
'..La dehesa del toro de lidia no es únicamente el escenario donde nace el protagonista de la tauromaquia. Es uno de los grandes ecosistemas humanizados de la península ibérica. Encinas, alcornoques, pastos, charcas, aves rapaces, ciervos, conejos, zorros y numerosas especies conviven en grandes extensiones que permanecen cuidadas precisamente porque existe una ganadería que las mantiene..'
POR MONTERA
El toro bravo frente al abandono que incendia España
Por Sergio Hueso
España vuelve a arder. Los incendios de Madrid y Ávila han alcanzado una gravedad suficiente para que el Gobierno declarase la emergencia de interés nacional. Las altas temperaturas, el viento y la sequedad explican la violencia del fuego, pero no pueden ocultar otra realidad: durante décadas hemos abandonado el campo hasta convertir buena parte del monte en un inmenso combustible esperando una chispa.
El cambio climático existe y agrava los incendios. Negarlo sería absurdo. Pero también lo sería utilizarlo como única explicación para no hablar de la falta de gestión forestal, la despoblación rural y la desaparición progresiva del pastoreo. La propia Estrategia Forestal Española reconoce la necesidad de ordenar y disminuir la carga de combustible para evitar incendios que terminan superando cualquier capacidad de extinción.
Durante demasiado tiempo se ha impuesto un ecologismo de despacho que confunde conservar con abandonar. Limpiar el monte, controlar el matorral, mantener caminos, abrir cortafuegos o permitir el aprovechamiento ganadero no significa destruir la naturaleza. Significa cuidarla. Y existe un animal que lleva siglos haciéndolo en silencio: el toro bravo.
La dehesa del toro de lidia no es únicamente el escenario donde nace el protagonista de la tauromaquia. Es uno de los grandes ecosistemas humanizados de la península ibérica. Encinas, alcornoques, pastos, charcas, aves rapaces, ciervos, conejos, zorros y numerosas especies conviven en grandes extensiones que permanecen cuidadas precisamente porque existe una ganadería que las mantiene.
El toro pasta, abre claros, controla parte de la vegetación y contribuye a conservar un paisaje en mosaico que dificulta la continuidad del fuego. El ganadero mantiene caminos, arregla cercados, limpia bebederos, vigila diariamente la finca y actúa ante cualquier incidencia. Donde vive el toro bravo no existe un monte abandonado: existe un territorio trabajado los 365 días del año.
No lo afirma únicamente el sector taurino. El Ministerio de Agricultura define la raza de lidia como el máximo exponente de la explotación extensiva y reconoce que se cría mayoritariamente en amplias dehesas, muchas de ellas situadas en zonas desfavorecidas y amenazadas por la despoblación, donde contribuye a conservar el ecosistema y convive con la flora y la fauna autóctonas.Ganado
Cada toro bravo necesita hectáreas de campo, pastos, agua, arbolado y vigilancia. Su existencia sostiene económicamente espacios que, sin la tauromaquia, difícilmente encontrarían otra actividad capaz de asumir semejante extensión y semejantes costes. Defender al toro bravo es, por tanto, defender también la dehesa.
Resulta paradójico que quienes atacan constantemente la tauromaquia se presenten después como los únicos guardianes de la biodiversidad. Si desaparece el toro, no queda automáticamente un paraíso natural. Puede quedar una finca sin rentabilidad, un ganadero obligado a abandonar y cientos de hectáreas cerrándose lentamente hasta convertirse en un polvorín.
El pastoreo controlado está reconocido como una herramienta eficaz para reducir el matorral y la carga de combustible en las zonas cortafuegos. Los animales no sustituyen a los servicios forestales, pero forman parte de una prevención que comienza durante el invierno, no cuando las llamas ya alcanzan varios metros de altura.
La situación del lobo refleja el mismo error de fondo. Nadie sensato plantea su exterminio. El lobo pertenece al ecosistema, pero también debe ser gestionado. La protección no puede significar abandonar a su suerte a quienes mantienen el ganado extensivo.
Durante 2025, Castilla y León registró 4.474 ataques de lobo y 6.294 cabezas de ganado muertas, según los datos difundidos por la Junta. Detrás de esas cifras hay ovejas, terneros y becerros recién nacidos, pero también ganaderos exhaustos y explotaciones cada vez más difíciles de sostener.
En Salamanca, situada al sur del Duero, las poblaciones de lobo continúan sometidas a una protección especialmente rígida. La conservación de la especie debe ser compatible con controles científicos y selectivos cuando los ataques sean reiterados. Proteger al lobo no puede consistir en sacrificar al ganadero, porque cuando desaparece el ganado extensivo desaparece también una parte fundamental del equilibrio natural.
El verdadero ecologismo no debería enfrentar al campo con la naturaleza. Debería escuchar a quienes viven en él. Al ganadero, al agricultor y al criador de bravo que conoce cada arroyo, cada encina y cada rincón de su finca.
España necesita menos prohibiciones dictadas desde la ciudad y más gestión. Más pastoreo, más ganadería extensiva, más prevención y más reconocimiento para quienes conservan el territorio con su trabajo.
Mientras algunos presumen de ecologismo desde un despacho, el toro bravo continúa caminando por la dehesa, manteniendo vivo uno de los ecosistemas más ricos de nuestro país. Y mientras España arde, convendría recordar quién lleva siglos cuidando el campo.
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