26 DE SEPTIEMBRE DE 1979. RENTERÍA (GUIPÚZCOA)
SIXTO HOLGADO AGUDO — TAXISTA
ÚLTIMO SERVICIO
Hay noches en las que un hombre sale a trabajar y su familia no sabe que acaba de verlo por última vez.
Aquella del '26 de septiembre de 1979, en Rentería, fue una de ellas.
Yo conocí aquellos años. Conocí demasiado bien aquel País Vasco en el que una rutina podía convertirse en sentencia y un gesto tan sencillo como abrir la puerta de un automóvil a un desconocido podía ser el principio del final.
Por eso, cuando escribo la historia de Sixto Holgado Agudo, no puedo imaginar solamente al hombre que murió junto al basurero de San Marcos.
Pienso también en el padre.
En su casa.
En sus ocho hijos.
Y en aquella noche interminable durante la cual ellos todavía no sabían que su padre ya no regresaría.
Sixto tenía cuarenta y seis años. Había nacido en Bañobárez, Salamanca, el 19 de septiembre de 1933, y vivía en el polígono Pontica de Rentería. Estaba casado en segundas nupcias y era padre de ocho hijos de su primer matrimonio, muchachos y niños de edades comprendidas entre los cinco y los veinte años.
Ocho hijos.
Conviene detenerse en ese número porque detrás de las cifras se esconden las tragedias verdaderas. Ocho vidas que aquella noche tenían un padre y que a la mañana siguiente tendrían solamente su recuerdo.
Sixto conocía bien las calles.
A los veintiséis años había ingresado en la Policía Municipal de San Sebastián, donde permaneció hasta los treinta. Después pidió voluntariamente la baja. Durante cinco años trabajó como repartidor de Coca-Cola y, más tarde, compró una licencia de taxi.
Llevaba ya diez años conduciendo.
Diez años abriendo y cerrando aquella puerta.
—Buenas noches.
—¿Adónde vamos?
Arrancar.
Conducir.
Cobrar.
Regresar.
La vida de un taxista está hecha de destinos ajenos.
Hasta que una noche el destino es el suyo.
A las 'nueve y media de la noche del miércoles 26 de septiembre', Sixto estaba en la parada principal de taxis de la calle Viteri de Rentería.
Un compañero lo vio allí.
Después llegó el servicio.
Y ahí comienza el misterio que nunca ha terminado de aclararse.
No se supo si Sixto abandonó la parada porque recibió una llamada telefónica o porque un cliente se presentó allí y subió directamente a su taxi.
Sólo sabemos que se marchó.
Me resulta imposible contar este momento sin imaginar la escena.
El 'SEAT 131' esperando.
Las luces de la calle reflejándose sobre la carrocería.
Un hombre acostumbrado a transportar desconocidos abre la puerta a alguien que quizá sabe perfectamente quién es él.
Sixto arranca.
Nadie en aquella parada puede sospechar que acaba de comenzar su último servicio.
El taxi se pierde por las calles de Rentería.
Después, silencio.
¿Qué ocurrió dentro de aquel coche?
¿En qué momento comprendió Sixto que aquello no era un servicio normal?
¿Reconoció el peligro?
¿Intentó hablar?
¿Preguntó qué querían de él?
No lo sabemos.
Y precisamente ese vacío hace todavía más terrible la historia.
Porque existe un punto de aquella noche en que desaparecen los hechos conocidos y sólo queda un hombre en manos de quienes habían decidido matarlo.
Mientras tanto, la vida continuaba.
Las casas iban apagando sus luces.
Las familias se acostaban.
Tal vez en la vivienda de Sixto alguien miró alguna vez el reloj.
Los taxistas trabajan hasta tarde.
Un servicio se alarga.
Después llega otro.
No había todavía razón suficiente para pensar en lo peor.
Pero las horas comenzaron a pasar.
Y Sixto no volvía.
A la 'una de la madrugada', el teléfono sonó en la Comisaría de San Sebastián.
Al otro lado había una voz masculina.
Una voz anónima.
Comunicó que el cuerpo sin vida de un hombre había sido encontrado en las proximidades del 'basurero de San Marcos, en Rentería'.
Nada más.
No dijo quién era.
Tampoco aclaró en nombre de quién hablaba.
Y en aquellos años una llamada anónima podía esconder cualquier cosa.
Los policías recelaron.
¿Era cierto?
¿Había realmente un cadáver?
¿O alguien pretendía hacerlos acudir hasta un lugar apartado para tenderles una emboscada?
Aquella duda explica aquellos tiempos mejor que muchas páginas de historia.
Hasta para recoger a un muerto había que preguntarse si detrás del muerto aguardaba otro asesino.
Minutos después apareció una 'ambulancia municipal', que también había recibido el aviso.
Sus ocupantes confirmaron que la llamada decía la verdad.
Había un hombre muerto.
Entonces partieron 'dos dotaciones de la Policía Nacional' hacia el vertedero.
Imagino aquellos vehículos avanzando en la oscuridad.
San Marcos.
El basurero.
La noche cerrada.
Los faros barriendo el camino.
Y después, al detenerse, esa clase de silencio que solamente existe donde acaba de morir alguien.
Allí estaba Sixto.
A unos 'tres kilómetros de su domicilio'.
Había recibido 'un disparo en la nuca'.
La Policía encontró en el suelo un 'casquillo de bala incrustado' cerca del lugar donde yacía el cuerpo.
La posición y trayectoria del disparo llevaron a los investigadores a considerar que había sido asesinado con un tiro dirigido **de arriba abajo**, cuando posiblemente se encontraba 'de rodillas o tumbado en el suelo'.
Y esa imagen resulta difícil de apartar de la cabeza.
Un hombre de cuarenta y seis años.
Un trabajador.
Un padre de ocho hijos.
De rodillas o tendido en la oscuridad.
No hubo posibilidad de defensa.
No hubo juicio.
No hubo despedida.
Un disparo.
Después, nada.
Los asesinos le habían quitado el carnet de identidad y el permiso de conducir.
También se llevaron su automóvil.
El 'SEAT 131' apareció posteriormente junto al 'caserío Larramendi', a pocos metros del 'polígono Pontica', donde Sixto tenía su vivienda.
Y hay algo especialmente cruel en esa proximidad.
El coche volvió casi hasta casa.
Su dueño, no.
Mientras el taxi permanecía abandonado a pocos metros del lugar donde vivía su familia, Sixto estaba muerto junto al basurero.
Hasta el lugar del crimen llegó el 'juez de guardia', que ordenó el levantamiento del cadáver y su traslado al 'cementerio municipal'.
Después llegaría la identificación.
Y después, inevitablemente, habría que llamar a una puerta.
Ésa es siempre la parte que más me cuesta imaginar.
Porque los atentados no terminan cuando calla el disparo.
Continúan en una casa.
En una llamada.
En unos pasos que suben una escalera.
En alguien que abre una puerta y ve determinadas caras al otro lado.
Entonces comprende, incluso antes de escuchar las palabras.
Sixto era padre de ocho hijos
El menor tenía 'cinco años'.
El mayor, 'veinte'.
¿Qué entiende un niño de cinco años cuando le dicen que su padre no regresará?
Quizá pregunte cuándo vuelve.
Quizá todavía no comprenda que existe una palabra llamada «nunca».
Los mayores sí podían comprenderlo.
Y seguramente ésa era su condena.
Comprender.
Comprender que aquel hombre que tantas veces había salido con su taxi para ganarse el pan no había muerto en un accidente de carretera.
Lo habían asesinado.
Puedo imaginar el desconcierto de aquella casa: unos llorando, otros negándose a creerlo, alguien preguntando qué había ocurrido, por qué Sixto, quién podía haber hecho aquello.
Y ninguna respuesta capaz de devolverles a su padre.
El '8 de octubre', casi dos semanas después, 'ETA asumió la autoría del asesinato'.
Pero asumir una autoría no resolvió el crimen.
El asesinato de 'Sixto Holgado Agudo continúa sin resolver'.
Y ésa es otra herida.
Porque después del disparo quedaron preguntas que atravesaron los años.
¿Quién subió aquella noche a su taxi?
¿Quién le indicó el destino?
¿Quién lo llevó hasta San Marcos?
¿Quién lo obligó a ponerse de rodillas o a tenderse en el suelo?
¿Quién apretó el gatillo?
¿Quién condujo después su SEAT 131 y lo abandonó junto al caserío Larramendi, tan cerca de la casa donde lo esperaban?
Han pasado los años y aquellas preguntas siguen allí.
Sin respuesta.
A veces pienso en aquel compañero taxista que lo vio por última vez, hacia las nueve y media, esperando un servicio en la calle Viteri.
Probablemente entonces aquella escena no significó nada.
Un compañero más.
Un taxi más.
Una noche más.
Sólo después comprendería que había presenciado los últimos minutos conocidos de la vida cotidiana de Sixto.
Hay recuerdos que adquieren importancia cuando ya es demasiado tarde.
Yo quiero quedarme precisamente con aquella imagen anterior al crimen.
Sixto vivo.
Sentado al volante.
Esperando un cliente.
Porque los asesinos consiguieron acabar con su vida, pero no deberían conseguir que la única imagen que conservemos de él sea la de un cuerpo abandonado junto a un basurero.
Antes de ser una víctima, 'Sixto Holgado Agudo fue un hombre que había construido su vida trabajando'.
Fue policía municipal.
Fue repartidor.
Fue taxista.
Fue marido.
Y, sobre todo, fue padre de ocho hijos.
Aquella noche salió a ganarse la vida.
Alguien convirtió un servicio de taxi en un viaje sin regreso.
Cuando amaneció el '27 de septiembre de 1979', Rentería despertó sabiendo que otro hombre había sido asesinado.
Pero en una casa del polígono Pontica no había muerto «un taxista».
Había muerto papá.
Y esa diferencia lo cambia todo.
Porque las estadísticas cuentan muertos.
Las familias cuentan ausencias.
Una silla que queda vacía.
Una puerta que ya no vuelve a abrirse.
Un automóvil que nunca más anuncia la llegada del padre.
Ocho hijos aprendiendo demasiado pronto que existen despedidas que nadie sabe que está pronunciando.
Por eso escribo su nombre: SIXTO HOLGADO AGUDO.
Para que no quede reducido a una fecha.
Para que aquel disparo efectuado en la oscuridad no sea el final de su historia.
Para que cuando alguien recuerde aquel '26 de septiembre de 1979' imagine también la parada de taxis de la calle Viteri, el SEAT 131 alejándose, una familia esperando y un padre que nunca regresó.
Y para que, mientras alguien pronuncie su nombre, aquel último servicio no termine definitivamente en el basurero de San Marcos.