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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 12 de julio de 2020

DE LAS PROHIBICIONES DE CORRIDAS DE TOROS / por José María Sánchez Martínez-Rivero.


Las corridas de toros han continuado a lo largo de la historia; no pudieron con ellas, ni papas, ni bulas, ni reyes ni jurisconsultos ni políticos advenedizos.
Esta es la idea nuestro modesto estudio: intentar razonar que no se puede; que es imposible abolir las corridas de toros porque están unidas intrínsecamente al sentir del pueblo español –partidarios de las corridas de toros eso sí-  desde tiempo inmemorial.

DE LAS PROHIBICIONES DE  CORRIDAS DE TOROS

José María Sánchez Martínez-Rivero
Julio de 2020 y en Collado Villalba
Queremos hacer un recorrido por la historia de la Tauromaquia y ver como han tenido que soportar los aficionados a las corridas de toros diversas prohibiciones a lo largo del tiempo todas superadas; desde bulas papales a decretos leyes y otros.
Para entrar en materia no subiré a épocas muy remotas y así queremos comenzar en el siglo XV con la ayuda de El Adelanto de 27 de julio de 1895 y otros ejemplares.

Solo para efectos ilustrativos: Obra de Juan Stradan: "Sic ferus exardet in circo taurus aperto…” / Escenas de caza de toros en el siglo XVI en un campamento de tropas imperiales

Así se refleja que en 1466 se corrían toros en Salamanca. León de Rosmithal y de Blana, cuñado del rey de Bohemia, presenció en Salamanca una corrida de toros el día de Santiago. En este festejo el tercer  toro mató a dos lidiadores e hirió a otro. Tengamos en cuenta que la lidia de esa época nada tiene que ver con la actual, lógicamente.

Ya desde tiempos antiguos existía en Salamanca una cofradía de lidiadores compuesta por los principales caballeros de la nobleza que tenían obligación de lidiar en ciertas fiestas. Es decir, la tauromaquia estaba ligada a la nobleza y a las festividades populares desde muy antiguo como se ve.

En el siglo XVI, un escritor de la época – predecesor de los cronistas taurinos-, nos cuenta:

El riesgo que sufrió el señor de Centerrubio y la Cañada con motivo de una corrida de toros fue muy grande. Un honrado caballero viejo, gran cristiano, más dado a las cosas de Dios que a ser torero; llamábase Melen Xuarez; más no pudo excusar de salir a la plaza un día de toros; que allí hay una cofradía de salir a las fiestas los caballeros, y él por huir de nota, por ser cofrade, salió al juego de cañas. Llevaba un hermoso caballo recio, muy soberbio, que tenía más que averiguarse con él que con los toros, contra quien un bravísimo toro partió, el que él esperó con poca resistencia llega, y por delante vuelve el caballo todo sobre él, que todos pensaron que con los arzones de la gineta le había muerto; más él se levantó sin lesión.

Suerte que tuvo el que hoy llamaríamos rejoneador.
Entendemos que la fiesta taurina se celebró en la antigua plaza mayor de San Martín, que más tarde serviría de base para construir la actual Plaza Mayor cuyas obras comenzaron en 10 de mayo de 1720 en el reinado de Felipe V, siendo corregidor e intendente de Castilla don Rodrigo  Cavallero Yllanes. Las casas del pabellón real finalizaron el 3 de marzo de 1733.


Estas fiestas taurinas en Salamanca en su plaza mayor, se celebraban en ferias y fiestas del mes de septiembre desde tiempo ha. Su Universidad, como sabemos la más importante de España en esa época, era el centro cultural durante los siglos XVII y XVIII y donde existía una afición a la fiesta de los toros notable. Había numerosas ganaderías de bravo radicadas en sus campos tan buenos para la cría del toro que, fue y es, Salamanca una de las comarcas más importantes en esta materia.

Se carecía de plaza de toros dedicada y hasta la segunda mitad del siglo XIX no se dispuso de una. Estaba a la salida de la ciudad y era de madera con capacidad para unos 7200 espectadores. El paso del tiempo acabó con ella y por gestión de una sociedad anónima integrada por comerciantes se construyó la actual, llamada La Glorieta, en 1892 preciosa a todas luces y de gran tradición taurina.
Se cuenta que en Alba de Tormes a don Diego de Toledo, hermano del duque del título de aquélla villa, le ocurrió un incidente grave y mortal con motivo de lidiar toros.

Caballero mozo, muy gentil, y muy señalado, el cual andando a los toros en Alba con un garrochón, a las alegrías del casamiento del Duque, su hermano, pasó a uno el hierro en la frente que no acertó a descogotarle; dio un rebufu el toro en alto, revuelve el garrochón, y escurre por su misma mano, y dale con el cuerno en un ojo y pásasele, y la cabeza y sesos, y sale envuelto en ellos por la parte, y al caer muerto se le quebraron dos costillas sobre su misma espada.

La fiesta de los toros –ejecutada según esa época-, normalmente servía para la conmemoración de festividades religiosas y así el emperador Carlos V dicta una Real Provisión, en Ávila a 23 de agosto de 1531, en la que mandó se diese a los caballeros colacioneros de Salamanca diez maravedis en cada una de las tres corridas de toros de San Juan, Santiago y Nuestra Señora de Agosto.

En 1543 se celebró la boda de Felipe II y hubo festejo taurino.  El acontecimiento quedó reflejado por el cronista de la época así:

Aunque no fueron muy bravos los toros el uno de ellos hubiera de hacer harto daño si Dios no lo estorbara; y fue que al tiempo que salía, del corral con el primer ímpetu, halláse en los cuernos del toro el duque de Alba, estaba descuidado, y derribó a él y a su caballo en el suelo de que se sintió algo, pero presto cobró salud.

Don Nicolás de Moratin en una nota a la carta sobre la fiesta de toros, dirigida al príncipe Pignatelli, nombra a don Rodrigo de Paz como uno de los caballeros destacados en plaza. Era el segundo señor de Pedraza de la Sierra. Señorío en que sucedió a su madre doña Elvira de Paz. Estas pequeñas notas ilustran que la fiesta de los toros estaba en pleno auge en aquella época.


Pero no todo era una balsa de aceite y comenzaron las prohibiciones. Así, San Pío V (1566-1572), a primeros de noviembre de 1567, prohibió a los príncipes cristianos, bajo pena de excomunión, correr toros o fieras. Igualmente, prohibió a los clérigos, así regulares como seglares, que tuviesen beneficio eclesiástico o fuesen de orden sacro, presenciar corridas de toros.
Prohibió, igualmente, salir a lidiar a pie o a caballo, a los soldados y a todas las demás personas. El ideal de los antitaurinos de hoy. Toros, no.
Pero tratándose de una Bula papal cabe preguntarse: ¿surtió efectos esta Bula papal en el pueblo? Parece ser que no; pues continuaron las fiestas de toros pese a la prohibición.

El padre Mariana nos dice que:

Hasta los mismos clérigos, aún siendo presbíteros, tolerándolo o disimulándolo los obispos, asistían a las fiestas de toros.

A pesar de todo, las infracciones a la bula papal continuaron por parte de los clérigos.
Y, así, el 14 de abril de 1586, Sixto V (1585-1590) escribió una carta al obispo de Salamanca, don Gerónimo Manrique en la que le alertaba sobre la presencia de clérigos en las fiestas de toros:

No solo no tienen vergüenza de mostrarse presentes a las dichas fiestas de toros y espectáculos, sino que afirman también y enseñan públicamente en sus lecciones que los clérigos de orden sacro, por hallarse presentes a las dichas fiestas y espectáculos contra la prohibición, no incurran en algún pecado, más lícitamente pueden estar presentes...
Por edictos han sido amonestados, requeridos y compelidos, con todo eso no dejan de asistir a dichos juegos.

A esto se le llama tener afición.

Esta prohibición fue también revocada. En 1596 la Universidad de Salamanca acordó que en cada una de las fiestas de toros se sumara unos seis mil maravedis, cuatro mil más por el gasto causado por la facultad pontificia que tenían los clérigos para ver corridas de toros.
Durante la fiesta de los cinco mártires, rejonearon los hermanos Juan y Pedro Marchante, andaluces.
El pueblo simple y llano quería ver correr toros y la prohibición debía ser abolida.
Así el Papa Gregorio XIII (1572-1585), por petición de Felipe II, nada más y nada menos, en 25 de agosto de 1575, volvió, en otra Bula, a autorizar las corridas de toros con ciertas restricciones. En su comienzo dice:

Movido por el provecho que el tal correr de toros solía venir a sus reinos de España, nos hizo suplicar humildemente, nos dignáramos en proveer en todas las dichas cosas con benignidad apostólica...

Es increíble que en 1575 un Papa vea el provecho e incluso económico, que el correr  toros tenía para los reinos de España y en la actualidad se esté ciego ante lo que, económicamente, generan la cría del toro bravo y las corridas de toros.

Continúa el Papa Gregorio XIII diciendo:

Revocamos y quitamos las penas de descomunión, anatema y entredicho y otras eclesiásticas sentencias y censuras contenidas en la constitución de nuestro predecesor.

El Papa relaciona a quienes afectaba la Bula y a quienes no y declara:
Y esto cuanto a los legos y los fieles soldados solamente, de cualquier orden militar aunque tengan encomiendas o beneficios de las dichas órdenes con tal que los dichos fieles soldados no sean ordenados en orden sacra, y que los juegos de toros no se hagan en día de fiesta.

En 1622 al celebrarse la canonización de Santa Teresa de Jesús el ayuntamiento, concedía premios a los que mejor torearan.
En 1733 año de la consagración de la catedral salmantina se dieron toros. El toril se formó, a petición de los caballeros rejoneadores, en el arco de la acera de San Martín de la plaza mayor de la ciudad. Se encerraron veinticuatro toros. Catorce de Portillo y diez de otras ganaderías salmantinas.

Un cronista de la época dejó escrito:

A las tres de la tarde y al sonar desde los balcones del Consistorio y el Cabildo los clarines y timbales, dio comienzo la función, entrando por la puerta del arco de San Martín un escuadrón de soldados, tras ellos en un coche de estribos, vistosamente adornado los caballeros rejoneadores, acompañados de dos señores regidores sus padrinos; a los estribos los caballeros en plaza, vestidos de golilla y los sombreros con plumaje, el uno rojo y el otro dorado, y al pie de cada estribo iban dos chulos con trajes de rica persiana, capas y bonetes de lo mismo, de matiz rojo y dorado; llevando los rejones perfilados de oro, con el escudo de armas de Salamanca.
El escuadrón formó frente a la casa de la ciudad, en la acera de san Martín, y los caballeros dieron en coche dos vueltas por la plaza, haciendo las estiladas cortesías, entre los ruidosos aplausos del concurso, y se apearon frente a la Casa Consistorial...
Apenas se apeó el intendente corregidor, cuando la tropa hizo el llamado despejo, y dada la carrera por el alguacil mayor y recogida la llave del toril, entraron los caballeros en plaza, sacrificando seis toros; sin más novedad que la haber sido herido levemente en una mano un caballero, por una astilla del rejón. Los otros catorce toros fueron lidiados por los toreros, ya con las suertes, ya con banderillas y al fin con estocadas, concluyendo la función cerca de las siete.

Ese día actuaron Pedro Romero, Pepe Hillo, Francisco Garcés y cinco picadores. Un media espada Antonio de los Santos y cinco banderilleros.
La descripción de la fiesta taurina es espléndida, detallada, y tuvo que ser muy colorista la puesta en escena.

Fernando VI (1712-1759) que sucedió a su padre Felipe V en 1746, por Real Decreto de fecha 3 de febrero de 1753 suprimió la fiesta del toro de San Marcos que desde muy antiguo se celebraba en varios pueblos de Extremadura y en otras partes.
En la víspera del día del santo sus cofrades iban con el párroco y el escribano al campo a elegir un toro al que llamaban Marcos. Le leían el Evangelio –naturalmente el toro estaba enmaromado- y en procesión lo llevaban a la iglesia siendo milagrosa su mansedumbre a pesar de ser bravo. Después lo paseaban llevándolo a las casas de los vecinos y pedían limosna. Una vez cumplido su cometido lo dejaban libre ir al campo de donde salió.

El Consejo de Castilla, a instancia del Arzobispo de Toledo,  prohibió a 6 de octubre de 1767, que en la fiesta de San Gil, en la villa de Torrijos, hicieran entrar un toro en la iglesia hasta llegar al preste cuando entonaba el salmo de Magnificat. Por supuesto el toro enmaromado. Después lo llevaban al hospital y daban a adorar a los enfermos la maroma con la cual le habían amarrado. Parece ser que del susto de ver a un toro bravo ante ellos curaban de inmediato y algunos hasta corrían, si se nos permite la licencia.
En el año 1785 las corridas de toros en Salamanca fueron extraordinarias y con mucho éxito. Hacía nueve años que no se celebraban por estar prohibidas. El corregidor Saura y Saravia, un taurino de pro, las autorizó.

Según el orden ilustrado, que dominaba la influencia francesa, a finales del reinado de Carlos III, una corriente opuesta al majismo se abrió paso. Entusiasmaba lo popular. Hubo redescubrimiento de lo genuino español y se produjo el auge del cante flamenco, la tonadilla y los toros. Hablamos de 1780 a 1788.


Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), jurista y enciclopedista español que presidió la Junta Central contra José Bonaparte, en su libro Escritos políticos y filosóficos, estudia el fenómeno taurino y no comprende como pueden darse corridas de toros; pero lo razona después y entonces entiende el porqué.

Las leyes de Partida la cuentan entre los espectáculos o juegos públicos. La 57, título XV, part. I la menciona entre aquellas a que no deben concurrir los prelados. Otra ley (la 4ª, part. VII, tit. De los enfamados) puede hacer creer que ya entonces se ejercitaba ese arte por personas viles, pues que coloca entre los infames a los que lidian con fieras bravas por dinero. Y si mi memoria no me engaña, de otra ley u ordenanza del fuero de Zamora se ha de deducir que hacia los fines del siglo XIII había ya en aquella ciudad, y, por consiguiente, en otras, plaza o sitio destinado para tales fiestas...

Se refiere ahora al recibimiento que con motivo de la visita de Enrique III (1379-1406), rey de Castilla, tuvieron lugar unos juegos en Sevilla cuando pasó allí desde el cerco de Gijón y transcribe al cronista de la época:

E algunos corrían toros, en los cuales non fue ninguno que tanto se esmerase con ellos,así a pie como a caballo, esperándolos a gran peligro con ellos, e faciendo golpes de espada tales, que todos eran maravillados.

Según cuenta continuaron en los reinados sucesivos las fiestas de toros y dice que la encuentra mencionada entre las fiestas con que el condestable de Escalona celebró la presencia de Juan II Rey de Castilla (1404-1454) cuando visitó por primera vez esa villa.
Continúa su opinión en esto términos:

Andando el tiempo, y cuando la renovación de los estudios iba introduciendo más luz en las ideas y más humanidad en las costumbres, la lucha de toros empezó a ser mirada por algunos como diversión sangrienta y bárbara.

Nótese que dice “por algunos”, no por el pueblo en general.

Nos cuenta que don Gonzalo Fernández de Oviedo relata el horror que sintió la reina Isabel la Católica, en Medina del Campo, cuando asistió a una de estas fiestas.
La reina trató de prohibir la fiesta de toros. Para que esto no sucediera, algunos cortesanos le presentaron un método aplicado a los toros para disminuir el riesgo. Sigue Jovellanos:

Diojéronla que envainadas las astas de los toros en otras más grandes, para que vueltas las puntas adentro se templase el golpe, no podría resultar herida penetrante. El medio fue aplaudido y abrazado en aquel tiempo; pero pues ningún testimonio nos segura la continuación de su uso, de creer es que los cortesanos, divertida aquella buena señora del propósito de desterrar tan arriesgada diversión, volvieron a disfrutarla con toda su fiereza.

La afición continuó en los siguientes siglos haciéndola más general y frecuente, se le dio también más regular y estable forma. Describe a su modo, el toreo profesional:

Y esto, sacándola de un entretenimiento y gratuito de la nobleza, llamó a la arena cierta especie de hombres arrojados que, doctrinados por la experiencia y por el interés, hicieron de ese ejercicio una profesión lucrativa y redujeron por fin a este arte los arrojos del valor y los ardides de la destreza. Arte capaz de recibir todavía mayor perfección si mereciese más aprecio o si no requiriese una especie de valor y sangre fría que rara vez se combinarán con el bajo interés...
Pero el clamor de sus censores, lejos de templar, irritó la afición de sus apasionados, y parecía empeñarlos más y más en sostenerle, cuando el celo ilustrado del piadoso Carlos III le proscribió generalmente, con tanto consuelo de los buenos espíritus como sentimiento de los que juzgan las cosas por meras apariencias.

Don  Gaspar Melchor admite que el toreo es un arte y dice: . Arte capaz de recibir todavía mayor perfección si mereciese más aprecio...
Jovellanos, ya en el siglo XVIII, ve un problema difícil de resolver– abolir las corridas de toros- a satisfacción de todos.

Es por cierto muy digno de admiración que este punto se haya presentado a la discusión como un problema difícil de resolver.
La lucha de toros no ha sido jamás una diversión, ni cotidiana, ni muy frecuentada, ni todos los pueblos de España, ni generalmente buscada y aplaudida...
Se puede, por tanto, calcular que de todo el pueblo de España apenas la centésima parte habrá visto alguna vez ese espectáculo. ¿Cómo, pues, se ha pretendido darle el título de diversión nacional?
Pero si tal quiere llamarse porque se conoce entre nosotros de muy antiguo, porque siempre se ha concurrido a ella y celebrado con grande aplauso, porque ya no se conserva en otro país alguno de la culta Europa, ¿quién podrá negar esta gloria a los españoles que la apetezcan?...
Y sostener que la proscripción de estas fiestas, que la nación sufra alguna pérdida real, ni en el orden moral ni en el civil, es ciertamente una ilusión, un delirio de la preocupación.
Es, pues, claro que el Gobierno ha prohibido justamente este espectáculo, que cuando acabe de perfeccionar tan saludable designio, aboliendo las excepciones que aún se toleran, será muy acreedor a la estimación y a los elogios de los buenos y sensatos patricios.

Don Gaspar Melchor de Jovellanos, dice: “que por otra parte puede producir grandes bienes públicos” hoy esto se discute por los que tratan de prohibir la afición taurina. Refleja también: “aboliendo las excepciones que aún se toleran”, es decir, que la prohibición no era total.


Recordemos al genial pintor Goya, dos años más joven que don Gaspar y que dio al mundo su obra la Los Toros de Burdeos presenciando corridas de toros y tomando apuntes en ellas.
Mesonero Romanos, nos dejó escrito que presenció la feria salmantina de 1818 y de las cuales anotó:

Unas famosas corridas de toros, las más concurridas y aparatosas que he presenciado en España, aunque entren en corro las de Madrid, Sevilla y Valencia; por cierto que en una de ellas quedó gravemente herido el célebre espada, que si no me engaña la memoria, se llamaba Curro Guillén y en ella había muerto algunos años antes el hermano del célebre matador Pedro Romero.

Hubo toros en Salamanca durante los años 1825, 1835, 1838 y otros. Contra toda prohibición, más o menos explícita, se seguían celebrando corridas de toros en España.


En 1852 tuvo lugar la feria salmantina con tres corridas de toros los días 10, 11 y 13 de septiembre de 1852. Se lidiaron 18 toros, seis en cada tarde por el famoso espada Julián Casas, el Salamanquino, otro segundo matador y su media espada. La primera tarde se lidiaron toros de don Joaquín Mazpule, de Madrid. La segunda tarde toros de don Juan Moreno, de Salamanca y la tercera reses de la viuda de Brilo también de Salamanca. Ya aquí banderilleó Francisco Ortega “Cuco” de la famosa dinastía torera de los Ortega, como sabemos, Rafael Gómez Ortega, “Gallo” y Joselito.
En esos tiempos los toros estaban expuestos a la curiosidad del público en el Prado de Panaderos.

Es decir, pese las prohibiciones, trabas etc. etc. las corridas de toros seguían y se inauguraban nuevas plazas y si así se hacía era para dar corridas, lógicamente. La de Ronda data de 1785; la de Tarazona  en 1792; Aranjuez en 1797 –por un incendio fue reconstruida en 1829-; Segovia 1801; Real Maestranza de Caballería de Sevilla 1761 finalizando el cerramiento total de la plaza en el año 1881. Plaza de la Misericordia de Zaragoza en terminada en 1764. 
En 1862 se inaugura la plaza de toros de Jerez de los Caballeros con tres corridas de toros los días 4, 5 y 6 de septiembre en la que alterna como único espada Francisco Arjona Guillén, Cúchares, con toros de Marqués del Saltillo, Anastasio Martín y Marqués de Rianzuela. Todas las corridas empezaban a las cuatro media de la tarde.
La actual plaza de toros salmantina data de 1892. Iba a ser inaugurada el 11 de septiembre por Mazzantini y Guerrita en principio; pero al estar herido Guerrita por un toro en Murcia, actuó Torerito, primo del diestro cordobés. Los toros fueron de Eloy Lamamie de Clairac, Duque de Veragua y Manuel Bañuelos Salgado. El ruedo mide 54 metros y tiene capacidad para 10858 espectadores.

La prensa salmantina escribía el 12 de septiembre de 1893 lo que sigue:
La información de ayer siguiendo la costumbre de poner una vela a San Miguel y un cirio al diablo, afirma que la cuestión moral de las corridas de toros es cosa resuelta por la autoridad de nuestra Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana, y los católicos puede lícitamente presenciar las corridas de toros sin llamarse al escándalo farisaico.

Inaugurada la plaza se dieron corridas los años 1894, 1895, 1896 y así sucesivamente. En 1936 no hubo toros; pero sí en 1937, 1938 y 1939 en plena guerra civil.
Vemos, pues, que las corridas de toros han continuado a lo largo de la historia; no pudieron con ellas, ni papas, ni bulas, ni reyes ni jurisconsultos ni políticos advenedizos.
Esta es la idea nuestro modesto estudio: intentar razonar que no se puede; que es imposible abolir las corridas de toros porque están unidas intrínsecamente al sentir del pueblo español –partidarios de las corridas de toros eso sí-  desde tiempo inmemorial.

Afortunadamente, en la actualidad, tenemos los aficionados la Fundación del Toro de Lidia que lucha por mantener la tradición taurina. Pero hemos de convencernos los amantes de la fiesta que estamos solos, que hemos de luchar legalmente y aislados, contra la tendencia de los antitaurinos a suprimir las corridas de toros. Y una vez convencidos de esto, de que nadie nos ayudará, actuar sin miedo ni medias tintas.  Menester  obrar sin la menor vacilación si se quiere triunfar y no salir derrotado en la contienda. Preparémonos sin confianzas ni pesimismos excesivos para esta lucha legal mucho más dura de lo que algunos piensan. A las pruebas nos remitimos.

Intelectuales prestigiosos se han ocupado de la fiesta taurina defendiéndola. También poetas. Terminemos estas reflexiones con lo expresado, en 1936, por Federico García Lorca en cuanto al toreo:
El toreo es, probablemente, la riqueza poética y vital mayor de España. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo.

Julio de 2020 y en Collado Villalba.
José María Sánchez Martínez-Rivero.

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