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Pepe Bienvenida / La suerte suprema
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sábado, 5 de febrero de 2011

MÉXICO: La mayor plaza del mundo cumple 65 años como epicentro taurino de América

 
ESpectacular vista de la Plaza de Toros México, escenario de gran parte de la historia del toreo en tierras aztecas, hoy cumpliendo 65 años de su inauguración. Foto: EFE

Numerosos han sido los toreros que han escrito historia en este ruedo y han quedado inmortalizados en los exteriores de la plaza, uno de ellos, el inmortal Manolo Martínez, quien ostenta el record de más paseíllos y rabos cortados en su carrera. Foto: EFE
 

CIUDAD DE MÉXICO.- Desde la primera oreja que cortó Manolete en la corrida inaugural hasta el último rabo logrado el pasado domingo por "El Juli", La México, la mayor plaza de toros del mundo, cumple este sábado 65 años como epicentro taurino de América y punto de encuentro de toreros de ambas orillas del Atlántico.

Cargada de historia, la plaza levantada en Ciudad de México en un tiempo récord de 180 días gracias al esfuerzo de 10.000 trabajadores celebrará este sábado sus primeros 65 años de vida con una corrida extraordinaria en la que participarán el español Enrique Ponce, el francés Sebastián Castella y los mexicanos Zotoluco y El Zapata.

El veterano cronista taurino Guillermo Salas, que acude a la Monumental Plaza de Toros México desde el día de su inauguración, recordó hoy a Efe que los toreros españoles más queridos por sus triunfos han sido "Manolete", Paco Camino, "El Cordobés", "El Niño de la Capea", Enrique Ponce y "El Juli".

"También aquí -añadió- surgieron grandes figuras mexicanas como Armillita, Lorenzo Garza, Silverio Pérez, 'El Soldado', Carlos Arruza, Manolo Martínez, Capetillo, Curro Rivera o Eloy Cavazos".

El recinto ubicado cerca de una de las avenidas más largas de América, la de Insurgentes, ha sido testigo de tardes de gloria y también ha vivido momentos trágicos, como las cornadas que costaron la vida al torero José Rodríguez "Joselillo" (1947), al rejoneador Eduardo Funtanet (1997) y al monosabio Rafael Domínguez (1989).

También ha acogido grandes conciertos, combates de boxeo y lucha libre, representaciones teatrales, exhibiciones acrobáticas de motos y mítines políticos que han llenado sus imponentes y cómodas gradas.

Aunque la cifras oficiales hablan de una capacidad total de 41.262 espectadores, añaden que en caso de lleno completo caben "de 45.000 a 48.000", lo que sólo se logra en las grandes tardes.

La sensación de torear ante tanto público es "única", reconoció a Efe el matador mexicano Arturo Saldívar, para quien se trata de una plaza "muy agradecida" que impacta mucho a los toreros "desde que salen por el túnel que da acceso al ruedo", y es muy especial, "más que por el tamaño, por su gente y por cómo resuenan los olés".

Aunque el honor de cortar la primera oreja fue para "Manolete" y el primer rabo lo obtuvo el mexicano Silverio Pérez, la primera vuelta al ruedo la dio dos días antes el arzobispo de México tras bendecir las instalaciones y pronunciar la célebre frase: "Y que conste que di la vuelta al ruedo antes que "Manolete".

El torero mexicano Manolo Martínez, con más de noventa tardes, ha sido el matador con más actuaciones, mientras que Enrique Ponce, que se acerca al medio centenar, es hasta el momento el extranjero con más paseíllos en su haber.

Martínez también posee el récord de rabos logrados, con una decena, aunque sólo el mexicano Lorenzo Garza y el portugués Manolo Dos Santos fueron capaces en seis décadas y media de cortar dos rabos en una sola tarde.

Entre las muchas alternativas que ha acogido, los aficionados más veteranos recuerdan la de Amado Ramírez 'El Loco', quien en 1955 fue incapaz de matar a ninguno de sus tres toros, o la más reciente de Hilda Tenorio, que en 2010 se convirtió en la primera mujer en ser doctorada y en cortar una oreja en el plaza.

La emblemática plaza de la capital mexicana, que sustituía a la vieja de "El Toreo", fue posible gracias al empresario Neguib Simón y se inauguró en tiempos del presidente Manuel Ávila Camacho con un cartel integrado por Luis Castro "El Soldado", "Manolete" y Luis Procuna con toros de San Mateo.

Entre las reses que han pasado a la posteridad destaca "Pajarito", que en 2006, haciendo honor a su nombre, "voló" hasta los tendidos e hirió a siete personas, como recuerda una placa en el callejón.

Con un ruedo de 43 metros de diámetro situado a veinte metros bajo el nivel de la calle, La México cuenta entre sus curiosidades con un túnel que la conecta directamente con el césped de un campo de fútbol de primera división, el Estadio Azul, ya que el proyecto inicial contemplaba construir una ciudad deportiva en la zona.

Los aficionados extranjeros se sorprenden con tradiciones como la de que los diestros puedan "regalar" a la afición un toro que torean al final del festejo, o que las vueltas al ruedo se den en sentido inverso al acostumbrado en otros países, mientras un ejército de vendedores ambulantes ofrecen desde pozole (versión mexicana del cocido) hasta lo más granado del "fast food". EFE
 

domingo, 17 de octubre de 2010

ZARAGOZA.- Un espectáculo distinto: los pablorromeros de Partido de Resina / Por "Barquerito"

Importante corrida de Partido de Resina (antes Pablo Romero) 
 última de feria, ofreciendo triunfo de una oreja al ejeano Alberto Álvarez. 
Foto: EFE - / Blog "Vuelta al ruedo"

IGNACIO VARA «BARQUERITO» / Colpisa

Sábado, 16 de Octubre de 2010
ZARAGOZA.- Cuatro de los pablorromeros del Partido de Resina iban a cumplir los seis años de tope reglamentaria dentro de treinta días. Los cuatro fueron espléndidas estampas. Se llevó la palma el primero de corrida, un Nerviosillo de apabullante cuajo y fantástica presencia. Su aparición provocó un clamor. Casi 600 kilos. Cárdeno capuchino, remangado de cuerna, finas las cañas, redondeado el tronco como inmenso cilindro. Una maravilla.

El toro fue muy pronto, se movió con la diligencia propia de la bravura, metió la cara y descolgó cuanto dejó un cuello grecorromano no tan elástico como el resto del cuerpo. Padilla le dio fiesta con el capote a la verónica, remató en el platillo con garbosa media seis lances poderosos, se había hecho sentir con una larga cambiada de rodillas en tablas para abrir boca, llevó al toro al caballo galleando, puso tres pares como si se calzara unos guantes, de los tres pares salió por pies -y tuvo que saltar la barrera las tres veces- y no perdió el tiempo con la muleta.

Ocho muletazos de tanteo, y el toro en marcha en los ocho, fueron un exceso, pero Padilla toreó a partir de entonces sobre seguro. En una faena convencional, de las que se ven a diario, y no como ese toro, que no abundan y que habría sido igual de llevadero pero mejor visto en un trasteo de otra clase: de moverlo sin obligarlo en distancias cortas. ¡Quién sabe! El toro acabó entregándose, pero empleándose en el uno a uno cuando empezó a faltarle el aire. Una estocada ladeada, casi caída. Ovacionaron en el arrastre al toro. Y a Padilla, después, pero no tanto.

Antes de completarse el cuarteto de cinqueños al borde de la edad, saltó, de segundo, el que fue mejor toro de la corrida. Iba a cumplir lo cinco años en diciembre, tenía por eso seriedad suficiente, muy astifino y el aire de un santacoloma como los de La Quinta, por citar una ganadería de tronco común. De vivo galope, y también un par de claudicaciones como los pablorromeros aquellos de manos de azúcar, pero de un estilo extraordinario.

El toro tuvo motor, fijeza, recorrido, temperamento y nobleza. Por la mano izquierda se vino como un bólido y acostándose algo. Por la derecha, fue, en la media altura, toro de gran calidad. Alberto Álvarez, el torero de Ejea de los Caballeros, anduvo fino, templado, seguro, valiente y compuesto con el toro, no le dudó ni se lo escupió, sino que o lo trajo embarcado o supo tocarlo a tiempo y esperarlo en las repeticiones sin que el engaño saliera ni rozado. Hubo muletazos muy cadenciosos, la faena tuvo ligazón, ritmo y apenas pausas. En los medios o en el tercio, se entregó el torero muy sinceramente. Muy celebrada la faena por su emoción. Y su carga de sorpresa, porque Alberto ha toreado muy poco últimamente. Una estocada, lenta muerte de bravo, dos descabellos.

El bravo son de la corrida estaba siendo la mayúscula sorpresa de la feria, pero el signo de las cosas cambió de repente. El tercero, segundo del cupo de veteranos, brocho, badana colgante como un telón, cara y aire de toro viejo, sacó listeza y peligro: se revolvía en un palmo, cortaba por las dos manos y en un momento dado dejó de pasar. Fandiño, que toreaba por primera vez en Zaragoza, le plantó cara al toro pero sin perder la lógica ni la cabeza. Un hermoso desplante último. La espada patinó con el hierro de la divisa en una primera estocada frustrada y las cintas de la divisa se quedaron enhebradas en el filo. La estocada buena vino después.

Uno de los detalles fieros y singulares de la corrida fue la manera de atacar los toros al sentir el hierro de la espada dentro. El cuarto lo hizo de manera espeluznante y, a favor de querencia, persiguió a Padilla hasta desarmarlo. De fácil humor, según suele, Padilla brindó esa muerte cariñosamente a toda su gente –banderilleros, picadores, apoderado, mozo de espadas y ayuda- y despachó luego sin apuros. El toro, en postura de turreo durante toda la faena, la cara arriba, el cuello estirado, no se empleó apenas, pegó mamporros. Muy seguras las entradas y salidas de Padilla de suerte. Detalle tan profesional como el de volver a coger la espada después del arreón y enterrarla arriba tras un pinchazo.

Los dos últimos fueron del remplazo de 2004. El quinto, de descomunal trapío y una deslumbrante hondura; el sexto, colín o rabón, bizco, tuvo por contraste menos plaza. Los dos sacaron genio. Brusco, el quinto, que se fue de bravo al caballo dos veces pero cobró muy trasero, escarbó, arreó estopa y pegó unos cabezazos bestiales. La euforia de un sobresaliente tercio de banderillas fue cegadora pero enseguida se cantó el aire perverso del toro. Alberto Álvarez anduvo entero y sin afligirse e, igual que Padilla, tuvo el gesto de entrar a matar dos veces a pesar de haber cobrado en el primer intento una estocada.

El sexto salió a galope de gacela, perdió una vaina en un remate, sangró en el caballo exageradamente y dejó charcos de sangre donde se posara. En banderillas atizó sin piedad y no hubo más que hacer sino abreviar, y lo hizo Fandiño digna y serenamente. Una estocada atravesada que asomó, dos descabellos.


Vía: Vuelta al ruedo / Blog de Rubén D. Villafraz