
'..Cuando Zamarreño pasa junto a la scooter, accionan el artefacto a distancia. La calle estalla
La explosión alcanza de lleno a Manuel. Muere prácticamente en el acto..'
Rentería (Guipúzcoa). 25 de junio de 1998
En el Ayuntamiento de Rentería había una silla vacía
No por una dimisión.
Su propietario, José Luis Caso, había sido asesinado por ETA en diciembre de 1997.
Alguien debía ocuparla.
Ese hombre fue Manuel Francisco Zamarreño Villoria.
Tenía 42 años, estaba casado con Marisol Fernández, era padre de cuatro hijos, calderero de profesión y se encontraba en paro. Apenas llevaba un mes como concejal del Partido Popular.
La mañana del 25 de junio de 1998, poco después de las once, Manuel salió de casa para hacer algo tan cotidiano que cuesta relacionarlo con la muerte: comprar el pan.
Lo acompañaba su escolta, el ertzaina Juan María Quintana Salvoarregui, que caminaba unos cinco metros detrás.
En la calle Basanoaga había una motocicleta tipo scooter estacionada junto a la acera.
Parecía una moto cualquiera.
No lo era.
ETA había colocado en ella tres kilos de amonal.
Desde una zona cercana, los terroristas esperaban.
Imagine la escena.
Una panadería próxima.
Manuel caminando.
Su escolta detrás.
Una moto inmóvil.
Y en algún lugar, alguien observando cómo disminuye la distancia.
Cuando Zamarreño pasa junto a la scooter, accionan el artefacto a distancia.
¡La calle estalla!
La explosión alcanza de lleno a Manuel. Muere prácticamente en el acto.
Su escolta recibe numerosos impactos de metralla y un fuerte traumatismo en el ojo derecho, pero sobrevive.
Dos vecinas y amigas de Zamarreño, testigos del atentado, tienen que ser atendidas por crisis nerviosas.
El cuerpo de Manuel queda sobre el suelo cubierto por una manta durante unas dos horas y media, hasta que el juez ordena su levantamiento.
El hombre que había salido a comprar el pan nunca llegará a la panadería.
Pero aquella bomba había comenzado a construirse mucho antes de que alguien introdujera el explosivo en una motocicleta.
Primero fue el miedo.
Después las amenazas.
En diciembre habían incendiado el coche de Manuel.
El 23 de abril, varias pintadas aparecieron en Rentería. Junto a los apellidos de Trimiño y Zamarreño podía leerse:
«MUERTO».
Las siglas del PP aparecían dentro de una diana.
Manuel sabía además que ocupaba el puesto de un hombre asesinado.
Tras la muerte de José Luis Caso había acusado públicamente a los concejales de Herri Batasuna de haber proporcionado información a ETA para localizarlo. HB respondió presentando una querella contra él por injurias.
Y Manuel continuó siendo concejal.
Hasta aquella mañana.
Al día siguiente fue enterrado en el cementerio donostiarra de Alza, en la intimidad solicitada por su familia. Miles de ciudadanos participaron en concentraciones de repulsa por toda España.
Detrás quedaban Marisol y cuatro hijos.
Y otra silla vacía.
Eso convertía el asesinato en algo todavía más siniestro.
ETA había matado a José Luis Caso.
Manuel se atrevió a sustituirlo.
ETA mató también al sustituto.
El mensaje del terror era sencillo: que nadie quisiera ocupar el lugar del siguiente muerto.
El asesinato de Manuel Zamarreño continúa sin una condena individual por su autoría.
Alguien preparó aquella moto.
Alguien colocó el amonal.
Alguien vigiló.
Y alguien esperó hasta verlo suficientemente cerca para accionar el mecanismo.
Quizá por eso la imagen que permanece no sea la explosión, sino los segundos anteriores.
Manuel sale de casa.
Su escolta camina detrás.
La panadería está cerca.
En la acera espera una scooter.
Una moto cualquiera.
Él continúa andando.
Desde algún lugar alguien lo observa.
Unos metros más.
Hasta que llega el momento.
Después, una detonación
Una manta sobre el suelo.
Una viuda.
Cuatro hijos.
Y nuevamente una silla vacía en el Ayuntamiento.
Manuel Zamarreño tenía 42 años.
Había sobrevivido a las amenazas, a las pintadas y al incendio de su coche.
Pero aquel 25 de junio de 1998 no salió de casa para enfrentarse a ETA.
Salió a comprar el pan.
Nunca regresó.
Que no se olvide.
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