la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 3 de abril de 2020

La imagen más premonitoria de Pedro Sánchez en plena pandemia por el coronavirus



Viendo el lema electoral del cartel del líder del Partido Socialista está claro que quien lo diseñó era un auténtico futurólogo, porque cierto es que está pasando, pero las de Caín el pueblo español.


El periodista Javier Benegas, editor del portal web Disidentia y analista en ‘El Quilombo’ de Periodista Digital, ha estado especialmente inspirado este 3 de abril de 2020 escogiendo una foto memorable del presidente del Gobierno de España y subiéndola a Twitter.

El periodista, confundador de Vozpópuli, ha elegido la imagen del cartel electoral de Pedro Sánchez en las últimas elecciones generales de 2019 y que, como el propio Benegas ha dicho en la red social del estornino, la estampa era premonitoria.

Y es que a los datos nos remitimos. Más de 100.000 contagiados y, especialmente, cerca de 11.000 muertos, siempre según unas estadísticas oficiales que este 3 de abril de 2020 han arrojado el dato parcial de más de 900 muertos, 932 para ser exactos.

Viendo el lema electoral del cartel del líder del Partido Socialista está claro que quien lo diseñó era un auténtico futurólogo, porque cierto es que está pasando, pero las de Caín el pueblo español.


Y es que a los datos nos remitimos. Más de 100.000 contagiados y, especialmente, cerca de 11.000 muertos, siempre según unas estadísticas oficiales que este 3 de abril de 2020 han arrojado el dato parcial de más de 900 muertos, 932 para ser exactos.


TOROS DEL SOL: La ministra anti-taurina preocupada por los monos de África



A la ilustre ministra parece que le importa un bledo sentir ni compartir, aunque fuera la mínima solidaridad con los miles de fallecidos por la ya famosa pandemia. A ella sólo le preocupan el estado de salud de los macacos africanos; a ver si por esa fatalidad del destino también son apresados por la gripe china. 

La ministra anti-taurina preocupada por los monos de África

Giovanni Tortosa
Toros de Lidia / 2 abril, 2020
La señora de mirada fatua  y rostro afilado, como de cuchillo de postre, que ejerce de ministra del rimbombante Ministerio para la «transición ecológica», aprovecha cualquier envite para decir, que a ella no le gustan los toros, y por tanto habría que suprimirlos, acaba de soltar su última parida: se siente muy preocupada por si los monos africanos resultan infectados por el traicionero virus chino.

El periodista Eduardo Inda resume todas estas falacias gubernamentales, haciendo una comparativa, como si Moncloa Palace hubiese montado una pasarela al estilo «Cibeles» para exhibir todas las tonterías y aberraciones ideológicas de estos personajes vomitivos. En la trastienda de ese escenario de las vanidades y absurdo postureo de un desgobierno puramente amateur, las víctimas confinadas en hospitales libran batallas agónicas sin apenas tener esperanzas de un mañana.

Siempre dijimos y seguiremos ponderando en el perfil sibilino que atesoran muchos de los anti-taurinos o animalistas: defienden o al menos creen utópicamente defender a los animales, pero cuando se presentan tragedias humanas como la actual prefieren mirar para otro lado. Nunca tuvieron empatía hacia su propia especie.

Ahora, en este tiempo de paréntesis, deben de estar eufóricos y brindar con champán, como algunos hacían cuando una banda terrorista sacaba sus colmillos e inmolaba a tantos españoles; no hay festejos taurinos, tampoco fiestas tradicionales como semana santa y sus desfiles; no hay fútbol, no hay vida en las calles, no hay nada. Para su mayor felicidad, la religión desapareció para dar el último adiós a las víctimas. Y eso es, precisamente lo que motiva al marxismo: el vacío, la nada.

A la ilustre ministra parece que le importa un bledo sentir ni compartir, aunque fuera la mínima solidaridad con los miles de fallecidos por la ya famosa pandemia. A ella sólo le preocupan el estado de salud de los macacos africanos; a ver si por esa fatalidad del destino también son apresados por la gripe china.

 En esas idioteces andamos, después de todo el sainete ofrecido por la ineptitud y gigantesca demagogia de unos gobernantes que bordean presuntamente la negligencia criminal.

Mientras este festival de insolvencia política sigue, en los hospitales de España, y sobre todo en Madrid, miles de seres humanos cruzan el umbral del más allá por no poder respirar. Parece, como si un bombardero hubiese dejado caer napal, -aunque tenga nombre de corona- especialmente sobre Madrid, y ahora, un frío viento siberiano recorre los miles de cadáveres que se amontonan en la ciudad castellana; pero estos humanos sólo serán un número estadístico para estos falaces mal gobernantes.

Ni un mínimo detalle póstumo, un gesto  de condolencia tuvieron por parte de esta infame banda, que sólo les preocupa  la marioneta Greta, el feminismo de cartón piedra, y los devaneos amorosos entre separatistas y los del otro lado del Atlántico; pero ahora les salió el toro negro de la muerte y ninguno de estos incompetentes lidiadores supo hacerle frente. El perro que fuera sacrificado por la posible infección del «ébola» recibió muchas más flores, condolencias, y solidaridad que estos más de nueve mil fallecidos hasta ahora.

Globalismo vírico / por Juan Manuel de Prada


Venta y consumo de animales salvajes en China.

Y, al repartir los estragos del virus por todas las naciones de la tierra, los chinos se han acogido con resignación oriental (o sea, con fatalismo) al dictamen del refranero: «Mal de muchos, consuelo de tontos».

Globalismo vírico

Juan Manuel de Prada
El Manifiesto.com / 03 de abril de 2020
La plaga del coronavirus, cuyas consecuencias apenas hemos empezado a paladear, nos ofrece una ocasión inmejorable para cambiar nuestra desquiciada forma de vida. Pero, como nos enseña el Apocalipsis, los hombres se distinguen siempre, después de sufrir una calamidad, por volver a las andadas; y esta conducta irracional, tristemente repetida en todos los crepúsculos de la Historia, se repetirá también ahora.

A nadie se le escapa que la plaga del coronavirus hubiese tenido un carácter estrictamente doméstico si no hubiésemos vivido en un mundo global. El coronavirus se lo habrían comido con patatas los chinos, cuyos gobernantes tiránicos habrían tenido que dar explicaciones a sus súbditos, a los que llevan diezmando de las formas más salvajes desde hace mucho tiempo. Una plaga circunscrita a China hubiese hecho tambalear la hórrida tiranía que allí rige, aberrante híbrido de capitalismo y comunismo; y tal vez incluso habría servido para que el pueblo revuelto contra sus gobernantes hubiese descubierto el origen oculto de la plaga, que a mí me apesta a escape de laboratorio. Pero,

Como vivimos en un mundo globalizado, los chinos han invadido el planeta entero de coronavirus, como hacen con todas las pacotillas, birrias, morrallas y baratijas que fabrican.

Y, al repartir los estragos del virus por todas las naciones de la tierra, los chinos se han acogido con resignación oriental (o sea, con fatalismo) al dictamen del refranero: «Mal de muchos, consuelo de tontos».

También en nuestra aceptación de la globalización, como en la resignación oriental, hay un componente aciago de fatalismo. Por fatalismo ante un progreso ilimitado e inevitable (¡oiga, que no se le pueden poner puertas al campo!) se impuso el globalismo como modelo indiscutido de organización social, económica y política. Naturalmente, tal modelo de vida no era más que el ‘marco’ que la nueva mutación del capitalismo precisaba para seguir concentrando la propiedad; pero las masas cretinizadas acabaron encontrándole el gustillo a los nuevos hábitos que tal ‘marco’ les imponía, resumibles en un consumo a troche y moche de pacotillas, birrias, morrallas y baratijas. Lo que incluye tanto la compra de productos venidos de los parajes más remotos del atlas como el consumo mismo del atlas, mediante la expansión mastodóntica del turismo. Y así el planeta entero se convirtió en un aquelarre de bulimia universal, que en los amos del cotarro era bulimia de acaparadores y en las masas cretinizadas, bulimia de niño que entra en una tienda de gominolas y quiere comérselas todas, pegándose un atracón, como si no hubiese mañana.

Chesterton afirmaba que el capitalismo es una herejía porque, en lugar de mirar las cosas creadas y ver que son buenas (como hizo Dios en el Génesis), las mira y ve que son bienes.

Todas las flores, todos los pájaros, todas las puestas de sol, todos los riscos y cumbres nevadas, todas las estrellas puestas en venta, cada una con su precio correspondiente. Y la plaga del turismo globalista representa la estación última de esa herejía monstruosa, poniendo el mundo entero en liquidación, para disfrute de consumidores insaciables. El memo globalista aprovecha el fin de semana para ‘hacer una escapadita’ (en realidad para atiborrarse de pacotillas, birrias, morrallas y baratijas) a Milán o a Nueva York; y si el fin de semana lo puede alargar un par de días más pega un brinco hasta Shanghái (para hacer lo mismo). El lugarcomunismo ambiental pretende que ‘cada uno hace con su dinero lo que quiere’; pero lo cierto es que quienes emplean su dinero en ‘hacer escapaditasde fin de semana a Milán o Nueva York, amén de ser unos cosmopaletos y unos consumistas compulsivos, son carcasas vacías, personas que necesitan buscar fuera de sí lo que no encuentran en su interior, tal vez porque sólo encuentran estiércol. Y que, además, quieren convertir el mundo entero en el reflejo de su alma. Trayéndose el coronavirus para casa lo han logrado plenamente.

Si en el mundo aún restase un poco de cordura, después de la hecatombe que el coronavirus va a causar, renegaríamos de la locura que nos llevó a aceptar un modelo de organización social, económica y política decididamente antihumano. Y, junto con la abolición del globalismo, nos obligaríamos –previa firma de un ‘Protocolo de Quieto’– a quedarnos quietecitos en nuestro pueblo, disfrutando de sus modestas bellezas, mucho mejores en cualquier caso que las pacotillas, birrias, morrallas y baratijas que nos trajimos del otro extremo del atlas, rebozaditas de coronavirus. Pero está escrito en el Apocalipsis que los hombres, después de sufrir una calamidad, vuelven a las andadas.

El mundo del toro paga su cuota al virus / por Antolín Castro



También este traicionero virus ha logrado cornear a más de uno, cobrándose la cuota que pueda corresponder, en el mundo del toro. No podía ser de otra manera.

El mundo del toro paga su cuota al virus

En este mundo revuelto y arrinconado por ese virus asesino que nos rodea, el mundo del toro está pagando su cuota también.

Estamos pegados a tablas, sin recursos y sin las herramientas adecuadas para combatir este toro tan fiero y, por qué no decirlo, tan hijoputa.

Se nos hace muy difícil, casi imposible, ganarle la cara al toro. Alargamos la distancia y nada de ceñirse ni cargar la suerte. Lo que toca es tomar el olivo y estar tapado, lo más tapado posible, y a resguardo de sus afilados pitones.

Todas las actividades, todas las ideologías, todas las posiciones sociales, están siendo empitonadas por este toro cruel. Desde príncipes a lacayos, de políticos y empresarios a obreros de la construcción; también famosos o gente anónima van dejando constancia de que nadie se libra de sus astas asesinas. Pobres y ricos unidos, por una vez, en la misma situación de desamparo.

También este traicionero virus ha logrado cornear a más de uno, cobrándose la cuota que pueda corresponder, en el mundo del toro. No podía ser de otra manera.

José Sarmiento, quien fuera anestesista en la plaza de toros de Málaga fue el primero, después han sido otros personajes del mundo del toro los que han dado su vida en esta desigual pelea. Borja Domecq, el ganadero de Jandilla, es el más conocido de los que tras ingresar en la enfermería han caído por las ‘heridas’ sufridas por el desgarrador pitón, como otros muchos. Otros menos conocidos también han pagado la osadía de enfrentarse sin los trastos adecuados al toro que nos está tocando lidiar. A modo de ejemplo, hemos perdido a uno de los almohadilleros más antiguos de Las Ventas.

Ya se ve, el toro no entiende de fama ni de actividad dentro de la Tauromaquia. A todos ellos les recordaremos por haber caído en esta feria tan poco festiva que estamos viviendo en 2020. Y a sus familias les queremos trasladar nuestro cariño y nuestro pesar por tan dolorosas pérdidas.

Juntos, aunque aislados ahora, saldremos después a recorrer el mundo gritando que somos aficionados, que somos taurinos y que nos hubiera gustado mucho más habernos dejado la vida en el ruedo, en plena faena, con la muleta y la espada en la mano.

A este toro no hay quien le meta mano, pero guardaremos las fuerzas para torear todos esos toros a los que se les ha dado una prórroga especial en el campo. El toreo bueno se les hará a ellos y no, al viento y entrenando, como se está haciendo ahora.

No podemos afirmar que será un camino de rosas reanudar la actividad, más bien lo contrario, pero ahora ese ha de ser nuestro pensamiento, un pensamiento positivo, el mismo que nos tiene que llevar a vencer a este toro tan fiero, que ejerce camuflado y vestido de terrible enfermedad.

Venceremos. No hay otra actividad que sepa mejor lo que es enfrentarse de cara a la muerte. Y en ese empeño y apuesta siempre hay que pagar una cuota. Esa que ahora mismo se le está pagando al virus.

Foto: Elmira.es

jueves, 2 de abril de 2020

La Peste Roja


En recuerdo de Goyo Benito / por Athos Dumas



Durante trece temporadas defendió con un tremendo pundonor el escudo madridista, dejándose literalmente la piel en cada partido, dando hasta la última gota de sudor en todo momento, de tal forma que completó una cifra de 420 partidos vistiendo nuestra elástica —además de 22 partidos con la selección absoluta de España—-, logrando alzar seis Ligas y cinco Copas de España

En recuerdo de Goyo Benito

Athos Dumas - 2 abril, 2020
Nos ha dejado esta mañana, a los 73 años de edad, tras una larguísima y dura enfermedad, una leyenda absoluta del Real Madrid: el gran Goyo Benito, único poseedor, junto a Pirri, de la “Laureada”, la condecoración más preciada que concede el club a sus jugadores.

Particularmente a este escribidor se la va con Benito buena parte de su infancia, aquellos primeros años 70 cuando empezó a ir regularmente al Fondo Norte del estadio Chamartín. Goyo Benito era como uno de los Titanes mitológicos, un defensa infranqueable para cualquier delantero. El ejemplo preclaro de que, con él en el terreno de juego, “el balón a veces pasaba, pero el delantero nunca”. Y, sin embargo, con toda la fama de duro que tenía, no se le recuerda haber lesionado nunca a nadie.

Nacido en la bella población toledana, famosa por su cerámica, de Puente del Arzobispo, Goyo era el nieto del célebre “Tío Gorín”, venerable patriarca al que era fácil encontrar en los restaurantes a la orilla del Tajo, orgulloso siempre de poder charlar con todos los comensales cada lunes y cada viernes post-partido de las hazañas de su famoso nieto.

Recuerdo que en los años 80, ya retirado desde 1982, Goyo emprendió varios negocios de restauración, como el Pub Lancaster (hoy en día Castellana 113 Lounge Bar) y el Pub Roll’s, en la Avenida de Brasil. En ambos se servía un excelente cocido cada miércoles, y Goyo estaba siempre en uno de sus dos establecimientos, al pie del cañón, como cuando lideraba junto a Pirri un eje central impenetrable, y, siempre amable, contaba decenas de anécdotas, además de hacer revivir por ejemplo su glorioso gol de cabeza al Oporto, único que anotó en el Bernabéu en toda su carrera, ante una defensa férrea y 110.000 espectadores apiñados en los graderíos. Gol que supuso el pase a los cuartos de final de la Copa de Europa 79-80.


Me gustaba seguir la trayectoria de Benito, apodado “Hacha Brava” por el recordado Héctor del Mar —“El hombre del gol”— en las colecciones de cromos de la época. Empezó en el club sin bigote, y a mediados de los 70 ya formaba parte del selecto grupo de bigotudos como el propio Pirri, Miguel Ángel, Rubiñán, Del Bosque, y hasta el glorioso capitán del momento, Amancio Amaro.

Durante trece temporadas defendió con un tremendo pundonor el escudo madridista, dejándose literalmente la piel en cada partido, dando hasta la última gota de sudor en todo momento, de tal forma que completó una cifra de 420 partidos vistiendo nuestra elástica —además de 22 partidos con la selección absoluta de España—-, logrando alzar seis Ligas y cinco Copas de España. No pudo jugar, por lesión, la final de Copa de Europa de 1981 ante el Liverpool —jugaron en el eje Sabido y Salguero— en su penúltimo año como integrante de la primera plantilla.

Goyo Benito siempre estará en mi equipo ideal del Madrid de todos los tiempos, sobre todo por la actitud con la que afrontaba cada partido, con ese gen ganador que tenía bien inoculado y que le convirtió en un auténtico valladar inexpugnable y en uno de los grandes defensas de toda Europa en su época.

Descansa en Paz, querido Goyo, estarás siempre en todos los corazones madridistas y en nuestros recuerdos por haberlo dado todo y en todo momento sobre el terreno de juego.

Manolo Navarro en el recuerdo / por Paco Mora



Navarro devino en un torero recio y de sólida técnica, no exenta de cierta gallardía, que solía formar parte de los carteles de la Feria de la Virgen de los Llanos en septiembre, alternando con las figuras del momento. Recuerdo haberle visto salir en hombros por el Paseo de la Feria en sus tardes de triunfo.


Manolo Navarro en el recuerdo

Paco Mora
AplausoS / 2 de Marzo de 2020
Manolo Navarro, uno de los primeros matadores de toros que dio Albacete, en realidad solo Mancheguito le antecedió, pertenecía a la generación de Luis Miguel y Paquito Muñoz. En realidad Manolo no se apoyó demasiado en su ciudad natal, en la que en sus tiempos no existía apenas ambiente taurino, por lo que se forjó como torero en la zona de Madrid, y en la capital manchega se presentó ya con picadores. La época de efervescencia taurina en Albacete vendría años después con Montero, Pedrés y Chicuelo II. No obstante, Navarro devino en un torero recio y de sólida técnica, no exenta de cierta gallardía, que solía formar parte de los carteles de la Feria de la Virgen de los Llanos en septiembre, alternando con las figuras del momento. Recuerdo haberle visto salir en hombros por el Paseo de la Feria en sus tardes de triunfo.

Manolo Navarro era muy amigo de Ángel Luis Bienvenida, y solía torear una becerra en el festival a puerta cerrada con el que éste celebraba el aniversario de su alternativa. El albaceteño pasó parte de los años de su retiro conduciendo un taxi. Pertenecía a una conocida familia albaceteña. Su padre era mayorista de pescado, y tenía una pescadería en la Plaza del Mercado, ubicada donde hoy se levanta la barriada de Puerta Cerrada. Recuerdo a aquel hombre amplio y de buen porte al que nombraron algo así como director general de Pesca y Salazones con sede en Madrid. Por aquel entonces circuló por Albacete la especie de que el hombre se había fugado con su secretaria y la caja a América, y que desde allí le puso un telegrama a su hijo que decía: “Hijo mío, esta es una faena y no las que tú haces”. Verdad o bulo, la cosa no se puede negar que tiene su gracia.

Como dato más reciente cabe señalar que cuando se homenajeó a los matadores de toros más antiguos de Albacete, él excusó su asistencia por motivos de salud.