'..Y allí quedó todo, Hemingway regresado a San Fermín después de veintidós años, Emilio Cuevas entrando en la plaza con el encierro encima, Ordóñez cortando cuatro orejas a Cobaleda, una Leica, un estoque y esa luz rara de Pamplona que a veces no ilumina las cosas, sino que las condena a ser contadas..'
La Leica, el estoque y la palabra
Dicen que en Pamplona las apuestas no se hacen nunca del todo en broma. O sí, pero la broma, cuando pasa por San Fermín, se levanta al día siguiente con pitones, con polvo en la garganta y con una plaza esperando al fondo como esperan las cosas serias: sin pedir permiso.
Fue en julio de 1953. Hemingway había vuelto a los Sanfermines después de veintidós años sin pisarlos, y quizá por eso la feria traía ya un aire de regreso, de literatura vieja, de vino caliente y de hombres que necesitan probarse algo aunque nadie se lo pida. Estaba Antonio Ordóñez, anunciado en Pamplona, con esa quietud suya de torero joven y antiguo al mismo tiempo. Estaba Emilio Cuevas, hombre de cámara, de callejón y de mirada rápida. Y estaba esa sobremesa en la que las palabras, si se dicen con demasiada gracia, acaban obligando.
Ordóñez miró a Emilio y le soltó el reto. Que si se atrevía a correr el encierro. Pero no cualquier tramo. El último. La entrada a la plaza. Allí donde la carrera deja de ser carrera y empieza a ser otra cosa: un embudo de miedo, una respiración detrás de la espalda, una puerta que se acerca demasiado despacio cuando los toros vienen demasiado deprisa.
Si Emilio lo hacía, el maestro le regalaría una Leica nueva.
Una Leica. No una cámara cualquiera, no un capricho de feria, no un juguete para turistas. Una Leica era un ojo limpio y caro, una manera de robarle al tiempo lo que el tiempo, tan señorito y tan cruel, se lleva siempre sin despedirse. Para un fotógrafo, aquello no era un premio. Era casi una tentación.
Emilio dijo que sí.
Hemingway estaba allí. No sé si sonrió, si bebió, si miró a Ordóñez como se mira a un torero antes de que empiece la verdad, o si miró a Emilio como se mira a un hombre que acaba de aceptar una locura con la naturalidad de quien no quiere parecer prudente. Pero estaba. Y a veces basta con que un escritor esté presente para que una anécdota empiece a creerse leyenda antes de haber sucedido.
Al día siguiente, Emilio corrió.
Corrió el último tramo y entró en la plaza con los toros detrás. No sé qué se piensa en ese sitio. Quizá nada. Quizá solo se oye el golpe seco de las pezuñas, el resuello creciendo, la camisa pegada a la espalda, la plaza abriéndose delante como una salvación que todavía no ha decidido si va a salvarte. Emilio corrió y cumplió. No con palabras. Con el cuerpo.
Pero Emilio era fotógrafo, y los fotógrafos no vuelven de las cosas con explicaciones. Vuelven con pruebas.
Al día siguiente de su carrera, el 10 de julio, se presentó ante Ordóñez con la fotografía en la mano. Allí estaba la instantánea. Allí estaba él. Allí estaba el último tramo del encierro, detenido para siempre en ese papel que ya no admitía bromas ni dudas. La apuesta de Ordóñez tenía delante su cumplimiento.
Y entonces Emilio, que ya había puesto su parte de miedo sobre la mesa, le devolvió el reto al maestro.
Aceptaría la Leica, sí. Pero solo si esa misma tarde Ordóñez cortaba al menos dos orejas a la corrida de Cobaleda. Y si el maestro cumplía, él le regalaría un estoque nuevo.
Aquello ya no era una apuesta. Era un intercambio de destinos pequeños y exactos. Una Leica por correr delante de los toros. Un estoque por triunfar delante de ellos. La cámara para detener el instante. El acero para rematarlo. Y Hemingway, otra vez presente, viendo cómo la feria se escribía sola, sin necesidad de adjetivos, con esa precisión brutal que tienen las cosas cuando salen verdaderas.
Aquella tarde Ordóñez salió a la plaza con la corrida de Cobaleda por delante y con la fotografía de Emilio detrás, aunque no la llevara encima. La llevaba donde se llevan esas cosas: en el orgullo, en la nuca, en esa parte del torero que no soporta que otro hombre haya cumplido antes que él. Emilio había corrido. Había entrado en la plaza. Había vuelto con la prueba en la mano. Ahora le tocaba al maestro.
Ordóñez no cortó dos orejas.
Cortó cuatro.
Cuatro orejas, como si la apuesta le hubiera tocado una fibra más honda que la obligación del cartel. Como si no quisiera cumplir, sino excederse. Como si dos fueran poco para responder a un fotógrafo que había corrido con los toros a la espalda y con una Leica prometida en el horizonte. Cuatro orejas a la corrida de Cobaleda. Cuatro razones para que la tarde no pudiera volver a ser una conversación cualquiera.
Después, en el hotel donde se alojaba Ordóñez, vendrían las bromas, las risas, el descanso de los hombres que han salido vivos de su propia palabra. Emilio había ganado la Leica. Ordóñez había ganado el estoque. Hemingway había visto nacer las dos apuestas y también su desenlace.
Pamplona, que todo lo mezcla y todo lo agranda, hizo lo demás.
Porque al final no fue la cámara. Tampoco fue el estoque. Ni siquiera fueron las cuatro orejas, aunque cuatro orejas pesen mucho cuando las corta un torero llamado Antonio Ordóñez.
Fue la palabra
La palabra dicha en una sobremesa y cumplida al día siguiente con los toros detrás. La palabra devuelta con una fotografía en la mano y cumplida esa misma tarde en la plaza. La palabra como se entendía antes, cuando una apuesta podía empezar entre risas y terminar convertida en memoria.
Y allí quedó todo, Hemingway regresado a San Fermín después de veintidós años, Emilio Cuevas entrando en la plaza con el encierro encima, Ordóñez cortando cuatro orejas a Cobaleda, una Leica, un estoque y esa luz rara de Pamplona que a veces no ilumina las cosas, sino que las condena a ser contadas.
Texto: A. A. Cuevas / Documentación: J. A. Cuevas.