la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema
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domingo, 3 de abril de 2011

CASTELLÓN: LA FARSA SE REPITE

Daniel Luque / Foto Artero/Burladero.com
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"...Un público demasiado benévolo contribuye a la levedad del espectáculo, aplaudiéndolo todo..."

"....A ratos, parecía que los diestros se entrenaban 
con el carretón. La suerte de varas desaparece. 
Los quites casi no existen...."

"...Con el anuncio de Zapatero, hoy, ha concluido —¡por fin!— un ciclo. También necesita urgentemente una profunda regeneración la Tauromaquia. Para conseguirla, ¿quién tendría que anunciar, aquí, que no se presenta?..." 


domingo, 20 de marzo de 2011

Feria de Fallas: Toros de artificio / Por Andrés Amorós

El toro de Fallas / 19 de Marzo de 2011
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Toros de artificio 

Por Andrés Amorós
ABC

Domingo, 20 de Marzode 2011.-
La noche anterior, en la «nit del foc», presenciamos el espectáculo maravilloso de un castillo de fuegos de artificio. Esta tarde, en la Plaza, nos aburre y enfada el espectáculo deprimente de los toros de artificio. La expresión no es mía, sino de don Gregorio Corrochano, el 20 de marzo de 1934. Elogia a Domingo Ortega, en una corrida de Villamarta: «A toro de casta, torero de casta». En contraste, censura los «muñecos de falla taurina» y los «toros de artificio». Igual sería decir toros de cartón piedra, de corcho, de poliestireno... Los que hoy hemos visto en la Plaza de Valencia.
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En Valencia la plaza llena

lunes, 28 de febrero de 2011

Muere Pepín Martín Vázquez / Por Andrés Amorós

Pepín Martín Vázquez, Manuel Rodríguez "Manolete" y
Rafael Vega de los Reyes "Gitanillo de Triana"
(Fotografía del Museo Cabrera)


Muere Pepín Martín Vázquez,
un capítulo de la Historia del Toreo

 Cultura confirmó ayer que tenía previsto otorgarle
la Medalla de Bellas Artes, como reclamó ABC.
El irrepetible «Currito de la Cruz» falleció a los 83 años

ANDRÉS AMORÓS / MADRID
Día 28/02/2011
Aunque conocíamos su delicado estado de salud, la noticia del fallecimiento de Pepín Martín Vázquez ha supuesto un duro golpe para los profesionales y aficionados que lo conocieron. Debo recordar una especial circunstancia: hace menos de veinte días, el pasado día 10, publiqué en ABC una columna, titulada «Una medalla para Pepín», en la que proponía que se le concediera la Medalla de Bellas Artes. Argumentaba entonces que sus méritos eran indudables y que, en contra de lo que alguna vez ha sucedido, esa concesión sería acogida positivamente, de forma unánime, por todo el mundo taurino.

Ayer mismo, la subsecretaria de Cultura, Mercedes del Palacio, manifestó a ABC que Pepín «era un referente para la Tauromaquia contemporánea y era la propuesta asumida por el Ministerio para darle la Medalla de Bellas Artes». Desgraciadamente, el destino no ha querido que llegue a tiempo. La memoria del público suele ser escasa. Desde hace años, Pepín vivía retirado, desconocido por la masa. Los profesionales, sin embargo, lo recordaban mucho; más aún, yo diría que, con el tiempo, la estimación de su toreo seguía creciendo. Hace poco, por ejemplo, se lo escuché decir así a Morante de la Puebla.

Por razón de edad, muchos lo han conocido solo a través de las imágenes de «Currito de la Cruz», en su tercera versión cinematográfica, de 1948, dirigida por Luis Lucia. En esta película podemos apreciar el estilo exquisito del toreo de Pepín, su elegancia natural, su unión de estética sevillana y valor auténtico: la feliz combinación de gracia, finura y clasicismo. También luce su arte en otra película, «El torero» («Chateaux en Espagne»), dirigida en 1954 por René Wheeler, sobre la base de una novela algo folletinesca de Martínez de Bedoya.

Formaba parte de una notable dinastía taurina: matadores de toros fueron su padre, Curro, y sus hermanos, Manolo y Rafael. Tomó la alternativa de manos de Domingo Ortega, en 1944, en Barcelona: muchos toreros elegían entonces para la ceremonia del doctorado ese coso, aunque hoy el sectarismo de muchos lo ignore. Los toros fueron de Alipio Pérez Tabernero, y sus compañeros, en un cartel de ocho toros, Pepe Luis Vázquez y Carlos Arruza.

Confirmó la alternativa en 1945, de manos de Pepote Bienvenida, con toros de María Montalvo, actuando como testigo Morenito de Talavera.

Fue Pepín, por ejemplo, el gran triunfador en la Feria de San Isidro de 1947, donde lidió toros nada menos que de don Eduardo Miura y de Alipio Pérez Tabernero. Cortó tres orejas en la Beneficencia de ese año, la última tarde de Manolete en Madrid.

En el último año de Manolete, cuando ya mostraba claramente el peso de la púrpura, los dos grandes aspirantes a su trono eran Pepín Martín Vázquez y Luis Miguel Dominguin: éste, por sus facultades, su dominio del toro y su ambición; aquél, por la depuración estética del toreo manoletista.

El destino fue cruel: en agosto de 1947, poco antes de la tragedia de Linares, sufrió Pepín en Valdepeñas una gravísima cornada, que truncó su carrera. Actuó por última vez el 22 de febrero de 1953, en Caracas, con toros de Guayabita, alternando con Jumillano y César Girón. Todos los que lo han conocido destacan su elegancia natural, su gracia, sin afectación, su sencillez: las mismas cualidades de su toreo, clásico y sevillano. No pudo llegar a mandar en el toreo como sus cualidades parecían pronosticar pero dejó un recuerdo imborrable entre los que saben saborear lo bueno. Seguimos disfrutando, hoy mismo, viéndole torear, en la pantalla. Descanse en paz Pepín Martín Vázquez: un gran torero y una excelente persona.
Imagen del torero Pepín Martín Vázquez en 1945 /
DIARIO ABC

viernes, 5 de febrero de 2010

ABC: MARIO VARGAS LLOSA / ANDRÉS AMORÓS

Mario Vargas Llosa:
«De chico, quería ser torero»

Pocos saben de la firme afición de esta grandiosa figura de la literatura: de niño jugaba al toro y ahora no descarta escribir una obra sobre la Fiesta, «una de las fuentes más ricas de inspiración para todas las artes»

ANDRÉS AMORÓS
Diario ABC

Todo el mundo conoce al gran escritor Mario Vargas Llosa. No son muchos, sin embargo, los que saben de su firme afición a la Fiesta de los toros. Tengo la fortuna de haber compartido con él algunas experiencias literarias. Y, también, algunas, taurinas. Por eso, cuando le pido que charlemos un poco de Tauromaquia, para ABC, no pone el menor inconveniente. Desde su casa de Lima, separados por el océano, contesta a mis preguntas con su habitual educación, amabilidad y brillantez.

-Algunos se sorprenderán de que proclames tu afición a una Fiesta que ellos consideran bárbara y salvaje...
-No sé por qué nadie se sorprendería. Los toros tienen un arraigo muy fuerte en mi país y en mi familia. Así lo descubrí desde niño y he seguido siendo fiel a este arte toda mi vida.

-¿Recuerdas el primer festejo taurino al que asististe?
-¡Cómo no! Vivíamos entonces en Bolivia, en la ciudad de Cochabamba, y yo debía de andar por los ocho o nueve años. Una tarde, mi abuelo Pedro me tomó de la mano y me hizo subir una larga cuesta que conducía a El Alto: en aquella cumbre, desde donde se divisaba toda la ciudad, pude presenciar la primera novillada de mi vida. Fue, sin duda, una corrida sin importancia pero dejó en mí una huella muy honda.

-¿Qué es lo que más te impresionó esa tarde?
-Ante todo, me encantó el color, el entusiasmo con que lo vivía todo el pueblo; en el fondo, el espectáculo de la gracia y la valentía.
«Los toros tienen un arraigo muy fuerte en mi país y en mi familia. Así lo descubrí desde niño y he seguido siendo fiel a este arte toda mi vida».

-¿Sabías tú algo de la Fiesta antes de ir a esa plaza?
-¡Por supuesto! En la casa familiar había aprendido nociones sobre los tercios de la lidia, el sentido de la pica y las banderillas, los nombres de muchos pases, el peligro de los toros de Miura... Pero una cosa era la teoría y otra, muy distinta, vivir la Fiesta en un estado de trance, emocionado hasta los tuétanos. Todo me parecía extraordinario en ese inolvidable espectáculo: la música, el colorido de los trajes, los desplantes de los toreros. Durante mucho tiempo me han acompañado esas imágenes que unían elegancia, valentía, gracia y violencia.

-¿Había buenos aficionados en tu familia?
-¡Desde luego! El que más, mi abuelo, pero también he de recordar al tío Juan y a un primo suyo, Mito Mendoza, al que los chicos admirábamos extraordinariamente porque de él se decía que había toreado toros de verdad, en las tientas, con buena técnica y valentía.

-Tu tío Juan era el dueño de esa capa de Juan Belmonte sobre la que alguna vez has escrito.
-Así es. Era un hermoso capote de paseo que, según él, el gran torero había regalado a su padre, que lo había acompañado en muchas giras, en prenda de amistad. Lo conservaban el tío Juan y la tía Lala en un baúl, envuelto en papel de seda, con bolitas de naftalina. En las grandes ocasiones, el tío Juan lo sacaba y lanceaba a un toro invisible con capotazos lentos, rítmicos, de graciosa elegancia. Para mis primas y para mí, era un espectáculo fascinante, que me hacía soñar con clarines y pasodobles, con tendidos alborotados de entusiasmo y cuajados de pañuelos...

-¿Jugabas al toro con tus primas?
-¡Claro! Por suerte para mí, yo hacía de torero y a mis primas les tocaba hacer de toro. Hoy esto sería intolerable para el feminismo pero entonces las cosas eran así. Recuerdo muy bien los lagrimones de mi prima Gladys la tarde en que el tío Juan la mató de pena, al confirmarle que una mujer no podía ser torero... Si hubiera esperado un poco más o vivido unos años más tarde, se los hubiera evitado, al comprobar que tampoco era un camino imposible para ella.

-¿Tú vivías también ese sueño?
-Como todos los que jugábamos al toro: de chico, yo quería ser torero. Supongo que tomé esa resolución inquebrantable desde la primera novillada que presencié.

-Tu afición continuó cuando la familia volvió a Lima.
-¡Por supuesto! En todo el Perú existía y sigue existiendo una gran afición. Lima era algo especial: allí está la plaza de Acho, colonial, de sabor inconfundible, la segunda más antigua del mundo después de la de Ronda.
«De pequeño, yo hacía de torero y a mis primas les tocaba hacer de toro. Hoy esto sería intolerable para el feminismo pero entonces las cosas eran así»

-Avancemos en tu biografía taurina. En 1958 viniste a España con una beca para hacer el doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Estando juntos tú y yo, presenciando una corrida, me contaste que habías pisado el ruedo de varias plazas de toros españolas como bailarín de un conjunto folclórico.
-Así fue. Varios amigos organizamos un grupo. Éramos todos peruanos salvo un gallego, al que no le dejábamos hablar, para que no le delatara su acento. Bailábamos marineras, valses criollos, ritmos negros... Acudimos al Festival Folclórico de Cáceres y, por increíble que parezca, obtuvimos el cuarto premio, que consistía en contratos para recorrer, con nuestro espectáculo, varias plazas de toros españolas: Barcelona, Palma, Valencia... Así conocí esas plazas.

-En esos años continuaste viendo toros.
-Desde luego. Los dólares que recibía cada mes me permitían vivir bastante bien, con los precios de aquella España. Viajé mucho por toda la Península y pude ver toros en muchas plazas: Madrid, Valencia, Sevilla; y, por supuesto, en los años en que residí allí, en las dos plazas que entonces había en Barcelona.

-¿Cuál te impresionó más?
-Varias, cada una en lo suyo: Las Ventas, naturalmente. Esperaba los famosos silencios de la Maestranza y me pusieron los pelos de punta. Pero también fue una extraordinaria experiencia mi primera vez en Pamplona...

-¿Y de los toreros que viste?
-He de mencionar a Antonio Ordóñez: su lentitud, su serenidad, su elegancia eran algo escalofriante; eran belleza en estado puro. Años después pude conocerlo personalmente, en una tienta, cerca de Sevilla, y disfruté con su cordialidad.

-Pasó entonces por tu cabeza la idea de escribir algo sobre Ordóñez, algo que fuera mejor que los escritos taurinos de Hemingway.
-Siempre he admirado mucho a Hemingway como escritor pero me ha parecido que, cuando escribía de toros, no llegaba a captar el corazón de la Fiesta. La veía como un espectáculo deportivo, sin alcanzar esa compleja alianza entre arte, mito y rito; esa extraña virtud de exponernos, en ciertos momentos privilegiados, con desnudez total, la condición humana...
Siempre he admirado mucho a Hemingway como escritor pero me ha parecido que, cuando escribía de toros, no llegaba a captar el corazón de la Fiesta

-¿Lo conociste personalmente?
-Sólo lo vi una vez y justamente en Las Ventas: lo vi entrar con Ava Gardner...

-¿Has admirado a otros toreros?
-¡Desde luego! De aquellos años y también de la actualidad. Te mencionaré solamente a dos: a Luis Miguel Dominguín, tan inteligente, tan valeroso, tan creativo. Hace muy poco he visto en Lima a José Tomás en dos grandes faenas, aunque no matara bien. Y a muchos más, que cualquier aficionado conoce.

-¿A qué otros diestros te hubiera gustado poder ver?
-A Juan Belmonte y a Manolete, sin duda. Mi abuelo me hablaba siempre de Rafael el Gallo.

-Además de aquella «Sangre y arena» de tu infancia, ¿destacas alguna película taurina?
-Me parece que el cine suele estereotipar los temas de toros: en general, se queda en lo externo, en el puro espectáculo; le suele faltar consistencia humana, queda reducido casi a un «musical». Es difícil que transmita esa unión de vida y muerte, donde la condición humana sale a flote....

-Pero la Fiesta ha inspirado muchas creaciones artísticas.
-Es una de las fuentes más ricas de inspiración que existen para todas las artes: literatura, música, pintura... Los que la combaten no se dan cuenta de que es una fuente extraordinaria de creatividad. Y de que está profundamente arraigada en nuestra cultura.

-Dime algún ejemplo de literatura taurina que aprecias.
-Basta con mencionar a García Lorca. Si de su obra elimináramos el tema taurino, quedaría coja, deshecha. Déjame añadirte a un compatriota, Abraham Valdelomar, que escribió un delicioso libro sobre Belmonte, «el trágico».

-¿Cómo te fue la experiencia, que hemos compartido, de pronunciar el Pregón de Sevilla?
-Maravillosa pero con miedo: imagínate, un arequipeño hablando de toros a los sevillanos...

-¿Crees que está viva la Fiesta en Hispanoamérica?
-Por supuesto, en bastantes países: en Perú, México, Colombia, Venezuela, Ecuador... Y no sólo en las capitales. Te podría citar una veintena de pueblos, en mi país. Hay también grupos contrarios pero son pequeños, no existe riesgo de desaparición. La opinión pública mayoritaria está muy a favor, quizá más que en España.

-¿Qué pasó con el capote de Juan Belmonte que conservaba tu tío Juan?
-Nadie de la familia lo sabe: quizá lo vendieron, en algún apuro económico; o se extravió, en una de las muchas mudanzas; o lo robaron...

-¿Crees que ese capote perteneció de verdad a Belmonte?
-Nunca lo he sabido pero, en realidad, eso tiene muy poca importancia. Lo que de verdad importa es que sigue vivo, intacto, en nuestra memoria.

-¿No se llevó, con él, tu afición a los toros?
-¡De ningún modo! Esa afición ha seguido siempre viva y constante. Tan viva como los mejores recuerdos de mi infancia, esa época dorada...

-Resulta inevitable preguntarte qué opinas de los intentos de prohibir la Fiesta en Cataluña.
-Detrás de estos intentos no está fundamentalmente el amor a los animales ni el deseo, tan respetable, de evitarles sufrimientos. Se trata de una operación política, para mostrar que Cataluña no es España. Creo que no tiene un fundamento serio, aunque aproveche cierta ideología que está hoy de moda. Los toros son de Cataluña lo mismo que del resto de España. Habría que recordarles a estos enemigos de la Fiesta que el toro bravo existe porque existen las corridas de toros y no al revés; si no existieran las corridas, desaparecería la especie. Además, ningún animal, en toda la Historia, ha sido tratado con tanto cuidado, delicadeza y hasta fervor como el toro bravo.

-¿Se ocupa del lenguaje taurino la Real Academia Española?
-¡Por supuesto! Algunos de sus miembros son aficionados a la Fiesta muy tenaces.

-¿Escribirás algún día sobre un tema taurino?
-No lo descarto, aunque no sé si me atreveré... Ya escribí artículos sobre ello de joven, en periódicos y revistas de mi país.

-Sería interesante recuperar esos artículos.
-No: mejor dejarlo así. Pero si ya lo he hecho, puedo volver a intentarlo... La Tauromaquia es algo que engancha con fibras muy sensibles, nos revela cosas sobre nosotros mismos: es un arte contaminado todo él por la belleza. Algunos de los recuerdos más ricos y hermosos de mi vida están unidos a los toros. No sólo a las corridas: a todo el ritual, antes y después del espectáculo.

ABC: ANDRÉS AMORÓS / ENRIQUE PONCE

Enrique Ponce:
«El toreo ha sido y sigue siendo mi vida entera»
(Fotografia: Ignacio Gil)

A sus veinte años de alternativa, asegura sentirse en su mejor momento artístico y confiesa que sólo le falta una cosa: «Que Dios me haga ver el momento oportuno para dejar el vestido de luces»

El maestro Enrique Ponce celebra sus veinte años de alternativa

ANDRÉS AMORÓS
Diario ABC
Madrid.-Miércoles, 03 de Febrero de 2010
A sus 38 años, Enrique Ponce vive una feliz madurez: lleva veinte años de alternativa; en Valencia, su tierra, es el «año Ponce»; va a ser el protagonista absoluto de las Fallas. Sus cifras no tienen parangón: 40 toros indultados, más de 4.000 lidiados, va a cumplir las 2.000 corridas toreadas. Está sereno, en paz consigo mismo.

-¿Soñabas, en tus comienzos, con llegar a esto?
-Como soñar no cuesta, sí soñé con alcanzar algo así, pero no creí que llegara a hacerse realidad. Me iba imaginando metas sucesivas: la alternativa, ser figura, mandar en el toreo... No es lo mismo ser figura de un momento que de una época: eso sí que es lo más difícil del mundo.

-Has declarado que hoy toreas mejor que nunca. ¿Lo crees así, de verdad?
-Mi concepto es el mismo de siempre pero, con el tiempo, si no eres conformista, toreas mejor, más depurado. Veo ahora vídeos de cuando era novillero o matador reciente y toreo casi igual: ahora, con la madurez, he ganado en poso, en solera. Es algo que sólo el tiempo te da. Posiblemente, ésa es la diferencia entre el Ponce de entonces y el de hoy.

-Cualquier artista aspira a la perfección, en su arte.
-Sí, pero dentro de una línea, sin traicionarla. Mi concepto es el toreo clásico, sin tremendismos. A eso he sido fiel siempre.

-Desde chiquillo, tenías facilidad para ver y entender al toro.
-La técnica se aprende con el oficio, pero hay algo que nace contigo. Desde niño, sentía dentro de mí algo que me decía lo que debía intentar. También aprendía fijándome en todo, tanto en los tentaderos como en las corridas a las que iba con mi abuelo: el comportamiento de las reses, la colocación de los toreros... Mi cabeza lo iba interiorizando todo.
-Suele decirse que lo más difícil es pensar delante del toro.
-Si te paras a pensar, no te da tiempo. Puede llegar un momento en que ni siquiera tengas que pensarlo, te nazca de dentro. Luego, queda resolver, claro...

-Ésa es la línea de los diestros largos, poderosos.
-El verdadero arte brota con naturalidad, no puede ser forzado. Supone una armonía natural que, en gran medida, te da Dios.

-Se ha hablado siempre de tu difícil facilidad.
-Lo agradezco pero es un arma de doble filo porque es más difícil de valorar.

-En tu caso, el valor tardó más en verse.
-Es cierto: el valor se ocultaba con el oficio, la apariencia de seguridad. Era un valor sereno, seco, verdadero. Al comienzo,eso suponía un handicap.

-Ahora, ¿también?
-También. A veces, el pitón me roza el muslo o me da, al pasar, y parte del público ni se entera: parece tan fácil... Hasta que no me coge el toro, parece que no hay peligro. Es un problema pero también me gusta: en todas las artes, los grandes son los que precisamente han transmitido eso. Si oyes tocar a un gran guitarrista, parece que la guitarra suena sola, pero ponte tú a hacerlo...

-Los toreros que son de esa línea suelen exagerar algo, para mostrar el riesgo, pero creo que tú no lo has hecho, no has falseado tu estilo para conectar mejor con el público.
-A la larga, creo que eso se reconoce. Mi abuelo me enseñó a valorar especialmente una cosa: el gran torero es el que está siempre por encima del toro, el que nunca está a merced de la res.

-Nunca has sido un torero encimista.
-No. Lo más difícil es torear templado y despacio. Ha de haber trazo y eso exige un espacio. Si estás embarullado, no hay belleza ni mando.

-¿Cómo han sido tus relaciones con Las Ventas?
-Muy buenas, siempre me he considerado un torero muy querido en Madrid, desde que debuté como novillero,con 16 años: fue una explosión, toreé dos novilladas serias, en la época en que era empresario Chopera, y triunfé fuerte. De hecho, la segunda se hizo a raíz del éxito de la primera, la semana siguiente, y el éxito fue todavía mayor. Confirmé la alternativa el mismo año del doctorado, en la Feria de Otoño. Ha sido la primera plaza que me dio el crédito como torero solvente. Otra cosa es que, cuando ya te consideran figura, te midan con mayor rigor. He abierto la Puerta Grande tres veces y hubiera podido hacerlo varias veces más, si no fuera por la espada. Yo a Madrid le estoy muy agradecido.

-El pleno reconocimiento te llegó con «Lironcito», de Valdefresno, un toro realmente complicado, aunque no cortaste orejas.
-Era un toro difícil pero yo llevaba ya seis años de alternativa y le pude. Si el toro hubiera caído pronto, creo que me hubieran pedido hasta el rabo. No es frecuente que un solo toro te permita mostrar las tres virtudes básicas de un torero, el mando, el valor y la estética. Eso me pasó con «Lironcito», por eso marcó el momento de mi plena consolidación. Ese toro puso a todos de acuerdo.

-Más te costó entrar en Sevilla: cortabas una oreja, quedabas bien pero no acababas de convencer. Muchas veces he escuchado a aficionados sevillanos decir: «Este Ponce será muy bueno, pero en Sevilla...» Finalmente, abriste la Puerta del Príncipe en 1999 y, sobre todo, lograste la gran faena el 21 de abril del 2006, con el toro de Zalduendo.
-Aunque no lo maté bien, fue una tarde inolvidable. Comencé ganándome al público en el primero, que era difícil. Y lo rematé en el segundo: también era complicado, de salida hizo cosas raras, como si no viera bien, me arrolló dos veces con el capote, pero acabó entregándose por completo. Nunca había conseguido emocionar así a los tendidos de la Maestranza.

-Algunos profesionales me dijeron que había sido la mejor faena que habían visto en toda su vida...
-Todavía mucha gente me lo dice...

-En México llevas años siendo un «consentido».
-He cortado dos rabos (uno de ellos, en una tarde en que logré cuatro orejas) y he perdido por la espada varios más. En cierto modo, es «mi plaza», junto a Valencia, Madrid, Bilbao y Sevilla. La he llenado hasta el reloj trece veces y eso no es fácil. En el año 1996, salí dos veces a hombros, sin cortar orejas.

-Muchos te acusan de hacer faenas demasiado largas.
-Eso tiene también su justificación: al toro de hoy, frecuentemente, hay que «hacerlo», irlo acoplando a la muleta, poquito a poco; con temple y colocación, irle corrigiendo los defectos, llevarlo muy cosido a la muleta, muy tapado, sin que te enganche.

-Por eso se suele decir que toreas a favor del toro.
-Es la regla de la lidia clásica: no hay que ir a la plaza con la faena hecha, sino darle al toro lo que el toro te va pidiendo. Por eso ha habido siempre toreros a los que les valen el noventa por ciento de los toros y otros diestros que hacen grandes faenas pero que, otras veces, no se acoplan a las condiciones del toro.

-Con todo lo que has conseguido, ¿por qué sigues toreando?
-Por vocación, por afición, porque me siento en mi mejor momento artístico; simplemente, porque soy torero: eso supone una manera de vivir. Naturalmente, mientras pueda hacerlo con dignidad.

-¿Qué te falta?
-Que Dios me haga ver el momento oportuno para dejar el vestido de luces; no para ser torero, que siempre lo seré. Si me veo apurado ante el toro, no dudaré en hacerlo. Lo mejor sería irse antes de que eso suceda. Me gustaría despedirme, anunciándolo previamente, de tres o cuatro plazas a las que me siento especialmente ligado.

-¿Qué vas a hacer, cuando te retires?
-Tendré la conciencia tranquila de haber conseguido más de lo que podía imaginar. Puedo estar sin vestirme de luces pero no puedo vivir sin torear, en el campo. Estoy seguro de que, de algún modo, seguiré vinculado al mundo del toro.

-Podrás entonces realizar muchas de tus inquietudes.
-Ante todo, y siempre, mi compromiso con el toreo. Por eso, sin vanidad, me satisface mi elección como Académico de Bellas Artes de Córdoba.

-Si tuvieras un hijo varón y quisiera ser torero, ¿qué le dirías?
-Preferiría que no, por mi tranquilidad y, sobre todo, por la de Paloma. Pero no le iba a decir que no, si le saliera de verdad de dentro: si fuera para él una necesidad, le ayudaría en todo lo que pudiera.

-En definitiva, ¿qué ha sido para ti el toreo?
-Muy sencillo: ha sido y sigue siendo, hoy mismo, mi vida entera.