la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 3 de agosto de 2026

RESURRECCIÓN DE ANTOÑETE / por Carlos Horacio Reyes Ibarra "Alcalino"

En México estamos conscientes de que nuestra tauromaquia agoniza. Pero está en el ADN de nuestra afición esa rebeldía última del que no se resigna y lucha hasta el final.

El autor de esta columna abraza decididamente la convocatoria lanzada por el distinguido escritor y crítico taurino Leonardo Páez a “aficionados y peñas pensantes: a) ¿Qué ocurrió con la tradición taurina de México?, y b) ¿Qué se puede hacer con lo que queda de ésta? Las respuestas-propuestas, con extensión máxima de dos cuartillas a doble espacio, pueden enviarse a fiestaenpaz@gmail.com para su publicación.”

Este columnista –es decir, el tal Alcalino—anima a sus lectoras-lectores a pronunciarse al respecto. La mirada desde fuera de nuestro país es tan importante e ilustrativa como la de quienes vivimos la situación desde dentro. No podemos renunciar a nuestra capacidad de análisis, suma de inteligencia y sensibilidad taurinas.

Pongo también a su disposición  mi dirección electrónica para la recepción de textos alusivos, en la seguridad de que serán remitidos de inmediato al colega convocante.

Gracias anticipadas.  

 RESURRECCIÓN DE ANTOÑETE

La historia de Antoñete es de las que embellecen el siglo de oro del toreo. Lo embellecen y lo humanizan, porque le quitan al arte lo que suele tener de logro ostentoso y vanidosa conquista. Desde la sencillez del hombre y la grandeza de su obra. Sin el glamour de lo pretencioso ni la fatuidad del que lo ha conseguido todo y exhibe su arrogancia con aires supremacistas. Porque este tipo, esta actitud ante la vida, está en las antípodas de Antoñete, con su humildad congénita, su halo de seductor y su solapado pero irrenunciable antifranquismo. Lo cual no lo define como torero pero sí obstaculizó notablemente su carrera, mientras contaminaban sus pulmones cantidades industriales de nicotina. 

El año 65 marcó el punto de mayor euforia del cordobesismo pero fue también el de la reaparición de Antonio Ordóñez y, desde su atalaya, de la restauración de lo clásico. Ellos dos, el ortodoxo magistral y el heterodoxo extremo, acapararon la temporada, a despecho de las figuras restantes, que no eran pocas ni cedían en méritos ante Ordóñez y Benítez que, sin embargo, y aún sin coincidir en ningún cartel, se hicieron los amos de la taquilla. Estuvo San Isidro para verificarlo, aunque El Viti abriera dos veces la puerta grande –una con miuras—en tanto Camino, el eterno triunfador, completaba una de sus isidradas más discretas. 

Concluida la feria, se esperaban con interés las corridas dominicales del verano, que en ese entonces aún concitaban expectativas. Despuntaba el mes de agosto y, en los corrales de Las Ventas, una señora corrida de toros, con el hierro de Félix Cameno, esperaba en pie de guerra a los guapos que quisieran salirle al encuentro. Sin inquietar a Livinio Stuyk que, como viejo lobo, sabía que nunca faltan modestos dispuestos a dejarse anunciar a cambio de casi nada. Por lo pronto dos, un mexicano y un español, con más apremios que contratos. Uno, el hidrocálido Jesús Delgadillo “El Estudiante”, apenas había toreado desde su alternativa en Barcelona (06.09.64), ese bastión mexicanista de siempre; al otro, el albaceteño Pepe Osuna, una alternativa express en Tijuana (10.06.62) no consiguió sacarlo del anonimato.

Unos días antes del 8 de agosto, Osuna –más pequeñito aún que Eloy Cavazos-- coincidió con Antoñete en el patio de cuadrillas de un pueblo de Valladolid donde toreaban un festival, y aprovechó para enterar a Chenel de que sería él su padrino de confirmación en Las Ventas. El veterano se debatía entre la duda de torear esa corrida o hacerse banderillero, tan apremiante era su coyuntura de recién divorciado, moral y económicamente arruinado y sin ningún contrato desde el año anterior a ese caluroso verano en que la soledad y el abandono lo estaban carcomiendo por dentro.  

Cuando Chenel le expuso a su cuñado Paco Parejo lo desesperado de su situación y la decisión de pasarse a las filas subalternas como medio para ganarse la vida, Parejo, que era el guardaplaza de Las Ventas, más que intentar disuadirlo con palabras lo invitó a contemplar el muy serio encierro de Cameno encerrado en una de las corraletas del coso, al tiempo que le ofrecía, como última carta a jugar, su intercesión ante la empresa para que lo anunciara con esos toros, previstos para lidiarse en uno de los primeros domingos de  agosto.

La corrida. Felices tiempos aquellos en que el graderío de Las Ventas podía llenarse fuera de San Isidro, según denotan los veinte mil espectadores de que dan cuenta las crónicas del festejo. Poco se sabía de la divisa anunciada, pero no de la leña que portaba el voluminoso encierro de Félix Cameno. Además, sobraban aficionados de solera para quienes Antoñete seguía siendo una secreta ilusión. Por otra parte, en el expediente madrileño de El Estudiante constaban buenas notas de su etapa novilleril, y solo Pepe Osuna era una incógnita total.

El caso es que el albaceteño cayó de pie. Su primer toro, prófugo en varas y casi sin picar fue penalizado con banderillas negras, pero Osuna no se arredró por ello, y como el veleto resulta que llegó noblón a la muleta, consiguió una faena interesante, en la línea del denuedo y la valentía que, bien rematada con la espada, valió para una aplaudida vuelta al ruedo. Misma que se repetiría a la muerte del quinto, al que Pepe asimismo se arrimó con igual decisión y frescura. 

Oreja al mexicano. Jesús Delgadillo -anunciado en España con el apellido “Delgado”, quizá para eludir el aplicado allá a Harold Lloyd, legendario cómico del cine mudo--, recibió al tercero, “Italiano”, con dos largas de rodillas, lo veroniqueó sin probaturas y le hizo un ovacionado quite por chicuelinas antiguas –confundidas con la vieja “navarra” por la crítica hispana. El de Cameno respondía con clase y el hidrocálido, que inició la faena sentado en el estribo, fue redondeando un muleteo a más, cuya fase más distinguida surgió cuando ligó un par de templadas tandas izquierdistas. Y como lo estoqueó por todo lo alto, la petición de oreja fue unánime y Jesús paseó el apéndice auricular entre ovaciones.

Aplomado y medio cojo el cierraplaza, el de Aguascalientes optó por una plausible brevedad.

Chenel obra un milagro. El de su resurrección como artista clásico del toreo, nada menos. Quien llevaba más de un año sin torear, y no menos de cinco sin alcanzar siquiera diez corridas, dio una lección magistral de torería eterna, convirtió al antoñetismo a la plaza entera y le abrió una etapa rutilante –aunque breve—a su tambaleante trayectoria. 

Pero mejor dejemos que dos de los más calificados cronistas presentes en Las Ventas aquel 8 de agosto de 1965 nos hablen del suceso.

K-Hito. “No miento. No fui yo sólo el que lo vio sino veinte mil espectadores más, que también desparramaban la vista por las regiones etéreas. Duró poco el fenómeno, que los sabios explicarán mejor (…) Pero, amigo, una hora después, de nuevo el objeto incontrolado. Otra vez las ráfagas luminosas, ahora más continuadas, más sostenidas, hasta deslumbrarnos a todos. 

--Es un platillo volante—sugerí quedamente (…) –Lo tripulan seres de otro planeta—respondió el de al lado (…) –No—dijo el de más allá –es Antoñete—

Antonio Chenel “Antoñete” que, en efecto, aparece cuando nadie lo espera; desaparece un instante después y échele usted un galgo. Hasta el año que viene; hasta dentro de dos años… (…) Sí, era Antoñete con su mechón blanco a la federica. Era ese gran torero. Y estábamos, por más señas, en la plaza de toros de Madrid. Antoñete que, como el comendador, se filtra por las paredes cuando le viene en gana. Que aparece por el ruedo de higos a brevas y que nadie sabe dónde se entrena, porque está puesto. Como si toreara tanto como quien ustedes saben. ¿De dónde, si no, iban a salir las estupendas verónicas de su primer toro? ¿De dónde, si no, iba a improvisar aquellos pases de tanta categoría y solera? Se le fue la mano al matar y el sable quedó atravesado. Perdió la oreja pero dio vuelta a la periferia.

Si aquello llamó la atención, ¿qué decirles a ustedes cuando en el cuarto toro volvió con sus bengalitas deslumbrantes? Entonces abrió el arcón donde guarda su clasicismo entre manzanas para que huela mejor, y nos dejó estupefactos (…) En verdad no era un platillo sino un plato fuerte. Una paella, un pote gallego, una fabada asturiana (…) 

Faenaza rebosante de maestría. ¡Está como nunca! Diga usted que sí. Los que gustan rebañar de los mejores guisos la gozaron. Y de postre, una gran estocada. Dos orejas por aclamación. Antoñete se las guardó debajo del chaleco, entre la camisa de buñones, y da orden de que al toro le corten también la cabeza.

Cuatro instantáneas de toreo grande a cargo de ANTOÑETE (media verónica, hondo derechazo, templado natural y volapié neto)

La última llamarada y adiós, gracias. Nos quedamos con la boca abierta.” (Molés, Manuel. Antoñete, el Maestro. Edit. El País-Aguilar. Madrid, 1996. pp 108-109. Reproducción de la crónica de Ricardo García “K-Hito” publicada en Dígame el 10 de agosto de 1965)

“Antoñete: ese gran torero” Así encabezó su crónica el autor anónimo del semanario El Ruedo, con una declaración rotunda sobre los alcances de un hombre con ya 12 años de alternativa y muy poca participación en las temporadas de los años 60, cubiertas por un elenco de excelentes intérpretes del viejo arte de Cúchares por encima de los cuales se encaramó la figura controversial de Manuel Benítez “El Cordobés”, esa especie de cuerpo extraño incrustado en el organismo taurino de España y el mundo. A continuación, lo más sustancioso de dicho texto: 

“Mientras los fenómenos hacen su agosto en las ferias de Málaga y San Sebastián, dos toreros modestos y otro olvidado salieron a pechar con una corrida de toros ¡Así como suena! Toros de Félix Cameno que no bajaron de 517 kilos y llegaron a 551 (…) He aquí la tremenda injusticia de la fiesta: toros cómodos para toreros grandes y corridas con toda la barba para muchachos que se visten de luces de guindas a brevas. Honorarios largos para riesgos pequeños y sueldos chicos para peligros grandes…

El domingo en Madrid vimos una gran corrida. Esto no quiere decir que los tres toreros salieron por la puerta grande ni que los toros hayan merecido la vuelta al ruedo. Fue sencillamente que en la plaza estuvo el toro y, entre otros detalles estimables, los cinco primeros murieron de cinco estocadas. Y, sobre todo, que con el toro resucitó Antonio Chenel, cárdeno de olvido, ese clásico peinado a raya de torero antiguo. Resucitó Antoñete con el mismo empaque de siempre y una sobria arrogancia de valiente auténtico (…) La plaza se llenó con el regusto que puso el madrileño sintiendo el toreo (como) la exacta encarnación del valiente con ese primer toro, veleto escobillao (…) el trago de pasar de dos años del butacón familiar y la copa de whisky a la cara del toro, cuando ya se ha dejado atrás lo mejor de la carrera y el brío de la juventud. Pero Antoñete parecía que no había dejado de torear. Suya fue la sabia dirección de lo que podía haber sido una capea. Suyo el capotazo oportuno para poner en suerte al toro que venía suelto del caballo, y suyo el toque imperceptible para dejar seca una arrancada que hacía hilo con un banderillero.

Antoñete toreó con arte a sus dos toros. En el primero dio la vuelta al ruedo porque su torerísima labor estuvo apagada por lo aplomado del toro. Hacía falta ser un torero de cuerpo entero para estar dónde y cómo estuvo Antoñete. Y con el cuarto cuajó la faena de la tarde y de muchas tardes; cada muletazo tuvo armonía, aplomo y suavidad. Toreó lentamente al natural y abrió el compás con la derecha. Aguantó limpia y largamente en los pases de pecho y mató de una soberbia estocada. Dos orejas. Y Antoñete, serio (con esa seriedad que debió tener mucho de examen de conciencia), paseó su cabeza cárdena por ese ruedo al que revistió de solemnidad, pese al turismo nacional y extranjero que sigue llenando Las Ventas.

El Estudiante, de Méjico, cortó una oreja, y Pepe Osuna dio dos vueltas al ruedo. Uno y otro hicieron lo que sabían y podían. El mejicano estuvo correctamente frío en el tercero, al que saludó con dos largas afaroladas de hinojos para lucirse después en un vistoso quite por navarras. La faena, comenzada con pases en el estribo, tuvo momentos estimables toreando  al natural, con la muleta cogida por el centro del palo y embarcando bien al toro. Con el sexto estuvo con menos sitio y más sosería. 

Pepe Osuna confirmaba la alternativa (…) Jamás vimos juntos torero más pequeño ni toro más grande. Osuna puso coraje y buscó el triunfo con ese toreo rabioso del molinete de rodillas, la espaldina y el desplante, porque su corto brazo no le permitía mandar con desahogo. Y las dos veces se fue decidido detrás de la espada. 

Don Félix Cameno mandó una señora corrida, que es lo menos que se debe mandar a Madrid (…) Después resultaron mansos, huyendo de los caballos o saliendo rebotados. Al primero, ante la imposibilidad de picarlo, le pusieron banderillas negras. Pero esta corrida, mansa para el ganadero, salió toda ella toreable (…) y la mayoría, cuando supieron templarlos, sacaron también templada arrancada (…) Total, una tarde que merece ser apuntada como tema para las tertulias del próximo invierno.”  (El Ruedo, 10 de agosto de 1965)

Lo que vino después. Serenados los ánimos que la apoteosis veraniega de Antonio Chenel Albaladejo (Madrid, 1932-2011), el empresariado tomó nota pero sin dar su brazo a torcer. Con todo, la empresa madrileña decidió repetirlo con una corrida dura –de Escudero Calvo, los actuales victorinos— al lado de otro azteca, el regiomontano Fernando de la Peña, que resultaría herido ese día por el toro de su confirmación (22.08.65), y una más durante la feria de otoño, ocasión en la que Antoñete volvió a triunfar, si bien moderadamente. Cayó así el contrato para dos corridas del San Isidro siguiente.

En el libro de Molés, Antonio rememora la propuesta de Livinio Stuyk: una corrida “buena”, de Juan Pedro Domecq, al lado de El Cordobés; y otra “menos buena”, con Fermín Murillo y Victoriano Valencia como alternantes para despachar un encierro de Osborne. En éste venía el famoso “Atrevido”, el toro “blanco” de la leyenda sin fin.        

Así triunfó en Madrid el hidrocálido JESÚS DELGADILLO “EL ESTUDIANTE” (larga de rodillas, chicuelina antigua, muletazo sentado en el estribo, derechazo, natural, estocada y oreja)

El torazo que abría plaza no quiso nada con los picadores (castigado con banderillas negras), pero su docilidad hizo posible una valerosa faena de PEPE OSUNA (se ciñe en el derechazo y no tanto en el natural)

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