Su labor estaba en lo más alto cuando, tras rematar una serie, se le arrancó el astado volteándole por la espalda de muy mala manera. Esguince en los dos tobillos. Apenas podía mantenerse en pie. Pero, visiblemente mermado de facultades, cogió de nuevo la muleta para citar desde la larga distancia por dos veces. El César auténtico seguía rugiendo. Después de matar, la cuadrilla se encargó de pasear las dos orejas mientras el titán se dirigía a la enfermería.
Aquel trasteo fue tan épico, estremecedor e importante como lo habían sido decenas anteriores, quizá cientos. Yo, que era un fiel devoto de la religión rinconista, volví a sorprenderme y conmocionarme una vez más. Porque el César del toreo fue mucho más que la lidia del célebre Bastonito de Baltasar Ibán, mucho más que el récord de haber conseguido abrir cuatro veces consecutivas la puerta grande de Las Ventas, mucho más que ser el primer colombiano en salir a hombros de Madrid y mucho más que sus innumerables éxitos en los cosos de todo el mundo. Lo más importante de su carrera fue la sinceridad de su toreo, su disposición, su compromiso, su exposición, su entrega, su verdad.
Confieso que le rindo admiración incondicional como torero, como persona y como personaje. Y estoy convencido de que, mientras me funcione bien la mente, nunca le olvidaré.
Porque el olvido intencionado es una osadía imperdonable, un error, una irreverencia. Quien olvida su historia está condenado a repetirla. Quien olvida a sus antepasados es un necio. Quien olvida a los seres que han escrito la historia es un estúpido.
Hace sólo unos días un puñado de memos derribaron la estatua que el maestro Rincón tenía en Duitama. Un grupo de cretinos que pretendía borrar un pasado imborrable y glorioso, el de un triunfador total que le dio fama, respeto y renombre a Colombia y a América, un ejemplo de pundonor y categoría que, tras sus triunfos europeos en 1991, fue recibido en su tierra cual futbolista ganador de un campeonato mundial.
Volvía el César que había viajado a España para participar en tres corridas y que acabó toreando 72. Un diestro desconocido que terminó siendo calificado como “torero de Madrid”. Le subieron a lo alto de un vehículo para pasearle por las calles de Bogotá repletas de público, y, aun quienes no eran aficionados a los toros, le aclamaron con admiración entre gritos de Colombia, Colombia. La televisión nacional, la española, la francesa y Telemundo de Miami cubrieron el evento que finalizó con la imposición de condecoraciones y la recepción del presidente de la nación. ¿Y todo lo que significó Rincón para el toreo y para su país quieren borrarlo un puñado de insensatos derribando una estatua? Qué ilusos, qué limitados y qué lerdos.
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