Y después llegaron los gritos:
Francisco Cebrián Cabezas murió en el acto.
José Luis Jiménez Vargas murió en el acto.
Víctor Manuel Puertas Viera murió en el acto.
EL COCHE QUE NADIE TEMÍA
Muchamiel-Alicante, 16 de septiembre de 1991
Hay mañanas que empiezan sin anunciar nada.
El sol sale. Las persianas se levantan. Los niños buscan sus mochilas. Alguien protesta porque no encuentra un cuaderno. Una madre mira el reloj. Un hombre abre su negocio. Un policía se coloca el uniforme. Otro piensa en su novia. Un padre sale a trabajar dejando cuatro hijos detrás.
Y nadie sabe que, en alguna parte, otros hombres han preparado la muerte.
Aquella mañana del 16 de septiembre de 1991, Muchamiel despertó como cualquier localidad que vuelve a acostumbrarse al ruido de los colegios después del verano.
Muy cerca de la casa cuartel de la Guardia Civil estaba el Colegio Público El Salvador.
Los alumnos comenzaban las clases.
Apenas unos metros separaban sus voces del lugar elegido por ETA para intentar una matanza.
En la casa cuartel vivían seis guardias civiles. Tres estaban casados y residían allí con sus familias. Entre aquellas paredes dormían, desayunaban, discutían, jugaban y crecían cinco niños pequeños.
No eran objetivos dibujados sobre un plano.
Pero alguien había decidido convertir aquel edificio en una diana.
ETA pretendía repetir una carnicería como la perpetrada tres meses y medio antes, el 29 de mayo, contra la casa cuartel de Vic, o como la cometida el 11 de diciembre de 1987 contra el acuartelamiento de Zaragoza.
La proximidad del colegio tampoco detuvo a quienes prepararon el atentado.
Para ellos, aquella mañana había comenzado mucho antes.
Meses atrás había sido robado en el País Vasco un 'Ford Fiesta'. El vehículo fue cargado con una potente bomba. Le colocaron matrícula falsa.
Después llegó hasta Alicante.
El mecanismo ideado para lanzar el coche contra la casa cuartel tenía algo de aterrador precisamente por su sencillez: una barra antirrobo sujetaba el volante para mantener la dirección, el contacto estaba puesto y había una marcha metida.
El coche debía avanzar solo.
Como si la muerte no necesitara ya manos para llegar hasta sus víctimas.
Lo soltaron contra el cuartel.
El Ford Fiesta no siguió la trayectoria prevista.
Cruzó la avenida Carlos Soler y terminó estrellándose contra la fachada de una sucursal bancaria situada en la acera opuesta.
Parecía simplemente el final absurdo de un accidente.
Y quizá esa apariencia fue lo más terrible de todo.
Porque dentro permanecían cincuenta kilos de explosivo.
La bomba destinada a una casa cuartel llena de familias y situada junto a un colegio no había desaparecido.
Los terroristas no accionaron entonces el iniciador.
El coche permaneció frente al banco mientras Muchamiel continuaba despertándose.
A las ocho de la mañana llegó a trabajar el director de la sucursal.
Vio el automóvil accidentado.
Lo lógico era pensar que alguien había perdido el control, se había empotrado contra la fachada y se había marchado.
Nada hacía imaginar lo que escondía aquel pequeño Ford.
El director avisó a los guardias civiles que en aquellos momentos abrían la puerta de la casa cuartel.
Después llegaron dos policías municipales.
-JOSÉ LUIS JIMÉNEZ VARGAS.
-VÍCTOR MANUEL PUERTAS VIERA.
Dos agentes que aquella mañana no acudían a combatir a ningún comando.
No perseguían terroristas.
No participaban en ninguna operación policial.
Estaban resolviendo lo que todos creían un problema cotidiano.
Y entonces entró en esta historia FRANCISCO CEBRIÁN CABEZAS.
Era natural de Cedrillas, Teruel.
Mucho antes de conducir aquella grúa había pertenecido a la Guardia Civil. Había sido destinado al cuartel de San Juan, en Alicante. Allí conoció a una muchacha de Muchamiel.
El mayor tenía diecisiete años.
Francisco había abandonado después la Benemérita y montado una fábrica de hilatura con un socio. Más tarde se convirtió en propietario de la grúa que prestaba el servicio de retirada de vehículos en Muchamiel.
Probablemente aquella llamada no tuvo nada de extraordinario.
Un coche contra un banco.
Francisco subió a su grúa.
Tal vez en casa alguien esperaba que regresara para comer.
Tal vez alguno de sus hijos había salido aquella mañana sin despedirse demasiado porque los hijos creen que los padres siempre vuelven.
La vida está llena de últimas veces que nadie reconoce mientras suceden.
José Luis tenía veintiocho años.
Entre sus funciones habituales como policía municipal estaba precisamente regular el tráfico en las inmediaciones del colegio El Salvador.
Conocía el movimiento de los niños.
Los coches de los padres.
Los pequeños que cruzaban corriendo cuando no debían.
Aquella mañana el colegio estaba allí, a pocos metros.
Y también estaba el Ford Fiesta.
Víctor Manuel tenía solamente 'veintiún años'.
Llevaba dos años ocupando una plaza de policía municipal como interino.
A esa edad la vida debería parecer interminable.
Había sido voluntario de la Cruz Roja y, después de cumplir el Servicio Militar, había colaborado en tareas de salvamento marítimo y socorrismo.
Había aprendido a ayudar.
A acudir cuando alguien estaba en peligro.
Dos de sus hermanos pertenecían también a la Policía Municipal.
Tres hermanos vinculados al mismo uniforme.
Aquella mañana uno de ellos tenía veintiún años y estaba junto a un automóvil aparentemente accidentado.
Ninguno sabía que estaba trabajando alrededor de una bomba.
La grúa trasladó el Ford Fiesta hasta el depósito municipal.
Era un solar al aire libre situado aproximadamente a doscientos metros de la casa cuartel.
Esa distancia había separado a los niños y a las familias del objetivo inicial de la bomba.
Pero la muerte había encontrado otros nombres.
El reloj avanzaba hacia las nueve y cuarenta de la mañana.
Francisco manejaba la grúa.
José Luis y Víctor estaban allí.
Comenzaron a bajar el coche.
Puede imaginarse el ruido de las cadenas.
Las indicaciones rutinarias entre hombres acostumbrados a trabajar juntos.
No había sirenas anunciando peligro.
Eso convierte aquellos segundos en algo insoportable cuando se contemplan desde el futuro.
Nosotros sabemos lo que ellos ignoraban.
Sabemos que dentro del Ford había cincuenta kilos de explosivo.
Sabemos que aquel coche no había sufrido un accidente.
Sabemos que había sido preparado para matar.
Y sabemos que el tiempo se estaba terminando.
Quizá un segundo antes Francisco pensaba en cualquier cosa.
Quizá José Luis miró alrededor.
Quizá Víctor, con sus veintiún años, pensaba que todavía quedaba mucha mañana.
Entonces el mundo estalló.
La detonación desgarró el aire y convirtió el solar en un infierno.
La onda expansiva golpeó edificios, vehículos, ventanas, balcones, persianas y toldos.
Los cristales reventaron.
Durante un instante Muchamiel dejó de ser un pueblo comenzando una jornada de septiembre.
Y después llegaron los gritos.
Francisco Cebrián Cabezas murió en el acto.
José Luis Jiménez Vargas murió en el acto.
Víctor Manuel Puertas Viera murió en el acto.
Tres hombres habían acudido a retirar un coche.
ETA había intentado asesinar a familias enteras en una casa cuartel.
El atentado había fallado en su objetivo inicial.
Pero la bomba encontró a Francisco, José Luis y Víctor.
María del Carmen López Amador resultó gravemente herida. Sus lesiones la incapacitaron durante 330 días.
María África Antón González, durante 331 días.
Felisa Azor Troyano no recibió el alta médica hasta **470 días después**.
Juan Capella Valls necesitó 158 días para recuperarse de sus heridas.
Y otras treinta y seis personas precisaron atención médica.
Entre ellas había alguien cuyo nombre debería bastar para comprender hasta dónde podía llegar aquella bomba:
Treinta días en el mundo.
También ella resultó herida.
Después de una explosión queda un silencio extraño.
Es el momento en que quienes han sobrevivido intentan comprender lo ocurrido.
Alguien llama una ambulancia.
Alguien busca a un familiar.
Alguien pregunta quién estaba allí.
Alguien todavía espera una respuesta que ya no llegará.
Las fachadas estaban heridas.
Los cristales cubrían el suelo.
Los toldos y persianas habían quedado destrozados.
Pero los daños materiales podían repararse.
En alguna casa comenzó entonces la espera.
Una mujer aguardaría noticias de Francisco.
Cuatro hijos preguntarían por su padre.
Una novia esperaría saber dónde estaba José Luis.
Una familia buscaría a Víctor.
Y poco a poco los nombres dejaron de ser hombres vivos para convertirse en nombres pronunciados entre lágrimas.
Aquella tarde instalaron la capilla ardiente en la Iglesia arciprestal de El Salvador.
El mismo nombre del colegio cercano al lugar donde ETA había pretendido provocar una matanza.
Unas seiscientas personas acudieron al funeral de los tres asesinados.
Ofició la ceremonia el obispo de Orihuela-Alicante, Francisco Álvarez Martínez.
Muchamiel era demasiado pequeño aquel día para contener tanto dolor.
Al día siguiente se celebró un segundo acto religioso en el mismo lugar.
Doce sacerdotes concelebraron la misa.
Asistieron, entre otras autoridades, el ministro del Interior José Luis Corcuera, el presidente de la Generalidad Valenciana Joan Lerma y el director general de la Guardia Civil Luis Roldán.
Pero las cifras oficiales dicen menos que la imagen:
más de diez mil personas acudieron a aquella misa.
Un pueblo convertido en multitud.
Y tres familias caminando detrás de tres ausencias
Francisco fue enterrado en Muchamiel.
Tres días después, su padre habló.
A veces toda la literatura sobra cuando habla un padre que acaba de enterrar a un hijo.
Dijo que Francisco era un hombre bueno.
Recordó que en la familia muchos pertenecían a la Guardia Civil.
Y expresó la terrible ironía: después de abandonar el Cuerpo, Francisco podía pensar que finalmente viviría tranquilo.
Pero la muerte lo encontró conduciendo una grúa.
Su padre resumió después todo el atentado en algo mucho más profundo que cualquier sentencia judicial:
Le habían quitado a su hijo.
Y él pensaba en sus pobres nietos.
Cuatro niños de entre ocho y diecisiete años.
Cuatro hijos que aquella mañana habían tenido padre.
José Luis fue enterrado también en el cementerio de Muchamiel.
Y quedó para siempre unido al colegio cuyas inmediaciones había regulado tantas veces.
Quizá muchos niños que cruzaron la calle bajo sus indicaciones no supieron nunca cómo se llamaba aquel policía.
Pero aquel 16 de septiembre su nombre quedó escrito en la historia del pueblo:
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ VARGAS.
Víctor fue enterrado en Alicante.
Había sido voluntario de Cruz Roja.
Había trabajado en salvamento marítimo.
Había elegido ayudar a otros.
Y terminó asesinado mientras cumplía una tarea rutinaria.
Su juventud hace especialmente cruel contemplar aquella mañana.
Porque a los veintiún años casi todo debería estar por suceder.
Los hijos que quizá nunca llegarían.
Víctor no tuvo nada de eso.
Su reloj quedó detenido a las nueve y cuarenta de una mañana de septiembre.
La Justicia tardaría años.
En 1995, la Audiencia Nacional condenó a Gonzalo Rodríguez Cordero y José Gabriel Zabala Erasun a 136 años de prisión cada uno.
El tribunal consideró probado que ambos habían robado en junio de 1991, en Zarauz, el Ford Fiesta utilizado en el atentado; que el automóvil fue cargado con explosivos en una lonja preparada en Oyarzun; que le cambiaron la matrícula por otra falsa y que posteriormente fue entregado a miembros del grupo Levante de ETA.
En 1999, Fernando Díez Torres fue condenado a treinta y ocho años de prisión por facilitar infraestructura a miembros de ETA para la comisión de atentados.
En 2002 serían condenados también José Luis Urrusolo Sistiaga e Idoia López Riaño, integrantes del grupo Ekaitz, por delitos de pertenencia a banda armada, tenencia ilícita de explosivos y armas y falsedad documental.
Los tribunales pusieron nombres, delitos y condenas.
Pero ninguna sentencia podía devolver las nueve y treinta y nueve de aquella mañana.
Ese minuto anterior a la explosión.
El último minuto en que Francisco seguía siendo padre de cuatro hijos vivos con padre.
El último minuto en que una muchacha seguía teniendo novio.
El último minuto en que Víctor tenía veintiún años y toda una vida posible delante.
El ruido de la explosión se convirtió en recuerdo.
Los cristales fueron sustituidos.
Las fachadas se repararon.
Los niños del colegio crecieron.
Los pequeños que aquella mañana entraban en clase se hicieron adultos.
Algunos quizá tuvieron sus propios hijos.
Y el solar volvió a parecer simplemente un lugar.
Suaviza las esquinas de las tragedias hasta que quienes no estuvieron allí pueden caminar por los mismos lugares sin escuchar nada.
Pero algunas personas continuaron escuchando aquella explosión durante toda su vida.
En enero de 2007, el Ayuntamiento de Muchamiel aprobó por unanimidad poner los nombres de los tres asesinados a tres calles de la localidad.
-Francisco Cebrián Cabezas.
-José Luis Jiménez Vargas.
-Víctor Manuel Puertas Viera.
Los nombres que ETA quiso borrar quedaron escritos en las esquinas del pueblo.
Tal vez ésa sea una de las respuestas posibles frente al terror: Nombrar.
Porque hubo un momento aquella mañana en que todo pudo haber sido todavía peor.
El coche había sido dirigido hacia una casa cuartel donde vivían guardias civiles con sus mujeres y cinco niños pequeños.
A pocos metros comenzaban las clases de un colegio.
El vehículo falló la trayectoria.
La masacre proyectada no ocurrió allí.
Pero la muerte no se marchó.
Esperó escondida dentro de un Ford Fiesta mientras todo un pueblo creyó estar contemplando un simple accidente.
Esperó hasta que llegaron tres hombres para hacer su trabajo.
Un padre de cuatro hijos.
Un policía de veintiocho años que tenía novia.
Un muchacho de veintiuno que había dedicado parte de su juventud a salvar vidas.
A las nueve y cuarenta, los tres estaban junto al coche.
Un instante después ya no estaban.
Y quizá ésa sea la imagen que debemos conservar.
No a quienes la fabricaron.
No a quienes prepararon el vehículo.
Francisco conduciendo su grúa.
José Luis cumpliendo con su trabajo.
Víctor comenzando una vida que todavía parecía inmensa.
Tres hombres acercándose a un automóvil sin saber que caminaban hacia el último minuto de sus vidas.
Alguien me dijo una vez que éstas son historias entre buenos y malos, y que, si los buenos hubieran sido realmente malos, todo habría sido muy diferente.
Quizá llegue el día en que alguien pregunte qué hicieron aquellas víctimas para merecerlo.
Quizá alguien pronuncie aquella frase miserable:
Entonces habrá que volver a Muchamiel.
Al colegio lleno de niños.
A las familias que vivían en la casa cuartel.
A un coche aparentemente abandonado.
A tres hombres que únicamente estaban trabajando.
Y habrá que responder con sus nombres.
-FRANCISCO CEBRIÁN CABEZAS.
-JOSÉ LUIS JIMÉNEZ VARGAS.
-VÍCTOR MANUEL PUERTAS VIERA.
No fueron daños colaterales.
No fueron tres líneas en una estadística.
Fueron un padre, un hijo, un novio, un hermano, un compañero, un vecino.
Y mientras alguien recuerde sus nombres, aquella bomba podrá haber destruido cuerpos, ventanas, balcones y familias, pero no habrá conseguido la última victoria que busca siempre el terror: que llegue el día en que nadie recuerde a sus muertos.
'Que la pesada losa del tiempo no borre su memoria'.