'..La afición a los toros de Mario Vargas Llosa se forjó en su infancia cuando en la ciudad de Cochabamba, en el entorno familiar de los Llosa —familia materna— su abuelo le llevó a ver su primer festejo cuando Mario tenía nueve años..'
Mario Vargas Llosa y su amor a los toros
En el primer aniversario de su muerte, un recuerdo a la afición taurina del escritor.
Por Pepe Campos
El aniversario de la muerte de Mario Vargas Llosa hace idónea una reflexión sobre su afición a los toros que siempre —a lo largo de su vida— proclamó y explicó. Pocos intelectuales de calado le fueron quedando a la tauromaquia, como defensores de la misma, entrado el siglo XXI, principalmente porque muchos de los denominados hombres ilustres de la cultura hispana habían y han decidido desde hace mucho tiempo ausentarse de todo debate social relacionado con las señas de identidad de su propia nación. Viene a ser un fenómeno amplio de aculturación anglosajona, ahora globalista, que ha sufrido la intelligentzia española desde los años sesenta y setenta del siglo XX —en líneas generales, ya una «inteligencia» poco relevante, por su bajo nivel creativo respecto a otros periodos—. Dicha mutación se fue ubicando en las proximidades de una visión de la vida adherida a un sistema democrático abusivo con el pasado español, si del terreno histórico hablamos. En definitiva la intelectualidad de nuestro país se ha visto inclinada —por un complejo de cariz democrático, en apariencia— a verse reconocida como un movimiento moderno simpatizante de las proclamas surgidas del mayo del 68, por poner una referencia que nos instale en este nuestro tiempo, como puede ser el desapego a la estructura familiar, al amor leal, al derecho a la vida, a los valores de la historia —maestra de la vida— y a la propia tradición —ya sea en el pensamiento, en lo literario, en lo musical, en torno a los ritos y las fiestas—. Todo lo ajeno y más si es anglosajón, en cambio, ha arraigado en un ambiente cultural de mínimos, que hemos vivido y soportado, desde la inmersión en la llamada transición a la democracia. Y esto no ha ayudado a que los hombres de cultura se planteen entender el hecho taurino.
Hubo todavía, no hace demasiado, una época donde las figuras históricas de la cultura hispana vivían —no habían desaparecido— y sustentaban el nervio que la producción artística de un país debe tener. Fueron extinguiéndose y con ellos toda relación con la rica tradición hispanoamericana. Si hablamos de literatura, por ejemplo, teníamos a Gonzalo Torrente Ballester, a Miguel Delibes, o a Camilo José Cela, y a otros; o bien a Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Octavio Paz o Gabriel García Márquez. Podría buscarse la misma valoración en otros campos, pero no es cuestión de extenderse. En este sentido, parece que sobre esa pléyade de creadores de la hispanidad en distintas áreas creativas, cuando se concedió a Mario Vargas Llosa el premio nobel de literatura de 2010 —de los últimos concedidos con valor auténtico—, por su figura y su significación, se mantenía en el tiempo esa etapa de la cultura hispana, que parecía permanecer y que no se había acabado
Mas vayamos a nuestro tema. En aquellos años que hemos referido los intelectuales podían ser antitaurinos —toda una elección, seguramente bien meditada—; no obstante, estaban próximos al suceso taurino como un hecho perteneciente a la idiosincrasia de lo hispánico. En 2010 —prohibición de la tauromaquia en Cataluña— el infortunio había llegado y era una realidad. Casi todas las figuras de nuestro reciente pasado histórico, no sólo habían muerto sino que no habían sido sustituidas dentro del tejido cultural por otras con la misma valía. Hoy, nos encontramos en un páramo en lo referente a la creatividad y a la opinión, sin personalidades de fuste, y observando que los nuevos personajes de la cultura, habitan en la aceptación de normas buenistas globalizadoras, provenientes de añejas ideologías revolucionarias. Todo esto, como decíamos, les aleja de tener interés por la tauromaquia y de poder entenderla o, en otro sentido, sobrellevarla.
Los toros, un área privada y recóndita
Por lo expuesto más arriba destacamos el compromiso mantenido por Mario Vargas Llosa alrededor de la tauromaquia. De entre lo escrito y lo manifestado por el autor peruano sobre el mundo de los toros —la mayoría breves artículos—, como primera observación, encontramos una firme creencia, por parte de él, en la imposibilidad de que pueda existir un fluido diálogo entre quienes entienden el arte taurino y aquellos que lo atacan y lo denigran, debido a que ambos tipos de personas se mueven en esferas de comprensión y valoración totalmente opuestas. Así, para Vargas Llosa, los amantes de la fiesta taurina, en su ánimo y en su inteligencia, existe una predisposición honda a la hora de penetrar en los secretos de la tauromaquia, es una inclinación natural y espiritual de la persona que la conecta con un arte que no se puede explicar desde la racionalidad —este es un motivo de que en las conversaciones o debates entre taurinos y antitaurinos se dé la frustración—, porque es un arte, el de los toros, que se mueve en el territorio «de las emociones y de las sensaciones». Este aspecto, como actividad, lo conecta con otras artes volátiles, efímeras, que nacen y mueren según se dan y se representan, como son la poesía —al leerla y al escucharla— o la música, por ejemplo. No es posible una segunda contemplación de igual magnitud en ninguna de ellas. Así «la sensibilidad y la intuición» de cada persona o aficionado decantan la afinidad por gustarlas y entenderlas. No todo el mundo tiene por qué captar lo que estas artes transfieren y transmiten al producirse —en el caso del toreo, un arte analfabeto, como dijera José Bergamín, porque nace y muere en un instante y se realiza con un componente de conocimiento pero que requiere improvisación—. Por ello, la íntima manera de cada individuo de asimilar el mundo, determina —aparte del contexto histórico, social y familiar— que se pueda sentir y se disfrute este arte, el taurino, milenario, mediterráneo, español e «interplanetario», según exponía esto último Bergamín—.
Sí, el toreo, un arte de traza universal; no obstante, de percepción, íntima, privativa, existencial —adherido a nuestra manera de ser y de encauzar la vida— y liberal. Hablar sobre él, para explicarlo, requiere un mismo plano de receptividad y de cultura en el receptor. En un sentido más concreto, Vargas Llosa, vislumbraba un área recóndita de sapiencia popular —si bien, aristocrática— y antropológica, en la tauromaquia, que se escenifica, como un ejemplo, una cala, en los controvertidos «silencios» de Sevilla, en su Real Maestranza. Serían silencios, en este caso, que definen la finura que posee el pueblo andaluz, depositario de conocimientos naturales no normativos, sino ancestrales, transmitidos por medio de la cultura de la sangre, de lo verdaderamente genuino, cuando un pueblo atesora lo mistérico y lo metafísico. De ahí, para Vargas Llosa, surge ese instante de silencio colectivo previo a un momento de «milagro» artístico, cuando se puede alcanzar en la futura acción aquello que por bello y profundo no se consigue luego explicar racionalmente y sólo es factible sentirlo, en el mismo momento que se genera, con el intelecto del alma.
Los silencios de Sevilla sabemos que pueden reflejar un mundo irreal, teatral, de posible poca exigencia ante el propio espectáculo —ante un toro de escasa fiereza y de pobre verdad artística por parte del matador—, si bien Vargas Llosa quiere ver en ellos otra perspectiva, una especie de revelación de la sabiduría andaluza, intransferible, un estado de ánimo de un pueblo antiguo y diligente, que es señalado de bullanguero y superficial, pero que en verdad posee una agudeza inmemorial. En un plano ideal, en una excelsa lidia y ante una faena regia del matador es posible que pueda aflorar —por qué no—, y anticiparse ese silencio —no cuando no hay nada que decir— sino cuando «la lidia adquiere un estado de absoluta armonía entre el toro y el torero». Si el público de los toros se adelanta —se anuncia— con un silencio expectante —una esperanza— a esa coyuntura del prodigio artístico taurino, entonces, ese instante —esa comunión—, donde se detiene el tiempo, tiene toda su validez.
Los toros desde la infancia, la familia y la localidad: Antonio Ordóñez
La afición a los toros de Mario Vargas Llosa se forjó en su infancia cuando en la ciudad de Cochabamba, en el entorno familiar de los Llosa —familia materna— su abuelo le llevó a ver su primer festejo cuando Mario tenía nueve años. Este es un suceso determinante para muchos futuros aficionados: la entrada en el complejo mundo taurino por medio de un familiar —que casi siempre ha sido el abuelo, a veces, el padre— que decide compartir su afición con su nieto o hijo. En el caso de Vargas Llosa acudir a aquella su primera novillada «de la mano del abuelo Pedro» fue fundamental. La plaza de toros de Cochabamba estaba en un alto, y ese camino hacia el coso fue un momento que nunca olvidó. Luego, el contacto con el mismo espectáculo pleno «de gracia, valentía, invención y brujería, de garbo, hondura y pinturería», tanto que a él le produjo «fiebre» por lo taurino. Ya quiso ser torero, desde entonces. Esto, como sabemos, no llegó a cumplirse, pero sí se mantuvo para siempre «su afición por la fiesta»; porque ha sido un fiel espectador de numerosas corridas en diferentes escenarios (Lima, Madrid, Sevilla…).
Ese entusiasmo que él sintió por los toros ya tenía el previo abono de las conversaciones escuchadas en su casa porque varios familiares eran muy aficionados, en este caso eran belmontistas, partidarios del «coraje» de Juan Belmonte, y no tanto de «la ciencia de Joselito». Muchas de estas cuestiones las explicó Vargas Llosa en su excelente artículo «La capa de Belmonte» (2003). La excitación de la familia cuando se toreaba de salón en su casa con esa capa que veneraban, era portentosa; y aquellos pasajes visuales, Vargas Llosa los recordará como un momento de oro de su infancia. Como complemento de aquella época, para querer ser torero y para sentir pasión por la tauromaquia, también cohabitó en su fantasía —nos dice en ese memorable artículo— el impacto que le produjo, por aquellos años, ver en el cine la versión de Sangre y arena de Rouben Mamoulian. La locura se desató en su imaginario, y se extendió, no sólo a torear de salón, sino a ver toros en Lima, en las plazas de Acho y en la Monumental.
De ver toros en Acho vino su primera adhesión a un torero que se mantuvo toda su vida, y fue estar seguro —después de verle por primera vez— que Antonio Ordóñez ha sido uno de los mejores toreros que han existido en la segunda mitad del siglo XX. Vargas Llosa piensa que Ordóñez fue el restaurador del toreo rondeño en aquella época, un concepto que coincide con el criterio de Guillermo Sureda —para quien este matador devolvió a la tauromaquia la necesidad de cargar la suerte en aquellos años cincuenta del siglo pasado—. La máxima valoración del toreo de Ordóñez se ha dado en lo manifestado por críticos como Gregorio Corrochano o Antonio Díaz-Cañabate, que le vieron toda su trayectoria, digamos, coincidiendo en que era un torero con una tauromaquia, a la vez, de pureza y de arte. Vargas Llosa dirá de Ordóñez que era un «maestro del toreo profundo, del pase sosegado y esencial, dueño del espacio y del temple». Esta manera de entender el toreo de Ordóñez le conecta con la figura de Ernest Hemingway, que quedó hipnotizado por la perfección técnica y creativa de Ordóñez, y que con el extraordinario relato El verano peligroso (1960) quiso situarle en la cima de la historia de la tauromaquia, por su clasicismo y su conocimiento, y como poseedor del excelso don del temple. Vargas Llosa, como tantos otros aficionados o críticos —los aludidos antes— y escritores —Peter Viertel, incluso, Andrés Amorós— fueron testigos de ese combate taurino en las alturas que mantuvieron durante la temporada de 1959 en España, Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, y que todavía se recuerda. Digamos que Hemingway se volcó con Ordóñez y esta creencia suya ha causado una histórica controversia. Por su parte, Vargas Llosa expresó que le hubiera gustado haber escrito sobre Ordóñez y su arte, si bien no tuvo esa persistencia y perseverancia hacia el toreo que conlleva el hecho de ponerse a escribir una obra de hondura sobre tauromaquia.
Yawak (el cóndor y el toro), de José Manuel García Hernández
Un acontecimiento popular, español y peruano
Desde esa posición de un escritor simplemente aficionado al toreo, sin tiempo para meditar sobre él, Vargas Llosa ha tenido una idea amable sobre la fiesta de los toros y no ha entrado en la crítica, ni en los entresijos. Sí, ha creído que el mundo de los toros remite a los momentos mágicos en los que los humanos y los animales luchaban por sobrevivir en el planeta tierra, a un tiempo no excesivamente lejano, y que sirve como metáfora de referencia, pues lo creado por el hombre, la civilización, puede derrumbarse en cualquier momento y en el espacio de una o dos generaciones —lo estamos viendo—. Los toros aluden a esa lucha por la vida que en la naturaleza existía, en estadios de evolución material más lejanos. La lucha por la pervivencia, y el hombre como un animal más. Un aspecto que no ha desparecido a pesar de que las ideologías progresistas están en el empeño de un nuevo sujeto, una nueva moral y una diferente civilización con máxima igualdad entre sus individuos, que posiblemente no encaja con el haber de los seres y de las especies, ni con el medio natural, ni con el sentido ético que los humanos han creado. En la ética que conocemos el matador —también, mortal— expone su vida ante el toro —un tótem— en un equilibrio de fuerzas —no de inteligencia—, donde ejemplifican la cuestión que nos mantiene en el planeta tierra, la lucha, la superación, trabajar por un final decoroso, consolador, aunque no entendamos en qué consiste el hecho del vivir y su por qué; de ahí la filosofía y la religión. Vargas Llosa piensa que la tauromaquia es un contrapeso, un rito primigenio, un sacrificio, una alegoría, un bálsamo para el hecho de pensar, para la cultura del hombre, que no llega a saber qué hay detrás del suceso éste de estar aquí y de morir, tal vez, desaparecer, o, con la posibilidad de trascender.
Vargas Llosa veía a los toros como una creación popular y de ahí surge la idea de ser una fiesta. El aficionado a los toros acude a sentir el rito, el arte, pero sin olvidarse de la alegría y del regocijo, y por ello establece una valoración positiva de lo que sucede en los ruedos, sin entrar en los conocimientos que atesoran los aficionados cabales que velan por la verdad de los preceptos taurómacos. Porque esta es otra historia, un territorio para los historiadores, para que evalúen la evolución de la tauromaquia, sabiéndose que ésta nace y se mantiene en la historia de los países de índole íbera e hispánica, y afines; donde es reunión, comunión, sociabilidad y cohesión, y una igualación entre distintas clases sociales y distintos modos de pensamiento. Un último aspecto que ha dejado claro Vargas Llosa es que los toros, a pesar de ser un hecho que llega a Perú mediante la hispanidad, es verdaderamente, con toda seguridad una ceremonia que pertenece a la identidad cultural de Perú. En su sobresaliente última obra, Le dedico mi silencio (2023), nuestro autor vuelve a la idea del silencio, que lo entiende como ese abrirse al abismo del suceso profundo que nos depara el arte, antes de producirse y mientras se desencadena. Ese silencio que defiende como una seña de civilización sazonada cuando se manifiesta en la Real Maestranza de Sevilla, y en Madrid, con mayor estupor.
También, lo identifica como algo propio de la plaza de Acho. Un silencio que reivindica en esta su última novela, como una manera de defender lo identitario para Perú ante un moderno progresismo, que cuando toca algo lo arrasa. Identifica la música criolla con la verdadera música del Perú, y el silencio —silencio taurino— como una contestación existencial ante los misterios del arte. Un silencio —un asombro— que como paradoja sigue vivo en las corridas de toros, y que se mantendrá en las mismas a pesar del acoso de la mentalidad animalista. Pasada esta época de derribo, los toros permanecerán. Como esta novela habla de la peruanidad, escribe estar seguro que sobrevivirán como un símbolo de la unión de lo indígena y de lo hispánico (caso del Yawar Fiesta) por ser una fiesta peruana sentida por las personas más humildes: los toros son peruanidad y, en su opinión, refuerzan «la unión —cóndor y toro— de lo indígena y lo español que subsiste en el suelo patrio».
Madrid, 12 de abril de 2026