
''...El verdadero significado es su dimensión teológica, ya que la razón fundamental de que se produjera, fue defender a la Iglesia católica que sus eternos enemigos estaban a punto de liquidar..'
18 de Julio de 1936, mucho más que un acto de legítima defensa y un alzamiento popular
Pablo Gasco de la Rocha
Pasa el tiempo, y no hay duda razonable de lo que fue y representó el glorioso Alzamiento del 18 de Julio de 1936, que hoy nuevamente celebramos y honramos, más allá de que fuera un acto de legítima defensa y un alzamiento popular. De ahí, el olvido o desprecio de los que han debilitado su inteligencia y han perdido el fundamento de la propia Verdad, y el odio de la chusma roja impenitentes, recalcitrante gentuza que no desaparece jamás. Es igual, el más transcendente significado del glorioso Alzamiento del 18 de Julio de 1936 estará siempre presente. A qué nos referimos exactamente. Pues, a la dimensión teológica de esta fecha que, más allá de que fuera un acto de legítima defensa en pro de la libertad y de la paz social, librándonos de convertirnos en el primer satélite de la URSS. Y un alzamiento popular, porque al Ejército sublevado se sumó una tropa voluntaria, joven y resuelta, encuadrada, preferentemente, en los Tercios del Requeté y en Falange Española de las JONS. El verdadero significado es su dimensión teológica, ya que la razón fundamental de que se produjera, fue defender a la Iglesia católica que sus eternos enemigos estaban a punto de liquidar. Cuestión trascendental que los españoles deberían examinar a fondo, ante la ingratitud de la Jerarquía católica actual para con sus liberadores y hacia su Caudillo.

En definitiva, el Alzamiento del 18 de Julio de 1936 fue una voluntad en defensa de una cosmovisión de vida sustentada en las eternas virtudes y e ideales de España, que finalmente se consigue tras la Victoria, el 1 de Abril de 1939. Fecha en la que se entroniza un Régimen que incorporó el sentido católico a la reconstrucción nacional: los 40 años de Paz y Prosperidad bajo la dirección indiscutida e indiscutible del Caudillo Franco. La persona providencial con la que España se encontró en una de las encrucijadas más graves, serias y trascendentales de su historia. Estamos ante el recuerdo de una gesta impresionante, de las más impresionantes y trascendentales de nuestra historia, de la historia de Europa y de la historia de occidente, vencer a la canalla comunista en el campo de batalla, y posteriormente en el campo social y en el de la cultura. Ahora bien, como nos ha pasado a lo largo de la historia y está en el signo de los tiempos, el espíritu del Alzamiento del 18 de Julio hecho realidad con la Victoria del 1 de Abril de 1939 se fue vaciando, incluso antes de que falleciera Franco, llegando al extremo de entregar la obra a los enemigos. Entrega a la que siguieron dos hechos absolutamente catastróficos para España, cuyas consecuencias hoy lamentamos: la traición que hizo Juan Carlos I a lo jurado para poder ser rey de la Monarquía instaurada, aceptando el nuevo papel de marioneta que le impusieron, a cambio de su presencia en la Zarzuela. Y la implantación del sistema partitocrático parlamentario y liberal con su concepción patrimonialista de la política, que desde el principio optó por la corrupción y que a lo largo de todos estos años ha ido redoblando su estrategia de polarización social.
Ahora bien, ¿quiénes fueron los responsables de la entrega de la Victoria? La respuesta es elemental. Quienes la custodiaban: instituciones y leyes. Estuvo la derecha-liberal, Alianza Popular (AP), ¿a la altura de las circunstancias? ¿Fue verdad lo de: “España, lo único importante”? Para nada, porque la derecha-liberal siempre ha sido egoísta y sorda a los clamores populares. Pero cuando las cosas van mal y la izquierda asoma, se pone pálida, se echa a temblar y grita a pleno pulmón: ¡Ejército al poder!… Que es lo que pedía Manuel Fraga junto con don Juan de Borbón, padre de Juan Carlos I, unos minutos antes del 23 de febrero de 1981. En cuanto a las Fuerzas Armadas, mejor diríamos que fue el avestruz en la escena, haciendo tabla rasa de lo que estipulaba y mandaba el artículo 37 de la Ley Orgánica del Estado, que atribuía a las Fuerzas Armadas, entre otras misiones, la defensa del orden institucional. Deber, orden y mandato que no habíamos olvidado muchos de los que habíamos jurado bandera, y que llamados a defender ese orden jurídico-político que habíamos jurado, hubiéramos acudido desde nuestros despachos, oficinas, fábricas, talleres, desde el campo o desde el mar. Desde donde cada cual estuviera sirviendo y haciendo una vida honrada.
Y si es de referirnos a la jerarquía de la Iglesia, recordar que admitió una Constitución que expulsaba toda referencia a Dios, convirtiendo a España en un Estado laico, no por el avance arrollador del adversario, sino por el silencio abusivo, incomprensible y cobarde de la Conferencia Episcopal de ese momento de España. Silencio que resultó atronador cuando el presidente de las Cortes Generales, Antonio Hernández Gil, quitó el Crucifijo del Palacio de la Carrera de San Jerónimo, según sus propias palabras: “por comprensión con quienes no creen y neutralidad política”, sin que se alzasen más voces condenatorias que aquellas que venían del pueblo llano.
La Transición cambió política y socialmente a España, y su legado sigue condicionándonos. La esencia de la transición fue la reafirmación de la subversión y la rebelión contra las eternas virtudes e ideales de España. Y hoy, incluso, contra la razón más elemental.
La principal y más urgente tarea de la sociedad española es no dejarse engañar, y tener muy claras dos cosas: 1ª. Que la traición a la Victoria del 1 de Abril de 1939 es la consecuencia de todo lo malo que hoy acontece en España. 2ª. Que será responsabilidad de los españoles de este momento histórico no repudiar y fulminar este Estado, cuya forma política es la monarquía, promotor de la quiebra nacional.
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