la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 26 de septiembre de 2026

TERRORISMO VASCO.- TAXISTA SIXTO HOLGADO AGUDO, ÚLTIMO SERVICIO (1979)



26 DE SEPTIEMBRE DE 1979. RENTERÍA (GUIPÚZCOA)
SIXTO HOLGADO AGUDO — TAXISTA

ÚLTIMO SERVICIO
Hay noches en las que un hombre sale a trabajar y su familia no sabe que acaba de verlo por última vez.

Aquella del '26 de septiembre de 1979, en Rentería, fue una de ellas.

Yo conocí aquellos años. Conocí demasiado bien aquel País Vasco en el que una rutina podía convertirse en sentencia y un gesto tan sencillo como abrir la puerta de un automóvil a un desconocido podía ser el principio del final.

Por eso, cuando escribo la historia de Sixto Holgado Agudo, no puedo imaginar solamente al hombre que murió junto al basurero de San Marcos.

Pienso también en el padre.

En su casa.

En sus ocho hijos.

Y en aquella noche interminable durante la cual ellos todavía no sabían que su padre ya no regresaría.

Sixto tenía cuarenta y seis años. Había nacido en Bañobárez, Salamanca, el 19 de septiembre de 1933, y vivía en el polígono Pontica de Rentería. Estaba casado en segundas nupcias y era padre de ocho hijos de su primer matrimonio, muchachos y niños de edades comprendidas entre los cinco y los veinte años.

Ocho hijos.

Conviene detenerse en ese número porque detrás de las cifras se esconden las tragedias verdaderas. Ocho vidas que aquella noche tenían un padre y que a la mañana siguiente tendrían solamente su recuerdo.

Sixto conocía bien las calles.

A los veintiséis años había ingresado en la Policía Municipal de San Sebastián, donde permaneció hasta los treinta. Después pidió voluntariamente la baja. Durante cinco años trabajó como repartidor de Coca-Cola y, más tarde, compró una licencia de taxi.

Llevaba ya diez años conduciendo.

Diez años abriendo y cerrando aquella puerta.

—Buenas noches.

—¿Adónde vamos?

Arrancar.

Conducir.

Cobrar.

Regresar.

La vida de un taxista está hecha de destinos ajenos.

Hasta que una noche el destino es el suyo.

A las 'nueve y media de la noche del miércoles 26 de septiembre', Sixto estaba en la parada principal de taxis de la calle Viteri de Rentería.

Un compañero lo vio allí.

Después llegó el servicio.

Y ahí comienza el misterio que nunca ha terminado de aclararse.

No se supo si Sixto abandonó la parada porque recibió una llamada telefónica o porque un cliente se presentó allí y subió directamente a su taxi.

Sólo sabemos que se marchó.

Me resulta imposible contar este momento sin imaginar la escena.

El 'SEAT 131' esperando.

Las luces de la calle reflejándose sobre la carrocería.

Un hombre acostumbrado a transportar desconocidos abre la puerta a alguien que quizá sabe perfectamente quién es él.
Sixto arranca.

Nadie en aquella parada puede sospechar que acaba de comenzar su último servicio.

El taxi se pierde por las calles de Rentería.

Después, silencio.

¿Qué ocurrió dentro de aquel coche?

¿En qué momento comprendió Sixto que aquello no era un servicio normal?

¿Reconoció el peligro?

¿Intentó hablar?

¿Preguntó qué querían de él?

No lo sabemos.

Y precisamente ese vacío hace todavía más terrible la historia.

Porque existe un punto de aquella noche en que desaparecen los hechos conocidos y sólo queda un hombre en manos de quienes habían decidido matarlo.

Mientras tanto, la vida continuaba.

Las casas iban apagando sus luces.

Las familias se acostaban.

Tal vez en la vivienda de Sixto alguien miró alguna vez el reloj.

Los taxistas trabajan hasta tarde.

Un servicio se alarga.

Después llega otro.

No había todavía razón suficiente para pensar en lo peor.

Pero las horas comenzaron a pasar.

Y Sixto no volvía.

A la 'una de la madrugada', el teléfono sonó en la Comisaría de San Sebastián.

Al otro lado había una voz masculina.

Una voz anónima.

Comunicó que el cuerpo sin vida de un hombre había sido encontrado en las proximidades del 'basurero de San Marcos, en Rentería'.

Nada más.

No dijo quién era.

Tampoco aclaró en nombre de quién hablaba.

Y en aquellos años una llamada anónima podía esconder cualquier cosa.

Los policías recelaron.

¿Era cierto?

¿Había realmente un cadáver?

¿O alguien pretendía hacerlos acudir hasta un lugar apartado para tenderles una emboscada?

Aquella duda explica aquellos tiempos mejor que muchas páginas de historia.

Hasta para recoger a un muerto había que preguntarse si detrás del muerto aguardaba otro asesino.

Minutos después apareció una 'ambulancia municipal', que también había recibido el aviso.

Sus ocupantes confirmaron que la llamada decía la verdad.

Había un hombre muerto.
Entonces partieron 'dos dotaciones de la Policía Nacional' hacia el vertedero.

Imagino aquellos vehículos avanzando en la oscuridad.

San Marcos.

El basurero.

La noche cerrada.

Los faros barriendo el camino.

Y después, al detenerse, esa clase de silencio que solamente existe donde acaba de morir alguien.

Allí estaba Sixto.

A unos 'tres kilómetros de su domicilio'.

Había recibido 'un disparo en la nuca'.

La Policía encontró en el suelo un 'casquillo de bala incrustado' cerca del lugar donde yacía el cuerpo.

La posición y trayectoria del disparo llevaron a los investigadores a considerar que había sido asesinado con un tiro dirigido **de arriba abajo**, cuando posiblemente se encontraba 'de rodillas o tumbado en el suelo'.

Y esa imagen resulta difícil de apartar de la cabeza.

Un hombre de cuarenta y seis años.

Un trabajador.

Un padre de ocho hijos.

De rodillas o tendido en la oscuridad.

No hubo posibilidad de defensa.

No hubo juicio.

No hubo despedida.

Un disparo.

Después, nada.

Los asesinos le habían quitado el carnet de identidad y el permiso de conducir.

También se llevaron su automóvil.

El 'SEAT 131' apareció posteriormente junto al 'caserío Larramendi', a pocos metros del 'polígono Pontica', donde Sixto tenía su vivienda.

Y hay algo especialmente cruel en esa proximidad.

El coche volvió casi hasta casa.

Su dueño, no.

Mientras el taxi permanecía abandonado a pocos metros del lugar donde vivía su familia, Sixto estaba muerto junto al basurero.

Hasta el lugar del crimen llegó el 'juez de guardia', que ordenó el levantamiento del cadáver y su traslado al 'cementerio municipal'.

Después llegaría la identificación.

Y después, inevitablemente, habría que llamar a una puerta.
Ésa es siempre la parte que más me cuesta imaginar.

Porque los atentados no terminan cuando calla el disparo.

Continúan en una casa.

En una llamada.

En unos pasos que suben una escalera.

En alguien que abre una puerta y ve determinadas caras al otro lado.

Entonces comprende, incluso antes de escuchar las palabras.
Sixto era padre de ocho hijos

El menor tenía 'cinco años'.

El mayor, 'veinte'.

¿Qué entiende un niño de cinco años cuando le dicen que su padre no regresará?

Quizá pregunte cuándo vuelve.

Quizá todavía no comprenda que existe una palabra llamada «nunca».

Los mayores sí podían comprenderlo.

Y seguramente ésa era su condena.

Comprender.

Comprender que aquel hombre que tantas veces había salido con su taxi para ganarse el pan no había muerto en un accidente de carretera.

Lo habían asesinado.

Puedo imaginar el desconcierto de aquella casa: unos llorando, otros negándose a creerlo, alguien preguntando qué había ocurrido, por qué Sixto, quién podía haber hecho aquello.

Y ninguna respuesta capaz de devolverles a su padre.

El '8 de octubre', casi dos semanas después, 'ETA asumió la autoría del asesinato'.

Pero asumir una autoría no resolvió el crimen.

El asesinato de 'Sixto Holgado Agudo continúa sin resolver'.

Y ésa es otra herida.

Porque después del disparo quedaron preguntas que atravesaron los años.

¿Quién subió aquella noche a su taxi?

¿Quién le indicó el destino?

¿Quién lo llevó hasta San Marcos?

¿Quién lo obligó a ponerse de rodillas o a tenderse en el suelo?

¿Quién apretó el gatillo?

¿Quién condujo después su SEAT 131 y lo abandonó junto al caserío Larramendi, tan cerca de la casa donde lo esperaban?

Han pasado los años y aquellas preguntas siguen allí.

Sin respuesta.

A veces pienso en aquel compañero taxista que lo vio por última vez, hacia las nueve y media, esperando un servicio en la calle Viteri.

Probablemente entonces aquella escena no significó nada.

Un compañero más.

Un taxi más.

Una noche más.

Sólo después comprendería que había presenciado los últimos minutos conocidos de la vida cotidiana de Sixto.

Hay recuerdos que adquieren importancia cuando ya es demasiado tarde.

Yo quiero quedarme precisamente con aquella imagen anterior al crimen.

Sixto vivo.

Sentado al volante.

Esperando un cliente.

Porque los asesinos consiguieron acabar con su vida, pero no deberían conseguir que la única imagen que conservemos de él sea la de un cuerpo abandonado junto a un basurero.

Antes de ser una víctima, 'Sixto Holgado Agudo fue un hombre que había construido su vida trabajando'.

Fue policía municipal.

Fue repartidor.

Fue taxista.

Fue marido.

Y, sobre todo, fue padre de ocho hijos.

Aquella noche salió a ganarse la vida.

Alguien convirtió un servicio de taxi en un viaje sin regreso.
Cuando amaneció el '27 de septiembre de 1979', Rentería despertó sabiendo que otro hombre había sido asesinado.

Pero en una casa del polígono Pontica no había muerto «un taxista».

Había muerto papá.

Y esa diferencia lo cambia todo.

Porque las estadísticas cuentan muertos.

Las familias cuentan ausencias.

Una silla que queda vacía.

Una puerta que ya no vuelve a abrirse.

Un automóvil que nunca más anuncia la llegada del padre.

Ocho hijos aprendiendo demasiado pronto que existen despedidas que nadie sabe que está pronunciando.

Por eso escribo su nombre: SIXTO HOLGADO AGUDO.

Para que no quede reducido a una fecha.

Para que aquel disparo efectuado en la oscuridad no sea el final de su historia.

Para que cuando alguien recuerde aquel '26 de septiembre de 1979' imagine también la parada de taxis de la calle Viteri, el SEAT 131 alejándose, una familia esperando y un padre que nunca regresó.

Y para que, mientras alguien pronuncie su nombre, aquel último servicio no termine definitivamente en el basurero de San Marcos.

Termine aquí, en la memoria. /Facebook/

viernes, 25 de septiembre de 2026

Las tres Europas y la guerra que viene / por José Javier Esparza

El trío de la aniquilación —o de la salvación.

1. Los «instalados». El de la izquierda y el del centro de la foto.
2. Los «vindicativos». Los de las «paguitas» que dan y reciben los islamo-izquierdistas.
3. Los «arraigados». El de la derecha de la foto, ustedes, nosotros y todo el facherío en general.

Qué claro lo deja don José Javier Esparza. Disfrútenlo (y difúndanlo).

Las tres Europas y la guerra que viene

Elección tras elección, lo mismo en Francia que en Alemania, Suecia o el Reino Unido, las urnas nos van dejando nítidamente dibujado el paisaje de una Europa cuya población se ha dividido en tres grandes grupos. Primer grupo: el de los «instalados», es decir, funcionarios, pensionistas o profesionales vinculados al presupuesto público, que generalmente votan a partidos «de orden», los viejos partidos del sistema, sean de derechas o de izquierdas, ya se trate de Macron o de Merz o de cualquier otro producto del duopolio socialdemócrata-popular que nos ha venido rigiendo hasta la fecha. Segundo grupo: el de los «reivindicativos», es decir, inmigrantes, nacionales de origen extranjero, subsidiados, etc., que se han convertido en la masa de maniobra fundamental de la nueva izquierda, y que son los que han llevado a la izquierda a vencer en Suecia o en Berlín. Tercer grupo: el de los «arraigados», a los que podríamos llamar también «desposeídos», y que son los europeos autóctonos de aquella vieja clase media hoy depauperada, cuyo voto se orienta masivamente hacia las opciones soberanistas y patriotas (valga la redundancia).

Los contornos de cada grupo y la proporción entre unos y otros varía según los países, su historia particular y sus circunstancias sociales y culturales, pero esta división se está haciendo cada vez más patente. En Europa crece el número de los desposeídos, esa gente a la que se ha privado de su vieja nación, de su identidad de grupo e incluso de toda expectativa de mejora, y por eso aumenta la fuerza de los partidos que apuestan por devolver la política al escenario de lo nacional. Las cifras de Marine Le Pen en Francia superan ampliamente el 35% de intención de voto y llegan al 40% si sumamos otras opciones de carácter semejante como la Reconquête de Éric Zemmour. En Alemania, el caso de Alternativa es transparente: a despecho de los virulentos intentos de criminalización por parte del sistema, el partido no para de crecer y ya es el primero en el país. En el Reino Unido serán (son ya) Reform y Restore los que juegan ese papel. Al mismo tiempo, mengua en todas partes el número de los «instalados», un sector social al que le gustaría volver a los buenos viejos tiempos de los 80 y los 90, tan prósperos y pacíficos, pero eso es ya imposible en un entorno de deuda pública disparada, inflación, precarización del empleo y gasto social colapsado. Las opciones socialdemócratas, liberales o democristianas pierden gas a toda velocidad y cada vez tienden más a concentrar el voto en un solo candidato tipo Macron, que puede ofrecer un perfil de seguridad (aunque sea ficticia) a un electorado que pide precisamente eso y nada más que eso. Pero luego está el otro sector creciente, el de los vindicativos, que cabalga a lomos de la islamización de buena parte de las ciudades europeas, y que ha devuelto a la vieja izquierda una oportunidad para tocar poder. Lo decisivo es esto: las fronteras entre los tres grupos son prácticamente impermeables, un «vindicativo» difícilmente votará a un candidato «instalado» y mucho menos a un «arraigado», mientras que éste, por definición, nunca podría cambiar su voto para dárselo a alguien al que percibe —y con razón— como un enemigo existencial.

En España los tres grupos se están perfilando también con claridad, aunque con nuestras características propias: Sánchez es una figura que intenta ganarse al mismo tiempo a los «instalados», sobre todo vía pensiones, y a los «vindicativos», sobre todo vía subsidios y regularizaciones. Los «arraigados», por su parte, encuentran en VOX su partido, pero la fuerte polarización que Sánchez ha provocado en la política nacional aún llevará a muchos a buscar una salida en el PP, a pesar de que todas sus políticas corresponden en realidad a la esfera de los «instalados». Al mismo tiempo, el separatismo actúa como un colorante sobre este paisaje, creando sus propias esferas de «vindicativos» y «arraigados» en cada espacio regional; véase el caso de Alianza Catalana. Es precisamente la cuestión separatista, es decir, el riesgo cierto de ruptura de la unidad nacional, lo que hace que en España las esferas de los «arraigados» y los «instalados» puedan acercarse, al mismo tiempo que la izquierda ha optado por un discurso cada vez más «vindicativo», recurriendo incluso al más abyecto guerracivilismo. Con todo, la evolución general no parece que vaya a ser muy diferente del resto de Europa.

Una sociedad fragmentada no es necesariamente una maldición, pero ocurre que, aquí, el proyecto de cada uno exige necesariamente la renuncia o incluso la desaparición de los otros. Por ejemplo, lo que los «vindicativos» quieren sólo puede imponerse previa destrucción de la vieja comunidad nacional, que es justamente el baluarte de los «arraigados», cuya supervivencia exige a su vez neutralizar a los «vindicativos». En cuanto a los «instalados», cada vez cuentan menos en este paisaje por la sencilla razón de que ya no representan proyecto alguno, salvo mantener unas estructuras estatales y sociales inevitablemente abocadas al colapso por sus propias carencias. Por eso hay tanta gente que piensa que, en un momento u otro, será ineludible en nuestro suelo una guerra civil de algún tipo, fría o caliente, porque no hay arreglo posible entre quienes quieren mantener su país como era y quienes, al revés, desean a todo trance que ese país deje de ser lo que era para convertirse en otra cosa. Aquí es capital, evidentemente, la cuestión de la inmigración. En el fondo, y como dice Carlos Esteban, la gran división de los próximos años va a ser Inmigración o Reemigración. Si gana la primera, los «vindicativos» habrán conseguido su propósito y seguramente crearán su propia casta de «instalados». Pero si gana la Reemigración, entonces los «arraigados» habrán logrado imponerse. En cualquiera de los dos casos, el trance será traumático.

LA TAUROMAQUIA MODERNA / por José Luis García García


'.. hablemos del momento actual, en el que a pesar de que se diga por activa y por pasiva que los toros gozan de buena salud, que ahora se torea mejor que nunca y que sale el toro más bravo de la historia, no podemos estar de acuerdo con ello, por los motivos que a continuación expondremos..'

LA TAUROMAQUIA MODERNA

Este grandioso y sin par espectáculo que es el toreo, nacido del pueblo y para el pueblo, de antiquísimos orígenes, nacido “in illo tempore”, que a lo mejor en algún momento alguien, más versado en la materia y con profundos conocimientos sobre el tema, nos sorprende de dónde proceden los juegos con toros, y pueda ser que de la India, aunque el toreo a pie sea relativamente moderno, pues no comienza a practicarse hasta llegado el siglo XVIII, cuando desplaza al toreo que hasta entonces se realizaba y que no era otro que el toreo a caballo practicado por la nobleza, ha superado diferentes etapas en las que las dificultades existentes, en verdad, eran serias y hacían peligrar su pervivencia.

Desde luego, que, hasta ahora, el toreo siempre fue superando cuantos trances se le fueron presentando, ya fueran las prohibiciones papales, el problema acuciante del afeitado, aunque, lamentablemente, este no se erradicara nunca por completo y el espectáculo, por tanto, tampoco fuera íntegro; al igual que el código penal nunca acabó con la delincuencia, trances que pusieron en peligro su existencia, y que alguno llevó a la deserción de los espectadores de las plazas de toros, y tantas otras circunstancias negativas que también serían superadas, v.gr. la prohibición de los toros en Baleares y Cataluña, aunque en esta región, no se celebren en la actualidad por razones que los titulares de las plazas de toros catalanas, así como los empresarios conocerán, a pesar de la Sentencia favorable a los espectáculos taurinos del Tribunal Constitucional, y menos mal que la Iniciativa Legislativa Popular, presentada en el Congreso de los Diputados por los detractores de la Fiesta, no prosperó.

Pero, hablemos del momento actual, en el que a pesar de que se diga por activa y por pasiva que los toros gozan de buena salud, que ahora se torea mejor que nunca y que sale el toro más bravo de la historia, no podemos estar de acuerdo con ello, por los motivos que a continuación expondremos.

Que gran verdad brotó de la voz del torero segoviano Víctor Barrio cuando dijo que “los toros no hay que defenderlos, sino que hay que enseñarlos”, como no es cierto el inveterado axioma de que “los toros se defienden solos”.

En la actualidad los toros no tienen fuerza suficiente para defenderse solos, como hubiera podido suceder en otra época; son muchas las aves de rapiña que revolotean sobre los toros para poder defenderse ellos por sí mismos.

Lo que sí hay que hacer es enseñar, educar en la cultura taurina a estas nuevas generaciones que, a diferencia de las nuestras, las de los aficionados antiguos, quienes recibimos las enseñanzas de nuestros progenitores, en este momento, en el que se dice, y con certeza, que está acudiendo en número muy importante la juventud a las plazas de toros, pero hay que enseñarles, mostrarles, lo que es la tauromaquia, lo que es el arte del toreo, como se realiza, donde ha de colocarse el espada y como ha de ejecutar las suertes, donde deben estar situados en el ruedo los mismos, espadas, picadores y banderilleros; como embiste el toro y por qué, cual es su conformación zootécnica, las manera en que el torero debe acoplarse a las condiciones del toro y a los cambios que a lo largo de la lidia vaya experimentado éste.

No que acudan a la plaza ayunos de conocimientos, y no digamos con la mente puesta en el botellón posterior al festejo. Y quienes se dedican a la comunicación desde los distintos medios, también realicen una labor didáctica, no equivocando a los oyentes o lectores con comentarios erróneos, y sí decir la realidad de lo que ocurre en el ruedo, como está ejecutando las suertes el torero, si en el sitio o fuera de él, toreando sin trazar un arco (toreo en línea), o trazando el mismo (toreo en redondo), rematando en el primer caso por delante de la cadera llevando al toro sometido y al final de la cadera en el segundo de los casos, porque a veces parece que el único que tiene la culpa es el toro, que, claro, no puede defenderse.

Se dice también, que gozan de buena salud porque acude la gente en masa a los festejos taurinos, y nada más lejos de la realidad.

Al margen de dos grandes ferias, cuales son las de Madrid, San Isidro y la de Otoño, fuera de éstas ya es otro cantar el público que en número acude a los festejos de Las Ventas, y la de Abril, y acaso la de San Miguel en Sevilla, también al margen de éstas, la afluencia de público ya no tiene nada que ver, y habría que analizar los motivos del por qué del abono, sobre todo en Madrid; si, en verdad, ha tenido una incidencia importante en el mismo el aumento tan significativo del precio de las entradas sueltas. Y prueba de cuanto se dice la tenemos, por no remontarnos a festejos anteriores, cuando el pasado sábado tuvo lugar la corrida anunciada como desafío ganadero, con toros muy encastados de Juan Luis Fraile y Valdellán, ambos originarios de Graciliano Pérez Tabernero, y según los cronistas acudieron al mismo en un quince por ciento del aforo de la plaza, unas 3.500 personas.

En el resto de ferias de capitales de provincia, dejando al margen la de Albacete, que aún continúa con buenas asistencias de público a lo largo de la misma, las afluencias no son ilusionantes precisamente, dígase la de Fallas en Valencia, donde además de la julio, que otrora fuera la feria importante de la capital levantina, y ahora está casi ayuna de festejos y de público, las entradas son más bien flojas; las de Bilbao, cómo ha caído en picado esa plaza, la de San Mateo en Logroño, otra que fue santo y seña no hace muchos años, y ha caído estrepitosamente, la Virgen de la Vega en Salamanca, la Virgen de San Lorenzo en Valladolid, San Antolín en Palencia, San Pedro en Burgos, Zamora, Segovia, Soria que es la que aún se mantiene digamos que bien, León, Ávila, plazas todas ellas que han reducido considerablemente el número de festejos, entonces, ¿de dónde sale que en la actualidad acude más gente que nunca a los toros? Si vemos las retransmisiones que realizan tanto Canal Sur en las plazas de Andalucía, como el canal de Castilla la Mancha, en muchas plazas de tercera categoría, e incluso de segunda, el público que asiste a los festejos es irrisorio.

Y en cuanto a que sale el toro más bravo de la historia, habría que matizar muchas cosas; en la actualidad sale el toro más borreguil de la historia, criado para aguantar infinidad de pases, que no realizar con él toreo de verdad, con una nobleza bobalicona carente de riesgo; aquel ganadero que dijo que él criaba el toro “artista” y con “toreabilidad”, quizás se equivocó de palabra y tenía que haber dicho “docilidad”, con el matiz, que hay que tener en cuenta, de que ponerse delante de una res de lidia siempre entraña un riesgo; no olvidemos que don Antonio Bienvenida, denunciante en su momento de la lacra del afeitado imperante en los años cincuenta, aunque él mismo entonara el mea culpa por haber toreado también toros mermados en sus atributos de cornamenta, murió a consecuencia del golpe que le propinó una vaquilla, y en el toreo ha de haber emoción, esa emoción que llega al tendido, cuando en el ruedo hay un toro encastado y bravo, que con codicia se quiere comer los engaños persiguiéndolos por abajo, y pelea hasta su muerte, un toro que, como siempre se ha dicho, se crece al castigo, no un toro acobardado que llega a echarse en el ruedo antes de la hora de la suerte suprema, por falta de casta, pero, claro, para que un toro tenga casta hay que hacer los tentaderos buscándola. Hoy, los ganaderos, o al menos una inmensa mayoría, seleccionan buscando sólo nobleza, cualidad que, en la realidad, cuando el toro sale al ruedo, vemos que es borreguil, persigue los engaños sin generar emoción, porque el toro puede ser noble y bravo, pero por encima de todo encastado y con fuerza.

No podemos olvidar, tampoco, la presentación del toro de lidia en la actualidad. De un tiempo a esta parte, se ha generalizado otra lacra, diríamos que, posiblemente, en la totalidad de las plazas, en unas más visibles a simple vista que en otras, cual es la finalización del pitón en esas puntas redondeadas, las llamadas “bolitas”, que no dejan de ser una manipulación del cuerno en toda regla, prohibido tajantemente tanto en la Ley Taurina, la Ley 10/1991, de potestades administrativas en materia de espectáculos taurinos, como en los respectivos reglamentos existentes, nacional y comunitarios, y que solamente los presidentes podrían erradicarla con sus exigencias rigurosas en los reconocimientos en vivo de las reses. En ocasiones, muchas más de las deseadas, se ven “puntas de pitones” en corridas de toros que parecen para festejos de rejones, y en plazas importantes.

Un aspecto fundamental en la lidia es que impere el orden, orden que debe cuidar cada matador en sus toros, como director de lidia que es de los mismos. Que a la salida de chiqueros estén situados en los burladeros de la primera y segunda suertes dos subalternos, uno en cada uno, y el espada con su peón de confianza en el burladero de matadores.

Pues bien, esto no es así y, por sistema, vemos como hay dos peones en un burladero. Otro aspecto importante es el lugar donde se debe colocar el picador, y como se debe llevar el toro hasta el mismo y ser colocado en suerte. Así como la forma de ser realizada la suerte de varas, que debiera ser uno de los parámetros esenciales para medir la bravura del toro. Pero, claro, entre ese caballo mastodóntico, resulta curioso que en las pasadas ferias de Abril y San Isidro, en las corridas televisadas, que fueron prácticamente la totalidad, ponían en pantalla el peso de toros y caballos, y en uno, concretamente de la feria de San Isidro, en el subtítulo de pantalla el peso del caballo era de “614 kilos” (el máximo reglamentario es de 650 kilos), y cuando había irrumpido el toro en el ruedo, en el subtítulo de pantalla se decía que el toro pesaba “602 kilos”.

Como vemos la diferencia era mínima. Pues bien, el toro debajo del caballo parecía una mona a su lado. Es un aspecto, este del peso de los caballos y los petos, que los Presidentes y Delegados gubernativos debieran vigilar concienzudamente, al igual que se hace con el peso de las reses, así como reglamentar una altura mínima del peto desde el piso de plaza. Importantísimo para el resultado de la lidia es que la suerte de varas se realice como debe ser, colocado el caballo en el lugar adecuado, yendo el picador hacia el toro por derecho y cuarteando cuando se arranca el mismo, a la vez que se eche la vara para cogerlo antes de que llegue al peto, y marcar el puyazo para después no cometer fallos, y en vez de aplicar el puyazo administrar un lanzazo, en muchas ocasiones trasero, caído o en el pico de la paletilla, con el daño tan horrible que ello ocasiona al animal, y las lesiones que le producen que tienen una incidencia muy negativa en la lidia.

Lo mismo que ocurre en el tercio de banderillas con esos pares que quedan colocados traseros o caídos, en los que a veces llegan los arpones a los pulmones de los toros, y nos sorprendemos de que los animales se paren en el último tercio de la lidia.

Respecto a que ahora se torea mejor que nunca, particularmente pienso, que el toreo que se realiza actualmente es un toreo distinto, en función de las condiciones del toro actual, y voy a aceptar que hoy se torea con más técnica, aunque con menos verdad y pureza, y desde luego, que nadie dude que aquella extensa baraja de toreros de los años 60, 70 y 80, no voy a dar nombre porque sería un listado extenso, hoy serían igualmente figuras del toreo.

Cómo se puede decir que se torea ahora mejor que nunca, cuando vemos cómo se realizan las suertes, descargando la mayoría de las veces la misma; que por sistema se colocan fuera de cacho los toreros, practicando un toreo perfilero, dejando la muleta retrasada, se alivian con el pico, tiran líneas y echan el toro para fuera, por eso al final de cada pase se quedan descolocados, cuando el toreo es todo lo contrario, es trazar curvas y rematar el pase detrás de la cadera, liarse el toro a la cadera, pero, claro, esto entraña más peligro; cuando vemos que a partir del primer pase de muleta la pierna de salida del torero está retrasada, con lo que se está realizando un toreo de mentira y menos peligroso. Pocos son los toreros que cargan la suerte y se embraguetan con el toro.

Y no hablemos de la suerte suprema; cómo se mata el toro en la actualidad, en multitud de veces de manera horrible, porque no se realiza la suerte acorde a los cánones; donde se coloca el torero y como avanza hacia el toro, si en rectitud o yéndose de la suerte, y en vez de echarle la muleta a las pezuñas despliega la misma en horizontal a la altura de los ojos del toro, y en multitud de ocasiones pegan un brinco o salto para meter la espada yéndose la suerte, con lo que también se disminuye el peligro, y generalmente quedan defectuosas las estocadas. Pero no importa nada porque el público pedirá las orejas.

Que, el toreo en la actualidad ha de evolucionar en su conjunto, indudablemente, pero que la evolución sea a mejor, no a peor, y medios hay. Se han ideado por el veterinario y gran conocedor del toro de lidia Julio Fernández Sanz, juntamente con el matador de toros retirado Manolo Sales, unos útiles (divisas, puyas, banderillas, estoques y descabellos, entre otros) que algunos son mucho menos lacerantes y otros de efectividad más rápida, como es la puya cuadrangular que impide barrenar durante la ejecución de la suerte de varas, y la sangría que ocasiona al toro también es menor; permite que los toros acudan tres o más veces al caballo, con lo cual se puede reverdecer ese tercio tan bello y competitivo que es el de quites, en la actualidad prácticamente desaparecido, y no ocasionan al toro esas heridas tan lesivas, que en ocasiones inutilizan al mismo para la lidia; ocurre igual con las banderillas ideadas con punzón en vez con arpón, tan lacerante en ocasiones, que llega a ocasionar lesiones muy serias en los pulmones, sobre todo cuando quedan colocadas traseras o caídas. Por el contrario, la espada es mucho más efectiva y los resultados más rápidos.

Bueno, no nos engañemos, en realidad el toreo actual se limita a una de las fases del último tercio, en la fase de muleta, en el que el toro, de nobleza bobalicona y borreguil, sigue al engaño del torero, no como debiera ser, con codicia y bravura, queriéndose comer la muleta por abajo, humillando en su embestida, siendo esta larga y repetidora, y que son estoqueados de cualquier manera en multitud de ocasiones, sin hacerlo en los terrenos adecuados, ni ejecutar la suerte más conveniente a las condiciones del animal, así como tampoco conforme a los cánones taurinos que de siempre han regido la misma y, desde luego, importando poco el matarles por arriba, sino aliviándose casi siempre y dejando espadazos desprendidos, cuando no caídos o bajonazos, pero, eso sí, pendientes los profesionales siempre de que los presidentes les concedan los trofeos que, al fin y al cabo es lo que les importa, a final de temporada es lo que cuenta.

No podemos concluir nuestra opinión, sin referirnos al indulto del toro, a esa indultitis generalizada, que se ha apoderado de la fiesta en los momentos actuales. Como dato informativo diremos que desde 1992, año en el que se reglamentó y legalizó el indulto, hasta el final de la temporada 2025, se han indultado en las plazas de toros españolas de primera, segunda y tercera categoría, nada más y nada menos que quinientos sesenta y dos toros y novillos (562), cifra a nuestro entender, desde luego astronómica, y que hace pensar que la mayoría de ellos fueron indultos que particularmente conceptúo como publicitarios, en los que las reses no quedaron para padrear en las ganaderías, no fueron indultos ajustados a la finalidad para la que fueron reglamentados, pues, no hemos de olvidar que el indulto no es ningún premio al ganadero, el premio al ganadero es la vuelta al ruedo de sus toros, y la finalidad del indulto no es otra, como así se recoge en el artículo específico dedicado al mismo en los distintos reglamentos y no en el correspondiente a los trofeos, que la de procrear, quedar para sementales en la ganadería; los trofeos, saludos, vueltas al ruedo de los toreros, orejas, rabos y la vuelta al ruedo de las reses, están contenidos en otro artículo concreto y distinto.

Lo que no hay, posiblemente, es voluntad de que así sea, pues, si la hubiera la solución es factible, y que en mi época de presidente de la plaza de toros de Segovia, desde el susodicho año de 1992, antes de comenzar la corrida siempre les hacía saber a los diestros:

Cuando exista petición de indulto, el torero también la solicite y el ganadero otorgue su consentimiento, por el Presidente se debiera paralizar el tiempo de muleta, y salir nuevamente el picador con su caballo al ruedo y una vara con puya de tentar, si se dispone de ella o, en otro caso, con una vara reglamentaria de picar; el matador, sólo en el ruedo, colocando al toro en suerte a contraquerencia, y el picador simulará la suerte de picar con el regatón, hasta comprobar que el toro había acudido al caballo hasta en un mínimo de tres ocasiones, teniendo en cuenta las que lo hizo durante la realización de la suerte de varas y, a la vista de lo que hubiera acontecido,el Presidente decidiría si el toro era merecedor o no del indulto.

Todo esto, desde luego comunicado a los espectadores a través de la megafonía de la plaza de toros antes de que el picador salga nuevamente al ruedo.

Y cuanto hago constar anteriormente, no lo digo yo, también voces autorizadas, autorizadísimas diríamos, por su categoría, profesionalidad y conocimientos del toro y el toreo, se han pronunciado sobre alguno de los aspectos, objeto de este análisis, y así, Don Santiago Martín “El Viti”, nada más y nada menos, sentenció en su momento diciendo que: “El toro debe ser auténtico y el día que no lo parezca, adiós Fiesta. Porque ésta es toro, toro y TORO y, luego, torero, que se beneficia de la res, pero siempre los últimos e indirectamente”.

O que: “El toro de entonces era más fuerte. Ahora se ha purificado el animal, se ha seleccionado el toro más bien para el torero y no para el público”. Curro Vázquez, de quien no podemos olvidar cuando dijo: “No es verdad que ahora se torea mejor que nunca; hay más técnica, pero falta torería”.

Las faenas tan largas no tienen lógica. Todo tiene que tener su sentido. Hay momentos con la gente contigo y el toro pidiendo la muerte… Personalmente, no me gustan nada las faenas largas’.

El toreo que llega y emociona a la gente tiene que tener tres cosas: “la entrega, dar el pecho al toro y cargar la suerte”. Emilio Muñoz decía que: "Hoy hay ciertas cosas que están salidas de los cánones establecidos por Belmonte. Viene a colación de esa frase hecha de que hoy se torea mejor que nunca. Pero a mí, sinceramente, me molesta que haya quien diga, con todos mis respetos y mi admiración a todos los toreros que hay, que hoy se torea mejor que nunca. Que hoy se le hacen al toro más cosas que nunca, por supuesto que sí porque también el toro lo permite”. Desde luego ciertas, pero, curiosas manifestaciones del torero, que en su época de comentarista taurino en televisión se manifestaba de otra manera, decía cosas diferentes.

José Luis Lozano se manifestó diciendo que: “Sin toro no hay espectáculo, y eso es un hecho real, no un tópico. El resto son tertulias de taberna en los despachos”.

El toreo tiene que evolucionar -el toro, el empresario y el torero-, aunque se deben mantener los cánones fundamentales.

Se torea más bonito, aunque no más profundo, que es distinto. Y se parecen mucho todos los toreros”.

Juan Luis Fraile: “Ahora casi todo es Domecq y dicen que embisten más… yo no lo niego, pero veo menos emoción. También dicen que los toreros torean mejor que nunca… pero hay menos sensación de seriedad y peligro”

Pablo Lozano, al expresar que: “El espectáculo taurino está muy mal en la actualidad. La Fiesta está en un declive muy grande y como no se tomen medidas fuertes e inmediatas, en cinco o seis años habrá una sorpresa desagradable muy grande”.

Respecto al toro, la opinión de Pablo Lozano es que: “Se mueve muy poco y este hecho resta mucha emoción a los espectadores. En la ganadería actual sólo existe un encaste único. El ochenta por ciento de las ganaderías son del mismo encaste y unos más altos, otros más bajos se parecen todos. Es muy monótono el nivel ganadero. Si no hay variedad faltará emoción. Es lo que está ocurriendo lamentablemente, hecho que en un futuro también pagaremos. Hoy se torea más bonito, no mejor. Torear es pegarle a un toro veinticinco pases bien pegados. Que a los veinticinco pases el toro esté dominado y en ese momento pegarle una estocada por el hoyo de las agujas. Eso es torear y ahora veo yo que a los toreros les pegan muchos avisos. Eso demuestra que se puede poco con los toros. Si tú a un toro lo toreas bien de verdad, no hay toro que te aguante más de esos veinte o veinticinco pases. Ahora bien, si lo que haces es andar por allí… de esa manera le puedes pegar setenta u ochenta o los que quieras, pero eso no es lo mismo”.

Alfonso Navalón, que con sus formas más o menos deseables, pero que de toros sabía como nadie, llegó a decir: “A los ganaderos nos han prohibido criar el toro 'de lidia', para torearlo.

Nos obligan a criar un toro para darle pases. Ahora casi todos los toros admiten docenas de pases. Pero casi ninguno sirve para torearlo. Al toro bravo que embiste con entrega, cuando se lo torea en curva, adelantando la pierna y metiendo la cadera, a los treinta pases pide la muerte.

Al poner los toros de uniforme también los toreros se han contagiado de la monotonía y ahí tenemos a la mayoría de las figuras que para cuajar una faena necesitan sobrepasar el tiempo del aviso. Los avisos. El Guerra decidió retirarse el día que le tocaron el primer aviso de su vida en Madrid. Estaba en la plenitud de su poderío, pero pasó tanta vergüenza que decidió no volver a vestirse de luces en cuanto terminara esa temporada.

En las tientas se toreaba para el ganadero, en la plaza, para ganar dinero. No tenía nada que ver una cosa con la otra. Ahora se torea en el campo lo mismo que en las plazas.

No se torea en el campo. Pena de ver una vaca tras otra manseando en el caballo y luego dejándose pegar cientos de pases siguiendo la muleta como un perro. Para colmo ya no se torea en el campo. Los picadores hacen lo mismo que en la plaza. Agarran la vara muy atrás. Ya no saben 'echar el palo' y reunirse.

“El toro bravo y el torero auténtico, treinta pases”. En fin, será el devenir del tiempo el que dará o quitará la razón. Es el mejor juez.
José Luis García García
Decano de Presidentes de Plazas de Toros de España
Segovia, 23 de Septiembre de 2026

Andrew Moore, Premio Cecilio, del Club Cocherito de Bilbao, por un pase de pecho de Urdiales en Vista Alegre


El Club Cocherito de Bilbao, decano de los clubes taurinos, fundado en 1910 ha concedido su premio «Cecilio» a la mejor fotografía de las Corridas Generales de Bilbao a una instantánea de Andrew Moore, publicada en la revista francesa Toros, que se edita en Nimes. La imagen fue tomada en la plaza de Vista Alegre el día 27 de agosto y capta en un elegante blanco y negro un pase de pecho de Diego Urdiales, en el que resalta poderosamente el clasicismo de la composición de Moore, tan acorde con el estilo del torero riojano, en un elegante juego de simetrías, con una gran fuerza expresiva.


jueves, 24 de septiembre de 2026

El triunfalismo daña al toreo / por Antonio Cepedello.


'..No podemos alabar y ensalzar el toreo despegado, al hilo, con el pico de la muleta, sin cruzarse ni cargar la suerte, o las estocadas y banderillas mal ejecutadas y colocadas, porque ello va en contra de todos los principios y criterios que los dos grandes revolucionarios del toreo, Joselito “El Gallo” y Juan Belmonte, establecieron hace ya más de un siglo..'

El triunfalismo daña al toreo

Antonio Cepedello
El triunfalismo no es bueno en ninguna profesión ni en otras facetas de la vida, pero menos aún lo es en el toreo, y más todavía si se trata de una manifestación falsa e interesada por distintos motivos.

Engañan y perjudican más a la Tauromaquia en general los que cada tarde están viendo la “corrida del siglo” que los que no se amedrentan al señalar los hechos y circunstancias que no les han gustado de cada lidia.

La crítica es la que siempre nos permite corregir errores, mejorar y, por tanto, progresar y apoyar de verdad a nuestro arte legendario, siempre que sea constructiva y no llevada tampoco por oscuros intereses personales, sobre todo los económicos, como ocurre muchas veces en el extremo contrario con los falsos elogios y las hipócritas alabanzas.

Nuestro rito milenario se mantiene desde hace siglos gracias a que aficionados valientes, los que lo aman de verdad, han sido capaces de indicar los errores o fallos que podían corregirse y los que debían cambiarse, sin perder su esencia original, para hacerlo más grande y universal.

Si siempre hubieran imperado los especialistas actuales en pronunciar panegíricos, que en cada corrida califican las faenas que hagan falta como “históricas”, estaríamos todavía a lanzazos contra los toros, por lo que esto habría desaparecido por su falta de consistencia, adaptación y atracción.

Y si damos un salto en la Historia y nos situamos en el inicio del toreo a pie, nunca habríamos podido disfrutar de esa belleza sublime de ver a un hombre, con los pies bien asentados y quietos en el ruedo, llevar, mandar y dirigir muy despacio, cerca y templado, con solo un trapo, al animal más bravo de la Tierra. Es decir, convertir una histórica lucha salvaje entre dos especies en una danza tan excelsa como efímera.

No podemos alabar y ensalzar el toreo despegado, al hilo, con el pico de la muleta, sin cruzarse ni cargar la suerte, o las estocadas y banderillas mal ejecutadas y colocadas, porque ello va en contra de todos los principios y criterios que los dos grandes revolucionarios del toreo, Joselito “El Gallo” y Juan Belmonte, establecieron hace ya más de un siglo.

Y lo hicieron gracias a que observaron y buscaron los defectos y aspectos mejorables de la Tauromaquia anterior. Es decir, porque fueron críticos constructivos. Porque, si no lo hubieran sido, el gran espectáculo actual sobre el albero no sería posible. Y, en principio, fueron criticados e incomprendidos por ello, pero al final se impuso la lógica en cualquier arte y otras disciplinas, que no es otra que defender la mayor verdad y autenticidad posibles.

No podemos apoyar técnicas de toreo que supongan un menor riesgo para el diestro, porque la base de nuestro rito es buscar el mayor peligro posible y superar el miedo que ello supone. Porque ya no es un enfrentamiento, pero sí un encuentro para alcanzar el éxtasis que supone sobrevivir en una situación tan extrema como la que se vive en el albero.

Los toreros son héroes y no magos o actores, que simulan la realidad, sino que se enfrentan a ella de frente y tal como es, sin fuegos de artificio. 

Cuanto más duro sea este reto voluntario, muchísimo mejor para alcanzar lo que queremos ver los espectadores y aficionados, y lo que desean alcanzar los protagonistas de esta breve e inigualable odisea.

Esto no supone buscar o provocar el suicidio del diestro, sino todo lo contrario. La vida debe resurgir cada tarde del peligro de muerte más inminente y presente.

El toreo es algo similar a desafíos del hombre cada vez más habituales, que antes eran considerados como “locuras”, pero que ahora comparten y aplauden muchos. Entre ellos están, por ejemplo, subir a picos de montaña donde no se nos ha perdido nada y por el camino más difícil, o recorrer cuantos más kilómetros mejor, sin otro interés que superarse a uno mismo.

Son actividades que se han impregnado de la esencia antimaterial y metafísica de la Tauromaquia, porque muchos han comprendido también que no solo de pan vive el ser humano, ni que todo se puede basar en que dos más dos sea cuatro. Los sentimientos también existen.

Como no cortemos este contraproducente y falso triunfalismo, que inunda ahora el mundillo de los toros, perderemos poco a poco y sin pausa el nivel y la magnitud artística y ritual que los festejos taurinos han alcanzado, al lograr convertir la lidia en una danza ceñida entre la vida y la muerte, donde los pitones pasan lo más cerca posible de un cuerpo humano, lo que compone una escena y una secuencia llena de valor y grandiosidad.

Una imagen y unos breves momentos que nos hacen saltar nuestros sentimientos y emociones, hasta hacernos llorar y ponernos la piel de gallina. Gracias a las críticas de nuestros antecesores se acabó con una mera lucha o combate por la supervivencia, que en las circunstancias de la civilización humana de entonces tenía sentido, pero que ya sería absurda e injustificada.

Los críticos en la Tauromaquia no pueden ser otros que quienes la conocen y la aman con honestidad, porque al público en general y a los espectadores ocasionales en las corridas no se les puede exigir que diferencien lo bueno de lo malo para que el toreo progrese, porque no tienen criterio para ello por desconocimiento.

Es el aficionado taurino puro, sin más intereses que su santa devoción, quien debe vigilar para que se cumplan los valores, normas y principios fundamentales de nuestra disciplina artística sin parangón.

Entre ellos tienen que estar todos los presidentes de las plazas, empresarios y profesionales del toro. Es mucha la responsabilidad que tenemos entre todos para mantener la seriedad en nuestro rito milenario, adaptado siempre a los tiempos, porque así es la única forma de consolidar y garantizar el futuro de nuestro arte universal y de continuar con esta maravillosa manifestación humana legendaria.

Así sea.