'..La búsqueda de la bravura se abordó sistemáticamente con la creación de la corrida moderna, la lidia a pie. Y el ganadero encontró en el torero su más fiel y sagaz colaborador..'
¿Quién quiere matar al toro bravo?
El toro de lidia es fruto de un pacto entre la naturaleza y la cultura. Una puso la agresividad innata del toro que se negó a la domesticación y la otra perfeccionó dicha agresividad.
¿Cómo se hizo? Cruzando machos y hembras con caracteres dominantes de celo, entrega, continuidad y perseverancia en el ataque. Se dice fácil, pero aquellos pioneros de la bravura se anticiparon intuitivamente a las leyes genéticas de la herencia descubiertas por la ciencia, con Gregor Mendel, un siglo y pico más tarde.
La búsqueda de la bravura se abordó sistemáticamente con la creación de la corrida moderna, la lidia a pie. Y el ganadero encontró en el torero su más fiel y sagaz colaborador. A medida que este ordenó la lidia para poner la acometividad al servicio del toreo, aquel creó una lidia campera, el tentadero, al servicio de la bravura. Y nunca se ha sabido si el toreo hizo evolucionar la bravura o si la bravura hizo evolucionar el toreo.
Así se logró, en su sentido más darwiniano, la última fase de la evolución del toro ibérico renuente a la domesticidad. La primera fase, o fases, de su evolución empezó muchos siglos antes, cuando los primeros pobladores de esta península con forma de piel de toro lo usaron para sus juegos sagrados y fiestas lúdicas.
Sin duda, el combate, como factor medioambiental, y la pervivencia durante siglos de los hábitats del toro, inaccesibles para el hombre debido a la encrespada orografía de la península, son las únicas contingencias permanentes que pueden explicar por qué el toro de lidia es un bovino orgánicamente distinto y superior al resto de la especie bovina. Pero, ¿en qué se diferencia el toro bravo del resto de los bovinos?
Simplemente, el toro de lidia es un toro hecho para el combate. Su mayor córtex cerebral le depara más soltura, recursos y reacciones para su ataque; su menor amígdala cerebral es común a la de los individuos más agresivos de cualquier especie mamífera; su doble circulación coronaria, única entre los bovinos, lo salva del infarto en la lucha.
Pero la diferencia más determinante del toro bravo, la que hace posible su lidia, es su potente y extraordinario sistema neuroendocrino, el cual se activa en cuanto un hierro se clava en su piel, no en su carne. Varios neurotransmisores actúan instantáneamente en el lugar agredido, neutralizan el dolor con un poder anestésico 200 veces superior al de la morfina, estimulan su agresividad y lo centran de tal modo en la lidia que los útiles primariamente llamados de castigo, en realidad, son útiles paliativos.
Cuando el toro llega a la suerte suprema, su nivel de estrés es inferior al que tenía de salida y mucho más inferior al del toro sacrificado en matadero.
Por supuesto, la singularidad orgánica del toro bravo explica su carácter proclive a la lidia. Pero no despeja el misterio de su agresividad especialmente hacia el hombre —con miembros de otras especies suele ser más tolerante—. El hombre comprueba que, al caminar por el campo en el territorio del toro, este se traza un círculo imaginario, un ruedo mental, que si el hombre traspasa, le ataca.
Entonces, el hombre se dice: “El toro es un animal territorial”, pero no sabe, y nunca sabrá por qué. En la plaza, el hombre arquitecto reproduce el ruedo imaginario que el toro dibuja en su mente. Más allá no puede llegar.
De ahí el misterio que acompaña al toro como enigma indescifrable, al ganadero como alquimista de su bravura, al torero como demiurgo que transforma su violencia en un armónico arte, y al público de los toros que, transmutado en coro taurino, juzga y sentencia su lidia sin equivocarse jamás.
Prohibir las corridas de toros no solo depararía el cierre de 500.000 hectáreas de alto valor ecológico, la paulatina demolición de más de mil plazas de toros y la repulsa y reacción de millones de españoles, sino también la extinción de un bovino del que el doctor Cañón, genetista de prestigio internacional, dijo: “En el supuesto hipotético de que se extinguieran todas las razas bovinas, con la del toro de lidia se podría reconstruir. Pero ni con todas ellas se podría reconstruir la raza de lidia”.
Cinco diputados han vuelto a iniciar, con su reincidente ILP, el camino que puede extinguir al toro bravo ibérico, el bovino más puro, el de mayor similitud genética con el uro primordial, el de mayor variabilidad de toda la especie.
Un refrán dice que “el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”. Falso. Esas piedras siempre las ha colocado la estupidez.
Próximo artículo: El Toreo, un arte contra la violencia. Y la muerte incruenta del toro en el ruedo.
