la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 25 de febrero de 2026

Manolete y su cuadrilla

Manolete y “sus hombres”. 
Qué torería desprende la imagen. A caballo, Parrita y Pimpi; a pie, Cantimplas, Pinturas y Alfredo David. Distintas maneras de posar y también de fumar.


Cruz de mayo junto a la estatua de Manolete. Córdoba.

Civilización es patriarcado / por Carlos Esteban

El hombre del patriarcado vs. el hombre del antipatriarcado

Lo que hace Carlos Esteban en este artículo, publicado originalmente en la sección IDEAS de La Gaceta, tiene un nombre: agarrar el toro por los cuernos y demoler uno de los principios primeros, si no el primero, de nuestro mundo: la consentida entrega de todos —varones incluidos— a la feminización de la sociedad.
Pocos la impugnan con tanta claridad, ni siquiera en las filas de los rebeldes y contestarios (vulgo, ‘fachas’). Uno de esos pocos es el ensayista francés y ahora líder político, Éric Zemmour, quien escribe: «Se exige al hombre blanco europeo que se comporte como una mujer. La mayoría de los jóvenes occidentales ya no saben quiénes son».

Civilización es patriarcado

Carlos Esteban
La líder podemita Irene Montero nos ha hecho a todos un enorme favor con sus recientes declaraciones sobre la inmigración masiva en España, al afirmar que «claro que quiero que haya reemplazo de fachas y racistas y que lo podamos hacer con la gente trabajadora de este país, tenga el color de la piel que tenga, sea china, negra o marrona».

Realizadas tras el anuncio de una gigantesca regularización de inmigrantes ilegales –medio millón, probablemente más–, revelan que la Gran Sustitución ha dejado de ser una peligrosa y demencial teoría de la conspiración de la extrema derecha para convertirse en realidad admitida por el consenso social.

Además, cuando Montero asegura no importarle el color de piel de “la gente trabajadora”, indica tres ‘tonos’: chino, negro y marrón. ¿No falta algo en esa lista, quizá la etnia predominante del país al que representa y a la que personalmente pertenece?

Por último, establece una asociación que indica claramente que para ella los inmigrantes no son seres humanos individuales, sino ‘tipos’, y que no pueden ser “fascistas y racistas”.

El mensaje de Montero es un botón de muestra del lenguaje emocional que domina nuestra civilización y que solo puede calificarse de ‘femenino’. Porque nuestra alarma con respecto a la sustitución demográfica, perfectamente justificada, suele pasar por alto que el fenómeno es solo una consecuencia última de un proceso iniciado con la feminización de la civilización occidental.

Si mañana pudiéramos cerrar a cal y canto nuestras fronteras frente a la población del Tercer Mundo y deportar hasta el último inmigrante ilegal, sin cambiar otras estructuras, seguiríamos teniendo un problema insoluble: unas tasas de natalidad muy por debajo de la tasa de reemplazo, incompatibles a medio y largo plazo con unas prestaciones sociales que garantizan la jubilación de un número cada vez mayor de ancianos.

Y no, no es una cuestión de dinero; al menos, no solo ni principalmente. El país con una tasa de natalidad más alarmante, Corea del Sur, ha dedicado entre 2021 y 2025 más de 270.000 millones de dólares en incentivos natalistas, pero su tasa el año pasado fue de 0,75–0,80 hijos por mujer, muy lejos de la tasa de reemplazo de 2,1. En Hungría, el gobierno destina desde hace años entre el 5% y el 6,2% del PIB a incentivar la natalidad, y aunque este gasto se ha traducido en un aumento notable de la natalidad, esta sigue estando significativamente por debajo de la tasa de reposición, lo que significa que la población húngara seguirá reduciéndose y envejeciendo.

El fenómeno es universal: aunque hay aún regiones donde la tasa de fertilidad supera el límite que asegura el crecimiento –África Subsahariana, especialmente, que representará un 40% de la población mundial a finales de siglo–, también en esas regiones está en descenso.

Este fenómeno responde a una multiplicidad de causas, pero quizá la más saliente y citada sea la incorporación de la mujer al mercado de trabajo y la vida pública, uno de los logros más universalmente aplaudidos de la modernidad con la equívoca etiqueta de “liberación de la mujer”.

Ahora, el dimorfismo sexual no es meramente anatómico, como pretende el dogma feminista, sino crucialmente psicológico y conductual. Hombres y mujeres tienen aptitudes, actitudes, reacciones y preferencias marcadamente distintos en líneas generales, lo que significa que, especialmente en comunidades políticas democráticas, la sociedad será masculina o femenina. Tertium non datur.

Y la nuestra es femenina, crecientemente, un fenómeno que va mucho más allá de las tendencias reproductivas y que, de hecho, conforma nuestro ethos político y social.

Esta conclusión herética se ha ido abriendo paso muy lenta y cautelosamente en el mundo intelectual, en el que ha caído como una bomba un revelador artículo de la autora Helen Andrews aparecido recientemente en la revista Compact, La Gran Femenización (título de un libro publicado por J. Stone, un pseudónimo), y en el que Andrews alega que la tendencia suicida que llamamos ‘cultura woke’ no es otra cosa que la feminización de la civilización.

“Lo “woke”escribe Andrews– no es una ideología nueva, ni una excrecencia del marxismo, ni el resultado de la desilusión posterior a Obama. Se trata simplemente de patrones de comportamiento femeninos aplicados a instituciones en las que, hasta hace poco, las mujeres eran minoría”.

Aclarando que habla de grupos y no de individuos, generalizando, Andrews desgrana rasgos femeninos opuestos a otros tantos masculinos que explican los cambios radicales que observamos en la moderna dinámica social. Así, señala: 

“los hombres suelen ser mejores que las mujeres a la hora de compartimentalizar, y lo woke es, en buena medida, la incapacidad de mantener separados distintos aspectos de la vida social. Tradicionalmente, un médico podía tener opiniones sobre los temas políticos del momento, pero consideraba que era su deber profesional mantener esas opiniones fuera de la consulta. Ahora que la medicina se ha feminizado, los médicos llevan insignias y pins en los que expresan sus opiniones sobre temas controvertidos, desde los derechos de los homosexuales hasta Gaza. Incluso utilizan la credibilidad de su profesión para influir en las modas políticas, como cuando los médicos dijeron que las protestas de Black Lives Matter podían continuar a pesar de las restricciones por la COVID, ya que el racismo era una emergencia de salud pública”.

Para explicar estas diferencias, Andrews recurre a la obra de la psicóloga Joyce Benenson, quien en su libro Warriors and Worriers: The Survival of the Sexes explica que los varones desarrollaron dinámicas de grupo optimizadas para la guerra, mientras que las mujeres desarrollaron dinámicas de grupo optimizadas para proteger a sus crías.

Para Andrews, la feminización de la sociedad no es neutral, sino deletérea. Al dar menos importancia a la justicia imparcial y a los hechos duros (rasgos predominantes del discurso masculino) que a la empatía y a las relaciones personales, el estado de derecho se desmorona. En España tenemos, por ejemplo, una ley, la de violencia de género, que de un plumazo destruye dos pilares fundamentales de un sistema jurídico centenario: la igualdad ante la ley y la presunción de inocencia.

En la universidad, lugar de libre exploración de ideas por antonomasia, la libertad de pensamiento en busca de la verdad se ha sustituido por un régimen de censura enfocado a erradicar todos aquellos conceptos que puedan ofender a algún grupo presuntamente victimizado. En la empresa, la tiranía de unos Recursos Humanos abrumadoramente femeninos centrados en mantener el consenso desincentiva el liderazgo fuerte, la innovación y el riesgo. Por último, la política degenera en una constante apelación al sentimentalismo en los mensajes electorales.

Y, en palabras de Andrews, “una civilización completamente feminizada se encaminará hacia el colapso”. Por eso hay y habido sociedades matriarcales, pero no civilizaciones. Si, como nos dicen las feministas, el patriarcado es un “constructo cultural”, sin una justificación biológica, sería razonable encontrar a lo largo de la geografía y la historia mundiales civilizaciones que hubieran “construido” de otra manera, civilizaciones levantadas sobre el punto de vista femenino como factor dominante. No existen.

La ventana de oportunidad para detener la feminización total de la civilización occidental se está cerrando, y con ella sus opciones de supervivencia. Pero la probabilidad de que surja un grupo de poder con la voluntad política necesaria para revertirla se nos antoja, por decirlo suave, bastante escasa.

Borja Jiménez presenta en la histórica finca de Pino Montano su gesta en solitario en Las Ventas en homenaje a Sánchez Mejías


'..El acto, conducido con brillantez y hondura por Antonio García Barbeito, fue una exaltación de la Sevilla eterna, esa que dialoga con su pasado para proyectarse con fuerza hacia el futuro. Con palabra precisa y evocadora, Barbeito trazó un magistral paralelismo entre la figura de Ignacio Sánchez Mejías —máximo exponente de la cultura del toro en la Generación del 27, mecenas, intelectual y torero de leyenda— y la trayectoria ascendente de Borja Jiménez..'


Borja Jiménez presenta en la histórica finca de Pino Montano su gesta en solitario en Las Ventas en homenaje a Sánchez Mejías

Sevilla volvió a latir al compás de su memoria más profunda y de su cultura más arraigada con la presentación de la corrida “In Memoriam de Ignacio Sánchez Mejías”, un acontecimiento que trasciende lo taurino para situarse en el territorio de la emoción, la literatura y el compromiso con la historia viva de la ciudad y el toreo.

El acto, conducido con brillantez y hondura por Antonio García Barbeito, fue una exaltación de la Sevilla eterna, esa que dialoga con su pasado para proyectarse con fuerza hacia el futuro. Con palabra precisa y evocadora, Barbeito trazó un magistral paralelismo entre la figura de Ignacio Sánchez Mejías —máximo exponente de la cultura del toro en la Generación del 27, mecenas, intelectual y torero de leyenda— y la trayectoria ascendente de Borja Jiménez, joven espada sevillano que asume el reto de torear en solitario en Las Ventas toros de las ganaderías de Toros de Cortés y Domingo Hernández como gesto de responsabilidad, ambición y fidelidad a sí mismo.


En su intervención, Barbeito evocó aquella Generación del 27 que unió poesía y tauromaquia bajo el magisterio de Sánchez Mejías, recordando que, como entonces, también hoy el toreo necesita figuras que encarnen valor, personalidad y verdad. En ese espejo situó a Borja Jiménez, destacando su madurez precoz, su concepto clásico y su determinación para afrontar una gesta que ya pertenece al terreno de las grandes citas.

El acto contó con una nutrida representación institucional y social que subraya la dimensión cultural del acontecimiento. Asistieron, entre otras autoridades, Ricardo Sánchez Antúnez, delegado del Gobierno de la Junta de Andalucía; Patricia del Pozo Fernández, consejera de Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía quien cerró el acto con unas palabras en defensa de la cultura, de Ignacio Sánchez Mejías y de la tauromaquia; Rafael Gordillo, presidente de la Fundación Real Betis Balompié; Juan Manuel Ávila, senador por la provincia de Sevilla; y Álvaro Pimentel, teniente de alcalde del Ayuntamiento de Sevilla, junto a la familia Sánchez Mejías, toreros retirados, como Espartaco, figura imprescindible en la carrera de Borja Jiménez y destacadas personalidades del ámbito cultural y social.


La corrida In Memoriam no será únicamente una cita taurina que tendrá lugar en Madrid, sino que será un acto de afirmación cultural y de identidad sevillana. El torero sevillano Borja Jiménez, afrontará en solitario una responsabilidad que remite a las gestas de otras épocas, consciente de que su compromiso no es solo con el toro, sino con la memoria de un hombre que elevó el toreo a categoría intelectual y universal.

Sevilla, cuna de arte y duende, ha vuelto a rendir tributo a uno de sus nombres más ilustres a través de este acto, mientras que el próximo 7 de junio el valor sereno y la ambición noble de uno de sus toreros llamados a marcar época, rendirá pleitesía al maestro en el ruedo de Madrid.. Una cita con la historia. Una tarde para la memoria. Una gesta con acento sevillano en la Monumental de Las Ventas.


martes, 24 de febrero de 2026

Los últimos de Filipinas: el honor que sobrevivió a un Imperio / por Ricardo Rodríguez

Ricardo Rodríguez, doctor en Derecho y magistrado, narra en esta columna la gesta de los últimos de Filipinas que solo se convencieron de la derrota de España a través de un periódico, «El Imparcial». Sobre estas líneas, una imagen de la película «1898. Los últimos de Filipinas», en la que trabajaron Luis Tosar, Carlos Hipólito, Javier Gutiérrez, Karra Elejalde y Ricardo Gómez. Foto: Prime Video.

'..Y aquí surge la reflexión inevitable. ¿Fueron héroes? Sin duda. ¿Fueron víctimas de un sistema que los abandonó? También..'

Los últimos de Filipinas:
el honor que sobrevivió a un Imperio

Ricardo Rodríguez
Hace poco fui a un restaurante en el centro de Madrid, El Imparcial. Ambiente elegante y un punto de encuentro cultural ubicado en un palacete histórico en la calle del Duque de Alba, en pleno corazón de Madrid, cerca de El Rastro y de Tirso de Molina.

El local es elegante y acogedor, con interiores que conservan el carácter de la arquitectura original del edificio, combinando luz natural, amplios salones y detalles decorativos atractivos que brindan una atmósfera sofisticada pero relajada.

Agradable, buena comida, mejor compañía…, pero me evocó una historia creo que muchas veces hablada pero, realmente, poco conocida.

En el pasado albergó la redacción del histórico diario “El Imparcial”, uno de los periódicos más influyentes de la España de finales del siglo XIX y comienzos del XX, y un referente del periodismo moderno en nuestro país.

Fue fundado en 1867 en Madrid por Eduardo Gasset y Artime, con una línea liberal, independiente y muy crítica con el poder político, algo poco habitual en una prensa todavía muy vinculada a partidos y facciones.

Desde sus primeros años destacó por su rigor informativo, la importancia concedida a la política nacional e internacional y la incorporación de corresponsales en el extranjero. Su época de esplendor se extendió hasta las primeras décadas del siglo XX.

Durante la Restauración y el desastre del 98 alcanzó una enorme difusión y prestigio. Fue uno de los diarios que mejor informó sobre la guerra de Cuba, la pérdida del imperio colonial y la situación internacional de España.

Y es que El Imparcial tuvo un papel clave -aunque indirecto- en el episodio de Los últimos de Filipinas, y concretamente en el desenlace del sitio de Baler.

Hay episodios de la Historia que, aun siendo heroicos, rozan lo trágico. Y otros que, siendo trágicos, alcanzan la categoría de leyenda.

Uno de ellos -quizá de los más desconocidos para el gran público- es el de los últimos de Filipinas, aquellos soldados españoles que resistieron durante casi un año en la iglesia de San Luis Obispo de Tolosa, en el pueblo de Baler, un pequeño pueblo costero del noreste de Filipinas, ajenos -o incrédulos- al hecho de que España ya había perdido la guerra y, con ella, su último gran imperio de ultramar.

Corría el año 1898.

España se desangraba como potencia colonial. Tras la guerra con Estados Unidos, había perdido Cuba, Puerto Rico, Guam… y Filipinas. El Tratado de París ponía fin a más de tres siglos de presencia española en Asia.

Pero en un rincón remoto del archipiélago filipino, cincuenta y tantos soldados españoles, al mando del capitán Enrique de las Morenas, primero, y del teniente Saturnino Martín Cerezo, después, permanecían atrincherados en una iglesia, sitiados por insurgentes filipinos.

Y resistían.

Resistían al hambre, a las enfermedades, a los ataques constantes, a la humedad asfixiante, a la muerte diaria de compañeros.

Resistían, sobre todo, porque no creían que España hubiera capitulado.

Los sitiadores les informaron una y otra vez de que la guerra había terminado, que Filipinas ya no era española, que el imperio se había derrumbado.

Les enviaron emisarios. Les mostraron documentos.

Pero los soldados españoles pensaban -no sin cierta lógica- que todo era un engaño del enemigo para hacerles rendirse. Y, conforme al Código Militar de la época, rendirse sin orden expresa era una deshonra.

Así que siguieron defendiendo una bandera que, en realidad, ya no ondeaba en ningún territorio del Pacífico.

Durante 337 días.

Casi un año.

Cuando finalmente les enseñaron periódicos, entre ellos El Imparcial, aceptaron la evidencia y salieron de la iglesia, en junio de 1899. Lo hicieron con honores.

Ya no eran proclamas del enemigo. Era prensa española. Era información verificable. Era la voz del propio país por el que estaban combatiendo.

El teniente Martín Cerezo, tras analizar cuidadosamente los periódicos -fechas, estilo, noticias internas imposibles de falsificar- comprendió por fin que la guerra había terminado meses atrás.

Que España había perdido Filipinas. Que su resistencia, heroica, se estaba librando por una soberanía ya inexistente. Solo entonces aceptó capitular.

En este edificio el histórico periódico «El Imparcial» tenía su sede, como relata el autor, Ricardo Rodríguez. Estaba en la Calle del Duque de Alba, número 4, en el distrito Centro de Madrid. Foto: RR.

Fue «El Imparcial» el que puso fin a casi un año de resistencia

El 2 de junio de 1899 salieron de la iglesia. No como vencidos, sino como soldados honrados. Paradójicamente, fue un periódico -y no un emisario militar- quien puso fin a casi un año de resistencia.

La prensa, en este caso, hizo lo que el Estado no supo hacer: informar con eficacia a quienes había dejado aislados en el fin del mundo.

Así, El Imparcial quedó ligado para siempre a esta gesta histórica como el testimonio que certificó el final del Imperio… y el final de una de las resistencias más heroicas del ejército español.

Y aquí surge la reflexión inevitable. ¿Fueron héroes? Sin duda. ¿Fueron víctimas de un sistema que los abandonó? También.

Porque mientras ellos morían de beriberi, comían ratas y hervían cuero para sobrevivir, en Europa se firmaban tratados, se repartían colonias y se cerraba una etapa histórica.

El Imperio español se desmoronaba, pero ellos seguían firmes en su puesto. Nadie se preocupó de avisarles eficazmente. Nadie se aseguró de que supieran la verdad. Nadie acudió en su auxilio.

No en forma de cañón. No con una carga final. Llegó escrita en un papel.

Es, en cierto modo, una metáfora perfecta del final de España como potencia mundial: dignidad individual frente al fracaso colectivo, honor personal frente al derrumbe político.

Hoy, más de un siglo después, su historia sigue interpelándonos. Nos habla del deber llevado hasta el extremo. Del valor sin recompensa. Del abandono de los de abajo por las decisiones de los de arriba.

Los últimos de Filipinas reales en una foto histórica restaurada digitalmente. Solo la lectura de «El Imparcial» les convenció de que la guerra había terminado. Foto: MD.

Nos recuerda que las grandes derrotas históricas no se producen de golpe, sino mientras algunos siguen luchando por un mundo que ya ha dejado de existir.

No fueron humillados, antes al contrario: los hombres que habían sido sus enemigos les rindieron honores.

Por orden de Emilio Aguinaldo, el presidente revolucionario filipino, marcharon como soldados valientes, con armas, bandera y respeto. Se les reconoció su valor, su constancia, su honor.

En España solo el paso del tiempo los convirtió en símbolo de honor militar y sacrificio.

Y es que hay gestas que no sirven para ganar guerras, pero sí para dignificar a quienes las protagonizan.

España perdió Filipinas. Pero aquellos hombres ganaron algo que no figura en los tratados: el respeto de la Historia.

Como tantas veces ocurre, el poder cayó, el Imperio se hundió…, pero el honor resistió hasta el final. Y quizá esa sea la mayor lección de Los últimos de Filipinas.

No siempre se lucha para vencer. A veces se lucha, simplemente, para no rendirse.

Aquellos hombres demostraron que a veces la verdadera victoria no está en conquistar tierras sino en mantener intacto el corazón y sus ideales.

Una lección más de la Historia. A veces no son las balas las que ponen fin a una guerra, sino la verdad escrita en un papel.

No siempre vence quien dispara el último tiro, sino quien mantiene su dignidad hasta el final. Y así quedó escrito para siempre: su resistencia fue derrota en mapas, pero victoria en la memoria.

Eduardo Miura: «Lo natural era que un torero se anunciara con todo tipo de toros; eso hoy es una utopía»

 

'..Yo creo que el toreo necesita volver a esa naturalidad que se ha perdido y que consistía en que todos los toreros se anunciaban con todo tipo de toros. Es cierto que a lo largo de la historia cada torero ha tenido sus ganaderías predilectas y las ha exigido siempre que le ha sido posible, pero yo creo que se ha ido perdiendo aquella exigencia del aficionado que consistía en pedir a los toreros que lo mismo que le hacían a un toro se lo hicieran a otro diferente..'

Por Javier Cámara.
Eduardo Miura Fanjul (Sevilla, 1989) tras siete generaciones ganaderas hoy es el encargado de mantener viva la leyenda y la historia del hierro más emblemático del campo bravo. Pero hoy anda solventando los problemas que las fuertes lluvias han generado en ‘Zahariche’, allá en Lora del Río, a la vez que prepara con mimo una nueva temporada con la Feria de Sevilla ya en la mira.

– ¿Cómo ha afectado tanta lluvia al toro este invierno? De hecho, Lora del Río ha sido uno de los enclaves más afectados.

– Han sido dos meses de lluvia incesante que, como es lógico, han afectado muy negativamente a todo lo que tiene que ver con la ganadería. Se ha mojado el pasto y los toros no se han podido alimentar en condiciones. El agua ha dificultado mucho la movilidad de los toros, que se han movido poco y mal. Ha habido días en los que el barro les llegaba hasta la barriga… Los cultivos también se han visto afectados, la maquinaria… Como siempre, todo es bueno, pero en su justa medida.

– Todos los años, el ganadero parece lidiar con un nuevo problema: ¿son excusas?

– Para nada. Como hombres de campo, sabemos que nos enfrentamos a la climatología, a la biodiversidad, a un sinfín de enfermedades que vamos descubriendo en tiempo real… Pero no dejan de ser complicaciones que solucionar. Sin embargo, el principal problema del campo hoy es la burocracia. Primero porque es enorme y también porque las exigencias administrativas son diferentes en Andalucía, La Rioja o Cataluña. Eso hace perder mucho tiempo porque en vez de en un país parece que estamos en diecisiete países. La burocracia hace más daño que cualquier otro problema y lo peor de todo es que tiene más fácil solución que una inundación o la picadura de un mosquito nunca conocido.

– ¿Se trata al campo como se merece en España?

– Claro que no. Como agricultor te diré que somos los últimos en los que piensa la Administración. Somos los últimos en consideración por parte de los políticos y eso que España es un país muy agrícola y el campo forma uno de los pilares de la producción económica de España. Se nos trata con mucho desprecio, como si fuéramos unas malas bestias y se equivocan. La gente del campo cada día está más preparada; existen unos avances espectaculares en todo lo relacionado con la agricultura y nadie lo pone en valor. En España se le da más valor a lo que viene de fuera que a lo que se hace aquí siendo lo nuestro mejor. Sucede con el aceite, que se valora más el italiano cuando su producción no es tan buena como en España, pero aquí nadie lucha por demostrar al resto del mundo que en España se hacen muchas cosas mejor que en ningún otro lugar.

– ¿Cómo define usted el toro de Miura?

– Es un toro que mantiene aquel núcleo de lo que era la antigua tauromaquia. Un toro con reminiscencias más salvajes, más indómitas y menos agradable para el torero, pero que, al mismo tiempo, ha sabido adaptarse a la actualidad y a la tauromaquia actual sin perder aquel origen primogénito. Yo espero que siga siendo así durante muchos años y que su mirada siga pesándole al torero a la vez que se siguen imponiendo al aficionado con su presencia en las plazas.

– ¿Qué le exige Miura a un toro de Miura?

– Que no dejen la pelea, que se queden, que se empleen. Más que la duración, intentamos que no pierdan la bravura y las ganas de embestir. Ahora bien, eso no quiere decir que un toro de Miura tenga que embestir siempre bien y como se exige hoy en día, pero intentamos que nunca renuncien a la pelea y que después tengan movilidad y transmisión. Y hombre, si además de todo esto dejan triunfar, pues mejor que mejor.

– Los carteles donde figura su hierro parecen muy cerrados: mismas plazas y mismos toreros. ¿Existe cierto encorsetamiento en lo que respecta a Miura?

– Es cierto que llevamos muchos años yendo a Sevilla y Pamplona y es algo que hemos de agradecer a quienes se encargan de programar estas ferias por la confianza que depositan en nuestros toros. Últimamente, también solemos ser habituales en Sanlúcar de Barrameda, en la Corrida Magallánica, donde siempre suceden cosas interesantes. Respecto a los toreros, nosotros nunca hemos participado en quiénes se tienen que anunciar o no. Esa responsabilidad recae en los empresarios, que son los que mejor saben lo que es más conveniente. No debemos olvidar que los toros son un negocio y como tal ha de ser viable. Sinceramente, nosotros creemos que nuestra divisa ya es un reclamo importante en el cartel y hay muchos aficionados que van a ver nuestros toros haciendo que no perdamos la ilusión por nuestro trabajo para que siga acaparando el interés de la afición.

– La decisión de un torero de anunciarse con sus toros se cataloga de gesto. ¿Necesita el toreo actual de más gestos?

– A mí no me gusta que lo llamen gesto. Yo creo que el toreo necesita volver a esa naturalidad que se ha perdido y que consistía en que todos los toreros se anunciaban con todo tipo de toros. Es cierto que a lo largo de la historia cada torero ha tenido sus ganaderías predilectas y las ha exigido siempre que le ha sido posible, pero yo creo que se ha ido perdiendo aquella exigencia del aficionado que consistía en pedir a los toreros que lo mismo que le hacían a un toro se lo hicieran a otro diferente. Ese plus de exigencia era muy positivo para el toreo. Si una figura decide anunciarse con nuestros toros, el cartel no necesita más adornos. Morante lo hizo hace no mucho tiempo y no hubo suerte, pero nosotros siempre se lo agradeceremos.

– Hablando de Morante, ¿qué opina de su brevísima ‘retirada’?

– José Antonio es uno de los pilares fundamentales ahora mismo de la Fiesta y pasará a la historia como uno de los mejores toreros que ha habido, además de los más completos. Su tauromaquia abarca décadas y la decisión que tomó en Madrid el pasado octubre, sin duda, fue una gran sorpresa. Yo bien pensé que se trataba de un descanso por todos los problemas que acarreaba, mucho más complicados que el propio toro. Su regreso es una buena noticia y ojalá hubiera muchos más toreros que formaran ese revuelo en torno a sus decisiones porque esas cosas dan vida a la afición y aseguran el futuro del toreo.

Publicado en 941

lunes, 23 de febrero de 2026

El real engaño del 23-F / por Fernando Paz

 

'..Toda la versión oficial del pronunciamiento es un engaño, un cúmulo de patrañas hábilmente engarzadas. Pero no sólo es eso: es también un engaño fundacional, en el que se asienta y afianza el nuevo régimen denominado democrático..'

El real engaño del 23-F

Fernando Paz
23-F, el engaño fundacional del régimen. Así lo califica Fernando Paz en el video que les ofrecemos con ocasión del 45.º aniversario del “golpe de Tejero”, como lo llaman quienes se sirvieron del coronel de la Guardia Civil: un hombre cabal pero excesivamente confiado, que hasta que comprendió el engaño fue usado, manipulado por los verdaderos autores del pronunciamiento, más que golpe de Estado, perpetrado el 23 de febrero de 1981.

Toda la versión oficial del pronunciamiento es un engaño, un cúmulo de patrañas hábilmente engarzadas. Pero no sólo es eso: es también un engaño fundacional, en el que se asienta y afianza el nuevo régimen denominado democrático.

¿Quiénes urdieron el engaño? ¿Qué pretendían con él? ¿Quiénes estaban detrás de los agentes del CESID (hoy CNI), los servicios de inteligencia que fueron sus muñidores? Fernado Paz se lo explica a continuación.


Aquellos sesenta… / por Jorge Arturo Díaz Reyes

Hemingway entre Antonio Ordóñez y Pepe Luis Vázquez. Foto: Canito, La Verdad

'..Hacía frío y llovía sobre el aeropuerto de Barajas la noche del martes 11 de octubre de 1960Ernest Hemingway conmovido se despedía, por última vez de España y de su veinteañera secretaria irlandesa, Valery Danby Smith..'

Aquellos sesenta…

Jorge Arturo Díaz Reyes
CrónicaToro / Cali, Colombia, 23 II 2026
Hacía frío y llovía sobre el aeropuerto de Barajas la noche del martes 11 de octubre de 1960. Ernest Hemingway conmovido se despedía, por última vez de España y de su veinteañera secretaria irlandesa, Valery Danby Smith. Testigo íntimo, nuera póstuma y cronista de sus tres años terminales, (“Correr con los toros”).

El escritor había llegado en agosto, como a recoger sus pasos, en un viaje que resultó enfermizo, amargo y triste. Yendo y viniendo tras las corridas, los lugares queridos y los viejos amigos, con la finca de su anfitrión Bill Davis, “La Cónsula” en Churriana (Málaga) como base. Pero no, ya no, los alegres días no volverían jamás. Córdoba, Salamanca, Ronda, Jerez…, hasta refugiarse la última semana en una suite del central hotel Suecia de Madrid. Torturado por su psicosis alcohólica; insomnio, depresión, somatizaciones, delirios persecutorios y obsesión suicida.

Allí le alcanzó una pena más. Su última publicación en vida; relato por encargo de la rivalidad Luis MiguelOrdóñez, del año anterior, “Dangerous summer”. Editado por la revista “Life” en tres entregas. Se sintió traicionado y expuesto por la recortada versión (10.000 palabras). Furioso rechazó todo: la portada, la diagramación, las fotos “que lo hacían ver como un bobo” y sobre todo el texto. Renegó el sesgo “ordoñista”, las apreciaciones taurinas inconsistentes y la infamación a Manolete, por usar “trucos baratos para cautivar el público”. Creyó que lo entregaban inerme a manos de sus enemigos. Que los tenía muchos, reales y espectrales.

Recuerdo haberlo leído por aquellos días, (la primera entrega), con avidez, placer y sin tales prevenciones, en un manoseado ejemplar de peluquería en Bogotá. Era yo un adolescente, seducido por su mundo y estilo literarios... Todavía.

Y así salió para al aeropuerto esa lúgubre noche de octubre, con la temporada también en agonía. Solo el joven Paco Camino, le había brindado uno de los pocos momentos de ilusión, quizá el único, con su toreo, en el que creyó descubrir al sucesor de su idolatrado Antonio Ordóñez, y quién a su vez, pocos días después, terminaría encabezando las estadísticas de la temporada 1960, junto a Gregorio Sánchez. Con setenta corridas cada uno.

Feble, avejentado, cargando sus fantasmas, abrazado a su cuarta esposa, Mary, abordó Ernest el vuelo de Iberia a New York. Ya no volvería jamás. Pero era solo un adiós físico, no el definitivo a su episódica y entrañable relación con España. Iniciada cuatro décadas antes, empujado desde París, por Gertrud Stein. Si quieres aprender a escribir sobre la vida y la muerte, ve a España a ver los toros, le dijo. Lo hizo y aprendió.

En 1985, Editorial Planeta publicaría la traducción al español, en libro corto, 45.000 de las más de 120.000 palabras originales del manuscrito. Era el cierre que no vivió.

Estaba por cumplir sus 62 ajetreados años, cuando apenas Ocho meses después, tras intenso tratamiento psiquiátrico en la Clínica Mayo, electrochoques incluidos, y ser dado de alta por supuesta mejoría, se volaría la cabeza con una escopeta de caza mayor a la madrugada del 2 de julio de 1961, en su casa de Ketchum, Idaho.

Este trágico y estrambótico final de uno de los más insignes narradores de la fiesta, paradójicamente daría paso a una de las también más felices décadas de ella…