la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 6 de julio de 2026

Venezuela. Día de la Dependencia / por Francisco González Cruz


'..Hoy, 5 de julio de 2026, la nación venezolana no goza ni de la libertad, ni de la soberanía, ni de la independencia establecidas en aquella primigenia Constitución hace 215 años, ni en las 25 que ha tenido, incluyendo esta última, violada en todas sus letras..'

Día de la Dependencia

Francisco González Cruz*
EL NACIONAL / Venezuela, julio 6, 2026
El 5 de julio de 1811, el Primer Congreso Nacional de Venezuela, reunido en la capilla de Santa Rosa de Lima de Caracas, declaró: 

“Nosotros, pues, a nombre y con la voluntad y autoridad que tenemos del virtuoso pueblo de Venezuela, declaramos solemnemente al mundo que sus Provincias Unidas son, y deben ser desde hoy, de hecho y de derecho, Estados libres, soberanos e independientes”. 

Cinco meses después, el mismo Congreso estableció la Constitución Federal para los Estados de Venezuela. La vigente, aprobada el 15 de diciembre de 1999, dice en su artículo 1°: 

“La República Bolivariana de Venezuela es irrevocablemente libre e independiente y fundamenta su patrimonio moral y sus valores de libertad, igualdad, justicia y paz internacional en la doctrina de Simón Bolívar, el Libertador. Son derechos irrenunciables de la Nación la independencia, la libertad, la soberanía, la inmunidad, la integridad territorial y la autodeterminación nacional”.

Hoy, 5 de julio de 2026, la nación venezolana no goza ni de la libertad, ni de la soberanía, ni de la independencia establecidas en aquella primigenia Constitución hace 215 años, ni en las 25 que ha tenido, incluyendo esta última, violada en todas sus letras.

Por otra parte, ayer, 4 de julio, en los Estados Unidos de América celebraban los 250 años de su declaración de independencia, que dice textualmente: 

“Sostenemos como evidencias estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho de reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno...”.

El mismo país cuya Constitución se inspira en eso, impone al nuestro una especie de protectorado que le niega la libertad y la soberanía. Allí se lee:

 “cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho de reformarla o abolirla”. Y en la de Venezuela se establece algo muy parecido en su Artículo 350: “El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos”.

El pueblo venezolano, que anhela libertad, democracia y Estado de derecho, enfrenta hoy una tragedia potenciada por la incapacidad institucional del régimen ante los terremotos de junio. Las torpes respuestas oficiales, con la militarización impuesta y la evidente obstrucción de la ayuda humanitaria, frente a la respuesta masiva y solidaria del pueblo venezolano, evidencian un Estado colapsado; confirmando que la soberanía proclamada en 1811 ha sido reemplazada por una profunda dependencia, lo que exige una reconstrucción basada en la legitimidad, la honestidad y la competencia técnica.

Es la hora de ejercer la soberanía popular.

*Francisco José González Cruz. Rector Emérito Fundador de la Universidad Valle del Momboy

La esperanza en tiempos de peste. Lo que se levanta de los escombros / por Gilberto Carrasquero Naranjo


'..La tiranía quiso hacernos desconfiados. El exilio quiso dispersarnos. El terremoto quiso dejarnos de rodillas. Pero la solidaridad dice otra cosa: que todavía somos un nosotros. Que debajo de la ruina política, debajo de la diáspora, debajo del concreto partido, sigue respirando algo que no pudieron destruir. El país profundo. El país que no necesita permiso para ser digno. El país que aparece cuando alguien pregunta: ¿qué necesitas?..'

La esperanza en tiempos de peste. 
Lo que se levanta de los escombros.

Gilberto Carrasquero Naranjo
Hay un libro que conviene tener cerca en las horas oscuras: La peste, de Albert Camus. Pocas obras han entendido con tanta lucidez lo que ocurre cuando una ciudad, un país o un alma descubren que la historia puede cerrarse sobre ellos como una puerta de hierro. Camus sabía que la pregunta decisiva no es cómo evitar el sufrimiento, porque a veces no se puede. La pregunta decisiva es cómo seguir siendo humanos cuando todo se derrumba.

Camus entendió algo que nuestra época, con toda su propaganda de bienestar, intenta olvidar: la felicidad no vive fuera de la tragedia. La felicidad verdadera, cuando aparece, no niega el dolor: lo interrumpe. Es una lámpara encendida dentro de la noche —no la abolición de la noche.

Pero hay horas en que hablar de felicidad parece casi obsceno. Horas en que un país queda de rodillas. Horas en que la muerte no llega como metáfora sino como escombro, como hospital colapsado, como polvo en la boca, como una madre gritando un nombre entre las ruinas. En esas horas, la palabra felicidad suena demasiado limpia para un suelo cubierto de sangre.

Los venezolanos conocemos esas horas. Las conocemos demasiado.

Porque nuestra peste no empezó ayer. Vino primero como peste política y moral: la devastación larga y organizada de un país que alguna vez se creyó bendecido por la abundancia. El saqueo vuelto método. La mentira convertida en idioma oficial. La crueldad disfrazada de justicia. Un régimen que no sólo destruyó la economía: destruyó la confianza, la continuidad, la casa interior de millones de personas. Esa fue la primera peste.

Después vino la segunda: el exilio. Porque cuando una peste política se prolonga lo suficiente, termina expulsando al alma de su propio territorio. La gente no se va solamente de un país: se va de una infancia, de una mesa, de una montaña, de una manera de nombrar el mundo. Se va de sus muertos. Se va de sus olores. Se va de una casa que, aun cuando ya no existe, sigue apareciendo en los sueños. Así Venezuela se multiplicó por el planeta —Madrid, Miami, Bogotá, Santiago, Lisboa— mientras una parte secreta del alma seguía haciendo fila en Maiquetía, seguía mirando el Ávila, seguía esperando una llamada imposible que dijera: ya puedes volver.

Y ahora, el 24 de junio, llegó la tercera. La peste de la tierra cuando deja de ser suelo y se vuelve amenaza.

Fueron dos terremotos. Primero uno, y treinta y nueve segundos después —treinta y nueve segundos, el tiempo de un abrazo, el tiempo de buscar a un hijo con la mirada— el segundo, más fuerte todavía. Era feriado: el día de Carabobo, en que conmemoramos la batalla que selló nuestra independencia. Por eso muchos estaban en casa. Por eso la casa, esa palabra tan sagrada, fue para tantos la trampa. La Guaira, Caraballeda, Macuto, Naiguatá. Los Palos Grandes, Altamira. Los nombres de nuestra infancia convertidos en mapas de escombros, y miles de personas todavía debajo.

Un país ya quebrado por la tiranía, ya fracturado por el exilio, recibe ahora que la tierra misma se le abra bajo los pies. Y uno se pregunta, sin adornos: ¿cuánto más puede soportar un pueblo? ¿Cuántas pestes caben en una misma historia?

En momentos así, la felicidad parece imposible. Pero la esperanza, no.

Porque la esperanza es otra cosa. No es optimismo —el optimismo suele ser apenas una forma educada de no mirar—. La esperanza mira la realidad de frente: ve los cuerpos, ve el hambre, ve el miedo, ve la incompetencia del poder, ve la obscenidad de un régimen que se protege mientras el pueblo sufre. Y aun así encuentra, entre los escombros, una razón para no entregar el alma. La esperanza no nace de que las cosas estén bien. Nace de ver que, cuando todo está mal, todavía hay seres humanos capaces de actuar bien.

Esa es la revelación de toda peste, y es la que Camus puso en el centro de su novela. La peste cuenta la historia de Orán, una ciudad cerrada en cuarentena por una epidemia. Su protagonista es el doctor Bernard Rieux, un médico común —ni santo ni héroe de bronce— que decide hacer lo decente. Cura cuando puede. Acompaña cuando no puede curar. Se presenta cada mañana ante el dolor y hace lo que hay que hacer. No vence a la peste por completo; sabe que nadie la vence del todo. Pero le niega el derecho de convertirlo en cómplice de la indiferencia. Y a su alrededor, sin grandes proclamas, empiezan a formarse brigadas de gente corriente que arriesga la vida por desconocidos —no porque tengan garantizada la victoria, sino porque hay momentos en que la decencia no pregunta por el resultado antes de actuar.

Después de mirar de frente todo el horror del que es capaz el ser humano, Camus se negó a darle la última palabra, y escribió una de las frases más valientes del siglo: que en los hombres hay más cosas dignas de admiración que de desprecio. No lo dijo como consuelo bonito. Lo dijo como una verdad arrancada al peor escenario posible. Y el 24 de junio, esa verdad volvió a cumplirse en nuestro propio suelo.

Porque mientras los edificios todavía se asentaban en el polvo —antes de que llegara ninguna orden, ninguna autoridad, ninguna cámara— llegó la gente.

Llegaron los vecinos, con las manos, a cavar por personas que minutos antes eran extraños. Llegaron, de madrugada, caravanas desde Valencia que manejaron toda la noche para estar ahí al amanecer, bajando por la autopista cargadas con su propia agua, su propia comida, sus propias cobijas, repartiendo lo que tenían a quienes lo habían perdido todo. No los mandó nadie. No cobraron nada. No preguntaron por quién votaba el que estaba bajo los escombros.

Y luego llegó el mundo. Rescatistas de México, de El Salvador, de Chile, de Suiza, de España, de República Dominicana. Llegaron los turcos, que saben de terremotos como nosotros sabemos de exilio. Llegaron los franceses, los estadounidenses —más de dos mil quinientos hombres y mujeres de países lejanos que dejaron a sus familias para venir a arrancarle vivos y muertos a la tierra de un país que muchos de ellos no sabrían ubicar en un mapa—. Llegaron con perros entrenados para oler la vida bajo el cemento. Hubo un muchacho de veintiún años, atrapado cinco días en Tanaguarena, y un médico salvadoreño se las ingenió para colarle agua entre las grietas, para mantenerlo vivo mientras cavaban. Cinco días de extraños peleándose con los escombros por una sola vida que no era la suya.

Y los que no podían cavar hicieron otra cosa: unos voluntarios montaron en pocas horas una página en internet para que las familias colgaran las fotos de sus desaparecidos. Un altar improvisado, hecho de amor y de urgencia, para que ningún nombre se hundiera en el silencio.

Eso es lo que quiero que veas. No el titular. No la cifra, que siempre llega tarde al dolor. Quiero que veas esa botella de agua bajando por una grieta. Quiero que veas esas manos rotas cavando. Quiero que veas a un desconocido negándose a abandonar a otro desconocido. Allí, en ese gesto, empieza la única esperanza que no miente.

Porque la peste muestra lo peor —la corrupción, el abandono, la cobardía, la obscenidad del poder que se protege mientras otros quedan enterrados—. Pero también arranca las máscaras y deja al descubierto la belleza radical de la naturaleza humana cuando decide no encerrarse en sí misma. De pronto, en medio del desastre, aparece alguien que, pudiendo retirarse a cuidar sólo lo suyo, cruza la línea del miedo y dice: aquí estoy. Aquí están mis manos. Aquí está mi tiempo. Aquí está mi pan. Aquí está mi cuerpo, que también tiembla, pero que ha decidido no dejarte solo.

Esa frase —aquí estoy— es el verdadero antídoto contra la peste. Y fíjate en lo que es, en el fondo: amor convertido en logística. Compasión convertida en turno de guardia. Bondad convertida en alimento. La esperanza no es una idea bonita; es una conducta. No es una emoción; es un verbo. Es una camilla cargada. Es una botella de agua bajando por una grieta. Es una caravana en la madrugada. Es una olla común. Es una linterna encendida.

Y a nosotros, los que estamos lejos —los de la segunda peste, los que vemos arder la casa desde la otra orilla del mar y sentimos la impotencia como una piedra en el pecho—, esta tercera peste nos enseñó algo que el exilio nos había hecho olvidar. Creíamos haber perdido el país. Y resulta que el país estaba vivo, y nos lo demostró de la peor manera y de la más hermosa: temblando, y levantándose. Porque una nación no es su gobierno, ni su petróleo, ni su frontera, ni siquiera su himno ni sus fechas patrias. Una nación es su gente cuando se agacha a buscar al otro entre el polvo. Eso no lo tumba ningún terremoto. Eso no lo expropia ningún régimen. Eso no lo borra ninguna distancia.

Vendrán días terribles todavía. Los números crecerán; ya lo sabemos. Habrá nombres que no aparezcan nunca, dolores que no se cierren, edificios que tardarán años en volver a ser hogar. La peste de la tierra retrocederá, como retroceden todas las pestes, sin desaparecer del todo: la falla seguirá ahí, dormida. Igual que sigue ahí la falla del régimen, y la del destierro. No conviene mentirnos: la historia no se cura con una emoción. La reconstrucción exigirá años, justicia, memoria, instituciones, verdad. Exigirá también esa forma adulta de la esperanza que no se conforma con conmoverse, sino que se organiza.

Pero ninguna reconstrucción empieza con cemento. Empieza con confianza. Y la confianza empieza cuando alguien ayuda. Cada gesto solidario pone una piedra invisible en la reconstrucción del país. Cada voluntario dice, sin saberlo: todavía hay comunidad. Cada vida salvada dice: todavía hay futuro. Cada mano extendida dice: la peste no nos ha convertido del todo en lo que quería.

Ese es el hilo. Delgado, frágil, pero real. El hilo de la esperanza. No la ingenua, la que cree que todo saldrá bien porque sí. La otra: la terca, la lúcida, la cubierta de polvo, esa que tiene manos, espalda, hambre y sueño. La que llega con una linterna. La que reparte sopa. La que cava. La que cura. La que abraza al que acaba de perderlo todo.

La tiranía quiso hacernos desconfiados. El exilio quiso dispersarnos. El terremoto quiso dejarnos de rodillas. Pero la solidaridad dice otra cosa: que todavía somos un nosotros. Que debajo de la ruina política, debajo de la diáspora, debajo del concreto partido, sigue respirando algo que no pudieron destruir. El país profundo. El país que no necesita permiso para ser digno. El país que aparece cuando alguien pregunta: ¿qué necesitas?

Hay una escena que se repite en toda catástrofe y que contiene una teología entera: alguien atrapado bajo los escombros, y alguien afuera cavando para alcanzarlo. Entre los dos hay piedra, polvo, peligro, tiempo en contra. Pero también hay una voz. Y esa voz dice lo único que, al final, importa. Es lo que una madre le dice a un hijo. Lo que un rescatista le grita a un desconocido bajo una pared caída. Lo que los venezolanos del mundo entero queremos decirle a nuestro país, incluso desde lejos, incluso con el corazón roto, incluso sin saber cuándo llegaremos del todo. 
¡Fuerza, Venezuela! 
  6 de Julio de 2026

CORRIDA EN TERUEL HOMENAJE A VÍCTOR BARRIO. MI APLAUSO AL PRESIDENTE / por Francisca García


'..Morenito de Aranda hizo gestos muy explícitos para que el público pidiera el indulto del animal pero, el Presidente, firme en su cometido y en su buen criterio, desoyó las voces, los pañuelos, los aplausos y los silbidos e hizo que sonaran los dos reglamentarios avisos y obligar así al espada a acabar con el toro..' 

CORRIDA EN TERUEL HOMENAJE A VÍCTOR BARRIO.
MI APLAUSO AL PRESIDENTE.

Francisca García
Cumpliéndose este año el décimo aniversario de la cogida y muerte de Víctor Barrio, Teruel ha homenajeado el pasado domingo al torero que encontró su final en la plaza de toros de aquella capital aragonesa. Veintinueve años tenía aquel segoviano que había generado tanta ilusión, tantas expectativas, que empezaba a saborear las mieles del triunfo y que en la tarde aciaga del nueve de julio de dos mil dieciseis, halló la muerte en una cogida mortal de necesidad cuando compartía cartel con Curro Díaz y Morenito de Aranda, siendo el director de lidia, el de Linares, quien tuvo dolorosamente que asumir matar aquel toro, mientras Víctor Barrio moría en la enfermería.

La misma ganadería que se corrió aquella tarde, la de Los Maños, ha servido para hacerle el homenaje, en esta ocasión, con la terna encabezada por Sánchez Vara, la presencia de uno de los testigos de la fatal corrida, Morenito de Aranda y con Damián Castaño.

Me eximo de enjuiciar el desarrollo del espectáculo porque la televisión de Castilla la Mancha la ha llevado a buena parte de la afición taurina, pero no me resisto a señalar uno de los males de la Fiesta, que una vez más se ha dado en esta ocasión y que es uno de los cánceres que la menazan, en el que se está reincidiendo de profusa manera y que debe haber algún modo de terminar con él.

Lo protagonizó el torero arandino, de la manera con que se perpetra la mayoría de las veces.

Si el matador estuvo en su primer toro en un momento dulce, toreando con gusto y elegancia pero matando mal, no pudiendo recoger la oreja que por su labor muleteril había merecido, se empleó de lleno en el cuarto que repitió embestidas en una faena larga con destellos de buen toreo, teniendo el espada el propósito de hacerse con las orejas de la bestia sí o sí, es decir a cualquier precio. A fin de conseguirlo, Morenito de Aranda hizo gestos muy explícitos para que el público pidiera el indulto del animal pero, el Presidente, firme en su cometido y en su buen criterio, desoyó las voces, los pañuelos, los aplausos y los silbidos e hizo que sonaran los dos reglamentarios avisos y obligar así al espada a acabar con el toro. 

Para no quedarse sin premio, el matador se deshizo del burel con un bajonazo seguro, que, desde luego, no daba en ningún modo opción para que se cortaran dos orejas. Malestar en el tendido por no haberse atendido la demanda de indulto que, de manera inequívoca, había casi demandado el espada, que es el menos indicado para pedirlo y dio la vuelta con una sola oreja en sus manos. El criterio del público se tradujo en improperios ante el presidente, con silbidos y manifiestas formas de enfado por ejercer nada más y nada menos con su cometido que es la obligación de mantener las reglas, el criterio de responder con autoridad a los matadores (y son muchos por desgracia) que tratan de contravenir a la máxima autoridad. que ya es hora de que deje de plegarse a los gustos del público y la ejerza con firmeza en beneficio de que la fiesta más española camine por los derroteros de la exigencia y la norma a la que deben sometersen todos los protagonistas. Al público solo se le demanda solicitar la primera oreja y si hay mayoría debe concederse. Si no se concede puede protestar ante la presidencia. Está en su derecho.

En lo demás, es el criterio del presidente el que perdura. El toro, lidiado en cuarto lugar, por otra parte, no tenía ni cara, ni casta suficiente para ser premiado con el indulto. Es más, el presidente ni siquiera sacó el pañuelo para que al de Los Maños se le diera la vuelta al ruedo.

Felicito al presidente por su firmeza y haberse sobrepuesto a la demanda general en esta ocasión.

Nos fuimos sin estar del todo / por Sergio Hueso


'..El toreo, que tantas veces sirve para explicar la vida, también nos coloca delante de esa realidad. Una tarde de toros no se repite. Lo que ocurre en el ruedo pertenece a ese momento exacto..'

POR MONTERA
Nos fuimos sin estar del todo

Sergio Hueso 
Nos hemos acostumbrado a vivir con la cabeza siempre puesta en otro sitio. Casi nunca estamos del todo donde estamos. Vamos con prisa, contestamos deprisa, opinamos deprisa y hasta sentimos deprisa. Todo parece tener que ocurrir antes de tiempo, como si el presente fuera una pérdida de tiempo y no el único lugar real en el que sucede la vida.

La inmediatez nos ha cambiado la manera de mirar. Queremos saberlo todo al instante, tenerlo todo al momento y pasar rápido a lo siguiente. Apenas hemos terminado de vivir una cosa y ya estamos pendientes de la que viene después. El problema es que, en esa carrera, se nos está escapando lo más importante: el ahora.

El toreo, que tantas veces sirve para explicar la vida, también nos coloca delante de esa realidad. Una tarde de toros no se repite. Lo que ocurre en el ruedo pertenece a ese momento exacto. Un quite, una embestida, una tanda de naturales, un silencio en la plaza o una ovación que nace poco a poco no pueden vivirse después con la misma verdad. O se está, o se pierde.

Y, sin embargo, cuántas veces hemos estado en una plaza sin estar realmente en ella. Cuántas tardes hemos pagado una entrada para terminar mirando más el teléfono que el ruedo. Pendientes de otro festejo, de una noticia, de un mensaje, de una red social o de cualquier asunto cotidiano que podía esperar. Estábamos sentados en nuestro tendido, pero la cabeza andaba lejos.

No se trata de demonizar la tecnología ni de negar el tiempo en el que vivimos. Sería absurdo. Hoy el móvil forma parte de nuestra manera de comunicarnos, de trabajar y también de informarnos. Pero otra cosa muy distinta es que la pantalla nos robe la capacidad de vivir lo que tenemos delante. Y eso, de una manera silenciosa, está ocurriendo.

En una plaza de toros se aprende mirando. Mirando al toro, al torero, a los terrenos, a los tiempos y también a quien tienes al lado. Porque muchas veces la tarde no solo está en el ruedo. Está en ese abuelo que te acompaña y te explica sin dar lecciones. En esa frase que suelta entre toro y toro y que uno no valora hasta que pasan los años. En ese amigo con el que compartes una opinión, una discrepancia o una emoción. En esa conversación sencilla que, sin saberlo, termina formando parte de la memoria.

Pero cada vez nos cuesta más estar ahí. Queremos verlo todo, seguirlo todo, comentarlo todo. Queremos estar en todas las plazas a la vez y acabamos no estando en ninguna. Mientras delante de nosotros sucede una tarde que no volverá, nuestra atención se marcha a otra parte. Y cuando uno mira la vida de reojo, termina viviendo también de reojo.
La plaza siempre fue un lugar de encuentro. De espera, de conversación, de rito y de emoción compartida. Se iba a los toros para ver toros, pero también para vivir una tarde con los demás. Para llegar con tiempo, mirar el ambiente, comentar el ganado, escuchar el clarín y dejar que la tarde tomara su propio camino. Hoy, en cambio, muchas veces vamos buscando el titular antes de que la tarde haya dicho nada. Biografías toreros

Ese es uno de los grandes males de este tiempo. Hemos confundido vivir con contar que vivimos. Estar en un sitio con enseñarlo. Sentir algo con publicarlo. Y en esa necesidad de registrarlo todo, de grabarlo todo, de compartirlo todo, se nos va perdiendo la verdad íntima de las cosas. Hay momentos que no necesitan una foto, ni un vídeo, ni una publicación. Necesitan presencia.

El toreo exige eso: presencia. No solo estar físicamente en la localidad, sino estar con la mirada limpia y la atención puesta en lo que sucede. No se puede entender una faena mirando de vez en cuando. No se puede medir la importancia de un toro si uno está pendiente de la vibración del teléfono. No se puede saborear una tarde si estamos pensando constantemente en la siguiente.

Y esto no habla solo de toros. Habla de la vida. De las comidas en familia en las que cada uno mira su pantalla. De los cafés con amigos en los que una notificación interrumpe una conversación. De los viajes en los que fotografiamos más de lo que miramos. De las tardes aparentemente normales que, con el tiempo, terminan siendo las que más echamos de menos.

Quizá deberíamos aprender a quedarnos un poco más en los sitios. A mirar sin prisa. A escuchar mejor. A dejar el teléfono en el bolsillo cuando delante de nosotros hay algo, o alguien, que merece nuestra atención. A entender que no todo lo urgente es importante y que muchas de las cosas verdaderamente importantes no avisan.

Porque llegará un día en que no recordaremos aquel mensaje que contestamos al instante, ni aquella notificación que nos sacó de la tarde, ni aquel otro festejo que seguimos desde la pantalla mientras teníamos uno delante. Pero sí podremos echar de menos aquella conversación con nuestro abuelo, aquella tarde con los amigos, aquella faena que no miramos del todo o aquel momento sencillo que dejamos pasar sin darle importancia.

La vida no siempre se anuncia. A veces sucede entre toro y toro, en una conversación cualquiera, en una mirada que después vuelve a la memoria o en un muletazo que solo se entiende si uno está mirando de verdad. Por eso conviene estar. Estar de verdad. Sin vivir siempre aplazados hacia lo siguiente.

La prisa promete mucho, pero casi siempre cobra caro. Nos empuja hacia el futuro mientras nos va quitando el presente. Y cuando el presente se pierde, no hay manera de recuperarlo.

Quizá sea momento de volver a la plaza, y también a la vida, con menos ansiedad y más verdad. Con menos necesidad de contarlo todo y más voluntad de vivirlo. Con menos pantalla y más mirada.
Burladero.com      

domingo, 5 de julio de 2026

In memoriam / por Antolín Castro

Hace diez años y en el espacio de un mes se marcharon al ruedo celestial

'..Nuestra memoria dedica el recuerdo a quienes nos dieron la oportunidad de disfrutar de su arte y valor. Ellos son el mejor y mayor ejemplo de que la lucha por ocupar un sitio en el escalafón puede conllevar ese sacrificio..'

In memoriam

Antolín Castro
Opinión y Toros / 05 Julio 2026
Víctor Barrio marchó al ruedo celestial el 9 de julio de 2016. En esta semana hará diez años del fatal desenlace en Teruel.

Le acompañaban en el cartel Curro Díaz y Morenito de Aranda, siendo los toros de Los Maños. Una cornada mortal acabó con su esperanzadora carrera siendo todavía un joven de 29 años.

Hoy, día 5, tendrá lugar una corrida en la localidad aragonesa en su memoria. En el cartel estará su compañero de aquella tarde, Morenito de Aranda, y se lidiarán toros de la misma ganadería, Los Maños.

En junio, pero del mismo año en que se nos fue Víctor Barrio, se nos había marchado El Pana, como consecuencia de otro percance en México. Hace pocos días, en junio, el recuerdo nos llevó a echar de menos al torero de Orduña, Iván Fandiño, quien falleció hace nueve años en la plaza francesa de Aire-sur-l’Adour.

Un año después les acompañó el de Orduña

Los toros no entienden de puestos en el escalafón ni de nacionalidades, los toros cumplen su misión de embestir y si les es posible cornear. De ese modo una terna como la citada pagó el alto precio de dedicarse a la profesión de torero.

Estos tres, en el espacio de un año, nos dijeron adiós, con edades diferentes y en países diferentes. El toro que se lidia, en cualquier plaza del planeta de los toros, se cobra el más alto precio que todos los que se visten de luces saben que pueden pagar.

Nuestra memoria dedica el recuerdo a quienes nos dieron la oportunidad de disfrutar de su arte y valor. Ellos son el mejor y mayor ejemplo de que la lucha por ocupar un sitio en el escalafón puede conllevar ese sacrificio.

Es justo que dediquemos unos minutos en su memoria, yo escribiendo y ustedes leyéndolo. Con los tres unía gran devoción entre los aficionados en España, México y Francia.

En Teruel hoy se vivirán momentos emocionantes recordando a Víctor Barrio, el único de ellos que murió en España. Seguro que en el cielo hacen el paseíllo juntos a diario.

¡¡Viva la Fiesta Brava!!

Se suprimen las rayas de picar en Ceret / por Rafael Comino Delgado


 '..tal como se pica hoy día, da lo mismo picar con rayas o sin rayas, ya que el grandísimo problema de la suerte de varas no es el lugar (de la plaza) donde se pique, que haya o no rayas, que el toro sea más o menos bravo, el tamaño o tipo de puya que se utilice, el verdadero problema que tiene la suerte de varas, desde hace muchos años, y va cada vez a peor, es el lugar del toro donde se ponen los puyazos..

Se suprimen las rayas de picar en Ceret

Rafael Comino Delgado
Las rayas sobre el ruedo, para delimitar la posición de los picadores en la plaza, fueron introducidas en España en el Reglamento de 1917, la primera y más cercana a las tablas, a exigencia de los picadores, y la segunda en 1959, a propuesta de Domingo Ortega. El objetivo de la primera fue que los picadores estuviesen más protegidos cerca de las tablas, y el de la segunda que hubiese una mínima distancia entre el caballo de picar y el toro, para comprobar su bravura. Pues bien, hemos leído que el día 4 de julio de 2026 en Ceret (Francia) se suprimieron dichas rayas, a iniciativa de los aficionados ceretanos y aceptada por la Unión de ciudades taurinas de Francia, con el objetivo de que los picadores pudiesen expresar mejor su habilidad (es una técnica no un arte), demostrar su valor, y también dejar que el toro expresara mejor sus características.

Desde el punto de vista teórico todo parce muy lógico, y tenemos de concluir que hemos perdido, o han perdido en Ceret, más o menos un siglo, ya que han vuelto al punto de origen, porque piensan que lo de entonces era mejor que lo que se ha venido haciendo. Particularmente pensamos que tal como se pica hoy día, da lo mismo picar con rayas o sin rayas, ya que el grandísimo problema de la suerte de varas no es el lugar (de la plaza) donde se pique, que haya o no rayas, que el toro sea más o menos bravo, el tamaño o tipo de puya que se utilice, el verdadero problema que tiene la suerte de varas, desde hace muchos años, y va cada vez a peor, es el lugar del toro donde se ponen los puyazos, pues solo se ponen en lugar correcto, que es la mitad posterior del morrillo, aproximadamente entre la cuarta y la séptima vértebras cervicales, y esto ocurre en no más del cinco por ciento de los puyazos, y eso siendo muy, pero que muy optimistas, lo cual nos indica que el 95 % de los puyazos, al ponerse traseros y/o caídos, lo que hacen es estropear un altísimo porcentaje de toros que iban a embestir bien, y no lo hacen porque el picador ha lesionado el aparato locomotor del toro, a nivel de la articulación entre las manos y la columna dorsal. Es algo tan extendido que ya se ve cómo normal picar fuera de su sitio. 

En ferias muy importantes se dan premios a picadores que han puesto los puyazos 30 centímetros por detrás de su sitio correcto, incluso en el centro de la paletilla. Ya ni los profesionales saben dónde hay que picar al toro, aunque otros si lo saben y lo pican en ese lugar erróneo, porque picándolo ahí el toro después se mueve menos, y el torero está más cómodo. Actualmente la suerte de varas prácticamente no cumple ninguno de los objetivos para los que se ideó, y por el contrario hace mucho mal al toro, al posterior desarrollo de su bravura, a la Fiesta en general.

En cualquier caso, ¡que acierten en Ceret con la decisión tomada al respecto!, que la mantendrán hasta que otros iluminados vengan e introduzcan nuevas ideas.
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El Orgullo degenerado / por Javier Portela

Nos complace presentarles ese individuo (o «individue») cuyas patochadas nos sirven para que también El Manifiesto se sume a glosar el Día —«del Orgullo» lo llaman— en que se celebra el más grande, zafio y hortera de todos los desmadres; ese día en el que los sustitutos del proletariado en el imaginario izquierdista (y también centro-liberal) se lanzan a la calle para, despelotándose en público, ponerse a la vanguardia de las fuerzas antaño llamadas revolucionarias.

El individuo en cuestión, cuya belleza y apostura apreciarán a buen seguro todos ustedes, es, por lo demás, un dirigente político ‘gayego’, a lo mejor hasta un diputado en el parlamento de Galicia, uno de los líderes, en todo caso, del separatista BNG. Mientras luce su «falda almidoná» y ondean las banderas crecidas en su cabeza, va hablando, obviamente, en esta especie de español mal hablado que es el gallego oficial, una lengua que nada tiene que ver con la belleza nostálgica del gallego, por ejemplo, de una Rosalía de Castro.

Lo que está en juego en el Orgullo LGTBIQ+

Más allá de tanta astracanada y tanta risa, la cosa es, en realidad, muy seria. Pintarrajeándose, desnudándose y fornicando en público, los orgullosos manifestantes del Orgullo pretenden provocar y combatir el orden machista y patriarcal de un Sistema… que es el primero en aplaudir y fomentar sus gansadas: las de quienes, blandiendo los delirios de su ideología de género, pretenden combatir algo que se sitúa en un orden infinitamente superior y que nada tiene que ver con explotación o dominación alguna. ¿Qué son, si no, los intentos constantemente emprendidos por inculcar la ideología woke en colegios y parvularios hasta a infantes… de tres años? ¿Qué es, si no, su combate destinado a quebrantar las bases mismas de la antropología humana? Una antropología que no es otra cosa que el orden decretado, impuesto —afortunadamente— por la Naturaleza; ese orden que, sin que nadie decida ni pueda decidir nada, hace que un hombre sea un hombre y una mujer, una mujer.

Y, sin embargo, es cierto. Hay hombres que se sienten y anhelan —sinceramente— ser mujeres, y hay mujeres que se sienten y anhelan —sinceramente— ser hombres. Pocos, poquísimos, pero los hay. Tales desgracias existen, tales trastornos psíquicos los hay: su nombre es disforia sexual. Se trata de casos en los que la Naturaleza, como si se desviara o censurara a sí misma, engendra desgracias y padecimientos sin par. En realidad, lo que hace la Naturaleza es desviarse de sus propias normas como en cualquier enfermedad o catástrofe natural, salvo que en este caso no hay nada con que curar el desvío: sólo cabe reprimir a los afectados o asumir el trastorno y cumplir lo que impone para que no trastorne más.

Dejemos de lado el caso de los niños y adolescentes —esas mutilaciones sexuales que constituyen uno de los grados superiores y más escalofriantes de la degeneración de los tiempos—, y preguntémonos: ¿qué hacer con las personas adultas que se hallan realmente, seriamente afectadas de disforia? La respuesta parece evidente: una vez corroborada, médica y psiquiátricamente, la gravedad de su dolencia, y una vez que se les haya concedido un plazo lo bastante amplio para reflexionar sobre la irreversibilidad de su decisión, nada debería impedir que se efectuara el cambio que la Naturaleza ya ha realizado en el espíritu de los afectados.

Pero una cosa es esto y otra, muy distinta, totalmente opuesta, es lo que hace el movimiento LGTBIQ+: fomentar y promover el mayor número posible de «transiciones de género», al tiempo que se considera a los transexuales poco menos que como la encarnación del kalos kai agathos («lo justo, lo bueno y lo bello») de los griegos.

Algo parecido, aunque aquí no existe trastorno alguno, es el caso de la homosexualidad. Perfectamente legítima en sí misma, lo único que algunos podrían acaso objetarle es lo mismo que la Iglesia opone (u oponía…) a los métodos anticonceptivos: esta forma de sexualidad impide la reproducción. Pero una cosa es esta legitimidad y otra, totalmente distinta, es lanzarse a la calle para promover, en medio de toneladas de vulgaridad y zafiedad, un «orgullo» tan absurdo como el de quien tuviera la idea de proclamar un Día del Orgullo Heterosexual.

Con otras palabras, lo inaceptable es promocionar la homosexualidad en unos términos que tal parece como si lo antinatural, lo que habría que arrinconar fuera la heterosexualidad, a la vez que se afirma, como lo hace nuestro amigo gallego, que se debe seguir luchando sin tregua para que se respeten los derechos de los homosexuales.

¿Luchar hoy en día por tales derechos? ¿Acaso estarían conculcados en lo más mínimo los derechos de quienes, entre otras cosas, tienen acceso ilimitado, como bien sabía el suegro del actual presidente del Gobierno, a todos los establecimientos en los que solazarse en cualquier capital del reino?