la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 6 de agosto de 2026

Aquellos sesenta… (XXIV) / por Jorge Arturo Díaz Reyes

Néstor Luján. Foto: M.G., Diario de Sevilla

'..En 1967, plena década, Néstor Luján justificó la segunda edición de su ya clásica “Historia del toreo”, que reconoció tributaria de la enorme y a la vez sintética enciclopedia de Cossío, con el agregado de un último capítulo que arranca desde 1954, fecha de la primera edición. Es el VII de la segunda parte, y lo titula: “El público de toros deja de ser ibérico (Los tendidos babélicos)”..'

Aquellos sesenta… (XXIV)

Jorge Arturo Díaz Reyes 
CrónicaToro / Cali, 3 VIII 2026
Confrontar con otros testigos el recuerdo, siempre parcial y subjetivo, generalmente conduce a una suma de subjetividades parciales. A un collage de retazos perceptivos.

No existen copias exactas de la realidad. Una del mundo tendría el tamaño del mundo. Una de diez años lejanos duraría diez años. Borges bromeó con esa paradoja: “Y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él”.

Imagino qué si los historiadores hubiesen alcanzado esa plenitud, tampoco habrían encontrado suficientes milenios en los cuales acomodar su relato. Imposible reconstruir el pasado tal como fue. Y sigue siendo así, aunque busquemos apuntalar nuestra pobre memoria con otras más autorizadas por la conveniencia, el consenso y la tradición. Eso es lo que hay; aproximaciones, mitos, leyendas, literaturas, historias, pedazos a escala…

En 1967, plena década, Néstor Luján justificó la segunda edición de su ya clásica “Historia del toreo”, que reconoció tributaria de la enorme y a la vez sintética enciclopedia de Cossío, con el agregado de un último capítulo que arranca desde 1954, fecha de la primera edición. Es el VII de la segunda parte, y lo titula: “El público de toros deja de ser ibérico (Los tendidos babélicos)”.

Fenómeno cierto, que se dio en las plazas españolas (y no españolas), atribuido a coincidencias culturales, políticas y sociológicas también aquí ya recordadas. Y al que el autor culpa de las desgracias de la fiesta, y, posteriormente, de su propia renuncia: “El espectáculo taurino ha quedado reducido a una manifestación folclórica de cara a un público extraño”. Y clama: “… la fiesta de los toros siempre había sido del gusto de una minoría muy concreta”. Tenía 45 años cuando lo publicó. Era un gran lector, erudito, bibliófilo, cronista, escritor gustoso, y por esos días lo que se dice un aficionado terminal. Después no volvió a ir a los toros ni a escribir sobre ellos.

Su libro de 440 páginas, en formato mayor, despacha a Paco Camino, entonces en la cumbre, y a Diego Puerta con poco más de una línea para cada uno. En la de este: “Le llaman “Diego Valor”, de una tenacidad en el éxito encomiable, que le hace un torero aplicado y brillante.” Del primero: “El sevillano Paco Camino, torero evidentemente artista, aunque contra opinando con la mayoría de los aficionados, nunca nos acabó de gustar.”

A El Viti, con un poco más de prolijidad, lo aprueba con honores: “Torero completo, ponderoso, firme, de un arte serio y reposado, dominador y austero… Lo más notable de su personalidad y esto le diferencia de todos es que es un magnífico estoqueador a la antigua usanza… el mejor matador desde Manolete y supera a este en seguridad y le iguala en estilo.”

A El Cordobés, por inevitable quizás, dedica escrupulosos párrafos enteros. Le llama: “Fenómeno publicitario…, uno de los componentes de su éxito. El otro es sin duda alguna su personalidad… valeroso, afectado, impasible, no se le puede negar un valor, unas maneras de estar en la plaza peculiar y atractivo. Pero no es el torero que pueda agradar a los aficionados ni a los críticos... arrastra sin duda alguna al público sugestionado… torea cuanto quiere y a precios fabulosos.”

A cambio, y sobre todos los que reseña en este aparte, se detiene rendidamente en Antonio Ordóñez, de quien sin embargo señala su declive a partir de 1961:

“La calidad de su toreo, raramente habrá sido superada ni aún por la depuradísima generación de los Gitanillo de Triana, Los Cagancho y los Victoriano de la Serna, o, más hacia nosotros de los Manolete y Pepe Luis. Con la capa, Antonio Ordóñez anula los mejores… Con la muleta…, posiblemente con Manolete y Silverio Pérez, el que ha poseído más emocionado temple… En la difícil facilidad su toreo ha aunado las virtudes antiguas con el espíritu moderno… Con la espada, displicente y desaprensivo suele matar muy mal… Ya en las temporadas 1960 y 1961, sin enemigo apreciable, rebajó y ha congelado sus faenas reduciéndolas a un puro trámite ante un torito inerme…”

Así quedan la época, el toreo, los ídolos y el público de entonces. Luján, era catalán, de Mataró, vivió en Barcelona, ciudad que llegó a tener tres plazas funcionando. Allí principalmente vio las corridas que fueron material de sus crónicas e historias. Nadie, ni aun en esta época del internet inteligente puede tener una visión universal. Pero el criterio, el estilo de su temporal afición, la elegante claridad de su prosa y el placer que depara su lectura, han convertido en excepcional la subjetividad del docto, caballeroso y jovial gourmet y bon vivant.

Excepcional, no infalible, no indiscutible. Por ejemplo, mis juveniles recuerdos (directos) coinciden mucho con su semblanza de Ordóñez, El Viti, y aún con la de Puerta pese a su displicente laconismo. Más no con su disgusto por Camino, con la descalificación del Cordobés, ni en particular con su rechazo a la que fue herencia mayor de la época; la internacionalización de la fiesta. A la que sube a la picota en su capítulo final, “los públicos babélicos”. Misma que alude por contra el también coetáneo poeta Gerardo Diego (1966):

“El Cordobés”
es el toreo en inglés,
en danés
y en pequinés
y en volapuk y sin mover los pies.
¿Si no te quitas tú te quita el toro?
A “El Cordobés” el toro no le quita.
“El Cordobés” imita la mezquita…

¿Cómo compartir la negación a esa nueva generación feligresa que llenó los sesenta en todo el mundo? ¿Cómo aceptar la segregación, si para los que hicimos parte de ella, ahora, evocada desde la vejez, representa la infancia y la edad de la razón de nuestra afición?

El reclamo de origen, de blasón, de pureza de sangre en los tendidos, con los cuales dicho sea de paso la fiesta ya no existiría, invita para bien y para mal el sarcasmo de Borges en 1943: “Los españoles que (épicamente) se proclaman nietos de los conquistadores de América, están equivocados: los nietos somos los hispanoamericanos, nosotros; ellos son los sobrinos.”

Ceuta y Melilla: derrelictos / por Sertorio

 

“Derrelicto: objeto abandonado en el mar”, como abandonadas son por el Gobierno, la Corona y la oligarquía las ciudades españolas de Ceuta y Melilla..'

Ceuta y Melilla: derrelictos

Por Sertorio
Hace ya tiempo, en un artículo publicado en EL MANIFIESTO hace casi un año, “Los nativos” se titulaba, advertí de un hecho que hoy, a los españoles de sangre, nos resulta evidente, palmario, explícito hasta la obscenidad: las autoridades a las que sostenemos con nuestros tributos no nos van a proteger frente a los invasores. No van a mover un dedo. Ni siquiera expresarán una protesta formal ante el agresor. El día 31 de julio, en Ceuta, unos españolitos de a pie fueron los únicos a los que las fuerzas del orden molieron a palos: por protestar contra lo que estaba pasando y contra el gobierno que lo permite y excusa. Acabaron aporreados por una policía a la que pagamos para que nos proteja a todos, cuya misión no es ejercer de guardia pretoriana del canalla que preside el gobierno y del Quasimodo de su ministro del Interior.

En Ceuta se ha comprobado de forma empírica, experimental, que el Régimen del 78 no valora en un comino la seguridad del español nativo. Era increíble ver a los periodistas de las televisiones del Régimen asistir impávidos al acoso por la morisma de sus propias reporteras o de las mujeres que tuvieron la mala suerte de estar en medio de aquel pandemonio. No debemos olvidar que, si Ceuta vivió sumida en el caos durante un día, fue porque las autoridades civiles y militares consintieron que el territorio español fuera asaltado, porque no pestañearon ante el abuso de las turbas magrebíes, porque no efectuaron ni un disparo al aire para disuadir a la horda de bárbaros que nos atacaba. Al revés, les facilitaron el paso y se abstuvieron de impedir sus desmanes. Que yo sepa, después de una irrupción ilegal en nuestro país, tras un allanamiento colosal del territorio español, no se ha producido una sola detención. Y, encima, el Gobierno expresa su agradecimiento al Majzén por la colaboración prestada. Fernando VII es Isabel la Católica al lado de estos renegados, de esta escoria de muladíes vergonzantes, que celebraban el Día del Trono en la embajada marroquí al tiempo que se atacaba la soberanía española.

Cada vez está más claro que fuimos invadidos por hombres en edad militar, dirigidos por otros que tenían aire y ademanes de suboficiales. Los camiones con gamberros llegaron desde todo Marruecos hasta Castillejos sin que un solo gendarme se molestara en parar los vehículos que los transportaban. Si esto es una crisis migratoria, entonces el desembarco de Normandía también lo fue. Este acto de guerra, que debió ser frenado a tiros en la misma raya de la frontera, no es un producto del capricho del déspota marroquí, demasiado enfangado en sus vicios y enfermedades como para darse cuenta de nada. Es el resultado de un proceso cuyo origen está en el Departamento de Estado americano y que lleva en vigor desde los años setenta: España tiene que desaparecer de la orilla africana del Estrecho, las dos columnas de Hércules deben borrarse del escudo nacional: una la entregamos definitivamente el pasado catorce de julio, día de perpetua infamia que el Gobierno celebró por todo lo alto. La otra empezamos a perderla ayer. A esta banda de mangantes poco le importan quinientos años de historia española, de presencia secular e ininterrumpida en nuestras dos bellas ciudades en tierra de África. Al revés: están encantados de aniquilar hasta el recuerdo de ello: unos por ignorancia, otros por el oro del sultán y otros por odio a su patria, pero todos traidores.

A Felpudo VI nadie le molestó en su retiro mallorquín: ¿por qué van los insignificantes ceutíes a interrumpir las vacaciones de Su Majestad? Se lanza a los vasallos un pequeño discursito de circunstancias y ya ha cumplido con sus funciones aquel al que suponemos garante de la unidad y continuidad del Estado. Como todos los españoles que vivimos al sur del Ebro, los ceutíes importan poco. Y no seamos exagerados ni antiguos; a fin de cuentas, para alguien que ha estudiado de todo en las mejores universidades, ¿qué es la dignidad nacional? Un “constructo”, nos contestará la reina redicha y repipi de la gauche caviar “española”. Algo podemos dar por seguro con esta casta de iscariotes y de imbéciles hereditarios: siempre pueden caer un poco más bajo, siempre pueden alcanzar un nivel de abyección más repugnante. Mucho uniforme, mucha medalla, mucho ¡Viva España! Pero han echado Ceuta a los perros. ¿Para cuándo la visita a las plazas de soberanía? Ya está tardando Su Majestad “Católica” (con perdón). Pocos territorios más apasionadamente españoles que Ceuta y Melilla, pocos enclaves recibirán mejor a los reyes, y pocos compatriotas necesitan más una visita del Jefe del Estado que les dé seguridad y apoyo. O, mejor, que no vayan: Juan Carlos I viajó a El Aaiun y luego arrastró el honor de España como no lo ha hecho ni el peor de nuestros enemigos. Rectifico: Majestad, quédese en Palma, siga de regatas con sus amigos oligarcas. No abandone su yate. Conociendo a la dinastía, cuanto más lejos, mejor. Continúe navegando de empopada, aproveche la tramontana o el gregal y evite esos dos derrelictos que flotan sin gobernalle por el Mediterráneo: Ceuta y España.



Ni las gracias / por Carlos Esteban


'..Se recuerda una y otra vez el deber de acoger, pero se considera casi ofensivo recordar que el acogido sigue siendo un extranjero o sugerir que debería mostrarse agradecido. Más aún, una parte de los recién llegados actúa como si tuviera un derecho natural a instalarse en España, adquirir inmediatamente la condición de español y disfrutar de una prosperidad que no ha contribuido a crear..'

Ni las gracias

Carlos Esteban
Según Christopher Nolan, el tema central de la Odisea es la importancia de ser amables con los extranjeros. Lo sostiene el afamado cineasta a propósito de la nueva adaptación cinematográfica del relato fundacional de nuestra civilización que prepara estos días.

Tiene razón, pero sólo en parte. La xenia, la ley sagrada de la hospitalidad, ocupa un lugar esencial en Homero. Lo que ocurre es que esa hospitalidad tenía dos características inseparables de las que prescinden alegremente sus modernos apóstoles.

La primera es que la hospitalidad empezaba por reconocer que el acogido era un extranjero. No venía a quedarse ni dejaba de pertenecer a su pueblo por el simple hecho de cruzar una frontera. Era un huésped, un forastero. De hecho, la propia palabra xenia procede de xenos, el extranjero. La hospitalidad sólo tenía sentido porque existía una diferencia entre quien abría la puerta y quien llamaba a ella.

La segunda, y quizá más importante porque trasciende el debate migratorio, era la gratitud. El huésped gozaba de una protección casi sagrada, pero precisamente por eso contraía una obligación moral hacia quien lo acogía. No se trataba de una relación entre iguales que intercambiaban derechos, sino entre quien recibía un beneficio y quien lo concedía.

Nada de eso parece sobrevivir en el discurso contemporáneo. Se recuerda una y otra vez el deber de acoger, pero se considera casi ofensivo recordar que el acogido sigue siendo un extranjero o sugerir que debería mostrarse agradecido. Más aún, una parte de los recién llegados actúa como si tuviera un derecho natural a instalarse en España, adquirir inmediatamente la condición de español y disfrutar de una prosperidad que no ha contribuido a crear, como si fuera un patrimonio sin dueño o una especie de herencia universal.

Pero el problema va mucho más allá de la inmigración. La ingratitud se ha convertido en una de las enfermedades morales de nuestro tiempo. Hemos acabado convencidos de que casi todo lo que recibimos nos corresponde por derecho. Las prestaciones sociales ya no son el esfuerzo colectivo de una comunidad que procura no abandonar a sus miembros más débiles, sino una deuda que la sociedad mantiene con cada individuo. La educación, la sanidad, las pensiones o la seguridad dejan de percibirse como el fruto del trabajo y del sacrificio de generaciones anteriores para convertirse en realidades que parecían existir por sí mismas.

Quien recibe un regalo procura conservarlo. Quien cree estar cobrando una deuda nunca da las gracias. Quizá por eso hablamos tanto de derechos y tan poco de obligaciones. Y quizá por eso una virtud tan antigua como la gratitud empieza a parecernos casi una reliquia, cuando durante siglos fue el cemento invisible que hacía posible la convivencia entre personas, entre pueblos y entre generaciones.

"El Papa Negro", un torero que se bastaba por sí solo

"..Hay toreros que han dejado huella por su arte, por su valor, por sus triunfos y éxitos, por su personalidad o por muchas otras razones..'

Un torero que se bastaba solo.

Por Paco Delgado
Hay toreros que han dejado huella por su arte, por su valor, por sus triunfos y éxitos, por su personalidad o por muchas otras razones.

Manuel Mejías Rapela, que utilizó el nombre de su pueblo, Bienvenida, como alias y formó una dinastía de toreros con el mismo, pasó a la historia por ello y por todo lo dicho anteriormente, Y por algunas otras bastantes razones más. El Papa negro, como también se le llamaba por su competencia con Ricardo Torres "Bombita", el Papa del toreo en aquel entonces, llevó a cabo lo que fue, sin duda, toda una proeza el 4 de agosto de 1918. Anunciado para actuar en la plaza colombiana de San Diego, en Bogotá, poco antes del inicio de la función se encontró con que los miembros de su cuadrilla pidieron más dinero, 100 dólares por cabeza, para torear.

Como no hubo acuerdo, y para no suspender la corrida, tiró para adelante y se hizo cargo de la lidia él sólo. Y así, sin ayuda de nadie, bregó, banderilleó, toreó de muleta, mató y apuntilló a los toros que fueron saliendo al ruedo. No picó porque entonces no se permitía en Colombia picar a los toros. Su actuación resultó todo un éxito y cuando regresó al hotel en la puerta estaban los subalternos que no quisieron acompañarle y que, arrepentidos, le pidieron perdón.


Martes, 4 de agosto de 2026

miércoles, 5 de agosto de 2026

Tras la invasión, la normalización / por HUGHES

'..Hay que reconocerle algo al PSOE: pronto asume su obra. En eso toma el camino de Melenchon en Francia, político izquierdista que ya abraza el Gran Reemplazo. El PSOE disimula sus responsabilidades un tiempo, lo hizo con la ETA, con Puigdemont y lo hace con Marruecos, pero luego defiende el resultado sin complejos..'

 Tras la invasión, la normalización

HUGHES

Llega agosto y se hace imposible hablar de cosas de agosto.

La aceptación y reparto de los que llegaron con la invasión marroquí supone digerir, metabolizar y normalizar un acto de guerra.

Hace unos días, al recordar el 18 de julio (recomiendo la serie de Arnaud Imatz en estas páginas), uno podía caer en que la manipulación sectaria de la historia que olvida la violencia previa no es más que una estrategia de partido. En realidad, es el PSOE tapando al PSOE. La ‘opinión sincronizada’ lleva un siglo y la historiografía española es, en parte, el encubrimiento de la responsabilidad política y criminal del PSOE.

Casi divierte pensar en lo que dirán dentro de un siglo. El gobierno permitió la invasión de Ceuta y colabora asumiendo sus efectos y distorsionando lo sucedido con la ayuda de lo que queda de Consenso, de Europa y por supuesto de la Iglesia. El domingo, el cura de mi barrio decía que donde caben diez caben doce. La imagen del menor no acompañado es una especie de invencible imposición narrativa.

Para colmo, a Pedro Sánchez y a Marruecos le han salido palmeros nuevos. Al freak show del CNI, que da para una velada de Ibai, hay que añadir al conspiracionismo de corte antisemita, que no es solo un ataque de odio a los judíos, sino un ataque particularmente repulsivo a la inteligencia de todos. Se lleva avisando tiempo: el de EEUU es un intento de quebrar la coalición de Trump después de Trump, debilitando la derecha americana. En España, su objetivo es Vox. Se ve pronto que son una especie de internacional (que no toma vacaciones) del boicoteo a la derecha que fortalece las fronteras. Gaza les importa lo mismo que los muertos en Ucrania. El cui prodest sale solo.  

Hay que reconocerle algo al PSOE: pronto asume su obra. En eso toma el camino de Melenchon en Francia, político izquierdista que ya abraza el Gran Reemplazo. El PSOE disimula sus responsabilidades un tiempo, lo hizo con la ETA, con Puigdemont y lo hace con Marruecos, pero luego defiende el resultado sin complejos. Disimula o calla las corrupciones concretas que le llevan a asociarse con enemigos externos o internos de España, pero luego es un entusiasta defensor del producto. El PSOE es como una célula cuya función, aparentemente buena o propia del organismo, tiene el efecto, como un caballo de Troya, de hacer prosperar en el cuerpo a los parásitos o patógenos. Es una célula puente hecha para extender el ataque por el organismo. De esta forma, que de algún modo ha de ser muy lucrativa, garantiza su supervivencia. Los parásitos con los que colabora van cambiando con el tiempo. Ellos aportan algo creativo, como un nuevo código biológico, y de ese impulso vive. En cierto modo, parasita al parasito.

Pero llegado un momento, el PSOE no miente, Cuando avanza la enfermedad y sus efectos, deja de disimular. Entonces su gran función es asumirlo plenamente: normalizar y celebrar el cambio. Naturalizar la deformación, la monstruosidad o el debilitamiento morboso.

Por eso, llegado un momento, el problema acaba no siendo tanto el PSOE, como los que confunden constantemente el debate. Organismos de otro tipo cuya función es mandar al cuerpo señales de que no sucede nada excepcional. Células torpes (en apariencia) maquillando el estrago de institucionalidad o humanismo cristiano.

La Gaceta de la Iberosfera

martes, 4 de agosto de 2026

El precio de la afición / por Carlos Bueno

'..El problema no reside únicamente en el precio de una entrada para una corrida concreta. Cada vez son más habituales los abonos cerrados, los paquetes de festejos o las fórmulas que obligan al espectador a adquirir varios espectáculos para poder acceder a las tardes más atractivas..'

CAPOTAZO LARGO
El precio de la afición

Por Carlos Bueno
Cada vez que se presentan unos carteles, la atención se centra en los nombres de los toreros y las combinaciones ganaderas. Sin embargo, hay otro cartel que acaba teniendo una influencia decisiva en el éxito o el fracaso de una feria, que es el de los precios.

Los costes de organización de una corrida aumentan año tras año. Los cachés de las principales figuras representan una parte muy importante del desembolso y mantener un coso abierto exige afrontar numerosos gastos de personal, veterinarios, seguros, impuestos… Nadie puede pedir a un empresario que trabaje a pérdidas. Pero tampoco puede ignorarse que el aficionado dispone hoy de un presupuesto mucho más limitado para el ocio y de una oferta de entretenimiento infinitamente mayor que hace apenas dos décadas.

El problema no reside únicamente en el precio de una entrada para una corrida concreta. Cada vez son más habituales los abonos cerrados, los paquetes de festejos o las fórmulas que obligan al espectador a adquirir varios espectáculos para poder acceder a las tardes más atractivas. Desde el punto de vista empresarial resulta una estrategia comprensible porque garantiza ingresos anticipados y ayuda a sostener los festejos de menor demanda. Sin embargo, desde la óptica del aficionado ocasional puede convertirse en una barrera.

Muchos espectadores desean asistir únicamente a una o dos corridas al año, precisamente aquellas en las que se anuncian las grandes figuras. Cuando descubren que deben adquirir un pack y aceptar condiciones poco flexibles para conseguir una buena localidad, algunos optan por quedarse en casa.

La fidelidad del abonado merece reconocimiento. Es quien sostiene las plazas temporada tras temporada, incluso cuando los carteles no despiertan un entusiasmo especial. Pero proteger al abonado no debería ser incompatible con atraer nuevos públicos. La tauromaquia necesita cuidar a quienes siempre están, pero también facilitar la entrada a quienes podrían convertirse en los aficionados del mañana.

Hay que entender que cada nuevo espectador representa una inversión de futuro. Porque una plaza llena genera ambiente, prestigio y afición. Y pocas campañas publicitarias resultan tan eficaces como la imagen de unos tendidos repletos disfrutando de una gran tarde de toros.

La calidad artística seguirá siendo el principal argumento para llenar las plazas. Pero una política de precios inteligente puede marcar la diferencia entre una feria simplemente correcta y otra verdaderamente exitosa. ¿Cómo rebajar precios sin que provoque un déficit? Conseguir rebajas fiscales, como tienen otras actividades culturales, y obtener ingresos atípicos, es el trabajo que debe asumir el sector. Al fin y al cabo, la primera puerta que debe abrir la tauromaquia no es la de chiqueros, sino la de la taquilla.

Chicuelo, un torero en campos de Salamanca / por Paco Cañamero






Chicuelo, un torero en campos de Salamanca

Paco Cañamero
Glorieta Digital / Salamanca
Comenzaba la segunda década del siglo XX, ya con José y Juan coronados como reyes del toreo y escribiendo una gloriosa época que ha pasado a la historia como la Edad de Oro, cuando en los campos de Salamanca se curtían cuatro chavales que conmocionaron, taurinamente, a la provincia y tierras limítrofes, hasta lograr que su fama se extendiese en todo el ámbito nacional. Por entonces, nadie quedaba indiferente ante la torería de Eladio Amorós, nacido en Madrid y de residencia salmantina, ciudad donde se crió y sus padres regentaban una zapatería llamada La Revoltosa en las escaleras de Pinto, al lado de la Plaza Mayor, de ahí que en sus inicios fuese acartelado como El Chico de La Revoltosa; del artista sevillano, nacido en el mismo barrio de Triana, Manuel Jiménez Chicuelo; del genial jerezano Juan Luis de la Rosa y de un chavalín valenciano que, además, era una eminencia tocando el violín llamado Manolo Granero.

Durante muchos años se habló de sus gestas y para el recuerdo han quedado multitud de festejos que protagonizaron. Como aquella novillada celebrada en Guijuelo, con Eladio Amorós, Manolo Granero y Juan Luis de la Rosa, quienes lidiaron reses de Coquilla y su actuación causó una auténtica conmoción en toda la comarca, transmitiéndose el testimonio de esa tarde de padres e hijos con verdadera pasión. ¡Y no se cortó una sola oreja!

Chicuelo, junto a Granero y Juan Luis de la Rosa

Pasado el tiempo, excepto Eladio Amorós, que se quedó en el camino y acabó de banderillero en la cuadrilla de su hermano José, los demás fueron grandiosos toreros con carreras muy diferentes y suerte controvertida. Porque a Manolo Granero, cuando ya era figura y soñaba con comprarse una finca en Salamanca, siendo el más digno sucesor de Joselito, lo mató un toro en la plaza de Madrid; a Juan de la Rosa, que protagonizó una carrera de idas y venidas, sin alcanzar el techo que sus condiciones pronosticaban, además de tener una pésima espada, sumado a la vida muy desordenada, más pendiente de la fiesta y de las mujeres que de la profesión, acabó asesinado en Barcelona en plena Guerra Civil, por un lío de faldas, como fue el sino de su vida. De los tres fue Chicuelo quien fue dueño de una carrera más larga, protagonizando páginas memorables e históricas y siendo uno de los toreros que dio un paso adelante en la evolución de la propia Tauromaquia.

Hace dos años se celebró el centenario de la alternativa de Chicuelo y también de De la Rosa, ambas en Sevilla, que entonces tenía dos plazas, acontecimiento del que se han referido los medios al ser una efeméride tan señalada. Chicuelo lo hizo en La Maestranza y Juan Luis de la Rosa en la Monumental que inspirase Joselito, con una diferencia de media hora y donde hubo un testigo que estuvo presente en los dos acontecimientos, el famoso periodista Gregorio Corrochano, quien dio fe en las páginas de del diario ABC.

Sin embargo, hay otro hecho destacadísimo que ha pasado de largo en la biografía de ambos casos y nadie lo ha recordado, especialmente de Chicuelo. Se trata de la larga época que pasaron en Salamanca, un lugar tan importante para ellos y que les dejó infinidad de vivencias y numerosos amigos en esta tierra. Chicuelo llegó por primera vez en el invierno de 1915 de la mano de su tío Zocato, un viejo banderillero y que lo quería como a un padre, porque el suyo había muerto siendo aún un niño. Aquí pronto encontró afecto en la finca de Buenabarba, al lado de San Muñoz y más tarde en la cercana de Tejadillo, al igual que en Terrones, Coquilla, Matilla…, donde los ganaderos don Andrés Sánchez –quien quiso a Chicuelo como a un hijo-, don José Manuel García, don Santiago Sánchez, don Paco Coquilla, don Graciliano Pérez-Tabernero le abrieron de par en par las puerta de sus casas para facilitar que se instalasen en la provincia y vivir una etapa pletórica. Porque Chicuelo era un chaval que, además de un torero genial, se hacía querer.

Plaza de Tejares, promovida por el marqués de Llen y derribada en los 50

Chicuelo, llegó a ser tan popular en Salamanca que hasta se fundó el Club Chicuelo (lo que hoy son peñas taurinas), situado en la viejo Café Suizo de la calle Zamora, con tan apasionados seguidores que fletaban trenes especiales cuando toreaba en Guijuelo, Béjar, Peñaranda, Zamora, Valladolid, Medina, Toro, Plasencia… Porque Chicuelo en Salamanca gozó de máximo cartel en sus tiempos de novillero, en medio de unos acontecimientos que han quedado recogidos en la solemne pluma del crítico charro José Gómez El Timbalero, uno de los inventores de la crítica moderna que dejó su magisterio impreso en El Adelanto, hasta que recién comenzada la Guerra Civil fue fusilado en la soledad del monte de La Orbada. El Timbalero siempre fue muy chicuelista y también muy seguidor de De La Rosa, desesperándose al ver cómo se quedaba en el camino ese muchacho jerezano que atesoraba tan buenas condiciones. Después acabaría siendo compadre de Juan Luis de la Rosa de una curiosa forma. Y es que en una ocasión que toreaba en Zaragoza y él se había desplazado a la capital del Ebro para cubrir su Feria del Pilar le comunicaron que acababa de ser padre; esa misma noche, envuelto en la felicidad y al encontrarse en la calle con Juan Luis de la Rosa se lo comunicó y éste se ofreció ser el padrino. Después, la gran pena fue que ambos compadres, el genial crítico y el torero, muriesen de manera trágica y tan jóvenes aún por aquella locura de la Guerra ‘in’ Civil.

De Chicuelo basta decir que la primera vez que vistió de luces fue en la vieja plaza de Tejares (era gemela a la de Ledesma y permaneció hasta la década de los 50, cuando fue derribado al construirse la variante de la línea férrea a Portugal) el día de San Juan de 1917 con llenazo y reventa para disfrutar de ese chaval sevillano que tenía el don del arte afiligranado. Después, ya de matador de toros, en varias ocasiones Chicuelo toreó en la feria de septiembre y aprovechaba la estancia en la ciudad para disfrutar de tantas amistades como contaba, además de brindar toros a esos ganaderos que tanto le ayudaron o a algunos apasionados aficionados, ejemplo del señor Paulino, fundador de la joyería de la Plaza Mayor que llevó su nombre y de quien fue gran amigo, al igual que el afamado joyero antes también lo fue de Manolo Granero, a quien colmó con el regalo de un violín cuando lo escuchó por primera vez, para sustituirlo por el antiguo que traía de su época de estudiante en el conservatorio valenciano.

Además, en la historia del toreo, en un lugar privilegiado quedó la faena al toro Corchaito, de Graciliano Pérez-Tabernero, acontecida en la vieja plaza de Madrid y que para muchos ha sido la primera faena del toreo moderno, de la que dijeron que cada muletazo era un a alarido. Tras su retirada y hasta el final de su vida, falleció el último día de octubre de 1967, entristecido y abatido de un dolor que ya nos superó tras la muerte de su esposa, la cupletista Dora La Cordobesita siempre le encantó hablar y recordar su pasado en tierras charras. Y allí, cuando llegaba la Feria de Abril era feliz acudiendo al encuentro de los ganaderos charros que viajaban a Sevilla, a quienes preguntaba por sus amistades, porque era un hombre bondadoso, de sencillez en las formas, con gracia en sus palabras. Y un torero colosal que fue un peldaño fundamental en la Tauromaquia moderna.