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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 17 de septiembre de 2026

El 'Guernica'. Fusión y confusión / por Paco Delgado



El “Guernica”, de Pablo Picasso. El nombre se le ocurrió más tarde, a finales de la primavera de 1937.

'..Su nombre verdadero, al parecer, es “Recuerdo a mi amigo Sánchez Mejías”, diestro clave para la fundación de la Generación del 27 y que había muerto en Manzanares en agosto de 1934. Al serle hecho el encargo, se lo dedica a su amigo muerto, quedando terminado en febrero de 1937..'

VIENTO DE LEVANTE
Fusión y confusión

Paco Delgado
Hace unos años se puso de moda lo de la fusión, que no es otra cosa que unir en una misma receta ingredientes de muy distinta naturaleza, origen y hasta filosofía. Y la hay en la música, en la cocina, en la política —bien lo sabemos y padecemos...— y en prácticamente cualquier orden de la vida. Pero esta tendencia también lleva a otro efecto, a lo mejor no deseado: la confusión.

Unos días atrás se cumplieron 45 años de la llegada a España del Guernica, la famosa obra de Pablo Picasso que, tras mucho tiempo desde 1944 en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, enrollada dentro de una caja fabricada especialmente para ello, fue transportada en un avión de Iberia para ser instalada en el Casón del Buen Retiro de Madrid, donde permaneció hasta el 26 de julio de 1992, cuando se trasladó al Museo Reina Sofía, formando desde entonces parte de su Colección Permanente, junto a una selección de los dibujos preparatorios de la obra.

Bien. Hasta aquí vemos que se fusionan el arte con la política, la diplomacia y la logística para conseguir recuperar una obra de arte para nuestro disfrute. Pero apenas llegó el paquete a Barajas comenzó la confusión, cuando el Partido Nacionalista Vasco reclamó que el cuadro fuera depositado en un museo del País Vasco, argumentando que aquel pueblo había sufrido durante el bombardeo que inspiró la pintura. Más lío y mucha más confusión, pues el origen de este mural parece ser bien distinto al que se nos ha vendido.

El cuadro lo encargó, para la Exposición Universal de París, el Gobierno de la II República en 1935, y por él pagó 150.000 pesetas, que en aquella época era dinero; no fue gratis y por la causa, como también se ha dicho.

Tampoco se tituló con el nombre de la ciudad vasca. Su nombre verdadero, al parecer, es “Recuerdo a mi amigo Sánchez Mejías”, diestro clave para la fundación de la Generación del 27 y que había muerto en Manzanares en agosto de 1934. Al serle hecho el encargo, se lo dedica a su amigo muerto, quedando terminado en febrero de 1937. Cuando ocurre el bombardeo de Guernica, estaba ya colgado en el pabellón de España en la exposición parisina. El nombre “Guernica” se le ocurrió más tarde, a finales de la primavera de 1937, al delegado de Cultura de la Generalitat de Cataluña, y se sustituyó el original.

Hay otra teoría, de José María Juarranz, miembro de la Asociación Madrileña de Críticos de Arte, que explica que el Guernica es un cuadro autobiográfico que recoge momentos clave de la vida de Picasso y su relación con sus mujeres y su hija: “No tiene absolutamente nada que ver con el bombardeo, ni por supuesto con Guernica, excepto el nombre que surgió, según mi tesis, en torno al veinte de mayo, ya iniciado el cuadro, cuando van a verlo unos amigos, entre ellos Paul Éluard, Zervos y Juan Larrea”.

Por otra parte, según un estudio realizado por el director de fotografía José Luis Alcaine, el Guernica, que sigue albergando numerosos enigmas, podría haber sido inspirado por una película: Adiós a las armas, de Frank Borzage, basada en la novela de Ernest Hemingway, estrenada en París en 1933 y que, según el experto, guarda sorprendentes paralelismos con el cuadro en sus fotogramas.

Para Alcaine está claro que en el lienzo la narración, en blanco y negro, el éxodo por la noche de militares y civiles por una carretera que bombardean unos aviones, apunta al filme: la secuencia tiene lugar por la noche, aunque el bombardeo real fuera a pleno día, al igual que el cuadro. Además, ambos tienen en común un “movimiento de derecha a izquierda”, así como la presencia de tres tipos de animales: caballos, toros y aves.

Tampoco hay que olvidar que dos años antes, en 1935, Picasso había grabado al aguafuerte la Minotauromaquia, obra sintética que condensa en una sola imagen todos los símbolos del ciclo dedicado a este animal mitológico y que es, a la vez, el antecedente más directo de Guernica.

Se demuestra, una vez más, que la confusión vende más y tiene un mucho mayor rédito.

Y GENTO SE REVOLVIÓ EN SU TUMBA / por Juanma Rodríguez

Vinicius y Mbappé, en Elche con la camiseta de solidaridad con Ceuta subida hasta el pecho. (ABC)

Tres jugadores de cuyo nombre prefiero no acordarme decidieron no solidarizarse con los ceutíes, que no pueden salir de sus casas, que no quieren llevar a sus hijos al colegio por miedo, que tienen que acompañar de noche a sus mujeres para impedir que sean violadas


Y GENTO SE REVOLVIÓ EN SU TUMBA

Juanma Rodríguez
ABC /16/09/2026
Comparezco ante ustedes para confesarles que el martes sentí vergüenza de mi equipo por primera vez en 63 años. No la sentí cuando el Milan de Sacchi nos sacudía en San Siro como se ventila por la ventana un trapo sucio, tampoco cuando el Barça de Messi vino al Bernabéu a meternos seis, que pudieron ser siete, ocho... No sentí vergüenza por lo del alcorconazo, son cosas que pasan, es fútbol. Soy madridista de cuna y, al menos desde que tengo uso de razón, si pongo en una balanza los buenos y los malos ratos, hay más de mil kilos más de orgullo que de vergüenza. Jamás me sentí abochornado hasta este 15 de septiembre de 2026 a eso de las nueve y media de la noche.

Tres jugadores de cuyo nombre prefiero no acordarme decidieron no solidarizarse con los ceutíes, que no pueden salir de sus casas, que no quieren llevar a sus hijos al colegio por miedo, que se están viendo obligados a cerrar sus negocios, que tienen que acompañar de noche a sus mujeres para impedir que sean violadas.

El Real Madrid, que lleva paseando la bandera de España por el mundo desde tiempos inmemoriales, decidió arriarla, la escondió apelando a la sensibilidad individual, salió corriendo. Mi equipo, que no se arruga nunca ante nadie y que es Sansón con la Liga, Supermán con los árbitros, Dan Defensor con la UEFA y el Cid con la FIFA, se hizo un ovillo y adoptó la posición fetal para evitar así una confrontación con tres niñatos con más dinero del que podrán gastar jamás en su vida y con menos empatía que una ameba.

España tiene tres o cuatro emblemas, El Prado, Julio Iglesias y Raphael, Zara y el Real Madrid. ¿A qué puede tenerle miedo el mejor club deportivo de todos los tiempos? ¿Y cómo puede huir despavorido de su responsabilidad histórica? El 15 de septiembre de 2026 a eso de las nueve y media de la noche, los madridistas sensatos nos revolvimos en nuestras sillas y, conociéndolos un poco, Di Stéfano, Gento, Amancio, Benito, Velázquez, Miguel Ángel y Santamaría lo hicieron también en sus tumbas.

TERRORISMO VASCO.- 'EL COCHE QUE NADIE TEMÍA..'

Y después llegaron los gritos:
Francisco Cebrián Cabezas murió en el acto.
José Luis Jiménez Vargas murió en el acto.
Víctor Manuel Puertas Viera murió en el acto.


EL COCHE QUE NADIE TEMÍA
Muchamiel-Alicante, 16 de septiembre de 1991

Hay mañanas que empiezan sin anunciar nada.
El sol sale. Las persianas se levantan. Los niños buscan sus mochilas. Alguien protesta porque no encuentra un cuaderno. Una madre mira el reloj. Un hombre abre su negocio. Un policía se coloca el uniforme. Otro piensa en su novia. Un padre sale a trabajar dejando cuatro hijos detrás.
Y nadie sabe que, en alguna parte, otros hombres han preparado la muerte.
Aquella mañana del 16 de septiembre de 1991, Muchamiel despertó como cualquier localidad que vuelve a acostumbrarse al ruido de los colegios después del verano.
Muy cerca de la casa cuartel de la Guardia Civil estaba el Colegio Público El Salvador.
Los alumnos comenzaban las clases.
Niños.
Muchos niños.
Apenas unos metros separaban sus voces del lugar elegido por ETA para intentar una matanza.
En la casa cuartel vivían seis guardias civiles. Tres estaban casados y residían allí con sus familias. Entre aquellas paredes dormían, desayunaban, discutían, jugaban y crecían cinco niños pequeños.
No eran objetivos dibujados sobre un plano.
Eran familias.
Pero alguien había decidido convertir aquel edificio en una diana.
ETA pretendía repetir una carnicería como la perpetrada tres meses y medio antes, el 29 de mayo, contra la casa cuartel de Vic, o como la cometida el 11 de diciembre de 1987 contra el acuartelamiento de Zaragoza.
La proximidad del colegio tampoco detuvo a quienes prepararon el atentado.
Para ellos, aquella mañana había comenzado mucho antes.
Meses atrás había sido robado en el País Vasco un 'Ford Fiesta'. El vehículo fue cargado con una potente bomba. Le colocaron matrícula falsa.
Después llegó hasta Alicante.
El mecanismo ideado para lanzar el coche contra la casa cuartel tenía algo de aterrador precisamente por su sencillez: una barra antirrobo sujetaba el volante para mantener la dirección, el contacto estaba puesto y había una marcha metida.
El coche debía avanzar solo.
Sin conductor.
Como si la muerte no necesitara ya manos para llegar hasta sus víctimas.
Lo soltaron contra el cuartel.
Pero algo salió mal.
El Ford Fiesta no siguió la trayectoria prevista.
Cruzó la avenida Carlos Soler y terminó estrellándose contra la fachada de una sucursal bancaria situada en la acera opuesta.
Allí quedó.
Quieto.
Abandonado.
Parecía simplemente el final absurdo de un accidente.
Y quizá esa apariencia fue lo más terrible de todo.
Porque dentro permanecían cincuenta kilos de explosivo.
La bomba destinada a una casa cuartel llena de familias y situada junto a un colegio no había desaparecido.
Solo estaba esperando.
Los terroristas no accionaron entonces el iniciador.
El coche permaneció frente al banco mientras Muchamiel continuaba despertándose.
A las ocho de la mañana llegó a trabajar el director de la sucursal.
Vio el automóvil accidentado.
Lo lógico era pensar que alguien había perdido el control, se había empotrado contra la fachada y se había marchado.
Nada hacía imaginar lo que escondía aquel pequeño Ford.
El director avisó a los guardias civiles que en aquellos momentos abrían la puerta de la casa cuartel.
Nadie sospechó.
Después llegaron dos policías municipales.
-JOSÉ LUIS JIMÉNEZ VARGAS.
-VÍCTOR MANUEL PUERTAS VIERA.
Dos agentes que aquella mañana no acudían a combatir a ningún comando.
No perseguían terroristas.
No participaban en ninguna operación policial.
Estaban resolviendo lo que todos creían un problema cotidiano.
Un coche accidentado.
Había que retirarlo.
Llamaron a una grúa.
Y entonces entró en esta historia FRANCISCO CEBRIÁN CABEZAS.
Tenía 'cuarenta años'.
Era natural de Cedrillas, Teruel.
Mucho antes de conducir aquella grúa había pertenecido a la Guardia Civil. Había sido destinado al cuartel de San Juan, en Alicante. Allí conoció a una muchacha de Muchamiel.
Se enamoraron.
Se casaron.
Tuvieron cuatro hijos.
El mayor tenía diecisiete años.
El menor, ocho.
Francisco había abandonado después la Benemérita y montado una fábrica de hilatura con un socio. Más tarde se convirtió en propietario de la grúa que prestaba el servicio de retirada de vehículos en Muchamiel.
Probablemente aquella llamada no tuvo nada de extraordinario.
Un coche contra un banco.
Había que recogerlo.
Eso era todo.
Francisco subió a su grúa.
Tal vez en casa alguien esperaba que regresara para comer.
Tal vez alguno de sus hijos había salido aquella mañana sin despedirse demasiado porque los hijos creen que los padres siempre vuelven.
La vida está llena de últimas veces que nadie reconoce mientras suceden.
José Luis tenía veintiocho años.
No estaba casado.
Tenía novia.
Entre sus funciones habituales como policía municipal estaba precisamente regular el tráfico en las inmediaciones del colegio El Salvador.
Conocía aquel lugar.
Conocía el movimiento de los niños.
Las entradas.
Las salidas.
Los coches de los padres.
Los pequeños que cruzaban corriendo cuando no debían.
Aquella mañana el colegio estaba allí, a pocos metros.
Y también estaba el Ford Fiesta.
Víctor Manuel tenía solamente 'veintiún años'.
Veintiuno.
Llevaba dos años ocupando una plaza de policía municipal como interino.
A esa edad la vida debería parecer interminable.
Había sido voluntario de la Cruz Roja y, después de cumplir el Servicio Militar, había colaborado en tareas de salvamento marítimo y socorrismo.
Había aprendido a ayudar.
A salvar.
A acudir cuando alguien estaba en peligro.
Dos de sus hermanos pertenecían también a la Policía Municipal.
Tres hermanos vinculados al mismo uniforme.
Aquella mañana uno de ellos tenía veintiún años y estaba junto a un automóvil aparentemente accidentado.
Ninguno sabía que estaba trabajando alrededor de una bomba.
La grúa trasladó el Ford Fiesta hasta el depósito municipal.
Era un solar al aire libre situado aproximadamente a doscientos metros de la casa cuartel.
Doscientos metros.
Esa distancia había separado a los niños y a las familias del objetivo inicial de la bomba.
Pero la muerte había encontrado otros nombres.
El reloj avanzaba hacia las nueve y cuarenta de la mañana.
Francisco manejaba la grúa.
José Luis y Víctor estaban allí.
Comenzaron a bajar el coche.
Puede imaginarse el ruido de las cadenas.
El metal.
Las indicaciones rutinarias entre hombres acostumbrados a trabajar juntos.
Un poco más.
Despacio.
Ahí.
Nadie corría.
Nadie gritaba.
No había sirenas anunciando peligro.
No había artificieros.
No había evacuación.
Porque nadie sabía.
Eso convierte aquellos segundos en algo insoportable cuando se contemplan desde el futuro.
Nosotros sabemos lo que ellos ignoraban.
Sabemos que dentro del Ford había cincuenta kilos de explosivo.
Sabemos que aquel coche no había sufrido un accidente.
Sabemos que había sido preparado para matar.
Y sabemos que el tiempo se estaba terminando.
Las nueve y cuarenta.
Quizá un segundo antes Francisco pensaba en cualquier cosa.
Sus hijos.
El trabajo siguiente.
El almuerzo.
Quizá José Luis miró alrededor.
Quizá Víctor, con sus veintiún años, pensaba que todavía quedaba mucha mañana.
Entonces el mundo estalló.
No hubo transición.
No hubo advertencia.
La bomba explotó.
La detonación desgarró el aire y convirtió el solar en un infierno.
La onda expansiva golpeó edificios, vehículos, ventanas, balcones, persianas y toldos.
Los cristales reventaron.
Durante un instante Muchamiel dejó de ser un pueblo comenzando una jornada de septiembre.
Fue humo.
Polvo.
Ruido.
Confusión.
Y después llegaron los gritos.
Francisco Cebrián Cabezas murió en el acto.
José Luis Jiménez Vargas murió en el acto.
Víctor Manuel Puertas Viera murió en el acto.
Tres hombres habían acudido a retirar un coche.
ETA había intentado asesinar a familias enteras en una casa cuartel.
El atentado había fallado en su objetivo inicial.
Pero la bomba encontró a Francisco, José Luis y Víctor.
Y no fueron los únicos.
María del Carmen López Amador resultó gravemente herida. Sus lesiones la incapacitaron durante 330 días.
María África Antón González, durante 331 días.
Felisa Azor Troyano no recibió el alta médica hasta **470 días después**.
Juan Capella Valls necesitó 158 días para recuperarse de sus heridas.
Y otras treinta y seis personas precisaron atención médica.
Entre ellas había alguien cuyo nombre debería bastar para comprender hasta dónde podía llegar aquella bomba:
Noelia Berenguer.
Tenía un mes de vida.
Un bebé.
Treinta días en el mundo.
También ella resultó herida.
Después de una explosión queda un silencio extraño.
No es ausencia de ruido.
Es otra cosa.
Es el momento en que quienes han sobrevivido intentan comprender lo ocurrido.
Alguien llama una ambulancia.
Alguien busca a un familiar.
Alguien pregunta quién estaba allí.
Alguien todavía espera una respuesta que ya no llegará.
Las fachadas estaban heridas.
Los balcones dañados.
Los cristales cubrían el suelo.
Los toldos y persianas habían quedado destrozados.
Pero los daños materiales podían repararse.
Lo demás, no.
En alguna casa comenzó entonces la espera.
Una mujer aguardaría noticias de Francisco.
Cuatro hijos preguntarían por su padre.
Una novia esperaría saber dónde estaba José Luis.
Una familia buscaría a Víctor.
Y poco a poco los nombres dejaron de ser hombres vivos para convertirse en nombres pronunciados entre lágrimas.
Aquella tarde instalaron la capilla ardiente en la Iglesia arciprestal de El Salvador.
El mismo nombre del colegio cercano al lugar donde ETA había pretendido provocar una matanza.
El Salvador.
Unas seiscientas personas acudieron al funeral de los tres asesinados.
Ofició la ceremonia el obispo de Orihuela-Alicante, Francisco Álvarez Martínez.
Muchamiel era demasiado pequeño aquel día para contener tanto dolor.
Al día siguiente se celebró un segundo acto religioso en el mismo lugar.
Doce sacerdotes concelebraron la misa.
Asistieron, entre otras autoridades, el ministro del Interior José Luis Corcuera, el presidente de la Generalidad Valenciana Joan Lerma y el director general de la Guardia Civil Luis Roldán.
Pero las cifras oficiales dicen menos que la imagen:
más de diez mil personas acudieron a aquella misa.
Diez mil.
Un pueblo convertido en multitud.
Dolor.
Rabia.
Consternación.
Y tres familias caminando detrás de tres ausencias
Francisco fue enterrado en Muchamiel.
Tres días después, su padre habló.
A veces toda la literatura sobra cuando habla un padre que acaba de enterrar a un hijo.
Dijo que Francisco era un hombre bueno.
Muy de su casa.
Recordó que en la familia muchos pertenecían a la Guardia Civil.
Y expresó la terrible ironía: después de abandonar el Cuerpo, Francisco podía pensar que finalmente viviría tranquilo.
Pero la muerte lo encontró conduciendo una grúa.
Su padre resumió después todo el atentado en algo mucho más profundo que cualquier sentencia judicial:
Le habían quitado a su hijo.
Y él pensaba en sus pobres nietos.
Cuatro niños de entre ocho y diecisiete años.
Cuatro hijos que aquella mañana habían tenido padre.
José Luis fue enterrado también en el cementerio de Muchamiel.
Tenía veintiocho años.
Dejó una novia.
Y quedó para siempre unido al colegio cuyas inmediaciones había regulado tantas veces.
Quizá muchos niños que cruzaron la calle bajo sus indicaciones no supieron nunca cómo se llamaba aquel policía.
Pero aquel 16 de septiembre su nombre quedó escrito en la historia del pueblo:
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ VARGAS.
Víctor fue enterrado en Alicante.
Veintiún años.
Había sido voluntario de Cruz Roja.
Había trabajado en salvamento marítimo.
Había elegido ayudar a otros.
Y terminó asesinado mientras cumplía una tarea rutinaria.
Su juventud hace especialmente cruel contemplar aquella mañana.
Porque a los veintiún años casi todo debería estar por suceder.
Los viajes.
Los amores.
Los errores.
Las reconciliaciones.
Los trabajos.
Los hijos que quizá nunca llegarían.
Las canas.
La vejez.
Víctor no tuvo nada de eso.
Su reloj quedó detenido a las nueve y cuarenta de una mañana de septiembre.
La Justicia tardaría años.
En 1995, la Audiencia Nacional condenó a Gonzalo Rodríguez Cordero y José Gabriel Zabala Erasun a 136 años de prisión cada uno.
El tribunal consideró probado que ambos habían robado en junio de 1991, en Zarauz, el Ford Fiesta utilizado en el atentado; que el automóvil fue cargado con explosivos en una lonja preparada en Oyarzun; que le cambiaron la matrícula por otra falsa y que posteriormente fue entregado a miembros del grupo Levante de ETA.
En 1999, Fernando Díez Torres fue condenado a treinta y ocho años de prisión por facilitar infraestructura a miembros de ETA para la comisión de atentados.
En 2002 serían condenados también José Luis Urrusolo Sistiaga e Idoia López Riaño, integrantes del grupo Ekaitz, por delitos de pertenencia a banda armada, tenencia ilícita de explosivos y armas y falsedad documental.
Los tribunales pusieron nombres, delitos y condenas.
Pero ninguna sentencia podía devolver las nueve y treinta y nueve de aquella mañana.
Ese minuto anterior a la explosión.
El último minuto en que Francisco seguía siendo padre de cuatro hijos vivos con padre.
El último minuto en que una muchacha seguía teniendo novio.
El último minuto en que Víctor tenía veintiún años y toda una vida posible delante.
Pasaron los años.
El ruido de la explosión se convirtió en recuerdo.
Los cristales fueron sustituidos.
Las fachadas se repararon.
Los niños del colegio crecieron.
Los pequeños que aquella mañana entraban en clase se hicieron adultos.
Algunos quizá tuvieron sus propios hijos.
Y el solar volvió a parecer simplemente un lugar.
Eso hace el tiempo.
Cubre.
Desgasta.
Suaviza las esquinas de las tragedias hasta que quienes no estuvieron allí pueden caminar por los mismos lugares sin escuchar nada.
Pero algunas personas continuaron escuchando aquella explosión durante toda su vida.
En enero de 2007, el Ayuntamiento de Muchamiel aprobó por unanimidad poner los nombres de los tres asesinados a tres calles de la localidad.
Tres calles.
-Francisco Cebrián Cabezas.
-José Luis Jiménez Vargas.
-Víctor Manuel Puertas Viera.
Los nombres que ETA quiso borrar quedaron escritos en las esquinas del pueblo.
Tal vez ésa sea una de las respuestas posibles frente al terror: Nombrar.
Recordar.
Contar.
Porque hubo un momento aquella mañana en que todo pudo haber sido todavía peor.
El coche había sido dirigido hacia una casa cuartel donde vivían guardias civiles con sus mujeres y cinco niños pequeños.
A pocos metros comenzaban las clases de un colegio.
El vehículo falló la trayectoria.
La masacre proyectada no ocurrió allí.
Pero la muerte no se marchó.
Esperó escondida dentro de un Ford Fiesta mientras todo un pueblo creyó estar contemplando un simple accidente.
Esperó hasta que llegaron tres hombres para hacer su trabajo.
Un padre de cuatro hijos.
Un policía de veintiocho años que tenía novia.
Un muchacho de veintiuno que había dedicado parte de su juventud a salvar vidas.
A las nueve y cuarenta, los tres estaban junto al coche.
Un instante después ya no estaban.
Y quizá ésa sea la imagen que debemos conservar.
No la bomba.
No a quienes la fabricaron.
No a quienes prepararon el vehículo.
Sino a ellos.
Francisco conduciendo su grúa.
José Luis cumpliendo con su trabajo.
Víctor comenzando una vida que todavía parecía inmensa.
Tres hombres acercándose a un automóvil sin saber que caminaban hacia el último minuto de sus vidas.
Alguien me dijo una vez que éstas son historias entre buenos y malos, y que, si los buenos hubieran sido realmente malos, todo habría sido muy diferente.
Quizá llegue el día en que alguien pregunte qué hicieron aquellas víctimas para merecerlo.
Quizá alguien pronuncie aquella frase miserable:
«Algo harían…»
Entonces habrá que volver a Muchamiel.
A aquella mañana.
Al colegio lleno de niños.
A las familias que vivían en la casa cuartel.
A un coche aparentemente abandonado.
A una grúa.
A tres hombres que únicamente estaban trabajando.
Y habrá que responder con sus nombres.
-FRANCISCO CEBRIÁN CABEZAS.
-JOSÉ LUIS JIMÉNEZ VARGAS.
-VÍCTOR MANUEL PUERTAS VIERA.
No fueron números.
No fueron daños colaterales.
No fueron tres líneas en una estadística.
Fueron un padre, un hijo, un novio, un hermano, un compañero, un vecino.
Fueron vidas.
Y mientras alguien recuerde sus nombres, aquella bomba podrá haber destruido cuerpos, ventanas, balcones y familias, pero no habrá conseguido la última victoria que busca siempre el terror: que llegue el día en que nadie recuerde a sus muertos.
'Que la pesada losa del tiempo no borre su memoria'.