la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 26 de septiembre de 2026

Morante y los huevos de oro / por Javier Gallego


'..La avaricia es tan vieja como el género humano. Ya la describió Esopo, seis siglos antes de Cristo. Una gallina empieza a poner un huevo de oro cada día y el dueño ciego por la codicia la mata porque piensa que dentro encontrará una mina de oro. Y al final lo pierde todo..'

Morante y los huevos de oro

Morante de la Puebla parece cansado. Extenuado en el epílogo de una temporada que seguramente no quería hacer.

Por Javier Gallego
Las últimas veces que le he visto, me ha dado la sensación de que se ha apagado el duende, con el que nos regaló un año histórico en 2025. Quizá esté un poco aburrido de sí mismo, que es un síntoma de inteligencia, en un artista que sabe que la inspiración no se fabrica en serie. O quizá sea un síntoma de hartazgo del propio sistema que él ha contribuido a resucitar, de forma consciente o inconsciente.

La avaricia es tan vieja como el género humano. Ya la describió Esopo, seis siglos antes de Cristo. Una gallina empieza a poner un huevo de oro cada día y el dueño ciego por la codicia la mata porque piensa que dentro encontrará una mina de oro. Y al final lo pierde todo.

Morante es la nueva mina de las empresas, que aprovechan su reclamo, para llenar tendidos que hacía tiempo que no se cubrían. Y además, el genio de la Puebla ha tenido gestos con toreros jóvenes, ganaderías en el olvido y plazas o fechas que había que resucitar. Hasta ahí todo bien.

Pero ahora ya empezamos a ver síntomas de que empiezan a matar a la gallina. O de sobreexplotación del maná, como ustedes quieran. Para empezar el trapío de los toros, que ese está rebajando hasta límites impúdicos en algunas plazas. Para continuar la variedad de las ganaderías, que está dejando de existir para matar siempre lo mismo. Para seguir, la exigencia del público que sobreactúa jaleando cualquier capotazo o muletazo, como si hubieran visto algo sublime, cosa que el torero no necesita. Y para terminar, el síntoma más preocupante, es el de la falta de casta. Ya no se ve a los toros en el caballo y se está convirtiendo a un animal bravo en uno dócil que atiende al estímulo sin ninguna emoción.

Si a los toros le quitan el peligro puede que hoy llenen las plazas, pero en poco tiempo volverá el cemento, porque el público saldrá aburrido de un espectáculo que encima está inflado con precios abusivos. Los toros sin riesgo no tienen sentido.

Sé que todo esto, esos a los que llaman los taurinos lo saben. Y también sé que no harán nada. Porque nunca he visto una unidad real en un sector en el que sobran «egos». Pero me da que están matando la gallina de los huevos de oro. De momento, habrá que disfrutar de Morante de la Puebla mañana en Sevilla y en octubre en Madrid. Que son sus dos grandes metas para rematar esta temporada. Y partir de ahí, ya veremos cómo acaba él y cómo termina el cuento.

MÁS PUREZA Y ELEGANCIA... MENOS ASPAVIENTO / por Francisca García


'.. toda evolución debiera orientarse a incrementar la belleza de lo que es, una lustración pública, una inmolación ritual al que el torero como oficiante, debe dar la solemnidad y el respeto que el toro merece. Valor, arte. técnica y pureza. Quizá sea ese el orden..'

MÁS PUREZA Y ELEGANCIA... MENOS ASPAVIENTO

Francisca García
El mes de septiembre da, con sus muchos espectáculos taurinos en pueblos y ciudades, ocasión perfecta para analizar, diferenciar y discernir, cómo son los públicos que asisten a las corridas de toros en las diferentes regiones españolas. Hay en este mes, ocasión para un “turismo taurino” y cotejar cual es la actitud de la gente aquí o allá. Una analítica interesante aunque sirva bastante poco para sacar conclusiones evaluadoras que determinen una manera de ser, sino mas bien una manera de estar. Cada plaza es distinta, como cada público lo es. En estas divagaciones he caído bastante a menudo, comparando, eligiendo y enjuiciando cómo el público afronta el festejo taurino en diferentes lugares.

Hay provincias en las que predomina un público bullanguero de peñas con ambiente festivo de charangas, pasando a segundo término lo que ocurre en el ruedo.

Otras, donde la corrida se toma con seriedad y conocimiento. En buena parte percibo que la gente va a los toros a pasarlo bien, como a un espectáculo de entretenimiento, simplemente. Lejos la percepción de estar ante un ritual trágico, artístico y técnico.

Hay públicos bastante ausentes y otros muy participativos y generosos y también los típicos que jamas descuidan las meriendas tradicionales. Cosos donde se pide la música constantemente y otros en los que “se escuchan” los silencios que son tantas veces de agradecer y en todas partes hay verdaderos aficionados y entendidos y por contra auténticos ignorantes de todo lo que concierne al espectáculo. De cuanto conozco, el público con el que me he sentido más identificada está en Olivenza y en Úbeda. Pero nadie mejor que los toreros conocen cómo se responde en cada región o en cada plaza.

La percepción del aficionado en general, no sé cual es, pero en mí, percibo, y me pesa, una sensación de que la Fiesta de los Toros puede estar degenerando y llegar a convertirse en algo que lamentaríamos sin remedio.

Creo que el público nuevo, que felizmente se está incorporando a las plazas, desconoce por contra, en buena parte, los valores auténticos de la Tauromaquia y lamentablemente opta por lo menos importante y a veces lo mas chabacano. Se aplaude la teatralidad, los gestos exagerados buscando la aprobación del público, los recursos forzados y, en fin, desconoce la verdadera jerarquía de los lances y pases que se ejecutan.

Así en muchas ocasiones se premia más a los toreros ventajistas y tramposos que a los verdaderos artífices del toreo de clase, de auténtica valentía y pureza.

Cuando Morante de la Puebla que tras su teatral despedida el pasado año, decidió volver a colocarse la castañeta, soltó aquella frase, ”Está feo que yo lo diga pero vuelvo porque hago falta”, a mí me pareció una expresión muy presuntuosa, pero, pensándolo más tarde me dije si no iría la verdadera intención de sus palabras hacia aquella muchachada que lo ensalzaba. Muchachada mayormente ignorante de lo que es la Tauromaquia, a la que él, aprovechando el estatus en el que se veía colocado, podría ilustrar sobre los verdaderos valores del bien torear, Es decir, del toreo clásico, basado fundamentalmente en la naturalidad. Todo lo que se aparta de ella, no es estético. La fiesta de los toros es un arte.

Un arte muy difícil y solo puede justificarse si en ello se busca la belleza. De no ser así se la puede llamar de otra manera o ¿la habremos enterrado?.

El toreo clásico busca la plástica corporal del torero en consonancia con el toro. Es sobre todo armonía sin artificios, la quietud, el ritmo y el que fluya de manera natural, tranquila, sin sobresaltos y con un valor sereno ante la cara del toro. Con los pies clavados en la arena. A eso cabe siempre añadir la personalidad de cada espada. Cuanto más fuerte y arraigada esté esa personalidad, más traspasará y se hallará la máxima expresión estética.

Hay toreros que dominando el clasicismo aportan además, un sentimiento, una recreación en las formas, que añade, yo diría un grado más. Y aquí llegaríamos al toreo barroco, el del duende, el pellizco, la inspiración y según sea el espada, el toreo de muchos quilates.

¿Cómo van a compararse los pases efectistas, llenos de artificio, el tremendismo, el arrimón por el arrimón, ese comienzo de rodillas, casi siempre tan antiestético? Aprecio la postura genuflexa con una sola rodilla, como bella expresión corporal, pero no más. Si siempre me pareció torear de hinojos algo espantoso no me extraña saber que Gregorio Corrochano hace 110 años ya lo denunciara: “es lo más antitaurino que existe” dijo. Pues ahora es de lo que más se aplaude. Eso y el arrimón tremendista.

Pero, bueno, dirán algunos ¿Es que el toreo que hace actualmente David de Miranda no tiene mérito ni debe emocionar?

El toreo de el de Trigueros estuvo siempre a gran altura pero no ha conseguido que se fijen con fuerza en él hasta que comprometió su físico de forma incalculable hace un año.

A partir de ahí ha ido subiendo como la espuma pero, analicemos: David de Miranda no es un loco ni un suicida. Se permite que le rocen los muslos, los pitones del toro al que ha dominado de tal forma que lo ha sometido totalmente, al punto de que el astado es incapaz de inferir una cornada a su “domador”. El mérito de David no es el arrimón, sino lo que ha hecho antes, cómo lo ha hecho, cómo ha entendido al toro y cómo ha captado su “voluntad” por así decirlo, aunque los animales no tienen voluntad, que esta es una de las potencias del alma humana. Ese es su mérito: conocer a los toros, darles la lidia adecuada para dominarlos. Hacerlo con tranquilidad, con respeto al peligro, para luego salir con la gallardía del buen torero, sin alardes, con sencillez, con verdad.

Toda defensa del toreo clásico, el auténtico, el de siempre no significa posicionarse en contra de la evolución. La evolución es necesaria y desde los tiempos de Pedro Romero ha ido evolucionando en todos los sentidos. Aún velando por su intacta conservación, la fiesta de los toros es una simbiosis de tradición y evolución. El peligro está en aportar cosas que contravengan el sentido fundamental de ella y desvirtúen su armonía y verdad. Y para ser tenida en cuenta, toda evolución debiera orientarse a incrementar la belleza de lo que es, una lustración pública, una inmolación ritual al que el torero como oficiante, debe dar la solemnidad y el respeto que el toro merece. Valor, arte. técnica y pureza. Quizá sea ese el
orden.

Mi pesimismo no está en que desaparezca la fiesta pero sí en que el mal gusto generalizado termine deteriorándola. Las bases clásicas permanecerán sin duda pero estamos en un nuevo resurgimiento y es menester apostar por el buen toreo, el toreo de siempre y ahora, cuando la crisis taurina ha desaparecido y estamos en un nuevo renacer, si las generaciones que se suman terminan abducidas por su pureza, nuestra Fiesta será cada día más grande, más bella y más Nacional.

PAQUIRRI: 42 AÑOS DEL DRAMA DE POZOBLANCO / por Víctor Ramírez “Vitico”


  “Doctor, yo quiero hablar con usted por favor, la cornada es fuerte, tiene dos trayectorias, una pa aca y otra para allá, abra todo lo que tenga que abrir, lo demás está en sus manos, eh tranquilo”

PAQUIRRI: 42 AÑOS DEL DRAMA DE POZOBLANCO

Víctor Ramírez “Vitico”
Mérida-Venezuela / 26 Septb. 2026
Francisco Rivera “Paquirri” se presentó en Pozoblanco el 26 de septiembre de 1983 estoqueando toros de Carlos Núñez alternando con Julio Robles y Tomás Campuzano, paseando cuatro orejas y un rabo en tarde triunfal. Sin saberlo esa salida a hombros de la pequeña plaza cordobesa empezaba a descontar el reloj terrenal para el torero de los ojos verdes.

EL DESTINO SELLA LA SUERTE DE PAQUIRRI

Paquirri no tenía previsto torear en Pozoblanco, su plan inicial era cerrar la temporada en Logroño, pero Diodoro Canorea le insistió mucho para contratarle en la feria pozoalbense a lo que accedió el matador tras su gran debut del año anterior, siendo en teoría una corrida “a modo”.

UNA MAÑANA FELIZ

Paquirri llegó a Pozoblanco sobre las seis y media de la mañana del miércoles 26 de septiembre de 1984 desde Logroño donde el día anterior toreó una corrida de Buendía y Dionisio Rodríguez a la que cortó una oreja alternando con Luis Francisco Esplá y Vicente Ruiz “El Soro”. Se hospedó en el hotel “Los Godos” en la habitación número 307, apenas llegó se fue a dormir. Sobre las diez de la mañana se despertó con la alegría de saber que era la última corrida del año. Se duchó y a las once de la mañana bajó al comedor con una alegría inusitada y sin el más mínimo ápice de preocupación. Saludó a José Cubero “Yiyo” en el comedor y a su cuadrilla con la frase “señores esto está acabado”. Estaba muy radiante, hablaba sin parar de sus planes futuros y esa locuacidad asombraba incluso a su cuadrilla.

LA ÚLTIMA COMIDA

Un almuerzo frugal fue la última comida de Paquirri, tortilla de patata, flan y agua mineral no muy fría. El camarero le ofreció vino y respondió que se reservaba para la noche que terminaría con dos botellas, pensaba cenar en una venta a las afueras de Córdoba con toda la cuadrilla para celebrar. Luego de comer propuso jugar a las cartas a sus banderilleros hasta la hora de vestirse y les ganó todas las manos, entre grandes risas y festejando. Unas cuantas pesetas le ganó a cada uno.

AZUL MARINO Y ORO

Ramón Alvarado su mozo de espadas deshizo la partida con la frase “Paco, es la hora” para comenzar el ritual de vestirse de luces por última vez de azul marino y oro, tras los clásicos ejercicios de precalentamiento habituales en Francisco Rivera. Sobre las cinco y media de la tarde pidió un café con mucha leche y partió a la plaza con una alegría incluso extraña.

LA ÚLTIMA OREJA

Paquirri hizo el paseíllo con los debutantes en esta plaza José Cubero “Yiyo” y Vicente Ruiz “El Soro” para lidiar toros de Sayalero y Bandrés. Cuajó una buena faena al flojo y noble primero al que cortó la última oreja de su vida, toro que brindó al entonces novillero sin picadores Manuel Díaz “Manolo” luego en los carteles “El Cordobés”.

“AVISPADO”

“Avispado”, número 9, negro, 420 kilos fue el cuarto de la tarde, muy astifino. Canorea lo vio por la trampilla de chiqueros y comentó lo astifino que era. Paquirri lo toreó a la verónica con temple, alguna de ellas mirando al tendido. Al llevarlo al picador el toro le avisó una vez y en la segunda le pegó una tremenda voltereta, con furiosos cabezazos, hundiendo todo su pitón derecho en el muslo del diestro. Eternos segundos en los que Paquirri intentó zafarse del cuerno hundiéndolo más.

LA ENFERMERIA

Con una claridad sorprendente ante la cámara de Antonio Salmoral el diestro le explicó al doctor Eliseo Morán la cornada: “Doctor, yo quiero hablar con usted por favor, la cornada es fuerte, tiene dos trayectorias, una pa aca y otra para allá, abra todo lo que tenga que abrir, lo demás está en sus manos, eh tranquilo”. Pidió agua, pero no podía tomarla, sólo se enjuagó la boca. Estaba algo reacio a las transfusiones de sangre por miedo a un rechazo ¿recordando quizá a Manolete? La cornada era descomunal, impresionante.

TRES FRANCISCOS: UN DRAMA

Francisco Rossi fue el chófer que condujo la ambulancia desde Pozoblanco a Córdoba y el médico anestesista Francisco Funes acompañó a Paquirri en el drama, comentó que el torero aguantó el muchísimo dolor con estoicismo, el médico sujetaba los frascos con suero y sangre por la mucha velocidad a la que iban. A mitad del viaje el torero empezó a sudar copiosamente, a ahogarse, Funes le colocaba la mascarilla de oxígeno que Paquirri que éste a veces se quitaba, ante el paro cardiorrespiratorio le aplicó también la técnica boca a boca. Poco antes de llegar al hospital militar el diestro perdió el conocimiento y no lo recuperó más hasta fallecer ya en los pasillos del hospital camino al quirófano.

ALGUNOS DATOS DE PAQUIRRI

Paquirri fue un torero muy castigado por los toros, entre cornadas, puntazos y lesiones sufrió unos 26 percances, varias caídas de caballos y accidentes de tránsito. Concedió 7 alternativas siendo la última la de Manuel Cruz “Morenito de Jaén” el 21 de abril de 1984 siendo el testigo Luis Francisco Esplá. Confirmó la alternativa a cuatro toreros, Marcelino Librero “Marcelino·, Luis Reina, Juan Antonio Ruiz “Espartaco” y José Valencia, esta ceremonia en Bogotá. No gustaba Paquirri de las corridas duras, sólo estoqueó una de Miura en su vida en Vinaroz el 12 de julio de 1970, alternando con Pedrín Benjumea, su hermano José Rivera “Riverita”, cortando dos orejas, en el cartel estuvo el rejoneador Álvaro Domecq con un toro de Torrestrella. Paquirri toreó aproximadamente 82 novilladas con picadores y 1.297 corridas de toros, cortando 2.111 orejas y 218 rabos. Francisco Rivera “Paquirri” tuvo una vida corta y apasionante que el 26 de septiembre de 1984 se convirtió en leyenda.

La violencia que viene / por Javier Torres


'..El tufillo a 15-M en año electoral es indiscutible. Cuando el Supremo frena el pucherazo y descubrimos que el PSOE contactó con narcos para amedrentar a la juez del hermanísimo, Moncloa toca el silbato y sus medios desvían el foco. Lástima que ocho años de Gobierno progresista no hayan frenado los desahucios, urge más progresismo.''

La violencia que viene

Javier Torres
Llega el otoño y la izquierda vuelve a la calle tras ocho años de hibernación. Aún estamos lejos de la gimnasia revolucionaria que sus cachorros ya no pueden practicar, físicamente venidos a menos, testosterona bajo mínimos, tras años de cursillos para deconstruir la masculinidad tóxica, dietas veganas y otros sometimientos aliades. Habrá violencia, eso seguro, aunque haya que subrogarla a hordas extranjeras, tal como La Sexta hace pasar a moritos por peligrosos ultraderechistas a la caza del invasor. Si Ferreras saca la varita mágica sabemos que estamos ante algo gordo.

El poder está en juego y el PSOE encara el curso decisivo con los deberes hechos. Broncano, Inchaurrondo, Cintora y Manu Sánchez (el perro andaluz) sudan la camiseta en TVE. Ferreras y Wyoming en Atresmedia. Por si el duopolio y Prisa no fueran suficientes, La Séptima de Javierito y Santaolalla aterriza en mes y medio. A todo eso hay que añadirle la fuerza del BOE y el mundillo de la cultura subvencionada con sus actores de guardia capaces de recitar guiones, pero no de aprenderse el nombre de la desahuciada. Son toneladas de propaganda que nos caen encima y esta semana hemos asistido al primer ensayo.

El tufillo a 15-M en año electoral es indiscutible. Cuando el Supremo frena el pucherazo y descubrimos que el PSOE contactó con narcos para amedrentar a la juez del hermanísimo, Moncloa toca el silbato y sus medios desvían el foco. Lástima que ocho años de Gobierno progresista no hayan frenado los desahucios, urge más progresismo. El ruido sepulta lo mejor de la historia: Maricarmen pagaba un alquiler irrisorio gracias al proteccionismo franquista y es desalojada por dos leyes socialistas, facto imposible de asimilar por el rebaño fanatizado.

Lo esencial, por supuesto, es la propaganda. La abogada de la anciana desahuciada hace una gira por las televisiones. La izquierda pone música, rostro y nombre a Maricarmen, convertida en símbolo, justo lo que no hace con los violadores de las jóvenes ceutíes. O con el exmarido de Mónica Oltra, condenado cinco años por abuso sexual a una menor tutelada por el gobierno valenciano de su señora. También hubo niñas abusadas en Baleares cuando lo presidía Armengol. Jamás activaron el hermana yo sí te creo ni cortaron una calle o hicieron programas especiales.

El equipo de lagrimita sincronizada que ahora finge empatía con Maricarmen es el mismo que rodeó y acosó en la calle a una señora embarazadísima, Begoña Villacís, apenas 48 horas antes de dar a luz. Nunca se ha tratado de la mujer, siempre es el quién y no el qué. Lo ocurrido esta semana nos da una pista de lo que vendrá. La izquierda desempolva el viejo axioma de ganar en la calle lo que no cree posible en las urnas.

Y es aquí cuando resurge el debate sobre la violencia política, artefacto rentabilísimo para quienes la han ejercido. La violencia abre camino y a esta verdad —como a tantas otras— le tienen auténtico pavor las almas cándidas de la derechita que conciben la política como un lugar confortable, no el instrumento para transformar la realidad. En contra del relato rosa oficial, Bildu no habría tenido tanto poder sin las cinco décadas de terrorismo de ETA. Otegui llegaba a la mesa de negociación con centenares de muertos encima y eso le otorgaba una posición de fuerza. La imposición del terror y el miedo expulsó a 200.000 vascos, por eso el separatismo goza de una hegemonía absoluta construida con sangre, no ganada en debates parlamentarios.

Enfrente hay una organización plenamente consciente del marco. Sánchez inaugura la legislatura levantando un muro contra la oposición y el odio de la derecha reaccionaria. Luego amnistía la violencia separatista del 1 de octubre, pero le da la vuelta al relato: premiar a los violentos y legitimar el golpe es apostar por el diálogo y el perdón. Antes había indultado a los golpistas y eliminado el delito de sedición, hazaña impensable sin el adiposo cinturón mediático que justifica sus corruptelas, invasiones y traiciones a la nación.

Esta desfachatez orwelliana, la de convertir la guerra en paz y la libertad en esclavitud, sólo es capaz de hacerla la izquierda española, campeona en magnicidios. En menos de cien años mató a cuatro presidentes: Cánovas, Canalejas, Dato y Carrero Blanco. Y en 1906 casi deja a España sin rey cuando el anarquista Mateo Morral atenta contra Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia el día de su boda.

Un siglo después la violencia política se ejerce bajo tres firmas: la separatista, la izquierdista y la importada. Llegará el día en que haya respuesta, entonces llorarán y dirán que viene el fascismo.

TERRORISMO VASCO.- TAXISTA SIXTO HOLGADO AGUDO, ÚLTIMO SERVICIO (1979)



26 DE SEPTIEMBRE DE 1979. RENTERÍA (GUIPÚZCOA)
SIXTO HOLGADO AGUDO — TAXISTA

ÚLTIMO SERVICIO
Hay noches en las que un hombre sale a trabajar y su familia no sabe que acaba de verlo por última vez.

Aquella del '26 de septiembre de 1979, en Rentería, fue una de ellas.

Yo conocí aquellos años. Conocí demasiado bien aquel País Vasco en el que una rutina podía convertirse en sentencia y un gesto tan sencillo como abrir la puerta de un automóvil a un desconocido podía ser el principio del final.

Por eso, cuando escribo la historia de Sixto Holgado Agudo, no puedo imaginar solamente al hombre que murió junto al basurero de San Marcos.

Pienso también en el padre.

En su casa.

En sus ocho hijos.

Y en aquella noche interminable durante la cual ellos todavía no sabían que su padre ya no regresaría.

Sixto tenía cuarenta y seis años. Había nacido en Bañobárez, Salamanca, el 19 de septiembre de 1933, y vivía en el polígono Pontica de Rentería. Estaba casado en segundas nupcias y era padre de ocho hijos de su primer matrimonio, muchachos y niños de edades comprendidas entre los cinco y los veinte años.

Ocho hijos.

Conviene detenerse en ese número porque detrás de las cifras se esconden las tragedias verdaderas. Ocho vidas que aquella noche tenían un padre y que a la mañana siguiente tendrían solamente su recuerdo.

Sixto conocía bien las calles.

A los veintiséis años había ingresado en la Policía Municipal de San Sebastián, donde permaneció hasta los treinta. Después pidió voluntariamente la baja. Durante cinco años trabajó como repartidor de Coca-Cola y, más tarde, compró una licencia de taxi.

Llevaba ya diez años conduciendo.

Diez años abriendo y cerrando aquella puerta.

—Buenas noches.

—¿Adónde vamos?

Arrancar.

Conducir.

Cobrar.

Regresar.

La vida de un taxista está hecha de destinos ajenos.

Hasta que una noche el destino es el suyo.

A las 'nueve y media de la noche del miércoles 26 de septiembre', Sixto estaba en la parada principal de taxis de la calle Viteri de Rentería.

Un compañero lo vio allí.

Después llegó el servicio.

Y ahí comienza el misterio que nunca ha terminado de aclararse.

No se supo si Sixto abandonó la parada porque recibió una llamada telefónica o porque un cliente se presentó allí y subió directamente a su taxi.

Sólo sabemos que se marchó.

Me resulta imposible contar este momento sin imaginar la escena.

El 'SEAT 131' esperando.

Las luces de la calle reflejándose sobre la carrocería.

Un hombre acostumbrado a transportar desconocidos abre la puerta a alguien que quizá sabe perfectamente quién es él.
Sixto arranca.

Nadie en aquella parada puede sospechar que acaba de comenzar su último servicio.

El taxi se pierde por las calles de Rentería.

Después, silencio.

¿Qué ocurrió dentro de aquel coche?

¿En qué momento comprendió Sixto que aquello no era un servicio normal?

¿Reconoció el peligro?

¿Intentó hablar?

¿Preguntó qué querían de él?

No lo sabemos.

Y precisamente ese vacío hace todavía más terrible la historia.

Porque existe un punto de aquella noche en que desaparecen los hechos conocidos y sólo queda un hombre en manos de quienes habían decidido matarlo.

Mientras tanto, la vida continuaba.

Las casas iban apagando sus luces.

Las familias se acostaban.

Tal vez en la vivienda de Sixto alguien miró alguna vez el reloj.

Los taxistas trabajan hasta tarde.

Un servicio se alarga.

Después llega otro.

No había todavía razón suficiente para pensar en lo peor.

Pero las horas comenzaron a pasar.

Y Sixto no volvía.

A la 'una de la madrugada', el teléfono sonó en la Comisaría de San Sebastián.

Al otro lado había una voz masculina.

Una voz anónima.

Comunicó que el cuerpo sin vida de un hombre había sido encontrado en las proximidades del 'basurero de San Marcos, en Rentería'.

Nada más.

No dijo quién era.

Tampoco aclaró en nombre de quién hablaba.

Y en aquellos años una llamada anónima podía esconder cualquier cosa.

Los policías recelaron.

¿Era cierto?

¿Había realmente un cadáver?

¿O alguien pretendía hacerlos acudir hasta un lugar apartado para tenderles una emboscada?

Aquella duda explica aquellos tiempos mejor que muchas páginas de historia.

Hasta para recoger a un muerto había que preguntarse si detrás del muerto aguardaba otro asesino.

Minutos después apareció una 'ambulancia municipal', que también había recibido el aviso.

Sus ocupantes confirmaron que la llamada decía la verdad.

Había un hombre muerto.
Entonces partieron 'dos dotaciones de la Policía Nacional' hacia el vertedero.

Imagino aquellos vehículos avanzando en la oscuridad.

San Marcos.

El basurero.

La noche cerrada.

Los faros barriendo el camino.

Y después, al detenerse, esa clase de silencio que solamente existe donde acaba de morir alguien.

Allí estaba Sixto.

A unos 'tres kilómetros de su domicilio'.

Había recibido 'un disparo en la nuca'.

La Policía encontró en el suelo un 'casquillo de bala incrustado' cerca del lugar donde yacía el cuerpo.

La posición y trayectoria del disparo llevaron a los investigadores a considerar que había sido asesinado con un tiro dirigido **de arriba abajo**, cuando posiblemente se encontraba 'de rodillas o tumbado en el suelo'.

Y esa imagen resulta difícil de apartar de la cabeza.

Un hombre de cuarenta y seis años.

Un trabajador.

Un padre de ocho hijos.

De rodillas o tendido en la oscuridad.

No hubo posibilidad de defensa.

No hubo juicio.

No hubo despedida.

Un disparo.

Después, nada.

Los asesinos le habían quitado el carnet de identidad y el permiso de conducir.

También se llevaron su automóvil.

El 'SEAT 131' apareció posteriormente junto al 'caserío Larramendi', a pocos metros del 'polígono Pontica', donde Sixto tenía su vivienda.

Y hay algo especialmente cruel en esa proximidad.

El coche volvió casi hasta casa.

Su dueño, no.

Mientras el taxi permanecía abandonado a pocos metros del lugar donde vivía su familia, Sixto estaba muerto junto al basurero.

Hasta el lugar del crimen llegó el 'juez de guardia', que ordenó el levantamiento del cadáver y su traslado al 'cementerio municipal'.

Después llegaría la identificación.

Y después, inevitablemente, habría que llamar a una puerta.
Ésa es siempre la parte que más me cuesta imaginar.

Porque los atentados no terminan cuando calla el disparo.

Continúan en una casa.

En una llamada.

En unos pasos que suben una escalera.

En alguien que abre una puerta y ve determinadas caras al otro lado.

Entonces comprende, incluso antes de escuchar las palabras.
Sixto era padre de ocho hijos

El menor tenía 'cinco años'.

El mayor, 'veinte'.

¿Qué entiende un niño de cinco años cuando le dicen que su padre no regresará?

Quizá pregunte cuándo vuelve.

Quizá todavía no comprenda que existe una palabra llamada «nunca».

Los mayores sí podían comprenderlo.

Y seguramente ésa era su condena.

Comprender.

Comprender que aquel hombre que tantas veces había salido con su taxi para ganarse el pan no había muerto en un accidente de carretera.

Lo habían asesinado.

Puedo imaginar el desconcierto de aquella casa: unos llorando, otros negándose a creerlo, alguien preguntando qué había ocurrido, por qué Sixto, quién podía haber hecho aquello.

Y ninguna respuesta capaz de devolverles a su padre.

El '8 de octubre', casi dos semanas después, 'ETA asumió la autoría del asesinato'.

Pero asumir una autoría no resolvió el crimen.

El asesinato de 'Sixto Holgado Agudo continúa sin resolver'.

Y ésa es otra herida.

Porque después del disparo quedaron preguntas que atravesaron los años.

¿Quién subió aquella noche a su taxi?

¿Quién le indicó el destino?

¿Quién lo llevó hasta San Marcos?

¿Quién lo obligó a ponerse de rodillas o a tenderse en el suelo?

¿Quién apretó el gatillo?

¿Quién condujo después su SEAT 131 y lo abandonó junto al caserío Larramendi, tan cerca de la casa donde lo esperaban?

Han pasado los años y aquellas preguntas siguen allí.

Sin respuesta.

A veces pienso en aquel compañero taxista que lo vio por última vez, hacia las nueve y media, esperando un servicio en la calle Viteri.

Probablemente entonces aquella escena no significó nada.

Un compañero más.

Un taxi más.

Una noche más.

Sólo después comprendería que había presenciado los últimos minutos conocidos de la vida cotidiana de Sixto.

Hay recuerdos que adquieren importancia cuando ya es demasiado tarde.

Yo quiero quedarme precisamente con aquella imagen anterior al crimen.

Sixto vivo.

Sentado al volante.

Esperando un cliente.

Porque los asesinos consiguieron acabar con su vida, pero no deberían conseguir que la única imagen que conservemos de él sea la de un cuerpo abandonado junto a un basurero.

Antes de ser una víctima, 'Sixto Holgado Agudo fue un hombre que había construido su vida trabajando'.

Fue policía municipal.

Fue repartidor.

Fue taxista.

Fue marido.

Y, sobre todo, fue padre de ocho hijos.

Aquella noche salió a ganarse la vida.

Alguien convirtió un servicio de taxi en un viaje sin regreso.
Cuando amaneció el '27 de septiembre de 1979', Rentería despertó sabiendo que otro hombre había sido asesinado.

Pero en una casa del polígono Pontica no había muerto «un taxista».

Había muerto papá.

Y esa diferencia lo cambia todo.

Porque las estadísticas cuentan muertos.

Las familias cuentan ausencias.

Una silla que queda vacía.

Una puerta que ya no vuelve a abrirse.

Un automóvil que nunca más anuncia la llegada del padre.

Ocho hijos aprendiendo demasiado pronto que existen despedidas que nadie sabe que está pronunciando.

Por eso escribo su nombre: SIXTO HOLGADO AGUDO.

Para que no quede reducido a una fecha.

Para que aquel disparo efectuado en la oscuridad no sea el final de su historia.

Para que cuando alguien recuerde aquel '26 de septiembre de 1979' imagine también la parada de taxis de la calle Viteri, el SEAT 131 alejándose, una familia esperando y un padre que nunca regresó.

Y para que, mientras alguien pronuncie su nombre, aquel último servicio no termine definitivamente en el basurero de San Marcos.

Termine aquí, en la memoria. /Facebook/

viernes, 25 de septiembre de 2026

Las tres Europas y la guerra que viene / por José Javier Esparza

El trío de la aniquilación —o de la salvación.

1. Los «instalados». El de la izquierda y el del centro de la foto.
2. Los «vindicativos». Los de las «paguitas» que dan y reciben los islamo-izquierdistas.
3. Los «arraigados». El de la derecha de la foto, ustedes, nosotros y todo el facherío en general.

Qué claro lo deja don José Javier Esparza. Disfrútenlo (y difúndanlo).

Las tres Europas y la guerra que viene

Elección tras elección, lo mismo en Francia que en Alemania, Suecia o el Reino Unido, las urnas nos van dejando nítidamente dibujado el paisaje de una Europa cuya población se ha dividido en tres grandes grupos. Primer grupo: el de los «instalados», es decir, funcionarios, pensionistas o profesionales vinculados al presupuesto público, que generalmente votan a partidos «de orden», los viejos partidos del sistema, sean de derechas o de izquierdas, ya se trate de Macron o de Merz o de cualquier otro producto del duopolio socialdemócrata-popular que nos ha venido rigiendo hasta la fecha. Segundo grupo: el de los «reivindicativos», es decir, inmigrantes, nacionales de origen extranjero, subsidiados, etc., que se han convertido en la masa de maniobra fundamental de la nueva izquierda, y que son los que han llevado a la izquierda a vencer en Suecia o en Berlín. Tercer grupo: el de los «arraigados», a los que podríamos llamar también «desposeídos», y que son los europeos autóctonos de aquella vieja clase media hoy depauperada, cuyo voto se orienta masivamente hacia las opciones soberanistas y patriotas (valga la redundancia).

Los contornos de cada grupo y la proporción entre unos y otros varía según los países, su historia particular y sus circunstancias sociales y culturales, pero esta división se está haciendo cada vez más patente. En Europa crece el número de los desposeídos, esa gente a la que se ha privado de su vieja nación, de su identidad de grupo e incluso de toda expectativa de mejora, y por eso aumenta la fuerza de los partidos que apuestan por devolver la política al escenario de lo nacional. Las cifras de Marine Le Pen en Francia superan ampliamente el 35% de intención de voto y llegan al 40% si sumamos otras opciones de carácter semejante como la Reconquête de Éric Zemmour. En Alemania, el caso de Alternativa es transparente: a despecho de los virulentos intentos de criminalización por parte del sistema, el partido no para de crecer y ya es el primero en el país. En el Reino Unido serán (son ya) Reform y Restore los que juegan ese papel. Al mismo tiempo, mengua en todas partes el número de los «instalados», un sector social al que le gustaría volver a los buenos viejos tiempos de los 80 y los 90, tan prósperos y pacíficos, pero eso es ya imposible en un entorno de deuda pública disparada, inflación, precarización del empleo y gasto social colapsado. Las opciones socialdemócratas, liberales o democristianas pierden gas a toda velocidad y cada vez tienden más a concentrar el voto en un solo candidato tipo Macron, que puede ofrecer un perfil de seguridad (aunque sea ficticia) a un electorado que pide precisamente eso y nada más que eso. Pero luego está el otro sector creciente, el de los vindicativos, que cabalga a lomos de la islamización de buena parte de las ciudades europeas, y que ha devuelto a la vieja izquierda una oportunidad para tocar poder. Lo decisivo es esto: las fronteras entre los tres grupos son prácticamente impermeables, un «vindicativo» difícilmente votará a un candidato «instalado» y mucho menos a un «arraigado», mientras que éste, por definición, nunca podría cambiar su voto para dárselo a alguien al que percibe —y con razón— como un enemigo existencial.

En España los tres grupos se están perfilando también con claridad, aunque con nuestras características propias: Sánchez es una figura que intenta ganarse al mismo tiempo a los «instalados», sobre todo vía pensiones, y a los «vindicativos», sobre todo vía subsidios y regularizaciones. Los «arraigados», por su parte, encuentran en VOX su partido, pero la fuerte polarización que Sánchez ha provocado en la política nacional aún llevará a muchos a buscar una salida en el PP, a pesar de que todas sus políticas corresponden en realidad a la esfera de los «instalados». Al mismo tiempo, el separatismo actúa como un colorante sobre este paisaje, creando sus propias esferas de «vindicativos» y «arraigados» en cada espacio regional; véase el caso de Alianza Catalana. Es precisamente la cuestión separatista, es decir, el riesgo cierto de ruptura de la unidad nacional, lo que hace que en España las esferas de los «arraigados» y los «instalados» puedan acercarse, al mismo tiempo que la izquierda ha optado por un discurso cada vez más «vindicativo», recurriendo incluso al más abyecto guerracivilismo. Con todo, la evolución general no parece que vaya a ser muy diferente del resto de Europa.

Una sociedad fragmentada no es necesariamente una maldición, pero ocurre que, aquí, el proyecto de cada uno exige necesariamente la renuncia o incluso la desaparición de los otros. Por ejemplo, lo que los «vindicativos» quieren sólo puede imponerse previa destrucción de la vieja comunidad nacional, que es justamente el baluarte de los «arraigados», cuya supervivencia exige a su vez neutralizar a los «vindicativos». En cuanto a los «instalados», cada vez cuentan menos en este paisaje por la sencilla razón de que ya no representan proyecto alguno, salvo mantener unas estructuras estatales y sociales inevitablemente abocadas al colapso por sus propias carencias. Por eso hay tanta gente que piensa que, en un momento u otro, será ineludible en nuestro suelo una guerra civil de algún tipo, fría o caliente, porque no hay arreglo posible entre quienes quieren mantener su país como era y quienes, al revés, desean a todo trance que ese país deje de ser lo que era para convertirse en otra cosa. Aquí es capital, evidentemente, la cuestión de la inmigración. En el fondo, y como dice Carlos Esteban, la gran división de los próximos años va a ser Inmigración o Reemigración. Si gana la primera, los «vindicativos» habrán conseguido su propósito y seguramente crearán su propia casta de «instalados». Pero si gana la Reemigración, entonces los «arraigados» habrán logrado imponerse. En cualquiera de los dos casos, el trance será traumático.