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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 12 de noviembre de 2019

David Silveti, un disparo en Salamanca, Guanajuato / por Pla Ventura


David Silveti en su última tarde en la México.

Nadie pensaba lo que sucedería aquel día aciago y nefasto en que, Silveti, subió a la buhardilla de su casa para no volver a bajar jamás. Se escuchó un tiro de pistola que, sin duda, conmovió a sus allegados, a su familia que estaban con él.

David Silveti, un disparo en Salamanca, Guanajuato

Era un día cualquiera en la vida de David Silveti. Su forma de expresarse era la misma que el día anterior; es más, igual que la de tiempo atrás pese a tantas dificultades como tuvo que sortear en su existencia. Nadie podía sospechar lo que unas horas más tarde pasaría. Silveti era admirado, en Guanajuato y en cualquier parte del mundo puesto que, si destacó como torero, en calidad de ser humano como nos contaron sus allegados, era un hombre toda bondad, sabiduría y amor hacia los suyos y a todos sus semejantes.

Dije que destacó como torero y, la apreciación se queda irrisoria para lo que este hombre fue en el toreo mexicano. No es que destacara, es que obtuvo el apelativo de llamarse EL REY DAVID. Así se le definía en México puesto que, el apodo le venía como anillo al dedo. Si hubo un torero con tremenda personalidad, ese era David Silveti Barry, un artista consumado que solo los crueles lances que le deparó la vida le privaron de llegar hasta lo más alto. De todo modos, le bastó y le sobró para que, en este momento, más de tres lustros después de su muerte, México le recuerda con el mismo cariño con el que hizo el paseíllo en su última tarde en Insurgentes.

Nadie pensaba lo que sucedería aquel día aciago y nefasto en que, Silveti, subió a la buhardilla de su casa para no volver a bajar jamás. Se escuchó un tiro de pistola que, sin duda, conmovió a sus allegados, a su familia que estaban con él. Su acción resultó impredecible, como era en realidad su arte; nadie sospechaba lo que pudiera suceder en una tarde determinada, pero sí todos sospechaban que, de sus manos y sentidos podría aflorar la obra bella, justamente, la que encandilaba a los aficionados, la que hacía llorar de emoción a cuantos le amaban que, dentro del toreo, eran todos. Junto a Mar de Nubes, el último toro que mató en La México, allí se inmortalizó para la eternidad. Aquella obra inconclusa porque falló de forma estrepitosa con el estoque, será recordada eternamente por los mexicanos y, a su vez, por todos los que pudimos ver aquel tratado de arte al más alto nivel por las pantallas de la televisión.

Tras aquel disparo de bala, ¿fue realmente comprendido David Silveti por los suyos? Seguro que sí porque, pese a todo, los suyos sabían de su dolor, de su sufrimiento durante muchos años por culpa de las horribles lesiones de rodilla que tuvo que soportar y, lo que resultó más grave, el consejo que le dieron los médicos de que era inviable que pudiera torear, pese al tremendo esfuerzo que Silveti hizo en los dos últimos festejos que toreó en La México en los que apenas podía sostenerse en pie. Fijémonos que, sufrió una cogida sin consecuencias y, tuvieron que levantarle de la arena para que se pusiera otra vez frente al toro.

La suya fue una trayectoria durísima por culpa de las lesiones en las que se pasó más tiempo en los hospitales que en las plazas de toros pero, podía siempre más su voluntad que su dolor. Pienso que Silveti no era de este mundo, por eso se marchó junto a Dios en plena juventud, sabedor de todo lo que se dejaba en la Tierra, pero muy convencido de lo que hallaría en el Cielo.

Al margen de las veces que pudimos disfrutarle gracias a la televisión, hemos tenido la suerte de conversar con muchos de sus allegados y familiares en México y, sin duda, David Silveti era un tipo muy especial. Artista, católico, bondadoso, amante sus gentes, dadivoso ante las causas en las que se le requiriera. Un hombre tremendamente especial que, pasados los años, en México sigue tan vivo como cuando hizo el torero que todos soñaban con el toro Mar de Nubes en La México.

Silveti, y lo digo sin rubor, fue uno de los peores estoqueadores que ha tenido el mundo de los toros, desdicha que le impidió obtener triunfos de auténtica apoteosis. Pero, a su vez, muleta en mano, era el hombre de mayor personalidad que anidaba en el mundo puesto que, siete muletazos eran más que suficientes para que los aficionados le aclamasen como a nadie. Muchas son las pruebas que existen para atestiguar mis palabras pero, como dato referencial, ahí están las dos últimas tardes de su vida en La México en las que, en ambas, con apenas una docena de muletazos, logró que la gente llorara de emoción ante lo que estaban viendo. No era normal su toreo, de ahí que jamás tuvo imitadores, sencillamente, porque era imposible.

Según hemos podido “saber” los ángeles, en el Cielo, siguen montando festejos taurinos benéficos para las almas del purgatorio, festejos en los que se suele programar un cartel admirable formado por El Pana, Diego Silveti e Iván Fandiño, no es mal cartel, con toros de la ganadería de Pepe Garfias.

Amigo Silveti, tantos años después, te seguimos recordando como el primer día que te conocimos. Tu arte, en su momento nos conmovió y, lo que es mejor, al recordarlo seguimos admirándote.

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