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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 12 de agosto de 2026

EL HOMBRE QUE YA HABÍA MUERTO UNA VEZ / El terror de ETA


ETA trató de matar a Demetrio Lesmes por primera vez el 15 de julio de 1975.  Tres etarras esperaban al guardia jurado, de 55 años, en una rotonda de Hernani dentro de un coche robado.

Hernani (Guipúzcoa). 8 de agosto de 1975

EL HOMBRE QUE YA HABÍA MUERTO UNA VEZ

Hay personas a las que la muerte visita dos veces.
La primera no dispara.
Solo se sienta a su lado.
Les susurra al oído que llegará cualquier día.
Y desde ese instante dejan de vivir con tranquilidad para empezar a sobrevivir.

Demetrio Lesmes Martín llevaba semanas conviviendo con esa sombra.

Tenía cincuenta y cinco años. Había nacido en Sotoserrano, un pequeño pueblo salmantino, pero llevaba casi tres décadas construyendo su vida en Guipúzcoa. 

Desde 1946 trabajaba en Aceros y Fundiciones del Norte, de la empresa Orbegozo. Era guarda jurado, un empleo discreto que desempeñaba con la seriedad de quien entendía el trabajo como una obligación y no como una bandera política.

En casa lo esperaban su mujer y sus tres hijas.

Ellas nunca llegaron a comprender por qué alguien podía querer matar a un hombre como su padre.

Ni él mismo lo entendía.

Pero sabía que ocurriría.

Porque el miedo tiene una forma extraña de anunciarse.

No siempre llega de golpe.

A veces va dejando señales.

Amenazas anónimas.

Miradas demasiado largas.

Silencios incómodos.

Nombres que desaparecen.

Demetrio denunciaba las amenazas ante la Guardia Civil, aunque en el fondo sabía que aquellas denuncias difícilmente detendrían a quienes ya habían pronunciado su sentencia.

Cuando ETA asesinó al conductor de autobuses Carlos Arguimberri y, poco después, al taxista Francisco Expósito, comentó con sus compañeros una frase que heló el ambiente de la fábrica.

—Esos se van acercando.

No hablaba por intuición.

Hablaba porque conocía la lógica del terror.

Sabía que la lista avanzaba.

Y presentía que su nombre estaba escrito en ella.

El 15 de julio de 1975 la muerte llamó por primera vez.

Aquella noche se dirigía en coche a la fábrica para incorporarse al turno de las diez cuando un vehículo comenzó a seguirlo.

Al llegar a la entrada de Orbegozo, desde las ventanillas surgieron los destellos de una pistola y una metralleta.

Los disparos desgarraron la oscuridad.

Demetrio reaccionó por puro instinto.

Se lanzó al suelo.

Las balas atravesaron el aire donde un segundo antes estaba su cuerpo.

Sobrevivió.

Milagrosamente.

Muchos le dijeron que había vuelto a nacer.

Él nunca compartió aquella alegría.

Porque comprendió algo terrible.

No habían fallado.

Solo lo habían aplazado.

Los mismos hombres regresarían.

Y no dejarían escapar una segunda oportunidad.

Veinticuatro días después, el 8 de agosto, el reloj marcaba poco después de las dos y veinticinco de la tarde.

El calor del verano envolvía las calles del barrio de La Florida, en Hernani.

Demetrio regresaba andando del trabajo.

Había terminado su jornada.

Su casa estaba apenas a doscientos metros.

Dos minutos más.

Quizá menos.

La distancia que separa la rutina de la tragedia puede medirse en unos pocos pasos.

Dos individuos caminaron hacia él.

Lo saludaron.

Intercambiaron unas palabras.

Nadie sabe cuáles fueron.

Tal vez no importaban.

Porque aquellas frases solo servían para detenerlo el tiempo suficiente.

Uno de ellos sacó una pistola.

Tres disparos.

Demetrio cayó al suelo gravemente herido.

Entonces intervino el segundo.

Extrajo una metralleta.

Y descargó sobre el hombre tendido una lluvia de fuego.

Una ejecución.

No un atentado.
No buscaban asegurarse.

Buscaban destruir.

Los disparos resonaron por todo el barrio.

Varios compañeros de la fábrica corrieron hacia el lugar.

Todavía respiraba.

Entre varios lo levantaron con desesperación y detuvieron un coche para llevarlo al ambulatorio de Hernani.

Cuando llegaron descubrieron que estaba cerrado.

Aquel edificio, que debía representar la esperanza, era una puerta clausurada.

Sin perder un segundo emprendieron camino hacia la Residencia Nuestra Señora de Aránzazu, en San Sebastián.
Fue inútil.

Demetrio ingresó cadáver.

Mientras tanto, los asesinos escapaban en un Morris robado semanas antes en San Sebastián, donde un tercer miembro del comando los esperaba con el motor en marcha.

La maquinaria del crimen funcionaba con precisión.

La del auxilio dependía del azar.

Su asesinato no fue improvisado.

Fue la culminación de una persecución cuidadosamente preparada.

Habían fracasado una vez.

Volvieron para terminar el trabajo.

Así actuaba ETA.

No olvidaba.

No renunciaba.

Esperaba.

Y regresaba.

Demetrio nunca dejó de pensar que lo matarían.

Su tragedia no comenzó el día de los disparos.

Comenzó mucho antes, cuando comprendió que alguien había decidido convertir su vida en un plazo de ejecución.

Es difícil imaginar un castigo más cruel.

No solo le arrebataron la existencia.

Le robaron las últimas semanas de paz.

Cada vez que salía de casa miraba alrededor.

Cada coche que reducía la velocidad podía esconder a sus verdugos.

Cada ruido inesperado aceleraba el corazón.

Vivía condenado por una sentencia que nadie había dictado en un tribunal.

Solo una organización que se creía dueña de la vida ajena podía decidir quién merecía morir.

Al día siguiente, Hernani despidió a Demetrio en la parroquia de San José Obrero.

Su esposa caminó detrás del féretro sostenida por sus hijas, tres jóvenes de veinticinco, veinte y dieciocho años que acababan de descubrir que el odio también podía quedarse a vivir dentro de una familia.

Entre los asistentes se encontraba el presidente de la Diputación de Guipúzcoa, Juan María Araluce Villar.

Un año más tarde, el 4 de octubre de 1976, ETA también lo asesinaría.

Era como si la muerte caminara por delante del cortejo, escogiendo ya a sus próximas víctimas.

Porque aquel verano de 1975 el terror no perseguía únicamente a hombres concretos.

Perseguía una idea mucho más ambiciosa.

Que todos comprendieran que cualquiera podía ser el siguiente.

Y cuando una sociedad empieza a vivir esperando el próximo asesinato, los asesinos ya han conseguido una parte de su victoria.

Demetrio Lesmes lo supo antes que nadie.

Por eso, cuando dijo a sus compañeros «pronto vendrán a por mí», no estaba haciendo una predicción.

Estaba leyendo la sentencia que otros habían escrito mucho antes.

Y, desgraciadamente, no se equivocó.


DOCUMENTAL "BAJADA DE BANDERA,
 la historia de los taxistas asesinados por ETA"

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