'..No cabe duda, ni excusa ni alegación en contrario: el toro es la base de la fiesta. También lo son el torero y el público, claro, pero cuando falla aquel elemento todo el tinglado se desmorona. Puede haber grandes faenas sin gente en los. tendidos -de hecho las habido- y grandes toreros que arrastren a las masas, pero si en el ruedo no hay un toro que de verdad lo sea, no hay nada que hacer..'
Cuando el toro se llama Felipe
Paco DelgadoNo cabe duda, ni excusa ni alegación en contrario: el toro es la base de la fiesta. También lo son el torero y el público, claro, pero cuando falla aquel elemento todo el tinglado se desmorona. Puede haber grandes faenas sin gente en los. tendidos -de hecho las habido- y grandes toreros que arrastren a las masas, pero si en el ruedo no hay un toro que de verdad lo sea, no hay nada que hacer.
Además, el toro tiene que serlo y parecerlo. Desde hace unos años, ya más de los que hubiesen sido deseables, se ha sobrepasado ese listón por arriba y por abajo. Plazas como Las Ventas no admiten sino un animal descomunal, desproporcionado y muchas veces fuera de tipo por aquella exigencia de tamaño. Otras, y aquí la lista es muy larga, sólo quieren el toro que no moleste a las figuras, el toro bonito, que dicen los autoproclamados entendidos. El toro que cumpla por los pelos con la legalidad y que luego sea lo que Dios quiera. Que suele ser poca cosa.
En 1956 se editó el primer libro que escribió el gran y genial guionista logroñés Rafael Azcona; una novela que narra la descorazonadora historia del toro Felipe, animal de raza holandesa, nacido en un valle santanderino y que desde chico mostró querencia a embestir, cosa que mosqueó al padre toro que, sospechando la traición de la madre con algún toro bravo, se marchó avergonzado a Galicia.
Felipe era un toro manso, como su madre, sí, pero en su interior se sentía bravo y siguiendo el Ebro desde Santander llegó hasta tierras navarras donde habitaban toros de lidia. En paralelo se cuenta la aventura de un niño nacido en Logroño y al que su padre quiere hacer torero mientras que él lo que quiere es ser huérfano. Al final ambos se encuentran en la plaza y... bueno, el final es mejor que lo lean, no quiero reventarlo.
Se trata de una fábula que explica lo difícil que resulta combinar los intereses de unos y otros y que la cosa funcione.
Durante la pasada feria de fallas se lidió en Valencia un toro llamado “Pocholo”, lo que me hizo recordar la historia del llamado Felipe. Este Pocholo de ahora llevaba el hierro de Juan Pedro Domecq y parecía imposible que con ese nombre el animalito embistiese. Bueno, pues lo hizo, a pesar de su poca fuerza y pobre estampa. Lo que pasa es que su matador no lo vio y su lidia quedó bastante deslucida y pasó muy desapercibida. El que el resto de los toros lidiados aquel día, todos criados en los campos y cerrados de aquel ganadero, y todos de muy justa presencia y energía, contagió en el espectador la idea, ya instalada en el subconsciente de la mayoría, de que con él no había nada que rascar.
Son ya muchos años, son ya muchas ferias en las que los productos de la antigua ganadería del Duque de Veragua sólo da disgustos.
La gente no se explica cómo se le repite una y otra vez, siendo tan pocas las veces que en los últimos tiempos ha dado satisfacción al respetable -que por otra parte cada día parece serlo menos, a la vista de su comportamiento, tragaderas y caprichos, pero esa es otra historia- y, por contra, tantos disgustos y sinsabores, cosechando tamaña cantidad de fracasos.
Claro que la explicación es sencilla si se tiene en cuenta que se trata de toros que cuando salen buenos salen muy buenos y permiten al espada de turno lucir su pinturería y habilidades y cuando salen malos no crean complicaciones a quien ante ellos se pone, sin que en ningún caso haya evidencia de los problemas inherentes al toro bravo y que por eso mismo provocan que lo que con ellos se hace tenga un valor especial que no está al alcance del común de los mortales. Y por eso los de coleta, y sus mentores, exigen para sus actuaciones y compromisos toros de este hierro, o similares, que los hay a montón, para facilitar su labor en pos del éxito y minimizar riesgos y contratiempos. Por si faltase algo, abundan los palmeros -miren casi cualquier portal o revista especializada-, interesados, en nómina, meritorios o de oficio que no escatiman halagos ni alabanzas para con estos bureles que, como en el caso de Valencia, o en el de Castellón unos días después, no son sino un engaño para el sufrido espectador. Y es que cuando el toro se llama Felipe…