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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 2 de noviembre de 2026

Antonio Vázquez, una vida detrás del toreo / por Sergio Hueso


Antonio Vázquez, una vida detrás del toreo / Foto : Mélanie Huertas

'..El toreo pierde a un gran profesional. Curro, a su compañero de toda una vida. Fran, a su padre y maestro. Y quienes tuvieron la fortuna de conocerlo, a un hombre al que recordarán por algo que está por encima de cualquier trayectoria: su calidad humana..'

POR MONTERA
Antonio Vázquez, una vida detrás del toreo

Por Sergio Hueso 
Hay personas que pasan por la vida sin necesidad de hacer ruido y, sin embargo, cuando se marchan, dejan un silencio difícil de explicar. Personas cuya importancia no está en el lugar que ocupan, sino en todo lo que hacen por quienes tienen a su alrededor. Antonio Vázquez era una de ellas.

El destino ha querido arrebatarnos a uno de esos hombres que entendían el toreo desde la discreción, la sensibilidad y el conocimiento. Antonio perdió la vida en la tragedia ferroviaria de Urda cuando viajaba hacia Andalucía para hacer lo que llevaba haciendo prácticamente toda su vida: buscar toros. Una profesión que había terminado convirtiéndose en su particular manera de entender el mundo.

Nacido en Linares, soñó también con ser torero. Llegó a vestir el traje de luces, pero la vida le reservaba otro lugar. No delante del toro, sino cerca de él. En el campo, donde aprendió a mirar mucho más allá de las hechuras de un animal y donde terminó convirtiéndose en uno de los veedores más respetados de la profesión.

Pero hablar de Antonio es hablar inevitablemente de Curro Vázquez. Su hermano. Su torero. Su compañero de vida. Estuvo a su lado en los momentos difíciles y en las tardes de gloria, sin reclamar nunca un protagonismo que no necesitaba. Y quizá pocas imágenes expliquen mejor aquella unión que la del 5 de octubre de 2002, cuando fue Antonio quien cortó la coleta a Curro en Vistalegre. Toda una vida compartida resumida en un gesto.

Después llegó otra etapa, igualmente hermosa. La de compartir la profesión con su hijo Fran y acompañar a Pablo Aguado, un torero en cuya sensibilidad encontró una forma de entender el toreo muy próxima a la suya. De alguna manera, Antonio había conseguido que aquello que más quería siguiera teniendo continuidad.

Y entonces llegó Urda. Dos días de incertidumbre, de hospitales, de llamadas y de una esperanza que por momentos pareció hacerse realidad. Su familia llegó a creer que había sido encontrado con vida. Pero aquella noticia resultó equivocada y la espera terminó el viernes con la confirmación de su fallecimiento. Cuesta encontrar palabras para describir semejante sufrimiento.

Ahora resulta inevitable pensar en Curro sin Antonio. En Fran afrontando la vida y la profesión sin su padre. En Pablo Aguado mirando hacia el burladero y echando en falta a quien llevaba tantos años acompañándole. Y también en el campo.

Porque habrá toros que Antonio ya no verá, viajes que no volverá a emprender y conversaciones que se quedarán pendientes. Seguirá habiendo tentaderos, ganaderos y nuevas ilusiones, pero faltará una mirada que durante décadas supo encontrar en un animal aquello que otros todavía no habían descubierto.

A veces olvidamos que el toreo también lo construyen quienes no pisan el ruedo vestidos de luces. Los que recorren las dehesas, los que esperan detrás de las tablas y los que hacen suya la felicidad de otro. Antonio pertenecía a esa clase de hombres.

El toreo pierde a un gran profesional. Curro, a su compañero de toda una vida. Fran, a su padre y maestro. Y quienes tuvieron la fortuna de conocerlo, a un hombre al que recordarán por algo que está por encima de cualquier trayectoria: su calidad humana.

Antonio dedicó su vida a buscar el toro que pudiera hacer feliz a un torero. Ojalá la vida le hubiera permitido seguir.

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