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Pepe Bienvenida / La suerte suprema
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domingo, 17 de abril de 2011

Los carteles de Sevilla... y una novela sobre los templarios / Por Joaquin Albaicín

 El esperado Oliva Soto repite con Conde de la Maza
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Los carteles de Sevilla... y una novela sobre los templarios 

 Por Joaquin Albaicín

Aún sin secar la goma que los sostiene en pie en las esquinas de Sevilla, los carteles de la Feria ya prometen. Que luego, además, cumplan con las expectativas que aventan, eso ya no queda en manos de ninguna empresa, sino en las de la Providencia divina. En las combinaciones figuran divisas suscitadoras siempre —por un motivo u otro- de runrún: Alcurrucén, Núñez del Cuvillo, Dolores Aguirre, Miura... Con ellas se verá las caras la mayoría de las torres, caballos y alfiles toreros de esta época, acaudillados por El Juli, lidiador de neuronas privilegiadas, muleta con un poder de convicción que asusta y responsable hace nada del incendio de la Plaza México y otro puñado de allende…

Regresa a las cálidas arenas Julio Aparicio, con el aura única que distingue a su toreo y que —“Barquerito” dixit- “ha sido con la espada el torero más certero de su generación”. El Cid parece que trae de América y Valencia las uñas más afiladas que en el ciclo pasado. Cayetano viene dos tardes, esta vez sin tiras ni aflojas. Aplaudo la inclusión de Fandiño, en quien creo. Se espera que Juan Mora refrende su cantada resurrección, y cabe augurar momentos felices por partida doble de su coincidencia en el cartel con Curro Díaz. Dos citas también para Oliva Soto: una, con la corrida del Conde de la Maza (que le dio el año pasado el clamoroso triunfo, y no habría sido educado rechazar ahora), y la otra con la de Alcurrucén, ganadería entipada por hondo fondo de clase.

Que me apetece, en fin, esta Feria. Por supuesto, unos nombres tiran más de mí que otros. ¿Quién no echa en falta a alguien? Todos calentamos en el bolsillo de la pechera, mil veces recompuesto, nuestro particular censo de coletas olvidados por las empresas, nuestro muestrario escogido de injusticias taurinas, nuestra selección de toreros a los que perdonamos todo y de toreros a los que no pasamos una. Pero creo que la calidad y el atractivo de los carteles son difíciles de discutir: faltan —siempre faltan- nombres, pero no sobra ninguno.

Nada en esta vida sucede por casualidad y, justo en vísperas de esas jornadas feriales en que, tras el aperitivo o almuerzo en “Volapié”, “Puerta Grande” o “Pepe Donaire”, acudiremos a la plaza —o a la pantalla de “Malabar”- con la ilusión de ser testigos del sometimiento, con el temple como arma, de las táuricas embestidas, nos llega una novela en torno, precisamente, a los templarios: “Un infierno en la mente”, de Javier Martín Lalanda. Según leo en la contraportada, estos caballeros templarios suyos sobreviven, concretamente, ocultos en ignotos laberintos que minan el subsuelo madrileño.

No puede extrañarnos el compromiso emotivo, editorial y artístico del autor con la caballería y la ciencia-ficción, por cuanto pertenece a una familia cuyos varones, en el pasado reciente, dedicaron sus vidas a luchar espada en mano contra camadas enteras de minotauros (Marcial sólo, a quien tuve el placer de tratar en sus últimos años, debió despachar al inframundo entre dos y tres mil de estos monstruos mitológicos a cuya guarida se llega siguiendo el resplandeciente y delicado hilo de Ariadna). No puedo tampoco considerar un capricho del azar el dato de que la editorial, que es al escritor lo que la ganadería al torero, sea, precisamente… ¡“La Biblioteca del Laberinto”! La lectura de la novela se nos antoja, pues, de lo más a tono con esos días de feria que nos vienen, y para entonces la reservamos, a fin de, aún frescos y restallantes en nuestras sienes los olés de los tendidos, cotejar las hazañas de los templarios de ayer -vivos en la imaginación de Javier Martín Lalanda- con las dignas de ser trovadas de los de hoy.

Y es que atravesamos tiempos difíciles, para cuyos intrínsecos sinsabores hallamos muchos, sí, un eficaz calmante en los júbilos y fiascos destilados y propiciados por el arte del toreo. Pero, a final de cuentas, es la imaginación el verdadero bálsamo de Fierabrás. Hoy más que nunca, en la taiga azotada por los vientos de la crisis, el secreto para no perder el compás reside ahí: en echar imaginación e ilusión al día a día. A falta de ella, el temple por el temple -en la vida, la novela, la guerra o el ruedo- quedaría ineluctablemente reducido a fatigosa y rutinaria gimnasia (física o mental).

La imaginación es el filtro, el tamiz a través del cual, así en el toreo como en la caballería, nos alcanza la luz del Intelecto. No lo olvidemos. Y menos ahora, cuando están a punto de sonar los clarines de la Maestranza.

sábado, 19 de marzo de 2011

El valor de la amistad / Por Joaquín Albaicín

 Sevilla.....

El valor de la amistad
Joaquín Albaicín
Escritor y cronista

En tiempos tan inciertos como estos, mudarse con armas y bagajes a otra urbe, y hacerlo más por puro instinto que por necesidad o compromisos perentorios que empujen a ello, no deja de suponer embarcarse en una aventura de consecuencias imprevisibles, y ello pese a que la ciudad elegida sea una tan especial como Sevilla y a que uno no sea en ella, por muchas razones, un absoluto extraño.

Me resulta difícil imaginarme una mejor y más cálida acogida que la que a mi mujer y a mí nos ha brindado Sevilla, y ello, insisto, al margen de las antiguas querencias y las raíces que, a uno y otro, pudieran vincularnos a esta ciudad fundada en el Érase Que Se Era por Hércules después de su victoriosa batalla contra los Geriones. Así que quiero dar las gracias de corazón a todos los magníficos sevillanos que tan generosamente nos han abierto de par en par las puertas de sus corazones y de sus vidas. Quizá piense, lector, que esto no va con usted, pero se equivoca (y no me lo tome a mal). Creo que una columna no está sólo para censurar lo que creemos injusto o discrepar del argumento o el desmán ajenos, sino también para dar gracias a la vida por las satisfacciones que nos da. Tener algo que agradecer es un don que a mí me alegra el día, y permítame decirle que también puede tornar más intensa la luz del suyo.

Por más sentido que corresponda atribuir a aquello de sujetar la propia vela, resulta obvio que nuestras existencias no serían lo mismo sin el tabasco, la salsa tártara o el mojo picón con que las aderezan los momentos gratificantes que, en el día a día, nos regalan los amigos. En nuestro caso, Rafael Jiménez “Chicuelo” y su familia, con su hospitalidad, su torería de oro puro y su inquebrantable buen talante. Melchor Santiago, flamenco de cabo a rabo, sin cuya guitarra y melismas trovadorescos las noches de estas iluminadas orillas ni de lejos serían lo mismo. La buena sombra andante de “Pansequito”. La familia Roldán, al pie del cañón en un “Volapié” cuya clientela no cesa de tapizar el aire con las más insólitas fantasías. Pedro Machuca y Blanca Bardeau, gracias a quienes viajamos en la furgoneta de los Reyes Magos.

Manuel Loreto, hombre de irreductible fidelidad a su memoria y afectos. La entusiasta Rosario García Molina, de “Unesco/Sevilla”. Carlos Cadenas, caballero de la Tabla Redonda, tío de mi gran amigo Ricardo. Pedro y Lola Díaz, que no se pierden una fiesta. Toni Benítez, otro que tampoco. Ignacio Bolívar y Pablo Palomo, la visita a cuya caseta ferial no puede eludirse. Teresa y Reyes Melgarejo (o la aristocracia por bulerías). Álvaro y Carmita Martínez Conradi (a no mucho tardar, “La Quinta” estará en todas las ferias, ya se verá). Pepe Perejil, siempre con un chiste en el paladar y una caja de mostachudos langostinos a mano. Socorro González, guardiana del “Minotauro”. Pepe y Antonio Donaire, en permanente liza por dilucidar quién atiende mejor a la clientela. Antonio “El Marsellés” y sus impagables momentos de bohemia.

Joaquín Amador y Manuela Carrasco, que, en “Tronío”, mantienen viva la lumbre de la noche flamenca. Pepe Lérida, de El Mantoncillo (tengo que pasarme a apoquinarte los cuarenta euros de la otra noche). Manuel Alcantarilla, Hermano Mayor de la Hermandad de Triana. Antonio Ortega (pura sabiduría indostánica, tu despedida de cada programa: “¡Sean felices!”). José Manuel Gómez y Méndez, celoso vigilante de las glorias pasadas y por venir de la Alameda de Hércules. Herminia Borja, capitana del bolero por bulerías, y Belinda Santiago, o el baile por tangos tornado adamantina llama. José Luis Montoya, que nos tiene presentes en sus anales de la villa. María Antonia Escoto, o la verdad por delante como norma. José Ortega Cano (un honor, compartir mesa contigo en la rueda de prensa de tu despedida). Martín Borja y Carmen, voz y seis cuerdas de “El Clarín de Triana”. Mi tío Juan Miguel Ortega Ezpeleta, ex Hermano Mayor de los Gitanos. Y todos los camareros del Spala de la Plaza del Duque, sin cuyo café en vaso corto y pan a la catalana… pues no tendría uno arrestos para dar cuenta del día en plenitud de facultades psíquicas.

Unos, son amigos desde hace la tira. Otros, más recientes. De calidad todos. La amistad no la definen ni miden los años, sino las afinidades y, sobre todo, la temperatura del primer encuentro. Claro que en esto, como en todo, cada uno se fiará de su catón. Lo que está claro es que, sin amistad, a la vida le falta gratinado.

Su lista, internauta que me lee desde su butaca en Sevilla o, a lo mejor, en Madrid, Delhi, El Espinar, Alicante o el Turkestán chino, será, probablemente, otra. Ya lo imagino. Pero seguro que tiene una. Permítame una recomendación: trasládela al papel y, siquiera sea mentalmente, no deje pasar la ocasión de reconocer a sus amigos por el afecto de ellos recibido, ni de darles las gracias por las alegrías que le deparan y los providenciales capotes que le echan. Es de bien nacidos, y le limpia a uno el alma de las gangas que la cercan.

El Imparcial.es

jueves, 30 de diciembre de 2010

VUELVE SÁNCHEZ MEJÍAS / Po Joaquín Albaicín

VUELVE SÁNCHEZ MEJÍAS
Por Joaquín Albaicín
En mi modesta opinión, a los españoles, aficionados o no a los toros, les resultaría de lo más provechoso el estudio de la figura de Ignacio Sánchez Mejías, así como la reflexión en torno al puñado de páginas que dejó escritas. Sánchez Mejías, sí, el varón de ética vertical que, en réplica a las zarandajas de los “animalistas” de su tiempo, escribió y publicó que: “La sensiblería de los nuevos sentimentales es el camino de la muerte” y que la supresión de las corridas de toros supondría para España “el cierre de su fábrica de hombres”. Claro que quizá sea ya demasiado tarde, quizá los españoles hayan ya perdido sin remedio el norte y clausurado a cal y canto la susodicha fábrica en un país donde, con cargo al erario público y en virtud de unas operaciones etiquetadas como “reasignación de sexo”, los cirujanos sacan a los hombres de los quirófanos convertidos en quimeras y gorgonas. ¡Así que el sexo es algo que se asigna y reasigna, que se asume y abandona en base a las habilidades con el bisturí y a las querencias suscitadas por los trastornos psicológicos! 


¡Qué acusado contrate con la condición de torero, que acompaña a quien la ostenta hasta la muerte, por más años que pueda llevar sin vestirse de luces!
No sé, decía, si estará ya todo definitivamente perdido o no. De cualquier modo, enterado de que Juan Carlos Gil González, novillero ayer e historiador y abogado hoy, presentaba en el Hotel Colón de Sevilla el libro Sobre Tauromaquia (editorial Berenice), el conjunto por él reunido y prologado de las conferencias y artículos debidos a la pluma de Ignacio Sánchez Mejías, para allá que me voy. No sólo yo, por supuesto. Allí está, con sus excelentes expectativas, Oliva Soto, ya regresado de Ecuador y que dentro de poco hará el paseíllo como Rey Mago Baltasar en la cabalgata de Camas. Y Martín Núñez, presto a ir por la tarde de tienta a lo de Campoamor. Y Dávila Miura. Y Romero de Solís. Y Tomás Campuzano y Luis Mariscal, apoderados de Salvador Cortés. Y varios familiares del torero del 27.

Pese a las temporadas transcurridas desde su inmolación, el cuñado de Joselito El Gallo nunca ha dejado de flotar en el ambiente ni de, incluso, como el genio animador de un oráculo, saltar periódicamente de espontáneo para recordarnos y hacernos sentir –de un modo u otro- su presencia. Dos biografías de él han salido recientemente a la calle. Se ha recuperado el borrador de una novela inédita. Y no hace mucho que Enrique Morente presentó en Sevilla su visión de la elegía que a Federico le inspirara su muerte. Antonio García Barbeito recuerda hoy en sus palabras de presentación que tanto Ignacio como Federico murieron en trece, uno entre las astas de Granadino y, el otro, entre las de unos granadinos. Hay aquí -apréciese- una tríada, porque, a fuer de granadino, también Enrique, como buen supersticioso, ha acertado a morirse en doce más uno. Y está a punto de descansar para siempre a la vera del estanque sin nenúfares de la Alhambra cuando sale a la luz este libro de cuya lectura habría, sin duda, disfrutado. 

 
 
Contra cuanto los signos de los tiempos a todas luces presagian, el mundo editorial parece resuelto, en fin, a que no pase del todo de moda aquel Ignacio, retratado por la pluma con rayos-X de Francisco Nieva como “varón-dandy hasta el tuétano” y “hombre art-decó inserto en lo típico español”, y a quien –como me decía Pilar López, en una de mis últimas visitas a su casa de General Arrando, donde custodiaba la que había sido biblioteca de Villalón, llena de grimorios de cubiertas arrugadas- no se le paraba una mosca en el hombro. La verdad, sería muy raro que un perfil como el suyo cayera nunca completamente en el olvido. Y es que, además de un mártir y un nombre clave en la lidia de su tiempo, Sánchez Mejías fue, como mecenas del 27, una referencia en la poesía, y también -siguiendo quizá el ejemplo de su cuñado, Enrique Ortega Cuco, banderillero de la cuadrilla de Joselito- en el teatro, así como en el flamenco (libretista y empresario de Las Calles de Cádiz, fue el “culpable” de que mi tío, aspirante a torero, fuese bailaor)… Cuando fue representada sobre las tablas su primera obra, en una auto-entrevista que se hizo para Heraldo de Madrid, se preguntó a sí mismo si había hallado más facilidades para estrenar por ser una figura del toreo, respondiéndose:

-Las mismas que Benavente si hubiera querido tomar la alternativa.

Conocíamos una edición anterior de estos escritos, pero, aparte de agotada desde hace años, se trataba de una selección incompleta. Además, el reposado e inteligente prólogo de Juan Carlos Gil, que ha podido trabajar a partir de los manuscritos originales de los textos, constituye una excelente puesta en situación y en antecedentes para el lector no familiarizado, por edad o vivencias, con la figura de Ignacio, reivindicado en estas líneas como “ejemplo de rigor y seriedad en todos los ámbitos por los que transitó”, como hombre “de cortesía antigua, dueño de una elegancia intelectual acorde a su porte físico de señorial patricio cosmopolita” y, como, en fin, hombre de pelo en pecho, caballeresco talante y ávido de alzarse hasta las cumbres de la inteligencia.

Más allá de lo inusual de que un matador de toros cultive la crítica taurina o escriba acerca de la bravura del toro con una sinceridad raramente leída o escuchada nunca a un torero, si uno se para un poquito a pensar, no resulta nada difícil seguir el hilo de las reflexiones de Sánchez Mejías, percibidas por Juan Carlos Gil como “un grito de rechazo a la mediocridad” y “un gesto ante la mezquindad de los que deseaban usurparle el valor a las personas que van de frente por la vida y cogiendo los problemas por los cuernos”. Su autor pudo sentirse poderosamente atraído por la demencia, y, en la mejor tradición de la literatura galante, definir Sinrazón como una loca de la que se había enamorado y a cuyo rapto había procedido tras saltar una noche la tapia del manicomio de Sevilla. Pero sus artículos -en particular, los de respuesta a la crítica adversa de Don Criterio y al ataque de Salaverría a la Fiesta Brava- nos parecen, sencillamente, un canto al sentido común, noble facultad intelectiva que, en una clase política sin rumbo ni vergüenza, apenas parece conservar nadie, más allá de Ramón Tamames y Miguel Ángel Revilla (y no, no me estoy saliendo de la materia taurina, como no me salí en el arranque de estas líneas, porque en esta vida todo es tauromaquia). Cualquiera de los dos citados firmaría, creo, esta frase tan elemental pronunciada por el torero del 27 en la Universidad de Columbia: “El toro, o se come o se torea, pero en todo caso se mata”. No hace falta ser un genio, ¿verdad? Mas esto, claro, trata hoy de hacérselo entender a una lumbrera que está tratando de sacar adelante una ley de sostenibilidad intersexual para uniones de pareja débiles en memoria histórica y decididas a dejar de fumar en solidaridad con las mulas del destacamento de intendencia muertas por fuego enemigo en la orilla izquierda de la batalla del Ebro (sin salirse, obviamente, del Título III, Párrafo IX de la Constitución).

¡Vano esfuerzo! Vano porque, en palabras de Gil: “La ética torera es una moral del individuo excepcional que busca la excelencia suprema ocurra lo que ocurra”, y no sólo eso de la excelencia suprema no se percibe, por desgracia, como algo hoy muy en mente de casi nadie, sino que existe una carrera desenfrenada, exhibicionista y estridente por alcanzar, al precio que sea, la mediocridad suprema. Por eso la reivindicación de Ignacio es necesaria siempre, y por eso acabo ya, con dos frases. Una, de Ignacio: “El traje de torero no es ni podrá ser en ningún caso confundido con la librea del lacayo”. Y otra, de Juan Carlos Gil: “La realidad sólo contiene interés cuando está modificada y manipulada por los artistas”. ¿Piensa en el Arte Real, es decir, en la cristalización de la Piedra Filosofal? No sé. Yo, sí. E Ignacio, que leía y visitaba mucho a Villalón y hojeaba con frecuencia las obras de Paracelso y Agrippa apretadas en sus anaqueles, acaso también.

Enhorabuena, pues, a Juan Carlos Gil González y al editor por esta publicación imprescindible: Sobre Tauromaquia (editorial Berenice, recuerden).

Feliz Navidad.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Un ¡ay! por Enrique Morente / por Joaquín Albaicín



ESTAMOS VIVOS DE MILAGRO


Por Joaquín Albaicín
Enrique Morente evocaba con enorme cariño a mi tío Miguel porque cuando, siendo muy joven, se incorporó al elenco de Zambra, era el único guitarrista que no se negaba a acompañarle. Ya entonces aspiraba Enrique a hacer cosas distintas, a sonar con voz propia, y, por aquellos años, la verdad sea dicha, los tañedores no atesoraban los bagajes de ahora. A la mayoría, le tocaba mucho las narices que le sacaran del sota, caballo y rey. Pero Miguel Albaicín, que había dejado en el armario los botines de bailaor para empuñar la guitarra cuando, con la edad, las facultades empezaron a fallarle, era, sí, un flamenco de los tiempos heroicos, pero un flamenco sui generis que en su juventud había recorrido toda América y Europa, que había compartido escenario con Harry Fleming, Yma Sumac y Xavier Cugat. Su diapasón estaba, pues, familiarizado de antiguo con el jazz o la bossa-nova, por lo que, al revés que a los demás, le sonaban sumamente próximos, y no a extraterrestre, los afluentes con que el bisoño Enrique quería adornar el cauce del flamenco. Hablé a menudo con Enrique, en las mil y una noches de Candela, sobre aquel tiempo que yo no había conocido y en el que él tratara estrechamente a otros flamencos de la vieja época, como Varea, Culata, Rafael Romero o Perico el del Lunar y principiárase a gestar la que, con el correr de los años, cristalizaría en su inconfundible impronta cantaora.

Enrique era un hombre muy meticuloso en sus proyectos artísticos, a los que, como un estudioso renacentista del secreto pitagórico de los números, daba mil y una vueltas en la cabeza antes de ponerlos en marcha. No sé si este postrero y creo yo que imprevisto viaje le habrá pillado preparado tan a conciencia como los que afrontó con Leonard Cohen, Pat Metheny, Ute Lemper y Khaled, pero quiero imaginar que sí, aunque sólo sea porque pronunciaba a menudo una frase tan simple como elocuente: "Estamos vivos de milagro"
Una sentencia de buen conocedor del percal. Aludía con ella a las zancadillas y la ojeriza que en el camino del artista interponen los envidiosos y la gente de mala leche, retranca desatada y complejos varios, pero también a las desconocidas leyes del Destino -no sé si él hubiera preferido decir del azar- que ocasionan que la vida dé vuelcos imprevisibles y, algunas veces, impensables para nadie, derribando de la noche a la mañana imperios, montañas y convicciones cuya solidez, sólo veinticuatro horas antes, parecía a prueba de bomba.

Acompañado siempre por una corte de gente de gracia o rara sin paliativos, inteligencia en ebullición en cuyos surcos palpitaban en amalgama los poetas de la República y las músicas sacras, estrella polar de innumerables tertulias, fue amigo de escritores, pintores, políticos, toreros y gente del teatro y el cine, y me vienen a la cabeza muchas amanecidas gélidas y lluviosas saliendo con él de Candela o el Tauro, su garganta herida la noche de presentación del disco con Sabicas, una fiesta en Almería con Juan Habichuela, Alejandro Reyes, Juan Verdú y muchos amigos más después de uno de sus triunfos cantaores… Me vienen muchas conversaciones en torno a Rafael, Curro, Antoñete, Aparicio y Conde. Muchas risas, muchas copas, los primeros pasos de una Estrella niña en las fiestas de la familia, la guitarra de su suegro, una misa flamenca encima de las corrientes, el cante de Zahira entre medias… Y me viene Mario Maya. Y Sabicas, claro. Retazos de una y de muchas vidas. Y es que estamos aquí, sí, de milagro. Porque no otra cosa que eso es la existencia: un instante eterno en pie frente a los céfiros sibilantes entre las columnas del Teatro Romano de Mérida, una sucesión de quejidos deleitosos, un milagro de contornos imprevisibles en el que el bautismo prefigura ya la extremaunción. Como aquella dolencia suya por siguiriyas en el San Juan Evangelista.

Como una caña, un polo o una media granaína rematados con un sorbo de aguardiente. Si es verdad —que lo es- que el cante bueno lleva por añadidura el carácter salvífico, Enrique Morente se ha ido equipado con un excelente viático. Se ha ido pronto, claro. Pero es que los amigos y la gente de calidad y con buena sombra nunca se marchan tarde.

martes, 16 de noviembre de 2010

EL TOREO EN LA ERA PRE-GLACIAL / Por Joaquín Albaicín


EL TOREO EN LA ERA PRE-GLACIAL

Por Joaquín Albaicín, 
/Escritor y Aficionado/

Hace unas semanas, me hice en una librería de lance de la calle Feria con un ejemplar de Lagartijo y Frascuelo y su tiempo, un ensayo de Antonio Peña y Goñi publicado originalmente en 1887. La primera frase es absolutamente impactante: “Escribir la historia de Rafael Molina (Lagartijo) y de Salvador Sánchez (Frascuelo)”, arranca Peña y Goñi, “es hacer la crítica detallada e imparcial de la importantísima transformación que el arte de los Romeros, Pepe-Hillos y Costillares ha sufrido en la época presente”… 

   Bueno: impactante… para mí. Para un aficionado de dieciocho años, intuyo que el libro debe resultar absolutamente ininteligible, casi como si la historia de la Tierra le fuera explicada usando como manual El Señor de los Anillos o La historia interminable. O, ¿acaso algún madrileño, al pasar por la Puerta de Alcalá, porta en mente que esa rotonda fue un día una plaza de toros sobre cuyas arenas fue mortalmente herido Pepe-Hillo? ¿O que éste descansa en la Iglesia de San Ginés, en la calle del Arenal, enfrente justo de la casa donde murió Frascuelo? De hecho, en la mismísima Sevilla ni siquiera existe una placa conmemorativa sobre la fachada de la casa de la calle del Conde de Barajas donde viviera Antonio Fuentes, diestro más cercano en el tiempo, ni hay una calle dedicada a Juan Belmonte, a Sánchez Mejías o a Cagancho, a no ser las de arena y farolillos montadas y desmontadas cada año junto con la portada ferial.
  Así pues, para un aficionado de dieciocho años, este libro debe resultar, sí, como una referencia a un universo taurómaco poco menos que extraterrestre, sin Juan y sin José, sin El Cordobés ni El Pipo, sin Victorino ni Domecq y… con una Edad de Oro oficial que no es la que conocemos. De hecho, ni siquiera Guerrita existe aún en esta escrito publicado en 1887.

  Puestos en el trance de encarar la substancia de la obra debida a la pluma de Peña y Goñi, es de subrayar que la historia de la tauromaquia presenta no pocos puntos en común con la paleoantropología, y acaso no sea descifrable sin la aplicación a pequeña escala de la doctrina hindú de los ciclos cósmicos. De hecho, si ésta comprende la historia de los pueblos y de la humanidad en su conjunto como una sucesión de etapas caracterizadas por el creciente oscurecimiento de las facultades espirituales y regidas, respectivamente y por este orden, por la casta sacerdotal, la casta guerrera, la casta mercantil y la plebe, en la historia conocida del toreo puede apreciarse un proceso similar, por cuanto la supremacía del ganadero es seguida en el tiempo por la del torero, la del empresario y la del apoderado.

  Hay, decíamos, más coincidencias. Como en relación con la paleoantropología señalara René Guénon, cualquier vestigio anterior al siglo VI a. C. es siempre relativamente fácil de datar, pero, para cualquier resto de épocas anteriores, toda cronología segura parece esfumarse, tornándose totalmente excluyentes entre sí las estimaciones de los diversos científicos. ¿Qué podemos, pues, saber del toreo “anterior al siglo VI a. C.”? Desconocemos, admite el autor, cómo toreaban Pedro Romero, Pepe-Hillo o Costillares, salvo por la brumosa tradición oral, una tradición oral que –no nos engañemos- ha pasado hace mucho a mejor vida en lo que a los personajes y gestas que nos ocupan se refiere. La crítica taurina propiamente dicha no nació hasta 1850, con la aparición de la revista El Enano, que no hace falta decir que prácticamente nadie lee ni cita como referencia desde hace siglo y medio, y cuyo título nos hace pensar en el toreo como arte bajo la protección de los gnomos y otros seres elementales.

  El toreo de entonces parece haber sido el resultante, sostenido por una memoria popular muy desgastada, de antiguos rituales de purificación y exorcismo cuyo origen último y ámbito de gestación resultan muy inciertos. Una fiesta presidida por el ritual de los misterios iniciáticos mitraicos y atendida por un público, sí, vocinglero, alcohólico y violento, pero acerca del cual habría, no obstante, que subrayar que, tal como subrayara Guénon a propósito de la orden masónica, “la incomprensión de sus adherentes, e incluso de sus dirigentes, en nada altera el valor propio de los ritos y de los símbolos de los que es depositaria*”.

  Cuando se nos habla, en fin, de la Edad de Oro como la de Lagartijo y Frascuelo, los ojos se nos abren como platos ante la constatación de que el dicho de “el toro de cinco, y el torero de veinticinco”, traído a colación en la actualidad como una especie de disparate propio de épocas bárbaras, no sería sino una mariconada, porque la regla, entonces, era “el toro de ocho, y el torero de veintiocho”. Y constatamos en la fotografía de la vieja plaza de la C
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arretera de Aragón cómo ésta era un calco de Las Ventas, y no sabemos ya si Las Ventas es un fantasma de aquella o al revés, porque pareciera que se hablara de épocas históricas superpuestas entre sí como dos eras geológicas diferentes inconscientemente entremezcladas. Pasa igual, por cierto, con la actual plaza de toros de Aranjuez, edificada a imagen y semejanza del ya desaparecido coso madrileño de la Puerta de Alcalá.

  Leyendo a Peña y Goñi se averigua, sí, que en la época en que la estocada era, en verdad, la suerte suprema, podía ser que se ejecutara con mayor variedad… pero también que abundaban los bajonazos y pinchazos igual que ahora. Nada indica que, antes de la aparición de Costillares, dios epónimo del volapié, la suerte suprema se ejecutara de acuerdo con unas reglas precisas. ¿Es entonces cuando realmente surgen las escuelas rondeña y sevillana, o ambas recogían y reavivaban conceptos y prácticas que en un pasado más o menos remoto habían estado también legisladas? Creemos que lo segundo, por cuanto Pérez de Guzmán reprocha a Cúchares, representante de la escuela sevillana y discípulo de Jerónimo José Cándido, haber hecho caer en el olvido la suerte de recibir, reemplazada por grotescos volapiés al cuarteo. Todo esto de las estocadas y las espadas de Cándido y Costillares nos suena, sí, un poco a esos artículos que leemos a veces acerca de instrumentos cortantes o punzantes, de hueso o de piedra, hallados en tal o cual cueva cántabra o en las proximidades de un camposanto de mamuts.

  Viene todo esto a propósito de que alguna vez hemos apuntado la posibilidad de que mucho de aquello a lo que, en el toreo, otorgamos la cualificación de aportación o descubrimiento, no haya sido, quizá, más que un re-descubrimiento. Cuento entre mis amigos al gran aficionado malagueño José María Morente, que hace poco dicen que formó un lío a una vaca en La Palmosilla y días atrás me remitió una crónica publicada en Diario de Madrid que vale la pena citar en este contexto, firmada por Un romerista. Se trata de un romerista de 1779, es decir, no de un romerista de Curro, sino de Pedro:

  “Sepa Vmd. Señor mío, que el timón de esta nave es la muleta, en que es Romero inimitable, ya llevándola horizontal al compás del ímpetu del toro, ya llevándola rastrera como barriéndole el piso donde ha de caer ó que ha de besar mal su grado, aquella muleta que siempre huye, y nunca se alexa de los ojos de la fiera, que a veces la obedece como un caballo al freno. En esa muleta libra Romero su vida”…

  Se apreciará en la cita, dos de cuyos pasajes nos hemos permitido subrayar, cómo ya por entonces se hablaba de bajar la mano a los toros con el fin de ralentizar su embestida, algo que todos tenemos más o menos asumido que hicieron por primera vez Cagancho y Curro Puya a mediados de la década de 1920. Y acaso, a tenor de lo leído en las líneas citadas, debamos matizar que fueron los primeros en hacerlo… en muchas décadas. Porque la reseña en cuestión parece conducirnos con grandes visos de fiabilidad a la presunción de que el toreo hubiera sufrido en su momento una suerte de Era Glacial tras la que hubiera debido ir, con lentitud y a base de esfuerzo, recuperándose. Esos lances y muletazos con la mano baja, atribuidos en calidad de descubrimiento a los citados gitanos de la Cava, ¿supusieron en realidad un inconsciente pero inevitable reemerger de los que ya eran propinados a los toros en la Era Pre-Glacial de Pedro Romero? ¿Es el toreo que hoy día vemos escenificar en los ruedos un toreo neanderthal, y no cromagnon, como siempre hemos creído? ¡Ah, si los dólmenes hablaran!

Opinión y Toros.com

jueves, 11 de noviembre de 2010

EL CRUCIGRAMA DE FORTUNY / Por Joaquín Albaicín

 Rafael Albaicín / Óleo de Ignacio Zuloaga


 EL CRUCIGRAMA DE FORTUNY

por:
JOAQUÍN ALBAICÍN
Altar Mayor nº 138, Nov. 2010

  Me aficioné a la lectura de La Vanguardia por los artículos de Robert Fisk, el magnífico corresponsal de guerra de The Independent, pero sobre todo, ya que, cuando no hay guerra a la vista, La Vanguardia no reproduce los artículos de Fisk, por los crucigramas de Fortuny. Si no recuerdo mal, en el primero que traté de resolver no logré llenar más arriba de cuatro o cinco casillas, y aquello picó mi amor propio. Y es que lo que había salido para mí de chiqueros no era el crucigrama al uso, porque Fortuny no se limita a grabar a fuego en la memoria inconsciente de los pueblos certezas de tan dudosa utilidad como el conocimiento de que el yunque del platero se llama “tas” o por tierras suizas fluye un río llamado “Aar”. Por supuesto que, como todos los elaboradores de crucigramas, refresca a menudo nuestra memoria mitológica elevando altares cuadrados a Ra, Isis, Baal, Eros, Ío y Astarté. Pero, por encima de todo, lejos de halagar en un solo recuadro el ya sobradamente inflado e hidrópico ego de las masas, cultiva la fineza discernidora, hasta el punto de que muchas de sus propuestas ostentan por derecho propio el rango de verdaderas greguerías. Por ejemplo: “Vive gracias a las telas, pero siempre va desnuda”. ¿Respuesta? La araña, claro. Otra: “Están llenas de gente distraída”. Las nubes, por supuesto (en ellas estará usted si no da con la respuesta). Una más: “Establecimiento donde se aprecian los ratos de evasión”. Respuesta: la penitenciaría. Otras, se encaraman al podio de la lección de filosofía. Por ejemplo: “Lo más digerible de un panfleto”. La respuesta es “pan”, pues con el “fleto”, sea lo que sea, ¿qué hacemos?

  De igual modo en que, con toda justicia, ha sido alabado el talento literario de Mingote, no menos merecimientos atesora para ello la pluma de Fortuny, cuyo nombre de pila desconozco y que me pregunto si estará emparentado con el artista plástico del mismo apellido, pintor de las cargas de caballería cabileñas de aquella guerra olvidada, la de Marruecos. Sus verticales y horizontales sorprenden a veces con la luminosidad verdosa de los naturales de Cayetano o esa insospechada ligazón de las dos verónicas y media de Aparicio.

  Invitándonos a llenar espacios en blanco sobre la hoja del periódico, los autores de crucigramas cumplen cada día con la importantísima función de llenar -con ese sosiego que destila la disciplina voluntariamente asumida- un pasaje de tiempo de nuestra vida cotidiana, a menudo atribulada por urgencias y apremios ajenos y banales, sí, pero que a nosotros no nos lo parecen tanto, y nos echan ese tan necesario capote de tranquilidad y evasión sin, pese a lo terapéutico de su labor, suscitar interés por la personalidad oculta tras el enigma en blanco y negro. ¿Vivirá Fortuny, este Ramón Gómez de la Serna de nuestro tiempo, con una muñeca de cera? ¿Pronunciará conferencias en carpas de circo, a lomos de un elefante? Lo ignoramos. Los hermetistas del crucigrama son auténticos benefactores que nos acompañan en el café, el metro o el avión, pero sin molestarnos en lo más mínimo, sin exhibicionismo, sin autopublicidad, sin implicarnos en sus vidas. Son héroes anónimos de nuestro tiempo. En la época en que todavía no manejaba con la necesaria soltura los engaños y padecía recurrentemente esa tontería que se llama desencantos sentimentales, nada me venía mejor para olvidar las penas que enfrentarme de una tacada a cinco o seis crucigramas de Fortuny. Cinco o seis copas tampoco vienen mal en esos casos, cierto, pero no lo es menos que también salen más caras y, por lo general, dado lo mucho que ha perdido el ambiente nocturno, resultan menos enriquecedoras. Un brindis, pues, por Fortuny.

jueves, 7 de octubre de 2010

HOTELES "TAURINOS"...VISITA A LA MINISTRA / Por Joaquín Albaicín


HOTELES "TAURINOS"........VISITA A LA MINISTRA

Por Joaquín Albaicín
Escritor y aficionado


En Sevilla, los medios de comunicación se refieren con rutinario énfasis a cierto hotel, abierto desde hace muchos años a un paso de su casco histórico, como el “taurino por excelencia” de la ciudad. Eso sería en 1980 y tantos. Entonces, sí. Hoy, lo de hotel “taurino por excelencia” es una mentira como una catedral.
  De entrada, no puede hablarse de ambiente taurino a propósito de un lugar en el que fumar está prohibido. Guste o no guste, el toro es sabor, es aroma, es francachela, es humo, es alcohol. Lo que no se puede es entrar a tomar una copa en el hotel “taurino por excelencia” y experimentar las mismas sensaciones que si degustara uno un té, cortesía de la casa, en la sala de espera del odontólogo o en la sede de una agencia de viajes. Bueno, en realidad, hoy es más fácil encontrar una foto enmarcada de Morante o El Cid en una agencia de viajes que en el hotel “taurino por excelencia”. De hecho, en el hotel “taurino por excelencia”, las diferencias estéticas entre la barra de su bar y el mostrador de recepción son mínimas.  

La otra tarde –recuérdese que hablo de Sevilla, y no de Venecia, Salzburgo ni Nairobi- fui al hotel “taurino por excelencia” a ver la corrida –El Cid, Talavante y Oliva Soto, toros de Cuvillo- retransmitida por Canal Plus. No tenían ni encendida la pantalla. Cuando pregunté al maître si no se podía ver la corrida de la Feria de Otoño de Madrid, su expresión fue casi como si le hubiera inquirido por la existencia fuera del sistema solar de un planeta de características similares al nuestro. La respuesta no se hizo esperar:
  -Voy a consultar con la persona responsable de mantenimiento.

  Así pues, en el hotel “taurino por excelencia” de Sevilla, la sintonización de la pantalla del bar con el canal de la corrida es competencia del señor que se ocupa de limpiar los aparatos de aire acondicionado, fumigar las habitaciones, pegar un extremo de moqueta cuando se ha desprendido o asegurar el buen funcionamiento de la calefacción. Muy amablemente, este señor expresó su disposición a bajar de inmediato y ver qué podía hacerse. Esperarle, claro, era un absurdo, pues lo único que iba a hacer era probarnos su pericia en el arte de la conexión del cable al monitor para, acto seguido, informarnos de que nadie había comprado la corrida.

  El panorama no es mucho mejor en el resto de la ciudad. En los bares “taurinos” donde conectan con el Plus, casi siempre lo hacen optando por la modalidad sin sonido o con éste sintonizado bajísimo, para “no molestar a los clientes” (cosa de diez, que, además, estamos viendo el festejo). La desasosegante sensación reinante es la de que habría casi que pedir perdón por ser aficionado a los toros... De hecho, en el hotel “taurino por excelencia”, cuando, coincidiendo con la Feria de Abril o San Isidro, pasan la corrida, es siempre con el volumen a cero, también para “no molestar” a las cincuenta u ochenta personas que nos encontramos allí (con no otro fin, precisamente, que ver la corrida). El día de que hablo y con idéntico propósito que yo, un banderillero, hermano de cronista taurino y –se supone- buen conocedor de los rincones taurómacos de la capital de Andalucía, recorrió sin éxito no sé cuántos bares antes de, en el tercer toro, ya desesperado, tocar a la puerta de Rafael Chicuelo a ver si tenía puesta la tele.

  Cuando, dentro de diez o quince años, un puñado de mediocres y cornudos prohíba también los toros en Andalucía, en Madrid, en Bilbao… Entonces, todos estos regentes de “rincones taurinos”, que ni sienten ni padecen y abren la boca de aburrimiento ante una estocada o una media verónica, empezarán a pegarse golpes de pecho, a imprimir pegatinas, a recolectar firmas, a montar ridículos simulacros de manifestaciones…  Pero, ¿cómo coño va a ir a una manifestación un señor que, en su propio bar u hotel, no se atreve a subir el volumen de la televisión por si se siente ofendido, al final del salón, un tío coñazo que lleva veinte años sin reírse, sin achisparse y sin decir buenas tardes a una mujer?

  Semejante insipidez ambiental es consecuencia de un proceso iniciado por Felipe González, en el que profundizó con tesón Aznar y que -como era de esperar, dados sus perfiles psicopatológicos- Zapatero y sus secuaces han rematado a la perfección: la transformación de España en un país cortado a la medida de los soplagaitas, en el que todos los recursos son puestos al servicio del ciudadano, siempre que éste pruebe ser un ente carente de ideas, de gusto, de emociones… Si a usted le falta una pierna y quiere ser futbolista, este es el país en que debe intentarlo (y en el que, sin duda, logrará su propósito). Si usted es tonto de baba y quiere escribir una novela, en España tiene asegurados los folios, el ordenador, la impresora, tres “negros” que se la escriban y un jurado presto a premiarle. ¿Es usted mudo? No se preocupe, en España puede triunfar como cantante. Es más: todo un arsenal mediático se ocupará de loar el pedazo de mérito que tiene usted, lo mucho que la música le debe, lo sobrehumano de su esfuerzo y la insuperable lección de arte, compás y afinación que está dando usted a los que tienen voz. Y bueno, por supuesto que sin llamarle de usted, que eso es de ultraconservadores.

  ¿No? Hablamos, no lo olviden, de un país tan entregado a tiempo completo a las más burdas quimeras pseudosociológicas, el satanismo disfrazado de infantilismo y el culto a la demoscopia que, dentro de muy poco, si quieren hincar el diente a un mendrugo de pan, los adolescentes de catorce años no van a tener más remedio que ponerse a buscar trabajo… al mismo tiempo, claro, que las leyes se lo prohíben. De un país en el cual la figura y la importante no es Isabel Pantoja, sino su empleada de hogar. Y no Jesulín de Ubrique, sino su ex novia. En el que la guapa no es Elsa Pataky, sino cualquier concejala mesetaria, de carnes resecas, con cuatro pelos en la cabeza, que –en un hermoso gesto y en un alarde de naturalidad- se preste a posar desnuda para un calendario a fin de dar testimonio de su solidaridad con la guerrilla sudanesa…
  Así que, para el cojo que anhele mondar a Ronaldo, el mudo que busque contrato con una casa de discos o la fea que aspire a desbancar a Elsa Pataky, todo perfecto. Pero, si es usted normal, es decir, si no es usted un acomplejado con el cerebro hecho trizas y, además, le gustan los toros… ¡Ah, amigo! A usted, pueden ir dándole por saco. Pero es que, ¿quién se ha creído que es usted?

  En un país ondulante en tal tesitura, presumir que el toreo pueda aspirar a concertar un vínculo orgánico de la clase que sea con el ministerio de cultura equivale poco menos que a defender el derecho de las ranas a fumar cohíbas. No sé exactamente en qué mundo creen vivir los –a buen seguro que bienintencionados- dirigentes de la Mesa de no sé qué y la Plataforma de no sé cuántos, además de la mayor parte de los taurinos profesionales que en la actualidad están, en teoría, en lucha por la supervivencia de la Fiesta. Reconozco no caber en mí de asombro después de haber visto la foto de seis o siete figuras del toreo saliendo de una reunión con la ministra de cultura. ¡Pero si, en cuanto se han marchado, seguramente la ministra ha pedido a su secretaria que se informe del tema en la web de la Facultad de Veterinaria! No es sólo que la propia ministra justificara hace poco su designación para el cargo con el argumento de que ha escrito quince artículos (¡pedazo de intelectual!). Es que la gente que está ahí no ha visto una corrida de toros más que por equivocación. Para vestirse medio bien, necesitan un asesor. Las cuatro palabras que de vez en cuando dicen en las ruedas de prensa, se las ha escrito un tarugo de mucho cuidado. Les hablas de pintura, y asumen que hay que autorizar presupuesto para enmarcar un póster de Rosa Luxemburgo.

  Sólo pueden interesarse un pelín por el asunto si se les habla del banderillero al que asesinaron junto a Lorca, o del Niño de la Estrella, que luchó en el ejército republicano. Por ahí, sí, porque, aunque tampoco tengan ni zorra de quiénes fueron, se les da pie a montar un numerito de memoria histórica, si bien matizando siempre que, el hecho de que aquellos luchadores por la libertad tomaran ese camino propio de fascistas que es vestirse de luces fue sólo debido a que el toro era la única salida gracias a la que el proletariado podía escapar de la miseria. Esto es lo que saben de toros en el actual ministerio de cultura, y ya es mucho, seguramente, con relación al equipo que un día les suceda. Pero vamos: El Juli, Cayetano, Morante, Manzanares, Castella… Pero si no saben ni quiénes son. A la ministra y sus adjuntos, en caso de sonarles el nombre de un torero, es el de José Tomás, pero no por su homérica actitud ante el toro, su honradez profesional o el trazo de su muleta, sino porque alguna vez lo han escuchado de labios de Sabina o un día vieron una foto suya luciendo una camiseta con la cara del Ché. Y para de contar. ¿Ponce? ¿Manzanares? ¿Morante? No los conocen. Ni quieren. Cuando, en el ministerio donde -de modo unilateral- pretende incrustarse al toreo, se topan en el suplemento dominical de El País con el reportaje dedicado a Morante, pasan página. Los fenómenos, repito, son esos: la sirvienta infiel, la ex novia que juró venganza, la edil en pelota… ¿Cultura? De acuerdo con su concepción del mundo, el torero no es un artista, ni los toros son cultura. Artista y cultura es el que da el tan creativo paso de tumbarse sobre una mesa de operaciones para cambiarse de sexo y propiciar, así, el nacimiento futuro de ¡nuevas formas de organización social!

  Memorícenlos: la asistenta traidora, la ex novia despechada, la concejala de triste figura… Contra lo que pueda pensarse, no son una moda. Los freakies no están de paso. Han venido para quedarse, tras robar a los artistas el trono que ocupaban y que en justicia les corresponde en el imaginario del pueblo. En paralelo, para toda una clase política acomplejada por su mediocridad, el excelso arte de los toros ocupa uno de los primeros puestos en su lista de bienes caducos a eliminar. Es una de las principales piezas a abatir. Simplemente, durante un tiempo, los dos partidos se pasarán entre sí la patata caliente, procurando que sea el gobierno del otro el que agarre al toro por los cuernos. Esto es así y, quien lo dude, tiene ya al enemigo en casa. De momento, en los hoteles “taurinos por excelencia”, ese enemigo ya ha ganado la partida.

 Opinion y Toros










sábado, 11 de septiembre de 2010

PEPE DONAIRE / Por Joaquín Albaicín

En Sevilla, Bar Pepe Donair

"...En Pepe Donaire, Bambino es sagrado. Yo, lo aviso..."

PEPE DONAIRE

Por Joaquín Albaicín-Escritor y aficionado

Si vas a Calatayud, preguntar has por la Dolores. Pero, si vienes a Sevilla, no hace falta que preguntes por el bar de Pepe Donaire, porque, a poco que luzcas mínima pinta de bohemio y nocherniego, alguien te conducirá hasta allí apenas hayas aparcado el coche o bajado del AVE. En el camino hasta la botillería en cuestión, y aunque se encaminen hacia otra parte, pues ya se sabe que el coletudo lleva vida austera, no paras de encontrarte toreros. En la calle Feria te topas con Oliva Soto, que, en vísperas de matar en el campo dos de Cuvillo, va al traumatólogo a que le vean una fisura. En la Encarnación, un motorista hace un alto para saludarte: es Manolo Chicuelo. Ya en los Remedios, aparece César Girón. Y bueno, lo de Pepe Donaire… Sito en un esquinazo clave de la Plaza de Cuba, nada más asomar la cabeza te toparás, aunque sean las cinco de la tarde, con un ambiente de dos de la madrugada. El ganadero amigo del pimple siempre ha hecho buenas migas con el aficionado al flamenco y esta es ciudad en la que se empieza a refrescar el gaznate prontito, así que, pues eso, que en Pepe Donaire, con independencia de lo que los relojes marquen, siempre son las dos de la mañana.

Todos los cuadros de sus paredes -magníficos retratos de Camarón, Manuel Molina, Pansequito, Aurora Vargas, Caracol…- son de Diego Ramos, mascarón de proa de la bohemia y la pintura caleñas. Siempre he percibido el de Diego como un arte edificante desde el punto de vista espiritual. Al menos, en sus toreros caminando y desplegando perezosamente sus capas a ras del burladero tras haber roto las filas del paseíllo, imagen que ilustra este año el cartel de la feria de Valladolid, yo no vislumbro sino una variante de la Escala de Jacob. Y me pregunto, por cierto, ante este inspiradísimo retrato de Camarón debido a sus pinceles, si no hay en él algo de reflejo de aquel ángel que luchó con Jacob al rayar el alba…

Muchos años lleva ya en la noche flamenca Pepe, primero en contratar para cantar en Sevilla a un Camarón todavía niño y propulsor de un grupo cantera de muchas cosas: Los Gitanillos (Raimundo y Rafaelillo, Melchor Santiago, Juan José Amador, El Eléctrico, Bobote…). Lo de Pepe, en fin, arrastra ya solera. Añádase que el suyo es el bar flamenco al que me gusta ir a tomar una copa con mi mujer… por la sencilla razón de que puedes entrar con tu mujer del brazo y no pasa nada. Otros van con la suya y, además, no hay metepatas. El tapeo está garantizado en cien metros a la redonda y no hace falta apostar en la puerta a ningún matón.

Copa va y saludo viene, no tarda en formarse la juerga. Pantojita canta La chica ye-yé de Concha Velasco. Bari de Triana replica por soleá de la Cava. Entra por bulerías Pepe El Artista, magno buñolero y caballero. Se entona después por soleá apolada un picador bajo la severa mirada de Rosa, la florista. Y –prestancia y donosura- sale a los medios Carmen. ¿Carmen qué? Pues, como ella dice: Carmen. ¿Quién va a ser? ¡La Carmen! “Por aquí, preguntas por la Carmen, y todo el mundo sabe que soy yo”… Y bien que arranca los olés la Carmen versionando a Manzanita y a Rocío Jurado. A la guitarra, siempre Melchor Santiago, letrista de Camarón, Susi, Rocío Jurado, Salmarina, Los Marismeños… Padre de La Tana, no pocas de sus letras, alumbradas desde la entraña, viven ya incrustadas en la memoria popular. Como las de Manuel Molina, parecen portar un aliento indefinible de cura balsámica. Muy bien ha captado su esencia y las ha definido Jerónimo Maya, que días atrás se dejó caer por aquí para acompañar a la guitarra a mi mujer en el concierto de Cajasol, entablándose entre ambos tañedores una conversación no apta para flamencólogos.

Melchor.- ¿Has leído ese salmo que habla de los setecientos músicos del rey David?
Jerónimo.- Pues claro.

Melchor.- Un rey que tendría quince o veinte criados y, en cambio, setecientos músicos… Qué rey… Qué rey… ¡Qué rey más rey!

Melchor, sacó en conclusión Jerónimo, no es cantaor ni letrista. Es salmista.
Y este es uno de sus salmos (de nuestros favoritos) por tangos:

La naranja dice al limón:
“Tú vales para más cosas,
yo tengo mejor color”.

Óleo de Diego Ramos

Y, en la barra, entre sartal y sartal de salmos, hablamos con Álvaro Martínez Conradi y Carmen, ganaderos de La Quinta, de la clase en la embestida del toro que echaron en Madrid y el impecable trasteo que le enjaretó El Juli. Anticuario de postín y dueño de un repique de pies más flamenco imposible, Antonio El Marsellés hace un alto en su proceso de ordenar los cupones comprados para el sorteo de hoy y nos presenta a Manolo Cortés. Él torero se acuerda de cuando Manolo Caracol le cantó una tarde mientras se vestía de luces, y nosotros de aquellos elitrosos muletazos al ralentí, en Madrid, a uno de Santa María que salió de sobrero en una corrida de Bohórquez. Se charla de la Carmen de Távora que anda Paco Dorado llevando por las plazas. De lo acelerados que salen los toreros en Pamplona. Se habla de la que ha liado Oliva Soto en El Puerto, y de la línea Tigre de Guanajuato por que ha optado Arturo Macías (van ya tres cogidas serias desde que llegó a España). Y, por hablar, en fin, se habla hasta de El Bimbo. ¿De quién? De él, sí, de El Bimbo, un novillero sin caballos al que Giralda TV dedicó hace unas noches un reportaje. En los días de Lagartijo y Frascuelo, los aficionados consideraban un toro de ocho años y un torero de veintiocho como la conjunción ideal. Después salió lo del toro de cinco y el torero, de veinticinco. Ahora, con El Bimbo, becerrista portuense de sesenta y cuatro años, la afición ya no sabe a qué carta quedarse. Él, al menos, lo ve claro y así lo dijo:

-Enseguida me di cuenta de que me fallaba el izquierdo y nunca podría ser una gran figura, pero también de que en el escalafón sin caballos podía ocupar un sitio digno.
Eso es tener los pies en la realidad, sin duda.

Para que se hagan ustedes una idea, es a eso de las nueve de la noche cuando empiezan a juntarse allí los que vienen de la partida de dominó en La Bendita con los que venimos de ver la corrida de Madrid o Pamplona en Malabar, aunque es raro que la guitarra no suene allí dentro desde mucho antes. Ni siquiera en las últimas semanas, cuando, por aquello de las calores, Sevilla se vaciara bastante, fue preciso recurrir a refuerzo alguno de bohemios para cubrir huecos. Me permito, en fin, invitar a dejarse caer por allí a cuantos se ajusten al perfil. Hay que ser currista y paulista y, si de flamenco se trata, de Bambino. A quien no tenga claro esto último, no es que se le vaya a prohibir el acceso, pero se va encontrar un poco fuera de cacho. En Pepe Donaire, Bambino es sagrado. Yo, lo aviso.

(OPINONYTOROS.COM)


BAMBINO CANTA ....COMPASIÓN