'..El riesgo de fondo es evidente. Cuando una plaza de primera categoría se percibe únicamente como un activo económico susceptible de alquiler, sin un marco sólido que garantice su continuidad taurina, el resultado puede ser una progresiva desnaturalización de su función dentro del sistema..'
Zaragoza, en el escaparate del precio
Por Sergio Hueso
La decisión del presidente de la Diputación de Zaragoza, Sánchez Quero, de articular el futuro de la plaza de La Misericordia bajo la fórmula de “alquiler al mejor precio” abre un escenario que, más allá del debate administrativo, tiene una lectura de fondo mucho más profunda: qué papel se le otorga al toreo dentro de una plaza de primera categoría y qué se entiende hoy por gestión de un patrimonio cultural.
El propio lenguaje utilizado en la nota institucional, con expresiones que subrayan la ausencia de regulación de otros aspectos más allá del económico, ha generado preocupación en parte del sector. No tanto por la legalidad del procedimiento en sí, sino por lo que implica como modelo: un sistema donde el componente económico aparece como eje casi exclusivo de la adjudicación, relegando a un segundo plano la definición artística, cultural y taurina del proyecto.
En ese contexto, la eliminación de la feria de San Jorge del calendario taurino se ha convertido en un símbolo especialmente significativo. No solo por la pérdida puntual de una fecha, sino porque no ha venido acompañada de una explicación clara sobre su posible recuperación o integración en el ciclo del Pilar. El resultado es una sensación de reducción progresiva del calendario y, con ello, de la propia identidad taurina de Zaragoza dentro del circuito nacional.
Zaragoza fue durante años una plaza con capacidad de influencia, con voz propia en la estructura de las grandes ferias. Hoy, sin embargo, el debate se centra en su capacidad para mantener una temporada estable y reconocible. Y en ese tránsito, la forma en la que se articula su gestión se convierte en un elemento determinante.
Desde el entorno empresarial, organizaciones como ANOET han advertido en distintos momentos de la necesidad de que los pliegos administrativos no se limiten a criterios económicos, sino que incorporen garantías sobre la calidad, la continuidad y el respeto al propio ecosistema taurino. La respuesta institucional, en cambio, ha sido interpretada por algunos sectores como una lectura excesivamente rígida del conflicto, en la que el desacuerdo técnico o jurídico se traslada al terreno político o incluso personal.
Pero quizá el elemento más delicado del nuevo escenario no es solo el modelo de adjudicación, sino sus posibles derivadas. Un sistema donde el contenido de la gestión queda escasamente definido abre la puerta a escenarios teóricos que, sin ser inmediatos ni necesariamente probables, sí resultan significativos desde el punto de vista conceptual. Entre ellos, la posibilidad de que operadores ajenos al mundo taurino —incluidos colectivos abiertamente animalistas o entidades sin vinculación con la tauromaquia— pudieran optar a la gestión si cumplen el requisito económico establecido.
No se trata de una hipótesis inmediata, pero sí de una consecuencia lógica de un modelo donde el “qué” se subordina casi por completo al “cuánto”. Y en ese punto, el debate deja de ser estrictamente administrativo para entrar en el terreno cultural: qué significa gestionar una plaza de toros en una ciudad como Zaragoza y qué límites, si los hay, debe tener ese modelo.
El riesgo de fondo es evidente. Cuando una plaza de primera categoría se percibe únicamente como un activo económico susceptible de alquiler, sin un marco sólido que garantice su continuidad taurina, el resultado puede ser una progresiva desnaturalización de su función dentro del sistema. Y con ello, una pérdida de peso específico en el conjunto de la temporada.
Zaragoza no necesita únicamente un adjudicatario. Necesita un proyecto. Uno que entienda que su plaza no es un inmueble disponible en el mercado, sino un espacio cultural con historia, afición y responsabilidad dentro del toreo contemporáneo.
Porque cuando el criterio económico se convierte en el único filtro, lo que está en juego no es solo quién gestiona la plaza. Es qué plaza queda después.

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