiesta de fin de temporada que tiene». Y salí de mi casa renovado, ya tenía una ilusión. Si me retiraba, me iba a arrepentir. Y desde ese momento en que lo pasé tan mal, nunca más el dinero ha sido una prioridad para vestirme de luces.

—P.R.: Eres una figura, ganas dinero, te querrán las chicas guapas. Lo que te voy a decir no te va a gustar: de vez en cuando debe morir algún torero. Creo que únicamente la muerte de un torero de vez en cuando, y lo vas a entender porque eres un tío inteligente, justifica todo lo demás. El eje en torno al cual gira la magia de la Fiesta, la grandeza de la Fiesta, la gloria de la Fiesta, lo legendario de la Fiesta, es justamente que los toreros pueden morir.

—R.R.: Totalmente de acuerdo.


—P.R.: Si un torero no muriera nunca, sería un festejo más. Es trágicamente paradójico, ¿no? Pensé que no te iba a gustar.

—R.R.: Totalmente de acuerdo, y eso me hace irme al principio de la conversación. Muchas veces uno no siente y torea, y eso da una pena tremenda porque te puede pasar algo, Yo intento sentir, y sentir muchísimo, y no solamente delante del toro, sino en la vida. Muchas veces me vuelvo loco porque no siento como yo quiero. Necesito sentir muchísimo, cada instante, cada faena, cada despertar… Porque quiero estar preparado, quiero asumirlo en paz. Por si me tiene que pasar a mí también. El otro día conversaba con Luisma (su apoderado), era uno de esos días que no me sentía bien y le decía que no me gustaría que me matara un toro sin sentir. Si estoy sintiendo, te prometo que si tiene que pasar, no me importaría.

—P.R. : Te entiendo perfectamente.

—R.R.: No solo un torero lo tiene que aceptar. Todos tenemos que prepararnos para ese día, sentir mucho hasta que llegue ese día, para irte tranquilo. Cuando no estoy preparado y no siento, me vuelvo loco.

—P.R.: Cuando yo iba a la guerra y volvía, después de estar dos meses en Sarajevo, nunca conseguía estar de vuelta del todo. Había distancia.

—R.R.: ¿Con la familia?

—P.R.: Con todos, hasta con las personas más íntimas. Todavía me ocurre, y fíjate que hace casi cuarenta años que no voy a una guerra. No es que te sientas superior, sino que te sientes como fuera. O sea, no arriba, sino a un lado. Nunca consigues sentirte parte total del mundo en el que te estás moviendo, como si ese que has hecho allí, en la plaza, en la guerra, te dejara ya un espacio que nunca más vas a poder salvar del todo. ¿Te sientes así?

—R.R.: Sí, es verdad que muchas veces intento encajar.

—P.R.: ¿Crees que algún día volverás a ser normal? Yo creo que nunca se vuelve a ser normal.

—R.R.: Yo muchas veces quiero encajar y veo a la gente conversar de cualquier cosa, se meten en la conversación y digo: «Uf, qué suerte». Yo muchas veces no puedo, intento disimular… Me dicen que tengo TDAH, yo no sé si lo tenga y nunca me hice pruebas, pero a veces me quedo así, en mis cosas, como aparte. Intento relacionarme con personas que me aporten. Creo que cuando vives en una montaña rusa, con estos vacíos, es importante relacionarse con personas normales.

—P.R.: Pues este veterano, que no fue torero sino reportero, te va a hacer un pronóstico: nunca lo conseguirás del todo. Oirás hablar de cosas que a la gente le importan mucho, serás correcto y educado, pero algo de ti estará fuera de todo eso. Y eso va a ser siempre, te lo pronostico. Dentro de unos años lo recordarás. Nunca serás normal, nunca.

—R.R.: Bueno, o los que no son normales son ellos.

-Reverte se ríe. Señala a Roca con énfasis.

—P.R.: ¡Ese es el punto! A lo mejor resulta que la gente no se da cuenta de que vive a un centímetro de las astas de un toro. La gente va por la calle y no se da cuenta cuando conduce, vive, sonríe, va a bailar, se ducha, va a la playa, de lo fácil que es que el toro te meta el cuerno en la femoral. ¡Es muy bueno lo que has dicho, que a lo mejor los normales somos nosotros! Yo no habría podido definirlo mejor.

-Roca sonríe. Pero el escritor no hace pausa, vuelve al tema.

—P.R.: Cuando vuelves sangrando de una plaza y te quedas solo, yo estoy seguro de que te respetas a ti mismo. Puedo equivocarme, pero creo que es el primer respeto que buscas.

—R.R.: Antes toreaba para conseguir algo: cortar orejas, triunfar, comprarme una casa… Ahora con lo que verdaderamente me quiero llenar es con sentirme bien yo.

—P.R.: Ahora es cuando eres un héroe. Antes no. Te voy a contar una cosa personal. Yo cumplo 75 años dentro de unos meses. Y aún así tengo un barco velero. Y me cuesta, puedo darme un golpe, días sin dormir… Pero necesito seguir yendo. Sabes que te vas enfrentar al viento, al mar, a tu talento como marino, a tu cansancio, a tu fatiga, al peligro. Yo no salgo al mar para que me aplaudan. Soy yo quien se reconcilia con el viejo que empiezo a ser, fiel a mí mismo. Supongo que te refieres a eso, a que sientes algo así. El problema estará cuando ya no torees, ¿cómo vas a hacer para seguirte respetando a ti mismo cuando seas un tipo con canas, un poco de tripa y ya las chicas no te sonrían?

—R.R.: No creas que no lo pienso.

-El día que no toree

—-P.R.: ¿Cómo te ves?

—R.R.: Desde 2023, me pongo a pensar mucho en cómo será vivir sin torear. Pregunto mucho a los toreros retirados.

—P.R.: ¿Y cómo se sienten? ¿Qué te dicen?

—R.R.: Pues yo creo que todos tienen un vacío. Vas preparando la mente. Pero me pregunto: ¿cómo hará la gente normal que trabaja en una oficina? Tienen una ventaja, que ya saben vivir así desde el principio. Yo no. ¿Cómo voy a solucionar esa tristeza, esa nostalgia o hasta esa felicidad, el día que no toree, cómo voy a ser capaz de expresarlo? Me va a tocar aprender. Eso me preocupa.

—P.R.: Mira cómo lo solucionó Belmonte…

—R.R.: Vamos a intentar no llegar a eso…

-Pelear sabiendo

—P.R.: Eres muy joven. Te deseo que sea una buena solución. No siempre es fácil.

-Hay otro breve silencio. El escritor recuerda algo y vuelve a preguntar.

—P.R.: Decías que te sientes a veces incomprendido en la plaza. Espartaco me dijo una cosa muy interesante: «El público tiene derecho a no saber». Eso me gustó, que el torero sea capaz de ponerse en lugar del público que le está insultando. ¿Alguna vez has tenido broncas en las plazas, o te han dicho cobarde, hijo puta?

—R.R.: Sí.

—P.R.: ¿Y comprendes al público? Me gustaría desarrollar eso.

—R.R.: Hay veces que les das la razón.

—P.R.: Tienen derecho a no saber.

—R.R.: Van a verte, ¿quién sabe si lo estás pasando mal? No tienen por qué saberlo. Tú vas ahí a entregarte, a hacer una obra de arte, a expresarte, y el público quiere ver eso no un día, sino todos. El público nunca tiene la culpa. La culpa la tiene uno por sus decisiones, por su mala preparación o por su mala suerte. El público nunca. Eres una persona y puedes estarlo pasando mal por lo que sea, un problema familiar, porque estás enfermo o porque tienes diarrea o un pleito. Tienes que dejarlo todo en el hotel, ponerte el traje y dejar a la personas atrás. Por eso digo que es muy triste estar delante de un toro y no sentir. A mí qué más me da que un toro me coja estando entregado y feliz. Entras a la enfermería orgulloso. Dices: «Oye, me he entregado, ha tenido que pasar esto, a recuperarme y a seguir». Pero torear sin sentir, eso es horrible. Eso es lo más duro para mí.

—P.R.: La vida es una escuela cuando estás en el sitio adecuado. ¿Qué edad tienes ahora, Andrés?

—R.R.: Veintinueve.

—P.R.: Comparado conmigo, eres una criatura, pero me doy cuenta de que tu madurez, tu conversación, incluso tus silencios no corresponden a los de un chico de 29 años en absoluto. ¿Por qué?

-Roca Rey guarda silencio. Pérez-Reverte se queda un momento pensativo.

—P.R.: Creo que eres un héroe, porque el héroe es el que, sabiendo, se levanta y pelea. Levantarse y pelear sin saber es muy fácil, cualquier idiota puede hacerlo. Esa es la gran diferencia: saber o no saber. Y este tío sabe. Ya sabe. A lo mejor cuando empezó no sabía. Ha estado donde no todo el mundo está. Cuando una mujer lo abraza, está abrazando algo más que un chico joven y guapo: está abrazando una biografía. Está abrazando un héroe, no en el sentido tontorrón de la palabra. Está abrazando la densidad de un ser humano que ha vivido. Hasta sus silencios no son los silencios de cualquiera. Son silencios del que sabe. Son silencios de héroe, y los héroes, ya sabes, son héroes silenciosos. Sobre todo porque saben que muchas de las cosas que han aprendido, si las cuentas, no las van a entender, o van a ser malinterpretadas. La vida te hace comprender que hay cosas que es mejor no contarlas. ¿Para qué vas a quitar la ilusión? Déjalos que sean felices.

El escritor mira a los periodistas de ABC.

—P.R.: Me gusta este tío.

—R.R.: Muchas gracias.

Publicado en ABC