
'..En el PP lo tienen muy claro: el enemigo de su partido no es el PSOE, sino VOX. Por eso su estrategia es desactivarlo paulatinamente mediante pactos. La idea les repugna, pero a la fuerza ahorcan, sobre todo ante la emergencia de acabar con la pesadilla de Pedro Sánchez y sus secuaces en la Moncloa..'
Derecha avergonzada
Jesús Laínz
José Manuel Ortí Bordás, uno de los últimos testigos directos de la Transición, ha aportado en sus memorias información de excepcional valor para conocer los entresijos de aquella época fundacional del régimen que seguimos disfrutando —léase este gerundio con seriedad o ironía, según el gusto de cada cual— medio siglo después.
Colaborador en primera línea de Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez, muestra con sus datos el nefasto papel protagonizado por aquel presidente de ignorancia enciclopédica que, de la mano del flamante rey Juan Carlos, cayó como una maldición sobre España en el momento más delicado.
Tras la aprobación masiva de la Ley para la Reforma Política en diciembre de 1976 (95% de síes frente a 2,6% de noes), el gobieno centrista vencedor en las elecciones de 1977 se dedicó a atacar a la derecha representada por Alianza Popular, que tanto había colaborado en el proceso pacífico hacia el nuevo régimen, y a mimar a las izquierdas y los separatistas, que tanto habían hecho para que fracasara. Como recuerda Ortí, Suárez y los suyos hicieron una elección equivocada de adversarios para conseguir que se les perdonara su pecado original de provenir del sector reformador del franquismo:
«El resultado electoral [de 1977] permitía a Suárez formar una sólida mayoría parlamentaria, uniéndose con los afines, es decir con AP, pero, temeroso de que le tacharan de derechas y preso de la dialéctica antifranquista que la propia UCD contribuyó a suscitar, prefirió gobernar en minoría, hacer la política de los adversarios y entrar en una negativa espiral de concesiones a los nacionalismos vasco y catalán».
Y así comenzó la arraigada tradición de marginación de los afines y promoción de los adversarios que ha caracterizado a la llamada derecha liberal desde entonces. Recuérdense los constantes denuestos de los dirigentes del PP contra esa cosa inexistente a la que llaman sanchismo, ansiosos por que, una vez reemplazado Pedro Sánchez, regrese el PSOE bueno, el que a ellos les gusta y al que consideran imprescindible para España. Por el contrario, es bien conocida la profunda hostilidad de Aznar hacia VOX, al que ha definido como sanchismo al revés. Y su sucesor Rajoy propuso hace unos meses una gran coalición entre el PP y el PSOE.
Núñez Feijoo, por su parte, ha declarado con orgullo que votó a Felipe González, con el que comenzó a rodar la gran bola de nieve socialista que ha llegado hasta nuestros días, y que volvería a hacerlo.
En la campaña electoral de hace tres años Núñez Feijoo declaró que «VOX no es un buen socio. Me siento más cercano a Page. Si necesito veinte escaños voy a hablar con el PSOE». También pidió el voto «a los que han votado a Podemos y no quieren que Vox tenga capacidad de decisión». Y en una entrevista a La Vanguardia el 19 de julio de aquel mismo 2023 dijo que «tengo la esperanza de que el PSOE evitará que pactemos con VOX».
Los dirigentes regionales repiten obedientes las consignas de la cúpula. Miguel Tellado, secretario general del PP gallego, invitó en 2019 a sus simpatizantes «a que metáis la mano en el buzón de vuestros vecinos y cojáis los sobres de la bandera de España y los tiréis directamente al cubo de la basura». En Andalucía, Moreno Bonilla opinó en 2023 que «Vox da más miedo al electorado que ERC y Bildu». Y los populares vascos confesaron que sus objetivos en las elecciones autonómicas de 2024 no fue vencer a separatistas y socialistas, sino «acabar con Vox».
Décadas de confluencia entre el PP y el PSOE, tanto en los niveles regionales y nacional como en el europeo, lo demuestran. Los dirigentes populares en la UE, como Esteban González Pons, presumen de su coalición con los socialistas en las instituciones bruselenses, y son incontables los populares que hacen gala de los muchos años de políticas iguales a las del PSOE, y en muchas ocasiones pactadas, en materia de ideología de género, inmersiones lingüísticas, memoria histórica o inmigración. Su enumeración se haría eterna.
En el PP lo tienen muy claro: el enemigo de su partido no es el PSOE, sino VOX. Por eso su estrategia es desactivarlo paulatinamente mediante pactos. La idea les repugna, pero a la fuerza ahorcan, sobre todo ante la emergencia de acabar con la pesadilla de Pedro Sánchez y sus secuaces en la Moncloa.
Ahora parece que las aristas se liman y que ambos partidos de eso que se llama, con bastante inexactitud, derecha se muerden la lengua ante la necesidad de llegar a un acuerdo para el relevo gubernamental, y la verdad es que resulta difícil reprocharles en estos días su sensatez y —seamos buenos por un instante— patriotismo.
Pero no se trata de una rectificación por parte del PP de una tendencia sólidamente arraigada desde los años de Adolfo Suárez. El motivo es que están viendo cortar las barbas de sus equivalentes europeos, tan causantes como la izquierda de los gravísimos problemas con los que se enfrenta todo el continente y tan ineficaces como ella para hacerles frente. Por eso han puesto las suyas a remojar fingiendo sintonía con VOX.
Nicolas Sarkozy acaba de señalarles el camino recomendando a su partido, Los Republicanos, que se alíen con el de Marine Le Pen en su carrera hacia el Elíseo. El abrazo del oso una vez más, pero cuando las calles arden hay que tragarse sapos para sobrevivir.
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