
'..El único artista del mundo que compromete su vida con su obra. El héroe que en cada suerte que crea convierte la violencia inocente del toro a la belleza consciente del arte. El rebelde que en tiempos del domesticado arte digital reivindica la fuerza inmortal del arte vivo..'
EN CORTO Y POR DERECHO
¿Quién es el torero?
Por José Carlos Arévalo
Mil años antes de que existiera España ya había por estos lares unos atrevidos que le hacían cosas al toro. Ahora, no hay un solo ciudadano del mundo que ignore el origen español del torero. Pero en este país (así llaman a España progres de toda laya, intelectuales de oficio y nacionalistas periféricos), la inmensa mayoría de sus habitantes no saben bien quién es, qué es, cómo es el torero. Ojo, muchos aficionados, tampoco.
Me voy a permitir, modestamente, como dice mi amigo Sancho Dávila, la inmodestia de dar algunas pistas sobre la identidad del torero.
O sea, que vamos a empezar por el principio. O al menos por lo que primero sabemos del torero. Ya en la Edad Media hubo dos toreros. Uno a caballo, el hidalgo (dueño de un caballo y de sus armas, que se pone al servicio del rey contra el moro y a cambio deja de ser un villano sin derechos. Cuando aprendió del moro la monta a la jineta le cogió gusto al oficio, con el pretexto de entrenarse para la guerra. Por cierto, dados sus servicios a la patria pagó muy pocos impuestos hasta tiempos muy modernos).
El otro siempre toreó a pie. También era un rebelde social. De modo que, en cuadrilla, se tiró al monte y se buscó la vida. Este es el origen de las cuadrillas temporeras recolectoras, que cobraban por su trabajo a otros señores de la tierra. Se supone que de ellas se desgajaron las cuadrillas toreras, que dejaron de trabajar en el campo para trabajar en las fiestas de toros rurales, tan antiguas como los mismo pueblos.
Pero la identidad del torero no se completa hasta un tiempo más reciente: el siglo XVIII. Una centuria diferente, en la que la razón sustituye al mito, la ciencia a la creencia y la democracia a la autocracia. Y los juegos con el toro, de origen sagrado, son sustituidos por la lidia, un método precientífico, de carácter etológico, que estudia los comportamientos del toro, escenifica un drama en tres actos (tercios) y sirve de marco a una expresión artística: el toreo. Invención a la que se suma otro acontecimiento, la insólita creación del único público soberano, el coro taurino, irrelevante en la anterior corrida caballeresca, con tan solo un referente lejano, sin posible conexión, el coro trágico.
Desde el principio, todo es paradójico en la tauromaquia moderna. El torero, su inventor (o inventores, pues la autoría pertenece a muchos toreros) era el antiguo criado taurino del caballero en plaza, que aprendía su oficio en el matadero, se formaba en los festejos rurales, servía a su señor y, sin embargo, terminó por robarle su protagonismo en el ruedo. Al respecto debe observarse que la coyuntura histórica es favorable al relevo del caballero por el torero de a pie. Los monarcas españoles de aquel siglo imponen la monta a la brida, desprecian la doma a la jineta (la que sirve para torear) y detestan las corridas de toros. Lo que da lugar a otra paradoja: el caballero sustituido por su subalterno no recela del agravio. Es más, lo apoya e incluso le inculca el código de honor del torero en el ruedo, lo que después será la ética del toreo.
Pero si todo esto es cierto, también lo es que su separación es forzosa. El caballero debe defender su patrimonio ante el absoluto poder Real, su criado puede rebelarse, lo que hizo. ¿Le apoyó el caballero en la sombra? La evolución del toreo dice que no, pero la hospitalidad de las Maestranzas a la corrida a pie, dice lo contrario. La historia del toreo está repleta de enigmas.
La mayor paradoja aparece cuando el lenguaje designa con el apelativo de matador al torero de máxima jerarquía, el torero con derecho de muerte. Una barbaridad, dirá erróneamente el español antitaurino, o mejor dicho, desinformado. No solo porque la muerte del toro en el ruedo es un acto heroico del torero por la tesitura en que se plantea, todas las ventajas son para el toro. También por razones de orden natural (hoy lo llamaríamos ecológico), pues la muerte del toro en el ruedo es la única garantía para regular el equilibrio demográfico de la ganadería, amén de ser el sustento económico básico de la meta raza bovina que es el toro de lidia y que carece de protección específica alguna.
Pero la paradoja continúa. El torero es un rebelde social aplaudido. De origen humilde, supera el casillero, primero de castas y luego de clases. Como el militar, el artista y el sacerdote. Pero a estos los avala el tiempo, muchos siglos. Él se los salta a la torera. En aquella España de castas, cuando todavía el villano no ha accedido a ser ciudadano, cuando en Europa todavía el músico no ha roto su estatuto de criado del Palacio Real, Ducal o del Palacio Obispal, el torero se ha emancipado. Quizá sea, con el artesano y el escritor, el primer trabajador autónomo de España. Pero con mucha más fuerza, porque en muy pocos años ha creado un gran mercado y se han construido muchos cosos para verle torear. Su ascenso social es enorme. Está con todas las clases sociales y no pertenece a ninguna. Goya, que es pintor de la Corte, retrata a los reyes y también a Pedro Romero. Fernández Moratín tiene que escribir una larga carta al Príncipe de Pignatelli (con bastantes errores, dicho sea de paso) para explicarle el origen de la tauromaquia, que nace arrolladora en un tiempo arcaico asaltado por la modernidad. Todo hecho nuevo, cualquier cosa son conflictivos. Por ejemplo, todavía en el siglo XVIII una pragmática prohibía a la población, excepto a la nobleza y al clero, vestirse con determinados tejidos de lujo (terciopelo, sedas, rasos, etc.), de manera que ya la vestimenta determinaba la situación social (aún no había clases, había algo parecido a las castas). En este sentido, la creación y evolución del vestido de torear es la historia de una rebeldía, porque rompe todas las normas sociales imperantes.
Indiscutiblemente, el torero es un personaje moderno, el paradigma libertario del naciente profesional liberal. El mismo Pedro Romero inventa la figura taurina del apoderado para que negocie con el rey Carlos IV, pues la Junta de Hospitales que gestionaba la Plaza de la Puerta de Alcalá no aceptaba los emolumentos exigidos por el rondeño para reaparecer en Madrid y se pensó que el Rey le haría entrar en razón. Carlos IV aceptó la mediación, pero fue él quien entró en razón. Aquello fue un triunfo de la libertad de mercado en un tiempo de sumisión y, por supuesto, la propagación inmediata del apoderado.
Pero una vez más reaparece la paradoja, sello consustancial del torero. Porque en su recién creada identidad reverberan huellas muy antiguas. Por ejemplo, el mencionado traje de luces. ¿Por qué de luces? ¿Por reivindicación social? En absoluto, la tiene de sobra. ¿Por vanidad? El toro pasa factura a todas las vanidades. El torero se viste de luces porque el toro es un misterio, su bravura un enigma. Pero él tiene un método. O sea, la razón, la maestría y el arte. En suma, la luz. Por eso lo afirma al salir al ruedo como un héroe solar, por la puerta de cuadrillas, la puerta del sol, en todas las plazas situada frente al sol de poniente. Y por eso, el toro sale por la puerta oscura del toril, de las entrañas de la plaza, como una divinidad nacida de la tierra. El toreo es un pleito de sol y sombra, de armonía y violencia, de vida y muerte, el arte del claroscuro. ¿Sabe todo esto el torero, lo intelectualiza? No le hace falta. Lo tiene asumido. Por eso se viste de luces.
Tampoco sabe que su vida profesional repite, furtiva y consentida, la vida del los profetas o de los héroes: abandono de la humilde casa paterna, travesía del desierto para el profeta; busca del maestro protector para el caballero; nomadeo formativo del capeante-torero; idéntica acogida del Señor de los cielos para el profeta, del señor de un castillo para el caballero, de la figura consagrada para el torero (ayer) o del mentor apoderado (hoy); mismo período iniciático para los tres, con pruebas de sangre para el caballero y para el torero; acogida del maestro (ayer, figura consagrada; hoy apoderado mentor) para el torero; encuentro con el templo para el profeta, del castillo para el caballero, de la plaza para el torero; unción para el profeta, nombramiento ritual del caballero, alternativa para el torero; idénticas cuadrillas: primer apóstol y apóstoles; escudero y caballeros subalternos; mozo de espadas y toreros subalternos. Y, por fin, nomadeo apostólico, del profeta; en busca de empresas bélicas, del caballero; a la conquista de corridas, del torero.
Extraña, sorprendente similitud estructural la del profeta, el caballero y el torero. No me aventuro a extraer conclusiones que serían pueriles. Prefiero copiar al poeta francés Michel Leiris, quizá el más inteligente observador de la corrida de toros. La consideraba una transgresión sublime e inexplicable. Decía que era algo más que un juego, algo más que un deporte, algo más que un sacrificio, algo más que un arte.
¿Quién es hoy el torero? El único artista del mundo que compromete su vida con su obra. El héroe que en cada suerte que crea convierte la violencia inocente del toro a la belleza consciente del arte. El rebelde que en tiempos del domesticado arte digital reivindica la fuerza inmortal del arte vivo. El verdadero conservador de un animal extraordinario, el único de toda la fauna que participa en la creación de una obra de arte. El actor que no tiene público sino coro. El joven demiurgo que transforma la tragedia en fiesta.
Conviene recodar estas cosas ahora, cuando el amenazante imperio de los necios ha presentado una ILP (iniciativa legislativa popular) al Congreso, cuya aprobación significaría el principio del fin de esta impresionante obra de la cultura popular española.
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