
El día de san Esteban, fiesta nacional de Hungría, cientos de drones iluminaban de tal forma el cielo de Budapest.
'..Victor Orbán, el valedor de la identidad y de la espiritualidad, el abogado de la nación y la tradición, el único líder capaz de alzar una gigantesca Cruz en los cielos de su capital; Victor Orbán, el capitán, ha mordido hoy el polvo..'
El pueblo, la masa… ¡Ay, Hungría!
Javier Ruiz Portella
Ríe hoy Soros (le reabrirán ahora universidades y fundaciones), ríe la urraca Úrsula, se carcajean Zelenski y los fabricantes de armas, ríen los jerarcas de Bruselas, se tronchan los plutócratas globalistas, se descoyuntan de risa zurdos, centristas y liberales. Después de haber estado temblando tanto tiempo, después de haber tenido que tragar tantos sapos, ahora suspiran con infinito alivio: esta vez, dieciséis años después de haber ido acumulando victoria tras victoria, Victor Orbán, el forjador del i-liberalismo, el guardián del muro alzado ante la invasión (con un millón de euros al día lo multaba la UE por no dejarlos entrar); Victor Orbán, el valedor de la identidad y de la espiritualidad, el abogado de la nación y la tradición, el único líder capaz de alzar una gigantesca Cruz en los cielos de su capital; Victor Orbán, el capitán, ha mordido hoy el polvo.
Así agradecen los pueblos convertidos en masas a sus héroes. También en España conocemos algo de tal ingratitud…, pero éste no es hoy el tema. La masa —esa «suma de ceros, donde cada cero», decía Nietzsche, «tiene “derechos iguales”»— es rebaño inconsecuente, tornadizo, voluble. Cosa líquida —como los tiempos mismos. Las masas pueden estar dieciséis años (o veinte, o cuarenta y cinco…) sosteniendo con fervor un régimen, un estilo de vida (lo que se jugaba en Hungría era el destino mismo de la nación) para, al cabo de unos años, dejarlo caer como un juguete que ya ha perdido su gracia.
Los húngaros no lo han dejado caer solos, por supuesto. Ni los pueblos ni las masas nunca hacen nada por sí solos. Toda Bruselas, toda la plutocracia y la burocracia del Sistema —esos mismos que, con razón, veían en la Hungría de Orbán su enemigo irreductible— han puesto en estas elecciones toda la carne en el asador. En el 53% de los húngaros han hecho mella los cantos de sirena enviados desde Bruselas por Péter Magyár (cruel ironía: el enemigo de la nación magiar se llama como su víctima).
Pronto ésta —otra víctima más de la servidumbre voluntaria— pagará las consecuencias. Pronto se abrirán las fronteras, pronto se iniciará la invasión, pronto la identidad húngara dejará de ser el cálido arraigo en el que se había convertido.
Pero la identidad, ese arraigo que, bebiendo en el pasado, se lanza hacia el futuro y hace que seamos algo en lugar de no ser nada; el destino, en suma, de una nación y de una civilización: ¿esas cosas le importan realmente a la gente?
Depende. A los mayores, así como a la gente del campo y de las ciudades de provincias (eso que, al otro lado de los Pirineos, llaman «la France périphérique»), sí les importan, y mucho, tales cuestiones. Son ellos quienes, en Hungría, han constituido durante todos estos años la base social del régimen de Orbán. Las cosas, en cambio, son distintas —me decían en Hungría hace unos dos años— tanto para los más jóvenes[1] como para los urbanitas de las grandes metrópolis, esos hombres «los últimos», decía Nietzsche, que dan saltos, creen que han inventado la felicidad y guiñan el ojo. Cuando mis amigos húngaros me dieron tales datos, me puse a temblar; hoy se ha confirmado que tenía razón de hacerlo.
La victoria lograda en Hungría por los plutócratas y burócratas va a dañar, sí, pero no va a impedir el avance del movimiento identitario y patriótico que está sacudiendo a Europa. La vida nunca es una sucesión ni de logros ni de desgracias; es una irregular alternancia de ambos, y esta vez ha tocado perder. Hay que seguir, pues, avanzando, luchando, porfiando. Pero también hay que hacer más cosas.
Sobre todo hay que pensar. Hay que pensar en la confianza que se ha de otorgar o dejar de otorgar a los pueblos transformados en rebaños o masas. Hay que pensar en lo tornadizo, en lo voluble de sus opciones y acciones.
Hay que pensar en lo que implica y adónde nos conduce esa cosa a la que llamamos ‘democracia’.
Hay que pensar si la ‘i’ que Victor Orbán, delicadamente, como para no ofender ni chocar, antepuso a ‘liberalismo’, no habría que cambiarla por otro prefijo.
Hay que pensar si no hace falta que el iliberalismo sea definitiva y claramente sustituido por el antiliberalismo.
[1] En España las cosas parecen ser afortunadamente distintas por lo que hace a los jóvenes, el principal sector de edad favorable a VOX.
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