la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 13 de abril de 2026

El pueblo, la masa… ¡Ay, Hungría! / por Javier Ruiz Portella

El día de san Esteban, fiesta nacional de Hungría, cientos de drones iluminaban de tal forma el cielo de Budapest.

'..Victor Orbán, el valedor de la identidad y de la espiritualidad, el abogado de la nación y la tradición, el único líder capaz de alzar una gigantesca Cruz en los cielos de su capitalVictor Orbán, el capitán, ha mordido hoy el polvo..'

El pueblo, la masa… ¡Ay, Hungría! 

Javier Ruiz Portella
El Manifiesto / 13 de abril de 2026
Ríe hoy Soros (le reabrirán ahora universidades y fundaciones), ríe la urraca Úrsula, se carcajean Zelenski y los fabricantes de armas, ríen los jerarcas de Bruselas, se tronchan los plutócratas globalistas, se descoyuntan de risa zurdos, centristas y liberales. Después de haber estado temblando tanto tiempo, después de haber tenido que tragar tantos sapos, ahora suspiran con infinito alivio: esta vez, dieciséis años después de haber ido acumulando victoria tras victoria, Victor Orbán, el forjador del i-liberalismo, el guardián del muro alzado ante la invasión (con un millón de euros al día lo multaba la UE por no dejarlos entrar); Victor Orbán, el valedor de la identidad y de la espiritualidad, el abogado de la nación y la tradición, el único líder capaz de alzar una gigantesca Cruz en los cielos de su capital; Victor Orbán, el capitán, ha mordido hoy el polvo.

Así agradecen los pueblos convertidos en masas a sus héroes. También en España conocemos algo de tal ingratitud…, pero éste no es hoy el tema. La masa —esa «suma de ceros, donde cada cero», decía Nietzsche, «tiene “derechos iguales”»— es rebaño inconsecuente, tornadizo, voluble. Cosa líquida —como los tiempos mismos. Las masas pueden estar dieciséis años (o veinte, o cuarenta y cinco…) sosteniendo con fervor un régimen, un estilo de vida (lo que se jugaba en Hungría era el destino mismo de la nación) para, al cabo de unos años, dejarlo caer como un juguete que ya ha perdido su gracia.

Los húngaros no lo han dejado caer solos, por supuesto. Ni los pueblos ni las masas nunca hacen nada por sí solos. Toda Bruselas, toda la plutocracia y la burocracia del Sistema —esos mismos que, con razón, veían en la Hungría de Orbán su enemigo irreductible— han puesto en estas elecciones toda la carne en el asador. En el 53% de los húngaros han hecho mella los cantos de sirena enviados desde Bruselas por Péter Magyár (cruel ironía: el enemigo de la nación magiar se llama como su víctima). 

Pronto ésta otra víctima más de la servidumbre voluntariapagará las consecuencias. Pronto se abrirán las fronteras, pronto se iniciará la invasión, pronto la identidad húngara dejará de ser el cálido arraigo en el que se había convertido.

Pero la identidad, ese arraigo que, bebiendo en el pasado, se lanza hacia el futuro y hace que seamos algo en lugar de no ser nada; el destino, en suma, de una nación y de una civilización: ¿esas cosas le importan realmente a la gente?

Depende. A los mayores, así como a la gente del campo y de las ciudades de provincias (eso que, al otro lado de los Pirineos, llaman «la France périphérique»), sí les importan, y mucho, tales cuestiones. Son ellos quienes, en Hungría, han constituido durante todos estos años la base social del régimen de Orbán. Las cosas, en cambio, son distintas —me decían en Hungría hace unos dos años— tanto para los más jóvenes[1] como para los urbanitas de las grandes metrópolis, esos hombres «los últimos», decía Nietzsche, que dan saltos, creen que han inventado la felicidad y guiñan el ojo. Cuando mis amigos húngaros me dieron tales datos, me puse a temblar; hoy se ha confirmado que tenía razón de hacerlo.

La victoria lograda en Hungría por los plutócratas y burócratas va a dañar, sí, pero no va a impedir el avance del movimiento identitario y patriótico que está sacudiendo a Europa. La vida nunca es una sucesión ni de logros ni de desgracias; es una irregular alternancia de ambos, y esta vez ha tocado perder. Hay que seguir, pues, avanzando, luchando, porfiando. Pero también hay que hacer más cosas.

Sobre todo hay que pensar. Hay que pensar en la confianza que se ha de otorgar o dejar de otorgar a los pueblos transformados en rebaños o masas. Hay que pensar en lo tornadizo, en lo voluble de sus opciones y acciones.

Hay que pensar en lo que implica y adónde nos conduce esa cosa a la que llamamos ‘democracia’.

Hay que pensar si la ‘i’ que Victor Orbán, delicadamente, como para no ofender ni chocar, antepuso a ‘liberalismo’, no habría que cambiarla por otro prefijo.

Hay que pensar si no hace falta que el iliberalismo sea definitiva y claramente sustituido por el antiliberalismo.

[1] En España las cosas parecen ser afortunadamente distintas por lo que hace a los jóvenes, el principal sector de edad favorable a VOX.

El Estado contra los ciudadanos / por Jesús Laínz


'..Los Estados y sus agentes ya no están para proteger a los ciudadanos de los delincuentes, sino para proteger al Estado de los ciudadanos. Uno de los efectos más odiosos del afán de los Estados contemporáneos por controlar cada día más férreamente a los ciudadanos es la extensión de su campo de acción desde los hechos hasta las palabras e incluso los pensamientos, ésos que en derecho clásico no delinquían..'

El Estado contra los ciudadanos

Jesús Laínz
En un régimen político libre y justo la distancia entre la ley y el ciudadano debería ser muy grande, tan grande que la ley pasase casi inadvertida para las personas honradas. Pero cuando el ciudadano traspase la línea de la ley, ésta debería caer sobre él con todo su peso. En nuestra época, por el contrario, el Estado se encarga de que la ley nos acose, nos restrinja, nos asfixie, nos persiga, nos limite cada día más.

Los gobiernos no paran de producir normas para regular el más pequeño detalle de nuestras vidas; acabaremos pagando impuestos hasta por respirar; las calles están llenas de cámaras; nuestros ingresos, nuestros pagos, nuestros depósitos, nuestros movimientos bancarios están controlados como nunca antes lo estuvieron; el pago en metálico está cada vez más restringido; se obliga a las empresas a contratar a personas no por sus facultades sino por su sexo, opción sexual u otros criterios de cuota; en el Reino Unido se estudia prohibir las conversaciones sobre temas controvertidos en los bares; se censura lo que se expresa en las redes sociales; se dicta lo que los medios de comunicación pueden dar a conocer y lo que tienen que ocultar; se regula si nuestros perros y gatos pueden o no pueden tener crías; el gobierno pretende inmiscuirse en cómo deben administrarse los sacramentos en la Iglesia católica; en no sé cuántas regiones españolas está prohibido coger setas, caracoles y manzanilla; en Tenerife está prohibido hacer castillos de arena sin permiso del ayuntamiento; en Cádiz está prohibido arrojar arroz en las bodas; y así hasta el infinito.

Los Estados y sus agentes ya no están para proteger a los ciudadanos de los delincuentes, sino para proteger al Estado de los ciudadanos. Uno de los efectos más odiosos del afán de los Estados contemporáneos por controlar cada día más férreamente a los ciudadanos es la extensión de su campo de acción desde los hechos hasta las palabras e incluso los pensamientos, ésos que en derecho clásico no delinquían. Cuando el mundo, al menos el occidental, seguía siendo civilizado, al Estado no le importaban las opiniones de los ciudadanos, por peculiares o reprochables que pudieran ser, siempre que no se plasmaran en hechos que dañaran a los demás. Sólo en los Estados totalitarios se traspasaba esa barrera, lo que demuestra que los europeos de hoy vivimos bajo ese tipo de regímenes por mucho que pasemos por las urnas cada cuatro años.

Y así nació la corrección política para amordazar a quienes se salieran de la ortodoxia. Como consecuencia de ello, en tiempos recientes se ha inventado esa aberración jurídica y moral denominada delito de odio según la cual se considera agravado un delito cuando el juzgador estima que el móvil del infractor fue el odio racial, religioso o ideológico, generalmente el primero. Pero un crimen debe ser castigado por ser un crimen con independencia de las escurridizas deducciones ideológicas que se pretendan descubrir detrás de él.

Malos tiempos para el pensamiento. Los totalitarios con piel de demócratas saben muy bien que un hombre educado y consciente es mucho más peligroso para el Estado que un criminal, puesto que mientras que éste representa un peligro solamente para los demás ciudadanos, aquél puede encarnar una amenaza contra el orden establecido. Y nunca se sabe dónde, cuándo y cómo se recogerá el fruto que siembra una palabra.

Quizá de ahí provenga la destrucción de la educación desde parvulitos hasta la universidad. Con un pueblo de ignorantes se consigue un excelente rebaño de borregos.

Feria de Abril 3ª. Oreja a la entrega de Rafael Serna / Antonio Lorca

 Rafael Serna torea al natural al quinto de la tarde. José Manuel Vidal (EFE)

El torero sevillano, un derroche de pundonor, fue el mejor librado de una corrida de Fuente Ymbro mansa, áspera y violenta.

Oreja a la entrega de Rafael Serna

Antonio Lorca
El sevillano Rafael Serna no es un exquisito, pero hizo el paseíllo consciente de que esta era una corrida a cara o cruz para su carrera. El pasado año solo lidió tres corridas, y su paso por Las Ventas el pasado Domingo de Resurrección, ante los toros de Martín Lorca, no estuvo acompañada por la suerte. Por eso, Sevilla era el lugar idóneo para darlo todo, para una entrega sin límites, a la espera de que saliera ese toro que le permitiera desarrollar su arrojo, su pundonor y ese espíritu batallador que impregna a quien carece de un tarrito de esencias.

Y Serna cumplió a la perfección con el protocolo. Peleó como mejor pudo contra un primer toro complicado, de feo estilo y brusco comportamiento; manso como toda la corrida, violento, que embestía muy desigual, cargado de dificultades, que tiraba tornillazos y llegó a desestabilizarlo. Pero no se arredró y recibió al quinto de rodillas en los medios con una larga cambiada que le obligó a tirarse al suelo; pudo, no obstante, trazar cuatro limpias verónicas, las únicas que se dibujaron en toda la tarde. Brindó a la concurrencia, se hincó de rodillas y de tal modo inició la faena de muleta a un toro de casta violenta, con genio, carácter y movilidad, pero ayuno de clase.

Así las cosas, a Serna solo le quedaba jugarse el tipo y demostrar que el valor no solo se le supone o tirar la toalla. Decidió asentar las zapatillas, aguantar las airadas embestidas de su desabrido oponente, y que sea lo que Dios quiera.

Lo que sucedió entonces es que toda su labor resultó embarullada, tan temperamental como falta de hondura, pero también un derroche de disposición, de entrega y pundonor. A quien lo da todo con honestidad no se le puede pedir más. Se dobló por bajo con torería antes de cobrar una estocada trasera que fue suficiente para que paseara una merecido oreja por una disposición de torero valiente.

La corrida de Fuente Ymbro, muy bien presentada, rompió las ilusiones de la joven terna por su mansedumbre, su violencia, su dureza y aspereza.

Con estos mimbres se encontró Álvaro Lorenzo, que pareció un torero resucitado (no hay nada como verse en el fondo del precipicio para reaccionar), y dio una lección de seguridad y firmeza ante un primer toro bruto y muy deslucido. Nunca le perdió la cara el torero, quien dejó claro que le adornan cualidades para seguir intentando ser alguien en el toreo.

Devolvieron allá por el tercio de banderillas al cuarto y en su lugar salió un sobrero de Murteira Grave que parecía que acusaba problemas en la vista, además de ser un toro manso, desabrido y descastado. Con tal material, Lorenzo no pudo mostrar un decidido esfuerzo por no desentonar.

Tampoco desentonó el albaceteño Molina, que se presentaba en La Maestranza. De rodillas en los medios recibió a su primero y pasó apuros, pero, al menos, quedó clara su disposición. Trazó un par de ajustadas chicuelinas, y poco más. El toro, manso como los demás, muy dolido en banderillas, soltaba la cara en sus embestidas y sin fijeza alguna se empeñó en deslucir las buenas intenciones del torero.

En el quinto de la tarde dibujó un quite por tafalleras que hilvanó con una vistosa revolera y levantó los olés del público, y en el suyo, el sexto, solo estuvo correcto y sin brillo. Se movió el animal en el último tercio, pero sin calidad alguna, de modo que, entre tornillazos y la cara por las nubes, se esfumaron las buenas intenciones de un torero que volverá a su tierra con la cabeza cargada de interrogantes.

F. Ymbro/Lorenzo, Serna, Molina

Toros de Fuente Ymbro, -el cuarto, devuelto-, bien presentados, mansos, bruscos, complicados, violentos y muy dificultosos. Destacó el quinto por su movilidad y casta en el tercio final. Sobrero de Murteira Grave, justo de presentación, manso, soso y descastado.

Álvaro Lorenzo: pinchazo, estocada trasera _aviso_ (ovación); pinchazo y estocada caída (silencio).

Rafael Serna: tres pinchazos _aviso_ y casi entera muy baja (silencio); estocada trasera (oreja).

Molina: estocada contraria (silencio); media tendida y atravesada, pinchazo y estocada _aviso_ (silencio).

Plaza de La Maestranza. 12 de abril. Tercer festejo de abono de la Feria de Abril. Media entrada.
12 Abril 2026

Los toros: Un maratón televisivo / por Antolín Castro

Donde hay toros, por suerte las cámaras de televisión están ahí

'..casi todas las televisiones autonómicas, por no decir todas en cuyas regiones hay toros, ofrecen festejos televisados que, al contrario de lo que podría pensarse, dan resultados positivos en audiencia y, consecuentemente, en cifras económicas..'

Los toros: Un maratón televisivo

Antolín Castro
Opinión y Toros / 12 Abril 2026
Desde ya estamos inmersos en un maratón taurino y televisivo sin precedentes.

Cierto es que eso a TVE le importa muy poco, alejados como están de todo cuanto interesa a una gran parte de los televidentes. Un sectarismo evidente que impide que sea la televisión de todos. Pública, pero con más encorsetamiento que cualquiera de las privadas, priman los gustos y caprichos de unos contra otros, contra aquello que les pueda gustar a ‘la parte contraria’. Los toros son una prueba evidente.

Pero, hete aquí que las pruebas desmienten ese boicot intencionado, y casi todas las televisiones autonómicas, por no decir todas en cuyas regiones hay toros, ofrecen festejos televisados que, al contrario de lo que podría pensarse, dan resultados positivos en audiencia y, consecuentemente, en cifras económicas.

Por tanto, si los telespectadores quieren toros en sus casas a través de la televisión, los poderes públicos están obligados a dárselos. No es una cuestión de políticas, es de sentido común cuando este no está anulado por el sectarismo.

Y ese interés creciente ha derivado en una oferta televisiva que es un maratón en toda regla. Además de los canales autonómicos, la televisión de pago, Onetoro, da toros y completa la oferta hasta hacer que sea una completa difusión de la temporada.

Inmersos en la feria de Sevilla, y pasada la feria francesa de Arles, no hay un solo técnico de cámara, de cables y de micrófonos que esté en el paro. Tras de Sevilla, repartido entre la privada y Canal Sur, la pública andaluza, llegará San Isidro y ahí será otra pública, Telemadrid, quien hará llegar la feria a todos los rincones del globo.

Sabemos que no todos tienen contratado el canal taurino de pago, que no todos saben conectarse a través de internet al resto de canales, pero hasta en eso hay solución.

Casi todo aficionado, a pesar de esas limitaciones, vive en Castilla La Mancha, donde su televisión tiene la mayor oferta anual; Andalucía a través de Canal Sur emite en directo para millones de personas, Telemadrid con su Copa Chenel complementa la oferta isidril para otros cuantos millones de espectadores, sin olvidarnos de las televisiones de la Comunidad Valenciana, Aragón y Extremadura que no dejan a sus aficionados huérfanos de festejos.

Y así suben sus audiencias, al tiempo que su oferta respeta a las aficiones de cada provincia. No solo de fútbol se puede vivir, y son muchas televisiones públicas quienes ofrecen los toros completamente gratis. Y todo sin necesidad de que las plazas se resientan en la asistencia, mejor imposible.

Creemos que es obligado darles las gracias a todas ellas y, mientras lo hacemos, nos disponemos a disfrutar frente al televisor del maratón taurino más grande de la historia.

domingo, 12 de abril de 2026

Mario Vargas Llosa y su amor a los toros / por Pepe Campos


'..La afición a los toros de Mario Vargas Llosa se forjó en su infancia cuando en la ciudad de Cochabamba, en el entorno familiar de los Llosa —familia materna— su abuelo le llevó a ver su primer festejo cuando Mario tenía nueve años..'

Mario Vargas Llosa y su amor a los toros

En el primer aniversario de su muerte, un recuerdo a la afición taurina del escritor.

Por Pepe Campos
El aniversario de la muerte de Mario Vargas Llosa hace idónea una reflexión sobre su afición a los toros que siempre —a lo largo de su vida— proclamó y explicó. Pocos intelectuales de calado le fueron quedando a la tauromaquia, como defensores de la misma, entrado el siglo XXI, principalmente porque muchos de los denominados hombres ilustres de la cultura hispana habían y han decidido desde hace mucho tiempo ausentarse de todo debate social relacionado con las señas de identidad de su propia nación. Viene a ser un fenómeno amplio de aculturación anglosajona, ahora globalista, que ha sufrido la intelligentzia española desde los años sesenta y setenta del siglo XX —en líneas generales, ya una «inteligencia» poco relevante, por su bajo nivel creativo respecto a otros periodos—. Dicha mutación se fue ubicando en las proximidades de una visión de la vida adherida a un sistema democrático abusivo con el pasado español, si del terreno histórico hablamos. En definitiva la intelectualidad de nuestro país se ha visto inclinada —por un complejo de cariz democrático, en apariencia— a verse reconocida como un movimiento moderno simpatizante de las proclamas surgidas del mayo del 68, por poner una referencia que nos instale en este nuestro tiempo, como puede ser el desapego a la estructura familiar, al amor leal, al derecho a la vida, a los valores de la historia —maestra de la vida— y a la propia tradición —ya sea en el pensamiento, en lo literario, en lo musical, en torno a los ritos y las fiestas—. Todo lo ajeno y más si es anglosajón, en cambio, ha arraigado en un ambiente cultural de mínimos, que hemos vivido y soportado, desde la inmersión en la llamada transición a la democracia. Y esto no ha ayudado a que los hombres de cultura se planteen entender el hecho taurino.

Hubo todavía, no hace demasiado, una época donde las figuras históricas de la cultura hispana vivían —no habían desaparecido— y sustentaban el nervio que la producción artística de un país debe tener. Fueron extinguiéndose y con ellos toda relación con la rica tradición hispanoamericana. Si hablamos de literatura, por ejemplo, teníamos a Gonzalo Torrente Ballester, a Miguel Delibes, o a Camilo José Cela, y a otros; o bien a Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Octavio Paz o Gabriel García Márquez. Podría buscarse la misma valoración en otros campos, pero no es cuestión de extenderse. En este sentido, parece que sobre esa pléyade de creadores de la hispanidad en distintas áreas creativas, cuando se concedió a Mario Vargas Llosa el premio nobel de literatura de 2010 —de los últimos concedidos con valor auténtico—, por su figura y su significación, se mantenía en el tiempo esa etapa de la cultura hispana, que parecía permanecer y que no se había acabado

Mas vayamos a nuestro tema. En aquellos años que hemos referido los intelectuales podían ser antitaurinos —toda una elección, seguramente bien meditada—; no obstante, estaban próximos al suceso taurino como un hecho perteneciente a la idiosincrasia de lo hispánico. En 2010 —prohibición de la tauromaquia en Cataluña— el infortunio había llegado y era una realidad. Casi todas las figuras de nuestro reciente pasado histórico, no sólo habían muerto sino que no habían sido sustituidas dentro del tejido cultural por otras con la misma valía. Hoy, nos encontramos en un páramo en lo referente a la creatividad y a la opinión, sin personalidades de fuste, y observando que los nuevos personajes de la cultura, habitan en la aceptación de normas buenistas globalizadoras, provenientes de añejas ideologías revolucionarias. Todo esto, como decíamos, les aleja de tener interés por la tauromaquia y de poder entenderla o, en otro sentido, sobrellevarla.

Los toros, un área privada y recóndita

Por lo expuesto más arriba destacamos el compromiso mantenido por Mario Vargas Llosa alrededor de la tauromaquia. De entre lo escrito y lo manifestado por el autor peruano sobre el mundo de los toros —la mayoría breves artículos—, como primera observación, encontramos una firme creencia, por parte de él, en la imposibilidad de que pueda existir un fluido diálogo entre quienes entienden el arte taurino y aquellos que lo atacan y lo denigran, debido a que ambos tipos de personas se mueven en esferas de comprensión y valoración totalmente opuestas. Así, para Vargas Llosa, los amantes de la fiesta taurina, en su ánimo y en su inteligencia, existe una predisposición honda a la hora de penetrar en los secretos de la tauromaquia, es una inclinación natural y espiritual de la persona que la conecta con un arte que no se puede explicar desde la racionalidad —este es un motivo de que en las conversaciones o debates entre taurinos y antitaurinos se dé la frustración—, porque es un arte, el de los toros, que se mueve en el territorio «de las emociones y de las sensaciones». Este aspecto, como actividad, lo conecta con otras artes volátiles, efímeras, que nacen y mueren según se dan y se representan, como son la poesía —al leerla y al escucharla— o la música, por ejemplo. No es posible una segunda contemplación de igual magnitud en ninguna de ellas. Así «la sensibilidad y la intuición» de cada persona o aficionado decantan la afinidad por gustarlas y entenderlas. No todo el mundo tiene por qué captar lo que estas artes transfieren y transmiten al producirse —en el caso del toreo, un arte analfabeto, como dijera José Bergamín, porque nace y muere en un instante y se realiza con un componente de conocimiento pero que requiere improvisación—. Por ello, la íntima manera de cada individuo de asimilar el mundo, determina —aparte del contexto histórico, social y familiar— que se pueda sentir y se disfrute este arte, el taurino, milenario, mediterráneo, español e «interplanetario», según exponía esto último Bergamín—.

Sí, el toreo, un arte de traza universal; no obstante, de percepción, íntima, privativa, existencial —adherido a nuestra manera de ser y de encauzar la vida— y liberal. Hablar sobre él, para explicarlo, requiere un mismo plano de receptividad y de cultura en el receptor. En un sentido más concreto, Vargas Llosa, vislumbraba un área recóndita de sapiencia popular —si bien, aristocrática— y antropológica, en la tauromaquia, que se escenifica, como un ejemplo, una cala, en los controvertidos «silencios» de Sevilla, en su Real Maestranza. Serían silencios, en este caso, que definen la finura que posee el pueblo andaluz, depositario de conocimientos naturales no normativos, sino ancestrales, transmitidos por medio de la cultura de la sangre, de lo verdaderamente genuino, cuando un pueblo atesora lo mistérico y lo metafísico. De ahí, para Vargas Llosa, surge ese instante de silencio colectivo previo a un momento de «milagro» artístico, cuando se puede alcanzar en la futura acción aquello que por bello y profundo no se consigue luego explicar racionalmente y sólo es factible sentirlo, en el mismo momento que se genera, con el intelecto del alma. 
Los silencios de Sevilla sabemos que pueden reflejar un mundo irreal, teatral, de posible poca exigencia ante el propio espectáculo —ante un toro de escasa fiereza y de pobre verdad artística por parte del matador—, si bien Vargas Llosa quiere ver en ellos otra perspectiva, una especie de revelación de la sabiduría andaluza, intransferible, un estado de ánimo de un pueblo antiguo y diligente, que es señalado de bullanguero y superficial, pero que en verdad posee una agudeza inmemorial. En un plano ideal, en una excelsa lidia y ante una faena regia del matador es posible que pueda aflorar —por qué no—, y anticiparse ese silencio —no cuando no hay nada que decir— sino cuando «la lidia adquiere un estado de absoluta armonía entre el toro y el torero». Si el público de los toros se adelanta —se anuncia— con un silencio expectante —una esperanza— a esa coyuntura del prodigio artístico taurino, entonces, ese instante —esa comunión—, donde se detiene el tiempo, tiene toda su validez.

Los toros desde la infancia, la familia y la localidad: Antonio Ordóñez

La afición a los toros de Mario Vargas Llosa se forjó en su infancia cuando en la ciudad de Cochabamba, en el entorno familiar de los Llosa —familia materna— su abuelo le llevó a ver su primer festejo cuando Mario tenía nueve años. Este es un suceso determinante para muchos futuros aficionados: la entrada en el complejo mundo taurino por medio de un familiar —que casi siempre ha sido el abuelo, a veces, el padre— que decide compartir su afición con su nieto o hijo. En el caso de Vargas Llosa acudir a aquella su primera novillada «de la mano del abuelo Pedro» fue fundamental. La plaza de toros de Cochabamba estaba en un alto, y ese camino hacia el coso fue un momento que nunca olvidó. Luego, el contacto con el mismo espectáculo pleno «de gracia, valentía, invención y brujería, de garbo, hondura y pinturería», tanto que a él le produjo «fiebre» por lo taurino. Ya quiso ser torero, desde entonces. Esto, como sabemos, no llegó a cumplirse, pero sí se mantuvo para siempre «su afición por la fiesta»; porque ha sido un fiel espectador de numerosas corridas en diferentes escenarios (Lima, Madrid, Sevilla…). 

Ese entusiasmo que él sintió por los toros ya tenía el previo abono de las conversaciones escuchadas en su casa porque varios familiares eran muy aficionados, en este caso eran belmontistas, partidarios del «coraje» de Juan Belmonte, y no tanto de «la ciencia de Joselito». Muchas de estas cuestiones las explicó Vargas Llosa en su excelente artículo «La capa de Belmonte» (2003). La excitación de la familia cuando se toreaba de salón en su casa con esa capa que veneraban, era portentosa; y aquellos pasajes visuales, Vargas Llosa los recordará como un momento de oro de su infancia. Como complemento de aquella época, para querer ser torero y para sentir pasión por la tauromaquia, también cohabitó en su fantasía —nos dice en ese memorable artículo— el impacto que le produjo, por aquellos años, ver en el cine la versión de Sangre y arena de Rouben Mamoulian. La locura se desató en su imaginario, y se extendió, no sólo a torear de salón, sino a ver toros en Lima, en las plazas de Acho y en la Monumental.

De ver toros en Acho vino su primera adhesión a un torero que se mantuvo toda su vida, y fue estar seguro —después de verle por primera vez— que Antonio Ordóñez ha sido uno de los mejores toreros que han existido en la segunda mitad del siglo XX. Vargas Llosa piensa que Ordóñez fue el restaurador del toreo rondeño en aquella época, un concepto que coincide con el criterio de Guillermo Sureda —para quien este matador devolvió a la tauromaquia la necesidad de cargar la suerte en aquellos años cincuenta del siglo pasado—. La máxima valoración del toreo de Ordóñez se ha dado en lo manifestado por críticos como Gregorio Corrochano o Antonio Díaz-Cañabate, que le vieron toda su trayectoria, digamos, coincidiendo en que era un torero con una tauromaquia, a la vez, de pureza y de arte. Vargas Llosa dirá de Ordóñez que era un «maestro del toreo profundo, del pase sosegado y esencial, dueño del espacio y del temple». Esta manera de entender el toreo de Ordóñez le conecta con la figura de Ernest Hemingway, que quedó hipnotizado por la perfección técnica y creativa de Ordóñez, y que con el extraordinario relato El verano peligroso (1960) quiso situarle en la cima de la historia de la tauromaquia, por su clasicismo y su conocimiento, y como poseedor del excelso don del temple. Vargas Llosa, como tantos otros aficionados o críticos —los aludidos antes— y escritores —Peter Viertel, incluso, Andrés Amorós— fueron testigos de ese combate taurino en las alturas que mantuvieron durante la temporada de 1959 en España, Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, y que todavía se recuerda. Digamos que Hemingway se volcó con Ordóñez y esta creencia suya ha causado una histórica controversia. Por su parte, Vargas Llosa expresó que le hubiera gustado haber escrito sobre Ordóñez y su arte, si bien no tuvo esa persistencia y perseverancia hacia el toreo que conlleva el hecho de ponerse a escribir una obra de hondura sobre tauromaquia.

Yawak (el cóndor y el toro), de José Manuel García Hernández

Un acontecimiento popular, español y peruano

Desde esa posición de un escritor simplemente aficionado al toreo, sin tiempo para meditar sobre él, Vargas Llosa ha tenido una idea amable sobre la fiesta de los toros y no ha entrado en la crítica, ni en los entresijos. Sí, ha creído que el mundo de los toros remite a los momentos mágicos en los que los humanos y los animales luchaban por sobrevivir en el planeta tierra, a un tiempo no excesivamente lejano, y que sirve como metáfora de referencia, pues lo creado por el hombre, la civilización, puede derrumbarse en cualquier momento y en el espacio de una o dos generaciones —lo estamos viendo—. Los toros aluden a esa lucha por la vida que en la naturaleza existía, en estadios de evolución material más lejanos. La lucha por la pervivencia, y el hombre como un animal más. Un aspecto que no ha desparecido a pesar de que las ideologías progresistas están en el empeño de un nuevo sujeto, una nueva moral y una diferente civilización con máxima igualdad entre sus individuos, que posiblemente no encaja con el haber de los seres y de las especies, ni con el medio natural, ni con el sentido ético que los humanos han creado. En la ética que conocemos el matador —también, mortal— expone su vida ante el toro —un tótem— en un equilibrio de fuerzas —no de inteligencia—, donde ejemplifican la cuestión que nos mantiene en el planeta tierra, la lucha, la superación, trabajar por un final decoroso, consolador, aunque no entendamos en qué consiste el hecho del vivir y su por qué; de ahí la filosofía y la religión. Vargas Llosa piensa que la tauromaquia es un contrapeso, un rito primigenio, un sacrificio, una alegoría, un bálsamo para el hecho de pensar, para la cultura del hombre, que no llega a saber qué hay detrás del suceso éste de estar aquí y de morir, tal vez, desaparecer, o, con la posibilidad de trascender.

Vargas Llosa veía a los toros como una creación popular y de ahí surge la idea de ser una fiesta. El aficionado a los toros acude a sentir el rito, el arte, pero sin olvidarse de la alegría y del regocijo, y por ello establece una valoración positiva de lo que sucede en los ruedos, sin entrar en los conocimientos que atesoran los aficionados cabales que velan por la verdad de los preceptos taurómacos. Porque esta es otra historia, un territorio para los historiadores, para que evalúen la evolución de la tauromaquia, sabiéndose que ésta nace y se mantiene en la historia de los países de índole íbera e hispánica, y afines; donde es reunión, comunión, sociabilidad y cohesión, y una igualación entre distintas clases sociales y distintos modos de pensamiento. Un último aspecto que ha dejado claro Vargas Llosa es que los toros, a pesar de ser un hecho que llega a Perú mediante la hispanidad, es verdaderamente, con toda seguridad una ceremonia que pertenece a la identidad cultural de Perú. En su sobresaliente última obra, Le dedico mi silencio (2023), nuestro autor vuelve a la idea del silencio, que lo entiende como ese abrirse al abismo del suceso profundo que nos depara el arte, antes de producirse y mientras se desencadena. Ese silencio que defiende como una seña de civilización sazonada cuando se manifiesta en la Real Maestranza de Sevilla, y en Madrid, con mayor estupor.
También, lo identifica como algo propio de la plaza de Acho. Un silencio que reivindica en esta su última novela, como una manera de defender lo identitario para Perú ante un moderno progresismo, que cuando toca algo lo arrasa. Identifica la música criolla con la verdadera música del Perú, y el silencio —silencio taurino— como una contestación existencial ante los misterios del arte. Un silencio —un asombro— que como paradoja sigue vivo en las corridas de toros, y que se mantendrá en las mismas a pesar del acoso de la mentalidad animalista. Pasada esta época de derribo, los toros permanecerán. Como esta novela habla de la peruanidad, escribe estar seguro que sobrevivirán como un símbolo de la unión de lo indígena y de lo hispánico (caso del Yawar Fiesta) por ser una fiesta peruana sentida por las personas más humildes: los toros son peruanidad y, en su opinión, refuerzan «la unión —cóndor y toro— de lo indígena y lo español que subsiste en el suelo patrio».
Madrid, 12 de abril de 2026

Ahora es duro acartelarse con Morante / por Rafael Comino Delgado


'..Los que se acartelen ahora con Morante saben que para lograr un ¡Olé! tendrán que hacer mucho más que Morante, y no digamos para cortar una oreja..'

Ahora es duro acartelarse con Morante

Rafael Comino Delgado
Los públicos, de todas las plazas, están con Morante al mil por cien, y casi todo lo que haga se lo van a aplaudir a rabiar, le van a consentir lo que a otros criticarían duramente, y más en Sevilla que es su tierra. Pero no solo pasa esto en Sevilla, yo creo que todas las plazas tienen sus consentidos, y también los que no caen bien, a los que se les mira con lupa, y exigen más que a los otros. En las Ventas de Madrid, primera plaza del mundo con razón, por el toro que sale, por las exigencias y porque tiene muy buenos aficionados, el Tendido 7 tiene sus caprichos y sus toreros, con  los que son más benévolos,  y otros a los que tratan con más dureza. Pero insisto es la primera plaza del mundo, a gran distancia de la segunda, con motivos más que suficientes. Y, ¿cuál es la segunda? Decídanlo ustedes. Para mi antes estaba muy claro, pero actualmente las cosas han cambiado mucho.

Así es la vida en el toreo y en muchas otras actividades, hay que admitirlo, y tirar para adelante haciendo cada uno lo que pueda, y el que tenga la suerte de estar entre los elegidos para ser idolatrado, pues que dé gracias a Dios.

Los que se acartelen ahora con Morante saben que para lograr un ¡Olé! tendrán que hacer mucho más que Morante, y no digamos para cortar una oreja. Tendrán que luchar contra algo imposible de vencer que es: en parte el duende o pellizco que Morante tiene  y otros no (pero es que  a veces le dicen ¡olé! a un lance o muletazo con tremendo enganchón), en parte el capricho del público y en parte la sugestión colectiva. Y eso debe ser descorazonador para ellos, y puede que  quebrante seriamente el ánimo de algunos, al ver como aplauden a Morante lo que a ellos ni prestan atención, porque a Morante ahora (no siempre ha sido así) se le idolatra, se le venera por una gran mayoría de públicos, no digo de buenos aficionados. 

Cuenta la Historia que Luis Miguel Dominguín decía, “lo que más me molesta es que mientras yo estoy toreando, mucha gente está más pendiente de lo que hace Manolete en el callejón”, pero es que en aquel tiempo Manolete, además de muy buen torero, con su enorme personalidad y majestuosidad, era adorado por los aficionados, aunque también los había que cada día le exigían más y más, sin límite. 

¿Hasta cuándo va a ser así con Morante? Eso nadie lo sabe, pero mientras tanto, está metiendo a muchísima gente en las plazas, está llevando a los toros a gente que probablemente nunca o casi nunca ha ido (como será que ya ha colgado el  “no hay billetes” en la goyesca de  Ronda, cuando faltan cinco meses), lo que es muy bueno para el toreo, por eso yo digo, ¡qué siga así mucho tiempo!  Con otras formas, con otro estilo, con otras motivaciones, pero gran torero, Manuel Benítez, El Cordobés, creo yo que llevó a la plaza hasta a los pocos antitaurinos que había en los años sesenta del siglo pasado, y ello fue buenísimo para el toreo. 

Y hay otro torero con el que ahora están muy a favor los públicos, que es David de Miranda, de lo cual me alegro, porque le ha costado muchísimo sacrificio conseguir el sitio que tiene, pues tomó la alternativa en agosto de 2016, y abrió la puerta grande de las Ventas el 24 de mayo de 2019, en su confirmación, a pesar de lo cual ha estado largos años toreando muy poco. Le deseo mucha suerte y muchos éxitos, pero tendrá que arrimarse muchísimo y quedarse muy quieto, porque esa es la etiqueta que se ha puesto y le han puesto.

En Sevilla… Empeñados en el hundimiento / por Antonio Lorca

Lama de Góngora

'..Puede parecer una exageración, pero da la impresión de que los presidentes de la Real Maestranza, al menos los dos que ha subido al palco en estos dos festejos celebrados, están empeñados en hundir de una vez por todas el prestigio de esta plaza que, actualmente, está por los suelos por sus errores de bulto, inconcebibles hace solo unos años e impropios de aficionados de medio pelo..'

En Sevilla… Empeñados en el hundimiento

Sin petición mayoritaria y tras un pinchazo y un aviso, el palco concedió una oreja a Lama de Góngora; Pepe Moral y Fabio Jiménez, por encima de una bella, desigual y descastada corrida de Alcurrucén.

ANTONIO LORCA
Era evidente que no había petición mayoritaria, la faena del torero tuvo momentos brillantes, pero no fue una actuación redonda, pinchó y sonó un aviso antes de cobrar una estocada. Pues aunque parezca extraño, el presidente, a la sazón José Luque, enseñó su pañuelo blanco y concedió la oreja al matador.

Puede parecer una exageración, pero da la impresión de que los presidentes de la Real Maestranza, al menos los dos que ha subido al palco en estos dos festejos celebrados, están empeñados en hundir de una vez por todas el prestigio de esta plaza que, actualmente, está por los suelos por sus errores de bulto, inconcebibles hace solo unos años e impropios de aficionados de medio pelo. Pero ahí siguen, refrendados por el poder político, que apoya esta trepidante degeneración de la plaza sevillana, que antaño fue santo y seña de la sapiencia y la categoría.

El torero beneficiado por el desliz presidencial fue Lama de Góngora, sevillano, de buen corte y escasos contratos, que se encontró con el toro más potable de la tarde, y mostró su mejor versión en una faena intermitente por su escasa experiencia a pesar de su ya larga carrera como matador. El comportamiento del toro fue de menos a más, al igual que la actuación de Lama.

Le costó entrar en faena, molestado por el viento, y buscó la sintonía con su oponente, sin encontrarla, con la mano derecha. Mejor con la zurda, y con más clase el toro por ese lado, y Lama dibujó varios naturales extraordinarios, más confiado en sus posibilidades. Mató mal, pero paseó un trofeo, que ojalá le sirva para su carrera porque atesora condiciones y escasa suerte. No tuvo opciones con el quinto, soso y descastado.

Lo que son las cosas: la lluvia, que cayó con fuerza durante la lidia del cuarto, perjudicó gravemente a Pepe Moral. El público huyó hacia las gradas cubiertas, más pendientes los del tendido del paraguas que de lo sucedía en el ruedo. Y sucedía que un torero hambriento de contratos trazaba buenos muletazos por ambas manos a un toro con cierta nobleza.

Fue una labor deslavazada, ciertamente, pero merecedora de oreja si se le aplicaba el mismo baremo que a Lama de Góngora. El agua disipó los pañuelos y el premio quedo reducido a una vuelta al ruedo.

El primer toro de la tarde se dio una gran costalada al salir del caballo y quedó mermado de facultades para lo que le quedaba de vida. Ni el animal ni el torero estuvieron lucidos; el primero, sin resuello, y el segundo, despegado en los muletazos que consiguió trazar.

Y debutaba como matador en Sevilla el riojano Fabio Jiménez, que el año anterior dejó buen sabor durante su paso como novillero. Le tocó el peor lote, sosos, parados y deslucidos los dos. Jiménez quedó inédito con el capote, y muleta en mano solo pudo decir que posee buen corte y es candidato a nuevas oportunidades.

La corrida de Alcurrucén, preciosa de hechuras y capa, bien presentados todos ellos, pero de escaso juego. Muy deficientes en el tercio de varas y sosos y descastados, en general, en la muleta.

Sevilla. Plaza de La Maestranza. 11 de abril. Segundo festejo de abono. Media entrada. Durante la lidia del cuarto toro llovió con intensidad. Toros de Alcurrucén, bien presentados, de bonitas hechuras y variedad de capa en distintas tonalidades de colorao; mansos en los caballos, nobles, descastados y sosos en el tercio final. Destacó el segundo por su clase en la muleta.

Pepe Moral: Ovación y vuelta al ruedo.

Lama de Góngora: Oreja con aviso y silencio.

Fabio Jiménez: Ovación con aviso y silencio.