'..El partido había acabado, aunque la gente se había estado yendo antes. Así, el estadio quedó pronto vacío. El Madrid se despedía de Mestalla, y el Mestalla, seguro, del Madrid. Sus localidades. Su visera. La grada de la mar. Su vieja estructura, en la que algo tuvo que ver. La mole de la Avenida de Suecia, con ese pronto tan suyo, para siempre en nuestro corazón..'
Hughes
Pura Golosina Deportiva
No era el Valencia fallero y bronco de otras veces. Apocado el público, aunque con ganas, y el equipo en un 5-4-1 con jalapeño de Aguirre, siendo el jalapeño Sadiq, al que mandaba a luchar contra lo imposible, pues el Madrid salió de una pieza y con el once de gala.
El público apretaría y faltaba ver por dónde saldría el árbitro, que en los primeros minutos dejó alguna duda alimentada por la miopía llamativa de uno de los jueces de línea.
Pero el Madrid estaba muy bien plantado, y el balón lo manejaba con fluidez y velocidad, como un circuito logrado. Sin manierismos, sin tonterías. Pim, pam, pim, pam, dándole Bernardo Silva algo de pausa, de ligero desmayo.
Hubo una acción muy clara: Huijsen pasaba el balón como un contrabando entre valencianistas al lugar central de Bellingham. Ése era el nervio más importante del Madrid.
A los 9 minutos, el partido paró para recordar a Jesús de Miguel. Yo creo que al entrenador Aguirre se le saltaban las lágrimas.
El Madrid empezó buscando a Diomandé, que se la liaba de colores a Pepelu. Por allí cerca andaba Maffeo, y fue inevitable pensar y hasta temer que Diomandé picara ese anzuelo. Cuando le dio la patada inevitable, por suerte no reaccionó.
Eran ya un par de fueras de juego, un par de faltas, y a Mourinho se le dibujaba en la cara la ira callada.
La polémica arbitral hacía aparecer al viejo Mestalla, que con el antimadridismo se hace bombonera. Iba a ser el último partido del Madrid en el estadio.
Maffeo, cubierto de tatuajes como el calco de una quiniela, quería darnos el partido, pero una tarjeta a tiempo lo puso en su sitio. El público se encabronaba. Era absurdo, y no podía durar. Una falta al borde del área que tenía que tirar Valverde la tiró Mbappé, pero el rechace, con justicia, le cayó al uruguayo, que como es habitual controló dejándosela a un metro (se las autopone como a Fernando VII) y una vez la pelota en posición, le arreó la estilosa coz. Era el 0-1.
El realizador, que buena persona no es, mostraba un plano de Dumfries. Estaba con el ceño relajado. Pobre Dumfries, que cada vez que Valverde hace algo le buscan el careto. En esto se turnará con Trent.
Estaban aun flojos Bellingham y Mbappé, y sobresalía lo colectivo. El Madrid recuperaba rápido, pronto. Entre los jugadores, en defensa, no había apenas distancia. Estaban defensivamente cerca.
Los defensas, sobre todo Huijsen, buscaban a Bellingham, que al primer toque evacuaba a la banda. Activaba el habitual triángulo con Cucu y Diomandé, y por la derecha, un poco después, aparecía el de Bernardo, Güler y Valverde. El Madrid era dos pulmones funcionando entre Tchouaméni y Mbappé.
En defensa, entraba la tentación de decir que Hujsen estaba imperial, pero algo en él lo impide.
El Madrid dominaba. Su control era absoluto, tedioso casi. Y cristalizó en un 0-2 antes de que pudiera cansarse de su superioridad. Fue una gran jugada de Bellingham cayendo a la izquierda y centrando. Güler remató en el área con la derecha.
También era pronto para decirlo, pero el Madrid parecía uno de los mejores equipos en años. La debilidad del Valencia podía exagerar la sensación.
Una cosa buena que tiene Cucurella es que le evita al madridismo la tentación del victimismo. Porque en todos los partidos, impunemente, le arrea alguna al rival y sentimos que la persecución no es total. Además, al que se lo merece. Maffeo recibió jarabe rotuliano.
Diomandé parecía un bailarín, de los de antes, de musical, de claqué. Sin sonido y sin balón, si con un programa de edición lleváramos su figura a un espacio neutro, veríamos en él a un bailarín. Pero no tenía la noche. Falló un gol y luego hasta se enfadó. Fue con Sadiq, al que Aguirre había puesto a jugar, a cincuenta metros de sus compañeros, de ariete budspenceriano en una interpretacion existencialista, de teatro del absurdo, del 5-4-1, como una boya olvidada en alta mar. Condenado por su corpulencia a un imposible, entendimos el berrinche desesperado que tuvo, como el del toro que con varias banderillas quiere quitarse alguna.
Tras el descanso, Aguirre dio un paso hacia lo desconocido poniendo una defensa de cuatro.
Al Madrid le faltaba el tercero para relajarse del todo. Había una brecha entre la distancia en el campo y en el marcador.
La segunda parte fue de Dimitrevski, que le paró varias a los madridistas. Arda se quedó solo a pase de Valverde. Luego le sucedió a Mbappé, por dos veces. Eran ocasiones que nacían desde la defensa. Huijsen logra unos pases impropios de un central.
La impotencia del Valencia era hasta dolorosa. Con lo que fue ese equipo... Y cuando entró el joven Aimar a todos nos asaltó la misma sensación: pero ¿han pasado ya 20 años desde Pablito Aimar?
Era tan débil el Valencia que la bronca del respetable se la iban a llevar ellos.
Dimitrievski le hizo otra parada a Bellingham, que llegó al área como un tractor o como un padre arrastrando a los chiquillos. Pepelu le agarraba y el árbitro, a su lado, como si nada.
El Madrid estaba marcando ‘expected goals’ para los panenkitas.
Hubo otro un susto en la grada. Alguien necesitaba ayuda médica. Esto ya ocurrió la semana pasada. Tengo que hacerme un chequeo.
Mbappé había fallado el número suficiente de ocasiones para poder marcar ya su gol diario. Una asistencia de Güler, tras ganar con el cuerpo la pelota (culón en el buen sentido) y Mbappé no falló porque era una jugada ante el portero sin tiempo a pensar: control orientado con un solo toque y gol. Actuaba ahí el instinto, la pantera prehumana, que es el mejor Mbappé.
A los pocos minutos se iba como un tren bala japonés a portería y Gayá tuvo que pararle en falta. La tarjeta roja encendió al público que cantó con crueldad ridícula “Mbappé, balón de playa”.
Fue en Valencia donde Vini entró en crisis, donde se le puso nombre sarcástico a los “galácticos”... y donde Diomandé vio amarilla y se cabreó.
Entraron ya los cambios. Bellingham pudo marcar de nuevo solo ante el portero, pero a veces es tanto el arrastre que llega agotado.
El partido pudo acabar en goleada mayor, pero está bien que quedara así. Entraron al final Espí y Thiago, buena noticia. En el campo, Tchouameni se agigantaba y el Madrid mostraba una superioridad desconocida. Pocas veces, si es que ha habido alguna, era tanto ante tan poco en Valencia.
El realizador, sorprendente, misterioso casi, mostraba de nuevo el rostro de Dumfries en el banquillo. Momento lynchiano. Parece que va a convertirse en un plano recurso de esta temporada.
El árbitro pitaba el fin y Mourinho le decía algo al oído a Aguirre, como un ajedrecista que le reconociera al otro la apertura.
El partido había acabado, aunque la gente se había estado yendo antes. Así, el estadio quedó pronto vacío. El Madrid se despedía de Mestalla, y el Mestalla, seguro, del Madrid. Sus localidades. Su visera. La grada de la mar. Su vieja estructura, en la que algo tuvo que ver. La mole de la Avenida de Suecia, con ese pronto tan suyo, para siempre en nuestro corazón.
@realmadrid