la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 14 de agosto de 2026

¿Quién es el torero? / Por José Carlos Arévalo

 

'..El único artista del mundo que compromete su vida con su obra. El héroe que en cada suerte que crea convierte la violencia inocente del toro a la belleza consciente del arte. El rebelde que en tiempos del domesticado arte digital reivindica la fuerza inmortal del arte vivo..'

EN CORTO Y POR DERECHO
¿Quién es el torero?

Por José Carlos Arévalo
Mil años antes de que existiera España ya había por estos lares unos atrevidos que le hacían cosas al toro. Ahora, no hay un solo ciudadano del mundo que ignore el origen español del torero. Pero en este país (así llaman a España progres de toda laya, intelectuales de oficio y nacionalistas periféricos), la inmensa mayoría de sus habitantes no saben bien quién es, qué es, cómo es el torero. Ojo, muchos aficionados, tampoco.

Me voy a permitir, modestamente, como dice mi amigo Sancho Dávila, la inmodestia de dar algunas pistas sobre la identidad del torero.

O sea, que vamos a empezar por el principio. O al menos por lo que primero sabemos del torero. Ya en la Edad Media hubo dos toreros. Uno a caballo, el hidalgo (dueño de un caballo y de sus armas, que se pone al servicio del rey contra el moro y a cambio deja de ser un villano sin derechos. Cuando aprendió del moro la monta a la jineta le cogió gusto al oficio, con el pretexto de entrenarse para la guerra. Por cierto, dados sus servicios a la patria pagó muy pocos impuestos hasta tiempos muy modernos).

El otro siempre toreó a pie. También era un rebelde social. De modo que, en cuadrilla, se tiró al monte y se buscó la vida. Este es el origen de las cuadrillas temporeras recolectoras, que cobraban por su trabajo a otros señores de la tierra. Se supone que de ellas se desgajaron las cuadrillas toreras, que dejaron de trabajar en el campo para trabajar en las fiestas de toros rurales, tan antiguas como los mismo pueblos.

Pero la identidad del torero no se completa hasta un tiempo más reciente: el siglo XVIII. Una centuria diferente, en la que la razón sustituye al mito, la ciencia a la creencia y la democracia a la autocracia. Y los juegos con el toro, de origen sagrado, son sustituidos por la lidia, un método precientífico, de carácter etológico, que estudia los comportamientos del toro, escenifica un drama en tres actos (tercios) y sirve de marco a una expresión artística: el toreo. Invención a la que se suma otro acontecimiento, la insólita creación del único público soberano, el coro taurino, irrelevante en la anterior corrida caballeresca, con tan solo un referente lejano, sin posible conexión, el coro trágico.

Desde el principio, todo es paradójico en la tauromaquia moderna. El torero, su inventor (o inventores, pues la autoría pertenece a muchos toreros) era el antiguo criado taurino del caballero en plaza, que aprendía su oficio en el matadero, se formaba en los festejos rurales, servía a su señor y, sin embargo, terminó por robarle su protagonismo en el ruedo. Al respecto debe observarse que la coyuntura histórica es favorable al relevo del caballero por el torero de a pie. Los monarcas españoles de aquel siglo imponen la monta a la brida, desprecian la doma a la jineta (la que sirve para torear) y detestan las corridas de toros. Lo que da lugar a otra paradoja: el caballero sustituido por su subalterno no recela del agravio. Es más, lo apoya e incluso le inculca el código de honor del torero en el ruedo, lo que después será la ética del toreo. 

Pero si todo esto es cierto, también lo es que su separación es forzosa. El caballero debe defender su patrimonio ante el absoluto poder Real, su criado puede rebelarse, lo que hizo. ¿Le apoyó el caballero en la sombra? La evolución del toreo dice que no, pero la hospitalidad de las Maestranzas a la corrida a pie, dice lo contrario. La historia del toreo está repleta de enigmas.

La mayor paradoja aparece cuando el lenguaje designa con el apelativo de matador al torero de máxima jerarquía, el torero con derecho de muerte. Una barbaridad, dirá erróneamente el español antitaurino, o mejor dicho, desinformado. No solo porque la muerte del toro en el ruedo es un acto heroico del torero por la tesitura en que se plantea, todas las ventajas son para el toro. También por razones de orden natural (hoy lo llamaríamos ecológico), pues la muerte del toro en el ruedo es la única garantía para regular el equilibrio demográfico de la ganadería, amén de ser el sustento económico básico de la meta raza bovina que es el toro de lidia y que carece de protección específica alguna.

Pero la paradoja continúa. El torero es un rebelde social aplaudido. De origen humilde, supera el casillero, primero de castas y luego de clases. Como el militar, el artista y el sacerdote. Pero a estos los avala el tiempo, muchos siglos. Él se los salta a la torera. En aquella España de castas, cuando todavía el villano no ha accedido a ser ciudadano, cuando en Europa todavía el músico no ha roto su estatuto de criado del Palacio Real, Ducal o del Palacio Obispal, el torero se ha emancipado. Quizá sea, con el artesano y el escritor, el primer trabajador autónomo de España. Pero con mucha más fuerza, porque en muy pocos años ha creado un gran mercado y se han construido muchos cosos para verle torear. Su ascenso social es enorme. Está con todas las clases sociales y no pertenece a ninguna. Goya, que es pintor de la Corte, retrata a los reyes y también a Pedro Romero. Fernández Moratín tiene que escribir una larga carta al Príncipe de Pignatelli (con bastantes errores, dicho sea de paso) para explicarle el origen de la tauromaquia, que nace arrolladora en un tiempo arcaico asaltado por la modernidad. Todo hecho nuevo, cualquier cosa son conflictivos. Por ejemplo, todavía en el siglo XVIII una pragmática prohibía a la población, excepto a la nobleza y al clero, vestirse con determinados tejidos de lujo (terciopelo, sedas, rasos, etc.), de manera que ya la vestimenta determinaba la situación social (aún no había clases, había algo parecido a las castas). En este sentido, la creación y evolución del vestido de torear es la historia de una rebeldía, porque rompe todas las normas sociales imperantes.

Indiscutiblemente, el torero es un personaje moderno, el paradigma libertario del naciente profesional liberal. El mismo Pedro Romero inventa la figura taurina del apoderado para que negocie con el rey Carlos IV, pues la Junta de Hospitales que gestionaba la Plaza de la Puerta de Alcalá no aceptaba los emolumentos exigidos por el rondeño para reaparecer en Madrid y se pensó que el Rey le haría entrar en razón. Carlos IV aceptó la mediación, pero fue él quien entró en razón. Aquello fue un triunfo de la libertad de mercado en un tiempo de sumisión y, por supuesto, la propagación inmediata del apoderado.

Pero una vez más reaparece la paradoja, sello consustancial del torero. Porque en su recién creada identidad reverberan huellas muy antiguas. Por ejemplo, el mencionado traje de luces. ¿Por qué de luces? ¿Por reivindicación social? En absoluto, la tiene de sobra. ¿Por vanidad? El toro pasa factura a todas las vanidades. El torero se viste de luces porque el toro es un misterio, su bravura un enigma. Pero él tiene un método. O sea, la razón, la maestría y el arte. En suma, la luz. Por eso lo afirma al salir al ruedo como un héroe solar, por la puerta de cuadrillas, la puerta del sol, en todas las plazas situada frente al sol de poniente. Y por eso, el toro sale por la puerta oscura del toril, de las entrañas de la plaza, como una divinidad nacida de la tierra. El toreo es un pleito de sol y sombra, de armonía y violencia, de vida y muerte, el arte del claroscuro. ¿Sabe todo esto el torero, lo intelectualiza? No le hace falta. Lo tiene asumido. Por eso se viste de luces.

Tampoco sabe que su vida profesional repite, furtiva y consentida, la vida del los profetas o de los héroes: abandono de la humilde casa paterna, travesía del desierto para el profeta; busca del maestro protector para el caballero; nomadeo formativo del capeante-torero; idéntica acogida del Señor de los cielos para el profeta, del señor de un castillo para el caballero, de la figura consagrada para el torero (ayer) o del mentor apoderado (hoy); mismo período iniciático para los tres, con pruebas de sangre para el caballero y para el torero; acogida del maestro (ayer, figura consagrada; hoy apoderado mentor) para el torero; encuentro con el templo para el profeta, del castillo para el caballero, de la plaza para el torero; unción para el profeta, nombramiento ritual del caballero, alternativa para el torero; idénticas cuadrillas: primer apóstol y apóstoles; escudero y caballeros subalternos; mozo de espadas y toreros subalternos. Y, por fin, nomadeo apostólico, del profeta; en busca de empresas bélicas, del caballero; a la conquista de corridas, del torero.

Extraña, sorprendente similitud estructural la del profeta, el caballero y el torero. No me aventuro a extraer conclusiones que serían pueriles. Prefiero copiar al poeta francés Michel Leiris, quizá el más inteligente observador de la corrida de toros. La consideraba una transgresión sublime e inexplicable. Decía que era algo más que un juego, algo más que un deporte, algo más que un sacrificio, algo más que un arte.

¿Quién es hoy el torero? El único artista del mundo que compromete su vida con su obra. El héroe que en cada suerte que crea convierte la violencia inocente del toro a la belleza consciente del arte. El rebelde que en tiempos del domesticado arte digital reivindica la fuerza inmortal del arte vivo. El verdadero conservador de un animal extraordinario, el único de toda la fauna que participa en la creación de una obra de arte. El actor que no tiene público sino coro. El joven demiurgo que transforma la tragedia en fiesta.

Conviene recodar estas cosas ahora, cuando el amenazante imperio de los necios ha presentado una ILP (iniciativa legislativa popular) al Congreso, cuya aprobación significaría el principio del fin de esta impresionante obra de la cultura popular española.

García Lorca, 90 años / por Javier Torres


 '..A decir de sus contemporáneos, Lorca jamás tuvo filiación política. Estaba muy por encima del activismo tan propio de su época. Soy anarquista espiritual, sin militancia ni servidumbre, declara él mismo, que cree —cuánta razón llevaba— que la adhesión ideológica coarta la libertad creativa del escritor..'

García Lorca, 90 años
Javier Torres
Es uno de los casos de apropiación más escandalosos de nuestra historia. La figura de Federico García Lorca ha sufrido una distorsión interesada durante décadas de hegemonía progre en la cultura y las letras. Lo han presentado casi como a un miliciano, una figura del antifascismo, tentación para quienes, incautos, siguen la lógica del espejo mirando a sus verdugos en aquella infame madrugada agosteña del treinta y seis. Si A, entonces B.

Pero su vida, obra y muerte fueron mucho más complejas. A decir de sus contemporáneos, Lorca jamás tuvo filiación política. Estaba muy por encima del activismo tan propio de su época. Soy anarquista espiritual, sin militancia ni servidumbre, declara él mismo, que cree —cuánta razón llevaba— que la adhesión ideológica coarta la libertad creativa del escritor. Así lo dice en una entrevista radiofónica en Buenos Aires en clarísima alusión a Rafael Alberti, afiliado al PCE y vocero de Moscú. Si acaso, confiesa su predilección por el partido de los pobres, pero de los pobres buenos, matiza.

Estamos ante el escritor español —con permiso de Cervantes— más publicado y traducido en el extranjero de toda la historia, que se dice pronto. Sin embargo, el trato dispensado a Lorca es de artista de la ceja o de víctima de la guerra, como si no hubiera sido nada más. Ya sabemos que a los propagandistas más vociferantes —que hasta presumían de saber dónde se encontraban sus restos mortales, como Gibson— no les interesa tanto su obra como su fusilamiento, del que también han mentido con entusiasmo.

En primer lugar, porque Lorca huye de Madrid y se refugia en la finca granadina de su amigo Luis Rosales, reconocido falangista. Nada de esto interesa, tampoco la participación de Ramón Ruiz Alonso, exdiputado de la CEDA, que da el chivatazo cuando le soplan que su archienemigo Rosales esconde al genio. Lo peor de la condición humana se conjura contra el niño de Fuente Vaqueros. También omiten el componente familiar en la tragedia lorquiana, una familia enfrentada por algo tan antiguo como una herencia. La venganza de Federico se llama La Casa de Bernarda Alba.

Dentro de unos días se cumplirán noventa años de su muerte, eso quiere decir que el próximo aniversario redondo serán los 100 años de la Guerra Civil, cuando no quede ningún combatiente vivo. Esto debería suscitar una reflexión general desde la distancia y el respeto, aunque sospechamos que contradice el espíritu memorialista que sanciona a quien refuta la versión oficial y levanta monolitos a las brigadas internacionales. Es muy triste que haya pasado casi un siglo y algunos sigan cantando coplillas en el Puente de los Franceses.

Volvemos a Federico, al de verdad, no al mito. Los que le conocieron coinciden en un rasgo esencial de su personalidad: su bondad. Y una alegría andaluza que derrama a su manera y de la que emana pura pasión, una luz especial que le permite ser el centro de atención en cualquier lugar y contexto. Qué cosa tan complicada.

Nadie ha captado mejor su lado humano que el diplomático chileno Carlos Morla Lynch, cuya casa en Madrid es el centro de reunión habitual de la generación del 27. No podemos saber cómo era Federico -ni algunos de sus compañeros- sin leer los Diarios españoles (1928-1939) de Morla Lynch. En sus páginas encontramos al Federico más sensible y profundo, que en la puerta de una iglesia en pleno Jueves Santo atiende a un mendigo semiparalítico que, torcido sobre sus muletas, sonríe creyéndose dichoso cuando él, su amigo chileno y el crítico literario Rafael Martínez le dan unas monedas. Se marchan y Federico reflexiona:

-Es más feliz que yo y más feliz que vosotros por la fuerza de su inconsciencia y de su ignorancia de todo lo que en este mundo crea zozobras, inquietudes y quebrantos.

Federico alcanza la cima como poeta cuando España entra en efervescencia. Estamos ante el más talentoso de los integrantes de la generación del 27. Y, sobre todo, el alma de aquella fiesta de las letras. Es él el gran animador de la Residencia de Estudiantes. Es él el que propone homenajear a Luis de Góngora. Es él el que sale del Ateneo de Sevilla aclamado por la multitud cuando conmemoran el tercer centenario de la muerte del poeta cordobés.

Por allí también desfilan Gerardo Diego, Alberti, Dámaso Alonso, Jorge Guillén, José Bergamín y tantos otros. Ignacio Sánchez Mejías es el mecenas literario del evento, o sea, de toda esta generación. Federico se dirige a la audiencia y lee unos romances inéditos. El jolgorio es tal que caen pañuelos y chaquetas como si el torero fuera él y no su amigo. Luis Cernuda, que acaba de conocerle, sentencia: se jalea a Federico como a un torero, efectivamente había algo de matador presumido en su actitud.

Años después Granadino cornea de muerte a Sánchez Mejías. Federico llora la muerte de su amigo en un poema memorable:

Ya luchan la paloma y el leopardo / a las cinco de la tarde. / Y un muslo con un asta desolada / a las cinco de la tarde.

A pesar del insaciable rodillo progre y la atroz propaganda gubernamental en los últimos años asistimos a un feliz cambio de tendencia. Proliferan publicaciones y textos que reivindican al poeta sin filias partidistas, tan sólo al artista de talento descomunal que, en vida, goza de una enorme trascendencia fuera de nuestras fronteras. Al genio al que aquella España provinciana se le queda pequeña. Qué oportuno son estos versos del Romancero Gitano:

Señores guardias civiles: / aquí pasó lo de siempre. / Han muerto cuatro romanos / y cinco cartagineses.

Julio Norte triunfa en su alternativa en Dax y sale a hombros


'..La ceremonia, cargada de simbolismo, ha contado con el apadrinamiento de la gran figura mundial Roca Rey y con Pablo Aguado como testigo de la efeméride. Frente a una corrida con el hierro de Juan Pedro Domecq, el diestro charro ha dejado patente su firme disposición de hacerse notar en el escalafón superior..'

Julio Norte triunfa en su alternativa en Dax y sale a hombros

El torero salmantino corta dos orejas en una emotiva tarde apadrinado por Roca Rey y con Pablo Aguado de testigo en una ceremonia marcada por la presencia de su padre en el ruedo

El diestro de Salamanca Julio Norte ha vivido este jueves una de las tardes más emotivas y triunfales de su carrera al tomar la alternativa en la plaza francesa de Dax, en el marco de su prestigiosa Feria de Agosto. El nuevo matador de toros ha salido a hombros tras firmar una actuación de enorme personalidad.

La ceremonia, cargada de simbolismo, ha contado con el apadrinamiento de la gran figura mundial Roca Rey y con Pablo Aguado como testigo de la efeméride. Frente a una corrida con el hierro de Juan Pedro Domecq, el diestro charro ha dejado patente su firme disposición de hacerse notar en el escalafón superior.

El festejo, que ha colgado el cartel de 'no hay billetes' en los despachos de la plaza gala, ha tenido en el joven salmantino al gran protagonista de la jornada. Su entrega y concepto clásico han calado con fuerza en los tendidos franceses desde el primer instante.                                                                                            

¿Cómo fue la ceremonia de alternativa de Julio Norte?

El doctorado de Julio Norte se ha producido ante el primer toro de la tarde, un ejemplar de Juan Pedro Domecq que ha mostrado clase, bravura y ritmo. El salmantino lo ha recibido con templados lances a la verónica, ganando terreno y templando la embestida con suavidad.

La ceremonia ha alcanzado su punto álgido de emotividad cuando el padre del torero, también matador de toros, ha hecho acto de presencia en el ruedo para acompañar a su hijo en un momento tan trascendental.

Norte ha estructurado una faena de menos a más, mostrando una gran personalidad y firmeza por ambos pitones. Al estoquear al astado, el salmantino ha sido prendido sin aparentes consecuencias, logrando recomponerse con pundonor. Tras una petición unánime, ha paseado las dos orejas de su oponente.

El esfuerzo de Julio Norte en el sexto de la tarde

En el sexto de la tarde, el nuevo matador ha salido a por todas, brindando la faena al respetable y toreando 'a revientacalderas' desde los primeros compases. El astado ha tenido clase y duración, lo que ha permitido al charro mostrar su dimensión más profunda.

El salmantino ha apurado las opciones de su oponente por ambos pitones en una labor de gran entrega. Sin embargo, una estocada baja tras un aviso ha enfriado la petición de trofeos, quedando el premio en una clamorosa vuelta al ruedo.

¿Qué hicieron Roca Rey y Pablo Aguado con sus lotes?

El padrino de la ceremonia, Roca Rey, se ha estrellado contra el lote de menores opciones del encierro. Ante el segundo, un animal de poca entrega, lo ha intentado con pases de péndulo y por ambos pitones sin lograr lucimiento, siendo ovacionado tras una estocada.

Frente al desclasado y pegajoso cuarto, el peruano ha realizado un esfuerzo baldío ante un toro que nunca ha roto a embestir, siendo finalmente silenciado.

Por su parte, Pablo Aguado ha dejado los destellos más artísticos de la tarde con el capote frente al tercero, destacando unas verónicas de muchos quilates. El sevillano ha porfiado con voluntad ante el tercero y el quinto, dos astados faltos de poder y transmisión, siendo ovacionado en ambos turnos.

Actuación de las cuadrillas y detalles de la lidia

En el apartado de las cuadrillas, cabe destacar la actuación de los hombres de plata. En el segundo de la tarde, el picador Sergio Molina recetó dos varas, mientras que Agustín de Espartinas lidió y compartieron banderillas Viruta y Fernando Sánchez (sustituyendo a Paco Algaba).

En el tercero, el toro pasó por el caballo de Espartaco, con la lidia de Iván García y las banderillas de Ramón Jiménez y Sánchez Araujo. En el quinto, el astado fue picado por Mario Benítez, con Juan Ramón Jiménez en la lidia, saludando tras parear Iván García y Sánchez Araujo.

Finalmente, en el sexto, el puyazo corrió a cargo de Alberto Sandoval, con Rafa Rosa en la lidia y Rubén Blanco junto a Gómez Pascual en banderillas.
Ficha técnica del festejo

La segunda tarde de la Feria de Agosto de Dax 2026 se ha desarrollado bajo las siguientes condiciones:Plaza de toros: Dax (Francia). Lleno de "no hay billetes".

Ganadería: Se han lidiado seis toros de Juan Pedro Domecq, de juego desigual.

Roca Rey: Ovación y silencio.
Pablo Aguado: Ovación en ambos.
Julio Norte: Dos orejas y vuelta al ruedo tras aviso en el toro de su alternativa.

Cuadrillas: Han saludado en el quinto de la tarde los banderilleros Iván García y Sánchez Araujo tras una destacada actuación.

jueves, 13 de agosto de 2026

Cara al sol / por Carlos Esteban


 '..¿Cómo va a rebelarse jamás un pueblo que hace cola para comprarse unas gafitas de cartón con las que ver algo que apenas les importaría si no se lo hubieran recordado a tiempo y a destiempo?..'

Cara al sol

Carlos Esteban
Hemos visto todos atacar naves en llamas más allá de Orión y Rayos C brillar cerca de la Puerta de Tannhäuser. En el cine o en la tele, vale, pero lo hemos visto, lo hemos visto todo, el CGI más espectacular y los efectos especiales más impresionantes. ¿Por qué habríamos de tener un especial interés en ver algo tan vulgar como un eclipse?

Debo reconocer lo que nunca confesé en su momento: todos los espectáculos celestes preanunciados me han decepcionado hasta la fecha, ya sea el Eclipse del Siglo, que sucede cada dos o tres años, o las Lágrimas de San Lorenzo. Los eclipses son como esas bandas consagradas que anuncian su concierto de despedida para, al cabo de un mes, volver a anunciarlo, ahora sí que sí.

No soy un cazador paleolítico que vaya a aterrorizarse viendo cómo el dragón del cielo se ha comido el sol, qué le voy a hacer, y en una época dominada por una rabiosa competición de imagen y sonido, una saturación de estímulos visuales, un vulgar eclipse sabe a poco. ¿Esto es todo?, nos decimos. ¿No hay rayos púrpura, ninguna pirotecnia celeste, explosiones cósmicas? Pues vaya.

Pero a la gente le han dicho que hay que ver el eclipse, y hace colas interminables para conseguir unas gafitas ridículas con las que contemplar lo que pueden ver cada vez que les dé la gana de forma mucho más cómoda. El dichoso eclipse se convierte así en una de esas aborrecibles novelas «de obligada lectura» o de esas películas que «hay que ver».

Gente que viaja a los parajes más espectaculares, no para contemplarlos, sino para grabarlos con el móvil y colgarlos en Instagram —¿puede haber algo que estropee más la maravilla que vulgarizarla en un reel?— acepta religiosamente la imperiosa necesidad de ver un fenómeno al que no darían ni dos estrellas en pantalla.

No puedo evitar que me recuerden las colas que hacía el personal para ponerse la vacuna. 

Leo de continuo a muchos que se preguntan furiosos en redes qué espera el pueblo para levantarse, para actuar, para reaccionar ante un gobierno que va poco a poco destruyendo las instituciones, robando a manos llenas, haciendo, en fin, de su capa un sayo con un desprecio «mariaantonietesco» hacia la plebe. 

¿Cómo va a rebelarse jamás un pueblo que hace cola para comprarse unas gafitas de cartón con las que ver algo que apenas les importaría si no se lo hubieran recordado a tiempo y a destiempo?

Y, ya puestos a preguntar, ¿por qué tienen tanto interés en que veamos el bendito eclipse? ¿Cobran comisión? ¿Tienen acciones en una clínica óptica? Suena raro que insistan tanto cuando se trata de un espectáculo gratuito.

Decía Oscar Wilde que nadie valora una puesta de sol porque nadie paga por verla. Los eclipses se parecen a las puestas de sol en que nadie los programa y tampoco se cobra por verlos. Se cobra, eso sí, por protegerse de un posible daño ocular irreparable que también puede evitarse gratis con solo mirar a tierra.

Lo bonito, si acaso, es el día convertido súbitamente en noche durante un minuto y medio; lo interesante, entonces, es mirar alrededor, pero es lo que no hará nadie, porque no es lo que les han dicho en la tele, y las gafas hay que amortizarlas, que no creo que lleguen ilesas al próximo eclipse.

Ceuta: ahora toda Europa quiere cerrar las fronteras / por Vicenzo Monti

 
Curiosa y original frontera entre China y Mongolia

Paradojas de la vida. Lo que la mal llamada Unión Europea se dedica a promover —la invasión migratoria— es precisamente lo que ha hecho estallar el primer principio de la UE: la supresión de fronteras entre Estados miembros.

Hablan del asunto desde Italia, donde Giorgia Meloni trata de impedir que los efectos de la invasión ceutí, permitida por el Gobierno sanchista, se diseminen por el resto de Europa.

Al final, el problema de Giorgia Meloni parece haberse convertido en un problema de todos. Durante más de una semana nos han explicado que los controles italianos tras la crisis de Ceuta eran una reacción histérica, una medida electoral, una provocación contra España y, por supuesto, la enésima capitulación ante la retórica del miedo. Lástima que, mientras tanto, 22 gobiernos europeos hayan firmado una carta contra Madrid pidiendo que se impida que los cruces incontrolados de fronteras, la instrumentalización de la migración y las amenazas híbridas hagan posible la entrada ilegal en la Unión Europea.

Veintidós. No solo Roma. Están la Dinamarca socialdemócrata, la Polonia de Donald Tusk, Finlandia, Suecia y Alemania. Incluso los Estados que se han negado a aislar a Madrid piden un refuerzo de las fronteras exteriores. Ni mucho menos una emergencia inventada por la derecha italiana: Ceuta simplemente ha obligado a Europa a decir en voz alta lo que hasta hace unos años era políticamente inoportuno admitir. Las fronteras existen y alguien tiene que controlarlas.

Ceuta: cada vez es más difícil llamarlo propaganda

Vicenzo Monti
El dato político es incluso más importante que la crisis en sí. Italia y Dinamarca han impulsado una carta firmada por otros veinte países en la que se habla explícitamente de «cruces masivos incontrolados», «instrumentalización de la migración» y «amenazas híbridas». Son prácticamente las mismas categorías que durante días han sido tratadas por la izquierda italiana como el vocabulario apocalíptico de un gobierno en busca desesperada de consenso. Y aquí empieza lo interesante.

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, es socialdemócrata y lleva años liderando una política migratoria que dejaría boquiabierta a buena parte del centroizquierda italiano. Tras lo ocurrido en Ceuta, afirmó que la Unión debe barajar todas las opciones, incluida la suspensión de la cooperación Schengen. Donald Tusk, uno de los símbolos del europeísmo liberal y, desde luego, no un aliado ideológico de Meloni, ha reforzado los controles en las fronteras polacas y gobierna un país que ha construido 186 kilómetros de valla de acero contra la presión procedente de Bielorrusia. La Suecia del moderado Ulf Kristersson repite que «2015 no debe repetirse». La Alemania de Friedrich Merz quiere volver a aplicar el principio de Dublín con mayor rigidez. Si esto es extremismo, evidentemente el extremismo se ha apoderado de casi todo el continente.

Il Fatto descubre que la derecha y la izquierda ya no son tan diferentes

Incluso Il Fatto Quotidiano se ve obligado a constatar el fenómeno, señalando que, en lo que respecta al cierre de las fronteras, «la diferencia entre la derecha y la izquierda ya casi no existe». La explicación propuesta es previsible: campañas electorales, auge de la derecha radical, gobiernos moderados obligados a seguir el ritmo de los populistas. Por supuesto, el factor electoral existe. Pero utilizarlo como explicación universal significa, una vez más, confundir el efecto con la causa. ¿Por qué la derecha radical crece precisamente en torno a la cuestión migratoria? ¿Por qué los gobiernos socialdemócratas, liberales y conservadores se ven obligados a endurecer progresivamente sus políticas? ¿Por qué Suecia recuerda obsesivamente el año 2015, Polonia construye muros, Dinamarca restringe el asilo e incluso la Francia de Macron intensifica los controles? Quizás porque millones de europeos, simplemente, han cambiado de opinión tras observar durante diez años las consecuencias políticas, sociales y de seguridad de las migraciones masivas.

Atribuir cada cambio de rumbo a la «presión de la extrema derecha» permite eludir el hecho más sencillo: la antigua política migratoria europea ha perdido consenso porque ha generado problemas reales. No ha sido Marine Le Pen quien los haya inventado, ni tampoco la AfD. Del mismo modo que no han sido Giorgia Meloni y su Gobierno quienes han inventado la crisis de Ceuta. Pero, sobre todo, no ha sido la propaganda italiana la que ha convencido a veintidós gobiernos europeos de que firmen una carta contra la gestión española de la frontera.

Incluso quienes defienden a Madrid quieren fronteras y límites más fuertes

La paradoja resulta aún más evidente al observar el pequeño frente que se ha negado a aislar a Sánchez. Francia, Portugal, Irlanda y Luxemburgo no han firmado la carta de los 22. Pero ninguno de estos gobiernos sostiene que las fronteras deban permanecer abiertas o que el control de la inmigración sea una obsesión soberanista. Dublín ha pedido una respuesta europea común para proteger las fronteras exteriores de la inmigración ilegal. París ha reforzado la presencia policial en la frontera española. Incluso Macron, que sin duda no quiere acabar con Schengen, debe aceptar que las fronteras exteriores pueden defenderse. Esta es la verdadera transformación que se ha producido en Europa. El debate ya no se centra en quién quiere controlar las fronteras y quién no. Se trata cada vez más de quién debe controlarlas, con qué instrumentos y hasta qué punto es posible suspender la libre circulación cuando la frontera exterior se ve desbordada. Y, por ahora, ésa es una diferencia enorme.

Durante treinta años, una parte importante de la clase dirigente europea ha afirmado que la libre circulación podía separarse de la soberanía territorial. Schengen habría sido el símbolo de un continente finalmente liberado de las antiguas fronteras nacionales. Pero Schengen funciona precisamente con una condición: que alguien controle seriamente el perímetro exterior. Cuando ese control falla, los Estados vuelven inevitablemente a fijarse en sus propias fronteras. Porque, a pesar de todo, la soberanía territorial es una función del Estado antes incluso de ser una postura ideológica. Si decenas de miles de personas pueden cruzar una frontera exterior en pocas horas, si un tercer Estado puede relajar deliberadamente los controles y utilizar esa presión como instrumento diplomático, si los movimientos secundarios obligan a los demás países europeos a reaccionar, entonces el problema existe independientemente del color político de quienes gobiernan.

No se trata sólo de Roma, sino de toda Europa

Por eso, tras una semana de lecciones sobre la histeria italiana, el panorama europeo adquiere tintes casi cómicos. Meloni suspende temporalmente algunos mecanismos automáticos de Schengen y se le acusa de haber convertido Ceuta en propaganda electoral. A continuación, España introduce controles frente a Italia. Veintidós gobiernos firman una carta contra Madrid. La Dinamarca socialdemócrata propone incluso valorar la suspensión de la cooperación de Schengen. Francia, Irlanda y Portugal defienden a Sánchez, pero exigen, no obstante, fronteras exteriores más sólidas. Evidentemente, la pregunta planteada por Roma se ha convertido en la pregunta de toda Europa: ¿quién controla la frontera? Y es una pregunta a la que eslóganes como «acogida», «solidaridad» y «libre circulación» ya no pueden responder.

La crisis de Ceuta ha producido, por tanto, un resultado que va mucho más allá del enfrentamiento entre Italia y España. Ha demostrado que el antiguo compromiso ideológico sobre la inmigración se está desmoronando. Socialdemócratas, populares, liberales y soberanistas pueden seguir discutiendo sobre las soluciones, las repatriaciones, las cuotas y Schengen. Pero ya casi nadie se atreve a sostener seriamente que una frontera abierta sea, en sí misma, una virtud. Durante años nos han explicado que sólo la derecha estaba obsesionada con las fronteras. Tras lo ocurrido en Ceuta, ha bastado una semana para descubrir que, cuando la frontera se ve realmente desbordada, el problema nos afecta a todos.

El banderillero que presagiaba la muerte / por Pedro Casado Martín

 '..fue el peón de confianza del gran José, y con él, tuvo este primer episodio de vaticinio. En Talavera de la Reina, el fatídico 16 de mayo de 1920, a la hora de hacer el paseíllo “Blanquet” estaba visiblemente nervioso, por lo que le comento a su compañero de cuadrilla Enrique “El Almendro”, primo hermano de Gallito, que percibía un fuerte olor a cera..'

El banderillero que presagiaba la muerte

El mundo del toro está lleno de anécdotas, curiosidades y leyendas que han servido para engrandecer algunas épocas y/o a determinados personajes, pero una de las más curiosas es la que va unido al que muchos aseguran que ha sido el mejor banderillero de la historia: Enrique Berenguer “Blanquet”. Dos fueron los matadores a los que acompañó que perdieron la vida en el ruedo, y en las dos ocasiones, un suceso que podríamos considerar de paranormal, fue percibido por el banderillero. Hasta en su propia muerte, dicen algunos testigos que pasó. Vamos a conocer la historia…

UNO DE LOS MEJORES BANDERILLEROS DE LA HISTORIA

Antes de contar el extraño don que poseía el banderillero, me gustaría destacar algunos puntos de su vida, pues no es de extrañar que esté considerado como uno de los banderilleros más completos y famosos de la extensa historia taurina. «Blanquet», natural de la ciudad de Valencia y nacido en el año 1881, como tantos otros, intentó ser matador, sin suerte. De su época torera, hay que decir, por la curiosidad del dato, que montaba el estoque con la mano izquierda, porque era zurdo.

Ya en su carrera como banderillero, actuó con tres toreros de primera línea (además de en otras cuadrillas de menor rango), siendo el peón de confianza de los tres: el gran José Gómez Ortega “Gallito”, Manuel Granero e Ignacio Sánchez Mejías. Era un dominador absoluto de la suerte, un avanzado a su tiempo y con unos conocimientos delante de la cara del toro casi incomparables. Como un claro ejemplo de su solvencia y de la confianza que depositaron en él sus “jefes”, decir que Joselito en más de una ocasión compartió suertes con él, poniéndose incluso a sus órdenes. La poeta Gabriela Ortega, llegó a decir de él, que lo suyo era estar y no estar en la plaza. Dejarse ver cuando es necesario y desaparecer en su momento.

Según citan algunos autores en cuanto a su mote, lo cierto es que, cuando empezó a torear, formando parte de una Cuadrilla de Niños Valencianos, representada por don Ventura Espí, éste le impuso el nombre de «Blanquito», como eco del entonces renombrado banderillero Manuel Blanco; pero, al cabo de pocos años, los carteles ya anunciaban al banderillero con la forma diminutiva valenciana, quedando para la posteridad.

Falleció debido a un ataque al corazón en 1926.

“Blanquet”, vestido de calle (Vía blog “Los toros dan y quitan”)
EL OLOR A CERA

Sobre su biografía y tardes memorables, se podría escribir un buen número de páginas, pero es momento de hablar del don sobrenatural (y nefasto) que acompañó a su figura: presagiar la muerte cuando percibía un extraño olor
 a cera.

Como he comentado anteriormente, fue el peón de confianza del gran José, y con él, tuvo este primer episodio de vaticinio. En Talavera de la Reina, el fatídico 16 de mayo de 1920, a la hora de hacer el paseíllo “Blanquet” estaba visiblemente nervioso, por lo que le comento a su compañero de cuadrilla Enrique “El Almendro”, primo hermano de Gallito, que percibía un fuerte olor a cera, e incluso, pensando que se trataba de un mal presagio, intentó persuadir a Joselito de que no toreara. A medida que avanzaba la lidia, el olor se hacía más y más fuerte y, cuando saltó el quinto toro al ruedo, fue ya casi inaguantable. Podrá ser casualidad, pero el quinto toro, de nombre “Bailaor”, propinó una cornada mortal al Rey de los Toreros que acabó con sus sueños.

Dicen que el banderillero valenciano tuvo ese pensamiento en la cabeza de forma recurrente y, poco tiempo después, cuando entró en la cuadrilla de su paisano Manuel Granero, estaba siempre atento por si le aparecía el olor antes de algún festejo y así avisar a su matador del peligro que le acechaba. Dos años después, el 7 de mayo de 1922, Granero toreaba en Madrid y, camino de la plaza, el diestro ordenó parar el coche de caballos para entrar en la casa de fotografías de Kaulak y hacerse unos retratos. Blanquet, mientras subían al estudio, le comentó a su compañero de cuadrilla “el Mella”, que olía mucho a cera, y que podría otra vez una mala señal. Intentó advertir al torero, pero haciendo caso omiso, fue a la Plaza. Desgraciadamente, aquella tarde Manuel Granero recibía una de las más terroríficas cornadas de la historia de la tauromaquia por el toro Pocapena del duque de Veragua y moría brutalmente en el ruedo.

“Blanquet” se tapa la cara, horrorizado, mientras se llevan el cuerpo ya inerte de Manuel Granero a la enfermería (Baldomero)

Desde ese momento, el banderillero horrorizado por ese extraño don que desconocía su procedencia y para no sufrir más ni hacer sufrir a sus compañeros, decidió cortarse la coleta y abandonar el ruedo para dedicarse a otros negocios.

Sin embargo, poco tiempo después, el literario matador de toros Ignacio Sánchez Mejías, convenció al valenciano para que volviera a los ruedos. Así llegamos al último episodio de esta historia, que ocurrió al 15 de agosto de 1926, en una corrida de toros en la Maestranza de Sevilla.

Cuentan que estando en el callejón, Blanquet, se pone muy alterado pues vuelve a oler a cera, llegando a producirse un pequeño altercado, al tratar el banderillero de impedir que salga al ruedo su matador, con el fin de protegerlo. Una vez más, el torero hace caso omiso de las advertencias del banderillero y sale al ruedo, transcurriendo con normalidad toda la lidia y terminando el festejo sin ningún incidente. El resto de la cuadrilla, se mofan del ya mayor peón y le acusan de ser un supersticioso y un miedoso.

Pero un último hecho, le dará la razón al banderillero para siempre: viajando en el tren camino del compromiso que tenían al día siguiente, Blanquet sufre un ataque al corazón y cae muerto en el trayecto. Había profetizado su propia muerte.

Joselito y su cuadrilla, “Blanquet” el primero por la izquierda / Toreteate.com

De los indultos (va de toros) / por Lope Morales Arias

 '..Hay quien quiere facilitar o “democratizar” la concesión del indulto y hay quien piensa que estamos ante un problema de “indultitis”. Por eso existen los reglamentos que tienen que cumplir los presidentes, muchas veces bajo la presión del público y de los mismos profesionales del sector taurino que -paradójicamente- son los que, antes que nadie, los aprueban..'

DE LOS INDULTOS 
(va de toros)

Lope Morales Arias
Diario Jaén.-
Tanto en los toros como en lo que no son los toros, lo de los indultos está a la orden del día. Y quizá por eso no esté de más detenerse un momento en el significado de una palabra que, lo que es en el ruedo, tiene un sentido muy preciso. Del desuso o del abuso que se haga del mismo en las plazas de toros -o en el BOE, que esa otra en la que no vamos a entrar- se puede discutir y se discute, pero en ambos espacios las normas que lo regulan son bastante claras. Según el reglamento -taurino me refiero- se trata de una medida excepcional cuyo objeto es preservar la raza y la casta de la cabaña brava y mejorar sus cualidades para la lidia. Por eso, al posible semental -que luego tiene que “ligar” porque no es lo mismo embestir que padrear- se le exige que haya tenido un comportamiento excepcional en todos los tercios de la lidia.

Que un toro embista bien en la muleta, que tenga clase, nobleza, recorrido, fijeza y que pueda ayudar a construir una gran faena es algo digno de celebrar y de premiar. Pero la bravura como tal se mide fundamentalmente en la suerte de varas, porque es allí donde el toro la demuestra. “Como el toro me crezco en el castigo...” Esa es la clave que Miguel Hernández cantaba y que, por cierto, también a Jaén le reclamaba. Al toro bravo se le exige además una actitud especial, la codicia. Repetición, la llaman ahora. La codicia, que en el hombre suele ser un defecto y que no deja de estar de moda, en el toro es una virtud. Quiere embestir más, acude y repite al caballo, vuelve una y otra vez a los engaños, no se rinde y va de frente, siempre a más. Eso hace a un toro merecedor de premios y ovaciones, sin que necesariamente deba ser indultado, muriendo dignamente en la plaza con todos los honores. Pero una cosa es reconocer su bravura y otra decidir si sus cualidades son tan excepcionales que merece incorporarse a funciones reproductoras. 

En este asunto, opiniones las hay para todos los gustos. Hay quien quiere facilitar o “democratizar” la concesión del indulto y hay quien piensa que estamos ante un problema de “indultitis”. Por eso existen los reglamentos que tienen que cumplir los presidentes, muchas veces bajo la presión del público y de los mismos profesionales del sector taurino que -paradójicamente- son los que, antes que nadie, los aprueban.

Ocurre a veces en el ruedo que, a la nueva tendencia a esconder la muerte -o a no querer verla en directo- se suma la intolerable falta de pericia de matadores y puntilleros para llevarla a cabo con la debida eficacia y rapidez. Coincidiendo así, al mismo tiempo, públicos que no quieren ver morir, con toreros que no quieren entrar a matar por si le sale mal. Y hasta el ganadero, viéndose así premiado, aunque el toro no le acabe de gustar, aceptaría gustoso la decisión presidencial. Si todo esto queremos adornarlo además con un toque de aparente humanidad, estamos abriendo la puerta a la vieja cuestión de porqué los toros se tienen que matar. Humanizar la Fiesta no se iba a conseguir evitando la muerte, porque la tauromaquia es humana precisamente porque no la esconde. Eliminar la muerte del toro y el riesgo de muerte del torero dejaría sin sentido un rito ancestral cargado de valores morales. “Como el toro he nacido para el luto y el dolor… como el toro”. La frase dicha hoy día puede resultar incómoda, pero quizá por eso mismo conserve tanta fuerza.

Lope Morales Arias
Presidente Federación Taurina de Jaén
Jaén, España

Don Lope Morales, presidente de Festejos Taurinos de Jaén