Un verano sin eclipse
Paco Delgado
Ha sido el fenómeno no solo de estas últimas semanas: del año. No en vano, un eclipse total de sol no es cosa de todos los días. Más de un siglo hacía que no se producía algo así y con una visibilidad tan perfecta: el 17 de abril de 1912 tuvo efecto el anterior a este del 12 de agosto, cerrando una sucesión que comenzó en 1900 y se repitió en 1905. Y hasta ahora.
Aunque no se pudieron ver ni con tanta precisión ni desde tantos sitios a la vez como en esta ocasión. Hasta en la plaza de toros de Huesca, en plena corrida de su feria de La Albahaca, los espectadores que llenaron sus tendidos fueron conscientes del oscurecimiento anormal debido al alineamiento del Sol, la Luna y la Tierra.
Y como ellos miles de personas —entre los que hay que destacar a nuestro bienamado presidente del desgobierno, que interrumpió sus justas y muy merecidamente ganadas vacaciones, desplazándose desde su modesta residencia veraniega en Tenerife hasta la provincia de Guadalajara, 2.000 kilómetros de nada a bordo de una aeronave que con tanto gusto también le financiamos entre todos—, llegadas de todos los confines del universo mundo para presenciar este acontecimiento astronómico mediante el cual el astro rey, por una vez, vio cómo su poder menguaba aunque solo fuese por unos segundos.
Pero ni eso cede en el planeta taurino quien ahora mismo hace que todo en él gire y gravite en torno suyo. Morante de la Puebla sigue siendo, una temporada más, amo y señor del toreo sin que se atisbe ni conjunción astral ni nubarrón que pueda hacer palidecer su esplendor en la arena.
La transformación que se obró tras la pandemia, mediante la cual mutó de artista puro y duro —el ser declarado sucesor plenipotenciario de Curro Romero le permitió funcionar sin agobios ni compromiso durante mucho tiempo— a diestro concienciado, responsable y, sobre todo, capaz, dándolo todo cada tarde, fuese su oponente propicio o acorde a su anterior registro o exigiese tirar de valor, responsabilidad y ciencia lidiadora, dejando ver un torero de múltiples facetas y personalidad tan exultante como brillante y, desde luego, genial.
Pareció, a mitad de curso, que aflojaba un poco y dejaba que la imaginación y sugestión del personal añadiese extras y pluses a su quehacer, pero tras lo visto en sus últimas actuaciones, sigue siendo el auténtico número uno y sobre el que se apoya la maquinaria que mueve el tinglado.
Roca Rey, todo valor, entrega y disposición sin cuento, aporta la emoción física y el tirón popular. Pese a sus ya muchos años como matador y el lógico desgaste, es el complemento ideal, aunque en muchos sitios sea complicado verles juntos y a la vez.
Llega embalado casi a su altura David de Miranda, que a su natural valentía, arrojo y coraje añade un puñado de poso que ha quedado patente en sus exhibiciones en Huelva y El Puerto, por ejemplo, en tanto que Daniel Luque, que siempre deja ver capacidad y buen toreo, sigue sin fuerza en las taquillas.
Samuel Navalón, despacio pero sin pausa, sigue acumulando méritos a su natural valía, y Aarón Palacio, otro de los que vuelve a evidenciar sus ganas y prendas aunque no sea de los que se vean protegidos por el sistema, deben ir, más pronto que tarde, copando protagonismo y subiendo peldaños en esta escalera al cielo en la que muchos otros diestros parecen muy acomodados y a expensas de la inspiración puntual.
Algunos, ya en franco declive, apuran sus días de gloria mientras sus apoderados gestionen plazas y poder y recojan comisiones; otros se conforman con mantener un estatus que les permita disfrutar sin agobios ni exigencias de una posición tibia y confortable, a resguardo de tormentas y turbulencias.
Desde luego, este verano tampoco habrá eclipse bajo el signo de Tauro.

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