
'..a San Fermín pedimos, aunque no sea nuestro patrón, que nos guíe en este empeño y no se desborde la fiesta y se vaya todo de madre. Nunca fue bueno morir de éxito..'
VIENTO DE LEVANTE
A San Fermin le pido
Paco DelgadoAunque, stricto sensu, no sea nuestro patrón, que -puede que de manera equivocada pero firmemente arraigada en nuestro ideario- es el curro diario y sin horas, si bien también ponemos velas a la diosa Fortuna, del santo pamplonica se espera que despliegue su capótico y que con más arte que Morante y tanta eficacia como Esplá permita que su feria sea brillante y sin desgracias.
Desde el pasado día 5 y hasta el próximo 14, Pamplona vive sus días grandes, los más importantes del año y los que, una vez más, la convierten en protagonista de todos los medios de comunicación del mundo.
Su origen se remonta al siglo XII, cuando el obispo de Pamplona trajo de Amiens las supuestas reliquias de San Fermín, cuyas fiestas se comenzaron a celebrar alrededor del 7 de julio a finales del siglo XVI para aprovechar el mucho mejor tiempo de los días de verano, y ya de entonces se conocen numerosos datos sobre las “diversiones con los toros” como parte fundamental de esta celebración, si bien desde finales del siglo XIV hay constancia de corridas de toros en la ciudad.
Aunque hoy son para muchos la parte esencial de la feria, el encierro nació por la pura necesidad de trasladar a los toros desde extramuros al coso taurino, que estuvo durante siglos en la Plaza del Castillo, hasta donde la manada era conducida por un grupo de caballistas y la gente participaba con varas y garrochas.
No es por tanto, como ahora se cree -y muchos tratan de difundir interesadamente, buscando la supresión de una tradición como se ve antiquísima-, el núcleo básico del evento, sino un paso previo y accesorio a la parte principal, que no es otra cosa que la corrida y que, justamente, da sentido y función a las carreras para el traslado del ganado.
Dicen que fue a raíz de las visitas de Hemingway a la feria, y la fama y repercusión de sus escritos sobre lo que pasaba en la plaza y en la ciudad en esos días festivos y tan especiales, cuando los sanfermines cogieron fama y auge, pero hay que ser realistas y comprender que su popularidad llega cuando se comenzó a televisar los encierros y las corridas que con con aquellos toros veloces se daban horas más tarde.
Tanto éxito tuvo la fórmula que la masificación actual -las calles por las que se lleva a los toros desde los corrales hasta la plaza están literalmente atestadas y apenas hay un hueco para poder correr sin tropezar con el de delante, atrás, izquierda o derecha- hace que prácticamente sea imposible muchos días poder no ya ver sino llevar a cabo carreras como las que 40, 50 ó 60 años atrás se efectuaban y que eran puro espectáculo.
Asímismo se tiene a gala el que los toreros cobren en San Fermín como lo que son: personas extraordinarias que se juegan el tipo ante unos toros por lo comun más grandes que los que salen en el 90 por cien del resto de plazas. No es raro, por tanto, que año tras año, temporada tras temporada, las más encopetadas figuras aparezcan en los carteles de este serial, dando con su presencia un toque de distinción. También es verdad que la Monumental, desde hace ya mucho tiempo, se llena se anuncie quien se anuncie, y no es menos cierto que al menos la mitad de la plaza no presta atención a lo que sucede en el ruedo.
Juerga, diversión, miedo, arte y valor se dan cita esta semana y se mezclan para que el conjunto sea único e inimitable y hasta aquí lleguen estos días cientos de miles de visitantes y turistas que buscan la catarsis entre vinazo y adrenalina, aunque, como dice el profesor de la Universidad de Navarra, Ricardo Fernández Gracia, "al igual que todos los grandes fenómenos de masas, los sanfermines necesitarán una adecuación a los tiempos".
Por eso, a San Fermín pedimos, aunque no sea nuestro patrón, que nos guíe en este empeño y no se desborde la fiesta y se vaya todo de madre. Nunca fue bueno morir de éxito.
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