la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 19 de septiembre de 2020

Una moción necesaria / por Jaime Alonso


Y aquí y ahora, es preciso una moción de censura al sistema, pues no da más de sí esta falsaria democracia y corrupto sistema. Los dos partidos hegemónicos, turnantes durante cuarenta años en el poder, son los responsables de tener un Estado dividido, queriendo destruir la Nación y empobreciendo gravemente al pueblo. 

Una moción necesaria

JAIME ALONSO 
El Correo de España - Sptbre. 2020
Recomendaba Azorín, en su libro sobre “El político” que, “no dé el político en la candidez de creer en la famosa distinción entre el derecho y la fuerza. No hay más que una cosa: la fuerza. Lo que es fuerte, es lo que es de derecho. La fuerza hincha y llena cosas e ideas; estas cosas e ideas, mientras están animadas de esta poderosa y misteriosa vitalidad, son las que dominan”. Sepa Santiago Abascal que la moción de censura, tan necesaria, como urgente, debe recorrer, en toda su extensión, la piel de toro hispana, inundando todo de la fuerza de un ideal transformador desde el hemiciclo de la soberanía nacional, con la convicción de los jóvenes apologetas de un Orden Nuevo. Señalar ese orden y sentar sus bases sería lo prioritario.

También sostenía que al hombre de mérito “se le estima tanto más cuanto menos podemos apreciar los detalles pequeños, inevitables, que les asemejan a los hombres vulgares”. Por eso aconsejaba no prodigarse; vivir recogido; no estar todo el día por la calle, de paseo, ni en los espectáculos públicos. Una moción de censura no se plantea porque se gane o se pierda, sino porque todos perderíamos, de no plantearse; y tal vez, se haga crónico el mal y no tenga remedio. El problema no lo tiene quien plantea la moción y lo justifica, sin importarle la actual geometría parlamentaria, por muy variable que parezca; sino de quienes no se suman a ella y permanecen encadenados a la voladura del Estado y la pobreza del pueblo. Ello requiere la valentía de explicárselo al pueblo, desde la tribuna del pueblo, denunciando a toda una oclocracia política que lleva viviendo del pueblo, pero sin el pueblo, tantos años.

En el Eclesiastés esta escrito: “Todo tiene su momento, bajo el cielo. Hay un tiempo de nacer y un tiempo de morir, un tiempo de abrazarse y un tiempo de separarse…”. Y este tiempo ha llegado, entre una España que duerme la anestesia y otra España que despierta de la siesta; entre la estulticia del poder carcomido por la mentira y la libertad desnuda del que engendra; entre el hedor de un sistema ahíto de corrupción y la verdad del que espera anhelante un mañana distinto. Todavía hay quien sueña el futuro con su esfuerzo y se presta a construirlo, por que en su alma late la sangre derramada en mil batallas. Aún hay quien mira a su alrededor y no ve más compañía de conveniencia que su soledad. Existe quien no tiene más espejo que el sufrimiento seco de una vida truncada por decreto. ¡Todos esperan esa moción purificadora! 

El resultado importa cuando se está acostumbrado a la molicie del éxito fácil. Así no se construyó nunca nada. Así, ni Cristóbal Colón hubiera descubierto América, ni Isabel la Católica habría sufragado los gastos y dirigido la empresa evangelizadora. Tampoco se habría sublevado el pueblo español, con Franco a la cabeza, cuando Stalin, a través de Largo Caballero y Negrín, se aprestaba a imponer el comunismo en España. Un líder, un movimiento político vertebrador y alternativo, sabe con claridad meridiana cuando debe lanzar una “enmienda a la totalidad”. Y aquí y ahora, es preciso una moción de censura al sistema, pues no da más de sí esta falsaria democracia y corrupto sistema. Los dos partidos hegemónicos, turnantes durante cuarenta años en el poder, son los responsables de tener un Estado dividido, queriendo destruir la Nación y empobreciendo gravemente al pueblo. 

Esa imprescindible enmienda a la totalidad, viene avalada por cuarenta años de institucionalización de la corrupción; desmontaje y venta de saldo del tejido industrial español; conversión en proletarios de quienes eran propietarios autónomos con recursos y esfuerzo propio; abandono de la libertad, la igualdad y el pluralismo político por el control de los medios de comunicación, la discriminación lingüística y las leyes de ingeniería social (adoctrinamiento) de violencia de género y memoria histórica o democrática; ruptura de la división de poderes y control político de la elección y promoción de los jueces, lo que anula su independencia. 

Estos males, ya crónicos, hacen que el sistema resulte insostenible y urja regenerarlo. Así lo percibe ya el pueblo, aún no convertido en masa borreguil o adoctrinada, y espera quien le aporte soluciones convincentes. 

El actual sistema caciquil, autonomista, desigual y disolvente es el problema. El régimen seudo-parlamentario de partidos/partidas, estanco de paniaguados del pesebre presupuestario, es un estorbo y ha coadyuvado activamente al desastre. La actual epidemia sanitaria lo ratifica. La constitución del Estado español ha vuelto a ser, en sustantivo, una oligarquía política, con estructura clientelar y mercado intervenido. La escenificación del mundo financiero del Ibex, acudiendo al llamado del Flautista de Hamelín, evidencia el grado de endogamia que ha generado el poder del BOE.

La moción debía acompañarse de un “Programa de política nacional”, radicalmente transformador, rotundamente distinto, esencialmente liberador de cuanto nos ha subsidiado, dividido y empobrecido. En lo sustantivo, el programa debería indicar la redistribución del Estado, tanto en su aspecto territorial, como en el económico, social y pedagógico. La moción debería presentarse como sumarísima y ajena al doctrinarismo partidista. La política quirúrgica nada tiene que ver con cualquier autoritarismo y es compatible con el régimen parlamentario.

Urge y debe presentarse un posible estadista, bajo formas imaginativas de un Gobierno elegido por el Parlamento, independiente de la actual partidocracia; hoy imposible, con la actual estructura obsoleta y cerrada del poder. Pero sólo así, estimo, podríamos salir de una crisis nacional, social, política y económica, sin precedentes. Con el PIB en caída libre histórica (más del 15%). Un paro desbocado hacía el 24% de la población activa. Un déficit presupuestario inasumible del 14%. Una deuda pública sin control por encima del 130%. Mas de un millón de autónomos que entran en una situación crítica. Una recuperación imposible con estas políticas y estos gestores, incapaces de asumir sus responsabilidades por una epidemia que, en una primera oleada, se ha cobrado más de 50.000 muertos.

La moción de censura ha de ser el despertador del pueblo; la esperanza de un futuro posible; la fe del carbonero que escupe su suerte contra el suelo, sin entender cómo ha podido llegar el actual despropósito moral, político, social y económico; la justicia del que anhela un estado superior de la condición humana. 

En definitiva: El director de orquesta; el magistrado de carrera; el general en jefe, que manda parar y corregir el rumbo, reordenar los papeles, y afinar la orquesta. Para todo ello, no hace falta de cálculos electorales o geometrías variables. Basta con tener conciencia de la misión histórica con la que has accedido a la política y la rapidez con que te ha implantado el pueblo, en la más absoluta adversidad.

Nada es irreversible, excepto la muerte. La más grave enfermedad política, que antecede a la muerte, consiste en no defender principios; en olvidarse de las promesas electorales; en incumplir el programa por el que recibieron el voto; el perderse en luchas intestinas; el servirse del cargo y no servir como eficiente administrador al bien común; y el no respetar las leyes que emanan de la Constitución, atacándolas, subvirtiéndolas o pervirtiéndolas, en lugar de modificarla por los procedimientos establecidos al respecto. De ello debería huir VOX, como letal epidemia política. 

La Moción de Censura es el mejor y más eficaz instrumento para que los españoles evalúen el sistema y a cada uno de los actores políticos que durante cuarenta años vienen usando y abusando de nuestra paciencia.

Ecuador. Los toros podrán volver a Quito

La Corte Constitucional de Ecuador admite  a tramite la acción de inconstitucionalidad presentada por el matador de toros Pablo Santamaría en contra de la pregunta 8 del plebiscito del 2011, en que se le consultó a la población sobre espectáculos en la que tenga como finalidad la muerte de un animal, la inconstitucionalidad se sostiene en la vulneración de derechos fundamentales como el derecho al trabajo, los derechos de minorías, los derechos a mantener practicas culturales, se abrió la puerta, en que la luz pueda empezar a brillar en miras al regreso de la fiesta brava a la ciudad capital, y sobre todo el retorno de miles de plazas de empleo directas e indirectas que generaba el espectáculo taurino.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Errores de la "cultureta" / por Paco Mora

 

Curro Romero no es de etnia gitana, lo cual no sería ningún desdoro ni para él ni para todos los grandes toreros gitanos que en el mundo han sido. Sin ir más lejos, el rey de todos ellos, que no ha sido otro que José Gómez “Gallito”, nació calé por parte de madre

Errores de la "cultureta"

Paco Mora
AplausoS / 17.09.2020
La telaraña de los portales de Internet ha dado lugar a una “cultureta” basada en datos que en muchos casos falsean temas políticos e incluso personales. Sobre todo porque hay “sabedores” que no dudan en echar mano del teléfono móvil para pontificar sobre grandes errores que divulgan las redes, considerándolos verdades fehacientes. Errores muy difíciles de rectificar porque los referidos portales los mantienen en negro sobre blanco con toda la desfachatez del mundo.

Francisco Romero López “Curro Romero”, se ha visto envuelto en esa telaraña pues todo el que recurre a Google para buscar datos sobre el torero de Camas, lo primero que recibe como un puñetazo en el entrecejo es: “Curro Romero, el torero gitano…” Y cualquiera convence al “genio” que se traga la píldora porque, afirma con suficiencia: “Curro es gitano, porque yo lo he leído en mi teléfono”. Y eso para el “académico” de turno que todos sus saberes le llegan a través de la minúscula pantalla de su telefonillo, es materia de fe, y el que osa llevarle la contraria es un inculto.

En Internet figura que el gran Curro Romero es gitano. Los portales que han colado el bulo no son capaces de borrarlo y poner las cosas en su sitio. Con su pan se lo coman. Menos mal que ese error de la “cultureta” no le resta al camero ni un ápice de arte

Y Curro Romero no es de etnia gitana, lo cual no sería ningún desdoro ni para él ni para todos los grandes toreros gitanos que en el mundo han sido. Sin ir más lejos, el rey de todos ellos, que no ha sido otro que José Gómez “Gallito”, nació calé por parte de madre. Como su hermano Rafael, el “Divino Calvo”; amén de otros gitanos como Cagancho, Rafael Albaicín y otros muchos y buenos toreros hasta llegar a Rafael de Paula, que ese sí es de pura cepa y de Jerez para más señas.

Pero pese a que ese gitanear a Curro ha servido y sirve para muchas discusiones estériles y deja suelto un dato falso para definir la personalidad torera del diestro de Camas, los portales que han colado el bulo no son capaces de borrarlo y poner las cosas en su sitio. Con su pan se lo coman. Quienes se desacreditan son los responsables, o irresponsables, que siguen manteniendo el embuste de la gitanería de Curro. Menos mal que ese error de la “cultureta” telefónica de moda no le resta al camero ni un ápice del arte, sandunga y torería que le han caracterizado desde que se vistió por primera vez de luces hasta su último paseíllo.

Salud y larga vida, Curro. Fuiste un grande para mi padre, lo eres para mí y lo seguirás siendo para mis nietos. Dios te guarde…

"Dar el cante" / por Fernando Fernández Román


Este afán de protagonismo de ciertas gentes que acuden a las plazas de toros y se empeñan en lanzar al viento las virtudes flamencas de su voz se podría desterrar imponiéndoles la colocación de la mascarilla durante toda la corrida. No durante lo que dure la pandemia del virus, sino la del cante. Eso no es cantar. Es “dar el cante”.

"Dar el cante"

FERNANDO FERNÁNDEZ ROMÁN
Obispo y Oro / Sptebre./2020
Aquél día soleado de primavera vino a mi encuentro José Meneses, uno de los mejores cantaores del siglo XX y me estrechó la mano con afectividad para mí sorprendente, puesto que jamás nos habíamos encontrado vis a vis. Estarían al caer las dos de la tarde (escribir PM me repatea) y el vestíbulo del hotel Siete  Coronas (entonces Meliá) de Murcia era un hervidero de gentes del toro. Por allí andaban ganaderos y apoderados de postín, toreros de la tierra, como el genial Manolo Cascales, padre, a más de otros llegados de la provincia o el litoral levantino, ganaderos, empresarios y aficionados forasteros. Esa tarde, toreaban en la Plaza de La Condomina, José María Dols Abellán, Manzanares, y Enrique Ponce. Vis a vis, también, o sea, mano a mano. La corrida, benéfica y transmitida en directo por TVE, tenía carácter de acontecimiento. José Meneses no solo me sorprende por el trato familiar que tan generosamente me dispensa, sino con la “noticia” de que esa tarde cantará en directo durante la corrida. No tenía ni idea de que tal acaso tuviera lugar y su certidumbre me deja de piedra. En la jerga futbolera, los desaires por impericia del portero que “mide” mal la altura de la pelota que acaba en el fondo de su portería se conocen en España con el nombre de “cantadas”. En este caso, sin tener arte ni parte en la cuestión, el portero goleado soy yo. José Meneses va a cantar durante una corrida de toros y a mí me parece una desconsideración flagrante para quien habrá de narrar los inmediatos aconteceres de la lidia, a la que se ha añadido un aditamento silenciado –sin mala intención, supongo-- por los organizadores; pero, fundamentalmente, creo que es una temeridad. Temo que el público reaccione a la contra y la voz de un fenómeno del cante jondo no sea entendida ni valorada cuando el torero está frente al toro. Así se lo expresé, muy a mi pesar, y así terminó aquél encuentro, para mí gratísimo, pero probablemente decepcionante para el gran artista. Llegué, pues, a la plaza de toros murciana con el resquemor de haber perdido una amistad recién nacida con uno de mis ídolos flamencos… y, sin tener arte ni parte en la cuestión, con cara de portero de fútbol al que le acababan de meter un gol sin saber cómo ni cuándo. Lamentablemente, apenas entró el cante en el tempo de la corrida, los hechos me dieron la razón: Meneses, fue obligado por el público a interrumpir su intervención definitivamente.

Muy después en el tiempo, se han venido celebrando algunos festejos taurinos con la intervención de cantaores flamencos de reconocido prestigio. Reconozco que no los he “disfrutado” de forma presencial, aunque sí a través de imágenes en las redes sociales. Me sigue pareciendo una mixtura de difícil acoplamiento. ¿Cuándo debe cantar el cantaor? ¿Cuando el torero está congeniado con el toro y las series anteriores han salido limpias, templadas y bellas?  Es probable que entonces suene la guitarra y el cantaor se arranca por bulerías, magistralmente interpretadas… justo cuando el toro le arranca también al torero la muleta –no digo ya si le pega una voltereta—. El desaire no sintoniza –no puede sintonizar-- con el aire festivo del cante para nada. ¿Qué hacemos, pues?  Sigue el cante mientras el torero arma de nuevo la tela y… el toro empieza a tirar derrotes, impidiendo la frescura en los pases y en las tandas. Aquello no “casa” con nada ni con nadie. El cante, se viene abajo. Mala cosa. El petardo se consuma.

Otra cosa es que, en petit comité (un tentadero, por ejemplo), surja desde uno de los burladeros el cante sentío de la soleá para acompañar y maridar ese momento sublime y desprogramado del arte del toreo que brota con diáfana expresividad y la descarga emotiva y sonora de una voz espontánea que funde el temple de una franela con el de una voz afillá y profundaEso, sí. Ahí muero con los dos  artistas.

Quienes me conocen en cercanías ya tienen noticia de la vena flamenca que tengo a gala mantener, que no de practicar, porque nunca pasé de aprendiz medianejo; pero he tenido la gran fortuna de escuchar en franca familiaridad a los grandes cantaores de las últimas décadas. El “cuarto”, es el sitio, la estancia ideal, se lo aseguro. Un cuarto chiquito, abrigado por el silencio monacal de los asistentes –más de diez, ya es multitud--, con la sonanta clavando sus notas rasgadas en las cuatro paredes y una voz rota, de madrugada añeja, que nace de nadie sabe dónde, es placer de dioses.

Lo que acabo de describir es un dibujo idílico, pero he de reconocer que también el flamenco ha sabido adaptarse a los grandes escenarios a cielo abierto o auditorios cerrados de sofisticada sonorización. Por tanto, no seré yo quien le ponga barreras a los lugares donde ha de instalarse el arte flamenco. Como todo arte que sirve de espectáculo, debe adaptarse a los tiempos, si quiere sobrevivir, eso sí, siempre que sea con insobornable decencia; pero, insisto: en la plaza de toros, durante el desarrollo de la lidia, el flamenco puede (digo, puede) convertirse en un elemento distorsionador de dos ejercicios artísticos que toda la vida fueron confluyentes.

En este sentido, estamos viviendo tiempos de cierto desmadre. En los últimos festejos taurinos que he presenciado por televisión ha brotado un fervor flamenquista a todas luces fuera de lugar. No solo por lo que se refiere al lugar de los hechos, sino que “no ha lugar” en las condiciones que se produce. Cualquier aficionadillo al cante se echa para adelante y le canta por un palo a veces indefinible al torero –familiar o amigo de la peña-- que está pegando pases como buenamente puede. A veces, se ve obligado a interrumpir la faena, por que el cantaor “distrae” a todo quisqui. Es un cante poco audible, algunas veces por fortuna, que tiene como fin cantar las bondades y virtudes de quien torea. Un “cante” para “cantar” no deja de ser una cacofonía semántica. Y, si, encima, quien canta es de mediocre para abajo, díganme qué sentido tiene aguantar al pelmazo/a que se empeña en que se le escuche en la plaza… o a través de la televisión. Nunca se canta al toro, curiosamente. El toro, sin duda, es más serio y no lo aguantaría. Se iría para el cantaor/a y le pegaría un mugido de espanto.

Seamos serios, nosotros también. Este afán de protagonismo de ciertas gentes que acuden a las plazas de toros y se empeñan en lanzar al viento las virtudes flamencas de su voz se podría desterrar imponiéndoles la colocación de la mascarilla durante toda la corrida. No durante lo que dure la pandemia del virus, sino la del cante. Eso no es cantar. Es “dar el cante”.

(Ah, años después del suceso de Murcia, fui a oír cantar en Madrid a José Meneses, en la inauguración del bar musical de un amigo común. El gran cantaor desaparecido, tuvo el detalle de reconocer públicamente mis razonamientos y me dedicó unos tientos maravillosos. Jamás lo olvidaré).

Patria y Libertad / Por Eduardo García Serrano

En el tapiz que ornaba el salón de las Cortes de Cádiz que aprobaron la Constitución de 1812 había escritas dos palabras: Patria y Libertad.

La Constitución de 1978 se convirtió, desde su gestación, en el elemento disolvente de la Patria mediante un elemento sutil utilizado con calma y sin pausa para no provocar furias levantiscas, consistente en la contraposición antagónica de la conciencia democrática y la conciencia nacional.

Patria y Libertad

EDUARDO GARCÍA SERRANO
El Correo de España - 18 SEPTIEMBRE 2020
En el tapiz que ornaba el salón de las Cortes de Cádiz que aprobaron la Constitución de 1812 había escritas dos palabras: Patria y Libertad. Por ese orden de prelación, porque esas dos palabras eran las que los españoles llevaban tatuadas, como runas ancestrales, en el alma de sus armas y en el corazón de su voluntad cuando se echaron al monte en 1808 para desencadenar la primera guerra revolucionaria de la Era Moderna: la Guerra de Guerrillas contra Napoleón.

Dos siglos después, los españoles se han dejado robar mansamente lo que sus tatarabuelos y sus abuelos defendieron bravamente en 1808 y en 1936: la Patria y la Libertad. 

La Constitución de 1978 se convirtió, desde su gestación, en el elemento disolvente de la Patria mediante un elemento sutil utilizado con calma y sin pausa para no provocar furias levantiscas, consistente en la contraposición antagónica de la conciencia democrática y la conciencia nacional. De tal manera que el patriotismo implícito en el linaje popular y explícito en las piedras de nuestra Historia, que se manifiesta espontáneamente en la conciencia nacional, individual y colectiva, es enemigo irreconciliable de la conciencia democrática. Tras medio siglo de administración de esta pócima, el pueblo español ha perdido la conciencia nacional. La Patria es hoy un arcaísmo y un anacronismo cuya defensa, en el mejor de los casos, está siempre envuelta en solapadas maniobras antidemocráticas.

A un pueblo sin conciencia nacional es fácil hurtarle la independencia de la Justicia, y así lo hicieron los socialistas mediada la década de los años ochenta. No hubo furia levantisca  porque el pueblo español ya estaba estabulado, domado y amaestrado en los rediles de la conciencia democrática como sanctasantórum de la política.

Sin Patria, sin conciencia nacional y sin independencia de la Justicia, faltaba el pingorote que remata el pastel totalitario, horneado por la izquierda y los separatistas y servido con diligencia por sus camareros de la derecha liberal: quitarle las muletas y la respiración asistida a la claudicante libertad. Con la Ley de Memoria Histórica y la más reciente y pujante Ley de Memoria Democrática, lo han conseguido, sin más furia levantisca que la de unos pocos guerrilleros que pronto, muy pronto, seremos civilmente exterminados, profesionalmente laminados y judicialmente castigados por proclamar que el 18 de julio de 1936, como en mayo de 1808, los españoles se echaron al monte, acaudillados por Francisco Franco, para recuperar la Patria y la Libertad robadas por la democracia y la justicia del Frente Popular.

LINARES (JAÉN) ERIGIRÁ UN MONUMENTO EN HONOR DE SEBASTIÁN PALOMO "LINARES"

Triunfo apoteósico de Palomo Linares en la Feria de San Isidro de 1972. Último rabo que se ha cortado en la monumental de las Las Ventas.

Se trata de que el torero pueda tener "el homenaje que merece desde el plano taurino y artístico y el agradecimiento a un maestro que llevó el nombre de Linares por todo el mundo".

-Junto a la Plaza de Toros-
LINARES ERIGIRÁ UN MONUMENTO EN HONOR DE SEBASTIÁN PALOMO "LINARES"

Ayuntamiento de Linares (Jaén), 17 Sep. 2020 
La ciudad de Linares (Jaén) rendirá homenaje a Sebastián Palomo Linares con un monumento, obra del escultor Antonio Polo. Los colectivos implicados en esta iniciativa están ya trabajando para elaborar un calendario de actividades con las que sufragar los costes.

La concejala de Cultura del Ayuntamiento de Linares, Ángeles Isac (PP), acompañada por Eduardo Palomares, experto en arte y galerista, además de Juan Callejas, representante de las peñas taurinas de Linares y Antonio Polo, escultor, han presentado este miércoles el proyecto del monumento en honor a Sebastián Palomo Linares.


El boceto del monumento, que ha presentado públicamente el propio escultor, Antonio Polo, representa la imagen de Sebastián Palomo Linares en el centro de una plaza de toros que, vista desde arriba, también es una paleta de pintor donde aparecen los colores de la bandera de Linares, así como un pincel, en referencia a las dos áreas que el maestro linarense cultivó: la tauromaquia y la pintura. 

Retaguardia roja / por Francisco Núñez Roldán

 

Reivindicar, a estas alturas, al puñado de inicuos asesinos que perpetraron una matanza tras otra, y encima colocarlos como apóstoles de la “democracia y la libertad” en lápidas y recordatorios es algo enormemente mendaz que insulta e  indigna sobremanera a los cimientos de la conciencia, para quien la tenga.

Retaguardia roja

Francisco Núñez Roldán
El Manifiesto / Madrid, 18 de septiembre de 2020
Hay un precioso soneto del gran poeta inglés William Wordsworth, fechado en 1810 y que lleva por título “Indignation of a high-minded Spaniard”.  Algo así como “Indignación de un español de alto espíritu”.  Se refiere lógicamente a nuestra Guerra de la Independencia, por entonces en curso, y en el poema dice nuestro ficticio compatriota que puede soportar toda la destrucción y barbarie que ocasiona el monstruo napoleónico, puesto que “tal alimento precisa el apetito de ese tirano”. Pero cuando encima  asegura el galo que en verdad el hispano bendecirá en un futuro los logros y felicidad que traerán aparejados tales desastres, entonces “nuestras pálidas mejillas reflejan que el insulto infligido es ya mayor de lo que podemos sobrellevar”.  Más o menos.
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He recordado el poema a propósito de ese malhadado oxímoron llamado Ley de Memoria Democrática que se cierne sobre nosotros, sobre nuestro país y paradójicamente —de ahí lo de oxímoron— sobre la existencia de nombres, lugares y objetos que quieren borrarse y quizá se borren de la memoria, y todo en honor a la memoria, a un siniestro, rencoroso y falaz concepto de memoria.

Se une a ello la reciente lectura de un interesante libro con el título de Retaguardia roja, y que lleva por subtítulo Violencia y revolución en la Guerra Civil española. El autor es el profesor Fernando del Rey, y se ha publicado en 2019.

No se piense que el profesor Del Rey sea un franquista al uso, ni mucho menos. En el último capítulo y en la conclusión final de su libro lanza todos los denuestos posibles contra la justicia de la posguerra, a la que llama casi siempre venganza, y niega razones a la sublevación militar, argumentando más o menos que no era para tanto, que España no llevaba una deriva revolucionaria ni caótica...  En fin.  Pero no voy ahora a ello.
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Lo que no puede dejar de anotar el profesor  Del Rey en las seiscientas y mucho páginas de su documentadísimo y bien trabajado texto son las humillaciones, muertes, asesinatos, torturas, expolios y destrucción de  la propiedad durante los años 1936 a 1939, circunscribiéndose a la provincia de Ciudad Real, la suya, restricción  que el título del libro no advierte, aunque quizá no importe demasiado.  Desde Tolstoi, o Dostoievski, creo, no me acuerdo cuál, se sabe que si uno escribe bien sobre su pueblo ha escrito bien sobre el mundo.  En este caso, hacer un estudio en profundidad sobre una provincia española controlada durante tres años no ya por el gobierno frentepopulista, sino sobre todo por los autodenominados Comités de Vigilancia y los Comités de defensa de la República, supone un retrato muy fácilmente transportable a cualquier provincia castellana, levantina, andaluza o catalana, con similares organizaciones políticas, parecida ideología y mismo contexto bélico.

En el libro del profesor Del Rey aparece una panoplia de fechorías y atrocidades  de lo más variado, tal como he indicado respecto a matanzas, casi todas bien dirigidas y selectivas en cuanto a las víctimas, y sin espontaneísmo o nerviosismo inicial alguno.  Desde los gobiernos civiles a las organizaciones sindicales y partidos se dirigió en todo momento a los milicianos para que “limpiasen la retaguardia” de posibles o reales enemigos, con todo lo que ello supuso de encumbrar a las personas más decididas, implacables o acanalladas, y sencillamente de crear una atmósfera de verdadero terror hacia quienes podían tener inevitables simpatías por los alzados, pero que no habían cometido, ni uno de ellos,  ni uno, asesinatos sobre el sector izquierdista, habiendo sido todo su delito tener tierras, ejercer el comercio o la abogacía, pertenecer a organizaciones católicas o de derechas, y sobre todo ser miembros del clero, peligrosísimo deporte de riesgo en aquellos momentos. Pero tampoco voy  ahora a ello.

En el denso y prolijo estudio referido, el historiador no ahorra detalles, datos, nombres de víctimas y victimarios, así como múltiples referencias a las causas judiciales posteriores contra los verdugos, que terminaron en la ejecución de los que se pudo capturar y se demostró por lo general culpables de —sin juicio ni causa oficial alguna—  haber matado, haber mandado matar o haber permitido matar. E incluso en estos últimos aparecen muchos condenados no a muerte, sino a duras penas de prisión que los indultos de los años cuarenta y cincuenta redujeron a veces hasta cantidades asombrosamente pequeñas. Recomiendo mucho al lector que, conforme avanza en el libro, vaya a la red y vea la vida y destino de los más gloriosos héroes de los referidos comités.  Pero tampoco quiero ir ahora a ello.

Lo que sí quiero destacar es el papel posterior, hoy, de la reivindicación de esos condenados a  muerte o a prisión, todo por parte de organizaciones dizqueprogresistas o universidades locales, tratando de dignificar a gentes que se significaron no por la defensa de unos ideales, sino por asesinatos de una ferocidad y crueldad tan enormes como innecesarias. 

El profesor Del Rey no puede sino consignar muchísimos de ellos, estremece leerlos, basándose no ya sólo en acusaciones de testigos en los juicios posteriores, sino de propios correligionarios que, driblando responsabilidades, esquivaban o trataban de esquivar culpas, haciéndolas recaer cobardemente contra quien veían más propicio, todo con mayor o menor fortuna. 
j
... la idea de restablecer la checa como unidad
 de destino en la miseria espiritual

Y aquí enlazo con el poema de Wordsworth.  En muchos memoriales y monumentos recién levantados andan ya, junto a otros menos culpables, e incluso inocentes, los nombres de los criminales referidos, cual martirologio en pro de una fe perseguida. Pase que contra las más elementales leyes  de la ética se quiera distorsionar el concepto de memoria, y sobre todo el de historia, pero reivindicar, a estas alturas, al puñado de inicuos asesinos que perpetraron una matanza tras otra, y encima colocarlos como apóstoles de la “democracia y la libertad” en lápidas y recordatorios es algo enormemente mendaz que insulta e  indigna sobremanera a los cimientos de la conciencia, para quien la tenga. Aunque no será el caso de esa ignara, obsesa y avinagrada lerda ministerial que acaba de leer el proyecto de la ley que se nos viene encima.  Tampoco será ello cosa que quite el sueño a la choni cúpula de trincones belcebúes podemitas, a quienes en sus duermevelas seguro ronda la idea de restablecer la checa como unidad de destino en la miseria espiritual de una España que, mientras no haga nada contra ellos, sencillamente se los merece.