'..Cuando saltó el toro quinto, sobrero de Cortijoliva, “El Faraón” lo consideró un “pregonao”, y espantado desafiando todo, a todos, y a su propio destino. Renunció a la lidia frente a la plaza llena, se retiró a la barrera, ordenó a los hombres de su cuadrilla que lo siguieran, que no tocaran el toro, que lo dejaran solo en el ruedo..'
CrónicaToro / Madrid, lunes, 18 de mayo de 2026
Si el año taurino1967 tuviese que ser recordado por una sola cosa, quizá lo sería por el drama en dos actos que protagonizó Curro Romero en Las Ventas, feria de San Isidro, los días 25 y 26 de mayo.
Y tendría que serlo no solo por el impacto mediático que tuvo en su momento y la perdurabilidad que la historia le ha dado. Sino porque más allá de lo anecdótico, de lo eventual, de lo escandaloso, representó viva, real y espontáneamente aquello que ha ocupado la ficción de toda la dramaturgia y la literatura, desde que lo son; la humanidad del héroe, y su circunstancia.
Esa profunda exploración que la imaginación y la mitología, han hecho en el abismo del alma a lo largo de los siglos. Esa creada verosimilitud que, partiendo de lo pequeño, de lo cotidiano, de lo vulgar ha convertido a Edipo, Medea, Hamlet…, en más que solo episodios de criminalidad, asuntos de crónica roja o de novela negra, en espejos de lo que somos, de lo que podemos ser, de a donde podemos llegar.
Y claro, en esa ocasión, representado de verdad, como solo puede ser en el toreo. Cuando saltó el toro quinto, sobrero de Cortijoliva, “El Faraón” lo consideró un “pregonao”, y espantado desafiando todo, a todos, y a su propio destino. Renunció a la lidia frente a la plaza llena, se retiró a la barrera, ordenó a los hombres de su cuadrilla que lo siguieran, que no tocaran el toro, que lo dejaran solo en el ruedo.
La que se armó. La multitud protestaba iracunda y le befaba. El presidente por su parte dejó que la bronca transcurriera durante los diez minutos reglamentarios que se conceden al lidiador para matar el toro. Luego, a lo largo de los cinco restantes de más escarnio, tocó sucesivamente los tres avisos, la devolución vivo a los corrales y la ignominiosa salida de los bueyes.
En medio de la batahola un espectador, sintiendo blasfemado el rito y el espectáculo estafado, como muchos espectadores, se tiró al ruedo y lo cruzó corriendo con un rollo de papel higiénico en la izquierda y su boleta en la derecha, llegó al matador y lo golpeó. Los peones respondieron en su defensa, y la Policía Armada, tomó cartas en el asunto, deteniendo a Curro, y conduciéndolo protegido a la Dirección Nacional de Seguridad, (gobernaba Franco).
Allí en los calabozos, o muy cerca de ellos pasó la noche. Dicen que uno de sus admiradores, propietario de fino restaurante madrileño, le hizo llegar una cena “faraónica”. Y allí mismo en las “mazmorras” o junto a ellas, al otro día, ya 26 en la tarde, se vistió de luces, volvió a la plaza en su coche, e hizo el paseíllo como si nada, junto a sus paisanos Paco Camino y Diego Puerta, para matar la corrida de Benítez Cubero. La plaza expectante se había llenado de nuevo... ¿Qué pasaría?
Cuarenta y tres años después de los acontecimientos el ABC, citando la crónica de Antonio Díaz Cañabate lo recordaba:
“«Comprometida era la tarde para Curro Romero. Los toros le ayudaron a salir del trance, pero él ayudó a los toros con toda la gallardía de su toreo, que no desmayó ni con la voltereta propinada por el quinto. Gallardía unida al temple. Temple unido a una elegancia producida por la naturalidad derivada del buen gusto. En los pases de Curro Romero se percibe claramente como la inspiración desciende a su muleta y asciende al arte del toreo. Como la inspiración comunica a su figura la magia de la belleza».
“Curro Romero es, por tardes como esta, parte de la historia de Madrid. Tardes en las que se «arrebujó» a los toros como pocas veces, que se mostró valiente como nunca, saldando la deuda contraída con la afición el día anterior, en la plaza más importante de Las Ventas, en la que «tiene escritas, quizá, más faenas cumbre que en “su” Maestranza».”
En apoteosis fue sacado a hombros de la plaza junto a sus alternantes, vitoreado por los mismos que ayer lo infamaban. Otra vez más, ahora en vivo, el drama del héroe-mito, con su frágil y cambiante condición humana frente a la masa idólatra que no le admite sino la heroicidad. Curro fue eso, un torero mitificado que nunca disimuló ser un hombre. Quizás allí estuvo la, para muchos, misteriosa esencia de su grandeza.
Por supuesto, El San Isidro de aquel año contuvo otras hazañas toreras que figuraron en los periódicos del día y que la tradición oral y los libros, como el ya citado de José Luis Suárez Guanes (Madrid cátedra del toreo) han perennizado:
La gran reaparición de Rafael Ortega cortando en clásica faena las dos orejas a un toro de Higuero… El Cordobés, que tras atravesar al toro “Ratón” de Antonio Pérez, le cortó las orejas, compartiendo Puerta Grande con Andrés Hernando… Así mismo, que fue la última feria de Litri, y la primera vez que Paquirri cortó una oreja en Madrid…, y otras, pero ninguna, tan honda como la pasión y gloria de Curro durante dos días allí…
NOTA: Cuando aquello sucedió, hacía ya siete años que el maestro había pasado por Colombia, donde el diario La Patria, titulando la crónica de su debut en Manizales anunció: “De hoy en adelante, las verónicas no se llamarán verónicas, sino romerinas…”
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