De la estirpe de Idílico
Idílico
La cosa es que el primer día ya tenemos al torero triunfador de la Feria y al toro de la Feria. Y asimismo tenemos la certeza de que en una semana nadie se acordará de la obra talavantiana ni de las habilidades circenses de "Ganador".
JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Decíamos ayer, es decir el año pasado por estas fechas, que nos hallábamos ante la Feria de la Marmota, y este año, pues lo mismo: se abre ante nosotros una nueva Feria en la que de nuevo se repiten los mismos nombres y se vuelven a repetir las ganaderías que nada dijeron y que nada dirán, como si el hado funesto que obliga a Bill Murray a repetir su día en Punxsutawney, se diera cada mayo al borde del extinto arroyo Abroñigal, para que los sufridos aficionados expiemos alguna ignota culpa. Para reforzar el marmotismo venteño este año decidieron repetir la misma fórmula del año pasado para la primera cita del serial, que consiste en traer al camaleónico Alejandro Talavante, ya con sus veinte años de alternativa, al trémulo Juan(ito) Ortega, y a uno que pasaba por allí, cuya utilidad es la de abrir plaza, honor que en esta ocasión ha correspondido a Tristán Barroso, que venía a confirmar la alternativa que le dio Castella en Arlés el año pasado.
En cuanto al ganado, pensábamos que ya nos habíamos librado de esa peste de ganadería denominada Núñez del Cuvillo, que llevaba ya un puñado de tiempo sin venir a molestarnos, pero ahí estaría el veedor para recomendar que no dejásemos pasar la ocasión de solazarnos con «los cuvis», que adquirieron su mayor notoriedad gracias a José Tomás, y especialmente a aquel semoviente trotón y bondadoso llamado Idílico, que fue indultado en Barcelona y que murió en extrañas circunstancias. Los «cuvis» no se sabe ni lo que son por la parte de la procedencia, que su sangre es una paella hecha con sobras en la que lo mismo está Núñez que Torrealta, que Juan Pedro, que… Así los productos que echó hoy eran completamente dispares morfológicamente, sin entrar en el contraste de sus tamaños y volúmenes, aunados todos ellos por dos características que les son propias: la supina bobería o idiotez y la blandenguería más afín a un flan de huevo que a una res de lidia. En general digamos que la corrida que Cuvillo ha traído a Madrid constituía una declaración patente de "odio" a la Fiesta, y que, realmente, para criar esos animales inválidos, mentecatos, perrunos... más le valía a don Joaquín Núñez del Cuvillo dedicarse a la cría del conejo.
Por lo demás todo ha salido exactamente como debía salir, es decir de manera idéntica al año pasado. Alejandro Talavante ha abierto la Puerta Grande de Madrid, igual que lo hizo en 2025, con otra faena de ésas cuyos pases producen el olvido en el mismo momento de ser dados. Con sus triquiñuelas de cuatro lustros andando por esas plazas de Dios ha toreado a Las Ventas mucho más completamente que al idiota del toro que le tocó en suerte, un tal Ganador, número 80, ofreciendo el más completo catálogo de destoreo, de ventajismo y de falta de honorabilidad. Nadie busque en su obra «cumbre» de esta tarde el más leve compromiso, el toreo hacia adelante, la cargazón de la suerte, el ceñirse al toro en cada pase. De eso nada hubo. Hubo muchos pases, en los que Talavante se aprovechaba de la condición estúpida del aquel torillo de vaivén, mucho distanciamiento entre toro y torero y, esto nadie lo puede negar, un gran temple en el manejo de la muleta. La condición perruna del toro le hacía seguir el engaño de manera obediente y formal y Talavante sublimaba su temple en el toreo en redondo cosiendo unos muletazos con otros sin solución de continuidad, con lo que provocaba el éxtasis en gran parte del público. Su afán de burla ya quedó claro en su inicio con los «pases del Celeste Imperio», inventados por Rafael el Gallo, con los que engañaba a los espectadores como a chinos, luego adornos de baja intensidad que a muchos extasían y después una faena como se dijo antes, basada en la más neta impostura. Lo mejor la ejecución de la estocada, que quedó un poco traserilla por lo que su efecto letal tardó en manifestarse. Y luego una considerable petición que puso en sus manos las dos orejas del infeliz de Ganador. Exactamente lo mismo del año precedente, salvo que el toro aquel se llamaba Misterio.
Lo incomprensible llega ahora cuando don Pedro Fernández Serrano, que es el que estaba en el palco de la Presidencia, asesorado por la gentil veterinaria doña María José Gutiérrez Pérez, saca el trapo azul de la vuelta al ruedo que nadie había pedido y otorga ese galardón para toros excepcionales a un animalejo que en su primera entrada al caballo se riló y en la segunda recibió un picotazo de simulacro. ¿Por qué don Pedro sacó ese trapo azul? ¿Pensaba que estaba en un concurso canino? ¿Un pobre mamarracho con pitones que sólo sabe acudir solícito a los cites es un toro de vuelta al ruedo? Sea cual sea la motivación de don Pedro y doña María José, que en teoría no deben nada a nadie, flaco favor le hacen a la Fiesta con esa arbitraria y estúpida decisión.
La cosa es que el primer día ya tenemos al torero triunfador de la Feria y al toro de la Feria. Y asimismo tenemos la certeza de que en una semana nadie se acordará de la obra talavantiana ni de las habilidades circenses de Ganador.
Lo demás también salió tal y como se esperaba, con la única novedad de que a Juan(ito) Ortega le vimos aún más torpón y más desmotivado que otras veces. Su presencia en la plaza produce somnolencia, y aunque le salga otro pedazo de carne embestidora como el jabonero que hizo quinto, Encumbrado, número 9, ya sabemos de antemano que él no va a ser capaz de llevar a buen puerto su labor. Eso es justamente lo que pasó. Su cobardía proverbial a la hora de herir hace que la suerte principal del toreo quede convertida en un esperpento repugnante. A cambio, por decir algo bueno de este hombre, hablaremos del bonito vestido azul pastel que portaba, con bordados en oro y en plata y anotemos que algunos sostenían que Ortega le mostró las bondades del toro a Talavante cuando le hizo el quite. Yo no soy de esa opinión.
Tristán Barroso confirmó con el primer toro de la Feria, Ventoso, número 224, colorado ojo de perdiz, al que endiñó una larguísima faena en la que se movía con una especie de solemnidad que recordaba a la manera de andar de los flamencos en Doñana. Es de esos toreros que le gusta tirar las herramientas -en eso se parece a su padrino de confirmación- y a la primera de cambio se deshace de la espada y luego tira la muleta y tal, no se sabe con qué finalidad. En su segundo estuvo menos «aflamencado» y fue prendido por el toro cuando se quería incorporar tras el saludo de rodillas. Tras el susto dio una impresión menos esteticista que en su primero, sin acabar de explicar sus verdades o de ofrecer un retrato de cierta coherencia de sus dotes como torero.
Mathieu Guillón recogió una fortísima ovación por sus pares al sexto.
Lo cierto es que la Feria ya comienza a pesar.
Un caballero presidente y una dama veterinaria decretaron darle al pasatista Ganador las honras fúnebres que se le negaron al inolvidable Bastonito
Rosquillas del Santo
ANDREW MOORE
Salida M30
FIN



















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