Román, premiado por una estocada y una faena de poca ambición.
Desdibujado Rufo, serio y paciente De Justo.

Seis toros de La Quinta (Álvaro Martínez-Conradi)
Emilio de Justo, silencio tras aviso y ovación tras aviso. Román, oreja y saludos. Tomás Rufo, palmas en los dos.
PRIMERO Y TERCERO, de porte y pinta en cárdeno espectaculares, a solo dos y tres meses de cumplir el tope reglamentario de los seis años, parecieron escogidos para la ocasión. Por la mañana se había descubierto en el patio de cuadrillas, el gran zaguán de Vista Alegre, un azulejo conmemorativo del indulto hace un año del toro Tapaboca. Una celebración íntima y formal. Es probable que los ganaderos de La Quinta, Martínez-Conradi padre e hijos, pensaran en rendir honores al fasto con esos dos toros de capa multicolor donde vinieron repartidos por lomos, cabeza, culata y panza todos los muchos matices de la pinta propia, la gama que va del blanco al negro, el entreverado o entrepelado, y, en fin, la nota malva tan característica del cárdeno claro puro. Sin exceso de peso, muy bien cortados, uno y otro toro fueron recibidos con aplausos demasiado tibios para la ocasión. El primero, de más alzada, fue toro con mucha plaza. El tercero, más ancho, careto y gargantillo, siendo muy bello, no tuvo tanta fachada.
Aunque parecieron hermanos de sangre, fueron de condición muy distinta. El primero se frenó a capotes, empezó a embestir al paso sin golpe de riñón, cabeceó y derribó en un primer puyazo del que se salió suelto y se repuchó sin siquiera pelear en el segundo. Un par de carreras de buen tranco en banderillas pareció prometedor. Un espejismo. No solo no descolgó el toro ni en una sola baza, sino que buscó enseguida tablas con la mirada y, ajeno a todo reclamo, distraído y zumbado, pareció esperar su hora.
Lo difícil fue cuadrar para pasar con la espada o intentarlo, porque, fuera de las rayas, el toro se puso por delante cuando tuvo de frente a Emilio de Justo y la espada a medio montar. Entonces se arrancaba y no consentía. Tres pinchazos casi a traición y una estocada desprendida tras una reunión que parecía imposible. Sonó un aviso.
El tercero fue la otra cara de la moneda, se movió desde la salida a pesar de un breve olisqueo, se arrancó de largo al caballo y apretó, peleó bien una segunda vara que lo dejó pasajeramente tocado y cumplió en un quite de Emilio de Justo por chicuelinas y en una réplica por delantales y verónicas de Tomás Rufo. Codicioso y pronto en banderillas, noble en la muleta, humillaba por la mano izquierda, le costaba soltarse por la otra, empezó a distraerse de mitad de faena en adelante. Una faena de más a menos, de no apostar por el toro en serio, de perderle pasos y de acabar toreando Rufo por fuera. Un bajonazo demasiado ladeado sin muerte y estocada caída.
Entre los dos toros imperiales, auténticos galanes, se jugó un segundo cárdeno oscuro de poco más de 500 kilos que no paró de galopar y embestir mientras le duró entero el fuelle. Arreó antes de banderillas sin desmayo, fue picado y lidiado con descuido, apretó en banderillas y tuvo como virtud particular su recorrido. No solo la prontitud y la fijeza, el son, la manera de tomar engaño por abajo, el ritmo regular. Por la mano izquierda fue extraordinario. Román abundó en una faena de corte mecánico, tandas de cuatro y el de pecho, abriendo siempre al toro, y solo una tanda con la zurda, solo una, que fue demasiado pobre ración. Una estocada sin puntilla.
Los otros tres toros fueron muy de otra manera. Emilio de Justo tuvo que echar el resto para someter a un cuarto que protestaba en los remates en corta distancia, pero acabó trayéndoselo limpiamente por la izquierda en los muletazos de mejor trazo y calado de toda la tarde. El quinto sangró demasiado en el caballo, cortó y persiguió en banderillas y, frágiles apoyos, embistió al ralentí, sin romperse ni repetir. Fue el toro más apagado de los seis. Soltando el engaño, Román cobró otra estocada heterodoxa pero letal.
Por chico fue ligeramente protestado un sexto terciado y recogido que apuntó desde los primeros compases una calidad particular, la embestida medio dormida, pero a compás con su punto frágil y su bondad sobresaliente. No se entendió con el toro Rufo después de una prometedora apertura, prólogo de un trasteo sin cuerpo ni rumbo. Toro al limbo. Una contundente estocada.
Galería Gráfica: Andrew Moore


















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