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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 3 de agosto de 2018

Banderillas negras,/ por Paco Delgado



Fue imposible picar al sexto toro de Cuadri de la corrida del día 27 de julio de 2018, corrido como sobrero y manso como él solo. Desde el palco, y visto su comportamiento, asomó el pañuelo rojo y el chulo de banderillas echó mano de las negras.


Banderillas negras

Una de las noticias que ha generado la recién finalizada feria de julio de Valencia -en la que pesa más en el balance final lo bueno que lo negativo- fue, pese a todo, un hecho que no añade gloria a nadie: el que un toro de Cuadri fuese condenado a banderillas negras.

Fue imposible picar al sexto toro de Cuadri de la corrida del día 27 de julio de 2018, corrido como sobrero y manso como él solo. Desde el palco, y visto su comportamiento, asomó el pañuelo rojo y el chulo de banderillas echó mano de las negras. Hay que recordar o indicar a muchos espectadores, que el pañuelo rojo no significa el final de la corrida, como no pocos creyeron y comentaron, sino el que se castiga al toro con rehiletes con arpón de mayor longitud que los normales. Algo siempre infamante para el ganadero. El poderoso influjo de la luna, que ese día pasaba por un espectacular eclipse, se dejó notar en el comportamiento de los toros y el apagón se percibió nítidamente en su juego, haciendo más patente el oscurecimiento de esta legendaria ganadería que dura ya mucho más que el de varias lunas.

Hacía casi 20 años que no se ponían banderillas negras, las viudas como se las llamaba en argot, en el coso de Monleón. Fue el 17 de septiembre de 2000, a un novillo de Román Sorando, cuya lidia y muerte correspondió a José Casanova. Un ejemplar mansísimo, al que fue imposible dar ni un picotazo en el primer tercio, que hizo que el respetable, en aquel momento nada respetable, pidiese su vuelta a los corrales y, en medio de una bronca descomunal, hubiese alguien que intentó agredir a la entonces presidente de la plaza, Amparo Renau. No llegó la sangre al río pero sí hubo pañuelo rojo y, por tanto, banderillas negras. Antonio Puchol se vio negro para para poner al animal en suerte y José Manuel Montolíu las pasó canutas para banderillear. No mejor le fue al novillero – precisamente esa tarde hacía su debut con picadores…-, que no pudo darle ni un muletazo y acabó escuchando los tres avisos y como el novillo se iba vivo a los corrales.

Pero la empresa, entonces capitaneada por Roberto Espinosa, fue magnánima y regaló un sobrero, de Jiménez Pasquau, para desagraviar a público y novillero. Aunque tampoco pasó nada.

El resto del festejo no tuvo apenas historia y la poca que hubo la protagonizó Luis Vilches, que dejó los mejores muletazos de la tarde y se llevó la única ovación de la función. Ángel Romero, que completaba la terna, pasó también desapercibido y su labor fue silenciada.

Estas banderillas negras se impusieron para sustituir a las llamadas de fuego -que reglamentariamente aparecieron a mediados del siglo XIX, aunque ya se emplearon en el siglo XVII, y que eran, en esencia, rehiletes guarnecidos de petardos que estallaban al clavarla en el toro-, en desuso desde 1950, y según el artículo 63.1 del reglamento taurino “En las banderillas negras o de castigo, el arpón, en su parte visible, tendrá una longitud de ocho centímetros y un ancho de seis milímetros”, mientras que las normales miden seis por cuatro.

La última vez que se pudo ver en televisión clavar banderillas negras fue el 31 de mayo de 2016, en una corrida celebrada en Las Ventas y a un toro de Saltillo, “Cazarrata”, cuya lidia correspondió en mala suerte a Sánchez Vara, siendo Raúl Ramírez, tercero de la cuadrilla, quien, valiente y habilidoso y tras pasar un muy mal rato, logró clavar cuatro palos.

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