La directora de la oficina para las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal Española, Lourdes Grosso, y el adjunto a dirección, Fernando del Moral, presentan el informe de las causas de beatificación al Prefecto del Dicasterio, cardenal Marcello Semeraro
"De los 3.344 candidatos a subir a los altares, la gran mayoría son mártires, con un total de unos 3.000"
Verdades incómodas: quienes asesinaron en la retaguardia fueron los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones.
Francesc Cambó: "Los que no ven en la gran tragedia española más que una guerra civil, con los horrores que acompañan siempre la lucha entre hermanos, sufren lamentable ceguera".
Javier Paredes
Catedrático emérito de Historia Contemporáneo
Esta semana hemos conocido que hay 3.344 candidatos a subir a los altares, en las 349 causas abiertas de las diócesis españolas. Oficialmente se ha publicado que la directora de la oficina para las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal Española, Lourdes Grosso, y el adjunto a dirección, Fernando del Moral, han presentado el informe al Prefecto del Dicasterio, cardenal Marcello Semeraro, en el que constan estos datos.
En esa misma información se dice que de las 349 causas abiertas, 292 corresponden a causas por virtudes; es decir que se trata de candidatos que se murieron en la cama, después de haber vivido ejemplarmente. Y se añade que hay otras 48 causas “de la persecución religiosa del siglo XX en España”, que es el eufemismo que se utiliza para no decir a las claras que se trata de los mártires que dieron su vida en la persecución religiosa que llevaron a cabo los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones, durante la Segunda República y la Guerra Civil.
Y por aclarar la noticia del todo, diré que la mayor aportación de los 3.344 candidatos la hacen estos mártires. Las 292 causas por virtudes son individuales, mientras que las 48 de mártires corresponden a grupos por diócesis, en los que suele haber varias decenas de mártires en una sola causa. Así por ejemplo, la diócesis de Valencia tiene dos causas abiertas, una con 100 y la otra con 90 mártires; la provincia eclesiástica de Castilla La Mancha tiene siete causas abiertas con 464 mártires… En consecuencia, de los 3.344 candidatos a subir a los altares, la gran mayoría son mártires, con un total de unos 3.000.
En el primer capítulo de mi libro Hasta el Cielo. Mártires de la Segunda República y la Guerra Civil, he escrito que a esta impresionante realidad religiosa, la mayor persecución de la Iglesia católica en sus dos mil años de existencia, la denominación oficial de los obispos españoles se ha referido unas veces como «mártires de España», otras como «mártires del siglo XX» y hasta de una tercera manera como «mártires de la década de los años treinta». Y todavía quedan otras maneras más si se combina la primera forma con las otras dos: «mártires de España del siglo XX» y «mártires de España de la década de los treinta».
"Hay 48 causas “de la persecución religiosa del siglo XX en España”, que es el eufemismo que se utiliza para no decir a las claras que se trata de los mártires que dieron su vida en la persecución religiosa que llevaron a cabo los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones, durante la Segunda República y la Guerra Civil"
Cierto que son mártires españoles, pero es falso que sean mártires de España, porque no en toda España hubo persecución religiosa. Dejando a un lado la Segunda República, período en el que ya hubo mártires a manos de los mismos verdugos de la Guerra Civil, todos esos miles de mártires se produjeron en la zona bajo el control de los socialistas, los comunistas y lo anarquistas o zona del Frente Popular. Porque lo cierto es que en la zona de Franco o zona nacional no solo no hubo persecución religiosa, sino que se defendió y se protegió a los sacerdotes, a los religiosos, a las monjas y, en suma, a la religión católica. Por esta razón los sacerdotes, los religiosos y las monjas, a los que les cogió el estallido de la guerra en la zona republicana, se escondían o trataban de pasar a la zona de Franco para que no les mataran los rojos; y ninguna de estas personas se pasó de la zona de Franco a la zona de los rojos. Por tanto, estos dos comportamientos, tan diferentes y tan opuestos, quedan ocultos cuando a los católicos asesinados en la Guerra Civil por los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones, se les denomina oficialmente «mártires de España».
Lo de mártires del siglo XX es todavía más chusco, porque ni los siglos han asesinado a nadie desde que el hombre puebla la Tierra, ni hubo persecución religiosa en España durante todo el siglo XX. La persecución religiosa en el siglo XX, contra las personas y contra las cosas sagradas, se produjo desde el año de 1930 hasta el año 1939, coincidiendo con los últimos meses delreinado de Alfonso XIII, la Segunda República y la Guerra Civil. ¿Mártires del siglo XX, mártires de la década de los treinta, mártires de España…? No por rigor histórico y sí, si lo que se pretende es ocultar que los verdugos fueron los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones y que Franco protegió a los católicos.
Porque por más que unos y otros se empeñen en expulsar a la verdad histórica por la puerta, resuelta que se vuelve a colar por la ventana. Es un hecho incuestionable que, aunque con distinta intención, la religión fue la argamasa que unió a los integrantes de cada uno de los dos bandos de la contienda. Muchas eran las diferencias entre socialistas, comunistas y anarquistas, algunas resueltas a tiros, pero les unía su afán en exterminar de España a la Iglesia Católica. En el otro bando, son evidentes los desacuerdos entre monárquicos, falangistas y requetés, pero a todos les unía la defensa de la Iglesia católica, por lo que se embarcaron en una guerra que juzgaron como una Cruzada.
En más de una ocasión, el papa Pío XI se refirió a la Guerra de España como Cruzada. La mayoría de los obispos españoles, desde el principio, definieron la Guerra Civil como una Cruzada. Baste un par de ejemplos. El primero en hacerlo fue el obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea, en un artículo publicado el 23 de agosto de 1936 en el Diario de Navarra, que se titulaba así: “Nos es una guerra: es una cruzada”. Otro tanto hizo el arzobispo compostelano, Tomás Muniz Pablo, en el Boletín Oficial Oficial del Arzobispado de Santiago.
Por su parte, cuando los redactores de la revista de la Compañía de Jesús, Razón y Fe, pudieron escapar del Madrid rojo a la zona nacional, volvieron a publicarla y en el número 476 del mes de septiembre de 1937 se podía leer:
“Razón y Fe, en su propio nombre y en el de la Compañía de Jesús, no considera la lucha empeñada en España como una mera guerra civil, sino como una gran cruzada espiritual y cultural, legítima en sus orígenes, y necesaria, urgente, providencial… De otro modo, sería a estas horas nuestra patria víctima del marxismo rojo en sus más extremas derivaciones, y hubiera dejado de existir España, la única España que nosotros y el mundo reconocemos, para quedar convertida en provincia amorfa del soviet y presa de las ambiciones masónicas-comunistas”.
"Muchas eran las diferencias entre socialistas, comunistas y anarquistas, algunas resueltas a tiros, pero les unía su afán en exterminar de España a la Iglesia Católica"
Sobre la cuestión de la Guerra Civil como Cruzada escribieron muchos los personajes de los ámbitos político y cultural. Veamos solo un ejemplo; el 17 de noviembre de 1937, el político catalán Francesc Cambó publicó un artículo en el periódico de Buenos Aires La Nación. Su escrito se titula, precisamente, “La Cruzada Española”, y en él se podía leer lo siguiente:
“Los que no ven en la gran tragedia española más que una guerra civil, con los horrores que acompañan siempre la lucha entre hermanos, sufren lamentable ceguera.
Para comprender su magnitud, hay que recordar el año 1917, el de la instauración del bolcheviquismo en Rusia, y pensar en todas las desdichas que de aquel hecho se han derivado para todos los pueblos.
La cruzada de la España nacional es, exactamente, lo contrario de la victoria del bolcheviquismo en 1917, y su triunfo puede tener y tendrá para el bien la trascendencia que para el mal tuvo aquella. Significa que allá, en el extremo sudoccidental de Europa, se levantó un pueblo dispuesto a todos los sacrificios para que los valores espirituales (religión, patria, familia) no fueran destruidos por la invasión bolchevique que se estaba adueñando del poder. Es porque tiene un valor universal la cruzada española, por lo que interesa no solo a todos los pueblos, sino a todos los hombres del planeta.
Cuando la Iglesia católica, en el siglo XVI, sufrió el más duro embate de su existencia, fue España la que asumió la misión terrena de salvarla. Y ya en el siglo XIX, cuando el destino de Napoleón se apartó del servicio de su patria para servir únicamente su propia causa, fue España, la España inmortal, la que ofreciendo al héroe hasta entonces invencible una resistencia inquebrantable, salvó a Europa y a la propia Francia.
Hoy se cumple una vez más la ley providencial que reserva España el cumplimiento de los grandes destinos, el servicio de las causas más nobles, que lo son tanto más cuanto implican grandes dolores sin la esperanza de provecho alguno.
Y las grandes democracias de Europa occidental, que miran con reserva y prevención la gran cruzada española, se empeñan en no ver que para ellas será el mayor provecho, como para ellas sería el mayor estrago si el bolcheviquismo ruso tuviera una sucursal en la Península Ibérica.
Y ahora, si quieren, después de estas citas y otras muchas más que podríamos haber escrito, podemos hacer los mismo que lo del indio de la película aquella, en la que en lugar de utilizar la manta para hacer señales de humo y contar lo que pasaba, se la ataba a sus talones para que la manta borrase el rastro de sus huellas en su huida.

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