la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 25 de mayo de 2026

Alberto y su exigible moción / por Rafael Nieto


 ¿Qué razones tendrá el socio predilecto del PSOE para no querer sacar a Sánchez del Gobierno por la misma vía que eligió el actual presidente para sacar a Rajoy, hace exactamente ocho años? 

Alberto y su exigible moción

Rafael Nieto
Con la irrupción sorpresiva de los calores, que nos anticipan otro verano tórrido por culpa del cambio climático ultraderechista, la gente tiende a poner entre paréntesis todos los escándalos nacionales. El personal sale a la calle en busca de los rayos solares (y el derretido asfalto), y nuestra tendencia natural a socializar nos empuja a las cervezas del tardeo. Es inevitable. El cuerpo pide desconexión, porque doce meses al año, 365 días seguidos de corruptelas, incompetencias, mamoneos y despotismos bipartidistas, mire usted, no hay quien los soporte. El verano nos mete oxígeno en los pulmones para seguir existiendo y sobrellevar otros cuantos inviernos más en nuestras vidas.

La imputación de Zapatero por blanqueo de capitales y otros cuantos delitos más derivados de su mente criminal ha acelerado en el imaginario colectivo (el decente, porque luego hay otro que vive en las letrinas de Mordor) la urgencia de que la mafia socialista salga del poder cuanto antes. El ex presidente no es un jarrón chino más; no es un jubilado de la política, del que te puedes desentender relativamente, como ha hecho Feijoo con Aznar. Zapatero constituye el ADN de la actual izquierda española, la quintaesencia del rojerío patrio en este tiempo donde abundan los perfiles planos y el lugarcomunismo. Su imputación ha sido la gota que ha colmado el vaso para muchos progres, algunos con micrófono o teleprónter diario a su alcance, que hasta ahora venían defendiendo lo indefendible.

Este manicomio dentro de Alcatraz en que ha devenido el PSOE vuelve a pillar al PP (su socio favorito en Bruselas) con el pie cambiado y sin capacidad real de reacción. Porque una oposición que se basa en cruzarse de brazos de manera permanente, esperando que llegue el maná de La Moncloa como la lluvia de café de Juan Luis Guerra, ni es oposición, ni es nada. Cuando se le pregunta a Feijoo si no cree que, ya sí, es el momento de presentar una moción de censura que saque a la mafia del poder, la respuesta vuelve a ser la misma de siempre: «No es el momento«. ¿Qué razones tendrá el socio predilecto del PSOE para no querer sacar a Sánchez del Gobierno por la misma vía que eligió el actual presidente para sacar a Rajoy, hace exactamente ocho años? Nadie lo sabe muy bien. Es el misterio de Génova, que diría Iker Jiménez.

Es dramático, a poco que uno se pare a pensarlo, que el líder del PP no haya aprendido nada de las dos mociones de censura que ha presentado VOX contra este Gobierno ilegítimo. Sorprende que tampoco haya reparado en ello alguno de los cientos de asesores que trabajan para Feijoo. Al contrario de lo que creen los populares, las mociones de censura tienen como principal función retratar al Gobierno: ponerlo frente a la sociedad en su realidad desnuda, quitarle los ropajes y celofanes con que lo viste la actualidad, y presentarlo ante los ciudadanos tal y como es. Y esta banda que lidera el marido de Begoña Gómez, ex jefe del hampón Ábalos y su tropa de robaperas, debe ser expuesta en la sede de la soberanía con toda crudeza y rotundidad. Para que, si sigue en el poder por aquello de la «aritmética parlamentaria», al menos todo el mundo sea consciente de su naturaleza criminal.

Feijoo no puede seguir poniéndose de perfil en su dontancredismo natural. La realidad nacional exige estar a la altura, aunque el esfuerzo le saque de un estado de confort que (lo comprendemos) debe ser agradable y placentero como un paseo vespertino por el puente de La Toja. Ningún español puede estar tranquilo y desentenderse de su responsabilidad (en el caso de tenerla) cuando están al timón de nuestras vidas los personajes más siniestros y corruptos, más inmorales y abyectos, que ha sufrido nuestra patria en bastantes siglos. Cruzarse de nuevo de brazos ante esta dramática coyuntura puede y debe empezar a considerarse como una forma de complicidad.

Sánchez, que es hijo político y sucesor del ya judicialmente corrupto Zapatero, ha provocado cientos de muertes de inocentes en España como consecuencia de su insoportable incompetencia y la de sus ministros; primero con la pésima gestión de la pandemia, después con la penosa gestión de la dana en Valencia, más tarde con la terrible gestión del apagón eléctrico o del accidente de Adamuz. Y siempre, desde el primer día que aterrizó en La Moncloa, llevando la pobreza y la miseria a las familias, que ya no tienen forma de llegar a fin de mes y sobreponerse al desastre y el desgobierno de esta banda de inútiles. Señor Feijoo, ya no vale ponerse de perfil y decir «pasopalabra». Hay una mayoría social que exige un paso al frente en este momento crítico.

San Isidro'26. Los Alcurrucenes. Llevar la faena hecha desde el hotel. Campos & Moore


'..Ayer la afición de Madrid vivió una enorme desilusión porque esperaba mucho de los tres matadores anunciados en el cartel con los toros de Alcurrucén. Más desencanto aún se produjo por lo que se concebía que podían haber dado de sí las figuras de Fortes y de Víctor Hernández..' 

Plaza de toros de Las Ventas, Madrid. Domingo, 24 de mayo de 2026. Decimoquinto festejo de la Feria de San Isidro. 

Encierro de toros de Alcurrucén (origen Carlos Núñez). Bien presentados menos el tercero. Nobles. Cinqueños y mansos menos el sexto. Flojos 1º (inválido) y 3º. El primero acucharado y recogido de pitones. El segundo veleto y de suma nobleza. El tercero sin trapío, bajo, corto, chico, feo e inválido. El cuarto, cornivuelto, bajo, al límite en el trapío, muy noble. El quinto, un zapatito, tardo y remiso. El sexto, cornivuelto y noble, aunque sin empuje. Lleno de no hay billetes. Tarde primaveral camino del cambio climático.

Terna: Fortes, de Málaga; de sangre de toro y oro, con cabos blancos; catorce años de alternativa; veintiún festejos en 2025; silencio tras un aviso y silencio tras un aviso. David de Miranda, de Trigueros (Huelva), de blanco y plata; nueve años de alternativa; veintitrés festejos en 2025; oreja muy protestada tras un aviso y silencio tras un aviso. Víctor Hernández, de Los Santos de la Humosa (Madrid), de malva y oro, con cabos blancos; dos años de alternativa; dieciséis festejos en 2025; silencio y silencio tras dos avisos.

Suerte de varas. No se cuidó la entrada de los toros en la suerte, entraron a su aire. Mucho picotazo. Varas mal colocadas. Salieron sueltos a excepción de 1º (se repucha) y 4º (al capote). Varas traseras (1º, 3º y 5º). Todo esto influyó en el juego de los toros en la muleta. Elegimos la descripción de la suerte de varas al sexto que fue el toro más seguido por la afición. Lo picó Agustín Collado. Ambas varas caen detrás de la cruz. En la primera el astado entró al relance y tras un picotazo salió suelto. En la segunda fue puesto en condiciones y empujó, pero salió suelto tras un picotazo; el picador intentó el metisaca. No fue ahormado.

PEPE CAMPOS
De toda la vida cuando los matadores de toros se han diluido en el espesor de la tarde sin cumplir con las expectativas que llevaban los aficionados por verles, se ha producido una profunda decepción. Ayer la afición de Madrid vivió una enorme desilusión porque esperaba mucho de los tres matadores anunciados en el cartel con los toros de Alcurrucén. Más desencanto aún se produjo por lo que se concebía que podían haber dado de sí las figuras de Fortes y de Víctor Hernández. Ambos frustraron las esperanzas que el aficionado había depositado en sus actuaciones porque estuvieron muy lejos de lo que se pensaba eran capaces de alcanzar. Podríamos meter en este cóctel a la figura de David de Miranda, si bien mucho menos ya que no es un matador de la concepción del toreo que tiene en mente la plaza de Madrid. Y ¿por qué sucedió esto? Principalmente porque no estuvieron a la altura de lo que los toros desarrollaron en el albero, ya que ante toros nobles (sin demasiado empuje) no aplicaron faenas a la medida que esos astados exigían. No torearon en la función del toro que les tocó lidiar, sino que se empeñaron en imponer a los astados lo que ellos pensaban debía ser la faena en cada uno de los duelos (ante los seis toros). De toda la vida se ha dicho en estos casos que los toreros llevaban la faena hecha desde el hotel; es decir, no desarrollaron un trasteo idóneo a cada toro (que toros hubo, aunque con poca fuerza), sino que desplegaron una tauromaquia mecánica, preestablecida, prolongadísima en envites (lances y pases), aquella que acostumbran a poner en escena en las plazas de provincias y en los pueblos (gaches) donde pueden ser anunciados. 

Todos los toreros de ayer necesitaban el triunfo para pasar de la segunda división, en la que se encuentran, y poder optar a la ansiada Champions. Se quedaron muy lejos de esa promoción o «sorpaso», y por ello permitirán que las longevas figuras eternas que están por arriba (con veintitantos años de alternativa en muchos de los casos) permanezcan y consigan a corto y a largo plazo adocenar a la fiesta de los toros, per se.

Los toros de Alcurrucén que ayer salieron al coso de Las Ventas fueron toreables, de condición noble y permitieron el toreo. Cierto es que les faltó algo de empuje, de acometividad, de emoción. Este es un problema que atraviesa a la fiesta de los toros. Mucho toro noble, manejable, dócil, escasos de casta, de emoción. Aún así este toro bonancible, que ayer salió, permite un tipo de faena que no se le propinó. Al ser un astado escaso de fuerzas se le tenía que haber toreado en pocos pases, en pocas tandas, todas ellas concebidas desde una disposición de toreo clásico, bien hecho y rematado. Con la muleta cuadrada hacia la cuerna de los toros, con un viaje de la franela despacioso y hacia atrás, con las piernas del torero más frontales, mantenidas hacia delante; no escondidas. Con el torero colocado a una distancia sin ahogar a los morlacos; dejarles respirar para que vean con horizonte al matador y tener espacio para tomar el trapo, galopar hacia él o mantener un trote; no ser asfixiados; que corra el aire en el trasteo; que el torero esté cruzado con el burel, que no toree al hilo del pitón, ni abuse del pico, sino que lleve al animal metido en el centro de la muleta, con lentitud, con temple, con compás, con armonía; en pocos pases. Si el toro está limitado de fuerza, faenas de veinte o treinta pases, no de sesenta o más como ayer se sufrieron. Los tres matadores ahogaron a los toros y dieron una enormidad de pases. En la tarde sonaron seis avisos. Posiblemente pudieron ser muchos más. Algo falla en la tauromaquia cuando las faenas son tan largas. 

No tiene sentido. Aparte, esa colocación desacertada de los toreros ante los animales, con la muleta en uve, es decir, enseñando el pico de la misma al astado y haciendo un ángulo cerrado con el cuerpo del torero, para llevarle por las afueras, no hacia adentro, con las piernas de los diestros dispuestas hacia atrás, y bajo una composición del cuerpo de perfil. Así no se domina a los toros, ni se les templa, ni se les debe torear. A no ser que el astado ponga todo de su parte —como suelen esperar que haga— olvidando cualquier adaptación a sus características.

Si analizamos lo realizado por la terna ayer, debemos comenzar por Fortes. Desilusionó sobremanera. Se le esperaba especialmente porque en Madrid se le quiere. Toreó pecando, al poner la muleta en uve, desplazando al toro con el pico de la misma y situándose de perfil —una manía que tiene—. A su primer toro, muy noble, le dio una barbaridad de pases. Había poco toro y alargó el trasteo sin compasión. Perfilero, muy encima. Sí, hubo uno o dos pases bellos, pero el toreo no consiste en esa fragmentación, sino en una obra de conjunto. Toda su labor quedó desdibujada. Mató en la suerte contraria de un pinchazo y de un bajonazo. Con el cuarto toro de la tarde, noble, las cosas aumentaron: muchos más pases en la segunda raya del tendido nueve, más de perfil, más uve, abierto el compás, la pierna retrasada, por fuera, sin verdadera colocación. Parece mentira que un torero que tiene mucho valor se coloque con ventajas delante del toro. Mató de tres pinchazos en la suerte contraria y de una estocada baja perdiendo la muleta.

David de Miranda, viene a ser un torero como Sebastián Castella, con tendencia a las cercanías y al toreo por la espalda —ayer no abusó tanto de esto—. Y sobre todo parece ser un exponente del toreo giratorio, haciendo girar al toro alrededor de su figura mientras la pierna de salida va hacia atrás para permitir la ligazón, única clave de su toreo. Hay que reconocerle un sentido del temple –ayer no tanto—, una virtud que queda anegada entre tanto toreo por las afueras. 
La faena a su primer toro, en los terrenos del diez, no fue dominadora sino superficial, en redondo y al natural, aunque parte del respetable vio en ella el modelo de la perfección. Estatuarios iniciales y bernadinas finales. Mató de estocada baja en la suerte contraria. Se le concedió una oreja sin petición mayoritaria, y fue muy protestada. 
Al quinto le toreó con la franela en los medios en orientación a los tendidos seis y siete. Pases por bajo para comenzar. Muy encima en las tandas. El animal era tardo. Pies juntos. Por fuera, despegado. Manoletinas como cierre. Mató de un pinchazo en la suerte natural y de estocada caída y tendida en la suerte contraria.

Había confianza en ver a Víctor Hernández. Ilusión. Él no respondió en relación a como se le había valorado. Puede que se equivocara eligiendo animales de tan escaso poder. Su primero sin trapío y sin fuerzas. A Hernández se le vio acelerado. Mal colocado. Hizo un esfuerzo en balde porque es un torero que necesita un toro de poder y de transmisión. Anunciándose con el medio toro pierde frescura, verdad y contenido. Su carrera así puede correr peligro. Una esperanza que se pierde en la lontananza. Mató de una estocada desprendida perdiendo la muleta en la suerte contraria. En el último toro de la tarde, un astado noble y afín, aunque ausente de empuje, no midió bien el trasteo. Se extralimitó. Para comenzar no lo llevó a los medios, sino que lo molió a pases entre las dos rayas del nueve, sin fin. Abusó del pico. Aparentemente parecía bien colocado. Pero el encimismo lo tapaba. Al final se corrigió y llegó a torear decentemente al natural, pero era muy tarde. Mató de un estocada caída, tendida, en la suerte contraria y de un descabello. Su siguiente compromiso será con la corrida de Jandilla, si de nuevo hay mala selección del ganado a Víctor Hernández le perjudicará.

Como algo destacable vivimos un tercio de quites profuso en el segundo toro. Víctor Hernández y David de Miranda compitieron con el capote. Dos quites cada uno. Todos ellos livianos. El toro no permitía más. Chicuelinas, ganoneras y toreo vistoso. Parecía que aquello prometía una tarde para el recuerdo; no obstante quedó en puro espejismo.

Lo más notable del festejo fueron los dos pares de banderillas de Víctor del Pozo al quinto toro. Muy de verdad.



ANDREW MOORE








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FIN

MADRID/ 15ª San Isidro. Un torazo / por Jorge Arturo Díaz Reyes,

David de Miranda con“Heredero” el 2° . Foto: Las Ventas

David de Miranda corta oreja y saluda. Víctor Hernández aplaudido, y Fortes tras pinchar gran faena natural silenciado. Encierro de poca bravura y fuerza...

Un torazo  
Jorge Arturo Díaz Reyes
CrónicaToro / Madrid, 23 V 2026
Lo más relevante ocurrió con los dos primeros toros haciendo presentir que venía una tarde triunfal, no hubo tal. El descastamiento, la sosería y poca estabilidad de los toros echaron los augurios al bote. Por la divisa solo sacó la cara el bravo y noble segundo, “Heredero”, número 185, cinqueño como toda la corrida, negro, pitonudo, de 610 kilos con mucha plaza.

David de Miranda lo lanceó con respeto, rematando con gran media. Ataca el caballo de Carbonell en dos varas traseras dosificadas. Entonces se abrió a un prolongado y variado tercio de quites. Cuatro saltilleras muy sembradas y una fregolina de Víctor Hernandez. La réplica de tres chicuelinas y una larga pinturera de Miranda. La contrarréplica de Hernandez con dos nicanoras y brionesa. Y el cierre de Miranda con tres gaoneras y una fregolina. Pusieron la plaza en pie. A todo fue el gran Alcurrucén sin acusarlo. Ruiz y López cumplen un aseado tercio, y el brindis es al asoleado y caluroso casi lleno. Por fortuna para ellos soplaba el viento, pero no para la muleta que flameaba. El gaditano lo ignoró y con seis estatuarios y una firma inició la faena de la tarde.

Planta firme, cuerpo al viaje, muleta trazadora y ligazón por derecha e izquierda pusieron el aforo de su parte. Sobre todo, con dos tandas naturales, muy apegadas, de a cuatro y cinco respectivamente con sus broches. Luego como queriendo abundar en su arrojo se metió en la cuna del torazo con seis derechas, un cambio de mano con giro, un natural y un desplante ameritado que cantaba su dominio. Igualó tras tres bernadinas de ayayay, antes de la estocada total y letal que motivó una mayoritaria y estruendosa petición, a la que su señoría don José Antonio Rodríguez San Román se plegó, destapando la caja de Pandora en el tendido siete. Le gritaron de todo. Lo menos, el manido ¡Fuera del palco! Que quizás no haya presidente de Las Ventas que no haya oído en los casi cien años de la plaza. Lo cierto es que la vuelta fue alegre, afectuosa y cuando David pasó oreja en alto frente al temido graderío, la mitad aplaudió y los protestantes de minutos antes callaron.

Fortes, había lucido a gran altura por naturales con el primero, quizá el mejor momento de la suerte reina en lo que va de feria, fue su serie de cinco y el ceñido forzado que dio promediando la faena, no es que otros muchos, tantos que oyeron el aviso toreando, no hubiesen valido, pero la cohesión y pureza de esta ligadura los opaca, brilló mucho su obra en general, pese a la falta de codicia y sosería del toro. Más el pinchazo, el bajonazo, los dos descabellos fallidos y la echada del toro por su cuenta callaron la plaza.

El toreo reposado, ceremonial y de vocación purista que trae, evoca los grandes pulcros de la historia del toreo, como El Viti. Tuvo tres enemigos jurados hoy, la estulticia de sus toros, su espada ineficaz y la falta de comprensión de los que a grito y pito presumen de sabihondos. Sin embargo, tuvo momentos bellos, no entendidos por todos, fuera de su participación en quites. Cuatro tandas muy toreras con el sexto, tres de ellas por la derecha y una natural. Incluso después del aviso, contra viento y marea, ligo otra final por la izquierda. Pero su espada completa no mató, necesitó descabello después de un segundo clarinazo y el silencio.

Alcurrucén queda en deuda un solo toro bravo no lo salva. Lo toreros pusieron más de lo que la divisa ofreció.

FICHA DEL FESTEJO

Madrid. Domingo 24 de mayo 2026. Plaza de Las Ventas. 15ª de San Isidro. Sol 30ºC. Lleno de “No hay billetes”. Seis toros, Alcurrucén, cinqueños, 558 kilos promedio, dispares de romana y justos de casta y fuerza, ovacionado el bravo 2º.

Fortes, silencio tras aviso y silencio tras aviso.
David de Miranda, oreja tras aviso y
Víctor Hernández, silencio y palmas tras dos avisos.

Incidencias: Saludaron: Víctor Pozo y Yelco Álvarez tras parear 5º y 6º respectivamente.

domingo, 24 de mayo de 2026

San Isidro'26. Darle una vuelta a esto del rejoneo. Campos & Moore


'..Hoy el elemento toro en este transformado show, de clavarle hierros a un animal vencido, ha llegado a un punto de no retorno, a no ser que se le pongan cotas, como, por ejemplo, no permitir tanto castigo a los astados. Debería existir una limitación de las clavadas. Sería el inicio de la regeneración del toreo a caballo..'

Plaza de toros de Las Ventas.
Sábado, 23 de mayo de 2026. Decimocuarto festejo de San Isidro. Primera corrida de rejones. Cartel de no hay billetes. Tarde primaveral calurosa.

Toros de Ángel Sánchez y Sánchez, de sangre Murube-Urquijo, con los pitones desmochados, sin trapío, mansos, muy flojos, nobles, sin poder y rendidos. De poco juego. Todos iguales. Anodinos.

Toreadores: Andy Cartagena, de Benidorm (Alicante), traje campero gris, veintinueve años de alternativa; diecinueve festejos en 2025; vuelta al ruedo y una oreja. Diego Ventura, de Lisboa (Portugal), traje campero, chaquetilla de coral aterciopelada y pantalón azul oscuro; veintisiete años de alternativa; cuarenta y cuatro festejos en 2025, silencio y una oreja. Guillermo Hermoso de Mendoza, de Estella (Navarra), traje campero, chaquetilla marrón y pantalón azul marino; siete años de alternativa; veintisiete festejos en 2025; silencio y silencio.


PEPE CAMPOS
Como es tradición en este tipo de festejos del rejoneo la plaza de Las Ventas ayer estaba irreconocible, prácticamente, ningún aficionado a los toros de las corridas regulares se encontraba en su localidad. Allí, ayer, lucían palmito otra clase de personas que habían sido invitadas a la función. Mucha alma sencilla que pretendían pasar una tarde agradable aplaudiendo a los caballeros en plaza. Todo muy hermoso y digno de análisis sociológico, desde el cual entenderíamos mejor nuestra sociedad. Una parte de la sociedad amable. 
Digamos que en la historia del rejoneo hubo un crecimiento en expectativas y en resultados que fue evolucionando a lo largo del siglo XX. A finales de ese siglo y comienzos del XXI, la figura de Pablo Hermoso de Mendoza revolucionó la forma de torear acomodando el clavado de rejones a la técnica del toreo a pie. Los tres tercios creados por Antonio Cañero en los años veinte del pasado siglo, que se asemejaban al toreo de los coletudos, sufrieron una vuelta de tuerca con Hermoso de Mendoza, pues en sus momentos de esplendor parecía que sus caballos toreaban con capote o con muleta ofreciendo su cuerpo a los astados preparados para la ocasión. 

Aquí reside el problema del rejoneo actual, en el tipo de toro que se lidia que no posee ni una pizca de emoción, ni de un sentido de lidia, porque son animales vencidos y programados, como si hubieran nacido para cumplir su misión en un número de circo. 

El rejoneo avanzado el primer cuarto del siglo XXI necesita darle una vuelta a todo esto, porque si no el espectáculo que quieren alcanzar se les cae, se les difumina, se les diluye. Pues a pesar de que se quiera elegir un toro colaborador deben existir unos mínimos de raza, de trapío, de casta y de emoción. Lo mejor es que se volviesen a torear en las corridas de rejones toros de cualquier origen y ganadería y no quedarse apegados a la sangre Murube que no aporta a la función pública, de dominar toros desde los caballos, ningún interés, por no entrañar ni riesgo, ni emoción, ni sentido dominador. La actividad actual de la corrida de rejones es una gala modificada de las corridas de toreo a caballo de la edad moderna española, concretamente, del siglo XVII, si hablamos de situar arpones a los toros con un sentido de someterlos mientras se establecen para ello unas reglas taurómacas.

Las normas quedaron diseñadas en el siglo XVII, a partir de concebir el toreo de frente —un aspecto histórico mantenido en el rejoneo portugués a través de los siglos— porque los caballeros iban hacia los toros, atacando (el caballo invade el terreno del toro con éste parado); esperándole cuando el astado se arranca; de poder a poder, si ambos se reúnen con movimientos de partida al mismo tiempo; o recibiendo cuando el equino se adelanta a la embestida del burel si bien este reacciona en última instancia. Estas cuatro maneras de concebir las suertes parten de los orígenes cuando los toreadores eran nobles [que torearon y escribieron reglas de puño y letra —de ahí toda una tratadística clásica anterior a la del toreo de a pie: lo hemos señalado en todo momento, hemos insistido en ello: que introduce una rica manera de concebir la lucha entre las monturas y los astados, y que se trasladó posteriormente a la tauromaquia de a pie—]. 
Estas normas han sido pulidas y transformadas por los jinetes españoles y portugueses a través de los últimos cien años, hasta llegar a este acto actual de marco triunfalista, agradable, popular, denominado corrida de rejones, al que acude un tipo de público, como decíamos, angélico, inocente, ingenuo y no olvidemos que perteneciente a la población que sostiene nuestro país. 
En la progresión mantenida en el rejoneo han aparecido nuevos instrumentos, aparte del rejón —el instrumento inicial—, como las banderillas largas, las cortas y las rosas. Todo ha ido a favor de una divertimento en el que el factor toro no se ha tenido en cuenta y ha llegado, por lo visto ayer, a desaparecer, a no ser tenido en cuenta. Si esto es así, el rejoneo contemporáneo se caerá si no se restauran los principios, que no son otros que establecer verdad y belleza en el dominio de un toro fiero. Las preceptivas clásicas (siglo XVII, por ejemplo) no hablaban de que el toro debiera ser un simple colaborador; sino un elemento al que había que poder, porque desde ahí el caballero adquiría notoriedad, fama, aura de héroe, leyenda de hombre ilustre que gana celebridad a través de sus hazañas, en este caso a través de lidias de animales bravíos.

Hoy el elemento toro en este transformado show, de clavarle hierros a un animal vencido, ha llegado a un punto de no retorno, a no ser que se le pongan cotas, como, por ejemplo, no permitir tanto castigo a los astados. Debería existir una limitación de las clavadas. Sería el inicio de la regeneración del toreo a caballo. Y volver a la lidia del toro verdadero en puntas (en la tratadística del siglo XVII no existen insinuaciones de cercenar los pitones a los bóvidos lidiados), a pesar de que el caballo (ese animal realmente bello que despliega todo su saber en la tauromaquia) pudiera sufrir un deterioro; en evitarlo radica la maestría de su jinete, de su toreador (anterior al diestro, al torero) abastecedor de gran parte de los postulados taurinos vigentes hoy en día en la corrida de toros hispana, o española o andaluza, como queramos denominarla. Son los principios del valor, de la gallardía, de la prudencia, del honor, de la mesura, del riesgo, de la ayuda, de la belleza; por qué no decirlo del arte taurómaco —ese entramado de leyes clásicas, de parar, templar, mandar y cargar la suerte— registrado por los nobles portugueses y españoles que toreaban en las plazas públicas reales (un ágora, un coso) ante todas las clases sociales; igualmente, como hoy. Ante un público deseoso de admirar, de emocionarse, de reconocer y de aprender de las enseñanzas más nobiliarias posibles. Sin toro no hay posible admiración. Puede darse la diversión. No lo neguemos. Aquél toro que dibujó idealmente María Eugenia de Beer en la preceptiva más famosa de las existentes, Exercicios de la gineta (1643) de Gregorio de Tapia y Salcedo, a pesar de su rusticidad, debe volver a la actividad del toreo a caballo, para reajustar sus reglas y acomodarlas a una verdad que ha difuminado el moderno rejoneo.

Al analizar la actuación de los caballeros de ayer tarde hay que empezar por el primer rejoneador, Andy Cartagena. Todo su toreo responde a un intento de llegar al éxito de cualquier manera; sobre todo a base de poner la doma de sus caballos al servicio de su capricho, mediante cabriolas, piruetas, piafé, reverencias, sentadas, levadas, corbetas, saltos y todo tipo de pasos y ejercicios. Todo menos torear. Utilizó bellos equinos. En los rejones de castigo vimos a Felino, en banderillas largas y cortas a Cartago (hermoso caballo lusitano, perla, de enorme sensualidad), Baena, Pintas, Copo de Nieve y Bandolero; Pintas a la hora del rejón de muerte, un caballo de capa extraordinaria «appaloosa», moteada, cuyo origen reside en la tribu india norteamericana Nez Percé. Muchos de estas monturas sufrieron cornadas de los astados, con la suerte de que estaban muy cercenados de pitones y mermados de fuerza, y por ello salieron indemnes. Para restarle más fuerzas aún sus peones intervinieron constantemente. En definitiva una actuación populachera que no gustó a todo el respetable.

Diego Ventura, es la máxima figura actual del rejoneo, y hay que admitir que domina la monta y la puesta en escena. Su rejoneo es veloz, apasionado, impulsivo, como una inyección de testosterona en vena. Todo hacia la galería, aunque como decíamos sabe lo que hace; no obstante se excede. Se pone de los nervios en pos del triunfo. También montó maravillosos equinos. El clásico Guadalquivir para los rejones de castigo. En banderillas, el maravilloso Nómada, lusitano, muy torero. Bronce con esa manía de querer morder a los toros que creo hay que recriminar con toda severidad; algo indigno y fuera de lugar. Quírico y Lío. En los rejones de muerte Brillante. 
Diego Ventura rejoneó de manera irregular. Hay que valorarle que en el quinto astado recorrió el ruedo montando a Quírico lamiendo terrenos de tablas y llevando al toro pegado a su costado. Se dejó tocar las monturas. Dio a su manera espectáculo, cómo no, y divirtió a la concurrencia.

A Guillermo Hermoso de Mendoza se le ha visto desposeído de la timidez que manifestaba en sus primeras actuaciones (seguramente este paso adelante no sea bueno para él porque le acerca al descaro de pedir el triunfo sin mérito como hacen la mayoría de sus compañeros). Mantuvo al torear cierto clasicismo heredado de su progenitor. Un clasicismo que el graderío de este tipo de corridas no llega a entender. Los caballos que montó fueron: para el rejón de castigo Jíbaro; en banderillas Ecuador que en el tercer toro toreó al quiebro de frente con soltura (lo más torero de la tarde). Mató con Quemarropa. En el último toro montó a Berlín con el que volvió a las hermosinas y culminó con Pasodoble. Fue el caballero más sobrio, menos atacado de espíritu.



ANDREW MOORE








FIN

Mishima y la tauromaquia / por Pepe Campos

 

'..Aparte de los planteamientos meramente políticos e ideológicos que vertebran el discurrir de la novela, existen enunciados vitalistas que son los que nos permitirán acercarnos a un modo de exponer el motivo de la muerte que se podría relacionar con la existencia de la misma en el campo de la tauromaquia..' 

Mishima y la tauromaquia
En «Caballos desbocados» acerca su Japón a los valores de la tauromaquia

PEPE CAMPOS
En el apartado de mis últimas lecturas me planteé abordar con mayor profundidad el trabajo creativo de Yukio Mishima (1925-1970), una figura excelsa y controvertida de la literatura de la segunda mitad del siglo XX. Había leído hacía años la que se considera —en opinión de muchos— su obra maestra El pabellón de oro (1956) y la atractiva Confesiones de una máscara (1949) con la que se dio a conocer en el mundo literario. Ahí dejé mi introducción en el espacio de Mishima siendo consciente de que mi conocimiento sobre su faceta artística era marginal. La oportunidad para volver a su órbita y dedicarle mayor atención ha surgido a partir de la reciente publicación en español de El tumulto de las bestias (1961) una novela fantástica y singular. Su lectura me confirmó sin paliativos que me encontraba ante un autor de dimensión universal. A partir de este momento afloraron en mí ciertos recuerdos encriptados sobre la necesidad de leer a Mishima en clave taurómaca, pues cuando estaba realizando los cursos de doctorado, en mi primera tentativa de emprender una tesis doctoral sobre los toros en la Edad Moderna, tuve la ocasión de escuchar un testimonio que quedó grabado en mi imaginario dejando latente el deseo de consumarlo más adelante, algo que he logrado hace poco tiempo.

Una compañera de los cursos de doctorado, allá por 1993, en el Departamento de Historia Moderna de la Universidad Complutense, que era japonesa y estudiaba algún tema específico sobre la política española en el Pacífico, en la costa asiática, en los siglos XVI y XVII, me dio la pista. En ese contexto, cierto día entablé conversación con ella y le pregunté si en la cultura japonesa había alguna evidencia que asemejara (que explicara) y que acercara al ámbito de su civilización los valores de la tauromaquia hispana. Su contestación fue muy precisa: la novela de Yukio Mishima, Caballos desbocados (1969). Ahí quedó su consejo que al cabo del tiempo he podido comprobar al cumplir recientemente la lectura de su tetralogía, El mar de la fertilidad (1966-1971). La primera de las novelas de este empeño literario de Mishima, Nieve de primavera (1966) es una obra maestra absoluta, plena de lirismo (Mishima es un consumado poeta) y de penetración psicológica (entablada en un medio sociológico y humano totalmente diferente al de la cultura occidental). Viene a ser una novela de iniciación (Pabellón de oro también lo era) y que no sé por qué significados y planteamientos su atmósfera me ha remitido y recordado a la narrativa de Thomas Mann.

Al afrontar la segunda de las novelas de esta serie novelesca, la recomendada por aquella doctoranda japonesa allá en tiempos todavía de la juventud, la citada Caballos desbocados, fui leyendo con radar de detección de vestigios simbólicos taurinos habidos en este texto, de cariz y contenido histórico, político y espiritual. En este escrito, sumergiéndonos en la empresa comunicativa de Mishima, en su afán de ambientar, componer y materializar una obligada Restauración histórica y política de Japón y su cultura, a través de su obra literaria final (el conjunto de El mar de la fertilidad), observamos que el sentido de la muerte atraviesa continuamente la cima literaria que se propone construir. La muerte es y viene a ser para Mishima una realidad al servicio de propuestas éticas apoyadas en un sentido de restitución de la limpieza del alma individual y social, que se transmite mediante la idea y el anhelo de la pureza; cuando los actos del hombre y de su entorno están regidos por una ética máxima, en defensa de lo más prístino del ánima humana —y de la comunidad— en un pulso y aliento espiritual de componente casto, virginal, honesto, virtuoso y auténtico. La muerte como motivo de la vida; un final de la misma que da siembra para la renovación de los ciclos vitales.

En un determinado momento de la novela, cuando el protagonista (Isao Iinuma, un joven de naturaleza reencarnada) se manifiesta inserto en volcar el peso de la tradición sobre el presente histórico (la narración refiere el Japón de la década de los años treinta del siglo XX) para limpiarlo y restaurarlo: se prepara para actuar sobre la realidad. Instante en el que Mishima nos transfiere el sustrato que sustenta la explicación de cualquier ideal y tarea de la vida y del hombre: «La muerte purifica todo». El hecho de morir dignamente y el suceso de matar por rectitud y justicia se enclava en el misterio de la existencia y en el motivo que asegura que el cosmos, al que pertenecemos, exista con la garantía de unos principios de vida llevaderos, entendibles y reconfortantes. Merecedores del esfuerzo por seguir viviendo en una convivencia atildada, en culturas humanas que se han creado por medio de un por qué, con un pasado, con una trayectoria, con unos valores propios que no merecen ser transformados por las ideologías mercantiles dominantes —con sus diferentes particularidades y programaciones de mercado económico y filosófico— en el último mundo contemporáneo (Mishima las señala: ni capitalismo, ni comunismo).

En Caballos desbocados, el personaje central acomete un viaje sin retorno para conseguir su propósito de purificar a su sociedad, en pos de la defensa de la tradición. Para ello echa mano de la vía de la integridad como leitmotiv, y cuyo destino es el restablecimiento de los valores comunitarios antiguos donde habita la pureza, raíz, medio y meta, de todo quehacer humano imbricado en una determinada cultura —que posee el derecho a no ser contaminada—. No es un móvil arbitrario sino que va acompañado de un sentido y un compromiso con la historia, según la entiende Mishima, para que cada persona al acudir a ella alcance un «cuadro global de su tiempo», en cada etapa histórica, para comprenderla. Para tener una percepción fiel de la misma; a través del cotejo de épocas con sus enseñanzas, Mishima lo explica: «la visión amplia ofrecida por la historia actúa doblemente: suministra información y a la vez constituye una guía del presente» que le ayudará al hombre a formarse y a situarse en el mundo que le corresponde vivir: «El hombre atado al presente de cada día puede, sirviéndose de la visión ofrecida por la historia, que trasciende el tiempo, proporcionarse una imagen amplia de su mundo y, de tal modo, corregir su propia versión estrecha de las cosas. Tal es el fructífero privilegio que la historia ofrece a los hombres». Caballos desbocados habla de la historia (de Japón) y del recurso de la tradición para lograr los fines de convivencia y civilizatorios.

Aparte de los planteamientos meramente políticos e ideológicos que vertebran el discurrir de la novela, existen enunciados vitalistas que son los que nos permitirán acercarnos a un modo de exponer el motivo de la muerte que se podría relacionar con la existencia de la misma en el campo de la tauromaquia. Así Isao Iinuma en un determinado pasaje de su viaje vital por cumplir su misión purificadora y restablecer la pureza en su sociedad hacia 1932, se siente apremiado a depurarse espiritualmente para sobreponerse a los impedimentos que le van surgiendo en su apuesta: para que se frene —el entorno convencional le demanda que no actúe— en su acción liberadora sobre la historia de Japón. Isao dirige un grupo de jóvenes idealistas que tienen como referencia la condición y la naturaleza samurái en la versión de lo que estipuló La Liga del Viento Divino [una reacción del mundo samurái y sus principios —llevada a cabo en 1876— frente a la transformación social y económica ejercida por la Restauración Meiji —1868—, una modernización considerada por Mishima insana y contaminadora para la cultura japonesa y que había desposeído a los samuráis de sus privilegios y del uso de la espada, un símbolo patriótico el de la espada —en sus diferentes versiones y no sólo para los samuráis— mantenido desde la Antigüedad —desde la época del emperador Jimmu, en el siglo VIII a. c.—]. Isao y su grupo (Liga Showa del Viento Divino)planean una acción directa como aldabonazo social para reconducir la realidad histórica hacia lo primigenio.

La impulsiva limpieza espiritual que siente el joven Isao le guía hacia el contacto con lo venatorio y le impele al hecho de matar (cazar) un animal (un venado, o un ave), y al palpamiento de la sangre para sentir y satisfacer la lavación de su psique, de su interior, de su yo profundo; manera de avanzar en su mandato de lograr la catarsis colectiva e individual del Japón de su tiempo; inserto su país en una crisis social y económica propiciada por la apertura al exterior con la impregnación de la contaminación mercantil propia del capitalismo occidental. El animal en este escenario representa la personificación de lo perverso y mediante «su muerte» se manifestaría «la fuerza de la maldad pura» revelado «en los sombríos reflejos de la sangre derramada»[1]. Con la aniquilación de las fuerzas del mal —Isao finalmente cazará un faisán alojado en la densidad de la vegetación cercana— supera el maleficio propio de la naturaleza (los hombres y los animales se muestran en un plano diferenciado) y se exterioriza «la voluntad de actuar» en acción contrarrevolucionaria en la conquista de su ideal limpio y puro. Matar al faisán con su rifle —animal que después fue comido— se convirtió en el medio para acercarse a la parca como una confirmación de la existencia de la misma; aquí al margen de cualquier rito, sólo como fuente de conocimiento que incluye y adelanta, tras ese acto de matar —de cazar—, la comprobación de la esencia de la validez futura de la propia muerte de Isao (su cuerpo, no su ánima), en servicio público decisivo que se manifiesta y se ejecuta con el «seppuku» que él se idea realizar como medio purificador. Y como cauce una acción directa contrarrevolucionaria, de rebeldía, de reivindicación, un lance de justicia por su mano —en forma de homicidio sobre una figura pérfida del plano político— contra la corrupción en su sociedad (Japón y la perversión moderna de las finanzas y del dinero) y en su ámbito familiar (acomodado a las circunstancias y a la conveniencia). Ambos ámbitos, sin ideales ni pureza, alejados del Espíritu Yamato.

Sabemos de la relación del mundo samurái con el código ético denominado Bushido (el camino del guerrero) que comporta normas para preservar el honor y sellar la lealtad al Emperador y al compañero, con la muerte —su tangibilidad y su administración— en el centro de ese mundo que entraña valores (rectitud, respeto, valor, honestidad, lealtad, sinceridad y compasión). Virtudes que para adquirirlas requiere la vía del aprendizaje, del esfuerzo, del sacrificio, de la lucha, de la adquisición de la técnica en el combate y en el manejo de los actos personales en el medio social, en la vida real y en el entorno. Si realizamos un viaje conceptual y nos trasladamos a lo que representa y simboliza la figura del matador de toros (diestro, torero o toreador) percibimos la existencia de un código de conducta cercano al del samurái[2]. Tal vez, la idea de la muerte difiera en el mundo de la tauromaquia porque el matador (anclado en el tiempo lo venatorio, no podemos dejar de pensar en José Ortega y Gasset, La caza y los toros, 1964) es un sacerdote que como especificó Ernst Hemingway administra la muerte (lo definía así pensando en Antonio Ordóñez, en Verano sangriento, 1960) que al matar al toro tras la lidia, lo hace en una acción purificadora, para enseñanza del aficionado y del espectador para que sienta y se asiente en la realidad de nuestra existencia (que discurre entre la vida y la muerte).

La lección que se explica en la corrida de toros y que se dicta en acto público, es la relación del hombre y del animal con la muerte, como exponente de nuestro vínculo —por ser hombres— con la naturaleza, con el cosmos, con Dios o con los Dioses si hablamos de la cultura de Japón, el firmamento trascendente del que nos habla Mishima en Caballos desbocados, un territorio cultural, histórico, social, donde lo joven, la juventud, en su estadio inicial educativo, desea tener protagonismo, influir, sin apartarse de la tradición, en búsqueda de lo primigenio, de los orígenes; y actuar en la vida con verdad y pureza. En la tercera entrega de El mar de la fertilidad, en Templo del Alba (1970), al realizar un balance de lo sucedido a Isao en la novela precedente, Mishima desbroza el respeto por la tradición en la cultura española y lo confronta con el papel del progreso habido en la cultura japonesa con el periodo Meiji: «A diferencia de los españoles, que conservaron su deporte nacional de los toros pese a las acusaciones de los amantes de los animales en todo el mundo, los japoneses, cuando a finales del siglo pasado abrazó la nación una cultura y ética nuevas, consagraron sus esfuerzos a eliminar las costumbres bárbaras de las generaciones precedentes. Como consecuencia de ello, el espíritu nacional genuino y sin adulteración se hallaba subordinado y su energía emergía de vez en cuando en explosiones de violencia que repelían y alienaban a las gentes todavía más». La reflexión sobre la tauromaquia de Mishima ahí la dejamos.

Otras temáticas incluye este sueño hacedor de Yukio Mishima de El mar de la fertilidad, como una cuidada meditación sobre el budismo en su vertiente india y japonesa. Desde ese plano leemos en la última de las novelas del serial La corrupción de un ángel (1971) que la vida del hombre al final de su peregrinar (tras la reencarnación) se funde sin individualidades (sin el yo) en lo ecuménico natural; previamente se nos dice que la clave del subsistir, al margen del devenir histórico —la aculturación sufrida por Japón desde el siglo XIX—, se comprende y se discierne —por cada persona— tarde en la vida, y que consiste en saber que la carne/el hombre en sí «era enfermedad y decadencia». Que su realidad (la consciencia de este hecho para el Ser) se manifestará en un momento avanzado, en un estadio final de la vida humana (vejez), de su viaje o en la última morada, antes de que el alma se disuelva definitivamente en la creación. En el vacío: situados en el enclave filosófico oriental. En polvo si habláramos desde la perspectiva cristiana. Pero esta cavilación filosófica y religiosa pertenece a otra materia.

(Ilustración de José Manuel García Hernández. Título: Cerezo y espiga. Cera y tinta sobre papel, 2026)

[1] En la tauromaquia, en ocasiones, se ha establecido un nexo entre el toro y el mal. Llama la atención que un escritor, como José Bergamín, en cierto modo contemporáneo a Mishima, desde el lado del catolicismo viera esa implicación del toro en las fuerzas del mal —como representante de la naturaleza, y portador de verdad—; y hallara en la propia tauromaquia un sentido purificador. Véase un atisbo de ello en Rafael Cabrera Bonet, «Sobre el toro en la obra de José Bergamín», Revista de Estudios Taurinos, 29, pp. 179-220.

[2] Véase para acceder a esta temática el estudio «Bushido y tauromaquia. El caso Corbacho», Rebeca Fuentes Arcos, Óscar Escribano Muñoz y Carlos Rodríguez-Villa Rey, en Encuentros en Catay, Ediciones Catay, nº 38, 2025, pp. 511-541.

Pepe Campos

Bujalance (Córdoba), 1957. Doctor en Historia. Profesor de Historia de España y Cultura popular española en la Universidad Wenzao, Kaohsiung, Taiwán. Autor de El toreo caballeresco en la época de Felipe IV: técnicas y significado socio-cultural (Real Maestranza de Caballería de Sevilla, Universidad de Sevilla, 2007), y Toreo clásico contemporáneo (Ediciones Catay, Taichung, Taiwán, 2018).

Mandar a los del Senado / por HUGHES

Santiago Abascal y dirigentes de VOX participan en Madrid junto a decenas de miles de personas en la ‘Marcha por la dignidad’ para pedir la dimisión de Sánchez

EL PP apoyaba una manifestación en la que apenas estaba o, bueno, estaba como está a veces el PP, «a nivel» Senado, senatorialmente. «Cuando llegue al Senado lo pararemos…». Mandar a los del Senado es como cuando Juan Carlos I mandaba a su hermana Doña Pilar.

Mandar a los del Senado

HUGHES
Ayer, a las once de la mañana, algunos medios anunciaban la manifestación «apoyada por Vox y el PP», pero no había mucho más. No se percibía esa plenitud informativa de otras veces. En el Abc a esa hora ni vi la noticia. Estaba en la mani Abascal, pero del PP solo se pudo encontrar a la portavoz en el Senado, Alicia García. En redes sociales, no había tuits del partido, ni de Feijoo, ni del alcalde Almeida, ni de Ayuso, que quizás no veía en peligro Occidente y se fue de caminata. El único tuit era de la cuenta del Grupo Popular en el Senado. Cuando lo consulté, llevaba 600 visualizaciones.

EL PP apoyaba una manifestación en la que apenas estaba o, bueno, estaba como está a veces el PP, «a nivel» Senado, senatorialmente. «Cuando llegue al Senado lo pararemos…». Mandar a los del Senado es como cuando Juan Carlos I mandaba a su hermana Doña Pilar.

No estaba el PP del todo porque entonces habríamos visto a Cashetana, y no la vimos, y porque no había DJ, Si no hay DJ es que al PP la manifestación no le importa y cabe preguntarse entonces cuándo les parece que será importante, si es que hay algo importante.

También sucede que el PP se ha tranquilizado mucho con Zapatero. En cierto modo, es un Founding Father ideológico del partido. No es que dejaran sus leyes sin derogar, es que luego se agarraron a ellas y las utilizaron frente a los demás, frente a Vox, de modo que Zapatero podría perfectamente estar escribiendo para la FAES.

Lo que es el PP se intuye en la prensa madrileña, que son las pirañitas que tienen los peperos para devorar las callosidades al moderantismo gagatrónico español y de paso comernos a todos la moral. Con las fuerzas vivas y alguna ya medio muerta detrás, el PP actúa con prepotencia y no poca desfachatez y comprendemos a Àngels Barceló, a la que querían meter tertulianos afines al PP en el programa. Pero hombre, ¿también peperos en la SER?¿No tienen bastantes ya? Si lo que digan en la SER además ya lo dice la COPE, donde deberían preguntarse si lo que pasa con Zapatero estaría sucediendo de haber ganado su Kamala… La desfachatez es total. Ayer todavía podía leerse un artículo en el que un periodista de sensibilidad peperil comparaba a Zapatero con Trump. Estarán extraditándolo y todavía leeremos: «Trump reclama a Zapatero porque en realidad se parecen».

Paciencia, que queda mucho por ver. Veremos a Herrera con guayabera liberando Cuba, y a sus humanistas cristianos fumándose un habano como si fuera cosa de ellos: «En Génova están muy satisfechos y en comunicación constante con Marco Rubio…».

Horas después de la manifestación de Madrid , ahí siguen los titulares: «Vox y el PP secundan…».

La pregunta es (y hay que hacérsela mirándose uno al espejo, fijamente, en silencio): ¿merece la pena? Sea cual sea la alternativa, por horrible que sea… ¿merece la pena aguantarlos? Conozco la respuesta, pero es que hacer la pregunta relaja mucho.
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