Luis Francisco Esplá, Diderot de luces.
'..Muchas son las facetas que se pueden admirar en este torero, y a través de ellas se ha podido observar cómo ha sabido desarrollar sus muchas posibilidades y conocimientos y se ha convertido en un personaje que trasciende de su papel estrictamente taurino..'
VIENTO DE LEVANTE
Diderot de luces
Por Paco Delgado
En unos días celebrará medio siglo como matador de toros, 50 años de una alternativa que en su momento fue noticia y le permitió estar en activo más de tres décadas, siempre suscitando interés y siempre interesante para público y aficionados que supieron apreciar en él una personalidad sumamente atractiva y una tauromaquia enciclopédica que le hizo distinto de todos sus coetáneos.
Luis Francisco Esplá, que brindó su primer toro a su padre, sí consiguió lo que su progenitor, Paquito Esplá Vicente, no pudo: convertirse en matador de toros. Y lo fue logrando ser él mismo, sin parecerse a nadie, creando un molde que rompió cuando dijo adiós, aunque al cumplir ahora sus bodas de oro con su profesión sigue admirando por su capacidad intelectual, preparación, inteligencia y claridad de ideas.
Muchas son las facetas que se pueden admirar en este torero, y a través de ellas se ha podido observar cómo ha sabido desarrollar sus muchas posibilidades y conocimientos y se ha convertido en un personaje que trasciende de su papel estrictamente taurino.
Aunque el periodista madrileño Antonio Campuzano lo calificó como el torero geométrico, su gran personalidad y muchas habilidades quizá le hagan exceder de la mera consideración clasificatoria y hubiese que profundizar más hasta denominarle como poliédrico en atención a sus tantos registros.
Su tauromaquia se asentaba en la combinación de línea, superficie y volumen, que se trasmutaba en alma, corazón y cabeza. Una doble trilogía en la que la materia gris primaba sobre el sentimiento y el arrojo hasta perfilar su propia estructura en la que cada momento encontraba su terreno propicio y cada cuestión planteada por sus oponentes tenía adecuada respuesta.
Su manera de ser excedía ampliamente de los reducidos límites de una plaza de toros, porque rompió con los férreos esquemas que definen las formas admitidas -algo que no siempre se tomó a bien entre los taurinos, anclados en un pasado inamovible y a los que provocaba con invectivas como que “eso de que hay que ser torero y parecerlo es una afirmación obsoleta”; nunca se cortó en decir que para él eso era una ridiculez, puesto que uno debe mostrarse como es, pero no forzar la pose fuera de contexto- pero observando siempre la mayor obediencia al fondo de un arte en el que fue maestro consumado.
Clásico como se ha dicho en estética y concepto, para él era tan importante la escenografía como el propio actor y cuando son tantos años de experiencia, sigue siendo un torero excepcional que de no haber existido se tendría que haber inventado.
Su capacidad creadora no se limitaba, ni se limita, a su profesión y su amplitud de miras le han permitido ocuparse de las disciplinas del alma y si como torero ha obtenido el reconocimiento de todos, como pintor ha sabido granjearse el respeto de los entendidos y, lo más importante, su propia satisfacción.
Denis Diderot, con su Enciclopedia, proyecto al que consagró buena parte de su vida, buscó cambiar el modo de pensar estereotipado de su tiempo, convencido de contribuir a transformar el orden social establecido, intentando dar herramientas para que los ciudadanos fuesen más instruidos y reflexivos y, dentro de sus posibilidades, como el ilustrado francés, Esplá tiró de enciclopedia tratando de que los espectadores no se limitasen a digerir mecánicamente un ritual que la mayoría ni entendía ni comprendía.
De haber podido intercambiar sus respectivas épocas y roles, el torero alicantino se habría involucrado de lleno en aquella tan ambiciosa iniciativa, todavía por culminar, que se convirtió en un emblema para el Siglo de las Luces, y Diderot se habría vestido de luces para dar visibilidad y más amplios horizontes a la tauromaquia.

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