la suerte suprema

la suerte suprema
Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 9 de julio de 2026

¿Descansa en paz? / por Juan Abreu

 

Habla Felipe VI: “Es ciertamente sorprendente y de alguna forma intolerable que todavía haya personas que jaleen a los responsables de todo ese dolor”. Bien. Pero. Ese “y de alguna forma intolerable”, me saltó al cerebro como una manada de hienas. ¿Cuál forma?

¿Descansa en paz?

Esas lágrimas son un estigma imborrable en el rostro de una España que eligió arrodillarse ante los bárbaros.


Por los 29 años del asesinato de Miguel Ángel Blanco, se ha hecho un documental. Se estrenará mañana viernes. Lo veré con el mayor interés. Se titula Miguel Ángel Blanco, las 48 horas que lo cambiaron todo. Un título desafortunado, porque el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco no cambió nada. ETA siguió matando y la sociedad etarra (léase vasca) continuó su proceso de envilecimiento de manera inexorable, hasta hoy, en que vota en grandes números a Bildu, el brazo político de la banda que mató a Blanco. Envilecimiento que incluyó, cómo no, profanaciones de la tumba de Blanco y acoso a su familia. ¿Cabe algo más demostrativo de que nada cambió la atrocidad del crimen? Cierto es que se produjeron manifestaciones en toda España para implorar, vanamente, que ETA no consumara su amenaza de muerte. Pero. Como bien señala Carlos Rodríguez Estacio en su imprescindible obra sobre la muerte de Miguel Ángel Blanco, llena de datos desconocidos (la tortura a la que sometieron al joven concejal, por ejemplo) y de lúcidos análisis acerca de la rendición moral y política de los españoles ante un nacionalismo tribal que no dudó en recurrir al asesinato. 

«Cabe preguntarse, nos dice Estacio, si esta deriva no se encontraba ya en los planes originales de ETA. Así, al menos, lo sugiere la respuesta de Txapote a un compinche que, ante la magnitud de la reacción cívica, le preguntó si no había sido un error asesinar de esa manera al concejal: “Estas cosas se entienden un año después”. A la luz de los acontecimientos posteriores, esta frase adquiere un cariz de aritmética macabra. Quizás Txapote fuera capaz de anticipar necro-lógicamente el efecto dominó que se iba a producir. Después de todo, un psicópata en un entorno psicopático tiene más probabilidades de acertar».

«Si uno revisa las imágenes de aquellas grandes manifestaciones, hay un detalle muy significativo: no ves ni una bandera española. Y lo mataron por ser español, por el mero hecho de serlo. Pensar que se iba a mantener una reacción de esta naturaleza a partir únicamente del humanitarismo o de consignas éticas resulta algo más que ingenuo. Salimos al campo ya derrotados».

«En la Transición se ensayó un experimento único: una democracia sin nación. Y de esta manera se sirvió el país en bandeja a sus enemigos, sin ningún anticuerpo patriótico que le permitiera defenderse de las agresiones (externas o internas)».

Ni una sola bandera de España. Esto resume la tragedia española. 

Habla Felipe VI

No puedo hablar del documental hasta que no lo vea, naturalmente, pero algo diré de un reportaje aparecido en el diario El Mundo. En el documental, se entrevista al Rey Felipe VI y, según el diario, dice lo siguiente. “Es ciertamente sorprendente y de alguna forma intolerable que todavía haya personas que jaleen a los responsables de todo ese dolor”. Bien. Pero. Ese “y de alguna forma intolerable”, me saltó al cerebro como una manada de hienas. ¿Cuál forma? Es no sólo intolerable que se jalee a los asesinos, también que se permitan celebraciones cuando salen de la cárcel, muchas veces sin cumplir sus condenas. “De alguna forma”, dice el Rey.  Pero. Si alguien tiene la obligación de usar un lenguaje recto cuando habla a sus súbditos, es el Rey. Majestad, es algo intolerable, punto. Amén de grotesco, vil y repugnante; pero esto último entiendo que no lo diga. No vaya a ser que el enemigo se ofenda. 

Y otra cosa, uno de los documentalistas, Jon Sistiaga, va a la tumba del asesinado Miguel Ángel Blanco y echa un discursito. La tumba está en un pueblito de Orense. La trasladaron allí desde el País Etarra para impedir que siguiera siendo objeto de profanaciones y destrozos. 

En el discursito, Sistiaga, según leo, dice: «Te has perdido ver a Messi en tu Barça y la carrera en solitario de Bunbury (…) Aquellas 48 horas lo cambiaron todo. Tu asesinato nos hizo perder el miedo. Tu muerte, ya me jode decírtelo así, fue el principio del fin de ETA. El 60% de los jóvenes de este país que han llegado al final de este documental no sabían quién eras. Supongo que no es culpa de ellos sino de nosotros que no se lo hemos contado. Así andamos. Descansa en paz».

Así andamos

Messi y Bunbury, dice, vaya chorrada. Nada de que ETA, que lo mató, no ha desaparecido, por el contrario ha progresado tanto desde que le pegó dos tiros en la cabeza, que ahora es parte del Gobierno de España. Nada de que Zapatero y ahora Sánchez, en los casi treinta años que lleva muerto se han dedicado, los muy traidores, a blanquear a ETA y a poner en libertad a muchos de sus asesinos. Nada de que está en Galicia porque su familia tuvo que escapar de las hordas de patriotas vascos. Nada de que su matador ha sido trasladado a una cárcel del País Etarra donde sus correligionarios políticos le harán la vida lo más fácil posible. Mucho vis a vis.  Nada de que los partidos más votados en el país imaginario que lo mató, son el partido que recogía las nueces del árbol de los crímenes de ETA, y el partido de los pistoleros, que es muy posible que  se haga con el poder en las próximas elecciones. Así andamos. 

Sobre el tema de la tortura se habla poco. O nada. Se podría incomodar a los homicidas, socios del Gobierno. Lean La tribu caníbal, el libro de Estacio. Es indispensable para calibrar la barbarie tribal etarra y la inconmensurable fosa de bajeza e infamia de los políticos que pactaron el blanqueamiento y puesta en libertad de los terroristas. 

Cuarenta y ocho horas llorando

A Miguel Ángel, por orden de Txapote, lo mantuvieron atado y amordazado cuarenta y ocho horas en el maletero de un coche, justo hasta el momento de matarlo. Cuarenta y ocho horas. Y aún este detalle, que suele excluirse cuando se habla del tema: la autopsia revela que Blanco tenía las mejillas quemadas: se había pasado los dos días que lo mantuvieron dentro del maletero del coche, llorando. Esas lágrimas son un estigma imborrable en el rostro de una España que eligió arrodillarse ante los bárbaros. Una España que sigue de rodillas.

Descansa en paz. Concluye su monólogo de Sistiaga, ante la tumba del joven concejal del PP. Sabemos que no es más que una frase hecha. Pero. Si hubiera para los muertos posibilidades de descanso, de una manera u otra, dependiendo de lo sucedido después de su muerte, Miguel Ángel Blanco estaría hoy revolviéndose de horror en su tumba. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario