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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 27 de julio de 2026

Aquellos sesenta… (XXIII) / por Jorge Arturo Díaz Reyes


Cogida mortal de José Falcón por “Cuchareto” en Barcelona. Foto: historiadeltoreo.com

'..El 20 de mayo de 1964 Gonzalo Carvajal notarió a El Cordobés: “Sevilla lo consagró como genio del toreo, como un nuevo Belmonte, porque Huracán Benítez en sus dos toros (tercero, “Mariscal”, número 75 y sexto, “Bancalero”, número 74) (a los que cortó cuatro orejas y un rabo), fue, y lo digo sin empacho el torero con cuya existencia soñó el Pasmo de Triana...”

Aquellos sesenta… (XXIII)

Jorge Arturo Díaz Reyes
CrónicaToro / Cali 27 VII 2026
Contando años, estamos hoy tan lejos de aquella década como esa lo estaba de la inicial del siglo pasado. La misma distancia.

¿Pero lo sigue siendo al medirla no con la escala del almanaque sino de los hechos, la cultura, la ciencia, la sociedad, las costumbres, las modas? ¿Resultan así calculadas tan equidistantes las tres épocas? El tiempo es una convención relativa, lo supimos pasada la primera, (Einstein 1915).

Hasta poco antes de la teoría, entre 1900 y 1910, cuando aún el tiempo y el espacio eran absolutos, la historia corría más lenta y el imperio español se liquidaba; Fuentes, Bombita y Machaquito marcaron la década oficiando la tauromaquia propia del siglo XVIII. La que setenta años antes, en la Escuela de Sevilla Pedro Romero había transmitido a Desperdicios, Cúchares, Paquiro (reglamentador)... Se lidiaban broncos miuras, veraguas, Pablorromeros, aleas…, en plazas que no anunciaban peso ni edad. No tenían estribo en las barreras, burladeros, peto, cruceta, ni ayudado. Las enfermerías, donde las había, eran rudimentarias y la anestesia, cirugía, medicina en general incipientes. Poco más que un consuelo. Ni se sospechaban los antibióticos. El promedio mundial de vida era de 32 años. La muerte era más fácil.

Baste repasar a esa fecha el grueso martirologio de la fiesta, modestos aparte: José Cándido Expósito, los hermanos Romero: Gaspar y Antonio; Pepe Hillo, Curro Guillén, los tres “Pepete”: José Dámaso, José Rodríguez y José Claro; los hermanos Fabrilo: Julio y Paco; José Gaviño, El Espartero, Dominguín…

En la mitad calendaria, 1960 a 1970, surgieron y marcaron el paso: Puerta, Camino, El Viti, El Cordobés. Con sus versiones personales de la tauromaquia descubierta por Belmonte, y sofisticada al compás del tiempo por Chicuelo, Manolete, Domingo Ortega, Ordóñez… Lidiando los hierros de tradición, más los Murube, Santa Coloma, Parladé y los Domecq que ya instalaban predominio.

Con obligatoriedad reglamentaria de anunciar peso y edad. En plazas con estribo, burladeros, cruceta, peto, ayudado, enfermerías a ley (no en todas partes). La anestesia, cirugía y medicina en general habían avanzado mucho. Se disponía de antibióticos diversos, conocimientos, destrezas, ayudas diagnósticas y terapéuticas insospechadas. El promedio mundial de vida subió a 53 años.

No ante el toro, pese a todo, como hicieron ver las muertes gloriosas acaecidas en el intervalo: Joselito, Granero, Litri, Sánchez Mejías, Gitanillo de Triana, Carmelo Pérez, Balderas, Carnicerito de México, Manolete...

Luego la velocidad se hizo vertiginosa. Pasaban más cosas en un año que las acontecidas en milenios anteriores. Salimos al espacio y entramos más allá del átomo. Proliferamos, nos ultra comunicamos, atosigamos la atmósfera, cambiamos el clima, hicimos artificial no solo la inteligencia sino la realidad, la verdad, y justificamos cualquier cosa. Legado y secuela.

Ahora, del 2020 al 2026 rigen: Roca Rey (peruano) entre lo sutil y lo tremendo, acompañado por Morante quien prolonga su vigencia (vintage) de tres décadas, y por quizá Ortega con su episódica sublimidad. Imponen su variedad de estilos aprobada por la posmoderna demanda, y pulida por sus predecesores; Capea, Espartaco, Ponce, El Juli…, uno tras otro en el altar.

Torean casi exclusivamente sangre Domecq, casi porque las otras se reservan para los gestos que demandan las particularidades del mercado y el resto para los menos remilgados. A los ruedos de pro, el toro sale más grande, pesado, adulto y en todas partes genéticamente menos fiero. Las enfermerías están superdotadas y con disponibilidad de traslado inmediato. La técnica médico-quirúrgica desborda la ciencia ficción. La muerte se hizo antinatural, injustificada, imperdonable. Promedio mundial de vida 74 años.

Y aunque a tenor de los tiempos que corren las cosas han seguido empujadas a favor de la sustitución del riesgo por su representación, las cogidas mortales de los connotados en el sexagenio: José Mata, Antonio Bienvenida, Joaquín Camino, José Falcón, Paquirri, El Yiyo, Pepe Cáceres, Víctor Barrio, Iván Fandiño, El Pana…, siguen atestiguando que la corrida no ha perdido su trágico dogma sacrificial.

En los medios de este ruedo de 120 años, quizá más allá, quizá más acá, dependiendo de quién y con qué mida, quedaron aquellos sesenta. Para quienes los vivimos, permanecen como un deslumbramiento, como una inflexión biográfica. Y si en la plaza los sobrevivientes de aquello nos miramos y oímos tan mutuamente distintos e idénticos con los de hoy, como entonces nos mirábamos y oíamos con los sobrevivientes del 1900, es porque siempre fue así. Cuando concurren el toro, el hombre y el toreo surgen el misterio y la intuición común de divinidad. Cambian los tiempos, cambian las formas, la esencia no. Está escrito.

En 1908, José de la Loma “Don Modesto” lo hizo de Bombita: “Tu es Petrus”, dijo Jesucristo a su primer discípulo. “Tu es Bombitus”, dijo ayer la afición al proclamar sumo pontífice del toreo a Ricardo Torres. La silla de Montes (Paquiro), vacante desde 1899, cuando el Papa Guerrita abandonó la jefatura de la tauromaquia, fue ocupada ayer... Ya tenemos Papa…, cada uno de sus naturales fue una encíclica.”

El 20 de mayo de 1964 Gonzalo Carvajal notarió a El Cordobés: “Sevilla lo consagró como genio del toreo, como un nuevo Belmonte, porque Huracán Benítez en sus dos toros (tercero, “Mariscal”, número 75 y sexto, “Bancalero”, número 74) (a los que cortó cuatro orejas y un rabo), fue, y lo digo sin empacho el torero con cuya existencia soñó el Pasmo de Triana.” Y él apostilló cincuenta y seis años después: "Dios tocó a algunos toreros con la varita, pero a mí me cogió en brazos…, yo fui el Papa del toreo."

Y el pasado 16 de abril del 2026, Antonio Lorca publicó en El País: “Morante, dios del toreo. El torero sevillano perdió los máximos trofeos al pinchar una explosión de improvisada genialidad ante una Maestranza enloquecida… Si tuvieron la fortuna de ver la corrida, quédense con lo vivido, con esa misteriosa conmoción colectiva que se apoderó de La Maestranza de la mano de un genio llamado Morante de la Puebla.”

Sí, la tauromaquia es una religión, quizá la más vieja, y en ella los feligreses podemos cambiar el hábito, el gusto, la época, el modo, pero no el dogma.

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