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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 5 de mayo de 2019

El santuario de los guardias valientes / por Arturo Pérez Reverte



Se cumplen 82 años del final del asedio; a las 15.30 horas de la tarde, sucumbió el santuario de la Virgen de la Cabeza, reducto de la España Nacional durante casi 9 meses. Fue defendido briosa y valerosamente por unos 200 miembros del Benemérito Instituto de la Guardia Civil de la comandancia de Jaén hasta casi el último hombre, una vez caído el jefe de la posición, el capitán D. Santiago Cortes. El enemigo empleó en el asalto final 2 brigadas reforzadas. Frente a este ingente despliegue de medios del enemigo, en las trincheras de los Guardias, apenas 70 hombres famélicos y heridos, pero dispuestos a vender cara su piel. 
El teniente coronel enemigo, el comunista Antonio Cordón, en su informe, hizo mención a que hubo que asaltar los parapetos del enemigo para ocupar la posición. Una vez reunidos los prisioneros en la lonja del santuario, el comandante Cartón dijo: "Sois unos valientes como el jefe que os mandaba. Con 200 como vosotros llegaba yo a Burgos". 


Para que aquel heroico hecho de armas, protagonizado por la Guardia Civil, no se olvide, mantengámoslo en la memoria, auténtica memoria histórica, y recemos una plegaria por los caídos. Siempre en nuestra memoria.

Viva España! Viva la Guardia Civil! Viva la Virgen de la Cabeza!



El santuario de los guardias valientes


ARTURO PÉREZ-REVERTE  / Patente de corso
Una advertencia previa a los sectarios y los tontos: eviten este artículo. Hoy hablo de héroes, y eso tiene mala acogida entre cierta gente. Sin embargo, para los ecuánimes, capaces de reconocer la virtud en sus adversarios, los héroes no tienen etiqueta. Aquí hablé varias veces de ellos sin distinción de bando: guerras antiguas, divisionarios en Rusia, maquis antifranquistas, republicanos liberadores de París. Y hoy le toca a Picolandia, con una historia de hace ochenta y dos años. Un episodio admirable por el que todos pasan de puntillas: el santuario de Santa María de la Cabeza.


Intentaré resumir: sublevación contra la República, guardias civiles que en Jaén se unen a los rebeldes. Unos cruzan las líneas y otros quedan en zona roja, con sus familias. El capitán Santiago Cortés, que se hace con el mando –duro, decidido, implacable–, se atrinchera en el cerro de Santa María de la Cabeza, santuario donde no quedan frailes porque los milicianos los han fusilado a todos. Con trescientos veintidós combatientes (230 guardias y 92 voluntarios) armados con fusiles y novecientos no combatientes –mujeres, ancianos y niños– refugiados en el santuario, Cortés decide pelear y resistir, esperando una ayuda que no llegará nunca. El 14 de septiembre de 1936, un primer intento de las milicias republicanas por hacerse con el cerro es rechazado. Y así empieza el asedio.

Raras veces en la historia de España se dieron casos de tan extrema tenacidad. La noticia de lo que ocurre en el santuario se extiende por todas partes, y eso lo convierte en serio problema de imagen para la República


Hay que acabar con aquello, y sobre el cerro se lanza de todo: intensos bombardeos, ataques ladera arriba con carros blindados, oleadas de infantería que incluyen tropas de las brigadas internacionales y efectivos españoles bien armados y disciplinados, muy diferentes a los torpes milicianos de los primeros días. La ofensiva republicana es lenta, metódica, brutal. Se producen algunas deserciones; pero la mayor parte de los guardias, gente hecha al oficio, profesionales bajo el mando de otro profesional, vende cara su piel. En los sótanos, sin radio, sin apenas alimentos, sin medicinas, se amontonan heridos y civiles aterrados mientras los muros tiemblan bajo las bombas. Transcurren así ocho meses de combates y agonía. Ocho meses de desesperado coraje en los que se va estrechando el cerco.

Poco a poco, con muchas bajas, los republicanos avanzan ladera arriba. Desbordados, aprovechando la noche y la lluvia, los guardias que no han muerto en la posición avanzada de Lugar Nuevo se retiran con sus familias al santuario, donde siguen combatiendo. Al amanecer del 1 de mayo, apoyados por ocho carros de combate, 10.000 atacantes dan el asalto definitivo, peleando y muriendo por cada palmo de terreno que les disputa el centenar escaso de hombres que, entre las ruinas, aún está en condiciones de luchar. Algunos hijos de guardias, niños de 12 a 14 años fogueados por el asedio, toman las armas de los caídos, y cinco de ellos defienden durante horas una de las últimas posiciones. No hay rendición, pues nadie la pide. Cuando los republicanos llegan al cerro, cada cual pelea como puede a tiros y culatazos, cuerpo a cuerpo, ya sin mando ni orden ninguno, pues Cortés ha sido herido por una esquirla de metralla. A las cuatro de la tarde, cuando no queda nadie a quien disparar, 46 defensores son hechos prisioneros, ninguno ileso o en condiciones de luchar. Los demás están muertos o heridos.

Lo que sigue es un ejemplo de humanidad muy raro en esa guerra. Hay fotos e incluso una filmación: los vencedores republicanos, admirados, respetuosos, dejan con vida a los prisioneros y ayudan a salir del sótano a mujeres, niños y ancianos. Algunas mujeres de los muertos visten las guerreras de sus maridos, y se registra la conmovedora imagen de un guardia enflaquecido, agotado, que camina ladera abajo con un hijo pequeño en brazos y otro de la mano. También hay una foto del capitán Cortés, agonizante, puesto en una camilla por los republicanos que no han querido rematarlo: barbudo, flaco, mirando al fotógrafo con ojos febriles y los puños apretados, como diciendo «Volvería a hacerlo otra vez». Aunque el mejor elogio a él y a sus hombres lo hizo el comandante Martínez Cartón, uno de los que tomaron el santuario, a uno de los guardias supervivientes: «Con doscientos como vosotros llegaba yo a Burgos».

España, a fin de cuentas y otra vez. Ya saben. La pobre, trágica y dura España.




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