la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 11 de mayo de 2026

San Isidro'26. La insoportable levedad de los guirlaches de Mayalde , con Caballero, Román y Galván. Márquez & Moore


JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
A las 20:33 horas de la tarde, al morir el tercero, ya llevábamos encima 173 muletazos, según el cómputo de la gentil aficionada CLL y tres avisos en la cuenta del aficionado DA. Llevábamos una hora y media en la piedra, a la espera de que el cuarto toro apareciera por la puerta de los chiqueros, custodiada como viene siendo habitual por don Gabriel Martín ataviado como un barquillero del Retiro. La corrida del señor Conde de Mayalde, los guirlaches de Mayalde, iba pesando ya como una tonelada de plumas, y tan sólo nos había conseguido sacar del sopor en noventa minutos la desbandada furiosa de las mulas cuando iban a arrastrar al segundo de la tarde. Los benhures que se ocupan de ellas fueron incapaces de contenerlas en sus bríos cuando salieron de naja, y las hijas del burro y de la yegua, espantadas por vaya usted a saber qué, huyeron a galope tendido desde el 9 hasta el 4 y a la vuelta arrollaron a un insensato de los benhures que se interpuso en su camino con la vana ilusión de parar a aquellas furias desatadas, hasta que se consiguió detenerlas en el punto opuesto al que ocupaba el cadáver de Escultor, número 27, que esperaba sin prisa ser conducido a rastras hasta los destazadores.

La cosa ya comenzó mal cuando un blandengue Jibelino, número 31, anduvo por la plaza mostrando sus debilidades congénitas y las sobrevenidas tras su paso por las manos y la vara de Daniel López. El bicho no podía ni con la penca del rabo y sus trémulos pasos por la arena de miga de la Plaza fueron refrendados con silbidos y los consabidos signos de desaprobación, sin que esas manifestaciones de los expertos ojos de tantos aficionados sirviesen para conmover a don José Luis González, que se empeñó en mantener al animal haciendo el ridículo públicamente hasta que una perfecta caída en plancha longitudinal a la salida de un capotazo en banderillas le convenció de que debía mostrar el trapo verde. A cambio de eso sacaron a una especie de morucho, negro y lleno de barro, de Fermín Bohorquez que atendía por Noruego, número 97, con el que volvió a principiar la corrida, siendo el gaditano David Galván el encargado de vérselas con él a ver qué se podía hacer con esa prenda. Hoy no quisieron poner al de El Freixo de sobrero, a saber por qué, y a cambio tenían a éste y al que se citará más adelante. Galván anduvo de acá para allá con el toro, que tampoco era como para irse con él de copas, y entre medias dejó alguna leve pincelada en forma de pase natural en una faena larga y de parcos argumentos.

Escultor es nombre querido en la casa Mayalde y hoy nos echó a uno, herrado con el 27, cuyas señas de nombre y cifra son idénticas a las de otro Escultor que, en forma de novillo, vimos en el año ’23, blando y sin fuelle, que de nada le sirvió a Mario Alcalde. Éste de hoy no fue un paladín de la fuerza bruta, pero al menos no anduvo derrengado. Sirvió para que apreciásemos la disposición de Román, preguntándonos a qué habría venido Román con los de Mayalde, y comprobásemos cómo el animal cantó la gallina, estando más interesado en irse que en quedarse a lo de la muleta, aproximándose cuando tuvo ocasión al abrigo del maderamen de la barrera de donde no quiso ya salir y donde Román lo cazó a la tercera o a la cuarta antes de descabellarlo.

El tercero fue Joyero, número 18, ante el que se plantó Gonzalo Caballero, una corrida el año pasado y sin apoderado, en otra de esas duras pruebas que algunos se ven obligados a pasar a ver si suena la flauta y son capaces de enderezar una carrera que flaquea. Cuando Galván se pone a hacer unas chicuelinas en su quite, el toro le echa al suelo y le pisotea, encelándose con él y las asistencias se le llevan a la enfermería. Después del susto, Caballero pone su a veces ciego valor y su falta de un plan ante las complicaciones del toro. La faena te tiene en vilo, porque ves al torero cogido la mitad de las veces, pero los argumentos que el torero despliega ante el toro son de poca enjundia. Quiso torearlo en la distancia al principio y luego optó por buscar unas cercanías que el toro ni demandaba ni quería, dando la sensación de no acabar de comprender al Mayalde.

Ahora estamos justamente donde empezamos el folio: son las ocho y treinta y tres minutos, llevamos tres toros y como David Galván está en las manos de Padrós, se corre turno y le toca a Román vérselas con el quinto, Enarbolado, número 15, un toro castaño, cuajado y de armónicas hechuras que se emplea en el primero de sus encuentros con Francisco de Borja y su mascota equina y que acude con soltura a banderillas. Román, sin dudarlo, le plantea el cite de largo al toro y le recoge en una primera serie de derechazos templados y limpios. Generosa la apuesta de Román, que basa toda su faena en la distancia, haciendo galopar al toro en una segunda serie más encajada y después en otra más con la plaza entera aplaudiendo. Luego dos series de naturales, de nuevo basadas en la distancia en el cite, en la ligazón y en la buena colocación, antes de retornar a la diestra para otra serie de categoría. 
La faena de Román es maciza y meditada. No es fruto de improvisación; se percibe que el torero tiene muy claro lo que quiere hacer y está dispuesto a hacerlo sin agobios, luciéndose él y luciendo al toro, sin darse importancia y llevándose la tarde de calle. Tras unos adornos para cerrar al toro hacia las rayas, que no salieron todo lo bien que nos hubiera gustado, una estocada recibiendo refrendó su importante trabajo en esta tarde. Frente a la nada de Talavante del otro día, aquí ha explicado hoy Román sus argumentos basados en el toreo hecho sin artificio, en la verdad, la colocación y, sobre todo, en la generosidad.

Gonzalo Caballero repitió en su segundo las mismas jaculatorias que en su primero. Aguantó una colada de esas que te dejan mudo al principio y volvió a porfiar con Enarbolado, número 15, en un trasteo al que le faltaba una idea central que le diera unidad. Minutos antes habíamos visto la homogénea faena de Román, su unidad de tiempo, de espacio y de acción y tan de seguido Caballero se nos figuraba un poco a la deriva, sin aprovechar las -pocas- nobles embestidas del toro y entregándose a un trasteo largo y sin propósito. En este toro merece la pena destacar la gran actuación con los palos de Ángel Gómez.

Cuando esperábamos de nuevo a Román, salió David Galván de la enfermería con una especie de faja ventral y se dispuso a vérselas con Entrador, número 23, con el que don José Luis González repitió la misma monería que con el primero: la de tenerle en la plaza, picarle y cambiarle en banderillas, cuando las gentes viendo la hora que era ya pensaban más en la cena que en la lidia. Eso nos permitió conocer al otro morucho de Fermín Bohorquez, Templado, número 83, igual de embarrado que el primero pero mucho más feo, como de granja de engorde de chotos poco escrupulosa. El bicho era una prenda y los banderilleros no se fiaban de él. No se le veían ganas de humillar y entraba con la cara levantada a ver dónde colocaba el derrote. Galván se puso decididamente frente a las inexistentes virtudes del Bohórquez y consiguió arrebatarle algún muletazo a base de tragar y de quedarse, con mucha decisión y hombría, y de dejarle una gran estocada. La parte graciosa de la faena vino cuando la conocida voz de un anciano del tendido le aconsejó al diestro:

-¡Bájale la mano!

Y eso ya fue un festín de risas en la larga tarde, esa mentecata recomendación dada para un toro que no había humillado una sola vez en toda su vida pública, como si el pescuezo lo tuviese escayolado.

A las diez y diez abandonábamos ateridos la plaza, haciendo recuento de avisos: contando los 4 de hoy, en tres corridas llevamos 11.


Román

ANDREW MOORE


















FIN

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