'..Jean Raspail describió en 1973 lo que iba a pasar en la Europa de medio siglo después. Vuelvo a referirme hoy a él aprovechando que acaba de ser reeditado en español por la editorial Homo legens. No dejen de leerlo. Háganme caso. Les cambiará la vida..'
El implacable enemigo interior
Jesús Laínz
Más de una vez he hablado en estas líneas de El campamento de los santos, el extraordinario libro con el que Jean Raspail describió en 1973 lo que iba a pasar en la Europa de medio siglo después. Vuelvo a referirme hoy a él aprovechando que acaba de ser reeditado en español por la editorial Homo legens. No dejen de leerlo. Háganme caso. Les cambiará la vida.
En las primeras páginas, cuando la flota de un millón de asiáticos está a punto de desembarcar en las playas de la Costa Azul, un joven francés de melena sucia, túnica de flores y chaleco afgano —lo que hoy llamaríamos un perroflauta— contemplaba satisfecho las viejas mansiones abandonadas por los dueños que se habían escapado precipitadamente hacia el norte, entre ellos sus propios padres y sus hermanas temerosas de ser violadas. En una de ellas se topó con un viejo profesor que se negó a abandonar la casa que había pertenecido a su familia durante trescientos años.
–Tres siglos de seguridad hereditaria. ¡Repugnante! (…) Lo miro y lo encuentro perfecto. Por eso lo odio. Y es aquí, a su casa, donde mañana traeré a los más miserables. No saben nada de lo que es usted, de lo que representa. Su universo no tiene ningún significado para ellos. No tratarán de comprender. Estarán cansados, tendrán frío, harán fuego con su hermosa puerta de roble. Llenarán de caca su terraza y se secarán las manos con los libros de su biblioteca. Escupirán su vino. Contemplarán cómo arden sus sillones (…) ¡Será formidable! ¡Lárguese usted!
El anciano le preguntó la causa de su satisfacción ante la destrucción de un mundo que también era el suyo.
–Porque he aprendido a odiar todo esto. Porque la conciencia global del mundo exige que se odie todo esto.
–Creo que tiene usted un seso débil, pero bastante bien formado. Enhorabuena a todos los que han conseguido ese resultado –concluyó el viejo profesor antes de pegarle un tiro con su vieja escopeta.
Medio siglo después de lo previsto por Raspail, millones de europeos rebosantes de ignorancia y de odio a Europa ––asimilados, los bautizó Raspail–– se aprestan a abrir las puertas —pero no las de sus casas— a la invasión que acabará con los restos de la civilización que arrancó en el Mediterráneo hace milenios y en el Mediterráneo parece que va a dar sus últimas boqueadas.
Los asimilados se extienden por todos los escalones de la sociedad, desde los gobernantes prostibularios convencidos de estar en el lado bueno de la historia, pasando por las oenegés de variado pelaje político y eclesiástico, hasta los acampados por cualquier causa supuestamente revolucionaria bajo la que esconden su vagancia e incapacidad.
Por ejemplo, en estos mismos días un grupo de payasos holandeses se dedican a entretener a miles de africanos concentrados en Calais a la espera de dar el salto para entrar ilegalmente en Inglaterra.
En Alemania, una vez sabido que el autor del atentado contra el desfile del Orgullo LGBTQ de Berlín había sido Abdul Ballout, nacido en Alemania de padres libaneses, Yannicka Riebensahm, oradora en el acto por las víctimas, declaró que «tenía la esperanza de que el atacante no fuera un árabe musulmán, sino un blanco cristiano». Las víctimas, por lo tanto, no tienen importancia. Lo importante es que, al no ser blanco el asesino, el atentado podía ser beneficioso para la extrema derecha.
Con lo de Ceuta, los españoles hemos podido contemplar numerosas manifestaciones de esta voluntad de colaborar en la muerte de Europa. Dos ejemplos entre cientos posibles: la secretaria general de Podemos, Ione Belarra, se opuso a las manifestaciones celebradas por toda España en apoyo al pueblo de Ceuta por considerarlas racistas; y el sindicato CGT anunció que «brigadas anarquistas viajan a Ceuta para auxiliar a las personas migrantes y documentar la violencia de los cuerpos y fuerzas de represión del Estado» y abrió una campaña para recaudar fondos y materiales para los invasores. A los ceutíes, que les parta un rayo.
Pero todo esto no es nuevo, ya que no es otra cosa que la floración final de unas semillas que comenzaron a plantarse tras la Primera Guerra Mundial, cuando Europa se lanzó a odiarse a sí misma. En 1925, en una conferencia en la madrileña Residencia de Estudiantes, el eximio comunista francés Louis Aragon declaró que su intención era destruir la civilización europea: «¡Mundo occidental, estás condenado a muerte! Nosotros somos los derrotistas de Europa. Poneos en guardia, o, mejor aún, reíd mientras podáis. Nosotros pactaremos con todos vuestros enemigos (…) Sembraremos por doquier los gérmenes de la confusión y el malestar (…) Somos los que siempre daremos la mano al enemigo».
Un siglo después de la confesión de Aragón, sus compañeros de viaje —entre los que, junto a los izquierdistas, se encuentran millones de personas que se dicen derechistas— están cumpliendo maravillosamente su papel de enemigos interiores de Europa.
Raspail se quedó muy corto. Oponerse a la desaparición voluntaria de los europeos es inútil e injusto. Lo tenemos muy merecido.
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