Nadie, quizá ni el mismo Morante, sabía qué después de la vuelta al ruedo, pausada y clamorosa, desbordante de emoción y afecto sincero, el torero se trasladaría al centro del ruedo y con la cabeza embotada y los ojos vidriosos se desprendería de la coleta en señal de un adiós que dejó a toda la plaza enmudecida y desorientada.
Morante se retiró a las tablas llorando, y lloraron muchos, incapaces de digerir en ese instante una separación tan impactante.
Y la fiesta de los toros quedó presa de una incógnita ante el movimiento sísmico que significaba la retirada del torero más importante del momento, de un artista sin par, de un genio, se dice y será verdad, y humano también, incapaz de soportar la presión de sí mismo, de su enfermedad mental y del esfuerzo que debe suponer vestir cada tarde el traje de luces.
Pero murió Joselito el Gallo y la tauromaquia siguió adelante. Seguiría sin Morante también, aunque su ausencia creara un dolor de cabeza a los empresarios.
Pero las lágrimas, sinceras sin duda, portaban más agua que conmoción; las del torero, al menos. Pronto se rehízo el ánimo de Morante (“No sé hacer otra cosa”, confesó en una reunión de amigos) y bastaron dos visitas del empresario de Sevilla para cambiar de opinión, devolver la coleta a su sitio y anunciarse con todos los honores en la Feria de Abril.
Y Sevilla, que es como es, lo recibió con los brazos abiertos, con el cariño desmedido que solo saben expresar los sevillanos. Pelillos a la mar… Morante es nuestro…
“Pero Madrid merece un respeto, y diga lo que me diga Rafael [García Garrido, empresario de Las Ventas], este año no debo volver a esa plaza”, reveló el torero en esa misma cita.
Pero o los empresarios taurinos son especialistas en el arte de la persuasión, o Morante es de ánimo frágil. Se desconocen, no se sabrá nunca, cuántos ceros tendrán las razones de Garrido, pero sí que son suficientes para que Morante se seque las lágrimas y vuelva a pisar el ruedo venteño como si nada hubiera pasado.
Pero sí ha pasado. Claro que sí. El artista jugó con los sentimientos de sus admiradores, no tuvo en cuenta el alcance de su decisión, y, ahora, al cabo de un año, vuelve con una sonrisa, y esperará, seguro, ser recibido entre vítores.
Y así será —ojalá que así sea—, porque Morante es necesario, es la sal de la fiesta, el único ingrediente por el que es posible olvidar desengaños.
Sin duda alguna, las lágrimas de Morante, aquellas lágrimas del año pasado, eclipsan el sentimiento de rabia que produce el engaño.
Esa es la suerte de los genios, que vienen y van, decepcionan y son recibidos como el hijo pródigo, y se pueden permitir veleidades que a los demás nadie perdonaría.
Morante vuelve el 12 de octubre a Las Ventas erigido en el protagonista de la Feria de Otoño. Atrás quedan su despedida de los ruedos, sus lágrimas y las nuestras.
Que sea para bien; es lo único que nos queda.
Pero ojalá reciba su merecido: que nadie más que él derrame lágrimas la próxima vez que se retire. Porque las lágrimas se marchitan, pero no se olvidan.

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