la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 1 de noviembre de 2026

Amor constante más allá de la muerte* / por Ignacio Ruiz Quintano


Lauda de entrada


Nadie muere si vivió de veras. Se mueren sólo los muertos. Si la vida es algo,
no es de ningún modo nuestra vida, sino la vida nuestra en los demás.
La inmortalidad es memoria. Temblor de primavera ausente,
en el invierno del recuerdo. Milagro.
César González-Ruano

Ignacio Ruiz Quintano
Al principio, según Mingote, la gente eran sólo dos.

Nada convence como una buena hipótesis, y la de Mingote es una hipótesis magnífica. El resto bien podemos imaginarlo. Pero, de Pío Baroja a Rocío Jurado, ¿a dónde va toda esa gente que Mingote viene despidiendo desde hace cincuenta años?

–Ya estoy despedido –apunta Ramón Gómez de la Serna en la lauda de entrada a su libro Los muertos y las muertas–. Tenemos que evitar que suceda lo que en las conferencias telefónicas, que las cortan cuando nos falta la despedida. Yo ya quedo despedido.

Se supone que, si Mingote acude a despedirte, es que uno va a ir al cielo.

–Al cielo iremos los de siempre –avisa un libro de Mingote.

Al cielo de Mingote, naturalmente, pero cielo al fin y al cabo, que es un cielo que todo el mundo se imagina con algo de vida en el campo o de veraneo en el Norte.

Foxá contó una vez cómo el padre Guepin, abad mitrado de Silos, paseando por sus soleados claustros románicos con unos amigos, suscitó la conversación de cómo imaginaba cada uno al cielo.
Todos expusieron sus visiones: conciertos sacros, espectáculos sin tedio, goces sin pecado...

–Yo –dijo el padre Guepin– me lo figuro como un eterno paseo, por los jardines del Paraíso, haciendo “respetuosas objeciones” al Ser Supremo: Señor, ¿por qué hubo enfermedades? ¿Para qué hicisteis a los microbios? ¿Qué objeto tenía el planeta Júpiter?

Veraneo en el Norte o vida en el campo. El mejicano Julio Torri, precursor del texto breve –humor, audacia y perfección–, anotó en La vida del campo, inspirada en Villiers de l’Isle Adam:


M. M.

“Va el cortejo fúnebre por la calle abajo, con el muerto a la cabeza. La mañana es alegre y el sol ríe con su buen humor de viejo. Precisamente del sol conversan el muerto y un pobrete –acaso algún borracho impenitente– que va en el mismo sentido que el entierro.

”–Deploro que no te calientes ya a este buen sol, y no cantes tus más alegres canciones en esta luminosa mañana.

”–¡Bah! La tierra es también alegre y su alegría, un poco húmeda, es contagiosa.

”–Siento lástima por ti, que no volverás a ver el sol: ahora fuma plácidamente su pipa como el burgués que a la puerta de su tienda ve juguetear a sus hijos.

”–También amanece en los cementerios, y desde las musgosas tapias cantan los pinzones.

”–¿Y los amigos que abandonas?

”–En los camposantos se adquieren buenos camaradas. En la pertinaz llovizna de diciembre charlan agudamente los muertos. El resto del año atisban desde sus derruidas fosas a los nuevos huéspedes.

”–Pero...

”–Algo poltrones, es verdad. Rara vez abandonan sus lechos que han ablandado la humedad y los conejos.

”–Sin embargo...

”–La vida del campo tiene también sus atractivos.”


M. M.

Cuando muere un gran hombre, vino a decir Leon Bloy, siempre añade algo a la Vía Láctea. Y no pensaba en la pasarela de la popularidad. La popularidad, tiene para sí Mingote, no es nada.

–Es más importante el aprecio de la gente que importa, las personas de talento, los maestros, como Wenceslao Fernández Flórez, que estaba firmando en la Feria del Libro. Le llevé el primer tomo de sus Obras Completas para que me lo dedicara, y el maestro, amablemente, era muy amable, escribió una dedicatoria: “Con amistad y admiración a Antonio Mingoti”. O sea, me admiraba, pero no tanto como para aprenderse mi apellido. Se empezaba a perfilar nítidamente mi arrolladora personalidad.

A Fernández Flórez, por cierto, no le hacía gracia alguna que la exhibición del ataúd donde el interesado va tendido, tan largo como es, sin hacer nada, ofreciera contraste tan agudo con la actividad, con el ajetreo circundante, que para el muerto tiene que resultar vejatorio.

–La prisa de los demás, reveladora de vida, produce, sin duda, una especie de humillación en el difunto. A nadie le puede gustar, por lo menos en los primeros días, que le recuerden que ya no existe, y pasar inactivo, tumbado, entre la riada de apresurados chóferes que hacen sonar las bocinas, de vendedores clamorosos, de transeúntes diligentes, parece que es ir diciendo: “¡Fastidiarse, amigos, que yo me he asegurado ya la holganza!”

No creía arriesgado suponer que el muerto hubiese sentido la inquietud de la proximidad de la noche: el miedo a llegar al camposanto en sombras ya, cuando todo es allí más extraño y temible:

–Si a uno lo dejan en su nicho con sol, parece que la instalación es menos impresionante; pero el difunto mejor bragado no puede menos de sentir terror, si toma posesión de su tumba entre tinieblas. Dígase lo que se quiera, la primera noche que se pasa en un cementerio, aunque se disponga de un buen panteón, no tiene nada de agradable. No es posible el descanso, se extraña todo y a cada instante se espera que ocurra algo tremendo.

La muerte moderna, tiene observado Octavio Paz desde su laberinto de la soledad, no posee ninguna significación que la trascienda o refiera a otros valores.

–En un mundo de hechos, la muerte es un hecho más.

M. M.

Pero como es un hecho desagradable, la filosofía del progreso pretende escamotearnos su presencia: “En el mundo moderno todo funciona como si la muerte no existiera. Nadie cuenta con ella. Todo la suprime: las prédicas de los políticos, los anuncios de los comerciantes, la moral pública, las costumbres, la alegría a bajo precio y la salud al alcance de todos que nos ofrecen hospitales, farmacias y campos deportivos. Nadie piensa en la muerte, en su muerte propia, como quería Rilke, porque nadie vive una vida personal. Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios.”

–La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida.

César González-Ruano, que sigue siendo el escritor al que mejor se le han dado los muertos, sabía que los muertos no se terminan nunca y tuvo la impresión de que se muere un poco en cada amigo que nos deja:

–La vida no es mucho más que eso: la fe de ella que dan quienes nos conocen. El día que nadie nos pudiera conocer seríamos como muertos sin enterrar. Vivimos en tanto que vivimos en alguien. Tiene sólo sentido la vida en tanto que alguien nos ama o nos estima. La muerte es el desconocimiento, la indiferencia. A los muertos los han querido, pero ya no los quiere nadie. Si alguien les siguiera queriendo en todo el vigor de la actualidad, de la realidad del amor, resucitarían.

Si Ruano es el escritor al que mejor se le han dado los muertos, Quevedo es el escritor que más y mejor se ha encarado con la muerte.

–Quevedo es el tremendo español, y por eso anda a vueltas como nadie con el tremebundismo de la muerte –dirá, en apoteosis de necrología, el gran Ramón de los muertos y las muertas–. Quevedo estuvo siempre ensayándose con la muerte.

En el Sueño de la muerte, la muerte avisa que eso –huesos descarnados con una guadaña al hombro– no es la muerte. Dice la muerte:


M. M.

–Eso no es la muerte, sino los muertos o lo que queda de los vivos. La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte: tiene la cara de cada uno de vosotros y todos sois muertos de vosotros mismos. La calavera es el muerto y la cara es la muerte; y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo, y los huesos es lo que de vosotros deja la muerte...

A Ramón lo estremece de Quevedo la proposición de que caminemos muertos para no dejar de vivir, como si nos diese la contraseña para pasar frente a todas las garitas en que la muerte vigila. Y se agarra al descomunal soneto en que Quevedo juega con toda la mitología griega del otro mundo: el alma en la laguna, orillados los recuerdos, Caronte aguarda.

–Su mejor poesía –concluye Ramón su Quevedo– es esa en que habla de sus cenizas enamoradas, soneto con algo de epitafio de sí mismo: Amor constante más allá de la muerte.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Medulas que han gloriosamente ardido:

Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.

Mientras aguardaba a su boda con una viuda –¡nada que ver con Lisi!–, Quevedo tuvo la obsesión de expresar poéticamente, al hilo de Propercio, la idea de la pasión amorosa sobreviviendo a la fugacidad del cuerpo. El amor, que diera sentido a la vida, había de dar sentido a la muerte.
__________
*Prólogo para el libro de necrológicas
Serán ceniza, mas tendrá sentido, de Antonio Mingote
Ediciones Luca de Tena, 2006


MM

Bien por la del 26 / por Ricardo Díaz-Manresa


'..Al mundo de los toros le fue bien y hay que recordarlo. Hubo mucha gente en los tendidos, con el récord increíble e importante de Madrid con más público que nunca, con la gran noticia de que se vendieron todos los abonos en la de Otoño, con tendidos repletos en Sevilla, los llenazos de siempre en Pamplona, pequeño resurgir en Bilbao..'

Ricardo Díaz-Manresa
La temporada del 26 ha sido buena, ha estado bien, y hay que decirlo entre tantas adversidades de esta España gafada y podrida.

Al mundo de los toros le fue bien y hay que recordarlo. Hubo mucha gente en los tendidos, con el récord increíble e importante de Madrid con más público que nunca, con la gran noticia de que se vendieron todos los abonos en la de Otoño, con tendidos repletos en Sevilla, los llenazos de siempre en Pamplona, pequeño resurgir en Bilbao, buenas entradas en Zaragoza y clara mejoría en Jaén, además de la buena salud de las clásicas de septiembre, con Albacete como número uno de todas las septembrinas.

Y en el capítulo torero que es el que vamos a analizar, y dejamos el ganadero para otro trabajo posterior, no hubo novedades y la mayoría de los espadas que ocupan los carteles de las ferias se mantuvieron.

Las dos figuras siguieron ocupando sus puestos. Morante toreó más de lo previsto cediendo a la gran demanda empresarial y cobrando lo suyo. Se cayó de algunos carteles pero dió la cara muchas tardes. Siguió la línea del nuevo Morante surgido en la pandemia. Deja la duda de si toreará en el 27 con la confianza de que nadie le ha disputado su sitio. Puede decidir lo que le apetezca.

La otra figura, Roca Rey, apretó lo suyo se la jugó, tuvo volteretas tremendas y se vió claro que no dejó a nadie acercarse a su sillón. Nadie le tose.

Talavante se mantiene como el tercer hombre después de los dos mencionados aunque ha toreado más tardes que ellos y ocupa en esa estadística el primer puesto en el escalafón. Se ha esforzado y ha triunfado bastantes tarde.

La novedad y el triunfador del 26 ha sido David de Miranda jugándosela cada tarde y rompiendo el muro que inexplicablemente sufrió tras salir a hombros en Sevilla y Madrid. Este año ha aprovechado todas sus comparecencias arrimándose de lo lindo y con suerte de no ser herido. Falta saber si los toros lo respetarán en futuras temporadas si sigue así.

Borja Jiménez sigue en lo suyo. Toreando y cortando orejas. Castella se mantiene en su cartel ya muy visto. Juan Ortega y Pablo Aguado, la pareja de sevillanos, parece que empieza a apretar y han cuajado tardes redondas, más que nunca.

Marco Pérez, pianito, pianito, ha ido consolidando el puesto que se le negaba al principio de su carrera y que también le negó Madrid el día de su confirmación. Está por ver que siga apretando pero parece lo más lógico.

Emilio de Justo es como es y acapara el favor de los públicos mientras le discuten los aficionados, que lo valoran menos.

Daniel Luque tiene muchas virtudes pero le falta carisma y su gran hándicap es no atraer público a las taquillas.

Manzanares sumó una temporada más

Estos son los que más sonaron.

Vienen apretando otros nuevos, y esto es muy bueno, Aarón, Navalón, Ismael Martín y Julio Norte, entre otros.

En cuanto al rejoneo, Ventura sigue de indiscutible, a distancia, y le acompañan Andy Cartagena, Hermoso hijo y Lea, la rejoneadora que se mantiene.

Entre los novilleros a destacar a Mario Vilau, importante en su segunda faceta de un torero nacido en Cataluña con el compromiso de aumentar la afición en su tierra. También destacados SergioRollón y Emiliano Osornio. Últimamente siempre hay cantera.

En conjunto el panorama del 26 fue bueno.

sábado, 31 de octubre de 2026

Putrefacción / por Javier Torres


'..Hasta aquí sólo se llega por un derrumbe moral pocas veces señalado. Un país antaño callado y laborioso, plagado de virtudes, lo han convertido en otro donde imperan el ruido, el saqueo y la trampa..'

Putrefacción

Javier Torres
España es un país peor en todos los niveles. Éticamente degradado. Roto en pedazos. Las cosas dejaron de funcionar porque hace tiempo que desprende un intenso olor a descomposición, el hedor de la desbordante corrupción bajo la que flotan las mordidas y las prostitutas en ministerios. Enchufados en puestos decisivos en la dirección del Estado e incompetentes sin más mérito que la lealtad perruna a su amo provocan consecuencias dramáticas. Poco a poco la destrucción de todas las infraestructuras nos conduce a una conclusión incómoda para los que cada 6 de diciembre celebran ya no sabemos muy bien qué, quizá que llevan décadas parasitando un Estado que ya no da más de sí.

Hablamos de muertos, apenas unas molestas estadísticas para un Gobierno que sólo aspira a dominar el relato y convencernos de que la culpa del accidente en Urda la tiene un controlador de Adif. Nueve meses después de la negligencia criminal en Adamuz los responsables siguen libres. La juez impone el secreto de sumario en Toledo mientras Moncloa filtra a los medios gubernamentales los audios de la conversación entre la maquinista y el trabajador en Atocha para echarle a éste los muertos encima. Semejante hazaña sólo pueden perpetrarla personajes de la catadura de Óscar y Pedro.

Veamos a qué se dedicaban justo antes del accidente. Sánchez presume de que hay muchos motivos para ser optimistas, que si nos comparamos con el resto de Europa, incluyendo a Francia, Italia y Alemania, España va mejor que bien. Que hay que responder a los haters con datos, inteligencia y humor. Sánchez tuitea todo eso media hora después del accidente y Óscar Puente simultáneamente presume de «la superioridad moral de la izquierda». La noche previa la ministra que puso en la calle a cientos de violadores y pederastas lamenta en televisión lo difícil que es encontrar a un hombre —pondremos el pudor que a ella le falta— que satisfaga sus deseos sexuales. Este es el nivel. Un presidente fuera de la realidad, el responsable de los trenes convertido en un macarra tuitero y la chalada de género hablando porquerías que en otra época le conducirían a levantar el ánimo de los milicianos en las trincheras, pero jamás a un ministerio.

Hasta aquí sólo se llega por un derrumbe moral pocas veces señalado. Un país antaño callado y laborioso, plagado de virtudes, lo han convertido en otro donde imperan el ruido, el saqueo y la trampa. Golpistas que malversan son amnistiados sin mayores problemas. Descuidamos nuestra red ferroviaria, pero concedemos créditos de 1.500 millones para modernizar las de Marruecos, Egipto y Uzbekistán. Dejamos invadirnos en Ceuta y damos las gracias al invasor. Sólo 901 de los 163.355 nacionalizados por la ley de nietos (un 0,5%) han acreditado ser descendientes de exiliados y podrán votar, lo que deja al descubierto el pucherazo que Sánchez planeaba el 29 de noviembre.

La putrefacción es generalizada. Y lo peor de todo es que cada afrenta contra la nación va acompañada del somnífero que nos suministran para convencernos de que estamos ante una desgracia inevitable, una maldición, un meteorito que no supimos detectar a tiempo. 

Durante un día entero sufrimos un gran apagón. En la gota fría valenciana murieron más de doscientos compatriotas. Y cuarenta y seis en Adamuz. Nadie ha acabado en prisión y lo más parecido a la justicia es la que impartieron los vecinos de Paiporta cuando corrieron a gorrazos al galgo presidencial, que tampoco tuvo la decencia de reunirse con las familias de las víctimas el miércoles por la noche en Urda.

Esta falta de empatía es el pegamento que une a Puente y Sánchez, los cuales nos suscitan un rechazo físico insoportable. Por lo visto, en otros lares no es así. Al ministro de la muerte le reciben entre chistes en las televisiones del duopolio, recordatorio de que los medios de comunicación también forman parte de la ciénaga. La Sexta alcanza el cénit de la mezquindad cuando Puente y Marc Giró, uno de los cómicos del régimen, se descojonan de las víctimas de Adamuz. Más les valdría no cruzarse con ninguno de los familiares de los fallecidos.

España ha dejado de funcionar cuando el Gobierno bate el récord de recaudación. El atraco legalizado a trabajadores y autónomos es aún más sangrante cuando comprobamos que no hay retorno, que es estéril pagar tantos impuestos. No queda en pie nada de aquella cacareada entrada en la modernidad del 92, año de la Exposición Universal de Sevilla, los Juegos Olímpicos de Barcelona y la primera línea de alta velocidad que une Madrid con la capital andaluza. Durante muchos años fui usuario habitual de la línea Madrid-Sevilla y sólo una vez tuve la suerte de sufrir un retraso de más de cinco minutos, lo que suponía el reintegro íntegro del coste del billete, gloria bendita para la maltrecha economía de un estudiante lejos de casa.

Como Dios escribe recto con renglones torcidos siempre encontramos un halo de luz entre las tinieblas de la tragedia. El farmacéutico de Urda, testimonio de serenidad e hidalguía, narra con ojos vidriosos las últimas palabras de un hombre que, antes de morir, le pide a su mujer que cuide de sus hijos y le recuerda que Dios es bueno. Esperanza Ruiz intuye que lo hace perdonando a sus asesinos y que, por eso, deja a sus hijos la misericordia como legado. Claro que no hemos de callar, les debemos justicia.

Distintas sensibilidades… / por Antolín Castro

¿Por qué a El Fandi habría que rechazarle, o negarle méritos, si tiene su público y él lo da todo siendo capaz de complacerlos con su actuación?

'..En los toros lo habitual es ver a una terna de actuantes y que los espectadores se mezclen en las localidades. Esas ternas, a veces, son del mismo palo, pero otras no. Ahí viene la confrontación, pues a uno se le aplaude y a otro se le puede silbar por ofrecer distinto modo de intentar satisfacer a sus seguidores. Por supuesto, también al revés..'

Distintas sensibilidades…

Antolín Castro
Opinión y Toros / 31 Oct. 2026
En todos y cada uno de nosotros, y en todo, existen distintas sensibilidades.

Cuando decimos distintas sensibilidades, también se puede traducir en distintos gustos. No todos compartimos los mismos ideales, ni siquiera los mismos gustos culinarios. Para todo existen distintas sensibilidades. También distintas motivaciones.

Y no es que con ello nos enfrentemos a los gustos o sensibilidades de los demás, no, solamente es que vibramos o disfrutamos con sonidos u olores y sabores distintos.

Eso y no otra cosa pasa con quienes gustan de la música clásica, el pop, el rock, incluso el heavy metal. Un tango, una bachata, un vals o un pasodoble pueden, cada una de esas especialidades, hacer vibrar a unos, pero no al resto.

En los toros somos menos comprensivos. A veces trazamos líneas con la escuadra y el cartabón, cuando resulta que estamos ante el mismo ejemplo de la música anterior.

Se sabe que el torero más ensalzado en la actualidad es Morante de la Puebla, quien es depositario de la ortodoxia o de la música más clásica, pero impide que otros sean considerados por tocar su melodía con distinto argumento o instrumento.

En ambos casos, los espectadores acuden al ‘concierto’, con ánimo de disfrutar. Ese disfrute cabe perfectamente en las distintas sensibilidades de las que hablamos. Se puede ir a ver a Plácido Domingo y también a AC/DC. Todo es música, pero lo normal es que sean públicos distintos, eso sí.

En los toros lo habitual es ver a una terna de actuantes y que los espectadores se mezclen en las localidades. Esas ternas, a veces, son del mismo palo, pero otras no. Ahí viene la confrontación, pues a uno se le aplaude y a otro se le puede silbar por ofrecer distinto modo de intentar satisfacer a sus seguidores. Por supuesto, también al revés.

Tomando como referencia a Morante y en el otro ‘estilo musical’ a Roca Rey, eso suele darse con mucha frecuencia. Quien alaba lo que hace uno detesta lo que hace el otro. Por tanto, en los toros habría de haber mayor comprensión o, ahí radica la confrontación, mayor pasión por los ritmos de sus partituras.

Si hay distintas sensibilidades, y en una tarde de toros, suelen darse los distintos ‘gustos musicales’, debemos abrir un poco la comprensión y evitar el enfrentamiento entre dos públicos diferentes reunidos en un mismo concierto.

Cuestión de sensibilidades o de organizar los ‘conciertos’, sin tener que enfrentar a Julio Iglesias con Ramoncín. Ahí lo dejo.

Conquistar almas y mentes, espacios e instituciones / por Brivael Le Pogam


Que no hay que quedarse en la política, que hay que lanzarse con igual ahínco, si no más, a lo que llamamos la “metapolítica”; que no se puede conquistar el poder si no se conquistan almas y mentes; que “el gramcismo de derechas”, como lo llama la Nueva Derecha, es acción indispensable: todo eso lo sabemos muy bien, pero lo que ya no se sabe tanto es el pequeño “detalle” que en este artículo añade Brivael Le Pogam.

El detalle es esencial. No basta con difundir las ideas: hay que lanzarse a una auténtica “guerra de posiciones”. Guerra cultural, sí, pero que no se puede quedar en la sola cultura. ¿Cómo guerrear sin emprender acciones bélicas, materiales, concretas? Acciones consistentes en que, tomando las trincheras una por una, las ideas conquisten espacios e instituciones. Una sala de profesores, una redacción de periódico, un canal de televisión, un ministerio, unas subvenciones, unos mecenas, unas asociaciones… Hasta hacer que las nuevas ideas, las de regeneración y verdad, impregnen el aire y se confundan con él.

Conquistar almas y mentes, espacios e instituciones

Brivael Le Pogam.
Hablo a menudo de Gramsci. Me preguntan regularmente por qué un jefe de una empresa de IA, como yo, cita a un comunista italiano muerto en 1937. Respuesta simple: porque es el tipo que escribió el manual de instrucciones del mundo en el que tú estás viviendo.

Gramsci, en prisión bajo Mussolini, entendió algo que Marx no había percibido. El poder no se sostiene por la fuerza. Se sostiene por el consentimiento. Y el consentimiento se fabrica en las instituciones: la escuela, la universidad, los medios, la cultura. Lo llamaba la hegemonía.

El poder más efectivo es el que no se ve. Cuando tus ideas se convierten en el “sentido común”, ya no necesitas convencer a nadie. La gente piensa como tú creyendo que piensa por sí misma.

El método se llama guerra de posiciones. Nada de revolución, nada de barricadas. Se toman las trincheras una por una. Una sala de profesores, una redacción, un ministerio, una subvención, una asociación… Y francamente, hay que quitarse el sombrero. Ha funcionado tan bien que ya nadie ve que era un plan. Sólo parece “la normalidad”.

Resultado: hemos fabricado ejércitos enteros de gente desconectada de la realidad. Periodistas que nunca han firmado una nómina desde el otro lado. Una parte de la juventud que lo sabe todo sobre la opresión sistémica y nada sobre cómo se crea la riqueza. Militantes que confunden indignación con competencia. Nadie les ha enseñado qué es la creación de valor. Les han enseñado a redistribuirlo. A gravarlo. A sospechar de él.

En Francia, es aún más visible. El Estado está en fase de cáncer generalizado. Y un cáncer alimenta sus propias células. Subvenciones, puestos, comités, observatorios: la máquina pública se ha convertido en un sistema de perfusión para las ideas que la mantienen viva. Salvo que un organismo bajo perfusión acaba perdiendo el contacto con el exterior.

Es exactamente lo que observamos: errores de comunicación cada vez más burdos. Salidas desconectadas de la realidad. Campañas que se vuelven en su contra en 48 horas.

Nuestros oligarcas no entienden lo que les pasa

Les hago una predicción. En los meses que vienen, los verán cada vez más agresivos. No porque sean malos. Porque no entienden qué les está pasando. Están sinceramente convencidos de estar en el bando del bien. Toda su vida, su discurso ha sido el sentido común. Aplaudido en la escuela, validado en la universidad, recompensado en la redacción. Y de repente, ya no cala. La realidad responde. La gente se desconecta.

Cuando estás persuadido de tener razón y el mundo deja de escucharte, quedan dos opciones: cuestionarte o gritar más fuerte. Adivinen cuál es la más cómoda.

Pero aquí va lo que nadie dice. Cuando su mundo se derrumbe, cuando se desconecte la perfusión, habrá una avenida abierta. No para humillarlos. Para decirles la verdad: os han mentido desde la infancia. No es vuestra culpa. Y todo va a salir bien. Os vamos a enseñar qué es la creación de valor. Qué es el sentido común. Cómo se enriquece un país, cómo se construye una empresa, cómo se pone un cerebro de nuevo en marcha.

Gramsci tenía razón en un punto: todo se juega en el sentido común. Sólo olvidó un detalle. El sentido común nunca ha necesitado subvenciones.

En la muerte de Andrés Hernando / por José Carlos Arévalo.


'..De Andrés Hernando hay que retener dos cosas. Eligió la soledad, supo mirar de cara a la muerte, la toreó y la venció... la venció en el ruedo, que es el único lugar del mundo donde la muerte juega limpio. Y yo, aficionado, doy fe de ello..'

EN CORTO Y POR DERECHO
En la muerte de Andrés Hernando

Por José Carlos Arévalo.
Hombre de perfil, pelo peinado hacia atrás, en blanco y negro, entre personas uniformadas en un acto.

Detesto las necrológicas, porque son falsas. En este país sólo los muertos se salvan de la crítica. Para ellos están las necrológicas, que suelen ser tan hueras como las críticas, pero al revés. Por eso, estas líneas no son una necrológica sino una meditación sobre un torero.

Ser torero es elegir la soledad. Absolutamente. Porque no vale la menor ayuda. Ni de Dios. Porque Dios no se mete en las cosas de los hombres. No le dice, por ejemplo, a un toro, "embístele bien a este chaval, que es buen chico". No, cuando un torero cita al toro no hay nadie en el mundo: el universo es una plaza vacía donde solo hay un hombre que cita a su destino. Y su destino es la suerte o la muerte. Y eso es en esencia el toreo. Vencer a la muerte haciendo la suerte. Porque en el toreo, la suerte no se tiene, se hace. En el ruedo del toreo, cerrado al mundo entero, para que estés allí tú solo, torero, y cites al destino. Y lo torees. Con arte.

De Andrés Hernando hay que retener dos cosas. Eligió la soledad, supo mirar de cara a la muerte, la toreó y la venció... la venció en el ruedo, que es el único lugar del mundo donde la muerte juega limpio. Y yo, aficionado, doy fe de ello. Porque el torero segoviano Andrés Hernando no lo tuvo fácil. Se le ocurrió debutar en Madrid con una novillada de Palha, el día en que Victoriano Valencia hizo la faena de su vida, una de las faenas estelares de Las Ventas. Pero Andrés Hernando se ganó el respeto de esa panda de desalmados que nos sentamos en la plaza de Las Ventas.

Eran tiempos muy difíciles para los toreros. Eran los años 60, la «Década prodigiosa», con Luis Miguel, Ordóñez, Camino, El Viti... y muchos figurones más. Y El Cordobés. Del segoviano, que había triunfado de novillero en Sevilla, que luego indultó un toro de Pablo Romero en Barcelona, tengo el recuerdo del que fue el día de su vida. Una corrida de Beneficencia, o de la Prensa, no estoy seguro. Con El Cordobés. Nada menos que con el torero que más ha mandado en la Fiesta (eso sí, después de Gallito). Pero Andrés Hernando cortó tres orejas. Y estuvo por encima del Quinto Califa. ¿Y cómo fue? ¿Tuvo suerte? ¿Se llevó el lote de la tarde? No, Lo que hizo fue torear. Mejor que nadie, aquella tarde. ¿Y cómo toreó? Lo recuerdo perfectamente: toreó con plenitud. No quedaron ni cinco centímetros sin torear de cada embestida que los toros le ofrecieron. Y no toreó, o al menos esa impresión dió, para salvarse. Hizo un toreo de enorme intensidad, pero sobrado. Después, supe que torearon juntos en América. O sea, que ni celos, ni vetos. Respeto y leal competencia entre toreros muy toreros.

No traté a Andrés Hernando. Nos saludamos un par de veces, nada más. Más tarde conocí a su mujer, Sonsoles Aboín, exdiputada y gran aficionada, una de esas mujeres que añaden prestigio al hombre con el que se emparejan. Ahora se ha quedado sola y yo la acompaño en el sentimiento.

Vergüenza / por HUGHES


'..Hemos escuchado testimonios de admirable aplomo de los supervivientes. Su humanidad, su empatía, su entereza, su preocupación por los demás y también una exactitud narrativa, una impresionante capacidad para transmitirnos las cosas de un modo ordenado, preciso, como si fuera esa su manera de ayudar. Ante estos testimonios, ante su humanidad plena, fuerte y frágil a la vez, yo sentía una pequeña vergüenza. Vergüenza de mí..'

Vergüenza

HUGHES
Uno de los supervivientes de la catástrofe ferroviaria en Urda explicó en una entrevista una sensación suya tras el impacto. Sintió vergüenza, explicó. Vergüenza de su país. Tanta que se acercó a una pareja de ingleses, también en el tren, y les pidió perdón. El patriotismo a veces adopta una forma pudorosa. Este hombre, joven, se sentía movido a pedir perdón como español, como anfitrión. Sentía una responsabilidad en lo sucedido que no le correspondía y que es evidente no sienten los miembros del gobierno.

Hemos escuchado testimonios de admirable aplomo de los supervivientes. Su humanidad, su empatía, su entereza, su preocupación por los demás y también una exactitud narrativa, una impresionante capacidad para transmitirnos las cosas de un modo ordenado, preciso, como si fuera esa su manera de ayudar. Ante estos testimonios, ante su humanidad plena, fuerte y frágil a la vez, yo sentía una pequeña vergüenza. Vergüenza de mí. De no ser una persona con esas cualidades. ¿Estaría yo a la altura de ellos? Esas personas estaban agigantadas a mis ojos. Hay que mirarlos así por la calle. En cualquier persona normal hay decencia, heroísmo, amor, espiritualidad, abnegación… Ese muchacho, actor sevillano, que expresaba su desesperación por no tener noticia de su padre era de repente un gigante de amor con una desarmante y generosa elocuencia para hacernos sentir el tormento.

«Una persona normal»… Casi nada. Estas personas nos parecen todas de una gran talla humana. Y a su lado, como si fueran grandes personajes, uno se siente pequeño. Cada vez más sentimos una admiración absoluta por la gente normal.

Estar a la altura de todo esto sería una primera medida, tarea, intención. Medida desde luego no es la palabra. Se necesita, antes que nada y sobre todo, volver a una seriedad perdida. Una resacralización de las cosas. Una nueva seriedad del euro y del servicio. Esa responsabilidad instintiva por la casa común; el respeto lleno de admiración hacia el otro, que es titánicamente normal. No sé si honor es la palabra, si asustará que suene a cosa antigua. Sería como volver a ser un poco ‘japoneses’. Darle a todo una unción ceremonial, como sabemos hacer para otras cosas. Estar a la altura extraordinaria del hombre que coge un tren, con su trabajo, seres queridos, una dolencia personal, algunas ilusiones y bastante stress, y que, allí donde lo ves, conoce lo necesario del mundo para salir entero del espanto, expresar lo inexpresable y hacernos llegar con los ojos, evitando llorar, la emoción de la vida.

Para servir a los españoles hay que creérselo un poquito. Patriotismo, honor, devoción. Sentir que la casa es común, que su suerte podría ser la nuestra, que son grandes personas, extraordinarias, a las que servir con un juramento de humildad: que cada cosa esté a la altura de los españoles y de su buen nombre. Lo mejor que se pueda, que siempre será poco. Y que vaya la vergüenza en ello.