la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 20 de octubre de 2026

ACHO-LIMA: " UN COLOMBO VISLUMBRANTE EN CADA TERCIO . . . SIN SUERTE SUPREMA . . . " / Por Eduardo Ravell

IMPECABLE DE PODER A PODER, Colombo obstenta un gran record de rehiletero en ruedos peruanos y Lima ha sido con broche de oro tras su reciente encerrona en Cajabamba donde coloco hasta 18 pares en su sitio/ Foto de Jorge Luis Ramírez

Eduardo Ravell
Suena insólito el hecho de que Jesús Enrique Colombo haya sido malogrado por su acero, algo que cuesta creer por cuanto su "fusil " es un acertijo 100 % creíble a la hora de irse por uvas, pero así es éste lío del toro . . .

Una tarde dominical de grato clima limeño para quebrar ese hielo en la primera de abono ante el santo patrono Señor de los Milagros.

Casi lleno en el bicentenario coso de Lima ante un encierro desde las dehesas ibéricas de Caño del Río de Salamanca con encaste Domecq y Zalduendo que no dieron mejor comportamiento cómo era de esperarse y sólo el debutante salmantino tocó pelo en su primero y silenciado en su segundo, sexto de la corrida.

Colombo bordó el toreo de capa en su toro "Fantoche" con 509 kilos sin nada que envidiarle a las figuras de turno...
Y con la suerte de Zapopinas Levantó de sus asientos al público soberano limeño

UNA CONEXIÓN SIN PRECEDENTES... Por esto es que el venezolano se ha ganado a todo él Perú , conectando a casa tendido; sólo que en este domingo 18 octubre su espada le quitó los precios a ley. 

El Fandi, Colombo y Martín derrochando su oficio en el segundo tercio de banderillas: fué una especie de cartel de banderilleros de Oro que en cierto modo salvaron los muebles y el soberano terminó por entregarse al derroche de voluntad, pundonor y valor de cada diestro.

VIRACO DE AREQUIPA ES SU PRÓXIMA PARADA, Viernes 23 octubre con toros de Polo Saíz y Puerto San Luis para JE Colombo, él albaceteño Molina y el peruano Alguiar / Foto cortesía Jorge Luis Ramírez /

El Fandi sufrió fea volteretas en su primero en el tercio de rehiletes al violín; silencio y palmas. Colombo con sumo arte en su capote, de poder a poder en banderillas y sus impecables violines, entregando su muleta al máximo grado pero su acero le negó los trofeos en cada toro y su noveno aniversario de alternativa se vio malograda por fonde menos pudiese ser, la espada: silencio y palmas.

Ismael Martín una oreja a ley en su toro de regio debut y silencio en el quinto, su segundo.

Al final del festejo el soberano rindió fiel tributo entre ovaciones a la terna por su total entrega.

Las broncas también tienen su encanto / por Felipe Garrigues

Plaza de toros de la Misericordia de Zaragoza

'..Todos los toreros denominados “artistas” han sido irregulares: Cagancho (sobre todo en Almagro), Curro, Paula y ahora Morante. Gotas de esencia torera, a menudo muy espaciadas. Perfume caro. Lo poco se agradece, lo mucho empalaga..'

Las broncas también tienen su encanto

Columna de opinión por Felipe Garrigues
La última tarde de Morante en Zaragoza se saldó con una monumental pitada, almohadillas incluidas. Recordamos aquellas broncas estrepitosas de Curro y Paula en Las Ventas, saliendo protegidos por los escudos de los GEO, que sólo acudían en tales eventos. Una almohadilla de entonces desde la andanada te partía el cuello.

Toreros de los sesenta me contaban que, en más de una ocasión, tenían que refugiarse en el centro del ruedo, donde los misiles en forma de fruta variada, huevos y algún que otro pedrusco no llegaban. El toro, que era la mitad, y los públicos eran más salvajes.

El torero José Antonio Morante de la Puebla durante una corrida de toros en la feria del caballo de Jerez de la Frontera

Hoy día no se producen porque el toro embiste mejor. Apenas hay “marrajos” en el ruedo y sin embargo abundan en la política. Todos los toreros denominados “artistas” han sido irregulares: Cagancho (sobre todo en Almagro), Curro, Paula y ahora Morante. Gotas de esencia torera, a menudo muy espaciadas. Perfume caro. Lo poco se agradece, lo mucho empalaga.

Es famoso el “quite del perdón” de Pepe Luis Vázquez: dos verónicas y una media y cesaban las hostilidades. Se decía que no tenían valor y no es cierto. La estética, el componer la figura, no es de cobardes. El temple tampoco. La cruz de la mayoría de los espadas (nunca peor dicho) era precisamente la suerte suprema. Cuando el Faraón de Camas cogía la tizona, cualquiera corría peligro ¡excepto el toro! La cuadrilla corría despavorida a refugiarse en los burladeros.

Existe una razón: la suerte de matar es la única en la que el torero es agresivo. Hay que entrar con mala leche. Es difícil cambiarse el smoking de la clase por el mono de matarife en pocos segundos.

Morante es una excepción en casi todo. Al arte se une el valor de pasárselos muy cerca y con la espada resuelve. No tiene nada del llamado “toreo moderno”. Él mira hacia atrás: Antonio Bienvenida, Pepe Luis, Pepín Martín Vázquez, tiene hasta cosas de Joselito El Gallo.

¿El mejor de todos los tiempos? El de ahora sí. En todas las épocas ha habido grandes toreros. Joselito y Belmonte, Domingo Ortega, Bienvenida, Luis Miguel, Ordóñez, Camino, El Viti, José Tomás… Tantos. ¿Velázquez o Goya, Di Stéfano o Messi? Al maestro Camino le preguntaron lo de “mejor que nunca”, contestando que él también había visto torear muy bien. Nunca es demasiado tiempo, siempre también… José Antonio ha exprimido en demasía el néctar de su propio arte. Quizá llegó el momento de descansar… Nadie es eterno, el toreo sí.

RECORDANDO A ENRIQUE PATÓN.- TAL DÍA COMO HOY...20 DE OCTUBRE DE 1974: Un cierre triunfal / por Paco Delgado


Siempre fue una persona cordial y dialogante, con un gran sentido del humor.

Como cierre de la temporada taurina de 1974, en la Monumental de Barcelona se celebró el 20 de octubre una corrida con cinco toros de Sánchez Rico y uno de Javier Pérez-Tabernero, siendo sus matadores Joaquín Bernadó, Enrique Patón y Rafael Torres.

Joaquín Bernadó fue ovacionado tras acabar con su lote. No hubo manifestaciones especiales para Rafael Torres cuando acabó con su primero y se llevó una ovación al pasaportar al que cerró plaza, en tanto que Enrique Patón, que fue el triunfador de la tarde, paseó las dos orejas del segundo toro y una del quinto, saliendo a hombros de la plaza.

Todo se le ponía de cara a este diestro catalán, pero una gravísima cornada sufrida en la Monumental de Barcelona en 1975 le hizo perder el sitio, retirándose definitivamente de los ruedos el 25 de septiembre de 1977, tras actuar también en Barcelona.

Posteriormente, Enrique Patón se hizo empresario taurino, llevando plazas como Valencia, Castellón, Vinaroz, Zaragoza y Las Ventas, además de dirigir a toreros como Dámaso González, Juan Carlos Vera, Manolo Montolíu y Matías Tejela.

Siempre fue una persona cordial y dialogante, con un gran sentido del humor.
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¿La independencia judicial también tiene color político? ¡Apaga y vamonos!

 
Ricardo Rodríguez, magistrado y doctor en Derecho, critica la división del CGPJ que impidió consensuar una declaración de apoyo a Beatriz Biedma y reclama una defensa de la independencia judicial ajena a los intereses políticos. Foto: Confilegal.

'..Uno, que después de tantos años en la carrera judicial todavía conserva ciertas ingenuidades constitucionales, pensaba que la independencia judicial era un principio ajeno a las ideologías, a las simpatías partidistas y a la identidad de las personas investigadas..''

¿La independencia judicial también tiene color político? ¡Apaga y vamonos!

Ricardo Rodríguez
En España hemos conseguido algo verdaderamente extraordinario: que el órgano constitucional encargado del gobierno de los jueces no sea capaz de ponerse de acuerdo ni siquiera para expresar públicamente su solidaridad con una magistrada que denuncia amenazas, seguimientos e intimidaciones, e incluso sobre cuya persona han trascendido informaciones relativas a un supuesto plan para atentar contra su vida.

¡Tiene mérito la cosa!

Y semejante prodigio institucional se ha producido precisamente en el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), cuyo cometido es, entre otros, garantizar la independencia de quienes administramos justicia.

Uno, que después de tantos años en la carrera judicial todavía conserva ciertas ingenuidades constitucionales, pensaba que la independencia judicial era un principio ajeno a las ideologías, a las simpatías partidistas y a la identidad de las personas investigadas.

Pero, visto lo visto, parece que también tiene colores. Y, dependiendo de cuál sea el que predomine, se defiende con entusiasmo, se contempla con exquisita prudencia o se guarda discretamente en un cajón.

¡Apaga y vámonos!

DIEZ A FAVOR, NUEVE EN CONTRA… ¡Y LA INDEPENDENCIA EN MEDIO!

El pasado 14 de octubre, diez vocales del CGPJ promovieron una declaración institucional de apoyo a Beatriz Biedma, la magistrada que instruyó la causa contra David Sánchez, hermano del presidente del Gobierno.

La iniciativa respondía a las informaciones sobre posibles actuaciones de hostigamiento, seguimiento e intimidación contra ella y su entorno familiar, vinculadas a hechos investigados por la Audiencia Nacional en el denominado caso Leire Díez.

El texto expresaba preocupación y solidaridad, dejando expresamente a salvo la determinación judicial de los hechos y las eventuales responsabilidades.

Hasta aquí, nada especialmente revolucionario.

Pues no.

Nueve vocales del denominado sector progresista se opusieron al pronunciamiento por considerar que podía interpretarse como una toma de posición sobre hechos sometidos a investigación judicial.

Otro vocal progresista se mostró favorable a una declaración consensuada, pero contrario a escenificar públicamente la división del Consejo.

Por su parte, la presidenta, Isabel Perelló, buscó un acuerdo que finalmente no llegó.

Y el comunicado ni siquiera se sometió a votación.

La explicación formal es que las declaraciones institucionales del Consejo requieren unanimidad. Una exigencia comprensible para preservar la unidad de la institución, pero que, en esta ocasión, terminó convirtiendo el desacuerdo entre sus vocales en la imposibilidad de expresar una posición común.

Conviene reconocer que tanto la presidenta como otros vocales habían trasladado personalmente su apoyo a Biedma.

Pero el resultado institucional no deja de ser sorprendente: el máximo órgano de gobierno judicial fue incapaz de consensuar unas palabras públicas de solidaridad.

¡Magnífico espectáculo!

A este paso, habrá que constituir una comisión especial, solicitar tres informes jurídicos, abrir un trámite de audiencia y convocar una mesa de negociación para determinar si los jueces tienen derecho a ejercer su función sin amenazas.

Y, naturalmente, buscar después un consenso sobre el significado exacto de la palabra «independencia».

Eso sí, procurando no incomodar a ninguna sensibilidad política.

¡No vaya a ser que defender la independencia judicial resulte demasiado independiente!

LA CONSTITUCIÓN NO DISTINGUE ENTRE JUECES DE DERECHAS Y DE IZQUIERDAS

El artículo 117.1 de la Constitución proclama que los jueces y magistrados somos independientes, inamovibles, responsables y estamos sometidos únicamente al imperio de la ley.

Y el artículo 13 de la Ley Orgánica del Poder Judicial establece, con una claridad que parece desconcertar a algunos, que «Todos están obligados a respetar la independencia de los Jueces y Magistrados».

Todos.

No dice todos menos quienes discrepen políticamente del juez.

Ni todos salvo que sus investigaciones afecten a familiares de dirigentes gubernamentales.

Ni todos siempre que exista consenso entre los bloques ideológicos del Consejo.

¡Qué poca sensibilidad política tuvo el legislador!

Por su parte, el artículo 14 de la misma Ley reconoce a los jueces y magistrados que se consideren inquietados o perturbados en su independencia el derecho a poner los hechos en conocimiento del CGPJ, sin perjuicio de practicar por sí mismos las diligencias estrictamente indispensables para asegurar la acción de la justicia y restaurar el orden jurídico.

Naturalmente, estos preceptos no imponen la aprobación de un comunicado concreto, ni debe confundirse una declaración institucional de solidaridad con una resolución formal de amparo.

Pero una cosa es respetar las garantías procesales y otra convertir la prudencia institucional en una formidable excusa para guardar silencio.

Porque expresar apoyo a una magistrada que denuncia intimidaciones no significa declarar culpable a nadie.

La presunción de inocencia protege a los investigados. La independencia judicial protege a quienes juzgan y, fundamentalmente, a los ciudadanos.

Ambas garantías son perfectamente compatibles.

Y así lo han entendido los jueces de la Sección de Instrucción del Tribunal de Instancia de Madrid, que han expresado públicamente su «apoyo, solidaridad y respaldo» a Beatriz Biedma, dejando expresamente a salvo la determinación judicial de los hechos y de las eventuales responsabilidades.

¡Mira por dónde! Resulta que se puede defender a una compañera sin condenar anticipadamente a nadie. Se puede expresar solidaridad sin vulnerar la presunción de inocencia. Y se puede respaldar la independencia judicial sin necesidad de consultar previamente el color político de los afectados.

Los jueces de instrucción de Madrid han conseguido, con unas pocas líneas, lo que el órgano constitucional encargado del gobierno de los jueces no ha sido capaz de consensuar.

Y, por lo visto, tampoco han necesitado constituir una comisión, encargar un informe jurídico ni negociar el significado de la palabra «independencia».

¡Qué cosas tiene la Justicia cuando se olvida de la política!

CUANDO LA PRUDENCIA SE CONVIERTE EN SILENCIO

Las últimas informaciones añaden gravedad al asunto.

Beatriz Biedma ha denunciado ante la Policía un supuesto seguimiento en automóvil cuando regresaba a Badajoz acompañada de una de sus hijas, después de declarar ante la Audiencia Nacional.

Además, han trascendido informaciones sobre un presunto plan para atentar contra su vida, cuya realidad y circunstancias deberán ser esclarecidas por los órganos judiciales competentes.

El Ministerio del Interior le ha asignado protección policial.

Pero conviene formular una pregunta elemental:

¿De verdad necesitamos conocer la identidad de quienes pudieran estar detrás de unas amenazas para decidir si una magistrada merece respaldo institucional?

Porque, si la respuesta dependiera de las simpatías políticas de los afectados, tendríamos un problema bastante más grave que un comunicado frustrado.

Tendríamos un problema de principios.

Resulta significativo que seis vocales electivos de la Asociación de Fiscales en el Consejo Fiscal hayan expresado públicamente su solidaridad con Biedma, recordando que la prudencia ante una investigación en curso no debe confundirse con la indiferencia.

¡Vivir para ver!

Mientras el órgano de gobierno de los jueces no logra consensuar una declaración, representantes del Consejo Fiscal recuerdan que la independencia judicial debe defenderse sin excepciones.

La prudencia institucional es una virtud. La neutralidad también.

Pero ninguna de las dos exige permanecer impasible ante la denuncia de posibles intimidaciones contra quien ejerce la función jurisdiccional.

Lo contrario puede parecer muy prudente.

Tan prudente que, al final, uno corre el riesgo de no defender absolutamente nada.

EL CONSEJO NO ES UN PARLAMENTO EN MINIATURA

El verdadero problema trasciende el caso concreto de Beatriz Biedma.

Lo inquietante es que la división ideológica del CGPJ parece haberse convertido en una brújula capaz de orientar prácticamente cualquier decisión institucional.

Nombramientos, comisiones, acuerdos y, ahora, hasta las declaraciones de solidaridad.

Conservadores frente a progresistas.

Como si el Consejo fuera un Congreso de los Diputados en versión reducida, con sus bloques, estrategias, vetos y cálculos de oportunidad.

Solo falta instalar un marcador electrónico, organizar sesiones de control a la Presidencia y repartir los escaños conforme a la correspondiente disciplina de voto. Aunque, pensándolo bien, quizá lo del marcador sea lo único que todavía falta.

Y, puestos a completar el espectáculo, establecer un turno de preguntas parlamentarias para averiguar de qué color político debe ser un juez antes de decidir si merece protección institucional.

Pero los vocales del CGPJ no son diputados ni representantes de los partidos políticos.

Y, desde luego, la independencia judicial no puede convertirse en una mercancía sometida a negociación entre sensibilidades ideológicas.

Lo preocupante no es que existan discrepancias jurídicas. Eso es perfectamente legítimo.

Tampoco que algunos vocales consideren improcedente una determinada declaración institucional. Pueden existir razones jurídicas para discrepar de su oportunidad o de su redacción.

Lo preocupante es que la fractura institucional haya alcanzado una cuestión tan elemental como la posibilidad de expresar solidaridad con una magistrada que denuncia sentirse intimidada.

Porque una cosa es discrepar sobre el texto de un comunicado y otra muy distinta transmitir a los ciudadanos la impresión de que hasta la defensa de la independencia judicial necesita pasar por el filtro de las mayorías ideológicas.

Y entonces surge una pregunta incómoda:

¿Habría sucedido exactamente lo mismo si la magistrada hubiera investigado a un dirigente político de distinto signo?

No pretendo responderla.

Pero que los ciudadanos puedan planteársela ya debería provocar una profunda reflexión en quienes tienen constitucionalmente encomendada la defensa de la independencia judicial.

Porque la confianza en la Justicia no se deteriora solamente cuando alguien intenta presionar a un juez.

También se resiente cuando las instituciones encargadas de protegerlo parecen incapaces de superar sus propias divisiones.

Y una institución que proyecta semejante imagen difícilmente puede exigir a los ciudadanos que confíen en su absoluta neutralidad.

¡MANDA CARALLO!

En Galicia tenemos una expresión especialmente apropiada para situaciones que desafían el sentido común: «¡Manda carallo!».

Reconozco que no figura en la Constitución ni en la Ley Orgánica del Poder Judicial.

Pero, contemplando determinados espectáculos institucionales, uno empieza a pensar que debería incorporarse, al menos, a las actas del Consejo.

Porque la independencia judicial no puede defenderse a ratos, según convenga, ni ponerse en cuarentena cuando incomoda políticamente.

Tampoco necesita un certificado de progresismo o conservadurismo.

Y mucho menos una autorización ideológica.

La independencia judicial no se solicita, no se negocia ni se somete al visto bueno de ninguna mayoría ideológica. Se defiende siempre, gobierne quien gobierne y afecte a quien afecte.

Porque cuando el órgano constitucional llamado a proteger a los jueces necesita ponerse de acuerdo políticamente para expresar su solidaridad con una magistrada que denuncia intimidaciones, el problema ya no es solamente de independencia judicial.

Es también de credibilidad institucional.

Y, llegados a este punto, uno ya no sabe si acudir al artículo 117 de la Constitución o recurrir directamente a la sabiduría popular gallega.

¡Manda carallo! ¡Apaga y vamonos!

Morante, una temporada de grandes momentos y un final amargo / por Luis Cuesta

 

El sevillano fue protagonista de la campaña de 2026 por su inspiración y su capacidad de convocatoria, aunque sus últimas actuaciones dejaron un balance alejado de las expectativas.

Es lo que digo yo: Morante, una temporada de grandes momentos y un final amargo.

Por Luis Cuesta 
La temporada de Morante de la Puebla tuvo momentos que permanecerán en la memoria de los aficionados y un desenlace que obliga a revisar el conjunto sin complacencia. Desde su regreso en Sevilla hasta la bronca de su último toro en Zaragoza, el sevillano transitó entre la creación artística, los triunfos y las decepciones de una campaña que volvió a situarlo en el centro de la conversación taurina. Pero que no tuvo la épica y la epopeya del 2025.

El regreso

Su reaparición, el Domingo de Resurrección, llegó después de la despedida protagonizada en Madrid el 12 de octubre de 2025. El regreso tuvo una respuesta inmediata: el 5 de abril cortó las dos orejas a un toro de Garcigrande en la Maestranza, donde comenzó una nueva temporada bajo una expectación extraordinaria.

Pero fue el 16 de abril cuando dejó una de las actuaciones fundamentales del año. Ante un toro de Álvaro Núñez, Morante desplegó una lidia de imaginación y personalidad, con el capote, las banderillas y la muleta como partes de una misma expresión. La imagen del torero citando sentado en una silla para colocar un par al quiebro se convirtió en una de las estampas de la campaña. La espada impidió los trofeos, pero las dos vueltas al ruedo expresaron la dimensión de lo vivido.

Aquella tarde permite explicar una parte esencial de su temporada: hubo actuaciones cuyo valor superó el resultado de la ficha. En Morante, la importancia de una faena también reside en la manera de interpretar una suerte, recuperar un recurso o encontrar una solución al planteamiento de una faena que sorprenda al público.

Cuatro días después de aquella tarde de inspiración, Sevilla mostró la cara más dura del toreo. El 20 de abril, Morante sufrió una cornada de pronóstico muy grave cuando intentaba fijar con el capote al cuarto toro, de García Jiménez. Había cortado una oreja al primero de su lote y su paso por la Feria de Abril terminó en la enfermería.

El parte firmado por el doctor Octavio Mulet describió una herida de unos diez centímetros de trayectoria, con lesión parcial de la musculatura esfinteriana y perforación de la pared posterior del recto. La intervención se prolongó durante más de dos horas. Fue un percance de enorme seriedad que interrumpió un arranque de temporada marcado por el entusiasmo y las grandes expectativas.

También hubo triunfos concretos. Reapareció el 15 de mayo en Jerez tras la cornada y cortó dos orejas, sumó otras tres en Aranjuez el 31 de mayo y volvió a obtener tres en esa misma plaza en septiembre. En Sevilla abrió la Puerta del Príncipe en la corrida del Corpus. Más adelante llegaron resultados destacados en Gijón, Palencia, Albacete y Úbeda. La relación de festejos contabilizaba, hasta su comparecencia madrileña del 12 de octubre y sus dos compromisos finales en Zaragoza, 52 actuaciones, 45 orejas y 9 puertas grandes.

Su influencia se reflejó en las taquillas

El Puerto de Santa María registró cuatro llenos en las cuatro corridas en las que estuvo anunciado, dentro de una temporada cuyo número de abonos se triplicó, según el balance difundido por el Ayuntamiento. Su presencia fue uno de los principales argumentos del ciclo y una muestra del interés que continuó despertando.

Ese protagonismo convivió con tardes de menor contenido. La inspiración no acompañó siempre y la expectación tampoco encontró en todas las plazas una respuesta equivalente. En el tramo final se hizo más visible la distancia entre lo que el público esperaba de Morante y lo que finalmente pudo ofrecer.

El regreso a Las Ventas, el 12 de octubre, tenía una carga simbólica evidente: volvía al escenario de su despedida un año después. Sin embargo, la corrida no alcanzó la trascendencia anunciada. Hubo detalles de su torería, especialmente con el cuarto, pero faltó una obra completa y el desacierto con la espada terminó de limitar su balance.

Zaragoza concentró las contradicciones del cierre. El viernes 16, ante un lote de posibilidades limitadas, dejó pasajes de calidad sin conseguir una faena redonda. Escuchó silencio tras aviso y saludos. Barquerito, en su crónica para COLPISA, señaló el cansancio del torero y destacó una tanda por la derecha ante el cuarto, dentro de una actuación que no terminó de cobrar fuerza.

El sábado 17 todavía hubo espacio para reconocer su capacidad. Ante el segundo tris, de Román Sorando, encontró muletazos de categoría donde el toro ofrecía dificultades y recibió una ovación. Sin embargo, con el cuarto, de Garcigrande, abreviaba después de una labor muy breve y provocó una fuerte bronca. La escasa entrega del animal condicionó el encuentro; la respuesta del torero dejó insatisfechos a los tendidos.

El balance de Morante en 2026 reúne, por tanto, razones para el reconocimiento y para la crítica. Su temporada dejó una actuación excepcional en abril, triunfos importantes y una capacidad de convocatoria evidente. También dejó altibajos, ganado demasiado justo en la mayoría de sus actuaciones y un cierre de temporada por debajo de lo esperado.

El futuro

Sobre el futuro del maestro circulan muchas versiones, aunque no creo que el retiro esté entre sus planes. Morante aún conserva su capacidad de sorprender y, en mi opinión, todavía tiene mucho que aportar al toreo.

Sí considero que su próxima temporada debería ser más corta, con menos contratos y citas muy puntuales que, por su significado y preparación, se conviertan en verdaderos acontecimientos. Una dosificación semejante a la que practicó Curro Romero en su última etapa: escoger los compromisos y dejar espacio entre una actuación y otra.

Después de una campaña tan intensa, convendría administrar mejor los esfuerzos y concederse más tiempo para descansar. Su cierre de temporada invita a esa reflexión. Morante aún tiene mucho que darnos, pero hay que dosificar.

Las dos últimas tardes no borran lo realizado durante el año, pero forman parte de su valoración. En Zaragoza terminó sin trofeos y con el fracaso de su última intervención como imagen de despedida. La temporada 2026 nos demostró cuánto puede aportar todavía Morante al toreo; pero su último toro recordó que esa grandeza tampoco lo exime de responder ante la exigencia y las expectativas del público.

Es lo que digo yo.
De Sol y Sombra / México, 19 Oct. 2026

lunes, 19 de octubre de 2026

Y, de pronto, los pijoprogres se hicieron islamoprogres / por Javier Ruiz Portella

 
En Milán, las turbas refrenaron su deseo de alumbrar la hoguera dentro del Duomo. Se contentaron con encenderla fuera. De momento.

'..Creíamos que lo que los movía en su relación con el Islam era, por incomprensibles razones, una especie de tolerante benevolencia. Y no es esto, en absoluto. Lo que los mueve no es disculpar y cerrar los ojos ante los mil atropellos con los que, un día sí y otro también, el mundo islámico pisotea los más acendrados principios del delirio woke. No es tolerancia, lo suyo. Es mucho más grave: es adhesión..'

Y, de pronto, los pijoprogres se hicieron islamoprogres

Javier Ruiz Portella
Se hicieron islamoprogres, pero siguieron igual de pijos, faltaría más. Sobre todo en Francia, en los amotinamientos insurreccionales que ayer calificábamos de «escaramuzas de la guerra civil», y también en Italia, y en toda Europa , de forma manifiesta en unos sitios y más encubierta en otros, lo que está estallando estos días —pero llevaba cociéndose desde hace tiempo— es la alianza más contra natura que imaginar se pueda: el abrazo entre el islamismo y el comunismo (dejémonos de tonterías: llamemos al pan, pan; al vino, vino; y al socialismo o izquierdismo, comunismo).

¿Cómo es posible, nos habíamos preguntado siempre, que los ardientes defensores de lo woke (los de «fuera barreras, abajo opresiones, acabemos con las imposiciones sexuales, las coacciones patriarcales, las obligaciones tradicionales; nada es fijo, nada es permanente, todo fluye, todo es leve, líquido; sólo cuenta el libre fluir de lo que yo, yo, yo… quiero y luego dejaré de querer, hoy soy hombre y mañana mujer…»); cómo es posible, nos decíamos, que gentes de tal ralea, tan asfixiada en medio de lo que ellos llaman «libertad», puedan tener una actitud tan benevolente hacia el Islam, ese mundo duro y opresor, machista y patriarcal, envuelto en normas opresivas y principios inquebrantables?

El palacio de la alcaldía de Limoges, del siglo XIX, pasto de las llamas criminales

Nos equivocábamos, ahora ha quedado claro. Creíamos que lo que los movía en su relación con el Islam era, por incomprensibles razones, una especie de tolerante benevolencia. Y no es esto, en absoluto. Lo que los mueve no es disculpar y cerrar los ojos ante los mil atropellos con los que, un día sí y otro también, el mundo islámico pisotea los más acendrados principios del delirio woke. No es tolerancia, lo suyo. Es mucho más grave: es adhesión.

No es adhesión doctrinal, claro está (a tanto no llegan): es adhesión de facto. Es una adhesión factual en la que poco les importa lo que la sociedad islámica sea o deje de ser, lo que isojuzgue o deje de sojuzgar. Una sola cosa les importa, más incluso que sus propios delirios woke: el odio hacia nuestra civilización occidental (y, por ende, hacia sí mismos…). Y como no hay nada más opuesto a Occidente que el mundo musulmán, la alianza entre odiadores izquierdistas y odiadores islámicos estaba cantada. Sólo esperaba a sellarse, como se acaba de sellar, en las barricadas de Francia y de Italia (en España van a esperar al 30 de noviembre).

Una alianza desigual

La alianza entre islamistas e izquierdistas es, sin embargo, más que desigual. ¡Ay, esos niñatos, tan blancos y blandos como son! ¡Ay, esos pijos hijos de papá! Les ha dado por hacerse los hombres en compañía de Mohamed, y para ello atacan a los maderos, saquean tiendas (eso tal vez se lo dejen a los moritos), incendian ayuntamientos, queman institutos (dicen que su objetivo es mejorar las condiciones de enseñanza…). ¡Qué candidos, qué idiotas! ¿No veis cómo, detrás de su antifaz, se está riendo Mohamed? Si un día ganaseis la guerra, no seríais vosotros, no, sería él quien cortase el bacalao. Se os merendaría en un santiamén, como se os merendó en Persia, donde los ayatolás derrocaron al Sha con el apoyo de unos izquierdistas que al día siguiente empezaron a ser perseguidos, encarcelados, ahorcados. Por maricones, feministas, disolutos.

Pero esto todavía no ha llegado. Ni llegará. Para que llegase, haría falta que el resto aplastantemente mayoritario de la población —no lo olvidemos— continuara en la adormecida apatía en la que tanto «la plebe rica como la plebe pobre» (Nicolás Gómez Dávila dixit) lleva sumida años y años. Ahora bien, aunque no siempre (en Roma, por ejemplo, en 476 d.C. no ocurrió), suele pasar que, por adormecidos que estén los pueblos, les dé por despertarse con renovado vigor cuando sienten que la tierra se hunde bajo sus pies, cuando se dan cuenta de que la cosa ya no va de tal o cual asunto, sino de un asunto de vida o muerte; en una palabra, cuando lo que está sobre el tapete es seguir caminando por la senda de la civilización o ser engullidos por las hordas de la barbarie.

Desoyendo la prohibición gubernamental (inconsecuente con su política exterior), ondea en muchos ayuntamientos franceses la bandera palestina. Cuando las fuerzas del propio Estado se ponen del lado de los insurrectos, entonces…

Aquellos sesenta… (XXXIV) / por Jorge Arturo Díaz Reyes

Monumento a Paquirri (Escultor: Manuel de la Fuente) en el Puerto de Santa María. Foto: Plaza de El Puerto de Santa María

'..Perdón, escribir sobre Paquirri hoy, sin caer en la vana repetición de la repetidera es poco menos que imposible. Su vida y muerte son lugares comunes en la cultura contemporánea. Hasta el más íntimo y agónico detalle. Prensa, libros, crónicas, fotos, pinturas, videos, juglería, folclore, internet, vox populi….'

Aquellos sesenta… (XXXIV)

Jorge Arturo Díaz Reyes
CrónicaToro / Cali 19 X 2026
En los tardíos sesenta llegó Paquirri. Y aunque solo ascendió al santoral taurino dos décadas después, cuando su carrera ya tenía el sol a las espaldas, en esa corrida fatal, última de su temporada, que no debía torear, en la que se topó con “Avispado”. Y también, aunque sus años gloriosos fueron los setenta, mi más duradera impresión suya fue la primera, en Cañaveralejo el miércoles 27 de diciembre de 1967.

Perdón, escribir sobre Paquirri hoy, sin caer en la vana repetición de la repetidera es poco menos que imposible. Su vida y muerte son lugares comunes en la cultura contemporánea. Hasta el más íntimo y agónico detalle. Prensa, libros, crónicas, fotos, pinturas, videos, juglería, folclore, internet, vox populi… Quizá la única forma de no caer en el cotorreo fuera escarbando en lo profundo de los recuerdos personales. Porque, al fin y al cabo, cada cual tiene los suyos, y los capta e interpreta como puede, con lo que lleva dentro. Hasta donde sea capaz claro, pues mantenerlos a resguardo de la generalizadora “opinión pública” tampoco es fácil. De todas maneras, en esto del toreo cada observador o aficionado, percibe su propio toro, su propia faena, su propio torero, su propia corrida, su propia realidad. Igual que cada lector lee sus propios libros, todos tenemos nuestro Quijote, y escuchamos nuestra propia canción.

Decían: Berkeley, Hume y Schopenhauer citados por Borges en su “Nueva refutación del tiempo”: las cosas no existen hasta que son percibidas –esse est percipii–. Más, aunque todos tenemos la propia percepción, al final, como especie gregaria la sumamos (algebraicamente) a la del rebaño. Y las asimilaciones, (individuo - sociedad) ocurren porque ocurren. De uno u otro modo, diluidas en el convenio tácito de que las cosas son como son y no como las vemos. Al que se salga de la fila, palo.

Tenía entonces, ese Paquirri que yo vi primero, 19 años, yo 22. Tratándose de subjetividades decíamos, hay que ubicar también al sujeto, Era su debut aquí. A ya casi año y medio de su doble intento de alternativa en Barcelona. El primero, frustrado por la cornada del juanpedro antes de que Antonio Bienvenida pudiera cederle los trastos. El segundo, coronado tres semanas después (agosto 11 de 1966), en el mismo ruedo, cuando, ya convalecido, Paco Camino pudo otorgársela con un toro de Urquijo.

En esa temporada lidió solo 19 corridas. Pero a finales de la siguiente, cuando vino a Cali, ya confirmado por Madrid, se había trepado a la élite con sesenta y siete contratos. Ocupando el cuarto lugar del escalafón, compartido con Camino. Tras El Cordobés, quién encabezó con 109, Benjumea (88) y Diego Puerta (69).

Con solo esos datos, la expectativa por su debut se sustentaba en el porque de tan rápido encumbramiento. Era la pregunta que nos hacíamos quienes llenamos la plaza para esa segunda de feria. La cual, por cierto, fue una corrida incidentada. Sin empezarla, El Viti, cabeza de cartel, anunció que no podría llegar a ella y debió ser sustituido a última hora por Paco Camino, quién, dicho sea de paso, dominaría toda esa feria, y ganaría el trofeo “Señor de los Cristales”. Sin embargo, la empezó esa tarde malogrando con su proverbial espada dos faenas de postín, y recibiendo solo una oreja. El pequeño y arrojado Vásquez II, torero nacido en el después enterrado pueblo de Armero, ligó también el quinto santacolomeño de Vistahermosa, le mató con decoro, recibiendo otra oreja y dando la vuelta con el picador Melanio Murillo y el ganadero Antonio García, pues el bravo encierro la justificaba; sin haber salido aún el sexto, que también lo fue.

El joven debutante, Francisco Rivera Pérez, de celeste y oro, pletórico, en forma, apuesto en la versión viril contraria de la andrógina que ya se insinuaba moda, levemente más alto que sus alternantes, había hecho el paseíllo con soltura, luciendo una sonrisa plena que parecía expresar no solo la alegría de quien llega a una fiesta, sino la promesa de que la íbamos a disfrutar todos. Sus ojos claros chispeaban en el rostro moreno y la reacción femenina fue automática. Solo el repetido tic de contraer los hombros acusaba cierta tensión interna —Otro de los buenosmozos que hacen el paseíllo con una oreja en la chaquetilla —Fue lo primero que me vino a la cabeza.

Dicho y hecho, abrió la corrida con una clamorosa larga cambiada de rodillas, que sería un sello suyo y que después de muerto la plaza del Puerto de Santa María conserva en bronce tamaño natural. Lanceó imponiendo, para delante, verazmente, pero sin exquisiteces. Banderilleó martilleando con espectacularidad, exposición y precisión. Brindó al público encantado, y su muleta rauda, eficaz, castigadora y abundante de alardes llevó a una estocada de puñetazo que la valió una oreja. En la misma tónica, el que cerró plaza le cogió. Y cómo si nada.

Virtudes antañonas: agilidad, fuerza, destreza, facilidad, certeza y esa ruda elementalidad sin aroma ni mistificaciones le daban una superioridad, una sensación de invulnerabilidad, que invertían la ecuación fundamental del toreo: el poderoso, el peligroso, el temido es el toro. Haciéndolo ver menos, haciéndolo ver el débil, por el cual uno tiende a inclinarse. Volvió a nueve ferias, tal fue su éxito. Ganó dos veces el trofeo. Pero confieso ahora, con respeto por eso, por su valerosa gesta vital, por sus seis puertas grandes en Las Ventas, por las cinco del Príncipe en La Maestranza, y sobre todo por su heroica muerte, confieso, repito, que aquella vez no me conmovió. Como conmueven los ritos oficiados con el alma más que con el cuerpo. Como conmueven esos toreros de los cuales, al descubrirlos uno ya no prescinde. Y me sorprendió saberle tan pronto, tan arriba en la categoría contractual, por encima de El Viti y otros más.

Aún de día, salimos entre el gentío a los bulliciosos alrededores de la plaza. Reuniendo el contingente de familiares y amigos, avanzando y retrocediendo, saludando, perdiéndonos y buscándonos. Entre charla y charla, risa y risa, bota y bota, cruzamos la congestionada quinta y nos organizamos en doble fila frente a una pequeña mesa en “Tardes Caleñas”. Música, empanadas, charla y camaradería. La corrida había sido brava, se había toreado, pero había en medio del contento general ese agridulce buqué del triunfo torista. Pese al discreto trapío del encierro: que para la época no era mucho de protestar. Como que la casta no había recibido en unos casos el arte posible y en otros tampoco la muerte merecida. La cháchara derivaba entre la corrida y el destino nocturno.

Aparte, le pregunté a mi padre, a mi lado, ordoñista fiel, --Qué opinas de Paquirri —Me emocionó, lidiador, valiente y poderoso —contestó firmemente. No me lo esperaba, pero lo que son las cosas, a su torero, al maestro Antonio Ordóñez, ícono de puristas, también. Tanto que años después le entregaría la mano de su hija, le haría padre de sus nietos, y lo pondría a su diestra para alternar con él en la selecta goyesca de Ronda. Seguro el desapercibido era yo.

Una coincidencia con otra. Mucho después, el 26 de septiembre de 1984, estábamos en el hotel Hilton de Cartagena por el congreso colombiano de cirujanos plásticos. Y mi padre, que no era cirujano, pero sí amigo de mis amigos, gustaba de acompañarme, vino apresurado a mi habitación en el receso del almuerzo con el pequeño radio en las manos —¡Un toro acaba de matar a Paquirri en España! —No podía creerlo, —era el último torero que yo pensara pudiese matar un toro —le dije. Menos de tres años después, mi padre también murió inesperadamente, a los 63 años, tampoco se pudo hacer nada por él.