Del toro al infinito
“el nacimiento de la Fiesta coincide con el nacimiento de la nacionalidad española y con la lengua de Castilla……… asi pues, las corridas de toros…….. son una cosa tan nuestra, tan obligada por la naturaleza y la historia como el habla que hablamos.”. R. Pérez de Ayala
la suerte suprema
Pepe Bienvenida / La suerte suprema
domingo, 31 de mayo de 2026
San Isidro'26. El toreo a caballo como laboratorio del toreo a pie. (Por lo que toque a Talavante) / por Pepe Campos
Mexicanos en Madrid: O se es Dr. Jekyll o se es Mr. Hyde / por Jorge Eduardo
Después de la actuación del Calita —quien encabeza a nuestra torería en cuanto a número de actuaciones en la última década— fue inevitable reflexionar sobre lo complicado que luce para uno de los nuestros llevar un trasteo más allá de lo estrictamente voluntarioso en la plaza de Madrid. Atribuí este fenómeno a lo que jocosamente llamé metodología del orejómetro: un auténtico modus operandi para mandar reses sin orejas al desolladero a lo largo y ancho de México, y a lo nocivo que resulta para las aspiraciones de nuestros espadas. Algunos más atrevidos incluso han bautizado a ciertas piezas musicales, como la Pelea de Gallos, con sobrenombres como “la mochaorejas”.
La perniciosa costumbre de abusar de estos recursos y las dificultades que eso plantea para nuestros toreros de cara a sus compromisos de máxima exigencia en Madrid, bien pudieran ejemplificarse haciendo referencia a la conocida obra de Stevenson: El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. En ella, un respetado médico inventa un menjurje mediante el que asume una personalidad que deforma su comportamiento y da rienda suelta a sus más bajas pasiones, aunque también le permite retomar su pulcra identidad original a voluntad. Poco a poco, el macabro señor Hyde acaba por apoderarse del doctor Jekyll, quien contempla con desesperación como su alter ego lo despoja de sus aspiraciones.
Pues bien, en un ejercicio que exige el grado de honestidad, de ofrenda de la propia existencia y de claridad técnica y artística que demanda el toreo, no hay pócima capaz de traer de vuelta al Dr. Jekyll de los adentros de quien está acostumbrado a ser Mr. Hyde. Transformarse en el hotel y ponerse, junto con el traje de luces, la máscara de un torero desprovisto de chabacanerías y dispuesto no solo a poner los muslos, sino a cuajar con autenticidad a verdaderos corridones mastodónticos de Partido de Resina, Pedraza de Yeltes o hasta de los vituperados de Juan Pedro Domecq, resulta material y metafísicamente inconcebible.
Así, pues, nuestras infanterías lucen desarmadas ante la dureza, la rigidez y la puesta a prueba conceptual que significa pasar por Madrid. Sus herramientas son el valor, la sinceridad, la honestidad, la voluntad y la solvencia técnica, elementos esenciales para cualquiera que se ponga en la cara del toro. Tan no son poca cosa que la afición de Madrid generalmente responde de buena gana a las actuaciones de los nuestros, especialmente si se les compara, por ejemplo, con las de reconocido diestro peruano. Lo que se echa de menos es el arsenal para trascender ese nivel, para enardecer a las masas y acariciar la gloria torera, el pináculo, el paroxismo de esta fuente de emociones que es la fiesta de toros.
Ahí es cuando, de nuevo, irrumpen cual truenos en la memoria, los molinetes de rodillas, las dosantinas sobre pies, la banda tocando la mía o la de aquí, los desplantitos cansones o el toreo burdo sobre pies hecho pasar por vergüenza torera. Es decir, Mr. Hyde paseando a sus anchas por rancherías, pueblos y plazas de primera. Mientras el Hyde literario era sanguinario y despiadado, los Mr. Hyde toreros son indultadores. Nada de eso se puede hacer en Madrid, y si el arsenal mochaorejas ya se veía mermado en la Plaza México, cuantimás en Las Ventas.
En la categoría de los matadores de toros, Isaac Fonseca y Bruno Aloi completaron el paso mexicano por la feria de San Isidro 2026, sin lograr cambiar el sino de esta edición. Un paso decoroso, con momentos interesantes —como la lidia del michoacano al primero de su lote, o el quite y pasajes de muleta del capitalino con el toro de su confirmación— pero lejos de la ansiada puerta grande cerrada a piedra y lodo desde hace 54 años. Acostumbrados a triunfar en México con la personalidad de Mr. Hyde, el retorno al Dr. Jekyll fue un peldaño difícil de saltar. No es contra ellos ni contra el Calita; ponga usted el nombre que quiera y la conclusión sería fastidiosamente similar.
Podría argumentarse que algunos españoles vienen a México a hacer exactamente lo mismo. Y sí, es cierto. La diferencia es que, en su mayoría, ellos tienen el dominio de Mr. Hyde y pueden escoger cuándo serlo o cuándo no. Por el contrario, invocar a Jekyll de la nada, es mucho más difícil.
Así que como dijera cierto expresidente, es hora de definiciones: o se es Dr. Jekyll o se es Mr. Hyde. Es válido tomar el lado que mejor convenga: muchos toreros, tanto grandes figuras como modestos, han optado por morirse con la suya y asumir su nicho, pues el Hyde taurino no es intrínsecamente malvado como el literario. No todos estaremos de acuerdo, pero eso no le restará un centavo de legitimidad a tal elección. Porque poder, se puede. Por ahí Aloi dejó entrever una declaración de intenciones con sus brindis a la clase dirigente española. Digo, un detalle menor pero evidente.
El novillero Emiliano Osornio está en otra situación por la que nuestros matadores ya pasaron. Va por buen camino.
No quisiera omitir un comentario sobre el concierto, el recital a la verónica de Diego Urdiales el 28 de mayo. Ah, hombre, qué prodigio. Si a Morante lo acompaña la gracia repajolera y barroca de la tauromaquia sureña, su contraparte es la reciedumbre, el valor seco, la solemnidad y la difícil facilidad de la tauromaquia castellana que practica Diego Urdiales. Qué deleite verlo además con la muleta, en fin, qué gran torero es don Diego.
Mientras tanto, en México…
Domingo 31, Cinco Villas, 13 horas. Los Encinos para Castella, El Payo y San Román. Suerte.
Varios eventos taurinos o relacionados de importancia. En primer lugar, el foro en el Congreso de Hidalgo en el marco de la intentona de prohibir los otros, que fue vital para enderezar el rumbo de las cosas en aquella batalla. Hoy, los antitaurinos han topado con pared dada la aprobación de una consulta popular que parece poco viable y que probablemente nunca se realice.
En la Asociación de Matadores de la Ciudad de México, dos foros taurinos organizados por nuestro colega Fermín Josep. En el primero, el doctor José Antonio González y la doctora Tonantzin Rivero expusieron sobre la aportación zootécnica del ganado bravo mexicano. En la segunda edición, el doctor Salvador Arias y mi querido amigo Borja Ilián expusieron puntos de vista legales y sociales sobre la tauromaquia y su lugar en la sociedad. Dos sabrosas charlas con mucha tela de dónde cortar.
Las consideraciones políticas y sociales al respecto de la situación de la fiesta en nuestra ciudad y los distintos fenómenos que han presionado por su desaparición, no necesariamente están en franca oposición a ella. Por eso, aunque pudiera parecer un dato menor, la inminente demolición del salón de fiestas y restaurante El Ruedo, el bar más cercano a la Plaza México, no lo es tanto.
La presión inmobiliaria, los intereses del capital producir el mayor ingreso posible por encima del tejido social taurino y vecinal, la indolencia ante la sobrecarga de la infraestructura y los servicios urbanos, la explosión de los costos de alquiler, entre otros muchos factores, se materializan en la pérdida de un lugar como el Ruedo, que se lleva muchos recuerdos consigo. Los animalistas, que muchas veces pretenden asumirse como una causa de izquierda, están al servicio de estos intereses y de estos procesos, que se conocen como el cártel inmobiliario. Y algunos taurinos, también…
…o quienes creíamos taurinos, pues alguno hasta matador de toros es… ¿Otro Mr. Hyde?...
El pañueleo en Las Ventas / por Ricardo Díaz-Manresa
MADRID/ 20ª San Isidro El jinete máximo / por Jorge Arturo Díaz Reyes

- FICHA DEL FESTEJO
sábado, 30 de mayo de 2026
LOS DE JOSÉ Y JUAN / por Francisca García
El gesto de Ordóñez / por Paco Delgado






















